Historia del Pensamiento Economico Heterodoxo. Diego Guerrero

Capítulo 1: Crítica y heterodoxia en la historia del pensamiento económico.

1.1. Capitalismo, eclecticismo y heterodoxia.

Un dicho famoso, pero no siempre bien repetido, afirma que el economista es alguien que explicará mañana por qué lo que predijo ayer no se ha cumplido hoy. Hay que aclarar que ése es el economista ingenuo, porque hay otra especie de economistas, más precavidos, que para no equivocarse prefieren no responder, como por ejemplo aquél que, preguntado sobre la evolución futura de la Bolsa, se limitó a decir: "Fluctuará, fluctuará". Esta referencia a la dudosa calidad de muchas predicciones económicas no pretende dar paso a sesudas discusiones metodológicas sobre lo que es o no es la Economía, o sobre el mayor o menor alcance científico de esta disciplina. Su intención es simplemente recordar lo expresivas (autoinformativas) que son, es decir, cuán ampliamente reflejan estas predicciones la índole de las teorías económicas que habitan el cerebro de quien las hace. Lo mismo que "por el humo se sabe dónde está el fuego", por el tipo de predicciones sobre la evolución futura del sistema capitalista se puede deducir en gran medida si la teoría económica que las inspira se sitúa en un lado u otro de la línea divisoria que separa la heterodoxia de la ortodoxia. Evidentemente, la tarea de precisar con cuidado qué significa cada una de estas dos mitades del pensamiento tiene que revestir, por fuerza, una enorme complejidad. Pero si nos propusiéramos hallar una delimitación preliminar (para "andar por casa") del terreno propio de los economistas heterodoxos de los últimos dos o tres siglos -para evitar retroceder a la época precapitalista, que nos interesa aquí mucho menos-, no habría probablemente un método más directo que investigar la opinión de cada autor, no tanto sobre el presente del capitalismo, como sobre su futuro.

Sin embargo, hay que insistir en que este criterio simple y directo, a pesar de lo útil que pueda ser como primera aproximación, es insuficiente por sí solo, y debe ser completado con criterios adicionales de naturaleza varia, cuya consideración conjunta tiene que resultar necesariamente en un panorama tan heterogéneo y tan amplio que difícilmente se puede pretender hacer un análisis exhaustivo de los heterodoxos. Pero el objetivo de este libro no es esto último, sino llegar a presentar una muestra significativa de autores heterodoxos relevantes, que aunque no cubra la totalidad del pensamiento crítico -no es eso lo que se pretende-, sirva para ilustrar la lectura personal que hace el autor de la historia del pensamiento económico heterodoxo.

Con este ánimo, e independientemente de las afirmaciones más matizadas que se harán en el siguiente epígrafe, podemos comenzar identificando (de forma muy simplificada) tres grandes tipos de respuestas históricas a la citada cuestión del futuro del capitalismo:

1) Tenemos en primer lugar la interpretación "clasista" de los clásicos, que insistieron en el efecto asimétrico del desarrollo capitalista, es decir, señalaron que uno de los rasgos fundamentales de la tendencia histórica del capitalismo es que perjudicaría a unas clases a la vez que beneficiaría a otras.

2) Contamos, en segundo lugar, con la respuesta de Marx, que consistió, en esencia, en un pronóstico de transformación del sistema en su contrario, el socialismo, como consecuencia de su propia ley interna de desarrollo.

3) Por último, el enfoque de los autores posteriores fue muy distinto, ya que, salvo excepciones, o bien les impidió observar tendencias particulares en la dinámica capitalista -haciéndolos preocuparse tan sólo de problemas de naturaleza estática-, o bien los reforzó en la idea de que es imposible encontrar tendencia alguna en cualquier evolución económica, descalificando toda pretensión contraria como teleología metafísica. En consecuencia, este tercer grupo de autores prefiere no pronunciarse sobre el futuro del sistema; pero no pueda evitar hacerlo sobre el presente, de forma que podemos descubrir en estos pronunciamientos dos grandes ramas dentro de la tercera familia de respuestas que hemos identificado:

3a) la de quienes opinan que el sistema capitalista funciona de la mejor forma posible gracias a una serie de cualidades innatas que posee tal sistema;

y 3b) la de quienes creen que, gracias al control público y/o institucional sobre la economía de mercado, este sistema es el menos malo de todos los posibles.

Si se fija uno bien en esta clasificación -desde luego imperfecta- que acabamos de hacer, descubrirá que podría servirnos para encontrar evidencias importantes sobre el sentido actual de la heterodoxia económica. Por una parte, la fuerza propagandística de los manuales ortodoxos nos ha hecho creer que los clásicos y Marx son definitivamente cosa del pasado; por tanto, aunque añadiéramos que el pensamiento de Marx fue una gran opción heterodoxa frente al pensamiento de los clásicos, no parece obvio que esto convenza a nadie de que nos hallamos ante un instrumento analítico relevante para entender la economía presente. Sin embargo, la dificultad de la prueba no le quita verdad a una tesis verdadera, y por tanto no daremos por derrotada, sin más, la idea afirmativa de esa relevancia, aparte de que esta tesis de la relevancia presente de la obra de los clásicos y de Marx encuentra una confirmación directa en la existencia de un número creciente de continuadores actuales de esas dos corrientes de pensamiento. Por otra parte, el problema de qué deba entenderse por un "discípulo" no es de los menores, puesto que lleva implícita la ardua cuestión de la interpretación correcta de las ideas del maestro, o la no menos difícil de hasta qué punto se puede decir del primero que las siguió, las mejoró, las desarrolló, las tergiversó, o las traicionó. En tercer lugar, la existencia de herederos o discípulos de estas dos primeras escuelas parece absolutamente necesaria para hablar hoy en día de heterodoxia en el sentido fuerte del término -que es el que utilizaremos preferentemente en este libro-, pues si la tercera escuela (o respuesta) mencionada quedó bien definida, es claro que las dos ramas que la componen surgen del tronco común de la ortodoxia, que da cobijo tanto a los que califican al sistema capitalista como "el menos malo"[1] cuanto a los que lo consideran como "el mejor" posible; pues con esto se hace recaer el peso de la diferencia sobre una cuestión secundaria: la de si el mecanismo que hace posible este óptimo funcionamiento es interno o externo al sistema, es decir, si radica en las "fuerzas del mercado" o, más bien, en la capacidad de gestión política de los dirigentes del Estado.

Ahora bien, como veremos en capítulos posteriores, la división de la tercera corriente en esas dos ramas puede interpretarse, a su vez, en dos sentidos distintos -bien como una distinción entre neoclásicos y keynesianos, bien como una separación entre liberales y socialdemócratas-, según se ponga el énfasis en un contexto interpretativo más económico que político, o viceversa. Sin embargo, no vamos a entrar por el momento en esta cuestión. Antes, conviene reparar en la posición desigual o asimétrica que ocupan, frente a ambas ortodoxias, los representantes actuales de las dos primeras corrientes (los heterodoxos contemporáneos). Porque mientras los herederos de los clásicos mantienen el espíritu del enfoque clásico -el énfasis en los conflictos de clase que surgen en la producción y en la distribución-, se ven obligados a rechazar al mismo tiempo la expresión concreta de las predicciones que hicieron aquellos autores. En cambio, entre los discípulos actuales de Marx hay división de opiniones. Unos siguen repitiendo tanto el espíritu como la letra de la obra del maestro: es cierto que si se limitan a repetir que el capitalismo está embarazado de socialismo, y que, tarde o temprano, éste nacerá del seno mismo de aquél, no habrán aportado nada nuevo, y podrían ser acusados de malos (y perezosos) economistas; pero muchos de éstos van más allá de la obra de Marx e intentan desarrollarla, y no simplemente repetirla. Pero también hay autores que se consideran marxistas y revisan de forma sustancial las enseñanzas de Marx, como por ejemplo los que defienden un marxismo sin teoría laboral del valor, cuyas manifestaciones estudiaremos en capítulos posteriores.

Por encima de las diferencias entre las dos ramas heterodoxas, podemos apuntar una coincidencia importante: la idea de que cierta forma de socialismo sucederá -"por necesidad" o con "probabilidad"- al capitalismo está presente, implícita o explícitamente, en casi todos ellos. Un ejemplo, antes de entrar en materia, bastará para apoyar esta tesis. El muy conocido y prestigioso economista austriaco-estadounidense J. A. Schumpeter, nacido, como Keynes, el año en que murió Marx, y, como Keynes también, muy distante de las ideas de Marx, adquirió un aura imborrable de heterodoxo cuando se le ocurrió publicar las bien conocidas reflexiones de su libro Capitalismo, socialismo, democracia: ")Puede sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda [...] )Puede funcionar el socialismo? Por supuesto que puede [...] (Schumpeter 1942, pp. 95 y 223). De nada le valió a Schumpeter aclarar, inmediatamente después, que la posición que subyacía, bajo su frialdad de analista, era la de un político conservador y adversario del socialismo: "La idea que he de esforzarme por fundamentar es la de que las realizaciones presentes y futuras del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la idea de su derrumbamiento bajo el peso de la quiebra económica, pero que el mismo éxito del capitalismo mina las instituciones sociales que lo protegen y crea, 'inevitablemente', las condiciones en que no le sería posible vivir y que señalan claramente al socialismo como su heredero legítimo. Por consiguiente, mi conclusión final no difiere, por mucho que pueda diferir mi argumentación, de aquella a que llegan la mayoría de los escritores socialistas y, en particular, todos los marxistas. Pero para aceptarla no es necesario ser socialista. La prognosis no implica nada acerca de la deseabilidad del curso de los acontecimientos que se predicen. Si un médico predice que su paciente morirá en breve ello no quiere decir que lo desee. Se puede odiar al socialismo o, por lo menos, mirarlo con una fría crítica, y, no obstante, prever su advenimiento. Muchos conservadores lo han previsto y lo prevén. Tampoco se necesita aceptar esta conclusión para calificarse de socialista. Se puede querer el socialismo y creer ardientemente en su superioridad económica, cultural y ética, y, no obstante, creer al mismo tiempo que la sociedad capitalista no alberga ninguna tendencia hacia su autodestrucción. Hay, efectivamente, socialistas que creen que el orden capitalista recupera la fuerza y se estabiliza a medida que transcurre el tiempo, por lo que es quimérico esperar su derrumbamiento" (ibid., pp. 95-96).

Sin embargo, por mucho valor heurístico que quiera atribuirse a la idea del socialismo como sustituto del capitalismo, debe complementarse con ideas más específicas, sobre el funcionamiento interno del sistema capitalista, para obtener un criterio interpretativo más adecuado. Y, en este punto, la segunda hipótesis central que contiene este libro apunta al papel que desempeña la teoría del valor en el conjunto de la teoría económica del capitalismo. Más concretamente, la combinación de idea con la anterior nos lleva a la conclusión de que, hoy por hoy, es imposible hablar de ninguna forma de heterodoxia económica seria que no defienda, ya sea alguna forma de socialismo, ya alguna versión de la teoría laboral del valor, o bien ambas cosas a la vez.

Pues bien , en relación con la teoría del valor, se plantea de forma aguda la importante cuestión epistemológica del eclecticismo[4], que bien merece que nos detengamos un momento a reflexionar. Hay que empezar distinguiendo dos cosas. En la formación del pensamiento de cada sujeto ejerce su influencia una serie de factores muy diversos, y no es difícil compartir la opinión de que el teórico debe aceptar la influencia de todo tipo de teorías y elaboraciones conceptuales, vengan de donde vengan, siempre que las mismas superen el criterio de cientificidad establecido por el propio sujeto receptor. En este sentido, por supuesto que Nell y Marx y tantos otros son eclécticos, y yo mismo me considero un ecléctico desde ese punto de vista. De hecho, en la polémica ponencia de Santiago se citaba una afirmación de Samuelson donde éste se refiere, siguiendo a I. Berlin, a la presencia de esta forma de "eclecticismo" en Marx, junto a la siguiente valoración de su teoría: "Lo original no son los componentes, sino la hipótesis central que los conecta entre sí" (o sea, la teoría laboral del valor), de forma que "poco importa, pues, que Spinoza y Feuerbach defendieran anteriormente el materialismo histórico; Saint-Simon y Guizot, la lucha de clases; Sismondi, las crisis económicas; Moses Hess y Babeuf, el surgimiento del proletariado; y Fourier y algunos posricardianos, como Bray, Thompson y Hodgskin, los conceptos de explotación y plusvalía" (Samuelson 1980, p. 916). El mismo Samuelson se declara, a su vez, ecléctico: "Soy ecléctico únicamente porque la experiencia me ha enseñado que la Madre naturaleza también lo es" (Samuelson 1992, p. 281). Si entendemos el eclecticismo en el sentido de estas dos citas de Samuelson, no se ve como ningún aspirante a científicos pueda negar ser ecléctico.

Sin embargo, no es éste el sentido que se da al concepto fuerte de eclecticismo cuando se lo emplea en el contexto de la metodología científica y de los discursos epistemológicos. Y esto también lo compartiría un autor como Samuelson, pues, inmediatamente después de la cita anterior, añade: "Si todas las pruebas apuntan a una causación con un solo factor, yo no presento ninguna resistencia interna a aceptarla. Pero esta frase conlleva un gran 'si'" (ibidem). Ésta es la cuestión: si una teoría apunta a un solo factor causal y una segunda teoría punta a un factor distinto del primero, difícilmente pueden compatibilizarse ambas. Así, por ejemplo, si Marx concluye que la propia dinámica capitalista lleva al capitalismo a transformarse en socialismo, esta tesis no puede hacerse compatible con la tesis de que el capitalismo seguirá siempre siendo capitalismo (ni tampoco con la de que no existe nada a lo que se pueda llamar "la dinámica capitalista"). Igualmente, si se defiende que el trabajo es el origen del valor, no hay forma de hacer casar esta tesis con una teoría del valor basada en otra cosa, ni tampoco con la teoría de que no se necesita ninguna teoría del valor para explicar los precios de las mercancías.

La anterior reflexión nos lleva a la siguiente. En el interior de cuerpos teóricos articulados en torno a tesis diferentes pueden encontrar cabida aportaciones, conceptos, teorías, instrumentos, etc. procedentes de corrientes o escuelas diversas, y esto no es sino un ejemplo del primer tipo de eclecticismo, que es científicamente irreprochable. Pero lo que no puede aceptarse, si se respetan las leyes de la lógica, es el segundo tipo de eclecticismo; y es éste el que siempre resulta, por fuerza, excesivo. Y ello, sencillamente, porque su mera presencia trasluce la existencia de una contradicción no percibida por el sujeto. Puesto que nadie se atreverá a defender válidamente una cosa y su contraria, no sólo parece justificado el rechazo universal del eclecticismo que hace eso de forma inconsciente, sino que podemos aplicar esta posición a los casos concretos de las teorías mencionadas (la relación entre teoría laboral y otras teorías del valor, o entre los pronósticos afirmativo y negativo del socialismo).

Una última cuestión: las dos teorías mencionadas (teoría laboral del valor y pronóstico del socialismo) aparecen tan íntimamente ligadas en Marx -ese gran heterodoxo de la Economía- que cabe preguntarse si no llegó a fundamentar sólidamente la tesis de la autocontradicción liquidadora del capitalismo gracias precisamente a la formulación de la teoría laboral del valor. Por esta razón, Marx ocupa un lugar especial en la historia del pensamiento económico heterodoxo: antes que él, casi todos los economistas críticos fueron socialistas que criticaron a los economistas clásicos creadores de la teoría laboral del valor. Después de él, y en la actualidad, muchos otros críticos sacaron y sacan conclusiones socialistas a partir de teorías que se pretenden ajenas a la teoría laboral del valor, o bien reivindican desde un punto de vista no socialista las enseñanzas realistas de los clásicos, entre las que ocupa un lugar central la teoría del valor-trabajo. Pero sólo en Marx y en una minoría de sus seguidores podemos encontrar simultáneamente la diagnosis del embarazo socialista del capitalismo sobre la base de la teoría del valor-trabajo.

En cualquier caso, todas estas escuelas e interpretaciones diversas, así como las relaciones existentes entre ellas, suponen precisamente el terreno de la heterodoxia económica a la que se dedican las páginas siguientes de este libro.