CONDE LEÓN TOLSTOI

 

EL SITIO DE SEBASTOPOL

 

DICIEMBRE DE 1854.

 

El crepúsculo matutino colorea el horizonte hacia el monte Sapun; la superficie del mar, azul obscura, va surgiendo de entre las sombras de la noche y sólo espera el primer rayo de sol para cabrillear alegremente; de la bahía, cubierta de brumas, viene frescachón el viento; no se ve ni un copo de nieve; la tierra está negruzca, pero la escarcha hiere el rostro y cruje bajo los pies. Sólo el incesante rumor de las olas. interrumpido a intervalos por el estampido sordo del cañón, turba la calma del amanecer.

En los buques de guerra todo permanece en silencio. El reloj de arena acaba de marcar las ocho, y hacia el Norte la actividad del día reemplaza poco a poco a la calma de la noche. Aquí, un pelotón de soldados que va a relevar a los centinelas; óyese el ruido metálico de sus fusiles; un médico, que se dirige apresuradamente hacia su hospital; un soldado que se desliza fuera de su choza para lavarse con agua helada el rostro curtido, y vuelta la faz a Oriente reza su oración, acompañada de rápidas persignaciones. Allá, enorme y pesado furgón de crujientes ruedas, tirado por dos camellos, llega al cementerio donde recibirán sepultura los muertos que, apilados, llenan el vehículo. Al pasar por el puert, produce desagradable sorpresa la mezcla de olores; huele a carbón de piedra, a estiércol, a humedad, a carne muerta.

Mil y mil objetos varios; madera, harina, gaviones, carne, vénse arrojados en montón por todas partes.  Soldados de diferentes regimientos, unos con fusiles y morrales, otros sin morrales ni fusiles, agólpanse en tropel, fuman, discuten y transportan los fardos al vapor atracado junto al puente de tablas y próximo a zarpar. Botes y lanchas particulares llenos de gente de todas clases, soldados, marinos, vendedores y mujeres, abordan al desembarcadero y desatracan de él sin cesar.

-Por aquí, Vuestra, Nobleza; a la Grafskaya!- y dos o tres marineros viejos, de pie en sus botes, os ofrecen sus servicios. Escogéis el más próximo, pasando sin pisar sobre el cadáver medio descompuesto de un caballo negro sumergido en el fango a dos pasos de la barquilla, y vais a sentaros a popa, cogiendo la caña del timón. Os alejáis de la ribera; en torno vuestro brilla el mar herido por el sol de la mañana; ante vos un atezado marinero envuelto en su gabán de piel de camello y un muchacho de cabellera rubia reman rápidamente. Dirigís la vista hacia los buques gigantescos de casco pintado a franjas, por la rada esparcidos; a las lanchas, puntos negros que bogan sobre el azul rielante de las olas, a los lindos edificios de la ciudad, de colores claros que el sol naciente tiñe de sonrosado matiz; a la línea blanca de espuma que rodea el rompeolas y los barcos sumergidos, de los que surgen tristemente sobre la superficie del agua las negras puntas de los mástiles; hacia la escuadra enemiga, que sirve de faro en el lejano cristal de las aguas, y en fin, a las ondas rizadas en que juguetean los glóbulos salinos que los remos hacen saltar con sus golpeteos. Y oís al propio tiempo el sonido uniforme de las voces que el agua os trae, y el tronar grandioso del cañoneo, que parece ir aumentando en Sebastopol.

Y ante la idea de que estáis asimismo en el propio Sebastopol sentís invadida el alma por una sensación de orgullo y valentía, y la sangre circula con mayor rapidez en vuestras venas.

-Vuestra Nobleza, vía al Constantino - os dice el marinero volviéndose para rectificar el rumbo que con el timón dais al bote.

-¡Toma! Conserva aún todos sus cañones exclama el muchacho rubio, mientras que la lancha se desliza junto al costado del navío.

-Es nuevo; debe tenerlos todos; Korniloff ha estado en él -replica el viejo, examinando a su vez el buque de guerra.

-¡Allí ha reventado! -grita el chico tras un rato de silencio, fijando los ojos en una nubecilla blanca de humo que se disipa tras aparecer súbitamente en el cielo sobre la bahía del Sur, acompañada del ruido estridente que produce la explosión de una granada.

-Es de la batería nueva que tira hoy - añade el marino, escupiéndose tranquilamente en las manos.

-¡Vamos, Nichka, boga!, a adelantarnos a aquella lancha.

Y el bote surca rápidamente la amplia superficie ondulada de la bahía; deja atrás un macizo lanchón cargado de sacos y de soldados, inhábiles remeros que maniobran torpemente, y aborda por fin el centro de los numerosos buques amarrados a tierra en el puerto de la Grafskaya. Por el muelle circulan multitud de soldados con capote gris, marineros de chaquetón negro y mujeres con trajes de colores vivos. Campesinas, vendedoras de pan, labriegos que junto a su samovar ofrecen sbitenel caliente a sus parroquianos. Sobre los primeros escalones del desembarcadero aparecen, formando montón, balas de cañón oxidadas, bombas, metralla, cañones de fundición de diferentes calibres; más lejos, en una extensa plaza, vénse en tierra enormes maderos, cureñas, afustes, soldados dormidos, y junto a todo esto, carretas, caballos, cañones, armones de artillería, haces de fusiles de infantería, y después más soldados en movimiento, marinos, oficiales, mujeres y niños; carretones cargados de pan, sacos y barricas, un cosaco a caballo y un General que atraviesa la plaza en drocki. A la derecha, en la calle, se eleva una barricada, y en sus troneras, cañones de reducido calibre junto a los cuales sentado un marinero, fuma tranquilamente su pipa. A la izquierda, un edificio de buen aspecto sobre cuyo frontis aparece un rótulo en letras romanas, y a sus pies soldados y camillas manchadas de sangre: los tristes vestigios del campo del combate en tiempo de guerra, saltan por doquier a la vista. La primera impresión es, a no dudar, desagradable; tan extraña mezcla de la vida urbana con la campestre, de la elegante ciudad y el vivac fangoso, no tiene nada de atractiva y os choca con su horrible contraste; hasta os parece que todos, presos del terror, se agitan en el vacío. Pero examinad de cerca el rostro de aquellos hombres que en rededor nuestro se mueven, y hablaréis de otro modo. Fijaos bien en aquel soldado del tren que lleva a beber los caballos bayos de su troika, tarareando entre dientes, y veréis que no se extraviará entre la turba, revuelta, que por lo visto no existe para él; atento solamente a su obligación, cumplirá de seguro su deber, cualquiera que sea: conducir sus caballos al abrevadero o arrastrar un cañón, con tanta tranquilidad e indiferente aplomo como si estuviera en Tula o Saransk. Encontraréis igual expresión en la cara de aquel oficial que pasa ante vos con guantes de irreprochable blancura; del marinero que fuma su pipa, sentado sobre la barricada; de aquellos soldados disciplinarios que esperan con las camillas a la entrada de lo que fue un tiempo sala de Asamblea, y hasta en el rostro de aquella muchacha que atraviesa la calle saltando de un adoquín a otro por temor de ensuciarse el vestido color de rosa. Sí, decepción grande os espera a vuestra llegada a Sebastopol.

En vano procuraréis descubrir en cualquier fisonomía señales de agitación, de sobresalto, ni siquiera de entusiasmo, de resignación a la muerte, de resolución; no hay nada de eso. Veréis el trajín de la vida ordinaria: gentes ocupadas en sus labores diarias, de modo que os reprocharéis vuestra exaltación exagerada, poniendo en duda, no sólo, la exactitud de la opinión que por los relatos formasteis acerca del heroísmo de los defensores de Sebastopol, sino la veracidad de la descripción que os han hecho del extremo Norte, y hasta de los ruidos ensordecedores que llenan el aire. Sin embargo, antes de dudar, subid a un baluarte, ved a los defensores de la plaza, en el lugar mismo de la defensa, o mejor aún, entrad directamente en aquel edificio a cuya, puerta están los camilleros, y contemplaréis a esos defensores de Sebastopol, y presenciaréis espectáculos horribles y tristísimos, grandiosos y cómicos, pero conmovedores y propios para elevar el alma. Entrad, pues, en el salón que hasta la guerra sirvió para las sesiones de la Asamblea. Apenas hayáis abierto la puerta, cuando el olor queexhalan cuarenta o cincuenta amputados os asfixiara. No cedáis al sentimiento que os detiene en el umbral de la sala; es un sentimiento vergonzoso; avanzad resueltamente, no os ruboricéis por haber venido a ver a aquellos mártires; aproximaos a ellos y habladles; los infelices ansían ver un rostro compasivo, referir sus sufrimientos y escuchar palabras de caridad y de simpatía. Al pasar por el centro, entre las camas, buscáis con la vista el rostro menos austero, menos contraído por el dolor. Al encontrarlo, os decidís a interpelarlo, a preguntar.

-¿Dónde estás herido? -interrogáis con timidez a un veterano de rostro demacradísimo que se halla sentado sobre un lecho, y cuya cordial mirada os viene siguiendo y parece, invitaros a que os aproximéis a él. Y digo que habéis preguntado con timidez, porque la vista del que sufre, inspira no tan sólo viva piedad, sino yo no sé qué temor de molestarlo, unido a profundo respeto.

-En el pie -responde el soldado, y no obstante, reparáis bajo los pliegues de la ropa que la pierna le fue cortada por bajo de la rodilla. ¡Gracias a Dios -añade,- me darán el alta!

-¿Hace mucho que estás aquí?

-Esta es la sexta semana.

-¿Dónde te duele ahora?

-Nada me duele ya. Sólo a veces en la pantorrilla,cuando hace, mal tiempo: fuera de eso, nada.

-¿Cómo fue?

-En el quinto baluarte, Vuestra Nobleza; en el primer bombardeo. Acababa de apuntar el cañón y me dirigía tranquilamente a otra cañonera, cuando de pronto el golpe me hirió en el pie. Creí caer en un agujero. Miro, y ya no había pierna.

-¿No sentiste dolor en el primer momento?

-Nada; únicamente como si me escaldaran la pierna.

-¿Y después?

-Después nada; sólo cuando extendieron la piel me escoció algo. Sobre todo, Vuestra Nobleza, no hay que pensar; cuando no se piensa no se siente nada; cuando el hombre piensa, es peor.

A todo esto, una buena mujer, vestida de gris y con un pañuelo negro anudado a la cabeza, se aproxima, se mezcla en vuestra conversación y se pone a contaros detalles sobre el marinero; cuánto había padecido y cómo se desesperó de salvarlo durante cuatro semanas y cómo, cuando lo traían herido, hizo detener la camilla para ver bien la descarga de nuestra batería, y cómo los grandes Duques habían hablado con él, dándole veinticinco rublos, y respondiéndoles él que no pudiendo ya ser útil lo que quería era, volver al baluarte a instruir a los reclutas. Y contándoos todo esto de un tirón la excelente mujer, cuyos ojos brillan de entusiasmo, os contempla y mira al, que se vuelve de espaldas, y hace como que no oye lo que ella dice, ocupado en peinar hilas sobre su almohada.

-Es mi esposa, Vuestra Nobleza -dice por fin el hombre con una entonación que parece significar, «hay que excusarla, todo eso es charlatanería de mujeres; ya sabéis, tonterías, vaya!» Entonces comenzáis a comprender lo que son los defensores de Sebastopol, y os avergonzáis de vosotros mismos en presencia de aquel hombre: quisierais expresarle toda vuestra admiración, todas vuestras simpatías, pero las palabras no acuden o las que se os ocurren nada dicen, y os limitáis a inclinaros en silencio ante aquella grandeza inconsciente, ante aquel temple de alma y aquel exquisito pudor del propio mérito.

-Bueno. Que Dios te cure pronto -decís, y os detenéis ante otro paciente acostado en tierra y que parece esperar la muerte presa de horribles dolores. Es rubio; veis su rostro pálido, abotargado; tendido de espaldas, con la mano izquierda hacia atrás, su posición revela lo agudo de sus sufrimientos. Seca, y abierta la boca, deja pasar trabajosamente la respiración silbante; sus papilas azules y vidriosas tienden a ocultarse tras de los párpados, dejándolo en blanco los ojos, y de la colcha arrugada sale un brazo mutilado, envuelto en vendajes. Os emponzoña el olor nauseabundo de cadáver, y la fiebre que devora y abrasa los miembros del agonizante parece penetrar en vuestro propio cuerpo.

-¿No tiene conocimiento? -preguntáis a la mujer que os acompaña afectuosamente y para la cual ya no sois un extraño.

-No, conoce aún, pero, está muy malo. -Y añade en voz baja: -Le he dado un poco de te hace rato; no es nada mío, pero a una le da lástima, ¿no es verdad? Pues bien, a duras penas ha podido beber algunas cucharadas.

-¿Cómo estás? -le preguntáis.

Al sonido de vuestra voz sus pupilas se vuelven hacia vosotros, pero el herido ya no ve ni entiende nada.

-¡Esto abrasa el corazón! -murmura.

Algo más lejos, un veterano se muda de ropa. Su rostro y su cuerpo aparecen de idéntico atezado color y con demacración de esqueleto. Fáltale un brazo, desarticulado por el hombro; se halla sentado sobre la cama; está ya restablecido, pero en su mirada sin brillo, sin vida, en su espantosa delgadez, en su faz arrugada, comprendéis que aquel pobre ser pasó ya la parte mejor de su existencia padeciendo.

En la cama de enfrente divisáis el semblante pálido, delicado, contraído por el dolor, de una mujer cuyas mejillas enciende la calentura.

-Es la mujer de un marinero -os dice vuestra guía. -Iba a llevar la comida a su marido y una granada la hirió en el pie.

-¿Y la han amputado?

-Por encima de la rodilla.

Y ahora, si vuestros nervios son firmes, entrad allí abajo, a la Izquierda. Es la sala de las operaciones y de las curas. Hallaréis a los médicos con el hasta el codo, Junto al lecho de un herido, que tumbado, con los ojos abiertos, delira, bajo la influencia del cloroformo pronunciando frases entrecortadas, sin interés las unas, las otras lastimeras. Los médicos atienden a su faena repulsiva pero bienhechora: la amputación. Veréis la hoja curva y tajante introducirse en la carne sana y blanca, y al herido volver en sí súbitamente con desgarradores gritos e impresiones, y al ayudante arrojar en un rincón el brazo amputado, mientras que aquel otro herido que desde su camilla presencia la operación, tuércese y gime, más a impulsos del martirio moral por la espera producido, que del sufrimiento físico que ha de soportar. Contemplaréis escenas espantosas, angustiosísimas; veréis la guerra sin el correcto y lucido alineamiento de las tropas, sin músicas, sin redoblar de tambores, sin estandartes flameando al viento, sin Generales caracoleando sobre sus corceles; la veréis tal y como es, ¡en la sangre, en los sufrimientos, en la muerte! Al salir de aquella morada del dolor, experimentaréis de seguro cierta impresión de bienestar, respirando a bocanadas el aire fresco, y os regocijaréis al sentiros bueno y sano, pero a la vez la contemplación de aquellos males os habrá convencido de vuestra nulidad, y entonces, con firmeza, y sin vacilaciones podréis subir al baluarte.

-¿Qué son -os diréis- los sufrimientos y la muerte de un gusano como yo, junto a tantos sufrimientos, a tan innumerables muertes? Pronto, además, el aspecto del puro cielo, del sol resplandeciente de la pintoresca ciudad de la iglesia abierta, de los militares que van y vienen en todas direcciones, vuelve vuestro espíritu a su estado normal, a su habitual apatía, y la preocupación de lo presente y de sus menudos intereses sobrepónese otra vez a todo. Podrá ser que encontréis en vuestro camino el entierro de un oficial; un ataúd color de rosa, seguido de músicas y banderas desplegadas, y el vibrante cañoneo en los baluartes puede ser que llegue a vuestros oídos, pero los pensamientos de poco antes no volverán. El entierro no será más que un cuadro pintoresco, un episodio militar; el tronar del cañón, un acompañamiento militar grandioso, y no habrá nada de común entre aquel cuadro, aquel estampido y la impresión precisa, personal, del sufrimiento, y de la muerte, evocada por la vista, de la sala de operaciones. Dejad atrás la iglesia, la barricada, y entraréis en el barrio más animado, más bullicioso de la población. A entrambos lados de la calle, muestras de tiendas y de fondas. Aquí, mercaderes, mujeres tocadas con sombreros o pañuelos, oficiales con vistosos uniformes; todo os demuestra el valor, la confianza, la seguridad de los habitantes. Entrad a la derecha de este restaurante. Si ponéis atención a las conversaciones de los marinos y de los oficiales, oiréis contar los incidentes de la pasada noche, de la acción del 24, quejarse del alto precio de las chuletas mal preparadas, y citar a los compañeros muertos últimamente.

-¡Que el demonio me lleve! ¡Deliciosamente está uno ahora en su casa! - dice con voz de bajo un oficial bisoño, rubio, casi albino, imberbe, con el cuello liado en una bufanda verde de lana.

-¿Y dónde está eso, su casa de usted? - le pregunta otro.

-En el cuarto baluarte -contesta el joven. Y ante esta contestación, lo contemplaréis con atención y aun con cierto respeto. Su negligencia exagerada, su excesivo accionar, su risa demasiado estrepitosa, que os parecían hace un momento signo de despreocupación, conviértense a vuestros ojos en señal de cierta disposición de ánimo batalladora, habitual en todos los jóvenes que se han visto expuestos a algún peligro, y os imagináis que os va a explicar cómo tienen la culpa las balas de cañón y las bombas de que se viva tan mal en el cuarto baluarte. ¡De ningún modo! Se está mal porque el fango es muy profundo.

-Es imposible llegar hasta la batería - dice, y enseña sus botas sucias de lodo hasta el empeine.

-A mi mejor jefe de pieza lo han dejado hoy en el sitio -responde uno de sus compañeros. -Un balazo en la frente.

-¿Quién? ¿Miteschin?

-No, otro. Vamos, ¿vas a traerme o no la chuleta, bribón? -dice dirigiéndose al mozo.

Era Abrosnoff, un valiente de verdad; había tomado parte en seis salidas. En el otro extremo de la mesa vese a dos oficiales de infantería dispuestos a dar fin a sendas chuletas con guisantes, regadas con un vinillo agrio de Crimea bautizado como Burdeos. El uno, joven, con cuello encarnado y dos estrellas en el capote, refiere a su vecino, que no lleva estrellas y sí negro el cuello, detalles sobre el combate de Alma. El primero está algo bebido; sus relatos, interrumpidos frecuentemente; su incierta mirada, que refleja la falta de confianza que éstos inspiran a su oyente, y las valentías que se atribuye, así como el color recargadísimo de sus cuadros, hacen comprender que se aparta, por completo de la verdad. Pero no os debéis preocupar de esas relaciones que oiréis durante mucho tiempo de un extremo a otro de Rusia; no sentís ya más que un deseo: trasladaros directamente al cuarto baluarte, del que de tan diversos modos os vienen hablando. Habréis observado cómo todo aquel que refiere haber estado allí, hácelo con satisfacción y orgullo, y que quien se dispone a ir, deja ver ligera emoción o afecta exagerada sangre fría. Si se da broma a alguno, invariablemente se le dirá:

-Anda, ve; vete al cuarto baluarte.

Si encontramos un herido en camilla, y queremos saber de dónde viene, la respuesta será casi siempre la misma:

-Del cuarto baluarte.

Sobre el terrible baluarte se han extendido dos opiniones distintas; primera, la de los que no pusieron allí nunca los pies, y para los cuales es inevitable tumba de sus defensores; después, la de los que, como el oficialito rubio, viven allí, y al hablar, dicen sencillamente si está seco el piso o fangoso, si hace calor o frío. En la media hora que pasasteis en el restaurante ha cambiado el tiempo; la niebla que se extendía sobre el mar se levantó; nubes apiñadas, grises, húmedas, ocultan el sol; el cielo está triste; cae una llovizna mezclada con menuda nieve, que moja los tejados, las aceras y los capotes de la tropa. Transponiendo otra barricada, subiréis por la calle principal; allí ya no hay muestras en las tiendas; las casas están inhabitables; las puertas cerradas con tablones; hendidas las ventanas; ya la arista de un edificio desplomado, ya el muro perforado. Las casas, semejantes a veteranos carcomidos por el dolor y la miseria, parecen contemplaros con altivez y aun diríase que con desprecio,. En el camino tropezáis a lo mejor con balas de cañón enterradas, o con agujeros llenos de agua, perforados por las bombas en el suelo pedregoso. Dejáis atrás los grupos de oficiales y soldados: encontráis alguna que otra mujer o un niño, pero aquí no lleva sombrero la mujer. Y la del marino, envuelta en una raída capa de pieles viejas se calzó recias botas de soldado. La calle baja en suave pendiente, pero ya no hay casas; sólo un montón informe de arcilla, piedras, tablas y vigas. Ante, vosotros, sobre un cerro escarpado, extiéndese un espacio negro, fangoso, cortado por zanjas, y aquello es, precisamente, el baluarte número cuatro del recinto de Sebastopol.

Los transeúntes son más escasos; ya no se encuentran mujeres; los soldados caminan con paso vivo, algunas gotas de sangre manchan el piso, y veis venir cuatro individuos que llevan una camilla, y sobre ella un rostro de amarillenta palidez y un capote ensangrentado; si preguntáis a los camilleros dónde tiene la herida, os responderán secamente, con tono irascible, sin miraros:

-En el brazo, en la pierna. -si está muerto, si un proyectil le arrancó la cabeza, guardarán feroz silencio.

El silbido más próximo ya de las balas y las bombas, os impresiona desagradablemente mientras subís al cerro, y de pronto apreciáis de diferente manera que antes lo que significan los cañonazos oídos en la ciudad. No sé qué recuerdo apacible y dulce brillará entonces en vuestra memoria; vuestro yo intimo os ocupará tan vivamente, que no pensaréis en observar lo que os rodea. Ni os dejaréis siquiera invadir por el penoso sentimiento de la irresolución. Sin embargo, la vista de aquel soldado que, con los brazos tendidos, trepa cuesta arriba sobre el fango líquido y pasa corriendo y riéndose a vuestro lado, impone silencio, a la tenue voz interior, consejero cobarde que se alzó en vuestro pecho ante el peligro. Os erguís a pesar vuestro, y levantando la cabeza, escaláis también la pendiente resbaladiza de la arcillosa montaña. Y no habéis dado aún muchos pasos cuando derecha e izquierda, zumban en vuestros oídos los proyectiles de la fusilería, y os preguntáis si no sería mejor marchar a cubierto por la trinchera que se alza paralelamente al camino; pero la trinchera está llena de barro líquido, amarillo y fétido, de tal modo, que por fuerza continuáis por donde ibais, y tanto más, cuanto que esta es la vereda de todo el mundo. Doscientos pasos mas allá, desembocareis en un terreno cubierto de terraplenes, cestones, traveses, cañones de hierro fundido y un montón de proyectiles simétricamente apilados. Aquel amontonamiento os produce la sensación del más extraño desorden desprovisto de todo objeto. A una parte, sobre la batería, aparece un grupo de marineros; más allá, hacia el centro, yace un cañón inútil sumergido en el lodo pegajoso, del cual un infante que, con el arma sobre el hombro, se dirige a la batería, retira con esfuerzo los pies uno tras otro. Sólo veis por doquiera entre ese mismo fango acuoso granadas sin estallar, cascos de bombas, balas de cañón, señales de toda suerte del campo de batalla. Os parece oír a corta distancia el ruido de un proyectil que cae, y por todas partes os llega el silbar de las granadas que, ora zumban como avispas, ora gimen y hienden los aires vibrando como una cuerda de instrumento, dominándolo todo el tronar siniestro del cañón, que os sacude de pies a cabeza aterrorizándoos.

-Este es el cuarto baluarte; el lugar verdaderamente terrible -os decís, experimentando ligera emoción de orgullo y otra inmensa de mal comprimido miedo. No es verdad; sois el juguete de una ilusión. Aquello no es aún el baluarte número cuatro; es el reducto de Jasón, un puesto que, comparativamente no es ni de peligro ni espantoso. Para llegar al baluarte, tomad por aquella angosta trinchera que sigue agachándose el soldado. Podrá ser que halléis de nuevo camillas, marineros y soldados con azadones y palas; hilos conductores que van a las minas, abrigos de tierra, también fangosos, donde no pueden deslizarse a rrastras más que dos hombres y donde los plastuny de los batallones del Mar Negro viven, comen, fuman y se calzan entre trozos de hierro fundido de todas forma, esparcidos por doquier. Otros cien pasos más y llegáis a la batería, una planicie hendida por zanjas, rodeada de cestones, cubierta de tierra, de traveses y de cañones sobre sus explanadas. Tal vez encontraréis allí a cuatro o cinco marineros que juegan a los naipes, protegidos por el parapeto y un oficial de marina que, al ver aparecer una cara nueva, un curioso, se complacerá en iniciaros en los detalles de su domicilio y poderos dar todas las explicaciones que apetezcáis.

Aquel oficial, sentado sobre un cañón, lía con tanta tranquilidad un cigarrillo de papel amarillento, pasa tan descuidadamente de una cañonera a otra y os habla con sangre fría tan natural, que recobráis la vuestra a despecho de las balas que silban aquí en mayor número. Lo preguntáis y aun atendéis a sus relatos. El os describirá, si se lo indicáis, el bombardeo del 5, el estado de su batería con un solo cañón útil, y sus sirvientes reducidos a ocho, y que, no obstante el día 6 por la mañana, volvía a hacer fuego con todas sus piezas. Os contará igualmente cómo penetró una bomba el día 5 en un abrigo y destrozó a once marineros. A través de una tronera os indicará los atrincheramientos y baterías del enemigo, del cual os separa únicamente unas treinta y tantas sagenas. Aunque temo que si os inclináis sobre el plano de la cañonera para mirar mejor las posiciones enemigas no veáis nada, o que, si por ventura distinguís algo, os sorprendáis al saber que aquel murallón alto, y peñascoso que parece estar dos pasos y sobre el cual surgen nubecillas de humo, es precisamente el enemigo; él, como dicen soldados y marineros. Es muy posible que el oficial, por vanidad o sencillamente sin propósito deliberado por entretenerse, quiera hacer fuego ante vos. A sus voces, el Jefe de pieza y los sirvientes, en total catorce marineros, se aproximaran alegremente al cañón para cargarlo; unos mordiendo un trozo de galleta, otros guardándose la negra y apestosa pipa en el bolsillo, mientras que sus claveteadas botas resuenan sobre la explanada. Examinad los semblantes de esos hombres, su aire resuelto, su ademán, y reconoceréis en cada uno de los pliegues del curtido rostro de pómulos salientes, en cada músculo, en la amplitud de los hombros, en el espesor de los pies, calzados con botas colosales, en cada movimiento tranquilo y reposado, los principales elementos de que se compone la fuerza de Rusia, la simplicidad de espíritu y de obstinación, veréis asimismo, que el peligro, las miserias y las penalidades de la guerra, han impreso en aquellas fisonomías la conciencia de su dignidad, de una idea elevada, de un sentimiento noble. De súbito, formidable estrépitos os hace estremecer de pies a cabeza. Y oís enseguida silbar el proyectil que va alejándose, mientras que la tupida humareda de la pólvora envuelve la explanada y las negras caras de los marineros que entre ella se mueven. Oíd sus dichos, fijaos en su animación, y descubriréis en ellos sentimientos que tal vez no esperabais encontrar: el del odio al enemigo, el de la venganza.

-Ha caído de lleno en la tronera; dos muertos; mira, ¡se los llevan!

Y gritan de júbilo.

-Pero míralo; le ha dolido, nos va a dar la vuelta - dice una voz, y en efecto, veis a poco brillar un fogonazo, seguir el humo, y que el centinela grita desde el parapeto.

-¡Cañón! -Silba, un proyectil cerca de vosotros y entiérrase en el suelo, que perfora, lanzando en torno suyo, una lluvia de terrones y de piedras. El comandante de la batería se amosea, vuelve a ordenar que carguen el segundo y el tercer cañón; contesta el enemigo, y experimentáis interesantes sensaciones. Veis y oís cosas curiosísimas. El centinela avisa de nuevo «cañón» y el mismo fogonazo, igual ruido, igual golpe, salto igual de piedras se reproduce. Mas, si por el contrario grita, «mortero» os sentiréis impresionado por un silbido regular, quizá agradable, que no podréis unir en vuestra mente a nada terrible; va aproximándose, aumenta su rapidez, veis el globo negro caer en tierra y cómo estalla con crepitación metálica. Los cascos hienden los aires silbando y crujiendo las piedras, sacudidas, chocan entre sí, y el fango os salpica todo. Ante rumores tan diversos, sentís extraña mezcla de gozo y de terror. Mientras veis el proyectil amenazando caer sobre vos, os acude a la imaginación infaliblemente la idea de que os ha de matar, pero el amor propio, os sostiene y a nadie dais a conocer el puñal que os taladra, el corazón. Por eso, cuando pasó sin tocaros, renacéis por un instante, cierta sensación de inapreciable dulzura apodérase de vos, hasta el punto de que encontráis encanto particular en el peligro, en el juego de la vida y de la muerte. Hasta quisierais que la bala o la bomba cayese más cerca, muy cerca de donde estáis. Pero he aquí que el centinela anuncia con voz fuerte y llena:

-¡Un mortero! -y repítense el silbido, el golpe y la explosión, acompañados esta vez de un grito humano. Os acercáis al herido a la vez que los camilleros. Revolcándose en el lodo mezclado de sangre, ofrece extraño aspecto; parte del pecho le fue arrancada por el casco. En el primer momento, su rostro, sucio de fango, no expresa más que el susto y la sensación prematura del dolor, sensación familiar al hombre en aquel estado; pero cuando traen la camilla, y en ella acuéstase él por sí mismo sobre el costado libre, exaltada expresión, ráfaga de una idea elevada y contenida viene a iluminar sus facciones. Brillantes los ojos, apretados los dientes, levanta la cabeza con esfuerzo, y cuando los camilleros vacilan los detiene, y dirigiéndose a sus compañeros dice con voz temblorosa:

 -¡Adiós; perdón hermanos!

 Quisiera hablar más aún; se ve que trata le decir algo afectuoso, pero se limita a repetir:

 -¡Adiós, hermanos míos!

Uno de sus compañeros aproxímase a él, colócale la gorra en la cabeza y torna, con indiferente ademán a su cañón. Y ante la expresión de vuestra aterrorizada fisonomía, dice el oficial bostezando, mientras lía su cigarrillo de amarillento papel:

-Lo de cada día, de seis a siete hombres.

¿Y ahora? Acabáis de ver a los defensores de Sebastopol en el lugar mismo de la defensa, y volvéis por vuestros mismos pasos, sin prestar, cosa extraña la menor atención a los proyectiles de cañón y de fusil que continúan cruzando, durante todo el camino hasta que llegáis a las ruinas del teatro. Marcháis con tranquilidad, con el espíritu conmovido y confortado, pues poseéis ya la consoladora, certeza, de que nunca, en ningún lugar será quebrantada la fuerza del pueblo ruso. Y esa seguridad la habéis sacado, no de la solidez de los parapetos y de las trincheras ingeniosamente combinadas, ni de las innumerables minas y cañones apilados unos sobre otros, y de todo aquello de que no comprendéis nada, sino de los ojos y las palabras y la actitud, de todo eso que se llama el espíritu de los defensores de Sebastopol.

Hay tanta sencillez y tan poco esfuerzo en cuanto, hacen, que os persuadís de que podrían, si fuera preciso, hacer cien veces más; que podrían hacerlo todo. Adivináis que los sentimientos que los impulsan no son los que habéis experimentado, vanidosos, mezquinos, sino otros más potentes que obligan a los hombres a vivir tranquilamente en el lodo, trabajando y en vela bajo los proyectiles, con cien suertes contra una de ser muertos, al revés de lo que constituye el lote común de sus semejantes. Y no es una cruz ni un ascenso; no es la fuerza de las amenazas lo que los somete a condiciones tan espantosas de existencia, es preciso que haya otro móvil más alto. Este móvil hállase en un sentimiento, que se manifiesta muy poco, que se oculta con pudor, pero que está profundamente arraigado en el corazón de todo ruso: el amor a la patria. Ahora tan sólo es cuando se han convertido en realidad, en hechos, aquellas relaciones que circulaban durante el primer período del sitio de Sebastopol; cuando no había, ni fortificaciones, ni soldados, ni posibilidad de mantenerse allí, no obstante, nadie admitía la idea de rendición, y aquellas palabras de Kordiloff, de ese héroe digno de la Grecia antigua, al decir a sus tropas: «Hijos míos, moriremos, pero no entregaremos a Sebastopol!» Y la respuesta de los valientes soldados, incapaces de hacer frase alguna: «¡Moriremos, hurra!» ¡Así os representáis fácilmente, bajo las facciones de los que habéis visto, a los héroes de aquel período de prueba, que no perdieron el valor y que se aprestaron hasta con júbilo a morir, no por la defensa de la ciudad, sino por la de la patria! ¡Rusia conservará durante mucho tiempo las señales sublimes de la epopeya de Sebastopol, de la que el pueblo ruso ha sido el héroe!

...

Declina la tarde; el sol, que va a desaparecer en el horizonte, hiende las nubes grises que lo ocultan e ilumina con sus rayos de púrpura el mar de verdosos reflejos, ondulado ligeramente, cubierto de navíos y otros buques, y las casitas blancas de la ciudad y la población que alli se mueve. En el bulevar, la música de un regimiento toca un antiguo vals, a cuyas notas, que a lo lejos transmite el agua, únese el estampido de los cañonazos en acompañamiento extraño y sorprendente.

 

 

SEBASTOPOL. MAYO DE 1855.

 

Seis meses han transcurrido desde que la primera bomba lanzada de las fortificaciones de Sebastopol perforó la tierra, arrojándola sobre los trabajos del enemigo; desde aquel día, miles de bombas, granadas y balas de cañón y de fusil no han cesado de cruzar de los baluartes a las trincheras y de las trincheras a los baluartes, cerniéndose el ángel de la muerte sobre aquel espacio.

El amor propio de millares de seres, hase visto humillado en los unos, satisfecho en los otros, o apaciguado por el abrazo de la muerte. ¡Cuántos ataúdes color de rosa bajo envolturas de lienzo! Y siempre el mismo tronar en las murallas. Desde su campo, los franceses, impelidos por involuntario sentimiento de ansiedad y terror, examinan en una tarde serena el piso amarillento y hundido de los baluartes de Sebastopol, sobre los cuales van y vienen las obscuras siluetas de nuestros marinos; cuentan las troneras, de donde surgen cañones de hierro fundido de aspecto feroz; en la torrecilla del telégrafo, un sargento observa con un anteojo a los soldados enemigos, sus baterías, sus tiendas, el movimiento de sus columnas sobre el mamelón verde y el humo que sale de las trincheras; con igual ardor viene a converger de diferentes partes del mundo, sobre aquel sitio fatal, multitud formada por razas heterogéneas y movida por los más contradictorios apetitos. La pólvora y la sangre no consiguen resolver una cuestión que los diplomáticos no supieron zanjar.

 

I

 

En la sitiada Sebastopol, la música de un regimiento toca en el bulevar. Muchedumbre de militares y mujeres vestidas con el traje de los domingos, paséase por las avenidas. El sol espléndido de primavera, salió por la mañana sobre las obras de sitio de los ingleses, pasó luego sobre los baluartes, sobre la ciudad y sobre el cuartel Nicolás, esparciendo alegremente para todos por igual su luz vivificadora; ahora ya, desciende hacia el lejano azul del mar, que ondula blandamente, rielando con facetas de plata.

Un oficial de infantería, de elevada estatura, ligeramente encorvado, sale, calzándose los guantes de dudosa blancura, pero presentables aún, de una de las casitas de marineros construidas a la izquierda de la calle de la Marina. Dirígese hacia el bulevar mirándose las botas con aspecto distraído. La expresión de su rostro, francamente feo, no revela gran capacidad intelectual; pero la buena fe, el buen sentido, la honradez y el amor al orden se leen en él con claridad. Es poco airoso, y parece sentir alguna confusión por la torpeza de sus movimientos. Cubierto con una gorra usada, viste capote de extraño color tirando a lila, bajo el cual se distingue la cadena de oro del reloj; el pantalón es de trabillas y las botas limpias y relucientes, Si sus facciones no atestiguaran su origen puramente ruso, tomárasele por alemán, por un ayudante de campo o por el oficial de tren de un regimiento (es verdad que le faltan las espuelas), o bien por uno de aquellos oficiales de caballería que han permutado para tomar parte en la campaña. Esto era efectivamente, y al subir hacia el bulevar pensaba en la carta que había recibido poco  antes de un ex-compañero suyo, en la actualidad propietario en el Gobierno de F... y pensaba también en la mujer de aquel compañero, la pálida Natacha, de ojos azules, su gran amiga; recordando, sobre todo, el siguiente párrafo:

«Cuando llega El Inválido (periodico miliar ruso), Pupka (así llama el ex-hulano a su mujer) precipítase a la antesala, se apodera del periódico y se arroja sobre el dos-á-dos del berceau (=enrejado de madera cubierto de hiedra, que fue de moda en los salones rusos en otro tiempo con esa denominación francesa) en el salón donde pasamos tan buenas veladas de invierno contigo cuando tu regimiento estuvo de guarnición en esta ciudad. ¡No puedes figurarte con qué entusiasmo lee las relaciones de vuestras heroicas hazañas! ¡Mikhailof, repite con frecuencia hablando de ti, es una perla; me arrojaré a su cuello cuando lo vea! Se bate en los baluartes: Il se bat sur les bastions, lui, y le darán la cruz de San Jorge, y hablarán de él todos los periódicos. En fin, que casi comienzo a sentir celos de ti. Los diarios tardan muchísimo en llegar, y a pesar de que mil noticias corren de boca en boca, no es posible dar a todas crédito. Por ejemplo, tus excelentes amigas las demoiselles á musique, referían ayer que Napoleón, cogido prisionero por nuestros cosacos, había sido llevado a Petersburgo. ¡Ya comprenderás que en eso no pude creer! Poco después, un recién llegado de la capital, un funcionario agregado al ministerio, joven encantador y el gran recurso para nuestra ciudad, ahora desierta, nos aseguraba que los nuestros habían ocupado Eupatoria, lo que impidio a los franceses la comunicación con Balaklava; que habíamos perdido doscientos hombres en la empresa, y ellos cerca de quince mil. Mi mujer sintió tanta alegría, que ha bromeado toda la noche, y sus presentimientos le dicen que has tomado parte en la expedición y te has distinguido..»

 A pesar de las palabras, las expresiones subrayadas y el tono general de la carta, no podía menos el capitán Mikhailof de transportarse en pensamiento, con dulce y triste satisfacción, junto a su pálida amiga provinciana; recordando sus conversaciones sobre los sentimientos en el berceau del salón, y cómo su buen compañero el ex-hulano se enfadaba y les ponía multas en las partidas de naipes a tanto de un kopek, cuando lograban organizar alguna en el gabinete, y cómo su mujer se burlaba de él riendo, recordaba la amistad que aquellas buenas gentes le demostraban siempre, y ¡quién sabe si había algo más que amistad por parte de su pálida amiga! Todas aquellas figuras evocadas de un cuadro familiar surgían en su imaginación, que les prestaba maravilloso y dulce encanto. Veíalas de color de rosa, y sonriendo ante aquellas imágenes, oprimía cariñosamente con la mano la carta allá en el fondo del bolsillo.

Tales recuerdos transportaron involuntariamente al capitán a sus esperanzas, a sus sueños.

-¡Cuánto será -decíase mientras seguía por la angosta calleja, -el asombro y la alegría de Natacha cuando lea en El Inválido que he sido el primero en coger un cañón y que me han dado la Cruz de San Jorge! Debo ascender a capitán mayor, ya hace mucho tiempo que estoy propuesto, y me será después muy fácil, en el transcurso del año, llegar a jefe de batallón (comandante de ejército); pues muchos son muertos y no pocos lo habrán de ser aún en esa campaña. Mas adelante, en cualquiera otra acción futura, cuando me haya dado bien a conocer, me darán un regimiento, y heme aquí ya teniente coronel, comendador de Santa Ana; luego coronel... Y se veía ya General, honrando, con su visita a Natacha, la viuda de su compañero (el cual, para sus cálculos, debía morirse por entonces), cuando los acordes de la música militar llegaron distintamente a sus oídos; la multitud de paseantes atrajo sus miradas y encontróse en el bulevar tal y como era, es decir, capitán de segunda clase de infantería.

 

II

 

Acercóse desde luego al pabellón junto al en que tocaban algunos músicos: unos cuantos soldados del mismo regimiento les servían de atriles, para lo cual mantenían abiertos ante ellos los papeles de música, y un no muy numeroso círculo los rodeaba: furrieles, sargentos, criadas y chiquillos ocupados más en mirar que en oír. En torno del pabellón, marinos, ayudantes de oficiales con guante blanco, permanecían de pie o sentados, o paseaban; más lejos, en el paseo central, veíase una mezcla de oficiales de todas armas y mujeres de todas clases, algunas con sombrero, la mayoría de pañuelo a la cabeza; otras no llevaban ni sombrero ni pañuelo, pero, cosa particular, no había viejas; todas eran jóvenes.

Más abajo, en las calles sombrías y olorosas de acacias blancas, distinguíanse algunos grupos aislados, en reposo o en marcha. Al ver al capitán Mikhailof, nadie demostró el menor júbilo, a excepción quizá de los capitanes de su regimiento Objogof y Suslikof, que le estrecharon la mano calurosamente; pero el primero no llevaba guantes, sino pantalón de piel de camello y capote raído, y su cara, encendida aparecía, cubierta de sudor; el segundo hablaba a gritos, con un desenfado molestísimo.

En fin, que no era muy halagüeño pasearse con tal compañía, sobre todo, en presencia de oficiales enguantados. Entre éstos se encontraba, un ayudante de campo con el que Mikhailof cambió un saludo, y un oficial de Estado Mayor, al que también hubiera podido saludar por haberse visto con él dos veces en casa de un amigo común. No sentía, pues, positivamente, ningún placer en pasear con aquellos dos compañeros, que encontraba cinco o seis veces al día, y a los cuales estrechaba todas ellas la mamo; no había venido al paseo para semejante cosa.

Hubiera querido acercarse al ayudante de campo con el cual cambiara el saludo, y alternar con aquellos caballeros, no para que los capitanes Objogof, Suslikof, el teniente Paschtezky y otros le vieran con ellos en conversación, sino sencillamente porque eran personas agradables al corriente de las noticias, y que le habrían referido algo nuevo. ¿Por qué tiene miedo Mikhailof y no se decide a abordarlos? ¿Es que se pregunta con inquietud lo que hará si esos señores no le devuelven el saludo; si continúan charlando entre sí, haciendo como que no le han visto y si se alejan dejándolo solo entre los aristócratas? La palabra aristócrata, en sentido de grupo escogido, entresacado del montón, perteneciente a cualquier clase, ha adquirido desde hace algún tiempo entre nosotros, en Rusia, donde no debiera haber echado raíces, a lo que parece, extraordinaria popularidad, penetrando en todas las capas sociales en donde la vanidad se infiltrara. ¿Y dónde no se infiltra tan lamentable flaqueza? En todas partes, entre los empleados, los comerciantes, los furrieles, los oficiales; en Saratof, en Mamadisch, en Venitsy, en tina palabra, doquiera que haya hombres. Ahora bien: como en la ciudad sitiada de Sebastopol hay muchos hombres, hay también muchísima vanidad; lo cual quiere decir que los aristócratas están en gran número, por más que la muerte se cierna constantemente sobre las cabezas de todos, aristócratas o no.

Para el capitán Objogof, el capitán de segunda, Mikhailof, es un aristócrata; para el capitán de segunda, Mikhailof, el ayudante de campo Kaluguin será un aristócrata, porque es tal ayudante de campo, y se trata con tal otro ayudante; en fin, para Kaluguin, el conde Nordof será un aristócrata, porque es ayudante del Emperador.

¡Vanidad, vanidad y sólo vanidad ¡Hasta junto al ataúd y entre gentes prontas a morir por una idea elevada! ¿No será, la vanidad el rasgo característico, la enfermedad que distingue al siglo actual? ¿Por qué no se conocía en otro tiempo esta debilidad, más de lo que eran conocidos el cólera o las viruelas? ¿Por qué no existen en nuestros días más que tres clases de hombres: unos que aceptan la vanidad como un hecho existente, necesario, y por consecuencia justo, y que se someten a él libremente; otros que la consideran como un elemento nefasto, pero imposible de destruir, y los últimos que obran bajo su influencia con inconsciente servilismo? ¿Por qué los Homeros y los Shakespeare hablan de amor, de gloria y de sufrimientos mientras que la literatura de nuestro siglo abarca sólo la interminable historia del snobismo de la vanidad?

Mikhailof, siempre indeciso, pasó dos veces por delante del grupito de aristócratas; a la tercera, haciéndose violencia, se aproximó a ellos. El grupo se componía de cuatro oficiales, el ayudante de campo Kaluguin, a quien Mikhailof conocía; el también ayudante de campo príncipe Galtzin, aristócrata para el mismo Kaluguin; el coronel Neferdof, uno de los ciento veintidós (apellidábase así un grupo de oficiales de la buena sociedad que habían vuelto al servicio para tomar parte en la guerra), y por último, el capitán de caballería, Praskunin, que también figuraba entre los ciento veintidós. Afortunadamente para Mikhailof, Kaluguin, estaba en la mejor disposición de ánimo (acababa de hablar el General muy confidencialmente con él y el príncipe Galtzin, recién llegado de Petersburgo, habíase detenido en su casa), así es que no creyó comprometerse tendiendo la mano a un capitán de segunda. Praskunin no se decidió a tanto, aunque encontraba a menudo a Mikhailof en el baluarte y hubiese bebido mas de una vez de su vino y su aguardiente, y hasta le debiera además aún doce rublos y medio de una partida de favor. Como conocía poco al príncipe Galtzin, no le agradaba demostrar ante él su intimidad con un segundo capitán de infantería; se limitó, pues a saludar a éste ligeramente.

-Y bien, capitán -dijo Kaluguin,- ¿cuándo volvemos a ese baluarte de tres al cuarto? ¿Se acuerda usted de nuestro encuentro en el reducto Schwarz? ¡Se batía bien el cobre! ¿eh?

- Sí, se batía - respondió Mikhailof, recordando aquella noche en que, al subir por la trinchera hacia el baluarte, encontró a Kaluguin que caminaba con desenvoltura haciendo sonar de firme su sable - No me tocaba ir hasta mañana - prosiguió, - pero tenemos un oficial enfermo...

Y se disponía a contar cómo, aunque no le correspondiera el turno, había creído deber ocupar el puesto del teniente Nepchissetzky, porque el comandante de la compañía estaba también enfermo y sólo quedaba, un cadete; pero Kaluguin no le dejó concluir.

-Presiento - dijo, volviéndose hacia el príncipe, Galtzin - que tendremos algo estos días.

-¿Y no pudiera ser que ese algo, ocurriese hoy? - preguntó tímidamente Mikhailof, mirando uno tras otro a Kaluguin y Galtzin.

Nadie le contestó; el Príncipe hizo un ligero mohín, y dirigiendo una mirada por encima de la gorra de Mikhailof.

-¡Qué bonita, muchacha! - dijo tras unos minutos de silencio, -allá abajo, con el pañuelo colorado. ¿La conoce usted, capitán?

-Es hija de un marinero; vive junto a mi casa -respondió éste.

-Vamos a verla más de cerca.

Y el príncipe Galtzin se cogió del brazo: por un lado a Galuguin, por el otro, al capitán de segunda, persuadido de que proporcionaba a éste, al proceder así, viva satisfacción. Y no se engañaba. Mikhailof era supersticioso, y a sus ojos, gran pecado ocuparse de mujeres antes de entrar en fuego; pero aquel día se las echó de libertino. Ni Kaluguin ni Galtzin se dejaron engañar; la joven del pañuelo de color se sorprendió mucho, pues más de una vez había observado que el capitán se ponía colorado al pasar ante su ventana. Praskunin iba detrás de los otros y daba con el codo al Príncipe, haciendo toda suerte de comentarios en francés, pero como el estrecho callejón de árboles no les permitía marchar los cuatro de frente, tuvo que quedarse atrás y cogerse, en la segunda vuelta, al brazo de Servraguine, oficial de marina, conocido por su bravura excepcional y muy deseoso de mezclarse al grupo de los aristócratas. Este valiente pasó con júbilo su mano honrada y musculosa sobre el brazo de Praskunin, a pesar de saber que éste no era de lo más intachable ni mucho menos. Para explicar al príncipe Galtzin su intimidad con aquel marino, Praskunin murmuró a su oído que era un bravo de gran reputación; pero el Príncipe, que estuviera la víspera en el cuarto baluarte, y vio allí estallar una bomba a veinte pasos de su persona, considerábase igual en valor a aquel caballero; así es que, convencido de que la mayor parte de las reputaciones son exageradas, no prestó la menor atención a Servraguine.

Mikhailof se sentía tan gozoso al pasear con tan brillante compañía, que ya ni se acordaba de la preciada carta de F... ni de las lúgubres reflexiones que le asaltaran siempre que iba al baluarte. Permaneció, pues, con ellos hasta que lo excluyeron visiblemente de su conversación, evitando sus miradas como para darle a comprender que podía continuar solo su camino. Por fin, lo plantaron. A pesar de esto estaba tan satisfecho, que, permaneció indiferente ante la expresión altanera con que el junker(suboficial)barón Pesth, se incorporó, descubriéndose delante de él. Aquel joven se había vuelto muy orgulloso desde que pasara su primera noche bajo el blindaje del baluarte número 5, lo cual lo transformó en un héroe a sus propios ojos.

 

III

 

Apenas hubo transpuesto Mikhailof el umbral de su casa, cuando muy diferentes pensamientos asaltaron su imaginación. Volvió a contemplar su reducido cuarto, en el que la tierra apisonada formaba el pavimento; sus ventanas deformes, cuyos cristales ausentes habían sido reemplazados por trozos de papel; su antigua cama, sobre la cual velase clavado en la pared un tapiz viejo que representaba una amazona; las dos pistolas de Tula colgadas a la cabecera, y allí mismo, al lado, otra cama poco limpia cubierta con una colcha de percal; la del junker, que compartía con él el alojamiento. Y vio a su asistente Nikita que se levantó del suelo donde estaba sentado, rascándose la pelambrera grasienta y enmarañada, y la capa vieja, las botas de servicio, y el paquete preparado para pasar la noche en el baluarte; una servilleta de la cual salía el canto de un trozo de queso, y el cuello de una botella de aguardiente. De pronto se acordó que aquella misma noche debía conducir su compañía a las casasmatas.

-Me matarán -díjose, -lo presiento; tanto más, cuanto que me he ofrecido yo mismo a ir, y el que hace un servicio voluntario está siempre seguro de morir en él. ¿Y qué enfermedad será la de ese maldito Nepchissetzky? ¿Quién sabe? ¡Puede ser que lo esté mucho! Y gracias a él matarán a un hombre; sí, lo matarán, de seguro! Aunque si no me matan, me incluirán en propuesta. Ya he visto la satisfacción del coronel cuando le pedí licencia para reemplazar a Nepchissetzky, por estar enfermo. ¡Si no es el empleo de mayor será la cruz de Vladimiro, seguramente! Y es la décima tercera vez que voy al baluarte. ¡Oh, oh!, 13; mal número, me matarán de fijo; tengo la certeza, lo siento! Sin embargo, la compañía no puede ir con un cadete. Y si ocurriera algo la honra del regimiento, la del ejército, podría verse comprometida. Mi deber es ir. Sí; deber sagrado. Pero de todas maneras, tengo el presentimiento...

Y el capitán olvidábase de que había tenido ese mismo presentimiento, con más o menos fuerza, cada vez que fue al baluarte, e ignoraba que todos cuantos han de entrar en fuego lo experimentan siempre, bien que con diferente intensidad. Pero más tranquilo por la noción del deber que había desarrollado particularmente, sentóse a la mesa y escribió una carta, de despedida a su padre; a los diez minutos, con los ojos húmedos, levantóse y comenzó a vestirse, repitiendo mentalmente todas las oraciones que sabía de memoria. Su asistente, un animalote, medio borracho lo ayudó a ponerse la levita nueva, pues la vieja que usaba de ordinario para ir al baluarte no estaba recompuesta.

-¿Por qué no has arreglado la levita? ¡No piensas más que en dormir, animal!

-¡Dormir...- gruñó Nikita,- cuando todo el día hay que correr como un perro; se revienta uno! ¡Y después de esto aun habrá que no dormir!

-Vuelves a estar borracho, por lo que veo.

-No he bebido con su dinero de usted, ¿por qué me regaña?

-¡Silencio, bruto! -gritó el capitán, pronto a sacudir al asistente.

Nervioso y agitado como estaba ya, la estupidez de Nikita hacíale perder la paciencia. No obstante, apreciaba a aquel hombre, y aun lo toleraba más de lo debido. Teníalo junto sí hacía más de doce años.

-¡Bruto, bruto! -repetía el soldado. -¿Por qué me injuria usted, señor? ¡Y en qué momento! ¡No está bien insultarme.

Mikhailof recordó a qué lugar iba y le dio vergüenza.

-Harás perder la paciencia a un santo, Nikita dijo con voz más afable.- Deja ahí sobre la mesa esta carta dirigida a mi padre; no la toques -añadió ruborizándose.

-¡Está bien! -repuso Nikita enterneciéndose bajo la influencia del vino que bebiera con su propio dinero, según decía, y entornando los ojos prestos a llorar.

De tal modo, que cuando el capitán le gritó al salir de la casa: -¡Adiós Nikita! -estalló en ahogados sollozos, y cogiendo la mano de su amo, besósela con gruñidos, repitiendo:

-¡ Adiós, barina, adiós!

Una vieja, mujer de marinero, que estaba sentada en el umbral, no pudo menos, como buena mujeruca, de tomar parte en aquella escena de enternecimiento: frotándose los ojos con la sucia manga de su vestido, masculló algo a propósito de los amos, que también habían de soportar tantos males, y refirió por centésima vez al ebrio Nikita, cómo ella, la infeliz, quedo viuda como fue muerto su marido en el primer bombardeo, y derribada su casita, pues la que habitaba ahora no era de su propiedad, etc. Cuando el capitán se alejó, Nikita encendió su pipa, rogó a la hija de la patrona que fuera a traer aguardiente, y enjugó bien pronto sus lágrimas, concluyendo por pelearse con la vieja, por causa de un vaso que, según decía, ésta le había roto.

 -Aunque puede ser que sólo resulte herido -decía Mikhailof, al obscurecer, acercándose ya, al baluarte a la cabeza, de su compañía. -¿Pero dónde? ¿Aquí? o...

Y se tocaba con el dedo sucesivamente el abdomen y el pecho.

-Si siquiera, fuese aquí- pensaba, señalando, la parte superior del muslo- ¡y si la bala no tocase el hueso. ¡Pero si es un casco de granada se concluyó!

Llegó felizmente a las casasmatas, siguiendo por las trincheras, en la más completa obscuridad; con auxilio de un oficial de zapadores, puso su gente al trabajo, y después se sentó en un pozo de tirador al abrigo del parapeto. Tirábase muy poco; de tiempo en tiempo, ora en nuestro campo, ora allá, brillaba un fogonazo, y la mecha encendida de la bomba trazaba un arco de fuego en el obscuro estrellado cielo pero caían muy lejos los proyectiles; detrás o a la derecha del alojamiento en que el capitán habíase ocultado sentándose en el fondo de su cavidad. Comió un trozo de queso, bebió un trago de aguardiente, encendió un cigarrillo, y rezadas sus oraciones, procuró dormir.

 

IV

 

El príncipe Galtzin, el teniente coronel Neferdof y Praskunin (á quien nadie había invitado y con el que nadie hablaba, pero que así y todo los seguía) abandonaron el bulevar para ir a tomar el te a casa de Kaluguin.

-Concluye de una vez la historia sobre Vaska Mendel -decía Kaluguin, que despojándose de la capa se había sentado junto a la ventana en un sillón bien relleno, mientras se desabrochaba el cuello de su fina camisa de holanda almidonada cuidadosamente.

-¿Cómo se ha vuelto a casar?

- Es curiosísimo, os lo aseguro.

-Por entonces no se hablaba de otra cosa en Petersburgo -respondió riendo el príncipe Galtzin. Y separándose del plano, junto al que se había sentado, acercóse a la ventana.

-Es de lo que no hay. Conozco todos los detalles. Y vivamente, con ingenio y jovialidad, púsose a referir la historia de una intriga amorosa, que pasaremos en silencio, dado el poco interés que nos ofrece. Lo que chocaba más en todos los presentes, el uno sentado sobre el alféizar de la ventana, el otro al piano y el tercero sobre un mueble con las piernas recogidas, era que parecían otros hombres completamente distintos de los que antes viéramos en el bulevar. Ni el ceño altivo ni la ridícula afectación aparentada, con los oficiales de infantería; allí, en familia, mostrábanse tal como eran, buenos chicos, alegres y dispuestos. La conversación giraba sobre sus compañeros y amistades de Petersburgo.

- ¿Y Maslovsky?

- ¿Quién? ¿el hulano o el de caballería de la Guardia?

-Conozco a los dos. En mis tiempos el de la Guardia era un muchacho recién salido de la escuela. ¿Y el mayor, es capitán?

-Sí, desde hace mucho tiempo.

-¿Está aún con su gitana?

-No la dejó ya.

-Y la conversación prosiguió en aquel tono.

El príncipe Galtzin cantó muy bien una canción tzígana acompañándose al piano. Praskunin, sin que nadie se lo rogara, le hizo el dúo, y con tal maestría, que lo obligaron a repetirla, lo que lo envaneció mucho.

Un criado trajo, sobre una bandeja de plata, el té con crema y hojaldres.

-Sírvele al Príncipe -le dijo Kaluguin.

-¿No es extraño -siguió Galtzin bebiendo su taza junto a la ventana- pensar que estamos en una ciudad sitiada, y que tenemos piano y té con crema; todo ello, en una casa que me gustaría mucho habitar en Petersburgo?

- Si no tuviéramos siquiera esto -dijo el teniente coronel, hombre ya maduro, siempre descontento, la existencia nos sería intolerable. ¡Esta continua espera de algún suceso... ver a diario morir gente; morir sin cesar! y vivir en el fango, sin las menores comodidades.

-¿Y nuestros oficiales de infantería -interrumpió Kaluguin,- que han de habitar en los baluartes con los soldados, y compartir con ellos la sopa bajo los blindajes? ¿Cómo se las arreglan?

-¿Cómo se las arreglan?

-¡No se cuidan de ropa, es verdad, durante diez días, pero son hombres admirables; verdaderos héroes!

Precisamente en aquel momento, entró un oficial de infantería en la estancia.

-Yo... he... traigo orden... de ver al General... a Vuestra Excelencia... de parte del general N... -dijo saludando con timidez.

Kaluguin se levantó, y sin devolver el saludo al recién venido, sin invitarlo a que se sentara, con cierta cortesía mortificante y una sonrisa oficial, le rogó que esperase, y continuó hablando en francés con Galtzin sin hacer el menor caso del pobre oficial que permanecía plantado en medio de la habitación y no sabía qué hacer de su persona.