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I
A
las cuatro se puso la luna, y quedó la madrugada muy oscura. Todos
dormían aún en casa de los señores Deneulin; el antiguo caserón
de ladrillos permanecía silencioso y sombrío, las puertas y ventanas
estaban cerradas, y desierto el mal cuidado jardinillo que separaba
la casa de la plataforma de Juan-Bart. Por el otro lado pasaba el
camino de Vandame, un pueblecillo oculto detrás del bosque, a unos
tres kilómetros de distancia.
Deneulin, cansado de haber pasado un gran rato el día antes en el
fondo de la mina, roncaba como un bendito, con la nariz entre las
sábanas, cuando soñó que le llamaban. Acabó por despertar; oyó realmente
una voz que le nombraba, y corrió a abrir la ventana. Era uno de
sus capataces que estaba en el jardín, al pie de la ventana de su
alcoba.
-¿Qué hay? -preguntó.
-Señor, una sublevación; la mitad de la gente no quiere bajar al
trabajo, y han ido a impedir que trabajen los demás.
Sin duda comprendía mal, porque no estaba bien despierto.
-¡Pues obligadles a que trabajen! -murmuró.
-Ya hace una hora que están con eso -replicó el capataz-. Por eso
se nos ha ocurrido venir a buscarle. Solamente usted logrará, acaso,
que obedezcan.
-Bueno; allá voy.
Se vistió en un dos por tres, lleno de inquietud. Aunque se hundiera
el mundo ni el criado ni la cocinera se despertaban; pero arriba,
en el piso principal, oyó voces que cuchicheaban; y, al salir, vio
abrir la puerta de la escalera y aparecer a sus dos hijas, que se
habían echado rápidamente encima un peinador.
-Papá, ¿qué es eso? -dijeron.
La mayor, Lucía, tenía veintidós años; era alta, morena, muy guapa;
mientras Juana, la menor, que tendría apenas diecinueve, era bajita,
rubia y muy graciosa.
-Nada grave -respondió él para tranquilizarlas-. Parece que han
armado un escándalo en la mina, y voy a ver.
Pero ellas protestaron, porque no querían que se fuese sin tomar
algo; si no, volvería enfermo, y se quejaría del estómago como de
costumbre. El padre se excusaba diciendo que tenía mucha prisa.
-Escucha -dijo Juana, colgándose a su cuello- toma siquiera una
copita de ron y dos galletas; si no, no me suelto de tu cuello,
y tendrás que llevarme contigo.
Deneulin tuvo que resignarse, si bien diciendo que le sentarían
mal las galletas. Ya bajaba cada una de ellas con un candelero en
la mano. Abajo, en el comedor, se desvivieron por servirle cariñosamente,
una dándole el ron en la copa, la otra corriendo a la despensa en
busca de una caja de galletas. Como habían perdido a su madre siendo
muy jóvenes, se habían educado a sí mismas, bastante mal, muy mimadas
por su padre: la mayor, soñando siempre con cantar en el teatro,
y su hermana loca por la pintura y con unos aires de artista que
la singularizaban. Pero cuando hubo que hacer economías en la casa,
a consecuencia de grandes pérdidas de fortuna, había surgido en
aquellas muchachas de aspecto extravagante, un verdadero instinto
de mujeres de su casa, muy arregladas, y cuyo cuidado extremo descubría
hasta las sisas de algunos céntimos cuando tomaban la cuenta de
la cocinera. En la actualidad, con su aire de artistas un tanto
hombruno, eran las dueñas del dinero, escatimaban todos los gastos
superfluos, reñían con el tendero y el carbonero, remendaban hábilmente
la ropa, a fuerza de esmero, ocultaban los apuros pecuniarios que
pasaba la familia.
-Come, papá -repitió Lucía.
Luego, observando la preocupación que el señor Deneulin no lograba
disimular, participó ella también de la misma, y se sintió sumamente
inquieta.
-La cosa debe de ser grave, cuando pones esa cara y no quieres decirme
nada. Pues, mira, nos quedamos en casa, y que se pasen sin nosotras
en el almuerzo.
Hablaba de los proyectos forjados para aquella mañana. La señora
de Hennebeau debía ir a buscarlas en coche, después de recoger a
Cecilia Grégoire en su casa, para ir todas juntas a Marchiennes,
con objeto de almorzar en una fábrica, invitadas por la señora del
director de la misma. El objeto era visitar detenidamente unas máquinas
nuevas que acababan de ser instaladas.
-¡Pues claro está que no iremos! -declaró Juana a su vez. Pero su
padre se enfadó.
-¡Vaya una tontería! -dijo-. Os repito que esto no es nada. Hacedme
el favor de volver a la cama, y vestíos a eso de las nueve, según
quedó convenido.
Les dio un beso a cada una y se apresuró a salir.
Juana tapó cuidadosamente la botella del ron, mientras su hermana
iba a guardar bajo llave la caja de las galletas. La habitación
estaba muy limpia, pero con esa limpieza fría peculiar a los comedores
cuya mesa no es muy suculenta. Las dos muchachas aprovecharon el
madrugón para pasar revista a todo y ver si habían dejado los criados
cada cosa en su sitio; hallaron una servilleta tirada en un rincón,
y decidieron echar una filípica al criado. Luego volvieron a subir
a sus habitaciones.
Deneulin, por el camino, iba pensando en su fortuna, comprometida
de mala manera en aquella acción de Montsou que había vendido: en
aquel millón realizado poco tiempo antes, y que ahora se hallaba
en gravísimo peligro. Era una serie no interrumpida de desgracias,
de reparaciones enormes, e imprevistas condiciones ruinosas de la
explotación; luego aquella crisis industrial, precisamente en el
momento de empezar a cobrar beneficios. Si la huelga se declaraba
entre sus mineros estaba perdido. Empujó la puertecilla del jardín;
los edificios de la mina se adivinaban en la oscuridad, gracias
a unos cuantos faroles.
Juan-Bart no tenía la importancia de la Voreux; pero como la instalación
era nueva, el aspecto de la mina era muy bonito, según la frase
de los ingenieros. No sólo habían ensanchado en más de un metro
la boca del pozo, dándole hasta setecientos ocho metros de profundidad,
sino que habían montado máquinas nuevas, ascensores nuevos, todo
el material con arreglo a los últimos adelantos de la ciencia; y
hasta en los pormenores más pequeños se notaba cierta elegancia,
cierta coquetería; un taller de cernir con alumbrado nuevo, un ventilador
adornado con un reloj, un cuarto de máquinas donde todo brillaba
perfectamente limpio y bien cuidado, y hasta la chimenea era elegante,
y hecha de mosaico con ladrillos negros y encarnados. La bomba de
desagüe se hallaba colocada en el otro pozo de la concesión, en
la antigua mina Gastón María, reservada únicamente para ese uso.
En Juan-Bart, a la derecha e izquierda del pozo de extracción, se
veían otros dos pozos pequeños, uno para un ventilador de vapor
y otro para las escalas.
Aquella mañana a las cuatro llegó Chaval el primero para hablar
con los compañeros y convencerles de que era necesario imitar a
los de Montsou, y pedir un aumento de cinco céntimos en cada carretilla.
Pronto los cuatrocientos obreros del fondo salieron de la barraca
para entrar en la sala del pozo de bajada en medio de un tumulto
extraordinario. Los que querían bajar tenían la linterna en la mano,
estaban descalzos y con las herramientas debajo del brazo; mientras
los otros, todavía con los zuecos puestos, sin quitarse los capotes,
porque hacía mucho frío, interceptaban la boca del pozo; y los capataces
se habían quedado roncos, voceando que no debía nadie oponerse a
que trabajaran los que tuviesen voluntad de ello.
Pero Chaval se enfureció al ver a Catalina vestida de hombre y dispuesta
a bajar. Aquella mañana le había ordenado que no saliera de casa.
La muchacha, sin embargo, desesperada al pensar que podía quedarse
sin trabajo, le siguió, porque su amante no le daba jamás dinero,
y a menudo tenía ella que pagar sus cosas y las de él; ¿qué les
sucedería si dejaba de ganar? Tenía miedo, mucho miedo, a cierta
casa pública de Marchiennes, donde acababan las mineras jóvenes
que se encontraban sin hogar y sin partido.
-¡Maldita sea! -gritó Chaval-. ¿Qué vienes tú a hacer aquí?
A
lo cual contestó ella, que, como no tenía rentas, necesitaba trabajar.
-¡Con que te pones contra mí, bribona! Vuelve corriendo a casa,
o te hago yo ir a puntapiés.
Catalina, asustada, retrocedió; pero no se marchó, resuelta a estar
allí hasta ver en qué quedaba la cosa.
En aquel momento se presentó Deneulin. A pesar de la escasa claridad
de los faroles, abarcó con una sola mirada el cuadro que se presentaba
a su vista, cuyos pormenores le eran conocidos, porque se sabía
de memoria la cara de cada uno de sus obreros. El trabajo estaba
detenido: la máquina, que había hecho ya vapor, silbaba de vez en
cuando para desahogar; los ascensores colgaban inmóviles de los
cables; las carretillas, abandonadas, se veían detenidas sobre los
rieles. No habían tomado más que unas ochenta linternas; las demás
lucían aún en lampistería. Pero una sola palabra suya bastaría para
evitar el conflicto, y la vida normal del trabajo se restablecería
enseguida.
-¡Hola! ¿Qué es eso, hijos míos? -preguntó en alta voz-. ¿Qué quejas
tenéis? Explicádmelas, y seguro que nos entenderemos enseguida.
Ordinariamente se mostraba muy paternal con sus obreros, aunque
muy exigente también. Con ademán autoritario y bruscos modales trataba
primero de conquistarlos con buenas palabras; y a menudo se hacía
querer, aunque lo que los obreros respetaban en él era al hombre
valeroso, que compartía con ellos las rudas fatigas de las minas,
y que era siempre el primero cuando ocurría algún accidente peligroso.
Dos o tres veces, después de explosiones de grisú, se había hecho
bajar al fondo de la mina, atado a unas cuerdas, cuando los más
animosos se hacían atrás.
-Vamos -replicó-; supongo que no iréis a dejarme mal después de
haber respondido de vosotros. Ya sabéis que me he negado a que vinieran
aquí los gendarmes. Hablad, que ya os escucho. Todos callaban, turbados
delante de él, y separándose de allí; al fin, Chaval tomó la palabra,
y dijo:
-Señor Deneulin, la verdad es que no podemos continuar trabajando
si no se nos dan cinco céntimos más por cada carretilla.
El dueño de la mina pareció muy sorprendido.
-¡Cómo! ¡Cinco céntimos! ¿Y a qué viene esa exigencia? Yo no me
quejo ni de vuestra manera de apuntalar, ni trato de imponeros una
nueva tarifa, como hace con sus obreros la compañía de Montsou.
-Es verdad; pero, así y todo, los compañeros de Montsou tienen razón.
Rechazan la tarifa y exigen un aumento de cinco céntimos porque
es imposible trabajar con los jornales actuales. Queremos cinco
céntimos más; ¿no es verdad, compañeros?
Algunas voces asintieron a lo que decía Chaval, y el tumulto empezó
de nuevo. Poco a poco todos los obreros se iban acercando y formando
estrecho círculo.
En los ojos del señor Deneulin brilló un relámpago de ira, y tuvo
que hacer un esfuerzo para no parecer el hombre aficionado a los
procedimientos de fuerza, cogiendo a uno por el pescuezo, y ahogándolo.
Prefirió discutir y hablar tranquilamente.
-Queréis cinco céntimos más, y concedo que vuestro trabajo los merece;
pero yo no puedo dároslo. Si os lo diera, me arruinaría, sencillamente.
Comprended que es necesario que yo viva para que viváis vosotros.
Y estoy tan apurado, que el menor aumento me desnivelaría. Acordaos
de hace dos años, cuando la última huelga. Accedí a lo que me pedisteis,
porque todavía me era posible hacerlo. Pero aquel aumento de jornal
fue desastroso para mí, y desde entonces no me he recuperado. Hoy
preferiría dejar que todo esto se fuese al demonio, a verme el mes
que viene en el caso de no tener dinero para pagaros.
Chaval sonreía maliciosamente enfrente de aquel propietario que
con tanta franqueza les contaba sus apuros. Los otros bajaban la
cabeza con ademán incrédulo, no pudiendo comprender que el propietario
de una mina no ganara millones y millones a costa de los obreros.
Entonces Deneulin insistió, explicando su lucha contra la Compañía
de Montsou, la cual andaba deseando siempre el momento de su ruina.
Le hacía una competencia tremenda, que le obligaba a ser económico,
tanto más, cuanto que la profundidad de Juan-Bart aumentaba los
gastos de extracción, condición tan desfavorable, que apenas se
veía compensada con la ventaja de que la capa de carbón tenía más
espesor allí que en Montsou. Jamás habría aumentado los jornales
a consecuencia de la última huelga, si no se hubiera visto obligado
a imitar a sus adversarios, temiendo que sus obreros le abandonasen.
Es verdad que éstos habrían perdido tanto como él sometiéndose al
yugo de la Compañía de Montsou, después de obligarle a vender la
mina. Él no era un dios desconocido, encerrado en el lejano y misterioso
tabernáculo; no era uno de esos accionistas que dan sueldos a un
director-gerente para que atormente al obrero y le saque el jugo;
era un propietario que, además de su dinero, arriesgaba su inteligencia,
su salud, su vida entera. La huelga iba a ser la muerte, ni más
ni menos. No tenía nada almacenado, y por fuerza debía servir los
pedidos que se le hacían. Por otra parte, el capital que representaba
el material no podía permanecer inactivo sin irse al diablo. ¿Cómo
había de cumplir sus compromisos? ¿Quién pagaría los intereses de
los capitales que le habían confiado sus amigos? Tendría que declararse
en quiebra.
-¡Ya veis si os hablo con franqueza, amigos míos! -dijo para terminar-.
Quisiera convenceros. No se puede pedir a un hombre que se ahorque
a sí mismo, ¿no es verdad? Y ya os dé los cinco céntimos de aumento
que pedís, ya os deje que os declaréis en huelga, para mí es lo
mismo que si me cortaran el pescuezo.
Calló. Una parte de los obreros parecía titubear; algunos se acercaron
a la boca del pozo, como si se dispusiesen a bajar.
-Por lo menos -dijo un capataz-, que cada cual sea libre de hacer
lo que quiera. ¿Quiénes son los que desean trabajar?
Catalina fue una de las primeras que se adelantaron. Pero Chaval,
furioso, la rechazó brutalmente, exclamando:
-¡Todos estamos de acuerdo; sólo los traidores y los cobardes son
capaces de abandonar a sus compañeros!
Desde aquel momento la conciliación pareció imposible. Empezó de
nuevo la gritería, y hubo empujones para alejar del pozo a los que
se habían acercado al ascensor, a riesgo de aplastarlos contra la
pared. Por un momento, el director, desesperado, tuvo el propósito
de luchar solo, a puñetazos, con toda aquella gente; pero hubiera
sido una locura inútil, y tuvo que retirarse. Entró en la oficina
de recepción, y se sentó en una silla, tan desesperado ante su impotencia
que no se le ocurría ninguna idea. Por fin se calmó, y dijo a un
vigilante que llamase a Chaval. Después, cuando éste consintió en
celebrar la entrevista, alejó a todo el mundo con un gesto.
-Dejadnos solos -dijo.
Deneulin se proponía romper la crisma a aquel mocetón. Desde el
primer momento había comprendido que estaba lleno de vanidosa envidia.
Pero antes de emplear medios violentos recurrió a la adulación,
afectando sorprenderse al ver que un obrero tan bueno como él comprometiese
de aquel modo su porvenir. Le dijo que hacía tiempo había pensado
en él para el ascenso, y acabó por ofrecerle la primera plaza de
capataz vacante. Chaval le escuchó en silencio; primero con los
puños apretados, después mucho más tranquilo. Su cabeza cavilaba
intensamente; si insistía en la huelga, jamás pasaría de ser el
lugarteniente de Esteban, mientras que ahora concebía una nueva
ambición: la de figurar entre los jefes. El orgullo se le subía
a la cabeza y le embriagaba. Por otra parte, la partida de huelguistas
de Montsou, que debía haber llegado por la mañana, no iría a Juan-Bart,
porque sin duda le había sucedido algo cuando ya no estaba allí.
Acaso habría tropezado con los gendarmes: la verdad era que había
llegado la hora de someterse. Esto no obstante, seguía diciendo
que no con la cabeza; se las echaba de carácter incorruptible, dándose
puñetazos en el pecho. Al fin, sin hablar a Deneulin de la cita
que había dado a los de Montsou para aquella mañana, le prometió
tratar de calmar a sus compañeros y convencerlos que bajasen. Deneulin
continuó escondido, y los capataces también se quitaron de en medio.
Durante una hora estuvieron oyendo a Chaval, que peroraba y discutía
desde lo alto de una vagoneta. Un grupo numeroso de obreros le vitoreaba,
mientras unos ciento quince o ciento veinte, indignados, se alejaron
de allí, decididos a mantener la resolución que les hiciera adoptar
antes. Eran ya más de las siete; estaba amaneciendo, cuando de pronto
empezaron los trabajos normales de la mina, comenzando por la máquina,
que puso en movimiento los cables del ascensor. Luego, entre el
estruendo de las voces de mando y de las señales para maniobra,
empezó la bajada de los mineros; y los ascensores, subiendo y bajando
sin cesar, dieron al pozo su acostumbrada ración de hombres, mujeres
y chiquillos, mientras arriba, en la plataforma, arrastraban las
vagonetas hasta el taller de cernir, con gran estrépito.
-¡Maldita sea! ¿Qué demonios haces ahí? -exclamó Chaval, viendo
a Catalina, que esperaba su turno para bajar-. ¡Anda pronto, y no
te hagas la remolona!
A
las nueve, cuando la señora de Hennebeau llegó a casa de Deneulin
en carruaje con Cecilia, encontró a Juana y Lucía ya dispuestas
y muy elegantes, a pesar de que sus vestidos habían sido reformados
veinte veces. Pero Déneulin se sorprendió al ver que Négrel, a caballo,
acompañaba el coche. ¿Cómo era aquello? ¿Iban hombres también? Entonces,
la señora Hennebeau explicó, con su afectuoso aire maternal, que
la habían asustado, diciéndole que los caminos estaban llenos de
gente de mal aspecto, y que había querido que llevasen un defensor.
Négrel sonriendo, procuraba tranquilizarlas; no había nada grave;
amenazas y bravatas como siempre, pero nadie se atrevería siquiera
a tirar una piedra al coche.
Deneulin, todavía gozoso con su triunfo, relató la reprimida sublevación
de Juan-Bart, añadiendo que ya estaba completamente tranquilo. Y
mientras las señoritas Deneulin tomaban el coche en la carretera
de Vandame, todos estaban muy tranquilos pensando en lo que iban
a divertirse aquel día, sin adivinar que allá a lo lejos, en el
campo, se reunía el pueblo de mineros galopando en ademán hostil
hacia Juan-Bart, lo cual hubieran podido oír pegando el oído al
suelo, como hacen las escuchas.
-Conque quedamos -dijo la señora de Hennebeau- en que iréis a recoger
a las niñas esta tarde a casa, y que comeréis con nosotros. La señora
de Grégoire me ha prometido también ir a buscar a Cecilia.
-Contad conmigo -exclamó Deneulin.
El carruaje partió en dirección a Vandame. Juana y Lucía se asomaron
a la ventanilla para despedirse con una sonrisa de su padre, que
había quedado en medio de la carretera, diciéndoles adiós con la
mano. Négrel, al trote de su caballo, se colocó a la portezuela
del coche.
Atravesaron el bosque, y fueron a tomar el camino de Vandame a Marchiennes.
Cuando pasaban cerca de Tartaret, Juana preguntó a la señora de
Hennebeau si conocía la Loma Verde; y ésta confesó que, a pesar
de vivir en el pueblo hacía cinco años, no había estado nunca por
allí. Entonces decidieron dar un rodeo. El Tartaret, que se extendía
bordeando el bosque, era un llano inculto, de una esterilidad volcánica,
bajo la cual hacía ya siglos ardía una mina de carbón de piedra
abandonada. Aquello se perdía en una leyenda que narraban los mineros
de la comarca. Decían que el fuego del cielo había caído sobre aquella
nueva Sodoma subterránea, donde los hombres y las mujeres que trabajaban
en la mina se entregaban a toda clase de excesos abominables y que
ninguno de ellos había podido escapar a tan terrible castigo. Las
rocas calcinadas, de un rojo sombrío, se cubrían de manchas verdosas,
que parecían de lepra. Algunos valientes que se atrevían de noche
a asomarse a las grietas que se veían en la tierra, juraban distinguir
una llama, que sin duda eran las almas pecadoras consumiéndose en
el fuego de aquel infierno subterráneo.
Lucecillas errantes iban de una parte a otra por el suelo; se veían
todas las noches vapores caldeados que salían de la cocina del diablo.
Y, semejante a un milagro de eterna primavera, en medio de aquel
llano maldito, se levantaba la Loma Verde, cubierta siempre de fresca
hierba, y sembrada de trigo y de remolacha, dando hasta tres cosechas
al año. Aquello era una estufa natural, caldeada por el incendio
de las capas inferiores. Jamás se había visto allí nieve, porque
al caer se derretía. Aquel enorme llano verde, junto a los árboles
del bosque despojados de toda clase de hojas, no tenía ni siquiera
señales de las heladas de diciembre, que tanto daño hacían en el
resto de la comarca.
Pronto rodó el carruaje por la carretera. Négrel se reía de la leyenda
y explicaba que a menudo se declaraban incendios en el fondo de
las minas a causa de la fermentación del polvo carbonífero y que
cuando no se pueden dominar al principio, no hay manera de apagarlos
jamás; citaba el caso de una mina de Bélgica que habían inundado,
variando el cauce del río para echar sus aguas por la boca del pozo
de bajada. Pronto guardó silencio, al observar que numerosos grupos
de mineros se cruzaban a cada instante con el carruaje.
Los obreros pasaban silenciosos, mirando de reojo aquel tren que
les obligaba a echarse a un lado del camino. Por momentos iban aumentando,
a tal punto, que el cochero tuvo que poner los caballos al paso
para cruzar el puente del río Scarpe. ¿Qué sucedería para que toda
aquella gente recorriera la carretera? Las señoras estaban muy asustadas;
Négrel empezaba a creer en algún tumulto preparado de antemano,
y para todos fue un verdadero consuelo ver que, al fin, llegaban
a Marchiennes sin contratiempo.
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