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I
Aquel lunes, los de Hennebeau tenían convidados a almorzar a los
Grégoire y a su hija Cecilia. Se proyectaba un día muy divertido:
después de almorzar, Pablo Négrel acompañaría a las señoras a visitar
una mina titulada Santo Tomás, que acababa de ser instalada con
mucho lujo. Pero aquello era sólo un pretexto inventado por la señora
de Hennebeau para precipitar los sucesos en el asunto de la boda
de Pablo y de Cecilia.
Y
precisamente aquel lunes, a las cuatro de la mañana, se había declarado
la huelga. Cuando el l de diciembre la Compañía, cumpliendo lo que
había dicho, empezó a poner en práctica su nuevo sistema de pagos,
los mineros permanecieron tranquilos. Al final de la quincena, cuando
llegó el día de cobrar, ni uno solo de ellos formuló reclamación
de ningún género. Todo el personal, desde el director hasta el último
vigilante, creían de buena fe que la tarifa estaba aceptada; y,
por lo tanto, fue mayor la sorpresa aquella mañana al presenciar
la declaración de guerra; porque aquello era la señal de que los
huelguistas se hallaban bien organizados y dirigidos.
A
las cinco, Dansaert, en persona, fue a despertar al señor Hennebeau
para decirle que ni siquiera un hombre había querido bajar a la
mina Voreux. En el barrio de los Doscientos Cuarenta, por donde
acababa de pasar, todos dormían tranquilamente, con las puertas
y las ventanas cerradas.
Y
una vez levantado el director, empezaron a llegar las mismas noticias
de todas partes: cada cuarto de hora llegaban mensajeros llevándole
partes y noticias escritas. Al principio tuvo la esperanza de que
el levantamiento se redujera a la Voreux; pero los informes iban
siendo cada vez más graves: en Crevecoeur y en Miron nadie había
querido trabajar; en La Magdalena sólo se habían presentado los
mozos de cuadra y los carreteros; en La Victoria y Feutry-Cantel,
que eran las dos minas más disciplinadas, sólo una tercera parte
de los obreros se prestaba a trabajar y únicamente en Santo Tomás
se habían presentado todas las brigadas, como si los de aquella
mina se hallaran fuera del movimiento general. Hasta las nueve estuvo
dictando despachos telegráficos a todas partes, al gobernador de
Lille y a los consejeros de Administración de la Compañía, dando
noticia de la huelga a las autoridades, y pidiendo órdenes a sus
jefes. Luego mandó a Négrel que recorriera todas las minas, para
tener conocimiento exacto de los acontecimientos.
De pronto el señor Hennebeau pensó en el almuerzo; ya iba a enviar
recado a los Grégoire, diciéndoles que se aplazaba el convite y
el paseo, cuando se vio detenido por cierta vacilación, por cierta
carencia de voluntad propia, él, que con unas cuantas frases cortas
y enérgicas acababa de preparar militarmente un campo de batalla.
Subió al tocador de su mujer, a quien una doncella estaba acabando
de peinar.
-¡Ah! ¿Conque se han declarado en huelga? -dijo tranquilamente la
señora, después de oír el relato que su marido le hacía-. Y a nosotros,
¿qué nos importa? Supongo que no iremos a suspender el almuerzo.
¿eh?
Y
se empeñó en que no había de aplazarse nada, ni mortificarse en
lo más mínimo el programa para el día, por mas que él le dijo que
podía haber algún disgusto durante el almuerzo y que era imposible
ir a la mina Santo Tomás, como se había convenido; ella encontraba
respuesta a todo: ¿a qué echar a perder un almuerzo que estaban
haciendo ya? En cuanto al paseo a Santo Tomás, se podía suprimir,
si realmente era una imprudencia ir hasta allí.
-Además -añadió cuando la doncella se hubo retirado-, ya sabes en
qué estriba mi empeño por recibir a esa gente. El casamiento de
tu sobrino debiera interesarse más que las tonterías de tus trabajadores.
Y, en fin, yo deseo ir y no debes contrariarme.
Él, ligeramente tembloroso, la miró, y su semblante enérgico y severo
de hombre acostumbrado a mandar, expresó, durante unos cuantos segundos,
el dolor de un corazón desgraciado. Estaba ella con los hombros
al aire, en mangas de camisa, ya muy madura, pero incitante todavía.
Por un momento debió de sentir el marido brutales deseos de cogerla
por la cintura, y hundir la cabeza entre los dos abultados pechos,
que ella lucía en aquella habitación templada, olorosa y de un lujo
íntimo de mujer sensual, impregnada de un olor a esencias de tocador;
pero retrocedió, y se contuvo. Hacía diez años que vivían en habitaciones
separadas.
-Bueno -dijo al salir de la habitación-. No lo suspenderemos.
El señor de Hennebeau había nacido en un pueblo. Había tenido que
pasar por los difíciles comienzos de un muchacho pobre, lanzado
en medio de la vida de París. Después de haber seguido con grandes
trabajos la carrera de ingeniero de minas, había sido destinado,
a los veinticuatro años de edad, de ingeniero a una mina llamada
Santa Bárbara, en la Grand-Combe. Tres años después ascendió a ingeniero
de división, siendo destinado al Pas-de-Calais, a las minas de Marles:
allí fue donde se casó con la hija de un ricacho de Arras. Durante
quince años el matrimonio vivió en aquella capital de provincia,
sin que el menor acontecimiento, ni siquiera el nacimiento de un
hijo, alterase la monotonía de su existencia. La señora de Hennebeau,
acostumbrada a no tener que pensar en el dinero, empezó a sentir
cierto misterioso desdén hacia aquel marido que estaba sujeto a
un sueldo regular, ganado con gran trabajo, y que no le proporcionaba
ninguna de las satisfacciones de vanidad que acariciara en sus sueños
de colegiala. Él, que era un hombre de honradez acrisolada, no servía
para especular, ni hacía más que cumplir con su deber militarmente,
por decirlo así. De ahí había nacido el desacuerdo entre marido
y mujer, agravado por una de esas equivocaciones de la carne que
hielan a los temperamentos más ardientes; él adoraba a su mujer;
ella era de una sensualidad jamás harta, y vivieron separados, mediando
entre ambos cierto malestar y ciertas ofensas, a las que jamás aludían.
Ella, desde entonces, tuvo un amante. Él lo ignoró.
Al cabo de algún tiempo, Hennebeau se decidió a dejar Pas-de-Calais
y volver a París con un destino en el Ministerio de Obras Públicas,
creyendo que su mujer se lo agradecería. Pero París debía determinar
la separación completa; aquel París que ella deseaba desde que le
compraron la primera muñeca, y en el cual perdió muy pronto el aire
de pueblerina, convertida de repente en una mujer elegantísima,
y lanzada a todas las locuras de la época. Los diez años que vivió
en la capital estuvieron ocupados para ella por una gran pasión,
unos amores conocidos públicamente, con un hombre cuyo abandono
estuvo a punto de matarla. Aquella vez el marido no había podido
permanecer ignorante, y después de una porción de escenas abominables
que no son para contarlas, se resignó con su desgracia, dominado
por la frescura inconsciente de aquella rara mujer que cogía la
felicidad donde la encontraba. Poco tiempo después de aquella ruptura.
y viéndola enferma, Hennebeau aceptó la dirección de las minas de
Montsou, con la esperanza de que en aquel retiro conseguiría corregirla.
Los de Hennebeau vivían hacía tres años en Montsou, y habían caído
en el aburrimiento irritante de los primeros años de su matrimonio.
Al principio ella pareció calmada en medio de tan gran tranquilidad,
y se encerraba en su casa como mujer desengañada del mundo; afectaba
tener el corazón muerto, y tanta despreocupación que hasta le tenía
sin cuidado engordar. Luego, bajo aquella aparente indiferencia,
se declaró una fiebre terrible, una necesidad imperiosa de vivir
y de gozar, y una exaltación que creyó satisfacer ocupándose en
arreglar y amueblar lujosamente la casa-palacio de la Dirección.
Decía ella que estaba horrible, y la llenó de tapices, de juguetes,
de objetos de arte y de un lujo tan extraordinario, que dio que
hablar hasta en Lille. La vida en el desierto empezaba ya a exasperarla,
y se aburría mortalmente en presencia de aquellas tristes campiñas,
de aquellos caminos siempre sucios, sin un árbol que adornase el
pueblo, habitado por la gentuza de las minas, que cada vez le era
más antipática. Comenzaron las quejas del destierro; acusaba a su
marido de haberla sacrificado al sueldo de cuarenta mil francos
que le daban, y que, después de todo, era una miseria que apenas
bastaba para vivir. ¿No debía haber imitado a otros compañeros suyos,
exigiendo una parte en la Sociedad minera, obteniendo acciones,
consiguiendo algo, en una palabra? E insistía con la crueldad propia
de la mujer que ha aportado al matrimonio una fortuna. Él, siempre
correcto, parapetado tras la mentida frialdad de hombre de Administración,
ocultaba el deseo ardentísimo que tenía de poseer a aquella mujer,
uno de esos deseos lujuriosos, más grandes cuanto más tardíos, y
que crecen con la edad. Jamás la había poseído como amante, y todo
su sueño dorado era que se le entregase una vez, una sola vez, como
se había entregado a otros. Todas las mañanas soñaba con conquistarla
aquella noche; luego, cuando ella le miraba fríamente, cuando comprendía
que le era repulsivo, cuidaba de no tocarle ni siquiera la mano.
Era un sufrimiento sin curación posible, oculto bajo la severidad
de su actitud; el sufrimiento de un temperamento tierno en agonía
continua y secreta por no haber encontrado la felicidad en el matrimonio.
Al cabo de seis meses, cuando la casa, completamente arreglada,
no sirvió de distracción a la señora de Hennebeau, ésta cayó de
nuevo en la misma languidez, en el mismo aburrimiento de mujer a
quien mata el destierro, y a todas horas decía que no le importaba
morir.
Precisamente por entonces llegó a Montsou Pablo Négrel. Su madre,
viuda de un capitán de marina, que vivía en Avignon de un manera
modestísima, había tenido que imponerse terribles sacrificios para
darle carrera. Salió de la Escuela Politécnica con tan mal expediente,
que su tío, el señor Hennebeau, le aconsejó dejara la carrera, prometiéndole
llevárselo de ingeniero a la Voreux.
Desde entonces se le trató en la casa como a un hijo; allí tuvo
cuarto, allí comió, allí vivió, lo que le permitía enviar a su madre
la mitad de su sueldo de cuatro mil francos. Para no dar que hablar
con tanto favor, el señor de Hennebeau exageraba lo difícil que
hubiera sido a su sobrino poner casa en uno de aquellos hotelitos
diminutos que la Compañía destinaba al ingeniero de cada mina, y
además decía que necesitaba la casa destinada al de la Voreux, porque
vivía en ella uno de los ingenieros de la Dirección, y no era cosa
de echarle a la calle. La señora de Hennebeau se había adjudicado
enseguida el papel de tía del joven, tuteando a su sobrino y procurándole
el mayor bienestar posible. Los primeros meses, sobre todo, se las
echó de señora mayor, para poder tener cuidados maternales con el
joven, a quien daba todo género de buenos consejos a propósito de
cualquier tontería. Pero, como a pesar de todo era mujer, resbalaba
sin querer al terreno de las confidencias personales. Aquel muchacho
joven y guapo, de una inteligencia poco escrupulosa, que tenía acerca
de las mujeres teorías de filósofo, le divertía, gracias a la vivacidad
de su pesimismo. Naturalmente, una noche se encontró, sin saber
cómo, entre sus brazos, y fingió entregarse a él por pura bondad,
diciéndole al mismo tiempo que su corazón estaba muerto, que no
quería sino ser una buena amiga suya. Y, en efecto: no tenía celos,
le gastaba bromas con las muchachas de las minas, a las cuales encontraba
insufribles, y casi le regañaba porque no tenía que contarle ninguna
de esas aventuras tan propias de los muchachos jóvenes. Luego le
apasionó la idea de casarle y soñó con sacrificarse buscándole una
novia joven y rica. Y sus amores continuaron como un entretenimiento,
en el cual ponía ella todo lo que le quedaba de ternura sensual.
Así transcurrieron dos años. Cierta noche, el señor Hennebeau tuvo
una sospecha, porque había creído oír pasos de alguien que anduviera
descalzo por las tupidas alfombras del hotel. ¡Pero semejante aventura
era absurda para realizada allí mismo, en su casa, y entre aquella
madre y aquel hijo! Además, al otro día su mujer le habló de casar
a su sobrino con Cecilia Grégoire, y con tan afanoso ardor tomó
sobre sí la tarea de arreglar aquella boda, que el marido se indignó
ante su monstruosa sospecha de la víspera. En cambio sentía gratitud
hacia su sobrino, porque desde la llegada de éste la casa parecía
menos triste.
Cuando el señor de Hennebeau salía del tocador de su mujer, se encontró
en el vestíbulo a Pablo, que acababa de llegar. Éste parecía estar
muy divertido ante aquella idea de la huelga, que constituía para
él una verdadera novedad.
-¿Qué hay? -le preguntó su tío.
-Pues nada; que he recorrido todos los barrios, y la gente parece
muy tranquila y calmada. Pero creo que van a enviar una comisión
para que hable contigo.
En aquel momento, se oyó la voz de la señora de Hennebeau, que hablaba
desde el piso principal.
-¿Eres tú, Pablo? Sube a darme noticias. ¡Qué ganas tiene esa gentuza
de hacer tonterías, cuando es tan feliz!
Y
el director tuvo que renunciar a saber nada más, puesto que su mujer
le arrebataba el mensajero. Volvió a su despacho, y se encontró
encima de la mesa otro montón de despachos telegráficos y de partes.
A
las once, cuando llegaron los Grégoire, se admiraron de que Hipólito,
el ayuda de cámara, que estaba de centinela en la puerta, les hiciera
entrar poco menos que a empujones, después de haber mirado recelosamente
hacia la calle con aire misterioso. Las persianas del salón estaban
corridas y fueron introducidos desde luego en el despacho del señor
Hennebeau, que les presentó sus excusas por recibirlos allí; pero
el salón daba a la calle, y era inútil adoptar una actitud que pudiera
parecer provocativa.
-¡Cómo! ¿No saben ustedes lo que pasa? -añadió, viendo su sorpresa.
El señor Grégoire se encogió de hombros con aire bondadoso, cuando
supo que al fin se había declarado la huelga. ¡Bah! No ocurriría
nada, Porque los obreros eran buenas gentes. Su esposa abundaba
en las mismas esperanzas, fundadas en la secular resignación de
los carboneros; mientras Cecilia, que estaba muy alegre aquel día,
y casi guapa por su aspecto saludable, se sonreía con agrado al
oír hablar de huelga, en lo cual no había para ella más que la idea
de visitar los barrios de los obreros dando limosnas y distribuyendo
ropa. En aquel momento, la señora de Hennebeau, en traje de seda
negra, apareció acompañada de su sobrino.
-¡Caramba, qué fastidio! -exclamó desde la puerta-. ¡No Podían haber
esperado esos pícaros! Porque habrán de saber que Pablo se niega
a llevarnos a Santo Tomás.
-Pues nos estaremos aquí -respondió tranquilamente el señor Grégoire-,
y tendremos el gusto de pasar el rato en compañía de ustedes.
Pablo se había contentado con saludar a Cecilia y a su madre. Al
ver aquella frialdad, su tía le animó con una mirada a que se dirigiese
a la joven, y cuando los vio juntos y sonrientes, les dirigió otra
mirada de ternura maternal.
Entretanto, el señor Hennebeau acababa de leer los despachos, y
redactaba nuevos telegramas. En torno de su mesa hablaban todos:
su mujer decía que no se había ella ocupado de arreglar el despacho,
que estaba feísimo, con todos aquellos muebles antiguos, de poco
gusto y estropeados.
Así se pasaron tres cuartos de hora, y ya iban a dirigirse al comedor
y sentarse a la mesa, cuando el ayuda de cámara anunció al señor
Deneulin. Éste, con ademán excitado, entró rápidamente y saludó
a la señora de Hennebeau.
-¡Hola! ¿Están ustedes aquí? -dijo al ver a la familia Grégoire.
Y
sin más saludo ni más cumplimiento, se dirigió al señor Hennebeau:
-¿Conque ya apareció aquello? -dijo-. Lo he sabido por mi ingeniero.
Mis obreros han bajado todos, como de costumbre, a trabajar. Pero,
como comprenderán, la cosa puede ir en aumento, y no estoy nada
tranquilo. He querido saber noticias. Vamos a ver: ¿cómo andan por
aquí las cosas?
Había llegado a caballo, y era tal su inquietud, que no podía disimularla.
El señor Hennebeau comenzaba a darle noticias para ponerle al tanto
de la situación, cuando Hipólito abrió la puerta del comedor.
-Almuerce usted con nosotros -le dijo entonces el director-. A los
postres le contaré lo que pasa.
-Bueno; como usted guste -respondió Deneulin, tan preocupado, que
aceptó desde luego, sin cuidarse de formular los cumplidos de costumbre.
Pero, acordándose de su descortesía se volvió a la señora de la
casa, y le presentó sus excusas. La señora de Hennebeau estuvo muy
amable, y después de hacer que pusieran otro cubierto, colocó a
sus convidados en la mesa: la señora de Grégoire y Cecilia, a los
lados de su marido; el señor Grégoire y Deneulin, a su derecha y
a su izquierda respectivamente, y, por último, Pablo entre la joven
y el padre de ésta. Cuando sacaron a la mesa el primer plato, dijo
sonriendo:
-Tienen ustedes que dispensarme. Yo quería que hubiéramos tenido
ostras. Los lunes suelen llegar de Ostende a Marchiennes, y pensaba
mandar a la cocinera en coche. Pero la pobre ha tenido miedo de
que la apedreen.
Todos se echaron a reír. La historia era graciosa.
-¡Chist! -dijo el señor Hennebeau, contrariado, mirando a las ventanas,
desde las cuales se veía la carretera. No hay necesidad de que
sepa la gente que tenemos convidados hoy.
-Espero, sin embargo, que nos dejarán almorzar en paz -declaró el
señor Grégoire-. He aquí un salchichón riquísimo, que de seguro
no comerán ellos.
Empezaron todos a reír otra vez, pero menos ruidosamente. Los convidados
iban animándose al verse instalados en aquella habitación adornada
con tapices flamencos y muebles magníficos de roble tallado. Soberbias
piezas de plata lucían detrás de los limpios cristales de los aparadores,
y la magnífica lámpara colgada del techo, que caía sobre la mesa,
casi apoyándose en el riquísimo centro de cristal cuajado, daba
un aspecto señorial al comedor, amueblado en conjunto y en detalle
con un gusto exquisito. Aquel día de diciembre era muy frío y nebuloso;
pero de las rachas de viento nordeste que combatían la fachada del
hotel, ni una sola ráfaga penetraba en la habitación, donde hacía
un calor agradable.
-¿No sería conveniente que corriéramos las cortinas? -dijo Négrel,
a quien divertía la idea de asustar a los señores Grégoire.
La doncella, que estaba sirviendo la mesa con el ayuda de cámara,
creyó que le daban una orden, y fue a correrlas inmediatamente.
Entonces todos empezaron a bromear otra vez: nadie cogía un tenedor
ni un cuchillo sin tomar todo género de precauciones; cada plato
fue saludado como un objeto salvado milagrosamente de una ciudad
saqueada por las turbas; mas, detrás de aquella fingida alegría,
reinaba un miedo sordo, que se translucía en miradas involuntarias
a los balcones, como si fuera posible que, de un momento a otro,
entrara por ellos un ejército de hambrientos a saquear la casa.
Después de los huevos con trufas, sirvieron truchas de río. La conversación
versaba entonces sobre la crisis industrial, cada vez más acentuada
desde hacía dieciocho meses.
-Esto tenía que suceder fatalmente -aseguraba el señor Deneulin-,
porque la exagerada prosperidad de estos años últimos lo traía como
consecuencia inevitable. Piensen un poco en los enormes capitales
amortizados en los ferrocarriles, en los puertos y canales construidos,
en todo el dinero empleado en empresas arriesgadas. Aquí mismo se
han establecido tantas fábricas de azúcar, que no parece sino que
íbamos a coger tres cosechas de remolacha todos los años. Y ¡desde
luego! Hoy el dinero escasea, porque es necesario esperar a que
se indemnicen del interés de los millones que se han gastado: la
consecuencia de todo eso es el apuro en que nos hallamos y la muerte
de todo género de negocios.
El señor Hennebeau combatió aquella teoría; pero tuvo que convenir
en que los años prósperos habían echado a perder a los obreros.
-Yo me acuerdo de que esos muchachos ganaban en las minas hasta
seis francos diarios, el doble de lo que sacan ahora. Naturalmente,
vivían bien, e iban adquiriendo hábitos de lujo. Hoy se les hace
más cuesta arriba sujetarse a su frugalidad de antes.
-Señor Grégoire -decía la señora de la casa-, ¿le sirvo un poco
más de estas truchas? Son muy finas, ¿verdad?
El director continuó diciendo:
-Pero pregunto yo: ¿tenemos nosotros la culpa? No parece sino que
a nuestra vez no sufriéramos las mismas consecuencias. Desde que
han empezado a cerrarse fábricas y más fábricas, no sabemos cómo
deshacernos de las considerables existencias almacenadas; y ahora,
ante el descenso constante de pedidos, tenemos por fuerza que disminuir
los gastos de explotación. Eso es lo que los obreros no quieren
comprender.
Hubo un momento de silencio. El criado puso en la mesa una fuente
de perdices asadas, mientras la doncella escanciaba Chambertin en
las copas de los comensales.
-Hay hambre en la India -replicó Deneulin a media voz y como si
hablase consigo mismo-; América, al disminuir sus pedidos de hierro,
ha dado un golpe mortal a nuestras fábricas. Como esto es una cadena,
cualquier crisis, por lejana que sea, hace resentirse a todo el
mundo. ¡Y el Imperio, que estaba tan orgulloso con esta fiebre industrial
que se había apoderado de nosotros!
Comió un bocado del ala de perdiz que le habían puesto en el plato,
y continuó luego:
-Lo peor es que, para disminuir los gastos de explotación, sería
necesario producir más; porque, de lo contrario, la crisis se ensaña
con los jornales, y el obrero tiene razón cuando dice que él es
quien paga los vidrios rotos.
Aquella confesión, arrancada a su franqueza característica, dio
pie a un animado debate. Las señoras se aburrían. Todos, por otra
parte, se ocupaban con verdadero ardor en despachar lo que tenían
en el plato. El criado entró nuevamente en el comedor; quiso hablar,
pero titubeó un poco, y acabó por no decir nada.
-¿Qué sucede? -preguntó el señor Hennebeau-. Si han traído algún
telegrama, dénmelo. Estoy esperando varios.
-No, señor; es que está ahí el señor Dansaert. Pero teme molestar.
El director pidió permiso a sus convidados, y mandó que entrase
el capataz mayor. Éste se quedó en pie, a respetuosa distancia de
la mesa, mientras todos se volvían a mirarle, deseosos de saber
las noticias que traía. Los barrios de los obreros continuaban tranquilos;
pero se esperaba la llegada de una comisión de trabajadores. Quizás
antes de cinco minutos estuviese allí.
-Está bien, gracias -dijo el señor Hennebeau-. Quiero que mañana
y tarde me dé usted parte de todo lo que ocurra.
Y
cuando Dansaert se hubo marchado, comenzaron de nuevo las risas,
mientras se abalanzaban a la ensalada rusa, diciendo que era preciso
apresurarse, si querían acabar de almorzar. Pero la alegría llegó
a su colmo cuando, habiendo pedido Négrel un poco de pan, la doncella
contestó un "está muy bien", dicho en voz tan baja y con
tanto miedo, que no parecía sino que la muchacha se veía ya entre
las garras de una partida de malhechores que fueran a matarla.
-Hable más alto, hija mía -dijo sonriendo la señora de Hennebeau-,
que todavía no están aquí.
El director, a quien acababan de entregar un abultado paquete de
cartas y telegramas, quiso leer en voz alta una de aquéllas. Era
de Pierron, y en ella decía, en frases respetuosas, que se veía
obligado a declararse en huelga con todos sus compañeros para que
no le maltrataran; y añadía que, además, no había podido negarse
a formar parte de la comisión que iba a visitar al señor director,
si bien protestaba contra semejante acto.
-¡Ésta es la libertad del trabajo! -exclamó el señor Hennebeau.
Se volvió a hablar de la huelga, y le preguntaron su opinión.
-¡Oh! -contestó-. Ya hemos visto otras muchas. Cuestión de una semana,
o cuando más de una quincena de holganza, como sucedió la última
vez. Pasarán el día visitando las tabernas, y cuando tengan hambre
volverán a las minas.
Deneulin volvió la cabeza, diciendo:
-Yo no estoy tranquilo. Esta vez parece que están mejor organizados.
¿No tienen también una Caja de Socorros?
-Sí; pero apenas cuentan con tres mil francos. ¿Qué quiere usted
que hagan con eso? Sospecho que el jefe es un tal Esteban: un buen
obrero, a quien sentiría tener que echar a la calle, como hice en
cierta ocasión con un tal Rasseneur, que todavía continúa echándome
a perder a los mineros de la Voreux con sus ideas revolucionarias
y con su cerveza. Dentro de diez días la mitad de la gente estará
trabajando y, a lo sumo, dentro de quince días harán lo mismo todos
los demás
El señor Hennebeau estaba convencido. Su disgusto consistía en el
temor de que el Consejo de Administración le hiciese responsable
de la huelga. Hacía algún tiempo que se sentía con menos ascendiente
sobre sus jefes. Así es que, dejando en el plato la cucharada de
ensalada rusa que se llevaba a la boca, volvió a leer los telegramas
recibidos de París, contestación a otros suyos, y cada una de las
palabras, las cuales quería descifrar, como si tuviesen doble sentido.
Todos le perdonaron la lectura, porque el almuerzo iba adquiriendo
el carácter de una comida de campamento en vísperas de romper el
fuego contra el enemigo.
Las señoras se mezclaron también en la conversación. La de Grégoire
fue la primera que compadeció a aquellas pobres gentes que iban
a pasar hambre y ya Cecilia echaba sus cuentas para distribuir entre
105 huelguistas bonos de pan y carne. La señora de Hennebeau, en
cambio, se asombraba oyendo hablar de la miseria en que vivían los
mineros de Montsou. Pues qué, ¿no eran felices? ¡Aquellas gentes
que tenían casa, lumbre y todo género de cuidados prodigados por
la Compañía! En su indiferencia hacia aquellos infelices, no sabía
de su vida más que la lección que aprendiera de memoria para relatársela
a los parisienses que iban a visitarla en los dominios de su marido,
y como acabara por creer en ella, se indignaba ante la ingratitud
del pueblo.
Négrel, entretanto, seguía divirtiéndose en asustar a la señora
Grégoire. Cecilia no le disgustaba, y quería casarse con ella por
complacer también a su tía; pero no hacía esfuerzos de ningún género
para demostrar su amor, como muchacho práctico en la vida que alardeaba
de corazón frío. Pretendía ser republicano, lo cual no obstaba para
que tratase a los obreros con una severidad extraordinaria, y se
burlara de ellos cuando estaba con señoras.
-Tampoco yo tengo el optimismo de mi tío -dijo, tomando parte en
la conversación-. Me temo gravísimos desórdenes. Así es, señor Grégoire,
que le aconsejo cierre bien todos los cerrojos de La Piolaine, porque
podrían robarle.
Precisamente en aquel momento el señor Grégoire, con la eterna sonrisa
bonachona que animaba su semblante, estaba defendiendo a los mineros.
-¡Robarme! -exclamó estupefacto-. ¿Y por qué?
-¿No es usted accionista de las minas de Montsou? O sea, que no
hace usted nada, y vive del trabajo de los demás. En una palabra:
es usted un capitalista, y eso basta. Esté seguro de que si la revolución
social triunfase, le obligarían a devolver su dinero, como si lo
hubiese robado: ¡la propiedad es un robo!
Entonces perdió la bonachona tranquilidad que no le abandonaba nunca
y tartamudeó:
-¡Qué mi fortuna es dinero robado! ¿Mi bisabuelo no ganó con el
sudor de su rostro el capital empleado en acciones de minas? ¿No
hemos corrido todos los riesgos de la empresa? ¿Acaso hago yo hoy
mal uso de las rentas?
La señora de Hennebeau, alarmada al ver que la madre y la hija tenían
miedo también, intervino en la conversación, diciendo:
-No hagan caso; son bromas de Pablo.
Pero el señor Grégoire estaba fuera de sí. En aquel momento pasaba
por su lado el ayuda de cámara con un plato de cangrejos, y sin
saber lo que hacía, cogió con la mano dos o tres y se los metió
en la boca, y empezó a comerse las patas.
-¡Ah! No digo yo que no haya accionistas que abusen y se porten
mal. Por ejemplo: me han dicho que ha habido personajes que han
recibido acciones de las minas en pago de servicios prestados a
las Compañías. Lo mismo que ese señorón, ese duque, a quien no quiero
nombrar, el primero de nuestros accionistas, cuya vida es un escándalo
de prodigalidad, que gasta millones en mujeres, juego y un lujo
inútil. ¡Pero nosotros, nosotros, que vivimos modestamente, como
honrados burgueses que somos! ¡Vamos, vamos! Sería necesario que
esos obreros fuesen gente de la peor ralea para que se metieran
conmigo, ni trataran de robarme ni un alfiler.
El mismo Négrel tuvo que tranquilizarle, riéndose al mismo tiempo
de su furor. Todos comían cangrejos en aquel momento, y el crujir
de los caparazones de los animalillos entre los dientes de los comensales
continuaba oyéndose cuando la conversación versó sobre política.
El señor Grégoire, todavía tembloroso a pesar de las últimas explicaciones
de Pablo, declaraba que era liberal y echaba de menos a Luis Felipe.
Deneulin era partidario de un gobierno fuerte, y estaba disgustado
con el emperador, a quien acusaba de hallarse en la resbaladiza
pendiente de las concesiones imprudentes.
-Acuérdense del 89 -dijo-. La nobleza fue quien hizo posible la
revolución por su complicidad, por sus aficiones a las novedades
filosóficas. Pues bien: hoy la clase media representa el mismo papel
estúpido, con su afán de liberalismo, con su furia de destrucción,
con sus halagos al pueblo. Sí, sí; están ustedes afilándole los
dientes al monstruo para que nos devore. ¡Y nos devorará, no lo
duden!
Las señoras le pidieron que callase, y variaron de conversación,
preguntándole por sus hijas. Deneulin tuvo que hablar de ellas:
Lucía estaba en Marchiennes, tocando el piano y cantando en casa
de una amiga; Juan había empezado a pintar una cabeza de viejo.
Pero decía todo aquello con aire distraído y sin separar la vista
del director, que continuaba absorto en la lectura de los telegramas
y sin ocuparse de sus convidados. Comprobaba que en aquellas hojas
de papel, procedentes de París, iba la voluntad de los Consejeros
de Administración que habían de decidir de la huelga con las resoluciones
que tomaran. Así es que no pudo menos de volver enseguida al asunto
que le preocupaba.
-¿Qué va a hacer usted por fin? -preguntó de repente.
El señor Hennebeau se estremeció, y salió del paso con una frase
vaga:
-Veremos.
-Indudablemente ustedes son ricos y pueden esperar -dijo Deneulin,
hablando consigo mismo-. Pero a mí me matan si la huelga llega a
Vandame. Por más que he restaurado Juan Bart, no puedo salir adelante
como no sea con una producción incesante. ¡Ah! Les aseguro que estoy
listo.
Aquella confesión involuntaria pareció hacer efecto en Hennebeau.
Escuchaba, y trazaba un plan para sus adentros: en caso de que la
huelga se formalizase, ¿por qué no utilizarla, dejando que se arruinase
el vecino, para luego comprarle la mina por una bicoca? Era el medio
más eficaz para reconquistar el favor de la Compañía de Montsou,
que hacía muchos años soñaba con la adquisición de Vandame.
-Si tan mal le va con Juan Bart -dijo sonriendo-, ¿por qué no la
vende?
Pero Deneulin, que sentía ya haberse quejado, exclamó con energía:
-¡Jamás! ¡En mi vida!
Todos se echaron a reír al verle tan enfadado, y al fin se dejó
de hablar de la huelga cuando sirvieron los postres. Un plato de
merengue riquísimo valió muchos aplausos a la cocinera. Las señoras
charlaban entre sí, discutiendo sobre una receta para hacer el dulce
de batata, que también estaba muy bueno. Queso y frutas, pasas,
peras e higos acabaron de determinar en todos el abandono propio
del final de un almuerzo exquisito y abundante. Todos hablaban al
mismo tiempo, mientras el criado servía vino del Rhin, en sustitución
del champán, que fue declarado cursi por unanimidad.
Y
la boda de Pablo y de Cecilia adelantó mucho hacia su realización
en medio de aquel movimiento de simpatía propio de la hora de los
postres. Su tía le había dirigido miradas tan significativas, que
el joven se mostraba muy obsequioso y galante, procurando tranquilizar
a los Grégoire y borrar de su ánimo el efecto de aquellas historias
de robo y de saqueo. Durante un momento, el señor Hennebeau, que
había observado aquellas miradas de inteligencia entre su mujer
y su sobrino, tuvo sospechas; pero la consideración de que se estaba
tratando de bromas le tranquilizó por completo.
Acababa Hipólito de servir el café, cuando entró la doncella en
el comedor, pálida como una muerta. -¡Señor, señor; ya están aquí!
Era la comisión de obreros. Se oyó el ruido de la puerta de la calle,
y una conmoción de espanto se apoderó de toda la casa.
-¡Qué entren en el salón! -dijo el señor Hennebeau.
Los convidados se habían mirado unos a otros, sin saber qué hacer,
ni qué decir. Reinaba entre ellos el más profundo silencio. Luego
quisieron volver a bromear: empezaron a guardarse los terrones de
azúcar y a decir que era preciso meterse los cubiertos en el bolsillo.
Pero como el director permaneciera serio y con ademán severo, las
risas cesaron; ya no se hablaba, se cuchicheaba, mientras las pesadas
botas de los mineros, que entraban en el salón contiguo, hollaban
las ricas alfombras del caserón.
La señora de Hennebeau dijo a su marido, bajando la voz: -Supongo
que tomarás el café.
-Por supuesto -contestó él-. Que esperen.
Estaba nervioso y ponía atento oído a todos los ruidos, fingiendo
no ocuparse más que de la taza que tenía delante.
Pablo y Cecilia acababan de levantarse, y miraban por el agujero
de la cerradura. Los dos contenían la risa, y se hablaban al oído
muy bajito.
-¿Los ves?
-Sí. Veo a uno gordo, con otros dos más bajos que están detrás de
él.
-¿Eh? ¡Qué tipos tan feos!
-No por cierto; son muy simpáticos.
De pronto, el señor Hennebeau se levantó de la silla, diciendo que
el café estaba muy caliente y que lo tomaría después. Al salir se
llevó un dedo a los labios, como para recomendar la mayor prudencia.
Todos se habían vuelto a sentar y siguieron en la mesa, silenciosos,
sin atreverse a hacer el menor movimiento, escuchando con cuidado
para atrapar alguna palabra de lo que se iba a decir en el salón.
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