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Bajo
el impacto de la filosofía positivista del siglo XIX, hubo cierto
tipo de antropología que consideró la religión como un epifenómeno
del ser humano, determinado por determinadas influencias culturales,
como si el hombre fuera "ateo" por naturaleza y que la
dimensión religiosa surgiera como mero resultado de influencias
"culturales". Pero los análisis estructurales y fenomenológicos
modernos llevan más bien a la conclusión inversa, según la cual
el ser humano es "naturalmente religioso", aunque pueda
a veces ser "culturalmente" ateo. Parece, pues, que la
religión constituye una dimensión inherente a la antropología misma. De hecho, la religión constituye un aspecto central de la cultura
de todos los pueblos, previamente a la posible influencia de la
religión de unas culturas más dominantes con respecto a otras menos
poderosas.
Los primeros vestigios prehistóricos dan cuenta de elementos religiosos
vinculados al comportamiento de las formas más primitivas de cultura. Y,
asimismo, la religión fue el centro de las antiguas civilizaciones
de todo el mundo conocido. Tal situación se mantuvo inalterable,
incluso en Occidente, hasta la llegada de la época racionalista
con la progresiva industrializacíon que ella trajo consigo. Fue
entonces cuando Dios fue, aparentemente, perdiendo terreno, siendo
éste ocupado cada vez más por la Razón y la ciencia tecnológica
moderna. Al mismo tiempo, el ateísmo se fue abriendo paso en forma masiva
como un nuevo fenómeno, hasta entonces absolutamente inédito en
toda la historia humana.
El fenómeno de la "secularización", con el ateísmo que
le ha sido inherente, resulta, pues, un producto de la cultura occidental
exportado a otros puntos de la tierra donde generalmente penetró
con más dificultad. De
esta manera, todas las grandes religiones llegaron a Occidente procedentes
del Oriente. Y en Occidente, la religión llegó incluso a ser un
motor importante del mismo desarrollo tecnológico. Pero ese proceso tecnológico e industrial determinó a menudo el
progresivo enfriamiento de su propio motor religioso, acabando por
exportar a Oriente una técnica y una industria secularizadas, hasta
irse elaborando una proceso de "globalización" cultural
cada vez más marcado por la eficiencia tecnológica a costa de la
dimensión religiosa, o situando esa religiosidad en franca dependencia
"funcional" a los intereses globalizadores de la cultura
de un poder basado en la tecnología.
Estamos, pues, en las antípodas de la situación cultural religiosa
de la antigüedad y de buena parte del mundo oriental y meridional.
Muchos occidentales consideran la religión como una etapa mítico-ritual
correspondiente a la cosmovisión pre-moderna, superada por la cosmovisión
moderna científico-técnica. Sin embargo este "homo tecnicus"
no parece ser más feliz que el "homo religiosus", debido
a que el hombre secularizado moderno no parece haber sido capaz
de construir su existencia con más "sentido" que el hombre
premoderno.
La angustia suscitada por la conciencia del riesgo de "absurdo",
que conlleva toda existencia consciente, sigue "penando",
sin que la ciencia y la técnica puedan nada contra ella, aun cuando
le permitan una forma de vida mucho más cómoda. A
menudo uno tiene incluso la impresión de que los nuevos y constantes
aportes de la tecnología resultan como "soporíferos" para
sacar de la conciencia humana la sensación insalvable de "vacío".
Frente a ello, el ansia de superar la angustia, auto-fundándose,
lleva al hombre a crear todo tipo de mitos secularizados que compensen
la carencia de los antiguos "mitos religiosos". Nacen
así nuevas formas de "religiosidad"; es decir, nuevos
puntos de referencia que puedan servir de fundamento de valores,
dando consistencia a una autonomía amenazada de inconsistencia propia.
La conciencia de esa inconsistencia ontológica constituye desde
siempre el fondo de la búsqueda religiosa. De esta manera la historia
de la religión coincide con la historia del hombre, como una constante
carrera en búsqueda de su propio fundamento.
La propia inconsistencia radical, con la angustia que es su signo,
determina en el ser humano los intentos de huida, tratando de refugiarse
en todo tipo de alienaciones. Pero al final el hombre se encuentra
enfrentado consigo mismo, como en el mito bíblico, Adán y Eva, después
de intentar "ser como Dios", tuvieron que reconocer su
propia verdad autónoma: "Entonces se les abrieron los ojos
y se dieron cuenta de que estaban desnudos". Y esa es, en el
fondo ("al desnudo"), la frágil realidad del hombre: expulsión
del paraíso, muerte, e incapacidad de convivencia armónica.
Tal experiencia lúcida lo obliga a optar: o bien se resigna a la
desesperación frente a la contingencia fugaz de la propia autonomía,
o bien se abre a la esperanza de transcendencia "teónoma".
Sólo el hombre moderno ha sido capaz de optar a menudo por la desesperación
del Sentido transcendente de la propia existencia. El
hombre antiguo, y quizá el de siempre, no pone en duda la verdad
de la intución positiva de la propia naturaleza hacia el Ser -y
no hacia la nada-, optando siempre por la esperanza de transcendencia. Y
es que el ser humano, más allá de voluntarismos heroícos o masoquistas,
así como también más allá de proyecciones neuróticas reflejadas
en sus propias imágenes religiosas, no puede quizá vivir sin sentirse
radicalmente fundado en su ser. De
ahí el concepto mismo de lo sagrado, como la fundamentación transcendente
de la realidad "profana". El ser humano es, pues, un "homo
religiosus", abierto espontáneamente a lo "sagrado"
desde su existencia profana misma.
El interés de un análisis de las diversas formas religiosas más
significativas de la humanidad radica precisamente en mostrar cómo
el ser humano, a través de sus diversos contextos culturales, ha
ido elaborando la búsqueda porfiada, y a la vez, confiada, del sentido
transcendente de su existencia.
Sin
embargo, aquí sólo elaboraré una introducción al estudio del fenómeno
religioso desde una perspectiva histórica, aunque a la vez teológicamente
significativa, señalando diversos puntos de semejanza o de diferencia
con respecto a la perspectiva cristiana.
No pretendo, pues, hacer con esto ningún aporte de investigación
científica al tema, sino que intentaré tan sólo hacer una presentación,
suficientemente fundada y pedagógicamente clara, de las principales
búsquedas religiosas, como exponentes de las inquietudes más fundamentales
del ser humano en el mundo, dentro de lo que es el proyecto dentro
del ámbito de Desarrollo de la docencia, FONDEDOC, que me ha permitido
dedicarme, durante el año 2002, a la elaboración de esta temática.
La secuencia temática del texto que aquí presento será, pues, la
siguiente:
I. Búsquedas primitivas de religiosidad. Religión
y magia.
II. Primeras formas históricas de la Religión:
A. Religión Egipcia
B. Religión Mesopotámica
III. Religiones del Extremo Oriente:
A. Hinduismo
B. Krishnaismo
C. Budismo
D. Confucio y Lao Tsé
IV. La antigua religión iraní
A. Mazdeismo
B. Zoroastrismo
V. Los Cultos Mistéricos
A. Mitos Incruentos
B. Mitos Cruentos
VI. Religiones semitas
A. Judaismo
B. Cristianismo
C. Islam
VII. La religiosidad mapuche |