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¡IMÁGENES! ¡Imágenes! ¡Imágenes! Muy a menudo, antes de averiguarlo,
me he preguntado de dónde vendrían la multitud de escenas animadas
que poblaban en tropel mis ensueños; porque en la vida real, no
había visto nunca nada semejante a las imágenes de mis sueños. Ellas
torturaron mi infancia, convirtiendo mis noches en procesión de
pesadillas; ellas me convencieron, poco después, de que yo era diferente
de mis semejantes, criatura innatural y maldita.
Sólo
durante el día lograba algo de felicidad. Mis noches señalaban el
comienzo del reino del terror. ¡Y qué terror! Me atrevo a afirmar
que ninguno de los hombres que han hollado la tierra se vio jamás
atormentado de un terror semejante y tan intenso como el mío. Porque
el mío es el terror de remotísimos tiempos, el terror desenfrenado
del mundo primitivo. En resumen, era el terror que imperaba, supremo,
en el período que llamamos Pleistoceno Medio.
¿Qué
es lo que quiero decir? Veo que necesito explicarme antes de que
pueda relataros la sustancia de mis ensueños, porque, si no, nada
comprenderíais de lo que yo tan bien conozco. Según voy escribiendo
estas líneas, se enhiestan ante mí en vasta fantasmagoría los seres
y los acontecimientos de aquel otro mundo, y comprendo que no tendrían
significado alguno para vosotros.
¿Qué
veríais en la amistad de Oreja Caída, en la cálida mirada de mi
Dulce Alegría o en la lujuria y atavismo de Ojo Bermejo? Una incoherencia
aturdidora, no más. Y una aturdidora incoherencia serían también
para vosotros las gestas de los Hombres del Fuego, de los Pueblos
de los Árboles y el guirigay de los ruidosos concilios de las hordas.
Porque ignoráis la paz de las cuevas frías de los peñascales y los
círculos que se formaban en los abrevaderos al caer del día. No
habéis sentido nunca la mordedura del viento matinal en las copas
de los árboles, ni es dulce a vuestro paladar el sabor de las cortezas
tempranas de los troncos.
Me
atrevo a decir que lo mejor será que os lleguéis a esta historia,
como yo mismo lo hice, a través de mi infancia. Cuando niño, era
yo muy semejante a los demás niños en mis horas de vigilia. En mis
sueños es donde estaba la diferencia. Mis sueños, hasta donde mis
más lejanos recuerdos, eran periodos de terror. Raramente los coloreaba
la felicidad. Casi siempre eran un entretejido de miedo, tan extraño
y ajeno, que no hay medio de ponderarlo y describirlo. Ninguno de
los terrores de mi vida diurna se parecía en lo más mínimo a los
que se apoderaban de mí en las horas de sueño Su especial carácter
y cualidad rebasan todas mis otras experiencias.
Por
ejemplo, yo era un chico de la ciudad, un niño, para quien era el
campo un reino inexplorado y desconocido. Sin embargo, nunca soñaba
en ciudades; ni una sola casa se presentó jamás en mis sueños. Ni
siquiera un solo ser humano -y esto es lo más notable- rompió el
espeso muro de mi dormir. Yo que no había visto árboles mas que
en los parques y en los libros ilustrados, correteaba en mis ensueños
por interminables selvas vírgenes, y además, no eran manchas más
o menos borrosas e indecisas los árboles de mis visiones, sino cosas
definidas, claras y resaltantes. Íntimamente los conocía, por así
decirlo; percibía cada una de sus ramas y brotes, cada una de sus
múltiples hojas.
Me
acuerdo perfectamente de la vez primera que percibí un roble en
mi vida. Cuando contemplaba sus hojas, sus ramas, sus nudosidades,
sentí con angustiosa intensidad que había visto la misma clase de
árboles innumerables veces en mis sueños. Así que no me sorprendió
más tarde el que pudiera reconocer, al verlos por vez primera, árboles
como el abeto, el tejo, el abedul o el laurel. ¡Ya los había visto
antes! ¡Los veía aún, todas las noches, al dormir!
Como
habréis comprendido, todo esto rompe la primera ley del ensueño:
esto es, que en los ensueños no se ve más que lo que ya se ha visto
estando despierto o combinaciones de eso mismo. Pero todos mis ensueños
violaban esa ley. Nunca veía en ellos cosa alguna que pudiera haber
conocido en mi vida normal. Mi vida, dormido y despierto, eran dos
vidas separadas y distintas, sin más relación entre sí que yo mismo.
Yo era ese misterioso lazo en que se unían ambas vidas.
En
mi más temprana infancia, se me enseñó que las nueces procedían
del tendero y las bayas del frutero; pero mucho antes de esto, había
arrancado nueces de los árboles en mis sueños, o las había recogido
del suelo, bajo sus copas, para comérmelas, y de la misma manera
devoraba las bayas de las cepas y matorrales. Todo esto trascendía
a mis experiencias normales.
Nunca
me olvidaré de cuando, por vez primera, vi servir a la mesa un plato
de fresas. No las había visto nunca, y sin embargo, brotaron en
mi alma, al contemplarlas, recuerdos de sueños en que yo vagaba
por países pantanosos comiéndolas hasta hartarme. Mi madre me sirvió
un plato de postre lleno de fresas; llené la cucharilla, pero antes
de llevarlas a la boca, ya sabía yo cuál sería su sabor. Y no me
equivoqué. Era el mismo sabor intenso que había gustado mil veces
en mis sueños.
¿Serpientes? Mucho antes de que hubiera oído hablar de las serpientes,
me atormentaban al dormir. Me acechaban en los claros del bosque
y en las parameras se erguían y saltaban bajo mis pies; se deslizaban
entre la hierba seca y por los desnudos retazos de los roquedales,
o me perseguían hasta las copas de los árboles, enroscándose al
tronco con sus cuerpos de brillantes escamas, haciéndome huir, trepando
a lo más alto de las ramas, hasta los brotes oscilantes y quebradizos,
desde donde sentía la amenaza del suelo a una distancia vertiginosa.
¡Las serpientes ... con sus lenguas bífidas, sus ojos redondos y
sus ardientes escamas brillantes, sus silbidos y su zumbar! ¿Acaso
no las conocía yo demasiado bien antes de verlas en el circo, cuando
el encantador de serpientes las presentó al público? Eran mis viejas
amigas, o más bien las inveteradas enemigas que poblaban de horrores
mis noches.
¡Oh
aquellas interminables selvas tenebrosas y sombrías! ¡Durante cuántas
eternidades no habré vagado yo en su seno, tímida criatura perseguida,
sobresaltada al más leve ruido, asustada de mi propia sombra, siempre
ojo avizor, siempre alerta y vigilante, presto en todo momento a
lanzarme en loca carrera fugitiva para salvar la existencia! Porque
yo podía ser presa de cuantos feroces seres moraban en las selvas,
y huía ante los monstruos cazadores, en un éxtasis de terror.
Tenía
cinco años de edad cuando fui por primera vez al circo. Me sacaron
de allí enfermo, pero no de algún atracón de cacahuetes o de indigestión
de limonada. Dejádmelo contar. Cuando entramos en las jaulas de
los animales, rasgó el aire un rugido crujiente. Me solté de la
mano de mi padre y me lancé en vertiginosa huida hacia la entrada;
chocaba con la gente, tropecé y caí, sin dejar de llorar, aterrorizado.
Mi padre al recogerme trataba de consolarme, mostrando cómo la multitud
permanecía indiferente y descuidada ante aquellos rugidos;
me prodigó sus caricias y me inspiró la seguridad de que nada podía
ocurrirme.
No
obstante, me acerque por fin a la jaula del león, asustado y tembloroso,
después de haberme animado mucho mi padre. ¡Oh! ¡Le reconocí instantáneamente!
¡Era la fiera terrible! Sentí relampaguear en mi visión anterior
las reminiscencias de mis sueños: el sol ardiente del mediodía sobre
las hierbas altas, el toro salvaje que pacía apaciblemente, el rápido
abrirse de las hierbas ante el veloz salto de la fiera de atezada
piel, un salto sobre la espalda del toro, la explosión de un bramido
y un crujir de huesos rotos. Otras veces, la fresca quietud del
abrevadero, el caballo salvaje que se arrodillaba para beber, suavemente,
y luego, la fiera de atezada piel, un relincho doloroso, un salpicar
de agua y el crujir y roer de huesos. Otras veces, el crepúsculo
sombrío y el silencio triste del morir del día, y luego el rugido
a toda voz del león calenturiento, repentino como si fuera la trompeta
del destino, que nos hacía estremecer y encoger de pavor entre los
árboles, y yo era uno de los que temblorosos, se recogían en la
selva, castañeteando de miedo los dientes.
Al
contemplarle impotente tras de los barrotes de su jaula, sentí brotar
mi cólera. Le enseñé los dientes apretujados, dancé dando brincos,
ululé en una burla incoherente, entre extraños y grotescos gestos.
Él contestó abalanzándose contra los barrotes y rugiendo entre dientes
contra mí en su ira impotente ¡Oh! ¡Él también me reconocía! ¡Mis
gritos eran los de pesadas edades remotas, inteligibles para él!
Mis
padres de asustaron. "El niño está enfermo", dijo mi madre.
"Es un histérico", añadió mi padre. Nunca se los dije
y nunca lo supieron. Había aprendido a guardar la más absoluta reserva
en cuanto concierne a mi dualidad, a esta semidisociación de la
personalidad, como creo llamarla justamente.
Vi
al encantador de serpientes, y allí se acabó para mí el circo de
aquella noche. Me tuvieron que llevar a casa, nervioso, destrozado,
enfermo por la invasión en mi vida real de aquella otra vida de
mis sueños.
Ya
os he hablado de mi reserva. Sólo una vez confié a otro la extrañeza
de estas cosas mías. Fue a un muchacho condiscípulo mío; teníamos
ambos ocho años de edad. Le reconstituí las escenas de aquel mundo
desvanecido en que creo firmemente haber vivido alguna vez sacándolas
de las tramas de mis sueños. Le hablé de los terrores de los tiempos
primitivos, de Oreja Caída y de las travesuras con que nos distraíamos,
del guirigay de nuestras reuniones, de los Hombres del Fuego y de
los lugares donde se asentaban en cuclillas.
Pero
se mofó de mí, se burló cruelmente y se puso a relatarme cuentos
de fantasmas y de muertos que andan sueltos por la noche. Se rió
de mi imaginación enferma. Le conté más cosas y brotaron sus risas
más abiertamente. Juré con todas mis fuerzas que era verdad cuanto
decía, y comenzó a mirarme con recelo. Luego transmitiría a los
compañeros de juego sorprendentes relaciones entresacadas de mis
conversaciones, hasta que todos comenzaron a mirarme con extrañeza.
Tal
fue la más amarga de mis experiencias; pero aprendí la lección.
Yo era diferente de mis semejantes. Era algo anormal con algunas
características que ellos no podían comprender, y que, si las diera
a conocer, no podrían servir más que para desorientarlos.
Yo guardaba silencio mientras narraban cuentos de fantasmas y duendes;
y me reía horriblemente para mis adentros; pensaba en mis temores
nocturnos y sabía que éstas sí que eran cosas reales, tan reales
como la vida misma, y no humos difusos y sombras desvanecidas.
No
veía que pudieran inspirar miedo el coco y los ogros maléficos.
La caída entre las hojosas ramas y las alturas vertiginosas; las
serpientes que me estremecían mientras saltaba en rápida huída;
los perros salvajes que me perseguían en la tierra llana hacia el
bosque: he ahí mis terrores concretos y reales, sucesos y no imaginaciones,
cosas de carne viva, de sudor y de sangre. Los ogros y el coco hubieran
sido agradables compañeros de mi lecho, comparados con estos pavores
que se acostaron conmigo durante toda mi niñez, y que aun ahora
continúan haciéndolo mientras escribo estas líneas, ya viejo y achacoso,
con la carga de mis años sobre la espalda.
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