| I
Transcurrió la primera quincena de febrero; un frío extraordinario
y seco prolongaba el invierno sin compasión para los pobres. Varias
autoridades, y entre ellas el gobernador de Lille y un juez especial,
habían recorrido la comarca.
Y
no bastando los gendarmes, se había mandado tropa a Montsou: un
regimiento entero, que se acantonó en Beaugnies y en Marchiennes.
Pequeños destacamentos guardaban las minas, y al lado de cada máquina
había un centinela.
La casa del director, los talleres de la Compañía, y hasta las casas
de algunos burgueses, se veían erizadas de bayonetas. Por los caminos
no se oía más que el acompasado paso de las patrullas. En la plataforma
de la Voreux se veía continuamente un centinela colocado allí como
un vigía encargado de ver cuanto pasaba en la extensa llanura; y
de dos en dos horas, como si se tratara de un país conquistado,
se oían los "¡Alerta!" y los "¿Quién vive? ¡El santo
y señal", de las rondas y rondines.
No se había empezado a trabajar en ninguna parte. Antes, al contrario,
la huelga se había acentuado; en Crevecoeur, en La Magdalena y en
Mirou, se habían suspendido los trabajos de extracción, lo mismo
que en la Voreux. Y a La Victoria y a Feutry-Cantel cada vez iban
menos mineros; a Santo Tomás no acudía ni la mitad de los obreros.
La huelga se convirtió en un empeño mudo y obstinado, frente a aquel
alarde de fuerza que exasperaba el orgullo del minero. Los barrios
parecían desiertos en medio de los campos sembrados de remolacha.
Ningún obrero se agitaba; apenas si se encontraba alguno que otro
aislado, con la mirada aviesa y la cabeza baja ante los pantalones
colorados de la infantería.
Y
bajo la apariencia de aquella paz sombría, de aquella terquedad
pasiva; ante aquel temor a los fusiles, estaba la supuesta docilidad,
la obediencia forzada y paciente de las fieras enjauladas, que fijan
los ojos en el domador, prontas a devorarlo si les vuelve la espalda.
La Compañía, que se arruinaba por aquella suspensión del trabajo,
hablaba de contratar mineros del Borinage, en la frontera belga;
pero no se atrevía a tanto; de modo que la batalla continuaba dentro
de aquellos limites, entre los carboneros, que se negaban a someterse,
y las minas desiertas, custodiadas por la tropa.
Al día siguiente de aquella tarde había sobrevenido la paz como
por encanto, ocultando un pánico tal, que todos procuraban no decir
palabra de los destrozos y de las atrocidades cometidas. Del sumario
que se instruyó, resultaba que la muerte de Maigrat fue consecuencia
de su caída; y la horrible mutilación de su cadáver seguía siendo
vaga, y estaba envuelta en cierto misterio, que nadie procuraba
descubrir. Por otra parte, no había habido robo ni fractura en la
tienda. Por su lado, la Compañía no confesaba los perjuicios sufridos,
ni los Grégoire querían mezclar a su hija en el escándalo de un
proceso, en el cual tuviera que declarar. No obstante, se habían
hecho algunos prisioneros, hechos, como siempre, entre imbéciles
o asustados comparsas que no sabían nada de lo ocurrido. Por error,
Pierron había sido conducido a Marchiennes, atado codo con codo,
de lo cual reía aún todo el mundo cuando lo recordaba. También Rasseneur
había estado a punto de caer en manos de los gendarmes. En la Dirección
se contentaban con llenar listas de nombres para despedir mineros;
y, en efecto, los despidieron en número considerable. Así, por ejemplo,
en el barrio de los Doscientos Cuarenta sólo habían quedado definitivamente
despedidos Maheu, Levaque y treinta y cinco compañeros suyos. Toda
la severidad era para Esteban, el cual había desaparecido la misma
noche del día del motín, y al cual no dejaban de buscar, aunque
sin hallar de él ni el menor rastro. Chaval, vengativo y rencoroso,
no denunciaba sino a él, y se obstinaba en no nombrar a nadie más,
gracias a los ruegos de Catalina, que quería salvar al menos a sus
padres. Pasaban los días: todos comprendían que el conflicto no
estaba terminado, y todos aguardaban su desenlace con verdadera
impaciencia.
Desde entonces, los burgueses de Montsou despertaban todas las noches
sobresaltados creyendo oír gritos de venganza, y notar olor a pólvora.
Pero lo que acabó de asustarles fue un sermón del nuevo cura del
pueblo, el padre Ranvier, un hombre flaco, con ojos brillantes,
el cual había relevado en la parroquia al padre Joire. ¡Cuánto echaban
de menos la sonriente discreción de éste, y su afán único de vivir
en paz con todo el mundo! El padre Ranvier, por el contrario, se
había permitido la enormidad de tomar la defensa de aquellos terribles
bandidos ansiosos de deshonrar la religión. Hallaba excusas para
los infames huelguistas, y atacaba a la burguesía, a quien cargaba
todas las responsabilidades. La burguesía era la que, desposeyendo
a la iglesia de sus libertades tradicionales para apropiárselas,
había hecho del mundo un lugar de injusticia y de sufrimiento; ella
era la que provocaba conflictos, la que empujaba a una catástrofe
horrible con su ateísmo, con su terquedad de no volver a las antiguas
creencias, a las fraternales tradiciones de los primeros cristianos.
Y se había atrevido, además, a pronunciar amenazas contra los ricos;
les había predicho que, si seguían desoyendo la voz de Dios, éste
acabaría sin duda por ponerse de parte de los pobres. Dios arrebataría
la fortuna a los incrédulos que la disfrutaban, y la distribuiría
entre los pobres para el triunfo de su gloria. Los devotos temblaban
al oírlo; el notario decía que aquello era socialismo puro; todos
se representaban al cura capitaneando una partida de descamisados,
blandiendo una cruz a guisa de espada, y luchando por demoler la
sociedad burguesa creada en 1789.
El señor Hennebeau, al saberlo, se contentó con decir, encogiéndose
de hombros. -Si nos fastidia mucho, ya nos lo quitará el obispo.
Y
mientras el pánico agitaba sordamente a unos y a otros, Esteban
vivía subterráneamente en Réquillart, en la cueva arreglada por
Juan. Allí se escondía, nadie suponía que estuviese tan cerca; nadie
sospechaba la audacia tranquila de aquel refugio. La boca del pozo
estaba cada día más interceptada por las raíces de los árboles;
nadie osaba penetrar allí, porque para conseguirlo se necesitaba
conocer la maniobra de deslizarse con cuidado y habilidad para llegar
a los primeros peldaños de la escala, que no estaban podridos todavía.
Otros obstáculos protegían la entrada, tales como el calor sofocante
del pozo, los 120 metros de peligrosísimo descenso, lo penoso de
la bajada por aquellas estrechuras, donde sin una gran práctica
se destrozaba cualquiera la espalda y el vientre. Allí vivía Esteban,
en medio de la abundancia, porque había encontrado ginebra, restos
de una bacalada, y todo género de provisiones. El montón de paja
era una cama cómoda; no se sentía ninguna corriente de aire, gracias
a la igualdad inalterable de aquella temperatura agradabilísima.
No le amenazaba sino el peligro de que le faltase la luz. Juan,
que se había hecho su provisor, con una prudencia y discreción que
eran aumentadas por el maligno placer de burlar la vigilancia de
los gendarmes, le llevaba de todo, hasta pomada; pero no conseguía
poner la mano sobre un paquete de velas.
Desde el quinto día Esteban no encendía luz más que para comer,
porque no podía pasar bocado si lo hacía a oscuras. Aquella noche
completa, continua, interminable, era para él un suplicio. A pesar
de verse a salvo, de dormir tranquilamente, de no carecer de pan,
de no sentir frío ni calor, jamás la noche le había atormentado
tanto. Le parecía que aquello embotaba por completo sus ideas. Estaba
viviendo del robo. A pesar de sus ideas comunistas se despertaban
en él los antiguos escrúpulos de educación, hasta el punto de que
a veces no comía más que lo necesario para no morirse. Pero ¿qué
había de hacer? Era preciso vivir, porque aún no se hallaba cumplida
su misión. Otra vergüenza le abrumaba también: el remordimiento
de aquella salvaje embriaguez, de aquella ginebra echada a su estómago
vacío, y que fue la causa de su cobarde conducta con Chaval. El
recuerdo de esto despertaba en él un espanto desconocido, el mal
hereditario, que no le permitía beber un trago de más sin caer en
el furor homicida. ¿Acabaría en asesino? Pronto, sin embargo, reaccionaba,
revolviéndose contra las preocupaciones sociales. Cuando se vio
a salvo, en aquella profunda tranquilidad subterránea, sintió el
hastío de la violencia, y durmió dos días con el sueño pesado del
bruto abatido y harto. Transcurrió una semana más; y como los Maheu,
que sabían donde estaban, no pudieron enviarle velas, le fue necesario
privarse de luz aun a las horas de comer.
Permanecía largo tiempo tendido en la paja. Vagas ideas que no creía
tener, trabajaban incesantemente en su imaginación. Sentía el convencimiento
de su superioridad, que le ponía por encima de sus compañeros, una
exaltación de su persona que, a medida que iba instruyéndose, se
afinaba y adquiría necesidades delicadas. Jamás había reflexionado
tanto: jamás como entonces se había preguntado la razón de su disgusto
al día siguiente de sus excesos y atropellos contra la propiedad
de los otros; pero no osaba responderse, y sentía que le repugnaban
los recuerdos, la bajeza de sus concupiscencias, la grosería de
sus instintos, el olor de toda aquella miseria desplegada al viento.
Al fin acabaría por arrepentirse de haber ido a vivir al barrio
de los obreros. ¡Qué náuseas le producían aquellos miserables, viviendo
amontonados en horrible promiscuidad! No había entre ellos ni uno
solo con quien hablar seriamente de política; era una vida imposible;
siempre aquel emponzoñado olor a cebolla que le impedía respirar.
Él quería ensancharles el horizonte, elevarlos al bienestar y a
los buenos modales de la burguesía, haciendo de ellos los amos;
pero ¡qué larga, qué lenta era la tarea! Y ya no se sentía con valor
para esperar la hora del triunfo.
Poco a poco, su vanidad de ser jefe, su preocupación constante de
pensar por ellos, habían metido en él el alma de uno de aquellos
burgueses tan aborrecidos.
Una noche, Juan le llevó un cabo de vela que había robado del farol
de un carruaje, y aquello fue un gran consuelo para Esteban. Cuando
la oscuridad le desesperaba, cuando ésta pesaba sobre su cerebro
como losa de plomo inaguantable, encendía la luz un rato; luego,
cuando lograba rechazar la pesadilla, apagaba de nuevo aquella luz,
que le era tan necesaria como el pan para vivir.
El silencio le producía zumbidos en los oídos; no oía nunca más
que el correr de las ratas, el crujir de las maderas viejas o el
ruido producido por las arañas al tejer sus telas. Y, con los ojos
abiertos, en medio de aquella oscuridad profunda, volvía a su idea
fija: lo que estaban haciendo sus compañeros, lo que éstos esperaban
de él.
Una deserción por parte suya le habría parecido la peor de las cobardías.
Si se escondía, era para seguir en libertad para aconsejarles y
para obrar de acuerdo con ellos cuando fuese necesario. Sus largas
reflexiones habían fijado su ambición; mientras llegaban cosas mejores,
hubiera querido ser siquiera Pluchart, dejar de trabajar, trabajar
únicamente por la política, pero solo, en una habitación bien puesta
y confortable, con el pretexto de que los trabajos mentales absorben
la vida entera y exigen mucha tranquilidad de espíritu.
A
fines de la semana, Juan le dijo que los gendarmes le creían emigrado
a Bélgica, y Esteban se atrevió a salir de la madriguera tan pronto
como fue de noche. Deseaba darse cuenta de la situación, y ver si
debía insistir en su actitud. Él creía comprometido el éxito antes
de la huelga; dudaba del resultado; no había hecho más que ceder
a la necesidad; y entonces, después de todo lo ocurrido, volvían
sus dudas, y desesperaba de vencer a la Compañía. Pero no se lo
confesaba todavía; se sentía invadido por la angustia cuando pensaba
en las miserias de la derrota, en aquella terrible responsabilidad
que pesaría sobre él. ¿No era el final de la huelga el final de
su papel, su ambición por tierra, su entrada nuevamente en la vida
de miseria de la mina y del barrio de los obreros? Y honradamente,
sin falsas consideraciones, se esforzaba por volver a encontrar
su fe perdida, por convencerse de que era posible la resistencia
y de que el capital se destruiría a sí mismo ante el heroico suicidio
del trabajo.
En efecto: en toda la comarca se hablaba de grandes desperfectos
y pérdidas materiales sufridos por la Compañía. Cuando por la noche
salía de su madriguera, como un lobo acosado, recorría los campos,
y le parecía oír por todas partes los lamentos de los perjudicados
por la ruina y por las quiebras. No pasaba más que por delante de
fábricas cerradas, cuyos edificios desiertos causaban verdadera
tristeza.
Las fábricas de azúcar, sobre todo, habían sufrido mucho: la de
Hotton y la de Fauvelle, después de haber disminuido el número de
sus obreros, acababan de arruinarse también. La fábrica de Bleuze,
donde se hacían los cables para las minas, se hallaba definitivamente
muerta para siempre, por efecto de aquella obstinación de los huelguistas.
Por la parte de Marchiennes, los desastres se agravaban todavía
más; en la fábrica de vidrio de Gagebais no quedaba un solo horno
encendido; los talleres de construcción de Sonneville, todos los
días despedían trabajadores. La huelga de los mineros de Montsou,
nacida a consecuencia de la crisis industrial que iba en aumento
hacía dos años, había agravado ésta, adelantando el desastre. A
las causas de decadencia, que eran la carencia de pedidos de América
y el ahogo de los capitales inmovilizados por un exceso de producción,
se agregaba entonces la falta imprevista de hulla para las pocas
fábricas que aún trabajaban; y en eso estribaba la agonía.
La sociedad minera, llena de miedo ante el malestar general, al
disminuir su extracción matando de hambre a sus obreros, se había
encontrado fatalmente, hacia fines de diciembre, sin un solo pedazo
de carbón disponible. Y en todas las ciudades próximas, lo mismo
en Lille que en Douai, que en Valenciennes, las quiebras menudeaban
a consecuencia de la paralización de la industria, tan grande, que
acaso no había ejemplo de otra semejante.
Esteban paseaba de noche por los campos, deteniéndose a cada paso
para respirar fuertemente, con alegría, con la esperanza de que
llegase la hora de destruir para siempre el viejo mundo, sin que
quedara en pie ni una sola fortuna, barridas todas por el esfuerzo
de la revolución, y sometiendo al mundo entero a la igualdad más
absoluta. Se complacía con los destrozos que se notaban en todas
las minas; las recorría de noche una después de otra, contento cuando
advertía algún nuevo desperfecto, alguna nueva pérdida de consideración.
A cada instante se producían nuevos desprendimientos, porque el
abandono forzoso de los trabajos los hacían inminentes. Por encima
de la galería norte de Mirou, el suelo se desnivelaba de tal manera,
que el camino de Joiselle, en una distancia de cien metros lo menos,
se había hundido como por efecto de un terremoto; y la Compañía
pagaba sin regatear cuanto le exigían por indemnización los propietarios
de aquellas tierras, temerosa del escándalo que producían tales
accidentes. Crevecoeur y La Magdalena estaban amenazadas de igual
peligro. Se hablaba de dos capataces muertos en el fondo de Feutry-Cantel,
La Victoria estaba inundada por las aguas, y en Santo Tomás se habían
hecho precisas obras importantes de reparación, porque las maderas
del revestimiento se rompían por todas parees. Así, que cada día,
a todas horas, había que hacer cuantiosos gastos, que eran brechas
abiertas en los dividendos de los accionistas y una rápida destrucción
en las minas, que al fin y a la postre acabarían por tragarse las
famosas acciones de Montsou, cuyo valor se había centuplicado en
un siglo.
Ante aquellos golpes repetidos, renacían las esperanzas de Esteban,
el cual se hacía nuevas ilusiones; acababa por decirse que al cabo
de otro mes de resistencia el monstruo tendría que someterse. Sabía
que después de los desórdenes de Montsou, los periódicos de París
se ocupaban mucho del asunto, sosteniendo reñidas polémicas la prensa
ministerial contra la de la oposición, en la cual había terroríficos
relatos, explotados principalmente para combatir a la Internacional,
a la que el Gobierno Imperial iba tomando, después de haberla protegido
al principio; y el Consejo de Administración, que no podía ya hacer
oídos sordos ante aquel escándalo, concluyó por enviar a Montsou
dos de los individuos más importantes de su seno, con objeto de
instruir una información sobre los últimos sucesos. Pero los dos
consejeros tomaron sus tareas con tal tranquilidad, con tanto desprecio
sobre el resultado de ellas, con tan poca pasión, que tres días
después regresaban a París, asegurando que las cosas no podían estar
mejor. No obstante, se había dicho que aquellos señores, durante
su permanencia en el pueblo, no habían dado punto de reposo a su
febril actividad, trabajando en cuestiones acerca de las cuales
nadie había traslucido lo más mínimo. Esteban se reía de ellos,
y cuando vio que se marchaban tan pronto, los creyó desanimados,
y acabó de convencerse de la facilidad del triunfo, puesto que la
Compañía abandonaba el campo poco menos que declarándose vencida.
Mas, al día siguiente, el obrero volvió a desconfiar del éxito.
La Compañía era muy fuerte para que tan pronto se la pudiera derrotar:
por muchos millones que perdiese, podía esperar, y luego, cuando
la huelga pasase, se desquitaría, explotando más que antes a sus
obreros. Una noche que alargó su acostumbrado paseo hasta Juan‑Bart,
comprendió toda la verdad cuando le dijo un vigilante que se hablaba
de la venta de Vandame a la Compañía de Montsou. En casa de Deneulin
se había declarado la miseria, según se decía; pero una miseria
terrible, la miseria de los ricos. El padre estaba enfermo de rabia
ante su impotencia para conjurar su ruina, envejecido por los sinsabores
producidos por la falta de dinero; las dos hijas hacían esfuerzos
titánicos por disimular el desastre, y llevaban a cabo economías
verdaderamente heroicas. Menores eran los sufrimientos entre los
pobres mineros muertos de hambre, que en aquella casa de burgueses,
donde se procuraba ocultar todo lo desastroso de su precaria situación.
En Juan-Bart no se habían reanudado los trabajos, y en Gastón-María
había sido necesario reemplazar la bomba, sin contar que, a pesar
de todos los esfuerzos, se había producido un principio de inundación,
que para ser remediado exigiría que se hiciesen grandes gastos.
El pobre Deneulin se había decidido a pedir prestados cien mil francos
a Crégoire, cuya negativa, aunque prevista, fue para él el golpe
de gracia; por descontado, su primo le dijo que se negaba a prestarle
aquel dinero por cariño, por evitar que luchase más inútilmente;
y después le aconsejó que vendiese la mina. El pobre seguía negándose
a ello enérgicamente, porque se enfurecía al pensar que sólo él
iba a pagar los vidrios rotos, como se suele decir, y hablaba de
morir antes que vender. Pero al cabo de algún tiempo, ¡qué había
de hacer!, oyó las proposiciones que se le hacían. Como sucede siempre
en tales casos, los que iban a comprar despreciaban la mina, a pesar
de su recientísimas y costosas reparaciones. Pero era necesario
a todo trance pagar a sus acreedores. Durante dos días se defendió
contra los consejeros de Administración llegados de París, indignado
ante la frialdad mostrada por éstos cuando les hablaba de su ruina.
La cuestión quedó en tal estado cuando aquellos señores regresaron
a la capital.
Esteban, al saber todo esto volvió a perder las esperanzas, porque
comprendía que semejante adquisición compensaría a los de Montsou
de todas las pérdidas experimentadas. Se asustaba al contemplar
el poderío inmenso de los grandes capitales, tan fuertes en la batalla
que engordaban comiéndose a los pequeños, heridos de muerte por
la huelga.
Por fortuna, al día siguiente Juan le llevó otra buena noticia.
En la Voreux, la entrada de] pozo estaba a punto de quedar cegada,
porque las infiltraciones eran tan grandes, que las brigadas de
carpinteros ocupados en las obras de reparación, trabajaban amenazadas
por un peligro continuo.
En cuanto fue de noche, Esteban salió de su escondite para recabar
noticias. Hasta entonces había procurado no acercarse a la Voreux,
temiendo al centinela, cuya silueta no dejaba de verse nunca vigilando
la llanura; pero a eso de las tres de la mañana se nubló el cielo,
y Esteban se atrevió a acercarse a la mina. Allí le dijeron los
amigos que era inevitable el desastre que se esperaba, y que la
Compañía tendría que hacer obras de reparación, que seguramente
impedirían trabajar durante tres meses lo menos. El jefe de los
huelguistas recorrió los alrededores de la mina, prestando atento
oído al martilleo de los carpinteros, gozosa el alma al pensar en
aquella herida que estaban vendando a toda prisa.
Al amanecer, cuando ya iba a su escondite, tropezó con el centinela
de la plataforma. Aquella vez, por fuerza le vería. El obrero seguía
andando, y haciendo reflexiones acerca de los soldados, de esos
hijos del pueblo. a quienes armaban contra el pueblo. ¡Qué fácil
sería el triunfo de la revolución si el ejército se pusiera de parte
de ella! Bastaba que los obreros y los campesinos que estaban en
los cuarteles se acordaran de su origen. Aquél era el peligro supremo,
el espanto terrible que hacía temblar a los burgueses, cuando pensaban
en la posibilidad de que el ejército se volviera contra ellos. Dos
horas bastarían para resolver el gran problema social. Ya se hablaba
de regimientos enteros contaminados de socialismo. ¿Sería verdad?
¿Triunfaría al fin la justicia, gracias a los cartuchos repartidos
por la burguesía? Y pasando de esta a otra esperanza, el joven se
entregaba a la ilusión de que el regimiento que ocupaba las minas
se pasaría al bando de los huelguistas, emprendiéndola a tiros contra
la Compañía y fraternizando con los obreros.
Sin darse cuenta de ello, embebido en sus reflexiones, iba subiendo
hacia la plataforma. ¿Por qué no había de hablar con aquel soldado?
Quizás pudiera conquistarle para sus ideas. Con aire distraído e
indiferente continuó su camino, acercándose al centinela. Éste permaneció
inmóvil.
-¡Hola, amigo! ¡Qué tiempo más infernal! -acabó por decir Esteban-.
Creo que vamos a tener más nieve.
Era el soldado un muchacho de pequeña estatura, muy rubio, y de
fisonomía delicada. Llevaba el uniforme con toda la torpeza de un
quinto.
-Creo que sí -murmuró por toda respuesta el militar.
Y
con sus ojos azules miraba al cielo blanquecino, del que, en efecto,
se escapaba una humedad que calaba los huesos.
-¡Qué estupidez poneros ahí para que os quedéis helados! -continuó
Esteban-. Cualquiera diría que estábamos amenazados por los cosacos.
¡Y con el viento que sopla aquí!
El soldado tiritaba sin quejarse. Allí cerca había una especie de
caseta donde se abrigaba el viejo Buenamuerte en las noches de mucho
frío: pero la consigna mandaba no separarse de allí ni perder de
vista la llanura, y el centinela permanecía en su sitio, con las
manos tan tiesas de frío, que casi no sentía el fusil que sujetaba.
El centinela pertenecía al destacamento de veinticinco hombres que
ocupaba la Voreux, y como aquel servicio cruel se repetía cada tres
días, el infeliz había estado a punto de morirse de frío. Pero el
oficio lo exigía, la obediencia pasiva no le dejaba siquiera pensar
en aquellas cosas, y el militar respondía a la pregunta de Esteban
con ese tartamudeo que emplean los chiquillos cuando están casi
dormidos.
En vano pasó Esteban un cuarto de hora procurando hacerle hablar
de política. Contestaba sí o no, como quien no comprende lo que
le dicen; algunos compañeros suyos aseguraban que el capitán era
republicano; pero él no tenía ideas políticas; todo le era lo mismo.
Si le mandaban que hiciese fuego, lo haría, porque no tenía más
remedio. El obrero le escuchaba con ese odio tradicional del pueblo
hacia el ejército, hacia esos hermanos suyos a quienes hacen variar
en un instante, con sólo ponerles un pantalón rojo y un capote azul.
-¿Y cómo se llama usted?
-Julio.
-¿De dónde es usted?
-De Plogof, muy lejos.
Era de un pueblo de la Bretaña y no sabía más. Su carita blanca
y sonrosada adquirió una expresión dulcísima al recordar su pueblo.
-Tengo allí a mi madre y a mi hermana. Seguro que me están esperando.
¡Ah! Pero aún he de tardar en ir. Cuando salí de allí, me acompañaron
hasta el puente del Abate. Montamos a caballo en Lepalmée; por cierto
que estuvimos a punto de estrellarnos al bajar la cuesta de Audierne.
Allí me esperaba mi primo Carlos con una buena merienda; pero no
pudimos comer, porque las mujeres no dejaban de llorar. ¡Ah, Dios
mío, Dios mío, que lejos estamos de mi pueblo!
Y
sin que dejara de sonreír, sus ojos se arrasaban en lágrimas.
-Oiga -dijo de pronto, dirigiéndose a Esteban- ¿cree usted que si
me porto bien me darán un mes de licencia dentro de un par de años?
Entonces Esteban habló de la Provenza de donde había salido siendo
muy pequeño. Empezaba a amanecer, y del cielo caían ya grandes copos
de nieve. Esteban distinguió a lo lejos a Juan, que, asustado sin
duda de verle hablando con el centinela, le hacía señas para que
bajase enseguida. ¿A qué venía, después de todo, tratar de fraternizar
con la tropa? Faltaba aún muchos años para eso, y Esteban lo lamentaba,
como si hubiese estado seguro del éxito de su tentativa. Pero de
pronto comprendió las señas de Juan: era que iban a relevar al centinela,
y se marchó de allí yendo a enterrarse en Réquillart, convencido
una vez más de que era cierta su derrota y el fracaso de sus planes,
mientras el chiquillo decía que aquel soldado bribón había llamado
a la guardia para que hiciera fuego contra ellos.
Arriba, en la plataforma, Julio permaneció inmóvil, con la mirada
fija en la nieve que caía. Acercóse el cabo con el relevo; se cambiaron
los saludos reglamentados:
-¿Quién vive? ¡El santo y seña!
Y
se oyeron las pisadas de los soldados, que resonaban como en país
conquistado. A pesar de que había amanecido, en los barrios de los
obreros todo permanecía en silencio; los carboneros continuaban
aferrados a sus propósitos de huelga.
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