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III
La concepción materialista de la historia parte de la tesis de
que la producción, y tras ella el cambio de sus productos, es la
base de todo orden social; de que en todas las sociedades que desfilan
por la historia, la distribución de los productos, y junto a ella
la división social de los hombres en clases o estamentos, es determinada
por lo que la sociedad produce y cómo lo produce y por el modo
de cambiar sus productos. Según eso, las últimas causas
de todos los cambios sociales y de todas las revoluciones políticas
no deben buscarse en las cabezas de los hombres ni en la idea que ellos
se forjen de la verdad eterna ni de la eterna justicia, sino en las transformaciones
operadas en el modo de producción y de cambio; han de buscarse
no en la filosofía, sino en la economía de la época
de que se trata. Cuando nace en los hombres la conciencia de que las instituciones
sociales vigentes son irracionales e injustas, de que la razón
se ha tornado en sinrazón y la bendición en plaga [******],
esto no es mas que un indicio de que en los métodos de producción
y en las formas de cambio se han producido calladamente transformaciones
con las que ya no concuerda el orden social, cortado por el patrón
de condiciones económicas anteriores. Con ello queda que en las
nuevas relaciones de producción han de contenerse ya -más
o menos desarrollados- los medios necesarios para poner término
a los males descubiertos. Y esos medios no han de sacarse de la cabeza
de nadie, sino que es la cabeza la que tiene que descubrirlos en los hechos
materiales de la producción, tal y como los ofrece la realidad.
¿Cuál es, en este aspecto, la posición del socialismo
moderno?
El orden social vigente -verdad reconocida hoy por casi todo el mundo-
es obra de la clase dominante de los tiempos modernos de la burguesía.
El modo de producción propio de la burguesía, al que desde
Marx se da el nombre de modo capitalista de producción, era incompatible
con los privilegios locales y de los estamentos, como lo era con los vínculos
interpersonales del orden feudal. La burguesía echó por
tierra el orden feudal y levantó sobre sus ruinas el régimen
de la sociedad burguesa, el imperio de la libre concurrencia, de la libertad
de domicilio, de la igualdad de derechos de los poseedores de las mercancías
y tantas otras maravillas burguesas más. Ahora ya podía
desarrollarse libremente el modo capitalista de producción. Y al
venir el vapor y la nueva producción maquinizada y transformar
la antigua manufactura en gran industria, las fuerzas productivas creadas
y puestas en movimiento bajo el mando de la burguesía se desarrollaron
con una velocidad inaudita y en proporciones desconocidas hasta entonces.
Pero, del mismo modo que en su tiempo la manufactura y la artesanía,
que seguía desarrollándose bajo su influencia, chocaron
con las trabas feudales de los gremios, hoy la gran industria, al llegar
a un nivel de desarrollo más alto, no cabe ya dentro del estrecho
marco en que la tiene cohibida el modo capitalista de producción.
Las nuevas fuerzas productivas desbordan ya la forma burguesa en que son
explotadas, y este conflicto entre las fuerzas productivas y el modo de
producción no es precisamente un conflicto planteado en las cabezas
de los hombres, algo así como el conflicto entre el pecado original
del hombre y la justicia divina, sino que existe en la realidad, objetivamente,
fuera de nosotros, independientemente de la voluntad o de la actividad
de los mismos hombres que lo han provocado. El socialismo moderno no es
más que el reflejo de este conflicto material en la mente, su proyección
ideal en las cabezas, empezando por las de la clase que sufre directamente
sus consecuencias: la clase obrera.
¿En qué consiste este conflicto?
Antes de sobrevenir la producción capitalista, es decir, en la
Edad Media, regía con carácter general la pequeña
producción, basada en la propiedad privada del trabajador sobre
sus medios de producción: en el campo, la agricultura corría
a cargo de pequeños labradores, libres o siervos; en las ciudades,
la industria estaba en manos de los artesanos. Los medios de trabajo -la
tierra, los aperos de labranza, el taller, las herramientas- eran medios
de trabajo individual, destinados tan sólo al uso individual y,
por tanto, forzosamente, mezquinos, diminutos, limitados. Pero esto mismo
hacía que perteneciesen, por lo general, al propio productor. El
papel histórico del modo capitalista de producción y de
su portadora, la burguesía, consistió precisamente en concentrar
y desarrollar estos dispersos y mezquinos medios de producción,
transformándolos en las potentes palancas de la producción
de los tiempos actuales. Este proceso, que viene desarrollando la burguesía
desde el siglo XV y que pasa históricamente por las tres etapas
de la cooperación simple, la manufactura y la gran industria, aparece
minuciosamente expuesto par Marx en la sección cuarta de "El
Capital". Pero la burguesía, como asimismo queda demostrado
en dicha obra, no podía convertir esos primitivos medios de producción
en poderosas fuerzas productivas sin convertirlas de medios individuales
de producción en medios sociales, sólo manejables por una
colectividad de hombres. La rueca, el telar manual, el martillo del herrero
fueron sustituidos por la máquina de hilar, por el telar mecánico,
por el martillo movido a vapor; el taller individual cedió el puesto
a la fábrica, que impone la cooperación de cientos y miles
de obreros. Y, con los medios de producción, se transformó
la producción misma, dejando de ser una cadena de actos individuales
para convertirse en una cadena de actos sociales, y los productos individuales,
en productos sociales. El hilo, las telas, los artículos de metal
que ahora salían de la fábrica eran producto del trabajo
colectivo de un gran número de obreros, por cuyas manos tenía
que pasar sucesivamente para su elaboración. Ya nadie podía
decir: esto lo he hecho yo, este producto es mío.
Pero allí donde la producción tiene por forma cardinal esa
división social del trabajo creada paulatinamente, por impulso
elemental, sin sujeción a plan alguno, la producción imprime
a los productos la forma de mercancía, cuyo intercambio, compra
y venta, permite a los distintos productores individuales satisfacer sus
diversas necesidades. Y esto era lo que acontecía en la Edad Media.
El campesino, por ejemplo, vendía al artesano los productos de
la tierra, comprándole a cambio los artículos elaborados
en su taller. En esta sociedad de productores individuales, de productores
de mercancías, vino a introducirse más tarde el nuevo modo
de producción. En medio de aquella división espontánea
del trabajo sin plan ni sistema, que imperaba en el seno de toda la sociedad,
el nuevo modo de producción implantó la división
planificada del trabajo dentro de cada fábrica: al lado de la producción
individual, surgió la producción social. Los productos de
ambas se vendían en el mismo mercado, y por lo tanto, a precios
aproximadamente iguales. Pero la organización planificada podía
más que la división espontánea del trabajo; las fábricas
en que el trabajo estaba organizado socialmente elaboraban productos más
baratos que los pequeños productores individuales. La producción
individual fue sucumbiendo poco a poco en todos los campos, y la producción
social revolucionó todo el antiguo modo de producción. Sin
embargo, este carácter revolucionario suyo pasaba desapercibido;
tan desapercibido, que, por el contrario, se implantaba con la única
y exclusiva finalidad de aumentar y fomentar la producción de mercancías.
Nació directamente ligada a ciertos resortes de producción
e intercambio de mercancías que ya venían funcionando: el
capital comercial, la industria artesana y el trabajo asalariado. Y ya
que surgía como una nueva forma de producción de mercancías,
mantuviéronse en pleno vigor bajo ella las formas de apropiación
de la producción de mercancías.
En la producción de mercancías, tal como se había
desarrollado en la Edad Media, no podía surgir el problema de a
quién debían pertenecer los productos del trabajo. El productor
individual los creaba, por lo común, con materias primas de su
propiedad, producidas no pocas veces por él mismo, con sus propios
medios de trabajo y elaborados con su propio trabajo manual o el de su
familia. No necesitaba, por tanto, apropiárselos, pues ya eran
suyos por el mero hecho de producirlos. La propiedad de los productos
basábase, pues, en el trabajo personal. Y aún en aquellos
casos en que se empleaba la ayuda ajena, ésta era, por lo común,
cosa accesoria y recibía frecuentemente, además del salario,
otra compensación: el aprendiz y el oficial de los gremios no trabajaban
tanto por el salario y la comida como para aprender y llegar a ser algún
día maestros. Pero sobreviene la concentración de los medios
de producción en grandes talleres y manufacturas, su transformación
en medios de producción realmente sociales. No obstante, estos
medios de producción y sus productos sociales eran considerados
como si siguiesen siendo lo que eran antes: medios de producción
y productos individuales. Y si hasta aquí el propietario de los
medios de trabajo se había apropiado de los productos, porque eran,
generalmente, productos suyos y la ayuda ajena constituía una excepción,
ahora el propietario de los medios de trabajo seguía apropiándose
el producto, aunque éste ya no era un producto suyo, sino fruto
exclusivo del trabajo ajeno. De este modo, los productos, creados ahora
socialmente, no pasaban a ser propiedad de aquellos que habían
puesto realmente en marcha los medios de producción y que eran
sus verdaderos creadores, sino del capitalista. Los medios de producción
y la producción se habían convertido esencialmente en factores
sociales. Y, sin embargo, veíanse sometidos a una forma de apropiación
que presupone la producción privada individual, es decir, aquella
en que cada cual es dueño de su propio producto y, como tal, acude
con él al mercado. El modo de producción se ve sujeto a
esta forma de apropiación, a pesar de que destruye el supuesto
sobre que descansa [††††††]. En esta
contradicción, que imprime al nuevo modo de producción su
carácter capitalista, se encierra, en germen, todo el conflicto
de los tiempos actuales. Y cuanto más el nuevo modo de producción
se impone e impera en todos los campos fundamentales de la producción
y en todos los países económicamente importantes, desplazando
a la producción individual, salvo vestigios insignificantes, mayor
es la evidencia con que se revela la incompatibilidad entre la producción
social y la apropiación capitalista.
Los primeros capitalistas se encontraron ya, como queda dicho, con la
forma del trabajo asalariado. Pero como excepción, como ocupación
secundaria, auxiliar, como punto de transición. El labrador que
salía de vez en cuando a ganar un jornal, tenía sus dos
fanegas de tierra propia, de las que, en caso extremo, podía vivir.
Las ordenanzas gremiales velaban por que los oficiales de hoy se convirtiesen
mañana en maestros. Pero, tan pronto como los medios de producción
adquirieron un carácter social y se concentraron en manos de los
capitalistas, las cosas cambiaron. Los medios de producción y los
productos del pequeño productor individual fueron depreciándose
cada vez más, hasta que a este pequeño productor no le quedó
otro recurso que colocarse a ganar un jornal pagado por el capitalista.
El trabajo asalariado, que antes era excepción y ocupación
auxiliar se convirtió en regla y forma fundamental de toda la producción,
y la que antes era ocupación accesoria se convierte ahora en ocupación
exclusiva del obrero. El obrero asalariado temporal se convirtió
en asalariado para toda la vida. Además, la muchedumbre de estos
asalariados de por vida se ve gigantescamente engrosada por el derrumbe
simultáneo del orden feudal, por la disolución de las mesnadas
de los señores feudales, la expulsión de los campesinos
de sus fincas, etc. Se ha realizado el completo divorcio entre los medios
de producción concentrados en manos de los capitalistas, de un
lado, y de otro, los productores que no poseían más que
su propia fuerza de trabajo. La contradicción entre la producción
social y la apropiación capitalista se manifiesta como antagonismo
entre el proletariado y la burguesía.
Hemos visto que el modo de producción capitalista vino a introducirse
en una sociedad de productores de mercancías, de productores individuales,
cuyo vínculo social era el cambio de sus productos. Pero toda sociedad
basada en la producción de mercancías presenta la particularidad
de que en ella los productores pierden el mando sobre sus propias relaciones
sociales. Cada cual produce por su cuenta, con los medios de producción
de que acierta a disponer, y para las necesidades de su intercambio privado.
Nadie sabe qué cantidad de artículos de la misma clase que
los suyos se lanza al mercado, ni cuántos necesita éste;
nadie sabe si su producto individual responde a una demanda efectiva,
ni si podrá cubrir los gastos, ni siquiera, en general, si podrá
venderlo. La anarquía impera en la producción social. Pero
la producción de mercancías tiene, como toda forma de producción,
sus leyes características, específicas e inseparables de
la misma; y estas leyes se abren paso a pesar de la anarquía, en
la misma anarquía y a través de ella. Toman cuerpo en la
única forma de ligazón social que subsiste: en el cambio,
y se imponen a los productores individuales bajo la forma de las leyes
imperativas de la competencia. En un principio, por tanto, estos productores
las ignoran, y es necesario que una larga experiencia las vaya revelando
poco a poco. Se imponen, pues, sin los productores y aún en contra
de ellos, como leyes naturales ciegas que presiden esta forma de producción.
El producto impera sobre el productor.
En la sociedad medieval, y sobre todo en los primeros siglos de ella,
la producción estaba destinada principalmente al consumo propio,
a satisfacer sólo las necesidades del productor y de su familia.
Y allí donde, como acontecía en el campo, subsistían
relaciones personales de vasallaje, contribuía también a
satisfacer las necesidades del señor feudal. No se producía,
pues, intercambio alguno, ni los productos revestían, por lo tanto,
el carácter de mercancías. La familia del labrador producía
casi todos los objetos que necesitaba: aperos, ropas y víveres.
Sólo empezó a producir mercancías cuando consiguió
crear un remanente de productos, después de cubrir sus necesidades
propias y los tributos en especie que había de pagar al señor
feudal; este remanente, lanzado al intercambio social, al mercado, para
su venta, se convirtió en mercancía. Los artesanos de las
ciudades, por cierto, tuvieron que producir para el mercado ya desde el
primer momento. Pero también obtenían ellos mismos la mayor
parte de los productos que necesitaban para su consumo; tenían
sus huertos y sus pequeños campos, apacentaban su ganado en los
bosques comunales, que además les suministraban la madera y la
leña; sus mujeres hilaban el lino y la lana, etc. La producción
para el cambio, la producción de mercancías, estaba en sus
comienzos. Por eso el intercambio era limitado, el mercado reducido, el
modo de producción estable. Frente al exterior imperaba el exclusivismo
local; en el interior, la asociación local: la marca [‡‡‡‡‡‡]
en el campo, los gremios en las ciudades.
Pero al extenderse la producción de mercancías y, sobre
todo, al aparecer el modo capitalista de producción, las leyes
de producción de mercancías, que hasta aquí apenas
habían dado señales de vida, entran en funciones de una
manera franca y potente. Las antiguas asociaciones empiezan a perder fuerza,
las antiguas fronteras locales se vienen a tierra, los productores se
convierten más y más en productores de mercancías
independientes y aislados. La anarquía de la producción
social sale a la luz y se agudiza cada vez más. Pero el instrumento
principal con el que el modo capitalista de producción fomenta
esta anarquía en la producción social es precisamente lo
inverso de la anarquía: la creciente organización de la
producción con carácter social, dentro de cada establecimiento
de producción. Con este resorte, pone fin a la vieja estabilidad
pacífica. Allí donde se implanta en una rama industrial,
no tolera a su lado ninguno de los viejos métodos. Donde se adueña
de la industria artesana, la destruye y aniquila. El terreno del trabajo
se convierte en un campo de batalla. Los grandes descubrimientos geográficos
y las empresas de colonización que les siguen, multiplican los
mercados y aceleran el proceso de transformación del taller del
artesano en manufactura. Y la lucha no estalla solamente entre los productores
locales aislados; las contiendas locales van cobrando volumen nacional,
y surgen las guerras comerciales de los siglos XVII y XVIII. Hasta que,
por fin, la gran industria y la implantación del mercado mundial
dan carácter universal a la lucha, a la par que le imprimen una
inaudita violencia. Lo mismo entre los capitalistas individuales que entre
industrias y países enteros, la posesión de las condiciones
-naturales o artificialmente creadas- de la producción, decide
la lucha por la existencia. El que sucumbe es arrollado sin piedad. Es
la lucha darvinista por la existencia individual, transplantada, con redoblada
furia, de la naturaleza a la sociedad. Las condiciones naturales de vida
de la bestia se convierten en el punto culminante del desarrollo humano.
La contradicción entre la producción social y la apropiación
capitalista se manifiesta ahora como antagonismo entre la organización
de la producción dentro de cada fábrica y la anarquía
de la producción en el seno de toda la sociedad.
El modo capitalista de producción se mueve en estas dos formas
de manifestación de la contradicción inherente a él
por sus mismos orígenes, describiendo sin apelación aquel
«círculo vicioso» que ya puso de manifiesto Fourier.
Pero lo que Fourier, en su época, no podía ver todavía
era que este círculo va reduciéndose gradualmente, que el
movimiento se desarrolla más bien en espiral y tiene que llegar
necesariamente a su fin, como el movimiento de los planetas, chocando
con el centro. Es la fuerza propulsora de la anarquía social de
la producción la que convierte a la inmensa mayoría de los
hombres, cada vez más marcadamente, en proletarios, y estas masas
proletarias serán, a su vez, las que, por último, pondrán
fin a la anarquía de la producción. Es la fuerza propulsora
de la anarquía social de la producción la que convierte
la capacidad infinita de perfeccionamiento de las máquinas de la
gran industria en un precepto imperativo, que obliga a todo capitalista
industrial a mejorar continuamente su maquinaria, so pena de perecer.
Pero mejorar la maquinaria equivale a hacer superflua una masa de trabajo
humano. Y así como la implantación y el aumento cuantitativo
de la maquinaria trajeron consigo el desplazamiento de millones de obreros
manuales por un número reducido de obreros mecánicos, su
perfeccionamiento determina la eliminación de un número
cada vez mayor de obreros de las máquinas, y, en última
instancia, la creación de una masa de obreros disponibles que sobrepuja
la necesidad media de ocupación del capital, de un verdadero ejército
industrial de reserva, como yo hube de llamarlo ya en 1845 [§§§§§§],
de un ejército de trabajadores disponibles para los tiempos en
que la industria trabaja a todo vapor y que luego, en las crisis que sobrevienen
necesariamente después de esos períodos, se ve lanzado a
la calle, constituyendo en todo momento un grillete atado a los pies de
la clase trabajadora en su lucha por la existencia contra el capital y
un regulador para mantener los salarios en el nivel bajo que corresponde
a las necesidades del capitalismo. Así pues, la maquinaria, para
decirlo con Marx, se ha convertido en el arma más poderosa del
capital contra la clase obrera, en un medio de trabajo que arranca constantemente
los medios de vida de manos del obrero, ocurriendo que el producto mismo
del obrero se convierte en el instrumento de su esclavización [*******].
De este modo, la economía en los medios de trabajo lleva consigo,
desde el primer momento, el más despiadado despilfarro de la fuerza
de trabajo y un despojo contra las condiciones normales de la función
misma del trabajo [†††††††].
Y la maquinaria, el recurso más poderoso que ha podido crearse
para acortar la jornada de trabajo, se trueca en el recurso más
infalible para convertir la vida entera del obrero y de su familia en
una gran jornada de trabajo disponible para la valorización del
capital; así ocurre que el exceso de trabajo de unos es la condición
determinante de la carencia de trabajo de otros, y que la gran industria,
lanzándose por el mundo entero, en carrera desenfrenada, a la conquista
de nuevos consumidores, reduce en su propia casa el consumo de las masas
a un mínimo de hambre y mina con ello su propio mercado interior.
«La ley que mantiene constantemente el exceso relativo de población
o ejército industrial de reserva en equilibrio con el volumen y
la energía de la acumulación del capital, ata al obrero
al capital con ligaduras más fuertes que las cuñas con que
Hefestos clavó a Prometeo a la roca. Esto origina que a la acumulación
del capital corresponda una acumulación igual de miseria. La acumulación
de la riqueza en uno de los polos determina en el polo contrario, en el
polo de la clase que produce su propio producto como capital, una acumulación
igual de miseria, de tormentos de trabajo, de esclavitud, de ignorancia,
de embrutecimiento y de degradación moral». (Marx, "El
Capital", t. I, cap. XXIII.)
Y esperar del modo capitalista de producción otra distribución
de los productos sería como esperar que los dos electrodos de una
batería, mientras estén conectados con ésta, no descompongan
el agua ni liberen oxígeno en el polo positivo e hidrógeno
en el negativo.
Hemos visto que la capacidad de perfeccionamiento de la maquinaria moderna,
llevada a su límite máximo, se convierte, gracias a la anarquía
de la producción dentro de la sociedad, en un precepto imperativo
que obliga a los capitalistas industriales, cada cual de por sí,
a mejorar incesantemente su maquinaria, a hacer siempre más potente
su fuerza de producción. No menos imperativo es el precepto en
que se convierte para él la mera posibilidad efectiva de dilatar
su órbita de producción. La enorme fuerza de expansión
de la gran industria, a cuyo lado la de los gases es un juego de chicos,
se revela hoy ante nuestros ojos como una necesidad cualitativa y cuantitativa
de expansión, que se burla de cuantos obstáculos encuentra
a su paso. Estos obstáculos son los que le oponen el consumo, la
salida, los mercados de que necesitan los productos de la gran industria.
Pero la capacidad extensiva e intensiva de expansión de los mercados,
obedece, por su parte, a leyes muy distintas y que actúan de un
modo mucho menos enérgico. La expansión de los mercados
no puede desarrollarse al mismo ritmo que la de la producción.
La colisión se hace inevitable, y como no puede dar ninguna solución
mientras no haga saltar el propio modo de producción capitalista,
esa colisión se hace periódica. La producción capitalista
engendra un nuevo «círculo vicioso».
En efecto, desde 1825, año en que estalla la primera crisis general,
no pasan diez años seguidos sin que todo el mundo industrial y
comercial, la producción y el intercambio de todos los pueblos
civilizados y de su séquito de países más o menos
bárbaros, se salga de quicio. El comercio se paraliza, los mercados
están sobresaturados de mercancías, los productos se estancan
en los almacenes abarrotados, sin encontrar salida; el dinero contante
se hace invisible; el crédito desaparece; las fábricas paran;
las masas obreras carecen de medios de vida precisamente por haberlos
producido en exceso, las bancarrotas y las liquidaciones se suceden unas
a otras. El estancamiento dura años enteros, las fuerzas productivas
y los productos se derrochan y destruyen en masa, hasta que, por fin,
las masas de mercancías acumuladas, más o menos depreciadas,
encuentran salida, y la producción y el cambio van reanimándose
poco a poco. Paulatinamente, la marcha se acelera, el paso de andadura
se convierte en trote, el trote industrial, en galope y, por último,
en carrera desenfrenada, en un steeple-chase [‡‡‡‡‡‡‡]
de la industria, el comercio, el crédito y la especulación,
para terminar finalmente, después de los saltos más arriesgados,
en la fosa de un crac. Y así, una vez y otra. Cinco veces se ha
venido repitiendo la misma historia desde el año 1825, y en estos
momentos (1877) estamos viviéndola por sexta vez. Y el carácter
de estas crisis es tan nítido y tan acusado, que Fourier las abarcaba
todas cuando describía la primera, diciendo que era una crise pléthorique,
una crisis nacida de la superabundancia.
En las crisis estalla en explosiones violentas la contradicción
entre la producción social y la apropiación capitalista.
La circulación de mercancías queda, por el momento, paralizada.
El medio de circulación, el dinero, se convierte en un obstáculo
para la circulación; todas las leyes de la producción y
circulación de mercancías se vuelven del revés. El
conflicto económico alcanza su punto de apogeo: el modo de producción
se rebela contra el modo de cambio.
El hecho de que la organización social de la producción
dentro de las fábricas se haya desarrollado hasta llegar a un punto
en que se ha hecho inconciliable con la anarquía -coexistente con
ella y por encima de ella- de la producción en la sociedad, es
un hecho que se les revela tangiblemente a los propios capitalistas, por
la concentración violenta de los capitales, producida durante las
crisis a costa de la ruina de muchos grandes y, sobre todo, pequeños
capitalistas. Todo el mecanismo del modo capitalista de producción
falla, agobiado por las fuerzas productivas que él mismo ha engendrado.
Ya no acierta a transformar en capital esta masa de medios de producción,
que permanecen inactivos, y por esto precisamente debe permanecer también
inactivo el ejército industrial de reserva. Medios de producción,
medios de vida, obreros disponibles: todos los elementos de la producción
y de la riqueza general existen con exceso. Pero «la superabundancia
se convierte en fuente de miseria y de penuria» (Fourier), ya que
es ella, precisamente, la que impide la transformación de los medios
de producción y de vida en capital, pues en la sociedad capitalista,
los medios de producción no pueden ponerse en movimiento más
que convirtiéndose previamente en capital, en medio de explotación
de la fuerza humana de trabajo. Esta imprescindible calidad de capital
de los medios de producción y de vida se alza como un espectro
entre ellos y la clase obrera. Esta calidad es la que impide que se engranen
la palanca material y la palanca personal de la producción; es
la que no permite a los medios de producción funcionar ni a los
obreros trabajar y vivir. De una parte, el modo capitalista de producción
revela, pues, su propia incapacidad para seguir rigiendo sus fuerzas productivas.
De otra parte, estas fuerzas productivas acucian con intensidad cada vez
mayor a que se elimine la contradicción, a que se las redima de
su condición de capital, a que se reconozca de hecho su carácter
de fuerzas productivas sociales.
Es esta rebelión de las fuerzas de producción cada vez más
imponentes, contra su calidad de capital, esta necesidad cada vez más
imperiosa de que se reconozca su carácter social, la que obliga
a la propia clase capitalista a tratarlas cada vez más abiertamente
como fuerzas productivas sociales, en el grado en que ello es posible
dentro de las relaciones capitalistas. Lo mismo los períodos de
alta presión industrial, con su desmedida expansión del
crédito, que el crac mismo, con el desmoronamiento de grandes empresas
capitalistas, impulsan esa forma de socialización de grandes masas
de medios de producción con que nos encontramos en las diversas
categorías de sociedades anónimas. Algunos de estos medios
de producción y de comunicación son ya de por sí
tan gigantescos, que excluyen, como ocurre con los ferrocarriles, toda
otra forma de explotación capitalista. Al llegar a una determinada
fase de desarrollo, ya no basta tampoco esta forma; los grandes productores
nacionales de una rama industrial se unen para formar un trust, una agrupación
encaminada a regular la producción; determinan la cantidad total
que ha de producirse, se la reparten entre ellos e imponen de este modo
un precio de venta fijado de antemano. Pero, como estos trusts se desmoronan
al sobrevenir la primera racha mala en los negocios, empujan con ello
a una socialización todavía más concentrada; toda
la rama industrial se convierte en una sola gran sociedad anónima,
y la competencia interior cede el puesto al monopolio interior de esta
única sociedad; así sucedió ya en 1890 con la producción
inglesa de álcalis, que en la actualidad, después de fusionarse
todas las cuarenta y ocho grandes fábricas del país, es
explotada por una sola sociedad con dirección única y un
capital de 120 millones de marcos.
En los trusts, la libre concurrencia se trueca en monopolio y la producción
sin plan de la sociedad capitalista capitula ante la producción
planeada y organizada de la futura sociedad socialista a punto de sobrevenir.
Claro está que, por el momento, en provecho y beneficio de los
capitalistas. Pero aquí la explotación se hace tan patente,
que tiene forzosamente que derrumbarse. Ningún pueblo toleraría
una producción dirigida por los trusts, una explotación
tan descarada de la colectividad por una pequeña cuadrilla de cortadores
de cupones.
De un modo o de otro, con o sin trusts, el representante oficial de la
sociedad capitalista, el Estado, tiene que acabar haciéndose cargo
del mando de la producción [§§§§§§§]
[43]. La necesidad a que responde esta transformación de ciertas
empresas en propiedad del Estado empieza manifestándose en las
grandes empresas de transportes y comunicaciones, tales como el correo,
el telégrafo y los ferrocarriles.
A la par que las crisis revelan la incapacidad de la burguesía
para seguir rigiendo las fuerzas productivas modernas, la transformación
de las grandes empresas de producción y transporte en sociedades
anónimas, trusts y en propiedad del Estado demuestra que la burguesía
no es ya indispensable para el desempeño de estas funciones. Hoy,
las funciones sociales del capitalista corren todas a cargo de empleados
a sueldo, y toda la actividad social de aquél se reduce a cobrar
sus rentas, cortar sus cupones y jugar en la Bolsa, donde los capitalistas
de toda clase se arrebatan unos a otros sus capitales. Y si antes el modo
capitalista de producción desplazaba a los obreros, ahora desplaza
también a los capitalistas, arrinconándolos, igual que a
los obreros, entre la población sobrante; aunque por ahora todavía
no en el ejército industrial de reserva.
Pero las fuerzas productivas no pierden su condición de capital
al convertirse en propiedad de las sociedades anónimas y de los
trusts o en propiedad del Estado. Por lo que a las sociedades anónimas
y a los trusts se refiere, es palpablemente claro. Por su parte, el Estado
moderno no es tampoco más que una organización creada por
la sociedad burguesa para defender las condiciones exteriores generales
del modo capitalista de producción contra los atentados, tanto
de los obreros como de los capitalistas individuales. El Estado moderno,
cualquiera que sea su forma, es una máquina esencialmente capitalista,
es el Estado de los capitalistas, el capitalista colectivo ideal. Y cuantas
más fuerzas productivas asuma en propiedad, tanto más se
convertirá en capitalista colectivo y tanta mayor cantidad de ciudadanos
explotará. Los obreros siguen siendo obreros asalariados, proletarios.
La relación capitalista, lejos de abolirse con estas medidas, se
agudiza, llega al extremo, a la cúspide. Mas, al llegar a la cúspide,
se derrumba. La propiedad del Estado sobre las fuerzas productivas no
es solución del conflicto, pero alberga ya en su seno el medio
formal, el resorte para llegar a la solución.
Esta solución sólo puede estar en reconocer de un modo efectivo
el carácter social de las fuerzas productivas modernas y por lo
tanto en armonizar el modo de producción, de apropiación
y de cambio con el carácter social de los medios de producción.
Para esto, no hay más que un camino: que la sociedad, abiertamente
y sin rodeos, tome posesión de esas fuerzas productivas, que ya
no admite otra dirección que la suya. Haciéndolo así,
el carácter social de los medios de producción y de los
productos, que hoy se vuelve contra los mismos productores, rompiendo
periódicamente los cauces del modo de producción y de cambio,
y que sólo puede imponerse con una fuerza y eficacia tan destructoras
como el impulso ciego de las leyes naturales, será puesto en vigor
con plena conciencia por los productores y se convertirá, de causa
constante de perturbaciones y de cataclismos periódicos, en la
palanca más poderosa de la producción misma.
Las fuerzas activas de la sociedad obran, mientras no las conocemos y
contamos con ellas, exactamente lo mismo que las fuerzas de la naturaleza:
de un modo ciego, violento, destructor. Pero, una vez conocidas, tan pronto
como se ha sabido comprender su acción, su tendencia y sus efectos,
en nuestras manos está el supeditarlas cada vez más de lleno
a nuestra voluntad y alcanzar por medio de ellas los fines propuestos.
Tal es lo que ocurre, muy señaladamente, con las gigantescas fuerzas
modernas de producción. Mientras nos resistamos obstinadamente
a comprender su naturaleza y su carácter -y a esta comprensión
se oponen el modo capitalista de producción y sus defensores-,
estas fuerzas actuarán a pesar de nosotros, contra nosotros, y
nos dominarán, como hemos puesto bien de relieve. En cambio, tan
pronto como penetremos en su naturaleza, esas fuerzas, puestas en manos
de los productores asociados, se convertirán, de tiranos demoníacos,
en sumisas servidoras. Es la misma diferencia que hay entre el poder destructor
de la electricidad en los rayos de la tormenta y la electricidad sujeta
en el telégrafo y en el arco voltaico; la diferencia que hay entre
el incendio y el fuego puesto al servicio del hombre. El día en
que las fuerzas productivas de la sociedad moderna se sometan al régimen
congruente con su naturaleza, por fin conocida, la anarquía social
de la producción dejará el puesto a una reglamentación
colectiva y organizada de la producción acorde con las necesidades
de la sociedad y de cada individuo. Y el régimen capitalista de
apropiación, en que el producto esclaviza primero a quien lo crea
y luego a quien se lo apropia, será sustituido por el régimen
de apropiación del producto que el carácter de los modernos
medios de producción está reclamando: de una parte, apropiación
directamente social, como medio para mantener y ampliar la producción;
de otra parte, apropiación directamente individual, como medio
de vida y de disfrute.
El modo capitalista de producción, al convertir más y más
en proletarios a la inmensa mayoría de los individuos de cada país,
crea la fuerza que, si no quiere perecer, está obligada a hacer
esa revolución. Y, al forzar cada vez más la conversión
en propiedad del Estado de los grandes medios socializados de producción,
señala ya por sí mismo el camino por el que esa revolución
ha de producirse. El proletariado toma en sus manos el poder del Estado
y comienza por convertir los medios de producción en propiedad
del Estado. Pero con este mismo acto se destruye a sí mismo como
proletariado, y destruye toda diferencia y todo antagonismo de clases,
y con ello mismo, el Estado como tal. La sociedad, que se había
movido hasta el presente entre antagonismos de clase, ha necesitado del
Estado, o sea, de una organización de la correspondiente clase
explotadora para mantener las condiciones exteriores de producción,
y, por tanto, particularmente, para mantener por la fuerza a la clase
explotada en las condiciones de opresión (la esclavitud, la servidumbre
o el vasallaje y el trabajo asalariado), determinadas por el modo de producción
existente. El Estado era el representante oficial de toda la sociedad,
su síntesis en un cuerpo social visible; pero lo era sólo
como Estado de la clase que en su época representaba a toda la
sociedad: en la antigüedad era el Estado de los ciudadanos esclavistas;
en la Edad Media el de la nobleza feudal; en nuestros tiempos es el de
la burguesía. Cuando el Estado se convierta finalmente en representante
efectivo de toda la sociedad será por sí mismo superfluo.
Cuando ya no exista ninguna clase social a la que haya que mantener sometida;
cuando desaparezcan, junto con la dominación de clase, junto con
la lucha por la existencia individual, engendrada por la actual anarquía
de la producción, los choques y los excesos resultantes de esto,
no habrá ya nada que reprimir ni hará falta, por tanto,
esa fuerza especial de represión que es el Estado. El primer acto
en que el Estado se manifiesta efectivamente como representante de toda
la sociedad: la toma de posesión de los medios de producción
en nombre de la sociedad, es a la par su último acto independiente
como Estado. La intervención de la autoridad del Estado en las
relaciones sociales se hará superflua en un campo tras otro de
la vida social y cesará por sí misma. El gobierno sobre
las personas es sustituido por la administración de las cosas y
por la dirección de los procesos de producción. El Estado
no es «abolido»; se extingue. Partiendo de esto es como hay
que juzgar el valor de esa frase del «Estado popular libre»
en lo que toca a su justificación provisional como consigna de
agitación y en lo que se refiere a su falta de fundamento científico.
Partiendo de esto es también como debe ser considerada la reivindicación
de los llamados anarquistas de que el Estado sea abolido de la noche a
la mañana.
Desde que ha aparecido en la palestra de la historia el modo de producción
capitalista ha habido individuos y sectas enteras ante quienes se ha proyectado
más o menos vagamente, como ideal futuro, la apropiación
de todos los medios de producción por la sociedad. Mas, para que
esto fuese realizable, para que se convirtiese en una necesidad histórica,
era menester que antes se diesen las condiciones efectivas para su realización.
Para que este progreso, como todos los progresos sociales, sea viable,
no basta con que la razón comprenda que la existencia de las clases
es incompatible con los dictados de la justicia, de la igualdad, etc.;
no basta con la mera voluntad de abolir estas clases, sino que son necesarias
determinadas condiciones económicas nuevas. La división
de la sociedad en una clase explotadora y otra explotada, una clase dominante
y otra oprimida, era una consecuencia necesaria del anterior desarrollo
incipiente de la producción. Mientras el trabajo global de la sociedad
sólo rinde lo estrictamente indispensable para cubrir las necesidades
más elementales de todos; mientras, por lo tanto, el trabajo absorbe
todo el tiempo o casi todo el tiempo de la inmensa mayoría de los
miembros de la sociedad, ésta se divide, necesariamente, en clases.
Junto a la gran mayoría constreñida a no hacer más
que llevar la carga del trabajo, se forma una clase eximida del trabajo
directamente productivo y a cuyo cargo corren los asuntos generales de
la sociedad: la dirección de los trabajos, los negocios públicos,
la justicia, las ciencias, las artes, etc. Es, pues, la ley de la división
del trabajo la que sirve de base a la división de la sociedad en
clases. Lo cual no impide que esta división de la sociedad en clases
se lleve a cabo por la violencia y el despojo, la astucia y el engaño;
ni quiere decir que la clase dominante, una vez entronizada, se abstenga
de consolidar su poderío a costa de la clase trabajadora, convirtiendo
su papel social de dirección en una mayor explotación de
las masas.
Vemos, pues, que la división de la sociedad en clases tiene su
razón histórica de ser, pero sólo dentro de determinados
límites de tiempo bajo determinadas condiciones sociales. Era condicionada
por la insuficiencia de la producción, y será barrida cuando
se desarrollen plenamente las modernas fuerzas productivas. En efecto,
la abolición de las clases sociales presupone un grado histórico
de desarrollo tal, que la existencia, no ya de esta o de aquella clase
dominante concreta, sino de una clase dominante cualquiera que ella sea
y, por tanto, de las mismas diferencias de clase, representa un anacronismo.
Presupone, por consiguiente, un grado culminante en el desarrollo de la
producción, en el que la apropiación de los medios de producción
y de los productos y, por tanto, del poder político, del monopolio
de la cultura y de la dirección espiritual por una determinada
clase de la sociedad, no sólo se hayan hecho superfluos, sino que
además constituyan económica, política e intelectualmente
una barrera levantada ante el progreso. Pues bien; a este punto ya se
ha llegado. Hoy, la bancarrota política e intelectual de la burguesía
ya apenas es un secreto ni para ella misma, y su bancarrota económica
es un fenómeno que se repite periódicamente de diez en diez
años. En cada una de estas crisis, la sociedad se asfixia, ahogada
por la masa de sus propias fuerzas productivas y de sus productos, a los
que no puede aprovechar, y se enfrenta, impotente, con la absurda contradicción
de que sus productores no tengan qué consumir, por falta precisamente
de consumidores. La fuerza expansiva de los medios de producción
rompe las ligaduras con que los sujeta el modo capitalista de producción.
Esta liberación de los medios de producción es lo único
que puede permitir el desarrollo ininterrumpido y cada vez más
rápido de las fuerzas productivas, y con ello, el crecimiento prácticamente
ilimitado de la producción. Mas no es esto solo. La apropiación
social de los medios de producción no sólo arrolla los obstáculos
artificiales que hoy se le oponen a la producción, sino que acaba
también con el derroche y la asolación de fuerzas productivas
y de productos, que es una de las consecuencias inevitables de la producción
actual y que alcanza su punto de apogeo en las crisis. Además,
al acabar con el necio derroche de lujo de las clases dominantes y de
sus representantes políticos, pone en circulación para la
colectividad toda una masa de medios de producción y de productos.
Por vez primera, se da ahora, y se da de un modo efectivo, la posibilidad
de asegurar a todos los miembros de la sociedad, por medio de un sistema
de producción social, una existencia que, además de satisfacer
plenamente y cada día con mayor holgura sus necesidades materiales,
les garantiza el libre y completo desarrollo y ejercicio de sus capacidades
físicas y espirituales. [********]
Al posesionarse la sociedad de los medios de producción, cesa la
producción de mercancías, y con ella el imperio del producto
sobre los productores. La anarquía reinante en el seno de la producción
social deja el puesto a una organización armónica, proporcional
y consciente. Cesa la lucha por la existencia individual y con ello, en
cierto sentido, el hombre sale definitivamente del reino animal y se sobrepone
a las condiciones animales de existencia, para someterse a condiciones
de vida verdaderamente humanas. Las condiciones de vida que rodean al
hombre y que hasta ahora le dominaban, se colocan, a partir de este instante,
bajo su dominio y su control, y el hombre, al convertirse en dueño
y señor de sus propias relaciones sociales, se convierte por primera
vez en señor consciente y efectivo de la naturaleza. Las leyes
de su propia actividad social, que hasta ahora se alzaban frente al hombre
como leyes naturales, como poderes extraños que lo sometían
a su imperio, son aplicadas ahora por él con pleno conocimiento
de causa y, por tanto, sometidas a su poderío. La propia existencia
social del hombre, que hasta aquí se le enfrentaba como algo impuesto
por la naturaleza y la historia, es a partir de ahora obra libre suya.
Los poderes objetivos y extraños que hasta ahora venían
imperando en la historia se colocan bajo el control del hombre mismo.
Sólo desde entonces, éste comienza a trazarse su historia
con plena conciencia de lo que hace. Y, sólo desde entonces, las
causas sociales puestas en acción por él, comienzan a producir
predominantemente y cada vez en mayor medida los efectos apetecidos. Es
el salto de la humanidad del reino de la necesidad al reino de la libertad.
* * *
Resumamos brevemente, para terminar, nuestra trayectoria de desarrollo:
I.- Sociedad medieval: Pequeña producción individual. Medios
de producción adaptados al uso individual, y, por tanto, primitivos,
torpes, mezquinos, de eficacia mínima. Producción para el
consumo inmediato, ya del propio productor, ya de su señor feudal.
Sólo en los casos en que queda un remanente de productos, después
de cubrir ese consumo, se ofrece en venta y se lanza al intercambio. Por
tanto, la producción de mercancías está aún
en sus albores, pero encierra ya, en germen, la anarquía de la
producción social.
II.- Revolución capitalista: Transformación de la industria,
iniciada por medio de la cooperación simple y de la manufactura.
Concentración de los medios de producción, hasta entonces
dispersos, en grandes talleres, con lo que se convierten de medios de
producción del individuo en medios de producción sociales,
metamorfosis que no afecta, en general, a la forma del cambio. Quedan
en pie las viejas formas de apropiación. Aparece el capitalista:
en su calidad de propietario de los medios de producción, se apropia
también de los productos y los convierte en mercancías.
La producción se transforma en un acto social; el cambio y, con
él, la apropiación siguen siendo actos individuales: el
producto social es apropiado por el capitalista individual. Contradicción
fundamental, de la que se derivan todas las contradicciones en que se
mueve la sociedad actual y que pone de manifiesto claramente la gran industria.
A. El productor se separa de los medios de producción. El obrero
se ve condenado a ser asalariado de por vida. Antítesis de burguesía
y proletariado.
B. Relieve creciente y eficacia acentuada de las leyes que presiden la
producción de mercancías. Competencia desenfrenada. Contradicción
entre la organización social dentro de cada fábrica y la
anarquía social en la producción total.
C. De una parte, perfeccionamiento de la maquinaria, que la competencia
convierte en imperativo para cada fabricante y que equivale a un desplazamiento
cada vez mayor de obreros: ejército industrial de reserva. De otra
parte, extensión ilimitada de la producción, que la competencia
impone también como norma coactiva a todos los fabricantes. Por
ambos lados, un desarrollo inaudito de las fuerzas productivas, exceso
de la oferta sobre la demanda, superproducción, abarrotamiento
de los mercados, crisis cada diez años, círculo vicioso:
superabundancia, aquí de medios de producción y de productos,
y allá de obreros sin trabajo y sin medios de vida. Pero estas
dos palancas de la producción y del bienestar social no pueden
combinarse porque la forma capitalista de la producción impide
a las fuerzas productivas actuar y a los productos circular, a no ser
que se conviertan previamente en capital, que es lo que precisamente les
veda su propia superabundancia. La contradicción se exalta hasta
convertirse en contrasentido: el modo de producción se rebela contra
la forma de cambio. La burguesía se muestra incapaz para seguir
rigiendo sus propias fuerzas sociales productivas.
D. Reconocimiento parcial del carácter social de las fuerzas productivas,
arrancado a los propios capitalistas. Apropiación de los grandes
organismos de producción y de transporte, primero por sociedades
anónimas, luego por trusts, y más tarde por el Estado. La
burguesía se revela como una clase superflua; todas sus funciones
sociales son ejecutadas ahora por empleados a sueldo.
III.- Revolución proletaria, solución de las contradicciones:
el proletariado toma el poder político, y, por medio de él,
convierte en propiedad pública los medios sociales de producción,
que se le escapan de las manos a la burguesía. Con este acto, redime
los medios de producción de la condición de capital que
hasta allí tenían y da a su carácter social plena
libertad para imponerse. A partir de ahora es ya posible una producción
social con arreglo a un plan trazado de antemano. El desarrollo de la
producción convierte en un anacronismo la subsistencia de diversas
clases sociales. A medida que desaparece la anarquía de la producción
social languidece también la autoridad política del Estado.
Los hombres, dueños por fin de su propia existencia social, se
convierten en dueños de la naturaleza, en dueños de sí
mismos, en hombres libres.
La realización de este acto que redimirá al mundo es la
misión histórica del proletariado moderno. Y el socialismo
científico, expresión teórica del movimiento proletario,
es el llamado a investigar las condiciones históricas y, con ello,
la naturaleza misma de este acto, infundiendo de este modo a la clase
llamada a hacer esta revolución, a la clase hoy oprimida, la conciencia
de las condiciones y de la naturaleza de su propia acción.

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