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I
-A
ver vuélvete. ¡Tiene gracia! ¿Qué significa ese hábito sacerdotal?
¿Así visten ustedes en su academia, tan mal pergeñados?
Con
estas palabras acogió el viejo Bulba a sus dos hijos que acababan
de terminar sus estudios en el seminario de Kiev y que entraban
en este momento en el hogar paterno, después de haberse apeado de
sus caballos.
Los
recién llegados eran dos jóvenes robustos, de tímidas miradas, cual
conviene a seminaristas recién salidos de las aulas. Sus semblantes,
llenos de vida y de salud, empezaban a cubrirse del primer vello,
aun no tocado por el filo de la navaja. La acogida de su padre les
había turbado, y permanecían inmóviles con la vista fija en el suelo.
-Esperen ustedes, esperen; déjenme que los examine a mi gusto. ¡Jesús!
¡Qué vestidos tan largos! -dijo volviéndolos y revolviéndolos en
todos sentidos. ¡Diablo de vestidos! ¡En el mundo no se han visto
otros semejantes! Vamos, pruebe uno de los dos a correr: seguro
estoy de que se enreda con él y da de narices en el suelo.
-Padre, no te burles de nosotros -dijo por fin el mayor.
-¡Miren el señorito! ¿Por qué no puedo burlarme de ustedes?
-Porque, porque aunque seas mi padre, juro por Dios, que si continúas
burlándote, te apalearé.
-¿Cómo, hijo de perro? ¿A tu padre? -dijo Taras Bulba retrocediendo
algunos pasos asombrado.
-Sí,
a mi mismo padre, cuando se me ofende, no miro quién lo hace.
-¿Y
de qué modo quieres batirte conmigo, a puñetazos?
-Me
es completamente igual de un modo que otro.
-Vaya
por los puñetazos -repuso Taras Bulba arremangándose las mangas.
Voy a ver si sabes manejar los puños.
Y
he aquí que padre e hijo, en vez de abrazarse después de una larga
ausencia, empiezan a asestarse vigorosos puñetazos en los costados,
en la espalda, en el pecho, en todas partes, tan pronto retrocediendo
como atacando.
-Miren ustedes, buenas gentes: el viejo se ha vuelto loco, ha perdido
de repente el juicio -exclamaba la pobre madre, pálida y flaca,
inmóvil en las gradas, sin haber tenido tiempo aún de estrechar
entre sus brazos a sus queridos hijos. ¡Vuelven los muchachos a
casa, después de más de un año de ausencia, y he aquí que su padre
inventa, Dios sabe qué bestialidad, darse de puñetazos!
-¡Se
bate como un coloso! -decía Bulba deteniéndose. ¡Sí, por Dios! Muy
bien -añadió, abrochándose el vestido-; aunque mejor hubiera hecho
en no probarlo. Éste será un buen cosaco. Buenos días, hijo, abracémonos
ahora.
Y
padre e hijo se abrazaron.
-Bien, hijo; atiza buenos puñetazos a todo el mundo como lo has
hecho conmigo; no des cuartel a nadie. Esto no impide que estés
hecho un adefesio con ese hábito. ¿Qué significa esa cuerda que
cuelga? Y tú, estúpido, ¿qué haces ahí con los brazos cruzados?
-dijo, dirigiéndose al hijo menor. ¿Por qué, hijo de perro, no me
aporreas también?
-Miren que ocurrencia -decía la madre abrazando al más joven de
sus hijos. ¿En dónde se ha visto que un hijo aporree a su propio
padre? ¿Y es este el momento de pensar en ello? Un pobre niño, que
acaba de hacer tan largo camino, y está tan cansado (el pobre niño
tenía más de veinte años y una estatura de seis pies), tendrá necesidad
de descansar y de comer un bocado; ¡y él quiere obligarle a batirse!
-¡Eh!
¡Eh! Me parece que tú eres un mentecato -decía Bulba. Hijo, no escuches
a tu madre, es una mujer y no sabe nada. ¿Necesitan ustedes que
les acaricien? Las mejores caricias, para ustedes son una buena
pradera y un buen caballo. ¿Ven ese sable? pues esa es la madre
de ustedes. Todas esas tonterías que tienen ustedes en la cabeza
no son más que sandeces; yo desprecio todos los libros en que estudian
ustedes, y las A B C, y las filosofías, y todo eso; los escupo.
Aquí
Bulba añadió una palabra que no puede pasar a la imprenta.
-Vale
más -añadió- que en la próxima semana les mande al zaporojié. Allí
es donde se encuentra la ciencia; allí está la escuela de ustedes,
y también allí es donde se les desarrollará la inteligencia.
-¡Que! ¿Sólo permanecerán aquí una semana? -decía la anciana madre
con voz plañidera y bañada en llanto. ¡Los pobres niños no podrán
divertirse ni conocer la casa paterna! ¡Y yo no tendré tiempo siquiera
para hartarme de contemplarlos!
-Cesa
de aullar, vieja; un cosaco no ha nacido para vegetar entre mujeres.
Tú los ocultarías debajo de las faldas a los dos, como una gallina
clueca los huevos. Anda, vete. Ponnos sobre la mesa cuanto tengas
para comer. No queremos pasteles con miel ni guisaditos. Danos un
carnero entero o una cabra; tráenos aguamiel de cuarenta años; y
danos aguardiente, mucho aguardiente; pero no de ese que está compuesto
con toda especie de ingredientes, pasas y otras porquerías, sino
aguardiente puro, que bulla y espume como un rabioso.
Bulba
condujo a sus hijos a su aposento, de donde salieron a su encuentro
dos hermosas criadas, cargadas de monistes.
Séase porque se asustaron por la presencia de sus jóvenes señores,
séase por no faltar a las púdicas costumbres de las mujeres, el
caso es que las dos criadas echaron a correr lanzando fuertes gritos,
y largo tiempo después todavía se ocultaban el rostro con sus mangas.
La
habitación estaba amueblada conforme al gusto de aquella época,
cuyo recuerdo sólo se ha conservado por los douma
y las canciones populares, que recitaban en otro tiempo en Ukrania
los ancianos de luenga barba, acompañados de la bandola, entre una
multitud que formaba círculo en torno suyo, conforme al gusto de
aquel tiempo rudo y guerrero que vio las primeras luchas sostenidas
por Ukrania contra la unión.
Todo respiraba allí limpieza. El suelo y las paredes estaban cubiertas
de una capa de arcilla luciente y pintada. Sables, látigos (nagaï
kas), redes de cazar y pescar, arcabuces, un cuerno artísticamente
trabajado que servía para guardar la pólvora, una brida con adornos
de oro, y trabas adornadas con clavitos de plata colgaban en torno
del aposento. Las ventanas, sumamente pequeñas, tenían cristales
redondos y opacos, como los que aún existen en algunas iglesias;
no se podía mirar a la parte exterior sino levantando un pequeño
marco movible. Los huecos de esas ventanas y de las puertas estaban
pintados de encarnado. En los ángulos, encima de aparadores, había
cántaros de arcilla, botellas de vidrio de color oscuro, copas de
plata cincelada, y copitas doradas de diferentes estilos, venecianas,
florentinas, turcas y circasianas, llegadas por diversos conductos
a manos de Bulba, cosa nada extraña en aquellos tiempos de empresas
guerreras. Completaban el moblaje de aquella habitación unos bancos
de madera chapados de corteza de abedul. Una mesa de colosales proporciones
estaba situada debajo de las santas imágenes, en uno de los ángulos.
El ángulo opuesto estaba ocupado por una alta y ancha estufa que
constaba de una porción de divisiones, y cubierta de baldosas barnizadas.
Todo
eso era muy conocido de nuestros jóvenes, que iban todos los años
a pasar las vacaciones al lado de sus padres; digo iban, e iban
a pie pues no tenían aún caballos; por otra parte, el traje no permitía
a los estudiantes el montar a caballo. Se hallaban todavía en aquella
edad en que cualquier cosaco armado podía tirarles impunemente de
los largos mechones de cabello de la coronilla de su cabeza. Sólo
a su salida del seminario fue cuando Bulba les mandó dos caballos
jóvenes para hacer su viaje.
Bulba,
con motivo de la vuelta de sus hijos, hizo reunir todos los centuriones
de su polk que no estaban
ausentes; y cuando dos de ellos acudieron a su llamado, con el ï
ésaoul Dimitri Tovkatch, su camarada, les presentó sus hijos
diciendo:
-¡Miren qué muchachos! Bien pronto les enviaré a la setch.
Los
visitantes felicitaron a Bulba y a los dos jóvenes, asegurándoles
que harían muy bien, y que no había escuela mejor para la juventud
que el zaporojié.
-Vamos, señores y hermanos -dijo Taras- siéntense donde les plazca;
y ustedes, hijos míos, ante todo, bebamos un vaso de aguardiente.
¡Qué Dios nos bendiga! ¡A la salud de ustedes, hijos míos! ¡A la
tuya, Eustaquio! ¡A la tuya, Andrés! ¡Dios quiera que la victoria
les acompañe siempre en la guerra, que derroten a los paganos y
a los tártaros! y si los polacos intentan algo contra nuestra santa
religión, ¡a ellos también! ¡Veamos! venga tu vaso. ¿Es bueno el
aguardiente? ¿Cómo se llama el aguardiente en latín? ¡Qué bobos
eran los latinos! ni siquiera sabían que hubiese aguardiente en
el mundo. ¿Cómo se llamaba aquel que escribió versos latinos? Yo
no, soy muy sabio y he olvidado su nombre. ¿No se llamaba Horacio?
-¡Miren que zorro! -se dijo por lo bajo el hijo mayor, Eustaquio-
el viejo perro lo sabe todo, y aparenta no saber nada.
-Creo
que la gandulifis ni siquiera les ha dejado oler el aguardiente
-continuó Bulba. Convengan ustedes hijos míos, en que les han sacudido
de lo lindo, con escobas de abedul, las espaldas, los riñones y
todo lo que constituye un cosaco; o tal vez, para hacerles hombres
y juiciosos les han aplicado sendos latigazos no solamente los sábados,
sino también los miércoles y jueves.
-No
debemos recordar nada de lo pasado, padre -respondió Eustaquio-
lo pasado, pasado.
-¡Que
lo prueben ahora! -dijo Andrés- ¡qué se atreva alguien a tocarme
la punta del dedo! Que se ponga algún tártaro al alcance de mis
manos, y sabrá lo que es un sable cosaco.
-¡Bien, hijo mío, bien! ¡Vive Dios que has hablado bien! ¡Toda vez
que es así, por Dios que acompaño a ustedes! ¿Qué diablos tengo
que esperar aquí? ¿Convertirme en un plantador de trigo negro, en
un hombre casero, en un pastor de ovejas y de cerdos? ¿Acariciar
a mi mujer? ¡No, lléveme el diablo! Soy cosaco, y he de dejarme
de todo eso. ¡Qué me importa que no haya guerra! Iré a disfrutar
con ustedes; sí, por Dios, iré.
Y
el viejo Bulba, enardeciéndose por grados, concluyó por enfadarse;
se levantó de la mesa, y golpeó con el pie tomando una actitud imperiosa.
-Mañana partiremos. ¿Por qué aplazarlo? ¿Qué diablos esperamos aquí?
¿Para qué esta casa? ¿Para que esas ollas? ¿Para qué todo eso?
Hablando así, se puso a romper los platos y las botellas. La pobre
mujer, acostumbrada desde mucho tiempo a semejantes actos, miraba
tristemente la obra destructora de su marido, sentada en un banco,
sin atreverse a pronunciar palabra; pero al saber una resolución
que tanto la afligía, no pudo contener sus lágrimas. Dirigió una
furtiva mirada a sus hijos a quienes iba tan bruscamente a perder,
y nada es capaz de pintar el sufrimiento que agitaba convulsivamente
sus ojos húmedos y sus apretados labios.
Bulba
era exageradamente obstinado. Era uno de esos caracteres que solo
podían desenvolverse en el siglo XVI, en un rincón salvaje de Europa,
cuando toda la Rusia meridional, abandonada de sus príncipes, fue
asolada por las incursiones irresistibles de los mongoles; cuando,
después de haber perdido su techo y todo abrigo, el hombre buscó
un refugio en el valor de la desesperación; cuando sobre las humeantes
ruinas de su hogar, en presencia de enemigos vecinos e implacables,
se atrevió a edificar de nuevo una morada, conociendo el peligro,
pero acostumbrándose a mirarle de frente; cuando, en fin, el carácter
pacífico de los eslavos se inflamó en un ardor guerrero, y dio vida
a ese arrojo desordenado de la naturaleza rusa que constituyó la
sociedad cosaca (kasatchestvo). Entonces todas las márgenes de los
ríos, los vados, los desfiladeros y hasta los pantanos se cubrieron
de tantos cosacos que nadie los hubiera podido contar, y sus esforzados
y valientes enviados pudieron contestar al sultán que deseaba conocer
su número: «¿Quién lo sabe? En nuestro país, en la estepa, a cada
paso se encuentra un cosaco». Fue aquello una explosión de la fuerza
rusa que hicieron brotar del pecho del pueblo los repetidos golpes
de la desgracia. En vez de los antiguos oudély,
en vez de las reducidas ciudades pobladas de vasallos cazadores,
que se disputaban y vendían los pequeños príncipes, aparecieron
pequeñas villas fortificadas, koureni,
unidas entre sí por el sentimiento del peligro común y por el odio
a los invasores paganos.
La
Historia recuerda las luchas perpetuas de los cosacos que salvaron
a Europa occidental de la invasión de las salvajes hordas asiáticas
que amenazaban inundarla. Los reyes de Polonia que vinieron a ser,
en vez de príncipes despojados los amos de aquellas vastas extensiones
de tierra, si bien dueños lejanos y débiles, comprendieron la importancia
de los cosacos y el provecho que podían sacar de sus disposiciones
guerreras; disposiciones que se esforzaron en desarrollar todavía.
Los hetman, elegidos por los cosacos de entre ellos mismos, transformaron
los koureni en polk regulares. No era un ejército organizado y permanente;
pero, en caso de guerra o de un movimiento general, en ocho días
a lo más, todos estaban reunidos; todos acudían al llamado con caballo
y armas, recibiendo tan sólo del rey por todo sueldo un ducado por
cabeza. En quince días se reunía un ejército que seguramente ningún
alistamiento hubiera podido formar uno semejante. Concluida la guerra,
cada soldado volvía a sus campos a orillas del Dnieper, dedicándose
a la pesca, a la caza o a algún pequeño negocio; fabricaba cerveza,
y disfrutaba de la libertad.
No
había oficio que un cosaco no supiese hacer; destilar aguardiente,
construir un carro, fabricar pólvora, hacer de cerrajero, de herrador,
de veterinario, y, sobre todo beber mucho y emborracharse como sólo
un ruso es capaz de hacerlo. Además de los cosacos inscritos, obligados
a presentarse en tiempo de guerra o de conquista, era muy fácil
reunir un ejército de voluntarios. Bastaba que los ï ésaoul se presentasen
en los mercados y plazas de los pueblos, y gritaran, montados en
un téléga (carro): «¡Eh! ¡Eh! Ustedes los bebedores, no fabriquen
cerveza y no se calienten en el hogar; no engorden para ir a la
conquista del honor y de la gloria caballeresca. Y ustedes, labradores,
plantadores de trigo negro, guardadores de ovejas, dejen de arrastrarse
a la cola de sus bueyes, de ensuciar en el suelo sus caftanes amarillos,
de cortejar a sus mujeres y de dejar perecer su virtud de caballeros.
Tiempo es de ir a conquistar la gloria cosaca». Y estas palabras
parecían chispas que caían sobre leña seca. El labrador abandonaba
su arado; el fabricante de cerveza rompía sus toneles y sus gamellas;
el artesano enviaba al diablo su oficio, y el mercader su comercio;
todos rompían los muebles de sus casas y montaban en sus caballos.
En una palabra, el carácter ruso tomaba entonces una nueva forma,
amplia y poderosa.
Taras
Bulba era uno de los viejos polkovnik.
Nacido para las dificultades y los peligros de la guerra, se distinguía
por la rectitud de un carácter rudo e íntegro. La influencia de
las costumbres polacas empezaba a penetrar entre los hidalguillos
rusos. Muchos de ellos vivían con lujo inusitado, tenían una servidumbre
numerosa, halcones, jauría, y daban espléndidos convites. Nada de
esto agradaba a Bulba; él amaba la vida sencilla de los cosacos,
y a menudo reñía con aquellos de sus camaradas que seguían el ejemplo
de Varsovia, llamándoles esclavos de los nobles (pan) polacos. Inquieto,
activo, emprendedor, se consideraba como uno de los paladines naturales
de la Iglesia rusa; entraba, sin permiso, en todos los pueblos donde
se quejaban de la opresión de los mayordomos-arrendatarios y de
un aumento de precio sobre los hogares. Allí, rodeado de sus cosacos,
juzgaba las quejas, habiéndose impuesto el deber de hacer uso de
su espada en los tres casos siguientes: cuando los mayordomos no
mostraban respeto hacia los ancianos descubriéndose la cabeza ante
ellos; cuando se burlaban de la religión o de las antiguas costumbres,
y por último, cuando se hallaba delante del enemigo, es decir, de
los turcos o paganos, contra los cuales se creía siempre en el deber
de sacar la espada para mayor gloria de la cristiandad.
Ahora
se regocijaba anticipadamente con el placer de conducir él mismo
a sus dos hijos al setch, y decir con orgullo. «Vean ustedes qué
muchachos les traigo»; de presentarles a todos sus antiguos compañeros
de armas, y testigos de sus primeros triunfos en el arte de guerrear
y beber, que contaba también entre las virtudes de un caballero.
Taras había tenido primeramente intención de enviarlos solos; pero
al ver su buen aspecto, su aventajada estatura y su varonil belleza,
sintió revivir su antiguo ardor guerrero, y decidió, con enérgica
y férrea voluntad, acompañarles y partir con ellos al día siguiente.
Hizo sus preparativos, dio ordenes, escogió caballos y arneses para
sus dos hijos, designó los criados que debían acompañarles, y delegó
su mando al ï ésaoul Tovkatch, añadiéndole que tan pronto como recibiese
orden del setch, se pusiese inmediatamente en marcha a la cabeza
de todo el polk. A pesar
de no habérsele pasado completamente la borrachera, y de que su
cabeza estaba todavía turbia con los vapores del vino, nada olvidó,
ni aun la orden de que diesen de beber a los caballos y una ración
del mejor trigo.
-Y
bien, hijos míos -les dijo, volviendo a entrar en su casa rendido
de fatiga- tiempo es ya de dormir, y mañana haremos lo que Dios
quiera. Pero que no se arreglen camas, dormiremos en el patio.
En
cuanto entró la noche, Bulba se fue a dormir; tenía la costumbre
de acostarse temprano. Se echó sobre un tapiz extendido en el suelo,
y se cubrió con una piel de carnero (touloup), pues hacía fresco,
y a Bulba le gustaba el calor cuando dormía en casa. Pronto empezó
a roncar, imitándole todos los que estaban acostados en los rincones
del patio, y más que todos el guardián, que, vaso en mano, había
celebrado con más entusiasmo la llegada de los jóvenes señores.
Únicamente la pobre madre no dormía. Había ido a acurrucarse a la
cabecera de sus queridos hijos, que descansaban el uno al lado del
otro. Peinaba sus cabellos, les bañaba con sus lágrimas, los contemplaba
con todas las fuerzas de su ser, sin saciarse. Después de haberlos
alimentado con la leche de sus pechos, de haberles educado con una
ternura llena de inquietud, no debía ahora verles más que un instante.
-¿Qué
será de ustedes, queridos hijos? ¿Qué es lo que les espera? -decía
ella- y gruesas lágrimas se detenían en las arrugas de su rostro,
hermoso en otro tiempo.
En
efecto, la pobre madre era muy digna de lástima como todas las mujeres
de aquel tiempo. Su rudo esposo la había abandonado por su sable,
por sus camaradas y por una vida aventurera y desarreglada. Sólo
veía a su marido dos o tres días al año; y aun cuando él estaba
allí, cuando vivían juntos, ¿cuál era su vida? Tenía que sufrir
injurias, y hasta golpes, recibiendo pocas caricias y aun desdeñosas.
La
mujer era una criatura extraña y fuera de su lugar entre aquellos
aventureros feroces. Su juventud pasó rápidamente; sus frescas y
hermosas mejillas, sus blancas espaldas se cubrieron de prematuras
arrugas. Todo lo que hay de amor, de ternura, de pasión en la mujer
se concentró en ella en el amor maternal. Aquella noche, como la
tchaï ka de las estepas se cierne sobre su nido, permaneció
inclinada con angustia sobre la cama de sus hijos. Le arrebataban
sus hijos, sus amados hijos; se los arrebataban para no volver a
verlos tal vez jamás: acaso en la primera batalla los tártaros les
cortarían la cabeza, y la pobre madre nunca sabría qué habría sido
de sus cuerpos abandonados, que servirían de pasto a las aves de
rapiña. Sollozando sordamente, contemplaba los ojos de sus hijos
que un irresistible sueño mantenía cerrados.
-¡Tal
vez -pensaba- Bulba retardará dos días más su partida! ¡Quizá ha
resuelto partir tan pronto porque hoy ha bebido mucho!
Hacía
bastante rato que la luna alumbraba desde el alto cielo el patio
y todos los que en él dormían, así como un grupo de copudos sauces
y los elevados brazos que crecían junto al cercado hecho de empalizadas,
y la pobre madre permanecía sentada a la cabecera de sus hijos,
sin apartar los ojos de ellos ni pensar en dormir. Los caballos,
con la venida del alba, se tumbaron sobre la hierba dejando de pacer.
Las elevadas hojas de los sauces empezaban a estremecerse, a cuchichear,
y su cháchara bajaba de rama en rama. El agudo relincho de un potro
resonó de repente en la estepa. Rojos resplandores aparecieron en
el cielo. Bulba despertó de repente, y se levantó bruscamente. Recordaba
todas las órdenes que había dado la víspera.
-¡Ya
se ha dormido bastante, muchachos; ya es tiempo, ya es tiempo! Den
de beber a los caballos. Pero, ¿en donde está la vieja? (así llamaba
habitualmente a su mujer). ¡Pronto, vieja, danos de comer, pues
tenemos mucho que andar!
La
pobre anciana, privada de su última esperanza, se dirigió tristemente
hacia la casa. Mientras con las lágrimas en los ojos preparaba el
desayuno, su marido daba sus últimas órdenes, iba y venía por las
caballerizas, y escogía para sus hijos sus más ricos vestidos. Los
estudiantes cambiaron en un momento de aspecto. Botas rojas con
pequeños talones de plata reemplazaron al mal calzado del colegio.
Se ciñeron con un cordón dorado pantalones anchos como el mar Negro,
y formados con un millón de plieguecitos. De este cordón pendían
largas correjuelas de cuero, que sostenían con borlas todos los
utensilios que usan los fumadores. Una casaquilla de tela roja como
el fuego les fue ajustada al cuerpo por un cinturón bordado, en
el cual se colocaron pistolas turcas damasquinadas. Un enorme sable
les golpeaba las piernas. Sus semblantes, poco tostados por el sol,
parecían entonces más hermosos y más blancos. Pequeños bigotes negros
realzaban el color brillante y fresco de la juventud. Aumentaban
su belleza sus gorras de astracán negro que terminaban en forma
de casquetes dorados. Cuando los vio la pobre madre, no pudo proferir
una palabra, y tímidas lágrimas se detuvieron en sus marchitos ojos.
-Vamos, hijos míos, todo esta dispuesto, no nos retardemos más -dijo
por fin Bulba. Ahora, según la costumbre cristiana, es preciso sentarnos
antes de partir.
Todo
el mundo se sentó en silencio en el mismo aposento, sin exceptuar
los criados que se mantenían respetuosamente cerca de la puerta.
-Ahora, madre -dijo Bulba- bendice a tus hijos; ruega a Dios que
se batan siempre bien, que sostengan su honor de caballeros, que
defiendan la religión del Crucificado, si no, que perezcan, y que
no quede nada de ellos sobre la tierra. Muchachos, acérquense a
su madre; la oración de una madre preserva de todo peligro en la
tierra y en el mar.
La
pobre mujer los abrazó, tomó dos pequeñas imágenes de metal y se
las colgó del cuello sollozando.
-Que
la Virgen les proteja. No olviden, hijos míos, a su madre. Envíen
al menos noticias, y piensen…
No
pudo continuar.
-Vamos, muchachos -dijo Bulba. Los caballos esperaban delante del
peristilo. Bulba se lanzó sobre Diablo, que respingó furiosamente
al sentirse de repente encima un peso de veinte pouds,
pues Bulba era sumamente grueso y pesado. Cuando la madre vio que
también sus hijos estaban montados a caballo, se precipitó hacia
el más joven, cuyo semblante manifestaba más ternura; agarró su
estribo, se asió a la silla, y con triste y silenciosa desesperación,
le estrechó entre sus brazos. Dos vigorosos cosacos la levantaron
respetuosamente y la llevaron a la casa. Pero en el momento en que
los jinetes franqueaban la puerta, se arrojó sobre sus huellas con
la ligereza de una corza, cosa extraña en su edad, detuvo con mano
fuerte uno de los caballos, y abrazó a su hijo con un ardor insensato,
delirante. Se la llevaron de nuevo.
Los
dos hermanos empezaron a cabalgar tristemente a ambos lados de su
padre, reteniendo sus lágrimas por temor a Bulba, que también, sin
demostrarla, experimentaba una invencible emoción.
La
mañana estaba desapacible; la verdegueante hierba brillaba a lo
lejos, y las aves gorjeaban en discordes tonos. Después de caminar
un corto trecho, los jóvenes echaron una mirada tras sí; su casita
parecía haberse hundido debajo tierra; tan sólo veíanse en el horizonte
dos chimeneas rodeadas por las cimas de los arboles en los cuales
habían gateado como ardillas en su juventud. Una extensísima pradera
se extendía a su vista, una pradera que les recordaba toda su vida
pasada, desde la edad en que retozaban sobre la hierba bañada por
el rocío. Bien pronto no se vio otra cosa que la pértiga coronada
por una rueda de carro que se elevaba encima de los pozos; después
la estepa empezó a levantarse en montaña, cubriendo todo lo que
dejaban tras sí.
-¡Adiós, hogar paterno! ¡Adiós, recuerdos infantiles!
¡Adiós,
todo!
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