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Entre
las múltiples facetas del espíritu complejo de Voltaire, la de historiador
es quizá de las menos conocidas y la que esa masa que se llama el
gran público menos recuerda cuando trata de evocar y reconstituir
esta inquietante y perturbadora figura.
Y,
sin embargo, no es de las menos interesantes, ni por la calidad
ni por la cantidad de la obra que en este terreno ha producido.
Su concepto de la Historia y la manera de tratarla representa, en
su época, un paso gigantesco sobre los dominantes y privativos hasta
entonces en esta rama del saber humano, hasta el punto de haberse
asegurado que en el siglo XVII establece, con Montesquieu, casi
como hoy las concebimos, las reglas generales del arte de escribir
la historia.
Hoy
se entiende, en efecto, que el historiador ha de ser por de pronto,
un erudito, un investigador; ha de documentarse minuciosamente,
haciendo una crítica rigurosa de los documentos. Pero se cree también,
y más firmemente cada día, no obstante la maravillosa creación de
la erudición alemana, orientada casi exclusivamente en este sentido,
que este acarreo de materiales es indispensable para la construcción
del edificio; pero no es suficiente; falta todavía levantarlo; después
de aquella labor de análisis tiene que venir la de las grandes síntesis;
mientras tanto, no surge el historiador: tras del erudito se ve
el obrero manual, pero no se vislumbra la figura del arquitecto.
Voltaire atiende por igual a estos dos aspectos; huye lo mismo de
las compilaciones indigestas que de las novelas sin autoridad y
sin valor. Analiza, indaga, compulsa, hace la crítica de las fuentes,
y después, escogiendo entre el montón inmenso de datos que acumula,
sólo los más característicos escribe, sin casi dejar traslucir esta
penosa labor previa, verdadera historia; historia al alcance de
todo el mundo, despojada de sus formas solemnes, en lenguaje claro
y llano, compitiendo en amenidad con la novela, y vestida con un
estilo pleno de pureza, propiedad y precisión. Para realizar la
primera labor preparatoria, se halla en situación inmejorable, tanto
por sus múltiples relaciones sociales, que le permiten, como él
mismo dice, interrogar igualmente a los reyes que a los ayudas de
cámara, como por sus cargos oficiales, entre ellos el de historiador
del rey, que le abren las puertas de los archivos del Estado; para
todo ello, espoleado además por su aguda curiosidad intelectual,
siempre despierta. Claro que, dada la época en que Voltaire produce,
esta labor de análisis e investigación, tocada además de la poca
imparcialidad de su espíritu, no tiene todo el rigor exigido por
la moderna crítica histórica; pero, con todo, ésta poco ha tenido
que rectificar o desechar en aquélla. Para la labor sintética, acaso
le falte profundidad; pero cuenta con su maravillosa imaginación,
con su talento de dramaturgo y novelista, que le permiten hacer
de cada capítulo un verdadero cuadro lleno de perspectiva, de luz
y de color. Sus repetidos viajes, su trato con tantos ejemplares
humanos diferentes, hacen de él un profundo psicólogo, condición
indispensable a todo historiador, ya que la Historia, como dice
Monod, es una psicología colectiva. En esta historia de Pedro el
Grande resplandecen todas estas cualidades, realzadas por el cariño
al asunto y su admiración por la figura del protagonista. Sus gustos
aristocráticos, así como su completa fe en el influjo de los grandes
hombres, en el poder benéfico del déspota ilustrado, habían de arrastrarle
hacia las figuras de Luis XIV de Francia y de Pedro I de Rusia.
En cuanto a la cantidad de su labor histórica, basta citar los títulos
de sus obras: Historia de Carlos XII (1731). El siglo de Luis XIV
(1751). Anales del imperio (1753). Ensayo sobre las costumbres de
las naciones (1750). Historia de Rusia bajo Pedro el Grande (1759-63).
Historia del Parlamento de París. Resumen del reinado de Luis XV
(1769). Recordemos, para terminar, que Francisco María Arouet (Voltaire)
nació en 1694 y murió en París en 1778 |