La Bella Imperia
Honorato De Balzac
Para ir al
Concilio de Constanza el arzobispo de Burdeos había incluido en su séquito a un
curita turenés bien apersonado, cuyos modales y discurso eran, cosa rara,
exquisitos, tanto más cuanto que pasaba por ser hijo de la Soldée y del
gobernador.
El arzobispo
de Tours se lo había entregado gustosamente a su cofrade cuando aquél estuvo de
paso en la ciudad, por aquello de que los arzobispos, sabiendo cuán agudos son
los pruritos teológicos, se hacen regalos entre ellos.
Así pues, al
concilio vino ese joven cura y fue alojado en casa de su prelado, hombre de
buenas costumbres y de gran saber.
Philippe de
Mala, que así se llamaba el cura, resolvió obrar bien y servir con dignidad al
que le promovía, pero vio en aquel concilio mistigórico mucha gente de vida
disoluta, sin que por eso obtuvieran menos, sino que, por el contrario, poseían
más indulgencias, escudos de oro y beneficios, que todos aquellos prudentes y
comedidos.
Pero hete
aquí que una noche, dura para su virtud, el diablo le susurró al oído y entendimiento
que ya era hora de que hiciera su provisión a cestadas, ya que cada uno se
nutría en el seno de nuestra Santa Madre la Iglesia, sin que jamás se agotara,
milagro que demostraba con creces la presencia de Dios. Y el curita turenés no
decepcionó al diablo. Se prometió, puesto que era pobre a más no poder,
banquetear, arrojarse sobre los asados y otras salsas de Alemania, cuando le
conviniera y sin pagar.
Pero, como
seguía manteniendo continencia, ya que tomaba por modelo a su pobre y viejo
arzobispo, quien, por fuerza ya no pecaba y era tenido por santo, sufría
frecuentemente ardores intolerables seguidos de melancolías, dado el número de
bellas cortesanas de abundante pechera y de indiferencia glacial con la gente
pobre, que vivían en Constanza para despejar el entendimiento de los padres del
Concilio. Rabiaba por no saber cómo acometer a tan galantes urracas qué
zaherían a los cardenales, abades, comenderos, auditores de la Rota, legados,
obispos, príncipes, duques y margraves, tal como lo hubieran podido hacer con
simples clérigos desprovistos de dinero.
Por la
noche, dichas sus oraciones, intentaba hablarles, aprendiendo a estos efectos
el hermoso breviario del amor. Se hacía preguntas para poder contestar a
cuantos casos pudieran presentársele... Y si, al día siguiente, hacia las
completas, se encontraba con alguna de aquellas ufanas princesas, en buen
punto, repantigada en su litera, escoltada por pajes bien armados, permanecía
boquiabierto, como perro cazando moscas, viendo aquella fría figura que tanto
le abrasaba.
Habiéndole
demostrado claramente el secretario de Monseñor, gentilhombre del Perigord, que
los padres, procuradores y auditores de la Rota compraban con muchos presentes,
no con reliquias o indulgencias, sino con piedras preciosas y oro, el favor de
tener entrada en casa de aquellas encopetadísimas gatas mimadas que vivían bajo
la protección de los señores del Concilio, el pobre turenés, por ser tan
inocente y pazguato, atesoraba en su jergón los escudos de oro que le había
entregado el arzobispo a cambio de trabajos de escritura con la esperanza de
que un día llegaría a tener lo suficiente para poder ver, tan sólo un momento,
a la cortesana de un cardenal, poniéndose por lo demás en manos de Dios.
Iba desnudo
de pies a cabeza y se parecía tanto a un hombre, como una cabra tocada de noche
se parece a una damisela, y dando rienda suelta a sus pasiones, vagaba de noche
por las calles de Constanza, sin preocuparse por su vida; y con gran peligro de
que los soldados le atravesaran el cuerpo, espiaba a los cardenales que
entraban en casa de sus amigas.
Veía
entonces cómo se encendían las velas de cera en las casas y cómo de repente
relucían puertas y ventanas. Oía luego cómo los benditos abades o demás personajes
se reían, bebían y se lo pasaban en grande, enamorados, cantando el Aleluya
secreto y rezando cortos sufragios a la música con la cual se les agasajaba.
Las cocinas hacían milagros, y así se celebraban oficios con buenos pucheros
grasientos y caldosos, maitines con lacones, vísperas con bocados exquisitos y
Laus Deo con dulces... Entonces, terminadas las libaciones, aquellos buenos
curas callaban. En las escalinatas sus pajes jugaban a los dados y en la calle
peleaban las reacias mulas. ¡Qué bien iba todo! Y eso, porque había fe y
religión... ¡He aquí cómo el bueno de Hus fue quemado!... ¿Y la causa...? Ponía
la mano en el plato sin ser convidado. Y además ¿por qué se hizo hugonote antes
que los otros?
Pero
volviendo al gentil Philippe, muy a menudo recibió porrazos y fuertes golpes;
pero el diablo le animaba, haciéndole creer que tarde o temprano le llegaría el
turno de ser cardenal en casa de una de aquéllas.
Su ansia le
enardeció como un ciervo en otoño; y tanto, que una noche se deslizó hasta la
montera de una de las más hermosas casas de Constanza, en la cual había visto a
menudo a oficiales, senescales, lacayos y pajes esperando con antorchas a sus
amos, duques, reyes, cardenales y arzobispos.
"¡Ah!
-pensó-, cuán bella y galante debe ser ésta..."
Un soldado,
debidamente armado, le dejó pasar creyendo que pertenecía al elector de Baviera
que acababa de salir de dicha morada, y que iba a traer un mensaje de dicho
señor.
Philippe de
Mala subió las escaleras, tan ligero como un lebrel, rabiosamente poseído por
el mal de amor, y se dejó llevar por una deleitosa fragancia de perfume hasta
la alcoba donde platicaba con sus mujeres la dueña de la casa, mientras
desabrochaba sus atavíos.
Se quedó
boquiabierto como un ladrón delante de los alguaciles. Estaba la señora sin
sayas ni caperuza. Las doncellas y sirvientas, ocupadas en descalzarla y
desvestirla, dejaban su primoroso cuerpo al desnudo con tal destreza y llaneza
que el cura enardecido soltó un ¡Ah! que desprendía amor.
-Bueno, ¿y
qué deseáis, hijo mío?... -le dijo la señora.
-Entregaros
mi alma... -contestó devorándola con la mirada.
-Podéis
volver mañana -replicó burlándose abiertamente de él. A lo que Philippe, con el
rostro encendido, gentilmente contestó:
-No faltaré.
Se puso a
reír ella como una loca.
El tal
Philippe, desconcertado, se quedó atónito y contento, clavando sobre ella unas
miradas que flecheaban admirables primores de amor, tales como una bella
cabellera que cubría una espalda de marfil pulido, dejando ver, por entre miles
de bucles ensortijados, superficies deliciosas, blancas y resplandecientes.
Llevaba en su frente de nieve un rubí menos feraz en olas de fuego que sus ojos
negros humedecidos por su risa llana. Lanzó incluso su zapato de punta curva,
dorado como un relicario, retorciéndose de tanto reír, y dejando ver al desnudo
su pie, menudo como el pico de un cisne.
Aquella
noche estaba de buen talante, de lo contrario ya hubiera mandado arrojar por la
ventana al gentil tonsurado, sin hacerle más caso que a su primer obispo.
-¡Qué
hermosos ojos tiene, señora!... -dijo una de las sirvientas.
-¿De dónde
saldrá?... -preguntó otra.
-¡Pobre
chiquillo!... -exclamó la señora-. Su madre andará buscándole... hay que
encauzarle de nuevo por el buen camino.
El turenés,
sin perder la cabeza, y mirando la cama de brocado de oro donde iba a posarse
el lindo cuerpo de la meretriz, hizo un gesto de deleite.
Esta furtiva
mirada, llena de jugo y amoroso entendimiento, despertó el antojo de la dama
que, mitad bromeando y mitad prendada del lindo muchacho, le repitió:
-¡Mañana!...
Y le
despidió con un ademán, al cual el propio papa Juan hubiera obedecido, tanto
más cuanto que era como un caracol sin concha, ya que el Concilio acababa de
"despapizarle".
-¡Ah!
Señora, ¡ahí va otro voto de castidad trocado en deseo de amor...! -dijo una de
las sirvientas.
Y las risas
arreciaron como el granizo.
Philippe,
aturdido por la visión de esa criatura más apetitosa que una sirena al salir
del agua, y, dándose cabezazos contra la puerta, se fue, tan torpe como corneja
encaperuzada.
Observó las
siluetas de animales grabadas encima del portalón, volvió luego a casa de su
buen arzobispo, el corazón atiborrado de diablos y sofisticadas las entrañas.
Retirado a su cuartito, se pasó la noche contando los escudos de oro, y por
mucho que contase, siempre salían cuatro. Y como aquello constituía todo su
tesoro, pensaba poder satisfacer a la hermosa dama, entregándole todo lo que
poseía en el mundo.
-¿Qué os
ocurre, Philippe? -díjole el buen arzobispo, inquieto por el desasosiego y los
¡Ay! ¡Ay! de su clérigo.
-¡Ay...!
¡Monseñor! -contestó el pobre cura-, ¡me maravilla cuánto pesa en mi corazón
una mujer tan ligera y tan dulce!
-¿Y cuál?
-replicó el arzobispo, dejando el breviario que leía para los demás el santo
hombre.
-¡Ay,
Jesús!, vais a regañarme, mi buen amo y protector, pues la dama a la que he
visto es por lo menos la de un cardenal... Me eché a llorar al ver que para
ella me faltaría más de un inmundo escudo, aunque me otorgarais el favor de
convertirla al bien. . .
El
arzobispo, frunciendo el acento circunflejo que tenía encima de la nariz, no
chistó.
Entonces el
humildísimo y respetuoso cura sintió su cuerpo estremecerse por la confesión
hecha a su superior.
Pero,
repentinamente, el santo hombre le dijo:
-¿De veras,
tan cara es?
-¡Ah!
-replicó-, ha hecho caer muchas mitras y se ha tragado muchos báculos...
-¡Pues bien,
Philippe!, si quieres renunciar a ella te regalaré treinta monedas de oro del
dinero para los pobres.
-¡Ah,
Monseñor!, ¡cuánto perdería...! -contestó el muchacho, consumido por la
rastrillada tan deseada.
-¡Oh,
Philippe!... -dijo el buen bordelés-, ¿quieres, pues, como todos nuestros
cardenales, entregarte al demonio y desagradar a Dios?
Y el amo,
afligido por el dolor, se puso a rezar para que Saint Gatien, patrono de los
pazguatos, salvara a su criado.
Obligándole
a arrodillarse, le dijo también que se encomendara a Saint Philippe; pero el
condenado cura imploró en voz baja al santo que le impidiese flaquear, si
mañana, le recibiera la dama a merced y misericordia.
Y el buen
arzobispo, oyendo el fervor de su fámulo, gritaba:
-¡Animo,
muchacho!, ¡Dios te ayudará!
Al día
siguiente, mientras Monseñor despotricaba en el Concilio contra el impúdico
modo de vida de los apóstoles de la cristiandad, Philippe de Mala se gastaba
las monedas ganadas con mucho trabajo, en perfumes, baños, sudaderos y demás
prendas. Tanto se engalanó que parecía el querido de una mujer caprichosa. Bajó
a la ciudad para reconocer la morada de la reina de su corazón, y cuando
preguntó a los transeúntes a quién pertenecía dicha morada, se mofaban de él,
diciéndole:
-¿De dónde
saldrá este sarnoso que no ha oído nombrar a la bella Imperia?... Al oír este
nombre, y percatarse de aquella horrenda trampa en la que, por su propia
voluntad, había caído, pensó despavorido haberse desprendido de sus escudos
para el diablo.
Imperia era
la más preciosa y caprichosa de las mujeres de mundo, además de pasar por ser
la más inteligentemente bella y la que mejor se las componía para engatusar a
los cardenales, galantear a los más rudos soldados y opresores de pueblos. Era
dueña de valerosos capitanes, arqueros y señores, deseosos de servirla en todo.
Con sólo una palabra podía acabar con la vida de aquellos que se mostraban
impertinentes. La derrota de un hombre no le costaba más que una gentil
sonrisa; y a menudo por muy Señor de Baudricourt que era, un capitán del Rey de
Francia le preguntaba, haciendo burla de los abades, si aquel día debía matar a
alguien para ella.
Excepto los
potentados del alto clérigo con los cuales Doña Imperia componía finalmente su
ira, los tenía a todos bajo su férula por la virtud de su pico y de sus
amorosos modales, que tenían a los más virtuosos e insensibles apresados como
los pajarillos en liga. Por eso, vivía tan querida y respetada como las
verdaderas damas y princesas, y se le daba el trato de señora...
Por lo que
el buen emperador Segismundo a una verdadera y casta señora que de aquello se
quejaba contestó:
-Que, ellas
damas de pro, respetaban las prudentes costumbres de la santa virtud; y la
Señora Imperia los tan dulces desvaríos de la diosa Venus.
Palabras
cristianas que disgustaron mucho, y sin razón, a aquellas damas. Philippe,
pues, volviendo a pensar en el rico manjar que sus ojos habían devorado la
víspera, supuso que aquí se había acabado la fiesta. Entonces se puso triste y
sin comer ni beber, esperando la hora, se paseó por la ciudad. Iba apuesto y
galano, lo suficiente como para encontrar a otras menos reacias a la montera
que la señora Imperia.
Entrada la
noche, el gentil turenés, erguida la cabeza de orgullo, cubierto por un caparazón
de deseos y azotado por sus ¡Ayes! que le abrasaban, se deslizó como una
anguila en la morada de la verdadera reina del concilio; pues ante ella venían
a inclinarse todas las autoridades, hombres sabios y prohombres de la
cristiandad.
El mayordomo
no le reconoció e iba a echarle cuando la doncella dijo desde lo alto de la
escalinata:
-¡Señor
Imbert, es el muchachito de la señora!...
Y el pobre
Philippe, colorado como una noche de nupcias, de felicidad y alegría, subió a
trompicones la escalera de caracol. La doncella, cogiéndole de la mano, le
llevó hacia la sala donde la señora, ligeramente ataviada, piafaba ya, como
valiente mujer en espera de lo mejor.
La
deslumbrante Imperia estaba sentada cerca de una mesa cubierta de manteles
felpudos, adornados de oro, con todo el aparejo dispuesto para la mejor
bebería. Frascos de vino, cuencos para beber ya dispuestos, botellas de
hipocrás, vasijas de gres llenas de buen vino de Chipre, cajitas repletas de
especias, pavos asados, salsas verdes, lacones salados, hubieran podido alegrar
la vista del galán si no hubiera amado tanto a la señora Imperia.
Y ésta se
dio cuenta claramente de que los ojos del curita sólo la miraban a ella, y
aunque estuviera acostumbrada a las impías devociones de la gente de iglesia,
se alegró mucho, puesto que durante la noche se había vuelto loca pensando en
el muchacho que todo el día le había tenido el corazón ocupado.
Ya habían
sido cerradas las ventanas, y la señora estaba dispuesta y ataviada como para
honrar a un príncipe del Imperio... Así pues, el bribonzuelo, beatificado por
la sacrisanta belleza de Imperia, se dio cuenta de que, ni emperador, ni
burgrave, ni incluso cardenal a punto de ser elegido papa, podrían con él,
pobre curita, que en su barjoleta sólo albergaba el diablo y el amor.
Se las echó
de gran señor y ponderó su mérito saludándola con una cortesía que nada tenía
de necia. Fue entonces cuando la dama le dijo, agasajándole con una ardiente
mirada:
-Sentaos a
mi vera, que vea si habéis cambiado desde ayer.
-¡Oh,
claro!... -contestó.
-¿Y en
qué?... -dijo ella.
-Es que ayer
-repitió el muy astuto-, yo os amaba, pero ahora nos amamos; y de miserable y
pobre, me he convertido en un ser más rico que un rey.
-¡Oh,
chiquillo, chiquillo!... -exclamó ella alegremente-, sí que has cambiado pues
bien veo que de joven cura has pasado a ser un diablo viejo.
Muy juntos
se recostaron delante de un hermoso fuego que por doquier iba a esparcir
igualmente su embriaguez. Estaban siempre dispuestos a comer, acariciándose con
la mirada, pero sin nunca probar bocado... Estaban por fin instalados en su
felicidad y contento, cuando se oyó un ruido desagradable en la puerta de la
señora, como si allí gente peleara y chillara.
-Señora
-dijo la joven sirvienta apresuradamente-, ¡vaya la que nos cae encima!. . .
-¡Pues qué!
-exclamó ella, en el tono altivo de un tirano, echando pestes al verse
interrumpido.
-El obispo
de Coire quiere hablaros...
-¡Que el
diablo le desuelle!... -contestó, mirando a Philippe con ojos mimosos.
-Señora, ha
visto luz por las ranuras y arma gran alboroto...
-Dile que
tengo fiebre y no mentirás, porque me consumo por este curita que me tiene
prendida el alma. -Al acabar sus palabras, mientras apretaba con devoción la
mano de Philippe, cuya piel ardía, apareció jadeante e iracundo el panzudo
obispo de Coire.
Le seguían
sus lacayos, llevando una trucha, canónicamente salmonada y recién sacada del
Rin, que yacía en una fuente de oro. Le acompañaban especias en sus
maravillosas cajitas y otras golosinas tales como licores y compotas hechas por
las santas monjas de sus abadías.
-¡Ah, ah!
-gritó con su vozarrón-, aún me queda tiempo antes de reunirme con el diablo,
sin que me hagáis desollar vivo por él, mi querida niña...
-Vuestro
vientre será un día una espléndida vaina para una espada -respondió ella,
frunciendo el ceño, y sus cejas, de agradables y hermosas, se volvieron tan
duras que hacían estremecer.
-¿Y este
monaguillo, viene ya para la ofrenda? -dijo con insolencia el obispo, su ancha
y rubicunda cara vuelta hacia el lindo Philippe.
-Monseñor,
aquí estoy para confesar a la señora.
-¡Oh! ¡Oh!
¿Desconoces, pues, los cánones?... Confesar a las señoras a estas horas de la
noche es un derecho reservado a los obispos. Por lo tanto, lárgate, vete a
pasturar con simples monjes y no vuelvas más por aquí, so pena de excomunión.
-¡No os
mováis!... -rugió Imperia, más embellecida por la ira que por el amor, pues su
belleza era a la vez amor e ira-. Quedaos, amigo mío, ésta es vuestra casa.
Supo
entonces cuán amado era.
-¿No dicen
el breviario y la enseñanza evangélica que en el valle de Josafat iguales ante
Dios seréis? -le preguntó ella al obispo.
-Es una invención
del diablo que ha alterado la Biblia. Pero sí, escrito está... -respondióle el
zopenco obispo de Coire, deseoso de sentarse a la mesa.
-¡Pues
bien!, iguales sois ante mí, que soy vuestra diosa en este bajo mundo -añadió
Imperia-; si no, haré que os estrangulen con delicadeza, un día, entre cabeza y
hombros... os lo juro por el santo poder de mi tonsura que bien vale la del
papa...
Y deseosa de
que la trucha, con su fuente, las cajitas y los dulces participaran en el
ágape, prosiguió hábilmente:
-Sentaos y
bebed.
Pero la
astuta mujer, que de engaños sabía un rato, guiñó el ojo a su joven amigo para
decirle que no hiciese caso de este alemán, puesto que el vino iba a hacer
pronto de justiciero.
La doncella
acomodó y enredó al obispo a la mesa, mientras Philippe, que de rabia no podía
abrir el pico, pues veía cómo se esfumaba su felicidad, entregaba al obispo a
más diablos que monjes hay en vida.
Habían
llegado, hacía rato, a media comida, y el joven cura, hambriento sólo de
Imperia, cerca de quien se acurrucaba sin decir palabra, no había probado aún
bocado, pero sí le hablaba con aquel lenguaje sin puntos, comas, letras,
figuras, caracteres, notas o imágenes tan bien entendido por las damas.
El panzudo
obispo, bastante sensual y muy cuidadoso de esta piel de clérigo, en la cual su
difunta madre le había cosido, dejaba que la delicada mano de la dama le
sirviera abundantemente el hipocrás; y estaba ya con su primer hipo, cuando un
gran ruido de cabalgada escandalizó la calle.
El número de
caballos, los ¡So! ¡So! de los pajes, demostraba que llegaba algún príncipe,
lleno de furia amorosa.
Y, de hecho,
irrumpió seguidamente en la sala el Cardenal de Raguse, a quien los servidores
de Imperia no se habían atrevido a negar la entrada.
Ante tan
triste suceso, la pobre cortesana y su muchachito experimentaron la vergüenza y
el desengaño de los leprosos de antaño, pues querer desbancar al cardenal era
tentar al diablo, ya que, además, no se sabía entonces quién iba a ser papa,
habiendo los tres pretendientes renunciado a la birreta en provecho de la
cristiandad. El cardenal, italiano astuto, muy barbudo, gran sofista que
dirigía a su antojo el concilio, adivinó sin tener que esforzar demasiado su
entendimiento, el alfa y omega de esta aventura. No tardó ni un solo instante
en saber cómo actuar para dejar bien hipotecados sus impetuosos arranques.
Llegaba movido por un apetito de monje y con tal de hartarse, era hombre capaz
de estoquear a dos frailes y de vender su trozo de santa cruz; cosa que no hay
que hacer.
-¡Oye,
amigo! -dijo a Philippe-, acércate.
El pobre
turenés, más muerto que vivo, sospechando que el diablo se inmiscuía en sus
asuntos, se levantó y dijo al temible cardenal:
-¿Qué manda
vuestra merced?..
Éste,
cogiéndole del brazo, se lo llevó a la escalera y mirándole a los ojos, le dijo
sin demora:
-¡Válgame
Dios! Tú eres un buen muchachito y no me agradaría que por mí se enterara tu
amo de los disgustos que tu vientre va a causar... Mi gozo podría costarme
piadosas fundaciones en mi vejez... Así que elige, o casarte con una abadía
para el resto de tus días, o con la señora esta noche, para morir mañana....
El pobre
turenés, desesperado, le dijo:
-¿Y amainado
vuestro ardor, Monseñor, me será posible volver? Al cardenal le costó
enfadarse; sin embargo, severamente añadió:
-Escoge, ¿la
horca o la mitra?
-¡Ah!
-contestó astutamente el cura-, una buena e importante abadía...
Al oír estas
palabras, el cardenal entró en la sala, cogió una escribanía, y garabateó sobre
un trozo de pergamino una cédula para el enviado de Francia.
-Monseñor
-le dijo el turenés mientras aquél escribía el nombre de la abadía-, el obispo
de Coire no será tan breve en su salida como yo, pues tiene tantas abadías como
tabernas en la ciudad tienen los soldados y además está ahora gozando de las
glorias del Señor, así pues, para agradeceros tan buena abadía, me parece que
os debo un consejo... Sabéis, por lo demás, cuán malévolo y contagioso es este
cólera morbo que cruelmente castiga a París. Pues decidle que acabáis de
asistir a vuestro buen y viejo amigo, el arzobispo de Burdeos; con eso haréis
que se largue como paja al viento.
-¡Oh! ¡Oh!
-exclamó el cardenal-. Mereces mucho más que una abadía, ¡válgame Dios,
amiguito!, ahí van cien escudos de oro para tu viaje a la abadía de Turpenay,
ganada ayer al juego y que, dadivosamente, te concedo.
Al oír estas
palabras y viendo desaparecer a Philippe de Mala, sin haber recibido la
deleitosa mirada cargada de amorosa quintaesencia que de él esperaba, la
leonina Imperia, resoplando como un delfín, adivinó toda la cobardía del cura.
No era aún lo suficientemente católica como para perdonar a su amante el
haberse burlado de ella sin saber aceptar la muerte para satisfacer sus
caprichos. Entonces la muerte de Philippe quedó grabada en la mirada de víbora
que le lanzó para insultarle, lo que alegró al cardenal pues el libertino
italiano comprendió que recobraría pronto su abadía.
El turenés,
sin preocuparse lo más mínimo de la tormenta, se escabulló calladamente, con
las orejas gachas como perro mojado echado a patadas de Vísperas.
Del corazón
de la señora salió un profundo suspiro. De buena gana, de tenerlo a su alcance,
hubiera apañado a todo el género humano, pues el fuego que la poseía se le
había subido a la cabeza, y, en el aire a su alrededor, centelleos de llamas
brotaban. Y motivo había, puesto que era la primera vez que un cura hacía burla
de ella.
Por eso
sonreía el cardenal, pensando que de ello sacaría más felicidad y gozo. ¿No era
él un compañero muy astuto? Por eso llevaba la birreta roja.
-¡Ah!,
estimado compadre -dijo al obispo-, me alegra estar en vuestra compañía, y me
complace haber conseguido echar a ese fámulo indigno de la señora, puesto que
si os hubierais acercado a él, mi linda y fogosa cervatilla, hubierais podido
fenecer indignamente por culpa de un simple cura.
-¿Cómo
pues?. . .
-Es el
escribano de Monseñor el Arzobispo de Burdeos y al buen hombre le ha cogido
esta mañana el contagio.
El arzobispo
abrió la boca como si hubiera querido tragarse un queso.
-¿Y cómo os
habéis enterado?... -preguntó.
-Si he de
decir la verdad -dijo el cardenal cogiendo la mano del buen alemán-, acabo de
administrarle y consolarle. A estas horas, el buen hombre viaja, viento en
popa, hacia el paraíso.
El obispo de
Coire demostró cuán ligeros son los hombres gordos, pues a la gente panzuda
Dios les concedió la gracia de tener, en recompensa de sus trabajos, tubos
interiores elásticos como globos.
Pues dicho
obispo dio un salto hacia atrás, jadeando, sudando y tosiendo como un buey que
encuentra plumas en su comida. Luego, habiéndose puesto lívido de golpe, bajó
rodando las escaleras sin despedirse siquiera de la señora.
Cerrada la
puerta tras el obispo que se fue corriendo por las calles, Monseñor de Raguas
se puso a reír con ganas de chancearse.
-¡Ah!, linda
mía, ¿no te parezco digno de ser papa, y mejor aún ser esta noche tu galán?...
Pero, al ver
cuán preocupada estaba Imperia, se acercó a ella para abrazarla dulcemente y
mimarla como suelen hacerlo los cardenales, gente que echan las campanas al
vuelo mejor que todos, incluso mejor que los soldados, puesto que viven en el
ocio y no desgastan sus impulsos vitales.
-¡Ah!, ¡ah!
-dijo retrocediendo-, quieres matarme, metropolitano loco, lo que más os
importa es vuestro regodeo, malvado rufián, y mi caso es cosa secundaria. Que
tu placer me mate y me canonizas, ¿verdad? ¡Ah!, tenéis el cólera morbo y
queréis gozarme. Date la vuelta y cambia de rumbo, monje desprovisto de sesos y
no intentes tocarme -dijo viendo cómo se acercaba a ella- si no te clavo este
puñal.
Y la astuta
comadre sacó de su limosnera un lindo estilete con el cual hacía maravillas en
casos oportunos.
-Pero, cielo
mío, linda mía -dijo el otro riéndose-, ¿que no ves la astucia? ¿Cómo entonces
ahuyentar a este viejo buey obispo de Coire?
-¿Sí...?, si
me quisierais, bien lo vería yo -contestó-, quiero que salgáis en el acto. Si
la enfermedad os ha pillado, poco os importa mi muerte. Os conozco bastante
para saber cuán caro pagaría un instante de placer a la hora de vuestro
fallecimiento, ¡inundaríais la tierra! Ya, ya, bastante os habéis jactado
estando ebrio de ello. Pues yo sólo quiero a mi persona, a mis tesoros, a mi
salud... ¡Marchaos, y si no tenéis las entrañas heladas por el cólera,
volveréis mañana! Hoy te odio, mi buen cardenal -dijo con una sonrisa.
-¡Imperia!
-exclamó el cardenal-. ¡No te burles de mí...!
-No
-replicó-, no me burlo nunca de las cosas santas y sagradas.
-¡Ah, ramera
ruin, te excomulgaré!... Mañana...
-¡Santo
Dios!, ¡estáis fuera de vuestro sentido cardenalesco!
-¡Imperia,
condenada hija del diablo! Eh, calma, calma, ¡hermosa mía!...
-Perderéis
el respeto, no os arrodilléis. ¡Vaya por Dios!...
-¿Quieres
una dispensa in articulo mortis? ¿quieres mi fortuna, o mejor aún, un trozo de
la Santa y Vera cruz? ¿Quieres...?
-Esta noche
todas las riquezas del cielo y de la tierra no podrían comprar mi corazón
-dijo, riéndose. Sería la última de las pecadoras, indigna de recibir el cuerpo
de Nuestro Señor Jesucristo, si no tuviera mis antojos.
-¡Prenderé
fuego a tu casa, bruja, me has hechizado! ¡Perecerás en la hoguera! Escúchame,
mi amor, mi gentil pecadora, te doy palabra de que tendrás en el cielo un
hermoso lugar, ¿Qué dices?... ¡No! ¡Muera!... ¡Muera!... ¡la bruja!
-¡Oh!, ¡oh!
Os mataré, Monseñor...
Y el
cardenal reventó de rabia.
-Perdéis el
juicio -dijo-, marchaos, os estáis cansando.
-Seré papa y
me pagarás esta pendencia.
-No por eso
dejaréis de tener la obligación de obedecerme.
-¿Qué hace
falta esta noche para complacerte?
-Salir.
Y de un
salto, ligero como el de un aguzanieves, entró en su alcoba, echó el cerrojo,
dejando rabioso al cardenal que no tuvo más remedio que largarse.
En cuanto la
bella Imperia, sentada a la mesa delante del hogar, se vio sola, dijo rompiendo
todas sus cadenitas de oro:
-¡Por todos
los cuernos del diablo, si el muchachito me ha hecho cometer esta sandez para
con el cardenal y si me expongo a verme envenenada mañana, sin que disponga de
él hasta saciarme, no me moriré sin haberle visto desollado vivo ante mí...
¡Ah! -Llorando entonces a lágrima viva, exclamó:
"¡Qué
vida tan desgraciada!, y la poca felicidad que de tiempo en tiempo me cae, me
cuesta un trabajo de perros, además de mi salvación. -Desembuchó cuanto sentía,
bramando como ternera que matan, cuando vio en su espejo de Venecia, surgiendo
de detrás de ella, la cara rojiza del curita que, con mucha destreza, se había
escondido.
-¡Ah! -dijo
ella-, eres el fraile más perfecto, más lindo, más frailengo que jamás haya
fraileado por esta santa y amorosa ciudad de Constanza. ¡Ah!, ven, mi gentil
caballero, mi hijo querido, mi barrigudo, mi paraíso de deleites, quiero beber
tus ojos, comerte, matarte de amor. ¡Oh!, mi floreciente, frondoso y eterno
dios... Descuida que de pequeño sacerdote te voy a hacer Rey, Emperador, Papa,
y más feliz que todos ellos. Anda, aquí puedes poner todo a sangre y a fuego.
Tuya soy, y te lo demostraré, pues serás pronto cardenal, aunque, para teñir de
carmín tu birreta, tenga que verter toda la sangre de mi corazón.
Y,
temblándole la mano de felicidad, llenó de vino griego el cuenco de oro que
había traído el panzudo obispo de Coire, lo presentó a su amigo, y ella, cuya
chinela era más preciada por los príncipes que la del Papa, quiso servirle de
rodillas.
Pero él la
miraba con ojos tan hambrientos de amor que ella, estremeciéndose de placer, le
dijo:
-¡Vamos, cállate, chiquillo! ¡Cenemos...!
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