Capítulo
1: Crítica y heterodoxia en la historia del pensamiento
económico.
1.1. Capitalismo, eclecticismo y heterodoxia.
Un dicho famoso, pero no
siempre bien repetido, afirma que el economista es alguien que
explicará mañana por qué lo que predijo ayer
no se ha cumplido hoy. Hay que aclarar que ése es el economista
ingenuo, porque hay otra especie de economistas, más precavidos,
que para no equivocarse prefieren no responder, como por ejemplo
aquél que, preguntado sobre la evolución futura
de la Bolsa, se limitó a decir: "Fluctuará,
fluctuará". Esta referencia a la dudosa calidad de
muchas predicciones económicas no pretende dar paso a sesudas
discusiones metodológicas sobre lo que es o no es la Economía,
o sobre el mayor o menor alcance científico de esta disciplina.
Su intención es simplemente recordar lo expresivas (autoinformativas)
que son, es decir, cuán ampliamente reflejan estas predicciones
la índole de las teorías económicas que habitan
el cerebro de quien las hace. Lo mismo que "por el humo se
sabe dónde está el fuego", por el tipo de predicciones
sobre la evolución futura del sistema capitalista se puede
deducir en gran medida si la teoría económica que
las inspira se sitúa en un lado u otro de la línea
divisoria que separa la heterodoxia de la ortodoxia. Evidentemente,
la tarea de precisar con cuidado qué significa cada una
de estas dos mitades del pensamiento tiene que revestir, por fuerza,
una enorme complejidad. Pero si nos propusiéramos hallar
una delimitación preliminar (para "andar por casa")
del terreno propio de los economistas heterodoxos de los últimos
dos o tres siglos -para evitar retroceder a la época precapitalista,
que nos interesa aquí mucho menos-, no habría probablemente
un método más directo que investigar la opinión
de cada autor, no tanto sobre el presente del capitalismo, como
sobre su futuro.
Sin embargo, hay que insistir
en que este criterio simple y directo, a pesar de lo útil
que pueda ser como primera aproximación, es insuficiente
por sí solo, y debe ser completado con criterios adicionales
de naturaleza varia, cuya consideración conjunta tiene
que resultar necesariamente en un panorama tan heterogéneo
y tan amplio que difícilmente se puede pretender hacer
un análisis exhaustivo de los heterodoxos. Pero el objetivo
de este libro no es esto último, sino llegar a presentar
una muestra significativa de autores heterodoxos relevantes, que
aunque no cubra la totalidad del pensamiento crítico -no
es eso lo que se pretende-, sirva para ilustrar la lectura personal
que hace el autor de la historia del pensamiento económico
heterodoxo.
Con este ánimo, e
independientemente de las afirmaciones más matizadas que
se harán en el siguiente epígrafe, podemos comenzar
identificando (de forma muy simplificada) tres grandes tipos de
respuestas históricas a la citada cuestión del futuro
del capitalismo:
1) Tenemos en primer lugar la interpretación "clasista"
de los clásicos, que insistieron en el efecto asimétrico
del desarrollo capitalista, es decir, señalaron que uno
de los rasgos fundamentales de la tendencia histórica del
capitalismo es que perjudicaría a unas clases a la vez
que beneficiaría a otras.
2) Contamos, en segundo lugar, con la respuesta de Marx, que consistió,
en esencia, en un pronóstico de transformación del
sistema en su contrario, el socialismo, como consecuencia de su
propia ley interna de desarrollo.
3) Por último, el enfoque de los autores posteriores fue
muy distinto, ya que, salvo excepciones, o bien les impidió
observar tendencias particulares en la dinámica capitalista
-haciéndolos preocuparse tan sólo de problemas de
naturaleza estática-, o bien los reforzó en la idea
de que es imposible encontrar tendencia alguna en cualquier evolución
económica, descalificando toda pretensión contraria
como teleología metafísica. En consecuencia, este
tercer grupo de autores prefiere no pronunciarse sobre el futuro
del sistema; pero no pueda evitar hacerlo sobre el presente, de
forma que podemos descubrir en estos pronunciamientos dos grandes
ramas dentro de la tercera familia de respuestas que hemos identificado:
3a) la de quienes opinan que el sistema capitalista funciona de
la mejor forma posible gracias a una serie de cualidades innatas
que posee tal sistema;
y 3b) la de quienes creen que, gracias al control público
y/o institucional sobre la economía de mercado, este sistema
es el menos malo de todos los posibles.
Si se fija uno
bien en esta clasificación -desde luego imperfecta- que
acabamos de hacer, descubrirá que podría servirnos
para encontrar evidencias importantes sobre el sentido actual
de la heterodoxia económica. Por una parte, la fuerza propagandística
de los manuales ortodoxos nos ha hecho creer que los clásicos
y Marx son definitivamente cosa del pasado; por tanto, aunque
añadiéramos que el pensamiento de Marx fue una gran
opción heterodoxa frente al pensamiento de los clásicos,
no parece obvio que esto convenza a nadie de que nos hallamos
ante un instrumento analítico relevante para entender la
economía presente. Sin embargo, la dificultad de la prueba
no le quita verdad a una tesis verdadera, y por tanto no daremos
por derrotada, sin más, la idea afirmativa de esa relevancia,
aparte de que esta tesis de la relevancia presente de la obra
de los clásicos y de Marx encuentra una confirmación
directa en la existencia de un número creciente de continuadores
actuales de esas dos corrientes de pensamiento. Por otra parte,
el problema de qué deba entenderse por un "discípulo"
no es de los menores, puesto que lleva implícita la ardua
cuestión de la interpretación correcta de las ideas
del maestro, o la no menos difícil de hasta qué
punto se puede decir del primero que las siguió, las mejoró,
las desarrolló, las tergiversó, o las traicionó.
En tercer lugar, la existencia de herederos o discípulos
de estas dos primeras escuelas parece absolutamente necesaria
para hablar hoy en día de heterodoxia en el sentido fuerte
del término -que es el que utilizaremos preferentemente
en este libro-, pues si la tercera escuela (o respuesta) mencionada
quedó bien definida, es claro que las dos ramas que la
componen surgen del tronco común de la ortodoxia, que da
cobijo tanto a los que califican al sistema capitalista como "el
menos malo"[1] cuanto a los que lo consideran
como "el mejor" posible; pues con esto se hace recaer
el peso de la diferencia sobre una cuestión secundaria:
la de si el mecanismo que hace posible este óptimo funcionamiento
es interno o externo al sistema, es decir, si radica en las "fuerzas
del mercado" o, más bien, en la capacidad de gestión
política de los dirigentes del Estado.
Ahora bien, como
veremos en capítulos posteriores, la división de
la tercera corriente en esas dos ramas puede interpretarse, a
su vez, en dos sentidos distintos -bien como una distinción
entre neoclásicos y keynesianos, bien como una separación
entre liberales y socialdemócratas-, según se ponga
el énfasis en un contexto interpretativo más económico
que político, o viceversa. Sin embargo, no vamos a entrar
por el momento en esta cuestión. Antes, conviene reparar
en la posición desigual o asimétrica que ocupan,
frente a ambas ortodoxias, los representantes actuales de las
dos primeras corrientes (los heterodoxos contemporáneos).
Porque mientras los herederos de los clásicos mantienen
el espíritu del enfoque clásico -el énfasis
en los conflictos de clase que surgen en la producción
y en la distribución-, se ven obligados a rechazar al mismo
tiempo la expresión concreta de las predicciones que hicieron
aquellos autores. En cambio, entre los discípulos actuales
de Marx hay división de opiniones. Unos siguen repitiendo
tanto el espíritu como la letra de la obra del maestro:
es cierto que si se limitan a repetir que el capitalismo está
embarazado de socialismo, y que, tarde o temprano, éste
nacerá del seno mismo de aquél, no habrán
aportado nada nuevo, y podrían ser acusados de malos (y
perezosos) economistas; pero muchos de éstos van más
allá de la obra de Marx e intentan desarrollarla, y no
simplemente repetirla. Pero también hay autores que se
consideran marxistas y revisan de forma sustancial las enseñanzas
de Marx, como por ejemplo los que defienden un marxismo sin teoría
laboral del valor, cuyas manifestaciones estudiaremos en capítulos
posteriores.
Por encima de las diferencias
entre las dos ramas heterodoxas, podemos apuntar una coincidencia
importante: la idea de que cierta forma de socialismo sucederá
-"por necesidad" o con "probabilidad"- al
capitalismo está presente, implícita o explícitamente,
en casi todos ellos. Un ejemplo, antes de entrar en materia, bastará
para apoyar esta tesis. El muy conocido y prestigioso economista
austriaco-estadounidense J. A. Schumpeter, nacido, como Keynes,
el año en que murió Marx, y, como Keynes también,
muy distante de las ideas de Marx, adquirió un aura imborrable
de heterodoxo cuando se le ocurrió publicar las bien conocidas
reflexiones de su libro Capitalismo, socialismo, democracia: ")Puede
sobrevivir el capitalismo? No; no creo que pueda [...] )Puede
funcionar el socialismo? Por supuesto que puede [...] (Schumpeter
1942, pp. 95 y 223). De nada le valió a Schumpeter aclarar,
inmediatamente después, que la posición que subyacía,
bajo su frialdad de analista, era la de un político conservador
y adversario del socialismo: "La idea que he de esforzarme
por fundamentar es la de que las realizaciones presentes y futuras
del sistema capitalista son de tal naturaleza que rechazan la
idea de su derrumbamiento bajo el peso de la quiebra económica,
pero que el mismo éxito del capitalismo mina las instituciones
sociales que lo protegen y crea, 'inevitablemente', las condiciones
en que no le sería posible vivir y que señalan claramente
al socialismo como su heredero legítimo. Por consiguiente,
mi conclusión final no difiere, por mucho que pueda diferir
mi argumentación, de aquella a que llegan la mayoría
de los escritores socialistas y, en particular, todos los marxistas.
Pero para aceptarla no es necesario ser socialista. La prognosis
no implica nada acerca de la deseabilidad del curso de los acontecimientos
que se predicen. Si un médico predice que su paciente morirá
en breve ello no quiere decir que lo desee. Se puede odiar al
socialismo o, por lo menos, mirarlo con una fría crítica,
y, no obstante, prever su advenimiento. Muchos conservadores lo
han previsto y lo prevén. Tampoco se necesita aceptar esta
conclusión para calificarse de socialista. Se puede querer
el socialismo y creer ardientemente en su superioridad económica,
cultural y ética, y, no obstante, creer al mismo tiempo
que la sociedad capitalista no alberga ninguna tendencia hacia
su autodestrucción. Hay, efectivamente, socialistas que
creen que el orden capitalista recupera la fuerza y se estabiliza
a medida que transcurre el tiempo, por lo que es quimérico
esperar su derrumbamiento" (ibid., pp. 95-96).
Sin embargo, por
mucho valor heurístico que quiera atribuirse a la idea
del socialismo como sustituto del capitalismo, debe complementarse
con ideas más específicas, sobre el funcionamiento
interno del sistema capitalista, para obtener un criterio interpretativo
más adecuado. Y, en este punto, la segunda hipótesis
central que contiene este libro apunta al papel que desempeña
la teoría del valor en el conjunto de la teoría
económica del capitalismo. Más concretamente, la
combinación de idea con la anterior nos lleva a la conclusión
de que, hoy por hoy, es imposible hablar de ninguna forma de heterodoxia
económica seria que no defienda, ya sea alguna forma de
socialismo, ya alguna versión de la teoría laboral
del valor, o bien ambas cosas a la vez.
Pues bien , en
relación con la teoría del valor, se plantea de
forma aguda la importante cuestión epistemológica
del eclecticismo[4], que bien merece que nos
detengamos un momento a reflexionar. Hay que empezar distinguiendo
dos cosas. En la formación del pensamiento de cada sujeto
ejerce su influencia una serie de factores muy diversos, y no
es difícil compartir la opinión de que el teórico
debe aceptar la influencia de todo tipo de teorías y elaboraciones
conceptuales, vengan de donde vengan, siempre que las mismas superen
el criterio de cientificidad establecido por el propio sujeto
receptor. En este sentido, por supuesto que Nell y Marx y tantos
otros son eclécticos, y yo mismo me considero un ecléctico
desde ese punto de vista. De hecho, en la polémica ponencia
de Santiago se citaba una afirmación de Samuelson donde
éste se refiere, siguiendo a I. Berlin, a la presencia
de esta forma de "eclecticismo" en Marx, junto a la
siguiente valoración de su teoría: "Lo original
no son los componentes, sino la hipótesis central que los
conecta entre sí" (o sea, la teoría laboral
del valor), de forma que "poco importa, pues, que Spinoza
y Feuerbach defendieran anteriormente el materialismo histórico;
Saint-Simon y Guizot, la lucha de clases; Sismondi, las crisis
económicas; Moses Hess y Babeuf, el surgimiento del proletariado;
y Fourier y algunos posricardianos, como Bray, Thompson y Hodgskin,
los conceptos de explotación y plusvalía" (Samuelson
1980, p. 916). El mismo Samuelson se declara, a su vez, ecléctico:
"Soy ecléctico únicamente porque la experiencia
me ha enseñado que la Madre naturaleza también lo
es" (Samuelson 1992, p. 281). Si entendemos el eclecticismo
en el sentido de estas dos citas de Samuelson, no se ve como ningún
aspirante a científicos pueda negar ser ecléctico.
Sin embargo, no es éste
el sentido que se da al concepto fuerte de eclecticismo cuando
se lo emplea en el contexto de la metodología científica
y de los discursos epistemológicos. Y esto también
lo compartiría un autor como Samuelson, pues, inmediatamente
después de la cita anterior, añade: "Si todas
las pruebas apuntan a una causación con un solo factor,
yo no presento ninguna resistencia interna a aceptarla. Pero esta
frase conlleva un gran 'si'" (ibidem). Ésta es la
cuestión: si una teoría apunta a un solo factor
causal y una segunda teoría punta a un factor distinto
del primero, difícilmente pueden compatibilizarse ambas.
Así, por ejemplo, si Marx concluye que la propia dinámica
capitalista lleva al capitalismo a transformarse en socialismo,
esta tesis no puede hacerse compatible con la tesis de que el
capitalismo seguirá siempre siendo capitalismo (ni tampoco
con la de que no existe nada a lo que se pueda llamar "la
dinámica capitalista"). Igualmente, si se defiende
que el trabajo es el origen del valor, no hay forma de hacer casar
esta tesis con una teoría del valor basada en otra cosa,
ni tampoco con la teoría de que no se necesita ninguna
teoría del valor para explicar los precios de las mercancías.
La anterior reflexión
nos lleva a la siguiente. En el interior de cuerpos teóricos
articulados en torno a tesis diferentes pueden encontrar cabida
aportaciones, conceptos, teorías, instrumentos, etc. procedentes
de corrientes o escuelas diversas, y esto no es sino un ejemplo
del primer tipo de eclecticismo, que es científicamente
irreprochable. Pero lo que no puede aceptarse, si se respetan
las leyes de la lógica, es el segundo tipo de eclecticismo;
y es éste el que siempre resulta, por fuerza, excesivo.
Y ello, sencillamente, porque su mera presencia trasluce la existencia
de una contradicción no percibida por el sujeto. Puesto
que nadie se atreverá a defender válidamente una
cosa y su contraria, no sólo parece justificado el rechazo
universal del eclecticismo que hace eso de forma inconsciente,
sino que podemos aplicar esta posición a los casos concretos
de las teorías mencionadas (la relación entre teoría
laboral y otras teorías del valor, o entre los pronósticos
afirmativo y negativo del socialismo).
Una última cuestión:
las dos teorías mencionadas (teoría laboral del
valor y pronóstico del socialismo) aparecen tan íntimamente
ligadas en Marx -ese gran heterodoxo de la Economía- que
cabe preguntarse si no llegó a fundamentar sólidamente
la tesis de la autocontradicción liquidadora del capitalismo
gracias precisamente a la formulación de la teoría
laboral del valor. Por esta razón, Marx ocupa un lugar
especial en la historia del pensamiento económico heterodoxo:
antes que él, casi todos los economistas críticos
fueron socialistas que criticaron a los economistas clásicos
creadores de la teoría laboral del valor. Después
de él, y en la actualidad, muchos otros críticos
sacaron y sacan conclusiones socialistas a partir de teorías
que se pretenden ajenas a la teoría laboral del valor,
o bien reivindican desde un punto de vista no socialista las enseñanzas
realistas de los clásicos, entre las que ocupa un lugar
central la teoría del valor-trabajo. Pero sólo en
Marx y en una minoría de sus seguidores podemos encontrar
simultáneamente la diagnosis del embarazo socialista del
capitalismo sobre la base de la teoría del valor-trabajo.
En cualquier caso,
todas estas escuelas e interpretaciones diversas, así como
las relaciones existentes entre ellas, suponen precisamente el
terreno de la heterodoxia económica a la que se dedican
las páginas siguientes de este libro.