1.
EN VISPERAS DE LA REVOLUCION
Las primeras obras del marxismo maduro, "Miseria
de la Filosofía" y el "Manifiesto
Comunista", datan precisamente de la víspera
de la revolución de 1848. Esta
circunstancia hace que en estas obras se contenga,
hasta cierto punto, además de una
exposición de los fundamentos generales del marxismo, el reflejo
de la situación revolucionaria concreta de aquella época; por
eso será, quizás, más conveniente examinar
lo que los autores de esas obras dicen acerca del Estado, inmediatamente
antes de examinar
las conclusiones sacadas por ellos de la experiencia de los años
1848-1851.
"En el transcurso del desarrollo, la clase
obrera -escribe Marx en 'Miseria de la
Filosofía'- sustituirá la antigua sociedad burguesa
por una asociación que excluya a
las clases y su antagonismo; y no existirá ya un
Poder político propiamente dicho, pues
el Poder político es precisamente la expresión
oficial del antagonismo de clase dentro de
la sociedad burguesa".
Es interesante confrontar con esta exposición general
de la idea de la desaparición
del Estado después de la supresión de las clases,
la exposición que contiene el
"Manifiesto Comunista", escrito por Marx
y Engels algunos meses después, a saber, en
noviembre de 1847:
"Al esbozar las fases más generales del desarrollo
del proletariado, hemos seguido la
guerra civil más o menos latente que existe en el seno de la sociedad
vigente, hasta el momento en
que se transforma en una revolución abierta y el proletariado,
derrocando por la violencia a la burguesía, instaura su
dominación"
"Ya
dejamos dicho que el primer paso de la revolución obrera será
la transformación [literalmente:
elevación] del proletariado en clase dominante, la conquista
de la democracia".
"El proletariado se valdrá de su dominación
política para ir arrancando
gradualmente a la burguesía todo el capital, para
centralizar todos los instrumentos de
producción en manos del Estado, es decir, del proletariado
organizado como clase dominante, y para aumentar con la mayor
rapidez posible las fuerzas productivas".
Vemos aquí formulada una de las ideas más notables
y más importantes del
marxismo en la cuestión del Estado, a saber: la
idea de la "dictadura del proletariado"
(como
comenzaron a denominarla Marx y Engels después de la Comuna de
París) y asimismo la definición del Estado, interesante en el
más alto grado, que se cuenta también entre las "palabras
olvidadas" del marxismo: "El Estado, es decir, el proletariado
organizado como clase dominante ".
Esta definición del Estado no sólo no se explicaba
nunca en la literatura imperante de
propaganda y agitación de los partidos socialdemócratas oficiales,
sino que, además, se la ha entregado expresamente al olvido, pues
es del todo irreconciliable con el reformismo y se da de bofetadas
con los prejuicios oportunistas corrientes y las ilusiones filisteas
con respecto al "desarrollo pacífico de la democracia".
El proletariado necesita el Estado, repiten todos
los oportunistas, social-chovinistas y
kautskianos asegurando que tal es la doctrina de
Marx y "olvidándose" de añadir,
primero, que, según Marx, el proletariado sólo
necesita un Estado que se extinga, es
decir, organizado de tal modo, que comience a extinguirse
inmediatamente y que no
pueda por menos de extinguirse; y, segundo, que
los trabajadores necesitan un
"Estado", "es decir, el proletariado organizado
como clase dominante".
El Estado es una organización especial de la fuerza,
es una organización de la
violencia para la represión de una clase cualquiera.
¿Qué clase es la que el proletariado
tiene que reprimir? Sólo es, naturalmente, la clase
explotadora, es decir, la burguesía.
Los trabajadores sólo necesitan el Estado para
aplastar la resistencia de los
explotadores, y este aplastamiento sólo puede dirigirlo,
sólo puede llevarlo a la
práctica el proletariado, como la única clase consecuentemente
revolucionaria, como la
única clase capaz de unir a todos los trabajadores
y explotados en la lucha contra la
burguesía, por la completa eliminación de ésta.
Las clases explotadoras necesitan la dominación
política para mantener la
explotación, es decir, en interés egoísta de una
minoría insignificante contra la mayoría
inmensa del pueblo. Las clases explotadas necesitan
la dominación política para
destruir completamente toda explotación, es decir,
en interés de la mayoría inmensa
del pueblo contra la minoría insignificante de
los esclavistas modernos, es decir, los
terratenientes y capitalistas.
Los demócratas pequeño-burgueses, estos seudo-socialistas
que han sustituido la lucha
de clases por sueños sobre la armonía de las clases, se han imaginado
la transformación socialista
también de un modo soñador, no como el derrocamiento de
la dominación de la clase explotadora, sino como la sumisión pacífica
de la minoría a la mayoría, que habrá adquirido conciencia
de su misión. Esta utopía pequeño-burguesa, que
va inseparablemente unida al reconocimiento de un Estado situado
por encima de las clases,
ha conducido en la práctica a la traición contra los intereses
de las clases trabajadoras,
como lo ha demostrado, por ejemplo, la historia de las revoluciones
francesas de 1848
y 1871, y como lo ha demostrado la experiencia de la participación
"socialista"
en ministerios burgueses en Inglaterra, Francia, Italia y otros
países a fines del siglo XIX y comienzos del XX.
Marx luchó durante toda su vida contra este socialismo
pequeño-burgués, que hoy
vuelve a renacer en Rusia en los partidos social-revolucionario
y menchevique. Marx
desarrolló consecuentemente la doctrina de la lucha
de clases hasta llegar a
establecer la doctrina sobre el Poder político, sobre el Estado.
El derrocamiento de la dominación de la burguesía
sólo puede llevarlo a cabo el
proletariado, como clase especial cuyas condiciones
económicas de existencia le
preparan para ese derrocamiento y le dan la posibilidad y la fuerza
de efectuarlo. Mientras la burguesía desune y dispersa a los campesinos
y a todas las capas pequeño-burguesas,
cohesiona, une y organiza al proletariado. Sólo el proletariado
-en virtud de su papel económico en la gran producción-
es capaz de ser el jefe de todas las masas trabajadoras
y explotadas, a quienes con frecuencia la burguesía explota,
esclaviza y oprime no menos, sino más que a los proletarios, pero
que no son capaces de luchar por su cuenta para
alcanzar su propia liberación.
La doctrina de la lucha de clases, aplicada por
Marx a la cuestión del Estado y de la
revolución socialista, conduce necesariamente al reconocimiento
de la dominación política
del proletariado, de su dictadura, es decir, de un Poder no
compartido con nadie
y apoyado directamente en la fuerza armada de las masas. El derrocamiento
de la burguesía sólo
puede realizarse mediante la transformación del proletariado en
clase dominante,
capaz de aplastar la resistencia inevitable y desesperada
de la burguesía y de organizar para el nuevo régimen económico
a todas las masas trabajadoras y explotadas.
El proletariado necesita el Poder del Estado, organización centralizada
de la fuerza, organización de la violencia, tanto para
aplastar la resistencia de los explotadores
como para dirigir a la enorme masa de la población, a los
campesinos, a la pequeña
burguesía, a los semiproletarios, en la obra de "poner en
marcha" la economía socialista.
Educando al Partido obrero, el marxismo educa a
la vanguardia del proletariado,
vanguardia capaz de tomar el Poder y de conducir a todo el pueblo
al socialismo, de dirigir
y organizar el nuevo régimen, de ser el maestro, el dirigente,
el jefe de todos los trabajadores y explotados en la obra
de construir su propia vida social sin burguesía y contra
la burguesía. Por el contrario, el oportunismo hoy imperante educa
en sus partidos obreros
a los representantes de los obreros mejor pagados, que están
apartados de las masas y se "arreglan" pasablemente
bajo el capitalismo, vendiendo por un plato de lentejas su derecho
de primogenitura, es decir, renunciando al papel de jefes
revolucionarios del pueblo contra la burguesía.
"El Estado, es decir, el proletariado organizado
como clase dominante": esta teoría
de Marx se halla inseparablemente vinculada a toda
su doctrina acerca de la misión
revolucionaria del proletariado en la historia.
El coronamiento de esta su misión es la
dictadura proletaria, la dominación política del proletariado.
Pero si el proletariado necesita el Estado como
organización especial de la violencia
contra
la burguesía, de aquí se desprende por sí misma
la conclusión de si es
concebible que pueda crearse una organización semejante
sin destruir previamente,
sin aniquilar aquella máquina estatal creada para
sí por la burguesía. A esta conclusión
lleva directamente el "Manifiesto Comunista",
y Marx habla de ella al hacer el balance de
la experiencia de la revolución de 1848-1851.
2. EL BALANCE DE LA REVOLUCION
En el siguiente pasaje de su obra "El 18 Brumario
de Luis Bonaparte", Marx hace el
balance de la revolución de 1848-1851, respecto
a la cuestión del Estado, que es el que
aquí nos interesa:
"Pero
la revolución es radical. Está pasando todavía por el purgatorio.
Cumple su tarea con método.
Hasta el 2 de diciembre de 1851 [día del golpe de Estado de Luis
Bonaparte] había terminado
la mitad de su labor preparatoria; ahora, termina la otra mitad.
Lleva primero a la perfección el Poder parlamentario, para poder
derrotarlo. Ahora, conseguido
ya esto, lleva a la perfección el Poder ejecutivo, lo reduce
a su más pura expresión,
lo aísla, se enfrenta con él, con el único objeto de concentrar
contra él todas las
fuerzas de destrucción [subrayado por nosotros]. Y cuando
la revolución haya llevado
a cabo esta segunda parte de su labor preliminar, Europa se levantará
y gritará jubilosa: ¡bien has osado, viejo topo!
Este
Poder ejecutivo, con su inmensa organización burocrática y militar,
con su compleja y artificiosa
maquinaria de Estado, un ejército de funcionarios que suma
medio millón de hombres, junto a un ejército de otro medio millón
de hombres, este espantoso organismo parasitario que se
ciñe como una red al cuerpo de la sociedad francesa
y la tapona todos los poros, surgió en la época de la monarquía
absoluta, de la decadencia
del régimen feudal, que dicho organismo contribuyó a acelerar".
La primera revolución francesa desarrolló la centralización,
"pero al mismo tiempo amplió el
volumen, las atribuciones y el número de servidores del Poder
del gobierno. Napoleón
perfeccionó esta máquina del Estado". La monarquía legítima
y la monarquía de julio "no añadieron nada más que
una mayor división del trabajo"
"Finalmente, la república parlamentaria, en
su lucha contra la revolución, vióse
obligada a fortalecer, junto con las medidas represivas,
los medios y la centralización
del Poder del gobierno. Todas las revoluciones
perfeccionaban esta máquina, en
vez de destrozarla [subrayado por nosotros].
Los partidos que luchaban
alternativamente por la dominación, consideraban
la toma de posesión de este
inmenso edificio del Estado como el botín principal
del vencedor" ("El 18 Brumario de Luis
Bonaparte").
En este notable pasaje, el marxismo avanza un trecho
enorme en comparación con
el "Manifiesto Comunista". Allí, la cuestión
del Estado planteábase todavía de un modo
extremadamente abstracto, operando con las nociones
y las expresiones más
generales. Aquí, la cuestión se plantea ya de un
modo concreto, y la conclusión a que se
llega es extraordinariamente precisa, definida, prácticamente
tangible: todas las revoluciones
anteriores perfeccionaron la máquina del Estado, y lo que hace
falta es romperla, destruirla.
Esta
conclusión es lo principal, lo fundamental, en la doctrina del
marxismo sobre el Estado Y
precisamente esto, que es lo fundamental, es lo que no sólo ha
sido olvidado completamente
por los partidos socialdemócratas oficiales imperantes, sino lo
que ha sido evidentemente tergiversado (como veremos
más abajo) por el más destacado teórico de la II Internacional,
C. Kautsky.
En el "Manifiesto Comunista" se resumen
los resultados generales de la historia, que
nos obligan a ver en el Estado un órgano de dominación
de clase y nos llevan a la
conclusión necesaria de que el proletariado no puede derrocar
a la burguesía si no empieza
por conquistar el Poder político, si no logra la dominación política,
si no transforma el Estado en el "proletariado organizado
como clase dominante", y de que este
Estado proletario comienza a extinguirse inmediatamente después
de su triunfo, pues
en una sociedad sin contradicciones de clase el Estado es innecesario
e imposible. Pero aquí
no se plantea la cuestión de cómo deberá realizarse -desde el
punto de vista del desarrollo histórico- esta sustitución
del Estado burgués por el Estado proletario.
Esta
cuestión es precisamente la que Marx plantea y resuelve en 1852.
Fiel a su filosofía del materialismo
dialéctico, Marx toma como base la experiencia histórica de los
grandes años de la revolución, de los años 1848-1851. Aquí, como
siempre, la doctrina de Marx
es un resumen de la experiencia, iluminado por una profunda
concepción filosófica del mundo y por un rico conocimiento
de la historia.
La
cuestión del Estado se plantea de un modo concreto: ¿cómo ha surgido
históricamente el Estado burgués,
la máquina del Estado que necesita para su dominación la
burguesía? ¿Cuáles han sido sus cambios, cuál su evolución en
el transcurso de las revoluciones burguesas y ante las acciones
independientes de las clases
oprimidas? ¿Cuáles son las tareas del proletariado en lo tocante
a esta máquina del Estado?
El Poder estatal centralizado, característico de
la sociedad burguesa, surgió en la
época de la caída del absolutismo. Dos son las
instituciones más características de esta
máquina del Estado: la burocracia y el ejército permanente. En
las obras de Marx y Engels
se habla reiteradas veces de los miles de hilos que vinculan a
estas instituciones
precisamente con la burguesía. La experiencia de todo obrero revela
estos vínculos de un
modo extraordinariamente evidente y sugeridor. La clase obrera
aprende en su propia carne a comprender estos vínculos,
por eso, capta tan fácilmente y
se asimila tan bien la ciencia del carácter inevitable de estos
vínculos, ciencia que los demócratas
pequeñoburgueses niegan por ignorancia y por frivolidad, o reconocen,
todavía de un modo más frívolo, "en términos generales",
olvidándose de sacar las conclusiones prácticas correspondientes.
La
burocracia y el ejército permanente son un "parásito"
adherido al cuerpo de la sociedad
burguesa, un parásito engendrado por las contradicciones internas
que dividen a esta sociedad, pero, precisamente, un parásito que
"tapona" los poros vitales. El oportunismo kautskiano
imperante hoy en la socialdemocracia oficial considera
patrimonio especial y exclusivo del anarquismo la idea del Estado
como un organismo parasitario. Se comprende que
esta tergiversación del marxismo sea extraordinariamente
ventajosa para esos filisteos que han llevado el socialismo a
la ignominia inaudita
de justificar y embellecer la guerra imperialista mediante la
aplicación a ésta
del concepto de la "defensa de la patria", pero es,
a pesar de todo, una tergiversación indiscutible.
A
través de todas las revoluciones burguesas vividas en gran número
por Europa desde los tiempos de la caída del feudalismo, este
aparato burocrático y militar va desarrollándose, perfeccionándose
y afianzándose. En particular, es precisamente la pequeña
burguesía la que se pasa al lado de la gran burguesía y se somete
a ella en una medida considerable por medio de este aparato, que
suministra a las capas altas de
los campesinos, pequeños artesanos, comerciantes, etc., puestecitos
relativamente cómodos,
tranquilos y honorables, que colocan a sus poseedores por encima
del pueblo. Fijaos en lo ocurrido en Rusia en el medio
año transcurrido desde el 27 de febrero
de 1917: los cargos burocráticos, que antes se adjudicaban preferentemente
a los miembros de las centurias negras, se han convertido
en botín de kadetes, mencheviques
y social-revolucionarios. En el fondo, no se pensaba en ninguna
reforma seria, esforzándose
por aplazadas "hasta la Asamblea Constituyente", y aplazando
poco a poco la Asamblea
Constituyente ¡hasta el final de la guerra! ¡Pero para el reparto
del botín, para la ocupación de los puestecitos de ministros,
subsecretarios, gobernadores generales, etc., etc., no se dio
largas ni se esperó a ninguna Asamblea Constituyente!
El juego en torno a combinaciones para formar gobierno no era,
en el fondo, más que la expresión de este reparto y reajuste
del "botín", que se hacía arriba y
abajo, por todo el país, en toda la administración, central y
local. El balance, un balance
objetivo, del medio año que va desde el 27 de febrero al 27 de
agosto de 1917 es indiscutible: las reformas se aplazaron,
se efectuó el reparto de los puestecitos burocráticos, y los "errores"
del reparto se corrigieron mediante algunos reajustes
Pero
cuanto más se procede a estos "reajustes" del aparato
burocrático entre los distintos
partidos burgueses y pequeño-burgueses (entre los kadetes, social-revolucionarios
y mencheviques, si nos atenemos al ejemplo ruso), con tanta mayor
claridad ven las clases oprimidas, y a la cabeza de ellas el proletariado,
su hostilidad irreconciliable
contra toda la sociedad burguesa. De aquí la necesidad,
para todos los partidos burgueses, incluyendo a los más
democráticos y "revolucionario-democráticos",
de reforzar la represión contra el proletariado revolucionario,
de fortalecer el
aparato de represión, es decir, la misma máquina del Estado. Esta
marcha de los acontecimientos obliga a la revolución "a
concentrar todas las fuerzas de destrucción"
contra el Poder estatal, la obliga a proponerse como objetivo,
no el perfeccionar la máquina del Estado, sino el destruirla,
el aplastarla.
No
fue la deducción lógica, sino el desarrollo real de
los acontecimientos, la experiencia
viva de los años 1848-1851, lo que condujo a esta manera de plantear
la cuestión. Hasta
qué punto se atiene Marx rigurosamente a la base efectiva de la
experiencia histórica,
se ve teniendo en cuenta que en 1852 Marx no plantea todavía el
problema concreto
de saber con qué se va a sustituir esta máquina del Estado
que ha de ser destruida. La experiencia no suministraba
todavía entonces los materiales para esta
cuestión, que la historia puso al orden del día más tarde, en
1871. En 1852, con la
precisión del observador que investiga la historia natural, sólo
podía registrarse una cosa:
que la revolución proletaria había de abordar la tarea
de "concentrar todas las fuerzas
de destrucción" contra el Poder estatal, la tarea de "romper"
la máquina del Estado.
Aquí
puede surgir esta pregunta: ¿Es justo generalizar la experiencia,
las observaciones y las conclusiones de Marx, aplicándolas a zonas
más amplias que la historia
de Francia en los tres años que van de 1848 a 1851? Para examinar
esta pregunta, comenzaremos recordando una observación de Engels
y pasaremos luego a los hechos.
"Francia -escribía Engels en el prólogo a
la tercera edición del '18 Brumario'- es el
país en el que las luchas históricas de clases se han llevado
cada vez a su término decisivo más que en ningún otro sitio y
donde, por tanto, las formas políticas variables dentro
de las que se han movido estas luchas de clases y en las que han
encontrado su expresión
los resultados de las mismas, y en las que se condensan sus resultados,
adquieren también
los contornos más acusados. Centro del feudalismo en la Edad
Media y país modelo de la monarquía
unitaria corporativa desde el Renacimiento,
Francia pulverizó el feudalismo en la gran revolución e instauró
la dominación pura de la burguesía bajo una forma clásica
como ningún otro país de Europa. También la lucha del proletariado
que se alza contra la burguesía dominante reviste aquí una forma
violenta, desconocida en otros países".
La última observación está anticuada, ya que a
partir de 1871 se ha operado una
interrupción en la lucha revolucionaria del proletariado
francés, si bien esta
interrupción, por mucho que dure, no excluye, en modo alguno,
la posibilidad de que, en
la próxima revolución proletaria, Francia se revele como el país
clásico de la lucha de clases hasta su final decisivo.
Pero
echemos una ojeada general a la historia de los países adelantados
a fines del siglo XIX y comienzos
del XX. Veremos que, de un modo más lento, más variado, y en
un campo de acción mucho más
extenso, se desarrolla el mismo proceso: de una parte,
la formación del "Poder parlamentario", lo mismo en
los países republicanos (Francia,
Norteamérica, Suiza) que en los monárquicos (Inglaterra, Alemania
hasta cierto punto,
Italia, los Países Escandinavos, etc.); de otra parte, la lucha
por el Poder entre
los distintos partidos burgueses y pequeño-burgueses, que se reparten
y se vuelven a repartir el "botín" de los puestos
burocráticos, dejando intangibles las bases del régimen burgués;
y finalmente, el perfeccionamiento y fortalecimiento del "Poder
ejecutivo", de su aparato burocrático y militar.
No cabe la menor duda de que éstos son los rasgos
generales que caracterizan toda
la evolución moderna de los Estados capitalistas
en general. En el transcurso de tres
años, de 1848 a 1851, Francia reveló, en una forma
rápida, tajante, concentrada, los
mismos procesos de desarrollo característicos de todo el mundo
capitalista.
Y
en particular el imperialismo, la época del capital bancario,
la época de los gigantescos monopolios capitalistas, la época
de transformación del capitalismo monopolista
en capitalismo monopolista de Estado, revela un extraordinario
fortalecimiento de
la "máquina del Estado", un desarrollo inaudito de su
aparato burocrático
y militar, en relación con el aumento de la represión contra el
proletariado, así en los países monárquicos como en los
países republicanos más libres.
Indudablemente, en la actualidad, la historia del
mundo conduce, en proporciones
incomparablemente más amplias que en 1852, a la
"concentración de todas las
fuerzas" de la revolución proletaria para la "destrucción"
de la máquina del Estado.
¿Con
qué ha de sustituir el proletariado esta máquina? La Comuna de
París nos suministra los materiales más instructivos a este respecto.
3. COMO PLANTEABA MARX LA CUESTION EN 1852
En
1907, publicó Mehring en la revista "Neue Zeit" extractos
de una carta de Marx a Weydemeyer,
del 5 de marzo de 1852. Esta carta contiene, entre otros,
el siguiente notable pasaje:
"Por lo que a mí se refiere, no me caben ni
el mérito de haber descubierto la
existencia de las clases en la sociedad moderna, ni el de haber
descubierto la lucha entre ellas. Mucho antes que yo, algunos
historiadores burgueses habían expuesto el desarrollo
histórico de esta lucha de clases y algunos economistas burgueses
la anatomía económica
de las clases. Lo que yo aporté de nuevo fue demostrar: 1) que
la existencia de las
clases sólo va unida a determinadas fases históricas de desarrollo
de la producción; 2)
que la lucha de clases conduce, necesariamente, a la dictadura
del proletariado; 3) que esta misma dictadura
no es de por sí más que el tránsito hacia la abolición de todas
las clases y hacia una sociedad sin clases".
En
estas palabras, Marx consiguió expresar de un modo asombrosamente
claro dos cosas: primero,
la diferencia fundamental y cardinal entre su doctrina y las doctrinas
de los pensadores avanzados
y más profundos de la burguesía, y segundo, la esencia de
su teoría del Estado.
Lo fundamental en la doctrina de Marx es la lucha
de clases. Así se dice y se escribe
con mucha frecuencia. Pero esto no es exacto. De
esta inexactitud se deriva con gran
frecuencia la tergiversación oportunista del marxismo, su falseamiento
en un sentido aceptable para
la burguesía. En efecto, la doctrina de la lucha de clases no
fue creada por
Marx, sino por la burguesía, antes de Marx, y es, en términos
generales, aceptable para la burguesía. Quien reconoce
solamente la lucha de clases no es aún marxista, puede
mantenerse todavía dentro del marco del pensamiento burgués y
de la política burguesa.
Circunscribir el marxismo a la doctrina de la lucha de clases
es limitar el marxismo,
bastardearlo, reducirlo a algo que la burguesía puede aceptar.
Marxista sólo es el
que hace extensivo el reconocimiento de la lucha de clases al
reconocimiento de la dictadura del proletariado. En
esto es en lo que estriba la más profunda diferencia entre un
marxista y un pequeño (o un gran) burgués adocenado. En esta piedra
de toque es en la que hay que
contrastar la comprensión y el reconocimiento real del
marxismo. Y no tiene
nada de sorprendente que cuando la historia de Europa ha colocado
prácticamente a la clase obrera ante esta cuestión, no sólo todos
los oportunistas
y reformistas, sino también todos los "kautskianos"
(gentes que vacilan entre
el reformismo y el marxismo) hayan resultado ser miserables filisteos
y demócratas pequeño-burgueses, que niegan la dictadura
del proletariado. El folleto de Kautsky
"La dictadura del proletariado", publicado en agosto
de 1918, es decir, mucho después
de aparecer la primera edición del presente libro, es un modelo
de tergiversación
filistea del marxismo, del que de hecho se reniega ignominiosamente,
aunque se le acate hipócritamente
de palabra. (Véase mi folleto "La revolución
proletaria y el renegado Kautsky", Petrogrado y Moscú, 1918.)
El oportunismo de nuestros días, personificado
por su principal representante, el ex-marxista
C. Kautsky, cae de lleno dentro de la característica de la posición
burguesa
que traza Marx y que hemos citado, pues este oportunismo
circunscribe el terreno del
reconocimiento de la lucha de clases al terreno
de las relaciones burguesas. (¡Y dentro
de este terreno, dentro de este marco, ningún liberal
culto se negaría a reconocer, "en
principio", la lucha de clases!) El oportunismo
no extiende el reconocimiento de la lucha
de clases precisamente a lo más fundamental, al período de transición
del capitalismo al comunismo,
al período de derrocamiento de la burguesía y de completa
destrucción de ésta.
En realidad, este período es inevitablemente un período de lucha
de clases de un encarnizamiento sin precedentes, en que ésta reviste
formas agudas nunca vistas, y, por consiguiente, el Estado de
este período debe ser inevitablemente un
Estado democrático de una manera nueva (para los proletarios y
los desposeídos en general) y dictatorial de una manera
nueva (contra la burguesía).
Además, la esencia de la teoría de Marx sobre el Estado sólo la
ha asimilado quien haya comprendido
que la dictadura de una clase es necesaria, no sólo
para toda sociedad de clases en general, no sólo para el
proletariado después de derrocar a la burguesía, sino también
para todo el período histórico que separa al capitalismo
de la "sociedad sin clases", del comunismo. Las formas
de los Estados burgueses son extraordinariamente diversas, pero
su esencia es la misma: todos esos Estados son, bajo una forma
o bajo otra, pero, en último resultado, necesariamente, una dictadura
de la burguesía. La transición
del capitalismo al comunismo no puede, naturalmente, por
menos de proporcionar una enorme abundancia y diversidad de formas
políticas, pero
la esencia de todas ellas será, necesariamente, una: la dictadura
del proletariado.