Macbeth, de William Shakespeare
 

LA TRAGEDIA

IV. 1

Truenos. Entran las tres BRUJAS.

BRUJA 1ra.- Tres veces maulló el gato atigrado.

BRUJA 2da.-Tres veces. Y una gimió el puercoespín.

BRUJA 3ra.-Harpier ha gritado: «¡Ya es hora, ya es hora!»

BRUJA 1ra.-En torno al caldero dad vueltas y vueltas y en él arrojad la víscera infecta. Que hierva primero el sapo que cría y suda veneno por treinta y un días yaciendo dormido debajo de rocas: que sea cocido en la mágica olla.

TODAS-Dobla, dobla la zozobra; arde, fuego; hierve, olla.

BRUJA 2da.-Rodaja de bicha que vive en la ciénaga, aquí, en el puchero, que hierva y se cueza, con dedo de rana y ojo de tritón, y lengua de víbora y diente de lución, lana de murciélago y lengua de perro, pata de lagarto y ala de mochuelo. Si hechizo potente habéis de crear, hervid y coceos en bodrio infernal.

TODAS-Dobla, dobla la zozobra; arde, fuego; hierve, olla.

BRUJA 3ra.-Escama de drago, colmillo de lobo y momia de bruja, con panza y mondongo de voraz marrajo de aguas salinas, raíz de cicuta en sombras cogida, hígado que fue de judío blasfemo, con hiel de cabrío y retoños de tejo que en noche de eclipse lunar arrancaron, narices de turco y labios de tártaro, dedo de criatura que fue estrangulada cuando una buscona la parió en la zanja. Haced esta gacha espesa y pegada; con los ingredientes de nuestro potingue echad al caldero entraña de tigre.

TODAS-Dobla, dobla la zozobra; arde, fuego; hierve, olla.

BRUJA 2da-Enfriad el caldo con sangre de mico y firme y seguro será nuestro hechizo.

Entra HÉCATE con otras tres brujas.

HÉCATE-¡Buen trabajo! Alabo vuestra maña, y todas tendréis parte en la ganancia. Ahora cantad en torno del caldero, girad como las hadas y los elfos para hechizo de todo lo que hay dentro.

Música y canción: «Espíritus negros, etc.».

BRUJA 2da.-Los pulgares me hormiguean: algo malvado se acerca. Abran, llaves, a quien llame.

Entra MAcBETH.

MACBETH-Bien, sombrías y enigmáticas brujas de medianoche. ¿Qué hacéis?

TODAS-Una acción sin nombre.

MACBETH-Yo os conjuro, en nombre de vuestro arte, cualquiera que sea su fuente, que me respondáis. Aunque desatéis los vientos y los lancéis contra las iglesias; aunque el mar encrespado aniquile y se trague las embarcaciones; aunque se abata el trigo verde y se derriben los árboles; aunque caigan los castillos sobre sus guardianes; aunque se inclinen palacios y pirámides; aunque se derrumbe el granero de gérmenes de la naturaleza hasta saciar a la propia destrucción: responded a mis preguntas.

BRUJA 1ra.-Habla.

BRUJA 2da.-Pregunta.

BRUJA 3ra.-Responderemos.

BRUJA 1ra.-Dinos si prefieres que hable nuestra boca o la de nuestros amos.

MACBETH-Llamadlos, que los vea.

BRUJA 1ra.-Verted sangre de la cerda que engulló a sus nueve crías; grasa que sudó horca de asesino, echadla en seguida a las llamas.

TODAS-Seas de abajo o de arriba, ven y muéstrate luciendo tu maestría.

Truenos. Primera aparición: cabeza cubierta con yelmo.

MACBETH-Fuerza ignota, dime...

BRUJA 1ra.-Sabe lo que piensas: oye sus palabras; hablarle no quieras.

APARICIÓN-¡Macbeth, Macbeth, Macbeth! ¡Atento a Macduff, atento al Barón de Fife! Dejadme ya.

Desciende.

MACBETH-Quienquiera que seas, gracias por tu aviso. Acertaste mi temor. Pero escucha...

BRUJA 1ra.-No admite órdenes. Otro aún más poderoso viene ahora.

Truenos. Segunda aparición: niño ensangrentado.

APARICIÓN-¡Macbeth, Macbeth, Macbeth!

MACBETH-¡Quién tuviera tres oídos para oírte!

APARICIÓN-Sé cruel, resuelto, audaz. Ríete del poder del hombre: nadie nacido de mujer a Macbeth podrá dañar.

Desciende.

MACBETH-Entonces vive, Macduff. ¿Qué puedo temer de ti? Con todo, daré doble certeza a lo ya cierto tomando al destino por garante: morirás y yo diré embustero al miedo cobarde y dormiré a pesar del trueno.

Truenos. Tercera aparición: niño coronado, con un árbol en la mano.

¿Quién es este que, semejante al hijo de un rey, se eleva ciñendo a sus sienes de niño la corona de la majestad?

TODAS-Escucha y no le hables.

APARICIÓN-Ten brío de león, sé altivo y no atiendas a quien incomoda, conspira o se inquieta: Macbeth no caerá vencido hasta el día en que contra él el bosque de Birnam suba a Dunsinane.

Desciende.

MACBETH.Nunca ocurrirá. ¿Quién puede alistar al bosque, mandar al árbol «¡Arráncate!»? Buena profecía. Muertos rebeldes, no os alcéis mientras Birnam no se alce; el encumbrado Macbeth va a vivir su trecho de vida y ceder su aliento al tiempo y la muerte. Mas anhela mi alma saber algo. Si vuestra ciencia hasta ahí alcanza, decidme: ¿Reinará algún día la progenie de Banquo en nuestro reino?

TODAS-No intentes saber más.

MACBETH-Tenéis que complacerme. Si me lo negáis, ¡así os caiga la eterna maldición! ¡Decídmelo!

Desciende el caldero.Oboes.

¿Por qué baja el caldero? ¿Y estos sones?

BRUJA 1ra.-¡Mostraos!

BRUJA 2da.-¡Mostraos!

BRUJA 3ra.-¡Mostraos!

TODAS-Al ojo mostraos, su alma afligid. Venid como sombras, como ellas partid.

Aparición de ocho reyes, el último con un espejo en la mano, seguidos de BANQUO.

MACBETH-¡Cuánto te pareces al espectro de Banquo! ¡Fuera! Tu corona me abrasa los ojos. Tu cabello, ceñido también por el oro, se asemeja al del primero. Y así, el tercero. Sucias viejas, ¿por qué me mostráis esto? ¿Un cuarto? ¡Saltad, ojos! ¡Cómo! ¿Llegará su linaje hasta el fin del mundo? ¿Otro? ¿El séptimo? Ya no miro más. Pero llega el octavo portando un espejo que muestra a muchos más; y algunos de ellos llevan dos orbes y tres cetros. ¡Horrible visión! Ahora veo que es verdad: Banquo, con el pelo emplastado de sangre, me sonríe y los señala como descendientes. ¿Es cierto?

Salen los reyes y BANQUO.

HÉCATE-Pues sí, todo es muy cierto. Mas, ¿por qué se queda tan atónito Macbeth? Hermanas, renovemos su alegría y mostrémosle ya nuestras delicias. Daré sonido al aire con mi magia mientras giráis en vuestra rara danza, pues así este gran rey dirá, benigno, que pagan su acogida sí supimos.

Música. Bailan las BRUJAS y desaparecen con HÉCATE.

MACBETH-¿Dónde están? ¿Se fueron? ¡Que esta hora infame sea por siempre maldita en el calendario! ¡Que entre el de ahí fuera!

Entra LENNOX.

LENNOX-¿Qué deseáis, Majestad?

MACBETH-¿Has visto a las Hermanas Fatídicas?

LENNOX-No, mi señor.

MACBETH-¿No pasaron por tu puesto?

LENNOX-De verdad que no, señor.

MACBETH-Infecto quede el aire en que cabalgan y malditos cuantos de ellas se fíen. He oído un galopar de caballos. ¿Quién venía?

LENNOX-Señor, dos o tres que os traen la noticia de que Macduff ha huido a Inglaterra.

MACBETH-¿Huido a Inglaterra?

LENNOX-Sí, mi señor.

MACBETH-Tiempo, me impides los actos horrendos. A la fugaz intención no se le da alcance si no le sigue una acción rápida. Desde ahora, las primicias de mi pecho serán las primicias de mi mano. Y ahora mismo, por coronar el pensamiento, sea dicho y hecho: tomaré por sorpresa el castillo de Macduff, ocuparé Fife; pasaré a cuchillo a su mujer, sus criaturas y su triste descendencia. No es la bravata de un tonto: antes que se enfríe, cumpliré el propósito. Basta de visiones. - ¿Dónde están los mensajeros? Ven, llévame donde estén.

IV-2

Entran LADY MACDUFF, su Hijo y ROSS.

LADY MACDUFF-¿Qué es lo que ha hecho que le obligue a huir?

ROSS-Tienes que dominarte.

LADY MACDUFF-Él no lo hizo. Huir fue una locura. Cuando no nuestros actos, nuestro miedo nos vuelve traidores.

ROSS-Si fue miedo o prudencia no lo sabes.

LADY MACDUFF-¿Prudencia? ¿Abandonar a su mujer, sus criaturas, su hogar, su hacienda en un sitio del que él mismo huye? No nos quiere. No tiene sentimientos de padre. Hasta el pobre reyezuelo, el más menudo pajarillo, defiende a las crías de su nido contra el búho. Todo es miedo, no hay cariño; y apenas hay prudencia cuando huir está tan fuera de razón.

ROSS-Cálmate, querida prima, te lo ruego. Tu marido es noble, prudente, ponderado y entiende bien las convulsiones del momento. No me atrevo a seguir, mas crueles son los tiempos en que somos traidores y no nos conocemos; en que se juzga el rumor según lo que se teme sin saber lo que se teme; en que nos lleva cada impulso y movimiento de un mar agitado. Debo despedirme; no tardaré mucho en volver a verte. Cesarán los grandes males o retrocederán adonde estaban antes. Jovencito, que Dios te bendiga.

LADY MACDUFF-Tiene padre y está huérfano.

ROSS-Me emociono tanto que, si me quedara, sería mi sonrojo y tu desconcierto. Me despido ya.

Sale.

LADY MACDUFF-Niño, tu padre ha muerto. ¿Qué harás tú ahora? ¿Cómo vivirás?

HIJO-Como los pájaros, madre.

LADY MACDUFF-¿Cómo? ¿De gusanos y moscas?

HIJO-De lo que encuentre, como hacen ellos.

LADY MACDUFF-¡Pobre pajarillo! ¿No tendrás miedo de la red, la liga, el lazo o la trampa?

HIJO-¿Por qué, madre? No las ponen para los pájaros pobres. Y, digas lo que digas, mi padre no ha muerto.

LADY MACDUFF-Sí que ha muerto. ¿Qué harás sin un padre?

HIJO-¿Y tú qué harás sin un marido?

LADY MACDUFF-Yo puedo comprarme veinte donde quiera.

HIJO-Pues los comprarás para venderlos.

LADY MACDUFF-Hablas como un niño, aunque, la verdad, como un niño muy listo.

HIJO-Madre, ¿mi padre fue un traidor?

LADY MACDUFF-Sí lo fue.

HIJO-¿Qué es un traidor?

LADY MACDUFF-Pues uno que jura y miente.

HIJO-¿Y todos los que lo hacen son traidores?

LADY MACDUFF-Todo el que lo hace es un traidor y hay que ahorcarlo.

HIJO-¿Y hay que ahorcar a todos los que juran y mienten?

LADY MACDUFF-A todos.

HIJO-¿Y quién va a ahorcarlos?

LADY MACDUFF-Pues los hombres de bien.

HIJO-Entonces los que juran y mienten son tontos, pues hay de sobra para ganar a los hombres de bien y ahorcarlos.

LADY MACDUFF-Dios te valga, diablillo. Pero, ¿qué vas a hacer sin un padre?

HIJO-Si hubiera muerto, tú le llorarías. Si no le llorases, sería señal de que pronto tendría otro padre.

LADY MACDUFF-¡Ay, mi parlanchín! ¡Cuánto hablas!

Entra un MENSAJERO.

MENSAJERO-Dios os bendiga, señora. No me conocéis, pero yo sí conozco vuestro rango. Temo que algún peligro se os acerca. Si queréis tomar consejo de un hombre sencillo, no sigáis aquí, marchaos con vuestros hijos. Tal vez sea brutal asustaros así, pero más atroz sería el ataque que ya tenéis muy cerca. El cielo os asista; más no puedo quedarme.

Sale.

LADY MACDUFF-¿Adónde huir? Yo no he hecho ningún daño. Aunque bien recuerdo que estoy en el mundo, donde suele alabarse el hacer daño y hacer bien se juzga locura temeraria. Entonces, ¿a qué acogerse a la defensa mujeril diciendo que no he hecho ningún daño?

Entran ASESINOS.

¿Qué caras son estas?

ASESINO-¿Dónde está vuestro esposo?

LADY MACDUFF-Espero que en ningún lugar tan impío donde alguien como tú pueda encontrarle.

ASESINO-Es un traidor.

HIJO-¡Mentira, canalla peludo!

ASESINO-¡Cómo, renacuajo! ¡Cachorro de traición!

Le mata.

HIJO-Me ha matado, madre. ¡Huye, te lo ruego!

Sale LADY MACDUFF gritando «Criminal!», perseguida por los ASESINOS.

IV.3

Entran MALCOLM y MACDUFF.

MALCOLM-Busquemos una sombra solitaria donde vaciar de nuestro pecho la tristeza.

MACDUFF-Mejor empuñemos la espada mortal y, como hombres dignos, defendamos nuestra patria derribada. Cada nuevo día gimen más viudas, lloran más huérfanos, hieren más pesares la bóveda del cielo, que resuena cual sufriendo con Escocia y lanzando iguales sílabas de pena.

MALCOLM-Lloraré lo que crea, creeré lo que sepa y, lo que pueda, hallaré ocasión de corregirlo. Lo que me has dicho tal vez sea verdad. A ese tirano, cuyo solo nombre nos llaga la lengua, se le tenía por hombre de bien. Tú le has querido, él no te ha tocado. Soy joven, y conmigo bien podrías ganarte su favor. Sería muy juicioso ofrendar un corderillo débil a inocente y aplacar a un dios airado.

MACDUFF-Yo no soy un traidor.

MALCOLM-Pero Macbeth sí. Hasta un alma buena y virtuosa puede flaquear ante una orden regia. Mas perdóname: mis ideas no pueden cambiar lo que tú eres. Los ángeles aún brillan, aunque cayera el más brillante. La maldad puede disfrazarse de virtud, mas la virtud no lleva máscara.

MACDUFF-He perdido mi esperanza.

MALCOLM-Quizá donde nace mi recelo. ¿Por qué sin despedirte, de improviso, dejaste esposa a hijos, valiosos alicientes, fuertes nudos de amor? Te lo ruego, que no te deshonren mis sospechas: es por mi seguridad. Tal vez seas muy leal, piense yo lo que piense.

MACDUFF-¡Desángrate, pobre patria! Gran tiranía, pon sólidos cimientos: la bondad no se atreve a contenerte. Cíñete tu agravio: lo confirmó tu derecho. Adiós, señor. Yo no sería el canalla que pensáis por todo el territorio del tirano con el Oriente y sus riquezas.

MALCOLM-No te ofendas. No hablo así porque sienta total desconfianza. Creo que nuestra patria se hunde bajo el yugo, sangra, llora, y que cada día se añade a sus heridas otra cuchillada. También creo que por mi causa se alzarían muchas manos y aquí el rey inglés me ha ofrecido generoso varios miles. Y, sin embargo, cuando pise la cabeza del tirano o la clave en la punta de mi espada, la pobre Escocia sufrirá males peores, más padecimientos y de más maneras que nunca con el que le suceda.

MACDUFF-¿Quién será?

MALCOLM-Me refiero a mí mismo, en quien está tan injertado todo género de vicios que, cuando se destapen, el negro Macbeth parecerá más blanco que la nieve y el pobre país le tendrá por un cordero, comparado con mis vicios infinitos.

MACDUFF-De las legiones del horrible infierno jamás saldrá un diablo más maldito en sus maldades que Macbeth.

MALCOLM-Es cierto que es sanguinario, lascivo, codicioso, pérfido, falsario, violento, malicioso, con tintes de todo pecado que tenga nombre. Pero mi lujuria no tiene fondo, ninguno. Vuestras esposas, hijas, madres y doncellas no podrían llenar mi pozo, y mi pasión derribaría cualquier barrera de pudor que se opusiera a mi deseo. Antes que uno así, mejor que reine Macbeth.

MACDUFF-La intemperancia sin freno es tirana de la vida: ha causado la prematura pérdida de tronos y la caída de muchos reyes. Mas no temáis tomar lo que es vuestro: en secreto podéis dar campo libre a los placeres pareciendo casto y así engañando al mundo. Damas complacientes no escasean y en vos no puede haber tal buitre que devore a cuantas se ofrezcan a la soberanía al verla en tal disposición.

MALCOLM-Además, crece en mi carácter mal compuesto codicia tan insaciable que, si yo fuera rey, acabaría con los nobles por tener sus tierras, desearía las joyas de éste, la casa de aquél, y tener más sería como una salsa que más hambre me diera, haciéndome emprender injustos pleitos contra fieles y leales para hundirlos por sus bienes.

MACDUFF-La codicia arraiga hondo y crece con raíces más perversas que la lujuria, flor de verano; fue la espada que dio muerte a muchos reyes nuestros. Mas no temáis: Escocia es pródiga en recursos que colmarán vuestro deseo, y sólo en vuestras propias tierras. Todo eso lo equilibran las virtudes.

MALCOLM-Que yo no tengo. Las que convienen a un rey, como justicia, verdad, templanza, constancia, largueza, perseverancia, clemencia, humildad, entrega, paciencia, valor, fortaleza, en mí ni asoman. En cambio, soy fecundo en variaciones sobre cada delito, que practico de muchas maneras. Si tuviese yo el poder, echaría la miel de la concordia a los infiernos, turbaría la paz del mundo, destruiría la unidad de la tierra.

MACDUFF-¡Ah, Escocia, Escocia!

MALCOLM-Si alguien así es digno de reinar, dilo. Yo soy el que he dicho.

MACDUFF-¿Digno de reinar? No, ni de vivir. ¡Ah, mísero país! Con un tirano usurpador, de cetro ensangrentado, ¿cuándo volverán tus días de salud si el legítimo heredero de tu trono se acusa y excluye a sí mismo, renegando de su sangre? Vuestro augusto padre era un rey sacrosanto, y vuestra madre, la reina, más veces de rodillas que de pie, moría cada día de su vida. Adiós. Los males que os habéis imputado me desterraron de Escocia. Pecho mío, aquí acaba tu esperanza.

MALCOLM-Macduff, toda esa noble emoción, hija de la integridad, borra de mi alma mis negras sospechas y reconcilia mi ánimo con tu honor y verdad. Con tretas semejantes el diabólico Macbeth ha intentado ganarme para sí, mas la prudente mesura frena mi credulidad. Desde ahora, poniendo por testigo al Dios del cielo, me entrego a tu guía y me retracto de las acusaciones que me hacía: me desdigo de los vicios y defectos que me he imputado por extraños a mi ser. Todavía no conozco mujer, nunca he perjurado, apenas codicié lo que era mío, nunca he sido desleal, jamás traicionaría al diablo con los suyos y amo tanto la verdad como la vida. Mi primera falsedad ha sido ésta, conmigo. El que soy realmente tuyo es, y al servicio de mi patria. A ella, antes de que tú llegases, se disponía a partir el viejo Siward con diez mil hombres aguerridos y dispuestos. Vayamos todos juntos y sea feliz el resultado como justa es nuestra causa. ¿Por qué callas?

MACDUFF-No es fácil conciliar a la vez lo agradable con lo desagradable.

Entra un MÉDICO.

MALCOLM-Ahora seguimos. ¿Podéis decirme si va a salir el rey?

MÉDICO-Sí, señor. Hay una pobre multitud esperando a que les cure: su dolencia desafía nuestro arte, pero él los toca (tal santidad el cielo dio a su mano) y en seguida están curados.

MALCOLM-Gracias, doctor.

Sale el MÉDICO.

MACDUFF-¿A qué dolencia se refiere?

MALCOLM-La llaman el mal del rey. Es un acto milagroso de este soberano que a menudo le he visto realizar desde que estoy en Inglaterra. Cómo le inspira el cielo sólo él lo sabe: a enfermos con males pasmosos, hinchados, llagados, de angustioso aspecto, desesperanza de la medicina, los cura colgándoles del cuello una medalla de oro que les pone rezando. Se dice que al linaje real que le suceda legará su virtud curativa. A su insólito poder se une el don celestial de la profecía, y las diversas bendiciones que rodean su trono que confirman su gracia divina.

Entra Ross.

MACDUFF-Mira quién viene.

MALCOLM-Un compatriota, mas no le reconozco.

MACDUFF-Mi muy noble pariente, bienvenido.

MALCOLM-Ahora le conozco. Que Dios quite pronto las causas que nos cambian en extraños.

ROSS-Así sea.

MACDUFF-¿Está Escocia donde estaba?

ROSS-¡Ah, pobre patria! Apenas se conoce. Ya no puede llamarse nuestra madre, sino nuestra tumba, donde, salvo al ignorante, a nadie se ve sonreír; donde no se oyen los suspiros, ayes y gemidos que rasgan el aire; donde el dolor más violento parece un vulgar trastorno. Ya nadie pregunta por quién tocan a muerto, y los hombres de bien caen antes que la flor de su sombrero, muriendo sin enfermar.

MACDUFF-Un relato muy elaborado, aunque muy cierto.

MALCOLM-¿Cuál es el último dolor?

ROSS-El de hace una hora ya lo silban; cada minuto engendra uno nuevo.

MACDUFF-¿Cómo está mi esposa?

ROSS-Pues bien.

MACDUFF-¿Y mis hijos?

ROSS-Bien también.

MACDUFF-¿No ha turbado su paz ese tirano?

ROSS-No, estaban en paz cuando los dejé.

MACDUFF-No escatimes las palabras. ¿Cómo va todo?

ROSS-Cuando venía para traer las nuevas que llevo con pesar, corrió el rumor de que se alzaban muchos hombres dignos, lo que pude comprobar personalmente al ver movilizadas las tropas del tirano. Es la hora de ayudar. Vuestra presencia en Escocia crearía soldados y aun las mujeres lucharían por atajar sus desventuras.

MALCOLM-Que les conforte saber que ya vamos. El augusto rey inglés nos presta diez mil hombres y al buen Siward. No hay soldado mejor ni más curtido en toda la cristiandad.

ROSS-Ojalá pudiera yo corresponder a ese consuelo. Mis palabras sólo son para gritar en el vacío, donde nadie pueda oírlas.

MACDUFF-¿De qué se trata? ¿Es de interés general o es dolor que concierne a una persona?

ROSS-Ningún alma honrada podrá sustraerse a esta angustia, aunque la parte principal te pertenece a ti.

MACDUFF-Si es mía, no te la guardes. Vamos, dámela.

ROSS-Que tus oídos no desprecien mi lengua de por vida: el sonido que va a darles será el más triste que jamás oyeron.

MACDUFF-¡Mmm! Creo que lo adivino.

ROSS-Asaltaron tu castillo. Mataron salvajemente a tu mujer y tus criaturas. Contarte cómo, sería añadir tu muerte al montón de pobres víctimas.

MALCOLM-¡Cielos clementes! Vamos, no tires del sombrero hacia los ojos. Expresa tus penas: dolor que te guardes musita a tu pecho y le pide que estalle.

MACDUFF-¿Mis hijos también?

ROSS-Esposa, hijos, servidumbre, todos los que hallaron.

MACDUFF-¡Y yo tan lejos! ¿Mataron a mi esposa?

ROSS-Ya lo he dicho.

MALCOLM-Consuélate. Nuestra gran venganza será la medicina que cure este dolor.

MACDUFF-Él no tiene hijos. ¿Todos mis pequeños? ¿Has dicho todos? ¡Buitre del infierno! ¿Todos? ¿Todos mis polluelos con su madre de un cruel zarpazo?

MALCOLM-Afróntalo como un hombre.

MACDUFF-Así lo haré, mas también debo sentirlo como un hombre. No puedo olvidar que existían unos seres que me eran tan queridos. ¿El cielo fue testigo y no los defendió? Macduff pecador, murieron por tu culpa. Malvado de mí, no por sus ofensas, sino por las mías, la muerte cayó sobre sus almas. El cielo les dé paz.

MALCOLM-Afila tu espada en tu dolor. Tu pena se convierta en rabia y no te embote el ánimo: que te lo irrite.

MACDUFF-¡Ah, podría llorar como mujer y bramar con esta lengua! Mas, cielos benignos, atajad todo intervalo: ponedme a mí y al verdugo de Escocia frente a frente, que esté al alcance de mi acero. Si se me escapa, que Dios le perdone a él también.

MALCOLM-Ese tono ya es de hombres. Vamos con el rey. La tropa está lista; sólo resta despedirnos. Macbeth está maduro para la caída y los poderes del cielo ya toman sus armas. Tu aliento reanima: muy larga es la noche que no encuentra el día.