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I
La casa de los Grégoire, una posesión magnífica que se llamaba La
Piolaine, se hallaba a unos dos kilómetros de Montsou, hacia el
este, en el camino de Joiselle. Era un caserón grande y cuadrado,
construido a principios del siglo anterior, y sin estilo arquitectónico
definido.
De los grandes terrenos que le habían rodeado en otro tiempo, no
quedaban más que unas treinta o treinta y cinco hectáreas, cerradas
por una tapia. Había dentro de aquel muro una huerta y algunos árboles
frutales muy estimados, porque decía la gente que daban las frutas
y las legumbres más ricas de la comarca. No tenía parque; en su
lugar se había conservado un pedazo de bosque. Una avenida de tilos
bastante bien cuidados, conducía desde la verja de entrada a la
puerta de la llanura estéril, donde apenas existía algún árbol que
otro desde Marchiennes a Beaugnies.
Aquella mañana, los señores de Grégoire se habían levantado a eso
de las ocho. Ordinariamente no se levantaban hasta una hora después,
porque eran dormilones como ellos solos; pero la tempestad de la
noche anterior les había desvelado. Y mientras el marido, al levantarse,
salió a la huerta para ver si el viento les había hecho algún destrozo,
la señora de Grégoire bajó a la cocina, en zapatillas y con una
bata de franela. Aquella buena mujer, que pasaba ya de los cincuenta
y ocho años, baja y regordeta, había conservado una cara sonrosada,
de muñeca de porcelana, a pesar de la blancura mate de sus cabellos.
-Melania
-dijo a la cocinera-; puesto que tiene usted masa, debería hacernos
hoy un pastel. La señorita tardará aún media hora en levantarse,
y tomaría un poco con el chocolate. ¡Eh! ¡Qué sorpresa!
La cocinera, una vieja que los servía desde hacía treinta años,
se echó a reír.
-Verdaderamente será una grata sorpresa -dijo-. Tengo el horno encendido,
y además, Honorina puede ayudarme.
Honorina, muchacha de veinte años de edad, a quien la familia había
recogido siendo niña, y que estaba educada en la casa, hacía en
la actualidad las veces de doncella. Todo el personal de la servidumbre
se componía de las dos mujeres y un cochero, Francisco, que además
ayudaba a todo lo que era menester; un jardinero y su mujer cuidaban
del jardín, de la huerta y del corral; y como en aquella casa había
costumbres patriarcales, toda aquella gente, señores y criados,
vivían en paz como buenos amigos.
La señora Grégoire, que había meditado en la cama lo de la sorpresa
del pastel, se quedó en la cocina para ver meter la masa en el horno.
Aquella habitación, la más importante de la casa, era muy grande,
estaba muy limpia y atestada de cacerolas, sartenes, y todo género
de utensilios culinarios. Olía bien por todas partes. Los armarios
y las alacenas estaban llenos de toda clase de provisiones.
-¡Que esté muy doradito!, ¿eh? -dijo la señora, despidiéndose para
entrar en el comedor.
A
pesar de que una estufa templaba toda la casa, en la chimenea del
comedor ardía un magnífico fuego de hulla. Por lo demás, no se veía
lujo ninguno; una mesa grande para comer, las sillas, un buen aparador
de caoba, y solamente dos amplias poltronas de muelles daban fe
del gusto por el bienestar y las largas digestiones reposadas.
Casi nunca iban a la sala; generalmente recibían allí, en familia.
El señor Grégoire entraba en aquel momento, vestido con un chaquetón
de abrigo. Muy bien cuidado para sus sesenta años, y con facciones
de hombre honrado a carta cabal. Había visto al cochero y al jardinero;
ningún desperfecto importante: todo se reducía a una chimenea derribada.
Por las mañanas le gustaba dar una vueltecita por La Piolaine, que
ni era una posesión demasiado grande para proporcionarle quebraderos
de cabeza, ni tan pequeña que le hiciera carecer de ninguna de las
ventajas del propietario rural.
-¿Y Cecilia? ¿No se levanta hoy esa chiquilla? -preguntó- No sé
cómo será eso. Me parecía haberla oído hace rato.
La mesa estaba puesta; había tres cubiertos encima del blanco mantel.
Mandaron a Honorina fuese a ver qué le sucedía a la señorita. Pero
la doncella bajó enseguida, conteniendo la risa, y hablando en voz
baja, como si estuviera todavía en la alcoba de su ama.
-¡Oh! ¡Si los señores vieran a la señorita! Duerme, duerme, como
un lirón. Parece mentira. ¡Da gusto verla!
El padre y la madre cambiaron una mirada de ternura. Él dijo sonriendo:
-¿Vienes a verla?
-¡Pobrecilla! -murmuró ella-. Claro está que voy.
Y
subieron juntos. La alcoba de Cecilia era la única habitación verdaderamente
lujosa que había en la casa; estaba tapizada de seda azul, ocupada
con muebles de un gusto exquisito, de doradillo con filetes azules
también; aquél era un capricho de niña mimada, satisfecho por sus
padres. Entre la vaga blancura de la cama, gracias a la claridad
que entraba por la entreabierta colgadura, dormía la joven con la
mejilla apoyada en su brazo desnudo. No era bonita, pero tenía un
aspecto muy saludable; estaba siempre sana, y se hallaba completamente
desarrollada a los dieciocho años; tenía unas carnes magníficas,
frescas, blancas, el pelo castaño y abundante, la cara redonda con
una naricita voluntariosa, ligeramente respingada. La colcha se
había caído al suelo, y la joven respiraba tan suavemente, que ni
siquiera se agitaba lo más mínimo su ya abultado pecho.
-¡Este maldito viento no la habrá dejado dormir! -dijo la madre
en voz baja-. ¡Pobrecita mía!
Pero el padre la hizo callar con un gesto. Uno y otro se quedaron
un rato inclinados hacia el lecho, mirando con adoración, en su
desnudez de virgen, a aquella hija por tanto tiempo deseada, y que
había venido muy tarde, cuando ya desesperaban de que naciese. Y
ella seguía durmiendo sin sentirlos, tan cerca de sí, que los semblantes
de los dos casi rozaban con el suyo. De pronto, una sombra pasó
rápida por su rostro inmóvil; y, temiendo despertarla, el padre
y la madre se alejaron de puntillas, sin hacer el menor ruido.
-¡Chist! -dijo él, ya en la puerta-. Por si ha estado desvelada,
hay que dejarla dormir ahora.
-¡Todo lo que quiera, pobrecita! -añadió la madre-. Esperaremos.
Y
volvieron a bajar, y se instalaron en las poltronas del comedor,
mientras las criadas, riendo del pesado sueño de la señorita, ponían,
sin impacientarse, el almuerzo a la lumbre para que no se enfriara.
Él había cogido un periódico, ella trabajaba en un cubrepiés de
ganchillo.
Estaba la habitación muy caliente, y en la casa no se oía ni el
más ligero ruido.
La fortuna de los Grégoire, que sería de unos cuarenta mil francos
de renta, estaba invertida por entero en acciones de las minas de
Montsou. Ellos hablaban con complacencia del origen de su capital,
que databa de la fundación de aquella Compañía minera.
Allá en los comienzos del siglo pasado se había desarrollado en
el país una especie de locura minera desde Lille a Valenciennes.
Los primeros éxitos de los concesionarios, que más tarde formaron
la Compañía de Anzin, exaltaron los ánimos. En todos los distritos
de la comarca se sondaba el suelo y se formaban sociedades, y surgían
concesiones en una noche. Pero entre los maniáticos de aquella época,
el barón Desrumaux había dejado recuerdo por su heroica inteligencia.
Durante cuarenta años luchó sin cesar contra todo género de obstáculos:
con lo infructuoso de los primeros trabajos, con los filones falsos,
que había que dejar después de muchos meses de trabajo; con los
desprendimientos que cegaban las minas y con las repentinas inundaciones
que ahogaban a los obreros; en una palabra: cientos de miles de
francos inútilmente enterrados; y enseguida el barullo de la Administración,
el pánico de los accionistas y la codicia de los terratenientes,
que se negaban a reconocer las concesiones si no se trataba antes
con ellos. Al fin acababa de fundar la sociedad Desrumaux, Fauquenoix
y Compañía, para explotar la concesión de Montsou; y las primeras
minas empezaban a dar algunos, aunque escasos beneficios, cuando
dos concesiones contiguas a la suya, la de Cougny, que pertenecía
al conde de Cougny, y la de Joiselle, que era de la Sociedad Cornille
y Jenard, estuvieron a punto de arruinarle, haciéndole la competencia.
Felizmente, el 23 de agosto de 1760 se firmaba un contrato entre
las tres sociedades, convirtiéndolas en una sola. La Compañía de
las minas de Montsou quedó formada tal y como existe en la actualidad.
Para el reparto, se había dividido, según el tipo de moneda de aquella
época, la propiedad total en veinticuatro sueldos, cada uno de los
cuales se subdividía en doce dineros, y como cada dinero era de
diez mil francos, el capital total representaba una suma de cerca
de tres millones. A Desrumaux, agonizando ya pero vencedor al cabo,
le habían correspondido en este reparto seis sueldos y tres dineros.
Por aquella época, el Barón tenía La Piolaine, con trescientas hectáreas
de tierra, y a su servicio, como gerente a Honorato Grégoire, mozo
natural de Picardía, que era el bisabuelo de León Grégoire, padre
de Cecilia. Cuando se celebró el contrato de Montsou, Honorato,
que conservaba guardados en un calcetín unos cincuenta mil francos,
producto de sus economías, se dejó ganar, aunque temblando, por
la inquebrantable fe de su amo. Sacó diez mil libras en buenos escudos,
y compró un dinero, con el miedo de cometer un robo en perjuicio
de sus herederos. Su hijo Eugenio percibió, en efecto, beneficios
muy pequeños; y como se había hecho burgués, y había cometido la
tontería de comerse tranquilamente los otros cuarenta mil francos
de la herencia paterna, vivió con bastante estrechez. Pero los intereses
del dinero iban subiendo poco a poco, y la fortuna empezó a sonreír
ya a Feliciano, el cual pudo realizar el sueño que, siendo niño,
le había hecho concebir su abuelo, el antiguo gerente del Barón,
esto es, comprar La Piolaine, desprovista por entonces de gran parte
de las tierras que le pertenecían, y adquirida como procedente de
bienes nacionales, por una cantidad insignificante.
Sin embargo, los años siguientes fueron malos, porque hubo que aguardar
el desenlace de las catástrofes revolucionarias, y luego la caída
sangrienta de Napoleón. Y nadie más que León Gregoire pudo aprovecharse,
en asombrosa progresión, del empleo medroso que había dado su bisabuelo
a las economías que conservara en el calcetín. Aquellos miserables
millares de francos crecían al compás de la prosperidad de la Compañía.
Ya en 1820 producían el ciento por ciento, es decir, diez mil francos.
En 1844 rentaban veinte mil, y cuarenta mil en 1850. Hasta hubo
años en que los dividendos subieron a la cifra prodigiosa de cincuenta
mil francos: el valor del dinero se cotizaba a un millón en la Bolsa
de Lille; es decir, se había centuplicado en el transcurso de un
siglo.
El señor Grégoire, a quien aconsejaron que vendiese cuando llegó
a tan extraordinaria alza la cotización, se negó a ello con la sonrisa
bonachona que le era habitual. Seis meses después se produjo una
crisis industrial, y el dinero bajaba a seiscientos mil francos
de un golpe. Pero él seguía sonriendo y sin arrepentirse, porque
los Gregoire tenían una fe ciega en su mina. Ya subirían las acciones
con la ayuda de Dios. Además, a esa creencia religiosa, se mezclaba
una gratitud profunda hacia el papel que desde hacía más de un siglo
daba de comer a la familia sin necesidad de trabajar. Era aquella
acción de la sociedad minera algo así como una divinidad propia,
a la cual ellos en su egoísmo, rodeaban de un verdadero culto, como
el hada bienhechora del hogar, la que los mecía en su mullido lecho
de pereza, la que los engordaba en su bien provista mesa de gastrónomos.
Esto venía sucediendo de padres a hijos. ¿A qué arriesgarse a tentar
a la suerte, dudando de ella? Así es que, en el fondo de su fidelidad,
había un temor supersticioso: el miedo a que el millón de la acción
que Poseían se derritiese enseguida, al convertirlo en metálico
para encerrarlo en el fondo de un cajón. Lo creían mejor guardado
en el fondo de la mina, de donde un pueblo entero de obreros, generaciones
y más generaciones de seres hambrientos, sacaba para ellos un poquito
cada día, según las necesidades.
Por otra parte, la felicidad derramaba sus dones sobre aquella casa.
Siendo muy joven, el señor Grégoire se había casado con la hija
de un boticario de Marchiennes, una señorita fea y sin un céntimo,
a la cual adoraba y que le había hecho muy feliz. Ella se había
dedicado exclusivamente al cuidado de la casa, en éxtasis delante
de su marido y sin tener más voluntad que la de éste; jamás los
había dividido una diferencia de gustos, y el mismo ideal de bienestar
confundía sus deseos. Así vivían desde hacía cuarenta años, prodigándose
todo género de ternezas y de cuidados recíprocos. Era una existencia
perfectamente regulada: los cuarenta mil francos comidos sin ruido
y las economías gastadas en Cecilia, cuya venida al mundo había
trastornado por una temporada el presupuesto doméstico. Todavía
hoy continuaban satisfaciendo todos sus caprichos; otro caballo,
dos carruajes más y algunos trajes que le enviaban desde París.
Pero aquello era para ellos un motivo de contento, pues nada les
parecía demasiado para su hija, a pesar de que los dos tenían tal
horror a las innovaciones, que seguían la moda de cuando eran jóvenes.
Todo gasto al que no se le sacaba provecho, les parecía estúpido.
De pronto se abrió la puerta del comedor, y se oyó una voz fuerte,
que gritaba:
-¿Qué es eso? ¿Almorzáis sin esperarme?
Era Cecilia, que acababa de saltar de la cama, y que llegaba con
los ojos hinchados aún de tanto dormir. No había hecho más que recogerse
el pelo y ponerse una bata de lanilla blanca.
-No por cierto, -dijo la madre-: ya ves que te esperábamos. ¿Eh,
qué tal? Ese maldito viento te habrá tenido sin dormir toda la noche,
¿verdad, hijita?
La joven la miró muy sorprendida.
-¿Ha hecho viento? Pues no lo he oído; he dormido toda la noche
de in tirón.
Aquello les pareció gracioso, y los tres se echaron a reír, y las
criadas, que entraban con el almuerzo, soltaron también la risa,
como si el que la señorita hubiera dormido doce horas de un tirón
fuera un motivo de alegría para todos los de la casa. La vista del
pastel acabó de poner alegres todos los semblantes.
-¡Cómo! ¿Está ya hecho? -decía Cecilia-. Buena sorpresa me habéis
preparado. ¡Qué rico va a estar, así calentito, con el chocolate!
Y
se sentaron a la mesa, donde ya humeaba el chocolate, hablando largo
rato del pastel. Melania y Honorina, en pie, daban pormenores sobre
el dulce y la manera de hacerlo, y miraban a sus amos atracarse
de lo lindo, asegurando que daba gusto hacer pasteles para que los
señores les hicieran tan bien los honores.
De pronto los perros comenzaron a ladrar; creyeron que sería la
maestra de piano que iba desde Marchiennes todos los lunes y todos
los viernes. Cecilia recibía también las lecciones de un profesor
de literatura. Toda la educación de la joven se había hecho en La
Piolaine, en una feliz ignorancia, entre sus caprichos de niña mimada,
que tiraba el libro por la ventana cuando le aburría una lección.
-Es el señor Deneulin -dijo Honorina, que había ido a ver quién
era.
Y
detrás de ella entró en el comedor, sin cumplidos, Deneulin, un
primo de Grégoire, alto, apuesto, de fisonomía animada, y con todo
el aire de un oficial de caballería. Aunque pasaba ya de los cincuenta
años, sus cabellos, cortados a punta de tijera, y sus grandes y
espesos bigotes, conservaban toda su negrura.
-Sí, yo soy. Buenos días. Que nadie se moleste. No hay que levantarse.
Y
tomó asiento, mientras la familia le saludaba afectuosamente y acababa
de tomar el chocolate.
-¿Qué te trae por aquí? -preguntó el señor Grégoire.
-Nada, absolutamente nada -se apresuró a decir Deneulin-. Salí a
dar un paseo a caballo, y como pasaba por la puerta de vuestra casa,
quise entrar a daros los buenos días.
Cecilia preguntó por Juana y Lucía, sus hijas. Estaban muy bien:
la primera no soltaba los pinceles, mientras la otra, la mayor,
no pensaba más que en cantar, acompañándose al piano todo el santo
día. Y en su voz se notaba un ligero temblor, cierto malestar, que
procuraba disimular fingiendo alegría.
El señor Grégoire replicó:
-¿Y en la mina, andan los negocios a tu gusto?
-¡Caramba! Me sucede lo que a todos; estoy fastidiado con esta maldita
crisis que atravesamos. ¡Ah! Bien pagamos los años prósperos. Se
han hecho demasiadas obras, demasiados ferrocarriles; se ha inmovilizado
demasiado capital con la esperanza de una producción formidable.
Y, es claro, hoy el dinero está muerto, y no hay medio de hacer
funcionar todo eso. Afortunadamente, la situación no es desesperada,
y se saldrá de este mal paso.
Lo mismo que su primo, había heredado una acción de las minas de
Montsou. Pero como él era ingeniero, muy emprendedor, y deseaba
poseer una fortuna real, se había apresurado a vender cuando las
acciones se cotizaban a un millón. Hacía ya varios meses que estaba
madurando un plan. Su mujer había aportado al matrimonio la pequeña
concesión de Vandame, donde no había más que dos minas abiertas,
Juan Bart y GastónMaría, en un estado de abandono tal, con un material
tan antiguo y deficiente, que apenas cubrían gastos. Pues bien:
ansiaba reparar Juan Bart, poniéndole maquinaria nueva, y ensanchando
los pozos, a fin de extraer más y dejar Gastón-María nada más que
para desahogo. Indudablemente, decía él, allí se va a sacar oro
a paladas. La idea era buena. Pero el millón se había gastado en
mejoras, y aquella maldita crisis industrial estallaba precisamente
en el momento en que importantes beneficios le iban a dar la razón.
Por otra parte, mal administrador, de una bondad brusca, pero extremada,
para sus obreros, se dejaba saquear desde la muerte de su mujer,
abandonando la dirección administrativa de su casa a sus hijas,
de las cuales la mayor estaba siempre hablando de dedicarse al teatro,
y la más pequeña había enviado ya a las exposiciones varios cuadros
que no le habían admitido; una y otra, sonrientes siempre, en medio
de los apuros propios de los malos negocios, se preocupaban poco
de la ruina que les amenazaba, porque pretendían ser muy mujeres
de su casa y saber defenderse contra esa calamidad.
-Mira, León -replicó Deneulin, con la voz poco segura-, hiciste
mal en no vender cuando yo. Y si me hubieras creído y me hubieras
confiado tu dinero, sabe Dios cuantas cosas buenas habríamos hecho
en nuestra mina de Vandame.
El señor Grégoire, que acababa de tomar el chocolate con la mayor
calma, respondió tranquilamente:
-¡Jamás! Bien sabes que yo no sé, ni quiero especular. Vivo tranquilo,
y sería una estupidez buscarme quebraderos de cabeza con los negocios.
Por lo que toca a las acciones de Montsou, por mucho que bajen,
siempre nos darán para vivir. ¡No hay que tener tanta ambición!
Además, ten presente que, como te he dicho muchas veces, te has
de arrepentir, porque las Montsou han de volver a subir, y puedes
tener la seguridad de que los hijos de los hijos de Cecilia han
de tener mucho dinero.
Deneulin lo escuchaba sonriendo con cierta turbación.
-¿De modo que si te dijera que invirtieses cien mil francos en mi
negocio, te negarías?
Pero al ver la turbación de los Grégoire, se arrepintió de haber
caminado tan de prisa, y se propuso aplazar para más tarde sus planes
de hacer un empréstito, reservándolos para un caso apuradísimo.
-¡Oh! ¡No es que lo necesite!; ¡Era una broma! ¡Qué demonio! Tal
vez tengas razón; el dinero que se gana sin trabajar es el que más
engorda.
Cambiaron de conversación. Cecilia volvió a preguntar por sus primas,
cuyas aficiones la preocupaban. La señora de Grégoire prometió que
llevaría a Cecilia a casa de sus primas el primer día que hiciese
sol. Pero el señor Grégoire, con aire distraído, no estaba en la
conversación; y al cabo de un momento continuó hablando en voz alta:
-Yo, si estuviera en tu pellejo, no me empeñaría en hacer imposibles,
y procuraría entrar en tratos con los de Montsou. Cree que lo desean
mucho, y que recuperarías fácilmente el dinero.
Aludía al odio inmemorial que se profesaban los concesionarios de
Montsou y de Vandame. A pesar de la poca importancia de esta última
Sociedad, su poderosa vecina se moría de rabia viendo enclavado
en sus vastísimas posesiones aquel trozo de terreno que no le pertenecía,
y después de haber procurado inútilmente arruinarla, se hacía la
ilusión de poderla comprar por poco dinero, cuando fuesen mal los
negocios de Vandame. Mientras tanto, continuaban haciéndose una
guerra sin cuartel, despiadada, por más que los directores e ingenieros
de una y otra mantenían corteses relaciones.
Los ojos de Deneulin habían brillado furiosos.
-¡Jamás! -exclamó con énfasis-. Mientras yo viva, los de Montsou
no serán dueños de Vandame. El jueves comí en casa de Hennebeau,
y noté que trataba de conquistarme. Ya el otoño pasado, cuando estuvieron
aquí los consejeros de Administración de la Compañía, me hicieron
mil carantoñas. ¡Sí! ¡Buenos están! ¡Conozco yo a esos duques y
marqueses, a esos generales y ministros, más que las madres que
los parieron! Unos bandidos, capaces de quitarle a uno la camisa,
si lo encontraran en un camino.
No transigiría por nada del mundo. Por otra parte, el señor Grégoire
defendía al Consejo de Administración de Montsou, compuesto de los
consejeros nombrados por el contrato de 1760, que gobernaban la
Compañía despóticamente, y de los cuales vivían cinco, que a la
muerte de cada uno elegían al nuevo consejero entre los accionistas
más ricos e influyentes. La opinión del propietario de La Piolaine,
cuyos modestos gustos hemos descrito, era que aquellos señores faltaban
a menudo a las conveniencias, por su excesivo amor al dinero.
Melania había empezado a quitar la mesa. Los perros volvieron a
ladrar, y ya Honorina se dirigía a la puerta, cuando Cecilia, a
quien sofocaban el calor y lo mucho que había comido, se levantó
de la mesa:
-No, deja; debe ser mi profesora.
También Deneulin se había levantado. Cuando vio que la joven no
estaba allí, preguntó sonriendo:
-¿Y esa boda con Négrel?
-No hay nada decidido todavía -contestó la señora de Grégoire-,
un proyecto en embrión. Es preciso pensarlo.
-Es verdad -contestó el pariente con su acostumbrada sonrisa-. Creo
que la tía y el sobrino… Y lo que más me sorprende es que la señora
Hennebeau, conociendo el proyecto, demuestre tanto entusiasmo por
Cecilia.
Pero el señor Grégoire se indignó. ¡Una persona tan distinguida
y que tenía catorce años más que su sobrino! Eso era monstruoso,
y no le gustaba que se tuvieran aquellas bromas en su casa. Deneulin,
sin dejar de sonreír, le estrechó la mano, y se fue.
-Pues no era la profesora tampoco -dijo Cecilia, volviendo a entrar
en el comedor-. Es aquella mujer de un minero, que nos encontramos
el otro día... aquella mujer de un minero, que viene con sus dos
hijos. ¿Entran aquí?
Hubo un momento de duda. ¿Estarían muy sucios? No, no mucho; y además,
dejarían los zuecos en la antesala.
El padre y la madre, que habían vuelto a repantigarse cómodamente
en sus butacas, se acabaron de decidir por no variar de postura
y tener que salir del comedor.
-Que entren, Honorina.
Entonces entraron la mujer de Maheu y sus dos pequeñuelos, los tres
muertos de frío, hambrientos, asustados de verse en aquella sala
donde hacía tanto calor y olía tan bien a pastel.
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