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BANQUO-¿Qué
hora es, muchacho?
FLEANCE-No he oído el reloj. La luna ha bajado.
BANQUO-Baja a media noche.
FLEANCE-Entonces es más tarde, señor.
BANQUO-Espera, ten mi espada. El cielo economiza: apagó
sus luces. Toma esto también. La llamada al sueño me pesa
como el plomo, mas no quiero dormir. Poderes benignos, refrenad
en mí los malos pensamientos que invaden un alma en reposo.
Entran MACBETH y un criado con una antorcha.
Dame la espada. - ¿Quién va?
MACBETH-Un amigo.
BANQUO-¿Cómo, señor? ¿Aún en pie? El rey duerme. Mostraba
una alegría inusitada y con la servidumbre fue muy dadivoso.
A tu esposa la saluda con este diamante por ser tan buena
anfitriona. Se retiró con un gozo infinito.
MACBETH-No esperando su visita, la torpeza sirvió a nuestro
deseo, que, si no, nos habríamos prodigado.
BANQUO-Todo fue bien. Anoche soñé con las tres Hermanas
Fatídicas. Contigo han demostrado ser veraces.
MACBETH-No pienso en ellas. Aunque, si tú me concedes el
tiempo, cuando encuentre la hora oportuna quisiera hablar
contigo de este asunto.
BANQUO-Cuando gustes.
MACBETH-Si estás de mi parte cuando ocurra, podrás ganar
honor.
BANQUO-Con tal que no lo pierda tratando de acrecerlo, sin
exponer mi rectitud ni deslucir mi lealtad, te escucharé
de buen grado.
MACBETH-Entre tanto, buen reposo.
BANQUO-Gracias, señor. Igualmente.
Sale, con FLEANCE
MACBETH-Dile a mi esposa que toque la campana cuando esté
lista mi bebida. Luego, acuéstate.
Sale el criado.
¿Es un puñal lo que veo ante mí? ¿Con el mango hacia mi
mano? Ven, que te agarre. No te tengo y, sin embargo, sigo
viéndote. ¿No eres tú, fatídica ilusión, sensible al tacto
y a la vista? ¿O no eres más que un puñal imaginario, creación
falaz de una mente enfebrecida? Aún te veo, y pareces tan
palpable como este que ahora desenvaino. Me marcas el camino
que llevaba, y un arma semejante pensaba utilizar. O mis
ojos son la burla de los otros sentidos o valen por todos
juntos. Sigo viéndote, y en tu hoja y en tu puño hay gotas
de sangre que antes no estaban. No, no existe: es la idea
sanguinaria que toma cuerpo ante mis ojos. Muerta parece
ahora la mitad del mundo, y los sueños malignos seducen
al sueño entre cortinas. Las brujas celebran los ritos de
la pálida Hécate, y el crimen descarnado, puesto en acción
por el lobo, centinela que aullando da la hora, con los
pasos sigilosos de Tarquino el violador, camina hacia su
fin como un espectro. Tierra sólida y firme, dondequiera
que me lleven, no oigas mis pisadas, no sea que hasta las
piedras digan dónde voy y priven a esta hora de un espanto
que le es propio. Yo amenazo y él, con vida; las palabras
el ardor del acto enfrían.
Suena una campana.
Voy y está hecho; me invita la campana. No la oigas, Duncan,
pues toca a muerto y al cielo te convoca, o al infierno.
II.2
Entra LADY MACBETH.
LADY MACBETH-A ellos los embriaga; a mí me embravece. A
ellos los apaga; a mí me da fuego. ¿Eh? ¡Chss...! Era el
aullido del búho, vigilante fatídico que da las más graves
buenas noches. Lo está haciendo, las puertas están abiertas
y los beodos guardianes denigran su empleo con ronquidos.
He drogado su ponche de tal modo que la vida y la muerte
se los están disputando.
Entra MACBETH
MACBETH-¿Quién va? ¿Quién es?
LADY MACBETH-¡Ah! ¡A ver si se han despertado y no lo ha
hecho! Nos hunde el intento, que no el acto. ¡Chss...! Le
dejé a punto los puñales; ha tenido que verlos. - Si no
se pareciera a mi padre dormido, lo habría hecho yo. - ¿Esposo?
MACBETH-Ya está hecho. ¿No has oído un ruido?
LADY MACBETH-El grito del búho y el canto de los grillos.
¿Tú no has hablado?
MACBETH-¿Cuándo?
LADY MACBETH-Ahora.
MACBETH-¿Al bajar?
LADY MACBETH-Sí.
MACBETH-¡Chss...! ¿Quién duerme en la otra cámara?
LADY MACBETH-Donalbain.
MACBETH-Es un cuadro doloroso.
LADY MACBETH-Hablar de cuadro doloroso es tontería.
MACBETH-Hay uno que gritó dormido y otro que gritó «¡Asesino!».
Se despertaron uno a otro. Me quedé a oírlos, pero ellos
dijeron sus plegarias y volvieron a dormirse.
LADY MACBETH-Hay dos en el cuarto.
MACBETH-Uno gritó «¡Dios nos bendiga! » y el otro «¡Amén!»,
como si hubieran visto estas manos de verdugo. Oyendo su
espanto, no pude decir «Amén» cuando ellos dijeron «Dios
nos bendiga».
LADY MACBETH-No caviles tanto.
MACBETH-Mas, ¿por qué no pude decir «Amén»? Era yo quien
más necesitaba bendición, y el amén se me ahogaba en la
garganta.
LADY MACBETH-No se debe pensar en ello de ese modo; así
nos volvemos locos.
MACBETH-Me pareció que una voz gritaba: « ¡No durmáis más!
Macbeth mata el sueño, el sueño inocente, el sueño que devana
una maraña de desvelos, el morir de la vida diaria, baño
de fatigas, bálsamo de almas laceradas, plato fuerte de
la gran naturaleza, sustento mayor del festín de la vida.»
LADY MACBETH-¿Qué quieres decir?
MACBETH-Y seguía gritando a toda la casa: «¡No durmáis más!
Glamis ha matado el sueño, y por eso Cawdor ya no dormirá,
Macbeth ya no dormirá.»
LADY MACBETH-¿Quién era el que gritaba? Excelso barón, relajas
tu noble vigor con ideas tan morbosas. Ve a buscar un poco
de agua y limpia de tus manos tu sucio testimonio. ¿Por
qué vienes con esos puñales? Su sitio está allí; llévalos
y mancha de sangre a los criados dormidos.
MACBETH-No voy a volver: me asusta pensar en lo que he hecho.
No me atrevo a volver.
LADY MACBETH-¡Débil de ánimo! Dame los puñales. Los durmientes
y los muertos son como retratos; sólo el ojo de un niño
teme ver un diablo en pintura. Si aún sangra, les untaré
la cara a los criados para que parezca su crimen.
Sale. Llaman a la puerta dentro
MACBETH-¿Dónde llaman? ¿Qué me ocurre que todo ruido me
espanta? ¿Qué manos son estas? ¡Ah, me arrancan los ojos!
¿Me lavará esta sangre de la mano todo el océano de Neptuno?
No, antes esta mano arrebolará el mar innumerable, volviendo
rojas las aguas.
Entra LADY MACBETH.
LADY MACBETH-Mis manos ya tienen tu color, pero me avergonzaría
llevar un corazón tan pálido.
Llaman.
Alguien llama a la puerta sur; retirémonos a nuestra cámara.
Un poco de agua nos lava del hecho. ¡Qué fácil será! Tu
firmeza te ha abandonado.
Llaman.
¿Oyes? Siguen llamando. Ponte la bata, no sea que nos llamen
y nos vean aún en pie. Y no caigas en tan pobres pensamientos.
MACBETH-Si he de pensar en mi acción, mejor será no conocerme.
Llaman.
¡Despierta a Duncan con tus golpes! ¡Ojalá pudieras!
II.3
Entra un PORTERO. Llaman dentro.
PORTERO-¡Esto sí que es llamar! Si uno fuese portero del
infierno, estaría siempre dándole a la llave.
Llaman.
¡Pum,
pum! ¿Quién es, en nombre de Belcebú? Un agricultor que
se ahorcó ante la expectativa de grandes cosechas. Llegas
a punto. Que no te falten pañuelos que aquí vas a sudarla.
Llaman.
¡Pum,
purr! ¿Quién es, en nombre del otro diablo? Seguro que un
equivoquista, que
juraba a cada lado de la balanza contra el otro, que cometió
gran traición por el amor de Dios y cuyos equívocos no le
abrieron el cielo. Vamos, pasa, equivoquista.
Llaman.
¡Pum,
pum! ¿Quién es? Seguro que un sastre inglés, que está aquí
por sisar tela de un calzón francés. Pasa, sastre, que aquí
puedes asar tu plancha.
Llaman.
¡Pum,
pum! No descansa. ¿Quién eres tú? - Esto es demasiado frío
para ser el infierno. No voy a hacer más de portero del
diablo: pensaba dejar entrar a gente de todos los oficios
que va a la hoguera eterna por la senda florida.
Llaman.
Ya voy, ya voy.
Entran MACDUFF y LENNOX.
Dad algo al portero, Dios os lo pague.
MACDUFF-¿Tan tarde te acostaste, amigo, que tan tarde te
levantas?
PORTERO-Pues, señor, estuvimos de juerga hasta el segundo
canto del gallo y, señor, la bebida provoca tres cosas.
MACDUFF-¿Qué tres cosas provoca especialmente la bebida?
PORTERO-Pues, señor, nariz roja, sueño y orina. Señor, provoca
y desprovoca la lujuria: provoca el deseo, pero impide gozarlo.
Por tanto, se puede decir que beber demasiado le crea un
equívoco a la lujuria: la hace y la deshace, la excita y
la aplaca, la anima y la abate, la pone a su altura y no
la pone. Al final, el equívoco se va al sueño y te deja
tumbado.
MACDUFF-Pues esta noche la bebida te ha tumbado a ti.
PORTERO-¡Vaya que sí, señor! Y me atacó por la garganta.
Pero yo me desquité y, siendo, creo yo, más fuerte que ella,
aunque alguna vez me doblara las piernas, yo me las apañé
para arrojarla.
MACDUFF-¿Se ha levantado tu amo?
Entra MACBETH.
Nuestros golpes le han despertado. Aquí viene.
Sale el PORTERO.
LENNOX-Buenos días, noble señor.
MACBETH-Buenos días a vosotros.
MACDUFF-¿El rey se ha levantado, mi barón?
MACBETH-Aún no.
MACDUFF-Me ordenó que le llamase temprano. Casi se me va
la hora.
MACBETH-Te llevaré a él.
MACDUFF-Sé bien que esta molestia te da gozo, pero es una
molestia.
MACBETH-Trabajo que gusta no duele. Esta es la puerta.
MACDUFF-Me atreveré a llamar: es mi cometido.
Sale.
LENNOX-¿El rey se va hoy?
MACBETH-Sí. Esa es su intención.
LENNOX-La noche ha estado agitada. Donde dormíamos el viento
derribó las chimeneas, y dicen que se oían lamentos, insólitos
gritos de muerte y profecías en tonos horribles de espantosas
conmociones y revueltas por nacer en estos tiempos de dolor.
El ave de las sombras clamó toda la noche. Algunos dicen
que la tierra temblaba enfebrecida.
MACBETH-Fue una noche áspera.
LENNOX-Mi joven memoria no encuentra nada igual.
Entra MACDUFF.
MACDUFF-¡Ah, horror, horror, horror! Ni corazón ni lengua
pueden concebirte ni nombrarte.
MACBETH y LENNOX-¿Qué pasa?
MACDUFF-El estrago ya creó su obra maestra. El crimen más
sacrílego ha irrumpido en el templo consagrado del Señor
y le ha robado la vida al santuario.
MACBETH-¿Cómo dices? ¿La vida?
LENNOX-¿Hablas de Su Majestad?
MACDUFF-Entrad en su aposento y que destruya vuestra vista
esa nueva Gorgona. No me pidáis que hable. Mirad y luego
hablad vosotros mismos.
Salen MACBETH y LENNOX.
¡Despertad! ¡Despertad! ¡Dad la alanna! ¡Crimen y traición!
¡Banquo, Donalbain! ¡Malcolm, despertad! ¡Sacudid el grato
sueño, imagen de la muerte, y mirad la muerte verdadera!
¡Levantaos y ved representado el Día del Juicio! ¡Malcolm,
Banquo! ¡Como espíritus alzaos de las tumbas y prestad consonancia
a este horror! ¡Tocad la campana!
Suena una campana. Entra LADY MACBETH.
LADY MACBETH-¿Qué ocurre para que tan horrísona trompeta
convoque a los durmientes de la casa? ¡Hablad, hablad!
MACDUFF-Noble señora, no conviene que oigáis lo que puedo
decir: oído por mujer, el relato sería su muerte.
Entra BANQUO.
¡Ah,
Banquo, Banquo!
¡Han matado al rey, nuestro señor!
LADY MACBETH-¡Ay de mí! ¿En nuestra casa?
BANQUO-Donde sea es brutal. Contradícete, Macduff, te lo
ruego; di que es falso.
Entran MACBETH, LENNOX y ROSS.
MACBETH-Hubiera muerto yo una hora antes y mi vida habría
sido una dicha; desde ahora, ya no hay nada serio en la
existencia; todo son minucias: honor y renombre han muerto,
el vino de la vida se ha agotado y no queda en la bodega
más que el poso.
Entran MALCOLM y DONALBAIN.
DONALBAIN-¿Algún mal?
MACBETH-El vuestro, y lo ignoráis: se ha secado el venero
y manantial de vuestra sangre, vuestra propia fuente se
ha secado.
MACDUFF-Han matado a vuestro augusto padre.
MALCOLM-¡Ah! ¿Quién?
LENNOX-Parece que los de su aposento: llevaban insignias
de sangre en la cara y en las manos, y también en sus puñales,
que hallamos sin limpiar sobre sus almohadas. Miraban cual
dementes y nadie estaba seguro en su presencia.
MACBETH-Siento que la furia me llevase a darles muerte.
MACDUFF-¿Por qué lo hiciste?
MACBETH-¿Quién está a la vez lúcido y suspenso, sereno y
furioso, leal a imparcial? Nadie. La presteza de mi afecto
impetuoso pudo más que el freno del buen juicio. Aquí yacía
Duncan, con su piel de plata bordada en sangre de oro y
cuchilladas como brechas en su vida, abiertas a la devastación;
ahí, los asesinos, empapados del color de su tarea, y sus
dagas, innoblemente enfundadas en sangre. Con un pecho lleno
de amor, y en él bravura, ¿quién podía abstenerse de mostrarlo?
LADY MACBETH-¡Ah, ayudadme a salir!
MACDUFF-¡Atended a la dama!
MALCOLM-[aparte a DONALBAIN]
¿Por qué callamos cuando el caso nos concierne
más que a nadie?
DONALBAIN-[aparte a MALCOLM)
¿Y qué decir aquí, donde nuestro sino, oculto
en ínfimo agujero, puede asaltarnos? Vámonos; nuestro llanto
aún no ha fermentado.
MALCOLM- [aparte a DONALBAIN]Ni el dolor está presto a demostrarse.
BANQUO-Atended a la dama.
Sacan a LADY MACBETH.
Y
cuando nuestra desnudez, expuesta al frío, esté cubierta,
reunámonos y examinemos tan salvaje fechoría para mejor
conocerla. Nos turban temores y sospechas. Me pongo en manos
de Dios por combatir todo oculto propósito de pérfida maldad.
MACDUFF-Y yo.
TODOS-Y todos.
MACBETH-Pues vistamos nuestro cuerpo y nuestro ánimo y reunámonos
al punto en el salón.
TODOS-Conformes.
Salen todos menos MALCOLM y DONALBAIN.
MALCOLM-¿Qué piensas hacer? No tratemos con ellos: al hipócrita
le es muy fácil simular una pena que no siente. Yo me voy
a Inglaterra.
DONALBAIN-Y yo, a Irlanda. Nuestra suerte separada nos dará
más protección. Donde estamos, en sonrisas hay puñales;
más cercano a nuestra sangre, más sangriento.
MALCOLM-La flecha asesina aún no ha caído; no seamos el
blanco. Así que, ¡a los caballos! No nos demoremos en corteses
despedidas y, sin más, partamos. Si es grande el peligro,
hurtarse a su vista es hurto legítimo.
II.4
Entra ROSS con un ANCIANO
ANCIANO-Bien puedo recordar setenta años, y en ellos he
vivido horas espantosas y hechos asombrosos, pero esta noche
horrible se ha burlado de toda mi experiencia.
ROSS-¡Ah, anciano! Veis que el cielo, cual airado con la
obra de los hombres, amenaza esta escena de sangre. Según
la hora, es de día, mas la noche oscurece el avance del
sol. ¿Impera la noche o se avergüenza el día, que las sombras
sepultan la faz de la tierra cuando la viva luz debía besarla?
ANCIANO-Va contra natura, igual que la acción ejecutada.
El martes pasado un halcón que giraba en su más alto vuelo
fue cazado y muerto por una lechuza.
ROSS-Y (pasmoso, mas cierto) los caballos de Duncan, hermosos
y raudos, la flor de su raza, se volvieron salvajes y escaparon
de las cuadras coceando y negando su obediencia, cual queriendo
guerrear contra los hombres.
ANCIANO-Dicen que se devoraron entre sí.
ROSS-Así fue, para asombro de estos ojos que lo vieron.
Entra MACDUFF.
Aquí viene el buen Macduff. ¿Cómo va todo, señor?
MACDUFF-¿No lo ves?
ROSS-¿Se sabe quién cometió la atrocidad?
MACDUFF-Los que ha matado Macbeth.
ROSS-¡Santo Dios! ¿Qué provecho pretendían?
MACDUFF-Los sobornaron. Malcohn y Donalbain, los dos hijos
del rey, se escabulleron y han huido. Las sospechas recaen
ahora sobre ellos.
ROSS-Otra vez contra natura. ¡Pródiga ambición, que así
devoras el sustento de tu vida! Entonces es probable que
sea Macbeth quien suba al trono.
MACDUFF-Ya está proclamado, y partió hacia Scone
para la coronación.
ROSS-¿Y el cadáver de Duncan?
MACDUFF-Fue llevado a Colmekill,
sagrado panteón de sus predecesores y custodio de sus restos.
ROSS-¿Irás a Scone?
MACDUFF-No, pariente. Voy a Fife.
ROSS-Bien, yo voy a Scone.
MACDUFF-Que todo vaya bien, adiós. Bien pudiera ser mejor
la ropa antigua que la nueva.
ROSS-Adiós, anciano.
ANCIANO-Que Dios te bendiga, y a quienes contigo hagan bien
del mal y amigo de enemigo.
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