Fedor Dostoyesvski
Memorias del subsuelo
Revisado por: Carlos
Jiménez Jiménez
NOTA DEL AUTOR
El autor de este
diario, y el diario mismo, pertenece evidentemente al campo de la ficción. Sin
embargo, si consideramos las circunstancias que han determinado la formación de
nuestra sociedad, nos parece posible que existan entre nosotros seres
semejantes al autor de este diario. Mi propósito es presentar al público,
subrayando un poco los rasgos, uno de los personajes de la época que acaba de
transcurrir, uno de los representantes de la generación que hoy se está
extinguiendo. En esta primera parte, titulada Memorias del Subsuelo, el
personaje se presenta al lector, expone sus ideas y trata de explicar las
causas de que haya nacido en nuestra sociedad. En la segunda parte relata
ciertos sucesos de su vida.
I
Soy un enfermo. Soy un
malvado. Soy un hombre desagradable. Creo que padezco del hígado. Pero no sé
absolutamente nada de mi enfermedad. Ni siquiera puedo decir con certeza dónde
me duele.
Ni me cuido ni me he
cuidado nunca, pese a la consideración que me inspiran la medicina y los médicos.
Además, soy extremadamente supersticioso... lo suficiente para sentir respeto
por la medicina. (Soy un hombre instruido. Podría, pues, no ser supersticioso.
Pero lo soy.) Si no me cuido, es, evidentemente, por pura maldad. Ustedes
seguramente no lo comprenderán; yo sí que lo comprendo. Claro que no puedo
explicarles a quién hago daño al obrar con tanta maldad. Sé muy bien que no se
lo hago a los médicos al no permitir que me cuiden. Me perjudico sólo a mí
mismo; lo comprendo mejor que nadie. Por eso sé que si no me cuido es por
maldad. Estoy enfermo del hígado. ¡Me alegro! Y si me pongo peor, me alegraré
más todavía.
Hace ya mucho tiempo
que vivo así; veinte años poco más o menos. Ahora tengo cuarenta. He sido
funcionario, pero dimití. Fui funcionario odioso. Era grosero y me complacía
serlo. Ésta era mi compensación, ya que no tomaba propinas. (Esta broma no
tiene ninguna gracia pero no la suprimiré. La he escrito creyendo que
resultaría ingeniosa, y no la quiero tachar, porque evidencia mi deseo de
zaherir.) Cuando alguien se acercaba a mi mesa en demanda de alguna
información, yo rechinaba los dientes y sentía una voluptuosidad indecible si
conseguía mortificarlo. Lo lograba casi siempre. Eran, por regla general,
personas tímidas, timoratas. ¡Pedigüeños al fin y al cabo! Pero también había a
veces entre ellos hombres presuntuosos, fanfarrones. Yo detestaba especialmente
a cierto oficial. Él no quería someterse, e iba arrastrando su gran sable de
una manera odiosa. Durante un año y medio luché contra él y su sable, y
finalmente salí victorioso; dejó de fanfarronear. Esto ocurría en la época de
mi juventud.
Pero ¿saben ustedes,
caballeros, lo que excitaba sobre todo mi cólera, lo que la hacía
particularmente vil y estúpida? Pues era que advertía, avergonzado, en el
momento mismo en que mi bilis se derramaba con más violencia, que yo no era un
hombre malo en el fondo, que no era ni siquiera un hombre amargado, sino que
simplemente me gustaba asustar a los gorriones. Tengo espuma en la boca; pero
tráiganme ustedes una muñeca, ofrézcanme una taza de té bien azucarado, y verán
cómo me calmo; incluso tal vez me enternezca. Verdad es que después me morderé
los puños de rabia y que durante algunos meses la vergüenza me quitará el
sueño. Sí, así soy yo.
He mentido al decir
que fui un funcionario perverso. He mentido por despecho. Yo trataba,
simplemente, de distraerme con aquellos peticionarios y aquel oficial, y jamás
conseguí llegar a ser realmente malo. Me daba perfecta cuenta de que existían
en mí gran número de elementos diversos que se oponían a ello violentamente.
Los sentía hormiguear dentro de mi ser, por decirlo así. Sabía que estaban
siempre en mi interior y que aspiraban a exteriorizarse, pero yo no los dejaba
salir; no, no les permitía evadirse. Me atormentaban hasta la vergüenza, hasta
la convulsión. ¡Oh, qué cansado, qué harto estaba de ellos!
Pero ¿no les parece,
señores, que estoy adoptando ante ustedes una actitud de arrepentimiento por un
crimen que no sé cuál es? Estoy seguro de que ustedes imaginan... No obstante,
les advierto que me es indiferente que se lo imaginen o no.
No he conseguido nada,
ni siquiera ser un malvado; no he conseguido ser guapo, ni perverso; ni un
canalla, ni un héroe, ni siquiera un mísero insecto. Y ahora termino mi
existencia en mi rincón, donde trato lamentablemente de consolarme (aunque sin
éxito) diciéndome que un hombre inteligente no consigue nunca llegar a ser nada
y que sólo el imbécil triunfa. Sí, señores, el hombre del siglo XIX tiene el
deber de estar esencialmente despojado de carácter; está moralmente obligado a
ello. El hombre de carácter, el hombre de acción, es un ser de espíritu
mediocre. Tal es el convencimiento que he adquirido en mis cuarenta años de
existencia.
Sí, tengo cuarenta
años. Cuarenta años son toda una vida; son una verdadera vejez. Vivir más de
cuarenta años es una inconveniencia, algo inmoral y vil. ¿Quién vive después de
cumplir cuarenta años? ¡Respondan sinceramente, honradamente! Voy a decírselo a
ustedes: los imbéciles y los bribones. Sí, ésos son los que viven más de
cuarenta años. ¡Se lo diré en la cara a todos los viejos, a todos esos
respetables viejos de rizos plateados y perfumados! Lo proclamaré ante el
universo entero. Tengo derecho a hablar así porque yo viviré hasta los sesenta,
hasta los setenta, hasta los ochenta años! ¡Esperen! ¡Déjenme recobrar el
aliento!
Ustedes se imaginan
seguramente que mi propósito es hacerles reír. Pues no; se equivocan en esto,
como en todo lo demás. No soy en modo alguno tan alegre como sin duda les
parezco. Por otra parte, si, irritados por toda esta palabrería (porque ustedes
están irritados; lo veo), me pregunta qué soy en fin de cuentas, les
responderé: soy un asesor de colegio. Ingresé en la Administración para poder
comer (únicamente para eso), y el año pasado, cuando un pariente lejano me legó
seis mil rublos, dimití al punto y me enterré en mi rincón. Hacía ya mucho
tiempo que estaba aquí, pero ahora me he instalado definitivamente. La
habitación que ocupo está en los confines de la ciudad y es fea, destartalada.
Mi criada es una vieja campesina, malvada por falta de inteligencia. Además,
huele mal. Me dicen que el clima de Petersburgo me perjudica, que la vida aquí
es muy cara, e ínfimos los recursos de que dispongo. Lo sé; lo sé mucho mejor
que todos esos sabios donadores de consejos. Pero me quedo en Petersburgo. No
me iré de Petersburgo porque... Bueno, ¿qué importa que me marche o no?
Sin embargo ¿de qué
puede hablar un hombre honrado con más placer?
Respuesta: de sí
mismo. ¡Por lo tanto, voy a hablarles de mí mismo!
II
Ahora voy a contarles,
señores (quieran ustedes o no), por qué ni siquiera he conseguido llegar a ser
un insecto. Lo declaro ante ustedes solemnemente: muchas veces he intentado
convertirme en un insecto, pero no se me ha juzgado digno de ello.
Una conciencia
demasiado clarividente es (se lo aseguro a ustedes) una enfermedad, una
verdadera enfermedad. Una conciencia ordinaria nos bastaría y sobraría para
nuestra vida común; sí, una conciencia ordinaria, es decir, una porción igual a
la mitad, a la cuarta parte de la conciencia que posee el hombre cultivado de
nuestro siglo XIX y que, para desgracia suya, reside en Petersburgo, la más
abstracta, la más premeditada de las
ciudades existentes en la Tierra (pues hay ciudades premeditadas y ciudades que no lo son). Se tendría, por ejemplo,
más que de sobra con esa cantidad de conciencia que poseen los hombres llamados
sinceros, espontáneos y también hombres de acción.
Ustedes se imaginan (apostaría
cualquier cosa) que escribo todo esto por darme importancia, por burlarme de
los hombres de acción, por darme tono a la manera del fatuo que arrastraba el
sable y del que les he hablado hace un momento, pero eso sería de muy mal
gusto. Pues ¿quién puede pensar, señores, en vanagloriarse de sus enfermedades
y utilizarlas como pretexto para darse tono?
Pero ¿qué digo? Todo
el mundo obra así. Precisamente de sus enfermedades extraen la gloria. Y eso
hago yo, probablemente aún más que nadie. En fin, no hablemos más del asunto:
mi objeción es estúpida.
Sin embargo (estoy
firmemente convencido de ello), la conciencia, toda conciencia es una
enfermedad. Lo mantengo. Pero dejemos esto por ahora. Respóndanme a esto: ¿cómo
es que siempre, en el preciso instante -como hecho adrede- que me sentía más
capaz de apreciar todos los matices de lo bello, de lo sublime, como se decía
en nuestra patria hace poco, se me ocurría no sólo pensar, sino hacer cosas tan
inconvenientes? Eran actos que todos realizan con oportunidad, pero que yo
cometía precisamente cuando me daba perfecta cuenta de que había que abstenerse
de ejecutarlos. Cuanto más clara conciencia tenía del bien y de todas las cosas bellas y sublimes, tanto más me
hundía en mi cieno y tanto más capaz me sentía de sepultarme en él
definitivamente. Pero lo más notable es que este desacuerdo no parecía un hecho
fortuito, dependiente de las circunstancias, sino algo que ocurría del modo más
natural. Se diría que éste era mi estado normal, y en modo alguno una
enfermedad o un vicio; tanto, que finalmente perdí todo deseo de luchar. En
resumen, que casi admito (y tal vez sin casi)
que aquél era el estado normal de mi espíritu. Pero, al principio, ¡cuánto
sufrí en esta lucha! No creía que los demás pudiesen estar en el mismo caso, y
a lo largo de toda mi vida he mantenido en secreto este rasgo de mi carácter.
Me avergonzaba de él (es posible que me avergüence todavía). Tan lejos iba en
esto, que experimentaba una especie de placer secreto, vil, anormal, al volver
a mi casa, a mi agujero, en una de las turbias e ingratas noches
petersburguesas, y decirme que otra vez había cometido una villanía aquel día y
que sería imposible repararla. Entonces me roía interiormente. Me roía, me
desgarraba a dentelladas, bebía largamente mi amargura, me saciaba de ella de
tal modo, que al fin experimentaba una especie de debilidad vergonzosa,
maldita, en la que saboreaba una verdadera voluptuosidad. ¡Sí, lo repito: una
verdadera voluptuosidad! He sacado a relucir esta cuestión porque deseo saber
si otros conocen semejantes voluptuosidades.
Me explicaré. La
voluptuosidad procedía, en este caso, de que me daba clara cuenta de mi
humillación, la cual procedía del convencimiento de haber llegado al límite. “Tu
situación es abominable -me decía a mí mismo-, pero no puede ser otra; no
tienes ninguna salida; no podrás cambiar nunca, porque, aunque tuvieras el
tiempo y la fe necesarios para ello, no querrías convertirte en otro hombre.
Por otra parte, aunque quisieras cambiar, no podrías. ¿En qué otra cosa te
transformarías? ¡Quizá no hay ninguna!”
Pero lo esencial- y
esto pone fin a la cuestión- es que todo se realiza de acuerdo con las leyes fundamentales
y normales de la conciencia refinada, y mana de ella directamente, tanto, que
es por completo imposible no sólo cambiar, sino, generalmente, reaccionar de
algún modo. La conciencia refinada nos dice, por ejemplo: “Tienes razón, eres
un canalla”. Pero el hecho de que yo pueda comprobar mi propia condición
canallesca no me consuela lo más mínimo de ser un canalla. ¡En fin, basta ya!
¡Cuántas palabras, Dios mío! Pero ¿qué he explicado? ¿De dónde proviene esa
voluptuosidad? Sin embargo, me interesa explicarlo todo. Iré hasta el fin. Para
eso he tomado la pluma.
Empezaré por decir que
tengo un amor propio tremendo, que soy tan desconfiado y susceptible como un
jorobado, como un enano. Pero, verdaderamente, ha habido momentos en mi
existencia en los que, si me hubiesen dado una bofetada, me habría sentido
quizá muy dichoso. Hablo en serio; habría podido encontrar en ello cierto
placer, el placer de la desesperación, desde luego. Pues la desesperación
oculta la voluptuosidad más ardiente, sobre todo cuando la situación aparece
sin salida. Sin embargo, en el caso de la bofetada, ¡qué sensación de
aplastamiento se experimenta!
Pero lo principal es
que siempre resulta que soy yo el culpable, sea cual fuere el lado desde el que
examinen las cosas, y es más: culpable sin serlo, por lo menos, de acuerdo con
las leyes de la naturaleza. Soy culpable, ante todo, porque soy más inteligente
que cuantos me rodean (siempre me he considerado más inteligente que las
personas que me rodeaban, e incluso -¡fíjense ustedes!- mi sensación de
superioridad me confunde hasta el punto de que miro a la gente de reojo, por no
poder mirarla cara a cara). Soy culpable, además, porque, aún cuando me hubiese
sentido generoso, el convencimiento de que esto era inútil sólo habría servido
para atormentarme más. Desde luego, no habría adelantado nada. No habría podido
perdonar, porque el agresor me habría golpeado seguramente, de acuerdo con las
leyes de la naturaleza, las cuales no se preocupan por nuestro perdón. Además,
me habría sido imposible olvidar, porque el insulto, por natural que sea,
siempre es un insulto. En fin, si renunciaba a ser generoso y pretendía, por el
contrario, vengarme del agresor, no podía cumplir este propósito, porque me era
imposible decidirme a obrar, aún teniendo la facultad de hacerlo.
Pero ¿por qué? Sobre
esto quisiera decirles a ustedes unas palabras.
III
¿Cómo ocurren las
cosas en los que son capaces de defenderse y algunos incluso de vengarse?
Cuando el deseo de
venganza se apodera de ellos, no hay espacio en su espíritu más que para ese
deseo. Se lanzan hacia delante en línea recta, la cabeza baja, como los toros
furiosos, y sólo se detienen cuando llegan ante un muro. Por cierto, que, ante
un muro, estos señores, estos seres sencillos y espontáneos, los hombres de
acción, se desmoronan y ceden con toda sinceridad. Para ellos, este muro no
significa en modo alguno lo mismo que para nosotros, que pensamos y, por
consiguiente, no obramos; es decir, no es excusa. No, para ellos no es en modo
alguno un pretexto que les permite desandar lo andado, pretexto en el que
nosotros no solemos creer pero del que nos aprovechamos gustosos. No, ellos
ceden de buen grado. El muro es a sus ojos un tranquilizante; les ofrece una
solución moral definitiva, e incluso me atrevería a llamarla mística. Pero ya
volveremos a hablar de este muro.
Pues bien,
precisamente es este hombre sencillo y espontáneo el que considero normal por
excelencia, el hombre en que soñaba nuestra tierna madre naturaleza cuando nos puso
amablemente sobre la tierra. Envidio a ese hombre. No niego que es tonto. Pero
¿qué saben ustedes de esto? Es posible que el hombre normal haya de ser tonto.
Incluso es posible que sea hermoso. Y esta suposición me parece más justificada
si observamos la antítesis del hombre normal, es decir, al hombre de conciencia
refinada, al hombre salido no del seno de la naturaleza, sino de un alambique
(esto es casi misticismo, señores, pero me siento inclinado hacia esta
sospecha). Entonces vemos que este hombre alambicado se esfuma a veces ante su
antítesis, hasta tal punto y cede tanto, que, a pesar de todo el refinamiento
de su conciencia, llega a considerarse no más que como un ratoncito. Es quizás
un ratoncito de extremada clarividencia, pero no por eso deja de ser un ratón y
no un hombre, mientras que el otro es en verdad un hombre. En fin, lo peor es
que él mismo se considera un ratón, ¡él mismo! Nadie pide que lo confiese. Es
un detalle muy importante.
Veamos, pues, a este
ratoncito en acción. También él se siente ofendido (esta sensación es casi
continua) y pretende vengarse. Es posible que se acumule en él más rabia aún
que en l'homme de la nature et de la
vérité. El deseo cobarde y mezquino de devolver mal por mal a quien le
insulta lo corroe, tal vez incluso más violentamente que a l'homme de la nature et de la vérité, porque éste, en su estupidez
natural, considera su venganza como una acción perfectamente justa y, en
cambio, el ratoncito no puede admitir la justicia de tal acto a causa de su
superior clarividencia. Pero llegamos al fin al acto mismo, a la venganza.
Además de la villanía inicial, el desgraciado ratón ha amasado en torno de él,
en forma de dudas y vacilaciones, tantas nuevas villanías, ha añadido a la
primera pregunta tantas otras sin respuesta posible, que, haga lo que haga,
crea alrededor de su persona un fatídico lodazal, un pantano pestilente y
cenagoso, formado por sus vacilaciones, sus sospechas, su inquietud y todos los
salivazos que le arrojan los hombres de acción que le rodean, le juzgan, le
aconsejan y se ríen de él a mandíbula batiente.
Entonces,
naturalmente, lo único que puede hacer es abandonarlo todo, aparentando
desprecio, y desaparecer vergonzosamente en su agujero. Y allí, en un sucio y
pestilente subterráneo, el insultado, apaleado y escarnecido ratón se zambulle
lentamente en su rabia fría, envenenada y, sobre todo, inextinguible.
Durante cuarenta años
recordará la afrenta recibida, con sus detalles más humillantes, a los que irá
añadiendo otros más vergonzosos aún, excitándose perversamente, atizando el
fuego de su imaginación. Se sentirá avergonzado, pero evocará todos los
detalles, pasará revista a todas las circunstancias, inventará otras con el
pretexto de que habría podido producirse, y no perdonará nada.
Incluso es posible que
trate de vengarse, pero a hurtadillas, en pequeñas dosis, de incógnito, sin
ninguna confianza ni en su derecho ni en el éxito de su propósito y dándose
clara cuenta de que sus tentativas de venganza le harán sufrir a él mucho más
que a aquel contra el que van dirigidas y que probablemente ni siquiera se
enterará. En su lecho de muerte lo recordará todo de nuevo, añadiendo los
intereses devengados, y entonces... Pero precisamente esta mezcla abominable y
helada da esperanza y desesperación, precisamente este enterramiento
voluntario, esta existencia de emparedado viviente, esta ausencia (claramente
percibida, pero siempre dudosa) de toda solución, este cúmulo de deseos
insatisfechos que no han hallado salida, de decisiones febriles tomadas para siempre
pero seguidas inmediatamente por los remordimientos; todo esto es lo que
detalla precisamente esta voluptuosidad extraña a la que me he referido antes.
Esto es algo tan sutil generalmente, tan difícil de captar, que la gente
mediocre -e incluso, simplemente, aquellos que poseen unos nervios bien
templados- no comprende ni jota. «Tampoco comprenderán nada de eso -me dirán
ustedes tal vez, burlonamente-, los que nunca hayan sido abofeteados.» Así,
ustedes me darán a entender cortésmente que he recibido una bofetada y que
hablo con conocimiento de causa. Apuesto lo que quieran a que lo han pensado.
Pero tranquilícense, señores, no he sido abofeteado, y, por lo demás, lo que
puedan ustedes pensar respecto a este asunto me tiene completamente sin cuidado.
Tal vez soy yo quien lamenta haber repartido pocas bofetadas durante mi vida.
Pero ¡basta! ¡Ni una palabra más sobre este tema, por mucho que les interese!
Continúo, pues,
hablando con toda calma de las personas de nervios bien templados que no
saborean ciertas sutiles voluptuosidades. Aunque estos señores mujan como toros
en algunos casos y se enorgullezcan de ello, se desmoronan, como ya he dicho,
ante lo imposible: ante la muralla de piedra. Pero ¿qué muralla es ésa?
Evidentemente, son las leyes naturales, los resultados de las ciencias exactas,
de las matemáticas. Si les demuestran a ustedes, por ejemplo, que descienden
del mono, será inútil que tuerzan el gesto: tendrán que aceptarlo. Si les
prueban que una sola gota de su propia grasa debe ser más estimable para
ustedes que cien mil del prójimo y que a eso van a parar todas las virtudes,
todas las obligaciones y otras fantasías y prejuicios, no tendrán más remedio
que admitirlo, porque dos y dos son cuatro. Esto pertenece al dominio de las
matemáticas, y no hay discusión posible.
“¡Perdone! -gritará
alguien-. Usted no puede protestar: dos y dos son cuatro. A la naturaleza no le
preocupan las pretensiones de usted; no le preocupan sus deseos; no le importa
que sus leyes no le convengan a usted. Está usted obligado a aceptarla tal como
es y a aceptar todo lo que procede de ella. El muro es un muro”, etcétera. Pero
¿qué importan, Dios mío, las leyes de la naturaleza y la aritmética si, por una
razón u otra, esas leyes y ese “dos y dos son cuatro” no me complacen?
Evidentemente, no podré romper ese muro con la cabeza, ya que mis fuerzas no
bastan para ello; pero me niego a humillarme ante ese obstáculo por la única
razón de que sea un muro de piedra y yo no tenga fuerzas para calvario.
¡Como si ese muro
pudiera procurarme alguna paz! ¡Como si uno pudiera reconciliarse con lo
imposible por la sola razón de que se funda sobre el “dos y dos son cuatro”! ¡Es
el mayor absurdo que puede concebirse!
¡Cuánto más penoso es
comprenderlo todo, tener conciencia de todas las imposibilidades, de todos los
muros de piedra, y no humillamos ante ninguna de esas imposibilidades, ante
ninguna de esas murallas si ello nos repugna! ¡Cuánto más penoso es llegar,
siguiendo las deducciones lógicas más ineludibles, a la posición más
desesperante respecto a ese tema eterno de nuestra parte de responsabilidad en
la muralla de piedra (aunque está claro hasta la evidencia que no tenemos nada
que ver con eso), y, en consecuencia, sumergimos, en silencio pero rechinando
los dientes con voluptuosidad, en la inercia, sin dejar de pensar que ni
siquiera podemos rebelarnos contra nadie, porque, en suma, no tenemos enfrente
a nadie! ¡Y nunca lo tendremos, porque todo es una farsa, un engaño, un
galimatías! No sabemos qué ni quién, pero, a pesar de todos esos
engaños y de toda nuestra ignorancia, sufrimos, y tanto más cuanto menos
comprendemos.
IV
“¡Ja, ja, ja! ¡Si es
así, llegará usted a descubrir cierta voluptuosidad en el dolor de muelas!”,
exclamarán ustedes.
Y yo les responderé
que sí, que hay cierta voluptuosidad en el dolor de muelas. Yo he sufrido ese
dolor durante todo un mes, y sé lo que me digo. En estos casos no nos
enfurecemos en silencio: gemimos. Pero estos gemido carecen de franqueza: hay en
ellos cierta malignidad. Y ahí está precisamente el quid de la cuestión. Esos
gemidos expresan la voluptuosidad del que sufre: si el enfermo no experimentara
cierto placer al quejarse, dejaría de hacerlo. Es un excelente ejemplo,
señores, y lo voy a desarrollar.
Estos gemidos
expresan, en primer lugar, la conciencia humillante de la inutilidad del
sufrimiento, su legalidad desde el punto de vista de la naturaleza, sobre la
cual usted escupe, pero que le hace sufrir, mientras ella permanece impasible.
Expresan también que usted comprende que el enemigo no existe pero no por eso
deja de existir el dolor y que, teniendo tantos Wagenheim como tiene, es usted
esclavo de sus muelas. Si a alguno de esos Wagenheim le da por ahí, sus muelas
dejarán de atormentarle; pero si su propósito es otro, su dentadura le hará
sufrir todavía tres meses más. Y si se niega usted a inclinarse, si protesta,
no hallará otro medio para consolarse que darse de bofetadas o romperse los
puños contra el muro de piedra. Pues bien, son precisamente estas crueles
ofensas, estas burlas que se permite no se sabe quién, las que suscitan esa
sensación de placer, que llega a veces a la voluptuosidad suprema.
Les ruego, señores,
que presten atención a los lamentos de un hombre cultivado del siglo XIX que
tiene dolor de muelas desde hace dos o tres días. Entonces gime de modo
distinto que el primer día, no sólo porque le duele, no como un grosero
campesino, sino como una persona instruida, impregnada de la civilización
europea, como un hombre “desligado del suelo natal y de los principios
nacionales”, como se dice hoy. Estos gemidos son malévolos, furiosos y no cesan
de día ni de noche. Sin embargo, la víctima comprende perfectamente que no le
sirven para nada. Sabe mejor que nadie que irrita y tortura a quienes le rodean
y que se tortura a sí mismo sin provecho alguno. Sabe que el público y la
familia ante la cual se lamenta escuchan con desagrado sus quejas, en las que
no creen, y comprenden que podría gemir de otro modo, más sencillamente, sin afectación,
sin esos gorgoritos y esas exageraciones provocadas por la maldad... Y es que
justamente en esa humillación a la que acompaña la clarividencia radica la
voluptuosidad. “¿De modo que os molesto, que os desgarro el corazón, que impido
dormir a toda la casa? ¡Mejor, no durmáis! ¡Así os daréis cuenta de que me
duelen las muelas! ¡Ya no soy para vosotros el héroe que pretendía ser! ¡Ahora
soy un malvado, un bribón! ¡Mejor! ¡Incluso me siento feliz al ver que al fin
me habéis desenmascarado! ¿Os mortifica oír mis gemidos? ¡Peor para vosotros!
¡Voy a lanzar un gorgorito más afiligranado todavía!”
¿Continúan ustedes sin
comprender, señores? No me extraña; para poder captar todos los matices de esta
voluptuosidad sensual es preciso poseer una profundidad mental extraordinaria.
¿Se ríen? ¡Me alegro! Mis bromas, señores, son evidentemente de muy mal gusto.
Además, son confusas y suenan a falso. La causa de todo esto es que no siento
la propia estimación. Pero ¿acaso el que se conoce puede estimarse aunque sólo
sea un poco?
V
¿Puede sentir
verdaderamente algún respeto por sí mismo el que se ha dedicado a descubrir
cierta voluptuosidad en el convencimiento de su propia humillación? No habla en
modo alguno inspirado por un remordimiento pueril. Detesto decir: “¡Perdóname,
papá; no lo volveré a hacer!”. No porque sea incapaz de pronunciar estas
palabras, sino quizá por todo lo contrario: porque soy demasiado capaz de
pronunciarlas.
Y, como si lo hiciese
adrede, me precipitaba hacia delante precisamente cuando no tenía nada en
absoluto que ver con el asunto. Esto era lo más repugnante. Y entonces me
enternecía, me lo confesaba todo, lloraba y, al fin, me engañaba a mí mismo,
aunque sin intención, pues era mi corazón el que me hacía estas jugarretas.
En estos casos, ni
siquiera podía echar la culpa a la naturaleza, a esas leyes que me han hecho
sufrir tantas vejaciones en el curso de mi existencia. Es penoso acordarse de
estas cosas, que, además, eran sumamente penosas en el momento en que ocurrían.
Pero basta que transcurra un minuto para que me enfurezca al advertir que todo
esto es mentira, una mentira innoble, una comedia infame. ¡Esa contrición, ese
enternecimiento, esos propósitos de vida nueva! ... Ustedes me preguntarán por
qué me torturaba, por qué me retorcía tan cruelmente. Respuesta: porque me
aburría permaneciendo con los brazos cruzados. He aquí por qué me entregaba a
semejantes contorsiones. Era esto, se lo aseguro a ustedes. Obsérvense a sí
mismos con atención, y comprobarán que las cosas ocurren precisamente así. Yo
me imaginaba aventuras y me creaba una existencia fantástica para vivir fuera
como fuese. ¡Cuántas veces, por ejemplo, me he enojado sin motivo, sólo por
enojarme! Yo era el primero en saber que me irritaba en frío, pero que me iba
enardeciendo, y llegaba a encolerizarme sinceramente.
Siempre me han gustado
estas cosas. Tanto, que acabé por perder el dominio de mí mismo. Una vez,
incluso dos, traté a toda costa de enamorarme. Y hasta llegué a sufrir,
palabra. Uno, en el fondo, no cree en su sufrimiento, casi se ríe, pero, a
pesar de todo, sufre, y muy de veras. Está celoso, está fuera de sí... Y la
causa de todo esto, señores, es el aburrimiento: la inercia nos aplasta. El
fruto legal, el fruto natural de la conciencia es, en efecto, la inercia: nos
cruzamos de brazos conscientemente. Ya he hablado de esto. Ahora lo repito, lo
repito una vez más: todos los hombres activos, son activos porque son obtusos y
mediocres.
¿Cómo se explica esto?
He aquí la explicación: debido a su estrechez de espíritu, toman las causas
secundarias, inmediatas, por las principales; y mucho más fácilmente, mucho más
rápidamente que los no obtusos, se imaginan haber encontrado las razones
sólidas, fundamentales, de su actividad. Y así se tranquilizan, que es lo
principal. Pues para poder obrar hay que conseguir de antemano una perfecta
tranquilidad y no tener el menor resto de duda.
Pero ¿cómo puedo
conseguir yo esta tranquilidad de espíritu? ¿Dónde puedo hallar los principios
fundamentales sobre los que levantar mi edificio? ¿Dónde está mi base, adónde
puedo ir a buscarla?
Me entrego al
pensamiento. Dicho de otro modo, en mí, toda idea provoca inmediatamente otra,
y así continúa sucediendo hasta el infinito. Tal es la esencia de todo
pensamiento, de toda conciencia. Nos volvemos, pues, a encontrar ante las leyes
de la naturaleza. ¿Con qué resultado? ¡Éste es siempre el mismo, recuérdenlo!
Les he hablado hace poco de la venganza (y estoy seguro de que ustedes no han
llegado al fondo de la cuestión). Dicen que el hombre se venga porque considera
que esto es justo. Éste ha encontrado, pues, el principio fundamental que
buscaba: la justicia. Está, por lo tanto, completamente tranquilo y se venga
con gran serenidad y pleno éxito, persuadido como está de que realiza una
acción justa y honrada. pero yo no veo en la venganza nada justo ni bueno; en
consecuencia, si trato de vengarme es por pura maldad. Evidentemente, la cólera
podría vencer todas las vacilaciones y, por lo tanto, desempeñar con éxito el
papel de esta razón fundamental, precisamente porque no puede ser considerada
como tal razón. Pero ¿qué le vamos a hacer, si no soy lo suficientemente
malvado? (Ya lo vengo diciendo desde el principio.)
Mi cólera está
sometida a una especie de descomposición química, en virtud precisamente de
esas malditas leyes de conciencia. Apenas distingo el objeto de mi odio, he
aquí que éste se desvanece, los motivos se disipan, el responsable se
volatiliza, el insulto deja de ser insulto y se presenta como obra del destino,
como algo semejante a un dolor de muelas, al que todo el mundo está expuesto. y
entonces mi único consuelo es romperme los puños contra la pared. En la
imposibilidad de encontrar las causas primeras, renuncio, pues, a mi venganza
con un desdén afectado. ¡Ah, si tratase uno de abandonarse a sus sentimientos,
ciegamente, sin reflexión alguna, sin buscar ninguna razón, alejando de sí toda
conciencia, aunque no fuera más que por algún tiempo!... 1Entonces la cosa
sería muy distinta! 1Maldice o adora, pero no estés con los brazos cruzados!
Desde el día siguiente te despreciarás por haberte engañado a ti mismo a
sabiendas. Resultado final: pompas de jabón, inercia...
¡Ah, señores!, es
posible que me considere inteligente en extremo por la única razón de que en mi
vida no he logrado empezar ni acabar nada. No soy, pues, más que un charlatán,
un inofensivo charlatán, un pesado como todos nosotros. Pero ¿qué le voy a
hacer, señores, si el destino del hombre inteligente es charlar, es decir,
verter agua en un tamiz?
VI
¡Ah, si sólo hubiese
sido un perezoso! ¡Cómo me habría respetado a mí mismo! Me habría respetado
porque me habría visto capaz, por lo menos, de tener pereza, porque habría
poseído una cualidad definida y la seguridad de poseerla. Pregunta: ¿quién
eres? Respuesta: ¡un perezoso! Habría sido verdaderamente agradable oírse
llamar así. Quedas definido claramente: hay, pues, algo que decir de tu
persona. “¡Oh perezoso!” ¡Es un título, una función, una carrera, señores! No
se rían; es así. Entonces yo habría sido por derecho propio miembro del primer
club del universo y habría pasado la vida respetándome. Conocí a un señor que
se sentía orgulloso de llamarse Laffitte. Consideraba esta particularidad como
una gran virtud, y no dudó nunca de sí mismo. Murió con la conciencia no sólo
tranquila, sino triunfante, y tenía motivos para ello. Si yo hubiese sido un
perezoso, me habría elegido una carrera: habría sido perezoso y gastrónomo; no
un glotón vulgar, sino un regalón que se interesaría por todo lo bello y sublime. ¿Qué les parece a ustedes? Hace ya mucho
tiempo que pienso en esto. Lo bello y lo
sublime gravitan pesadamente sobre mi nuca desde que tengo cuarenta años!
Pero ¿qué habría ocurrido antes? ¡Antes habría sido todo distinto! Habría
encontrado en seguida una actividad adaptada a mi carácter; por ejemplo, beber
a la salud de todas las cosas bellas y
sublimes. Habría aprovechado todas las ocasiones de beber por lo bello y lo sublime después de haber
dejado caer alguna lágrima en mi copa. Habría convertido todas las cosas en bellas y sublimes; habría descubierto lo bello y lo sublime incluso en las
basuras más evidentes; habría vertido lágrimas a raudales como el líquido que
sale de una esponja. Un pintor, por ejemplo, pinta un cuadro digno de Ghé, e
inmediatamente bebo a la salud del artista, porque adoro todo lo que es bello y sublime. Un poeta escribe ¡Cómo
gusta a todos!, y bebo al punto a la salud de todos, porque adoro lo bello y lo sublime. Esto me procurará
el respeto general. Exigiré ese respeto; perseguiré con mi cólera al que me lo
niegue. Así, habría vivido apaciblemente y muerto solemnemente. ¿No es
admirable? ¿No es exquisito? y habría dejado que se me desarrollara un vientre
tan opulento, una nariz tan grasienta y un mentón tan redondeado, que el mundo
habría exclamado al verme: “¡He ahí un hombre verdadero, un ser positivo!”.
Digan ustedes lo que digan, es muy agradable oírse llamar cosas semejantes en
nuestro siglo tan esencialmente negativo.
VII
¡Pero esto no es más
que un sueño dorado! Díganme: ¿quién fue el primero que dijo, que proclamó que
el hombre comete villanías sólo porque no sabe ver cuáles son sus propios
intereses, y que si lo ilustrasen, si le abriesen los ojos ante sus verdaderos
intereses, ante sus intereses normales, dejaría inmediatamente de cometer
villanías y se convertiría acto seguido en un hombre bueno y honrado, puesto
que, ilustrado por la ciencia y comprendiendo sus verdaderos intereses,
obtendría las ventajas que el bien proporciona? Como se sobrentiende que nadie
puede obrar a sabiendas contra su propio interés, el hombre se vería obligado,
por decirlo así, a hacer el bien. ¡Como un niño! ¡Como un niño puro e ingenuo!
Pero ¿acaso el hombre,
en el curso de sus miles de años de vida en la Tierra, ha obrado siempre al
dictado de su interés? ¿Qué haremos entonces de esos millones de hechos que
atestiguan que los hombres, aún advirtiendo cuál es su interés, lo relegan a un
segundo plano y siguen un camino completamente distinto, lleno de riesgos y
azares? No están obligados a ello, pero parecen querer evitar la ruta que se
les indica y trazarse libremente, caprichosamente, otra llena de dificultades,
absurda, oscura, apenas visible. Ello prueba que esa libertad les seduce más
que sus propios intereses. ¡Intereses! ¿Qué es el interés? ¿Se comprometen
ustedes a definirme con toda exactitud en qué consiste el interés del hombre? ¿Qué
dirán ustedes si un buen día se comprueba que el interés humano en ciertos
casos puede, o incluso debe, consistir en desear no una ventaja, sino un
perjuicio? Si es así, si puede presentarse el caso, todo se derrumba. ¿Qué
creen ustedes? ¿Se puede presentar un caso semejante?
¿Se ríen ustedes?
¡Ríanse, señores, pero respondan! ¿Están exactamente clasificados los intereses
humanos? ¿No hay algunos que no figuran ni pueden figurar en las
clasificaciones formadas por ustedes? Porque, que yo sepa, señores, ustedes han
catalogado los intereses humanos de acuerdo con las cifras medias de las
estadísticas y de las fórmulas económico-científicas. Los intereses humanos
son, pues, según ustedes, la riqueza, la tranquilidad, la libertad, etcétera.
Tanto, que el hombre que rechace a sabiendas y ostensiblemente ese catálogo
debe ser considerado, en opinión de ustedes (y en la mía también, por lo
demás), como un oscurantista, como un loco. ¿No es así? Pero he aquí algo muy
extraño; ¿cómo es posible que esos estadísticos, esos sabios, esos filántropos,
dejen siempre a un lado cierto elemento en sus cálculos de los intereses
humanos? Ni siquiera lo tienen en cuenta en sus fórmulas, por lo que falsean
resultados. Sin embargo, no sería difícil introducir el elemento en cuestión. ¿Por
qué no lo hacen? ¿Por qué no lo introducen para completar la lista? La
dificultad procede de que dicho elemento es tan particular, que no puede
encontrar sitio en ninguna clasificación ni inscribirse en ninguna lista.
He aquí un ejemplo.
Tengo un amigo... Pero ¡ahora que caigo!, ustedes lo conocen también: es amigo
de todo el mundo.
Cuando ese señor se
dispone a obrar, empieza por explicarles a ustedes con toda claridad, con
bellas y ampulosas frases, cómo ha de conducirse para obedecer a la razón, a la
verdad. Es más, hablará con pasión, con entusiasmo, de los intereses reales y
normales de la humanidad: se burlará de la ceguera de los tontos que no
comprenden ni sus verdaderos intereses ni el verdadero valor de la virtud. Pero
un cuarto de hora después, no más, sin razón alguna, por efecto de un impulso
interior más poderoso que todas las consideraciones de interés, hará algo
ridículo, cometerá alguna tontería, o sea que obrará en contra de todos los
preceptos que ha defendido momentos antes, en contra de la razón, de sus
intereses., de todo. Por otra parte, les advierto que mi amigo es una
personalidad colectiva; de modo que es imposible condenarlo a él solo.
¡Precisamente a este punto quería llegar, señores! ¿Acaso no hay algo que es
para todos nosotros más querido que nuestros más altos intereses? Dicho de otro
modo (para no violar la lógica), ¿no existe para nosotros un interés (el que se
deja de lado, ese del que acabamos de hablar) más interesante que todos los
demás intereses, más alto que todos ellos, un interés por el que el hombre está
dispuesto a obrar, si es preciso, en contra de todas las reglas, es decir, en
contra de la razón, sacrificando a él su honor, su paz, su felicidad, todas las
cosas bellas y convenientes, en una palabra, sólo por obtener una que es más
querida para él que todas las demás, una en la que ve su interés supremo?
«Sí -me dirán
ustedes-, pero eso es también un interés»
¡Permítanme! Voy a
explicarme. No podíamos seguir adelante sin aclarar las cosas. Lo singular de
ese interés es que destruye las cosas. Lo singular de ese interés es que
destruye todas nuestras clasificaciones y derriba todos los sistemas edificados
por los amigos del género humano para la felicidad del hombre. En una palabra,
es un estorbo, un obstáculo. Pero antes de decirles a ustedes cuál es ese interés,
quiero comprometerme personalmente, y afirmo con toda resolución que esos
hermosos sistemas, esas teorías que pretenden explicar a la humanidad en qué
consisten sus intereses normales, a fin de que ella decida al punto ser
virtuosa y noble para amoldarse a ellos, todo eso es pura palabrería. Creer que
la renovación del género humano pueda realizarse dándole a conocer sus
verdaderos intereses equivale, en mi opinión, a admitir con Buckle que la
civilización aplaca al hombre, el cual va perdiendo poco a poco sus instintos
sanguinarios y guerreros. Buckle llega a este resultado lógicamente, a mi
entender. Pero el hombre siente tal pasión por los sistemas, por las
deducciones abstractas, que está dispuesto a disfrazar la verdad, a cerrar los
ojos y a taparse los oídos ante la verdad, sólo por justificar su lógica.
Voy a poner un ejemplo
convincente. ¡Miren alrededor! La sangre corre a raudales, incluso alegremente,
como champán. ¡Observen nuestro siglo XIX, en el que ha vivido Buckle! ¡Miren a
Napoleón, al otro, al grande, y al de hoy! ¡Observen a América del Norte y su
unión, fundada para toda la vida! ¡Vean, en fin, a esos caricaturescos
Schleswig y Holstein! ¿Qué es, entonces, lo que dulcifica en nosotros la
civilización?
La civilización se
limita a aumentar el número de nuestras sensaciones. Gracias a ello, es muy
posible que el hombre acabe por descubrir cierta voluptuosidad en el
derramamiento de sangre. Es más, ya se ha dado algún caso.
¿Han observado ustedes
que los sanguinarios más temibles han sido siempre señores supercivilizados, y
que junto a ellos todos los Atilas y todos los Stegnka Rasin harían un triste
papel? Que esos señores tengan menos notoriedad se debe a que los vemos con más
frecuencia y nos hemos acostumbrado a ellos. Desde luego, la civilización no ha
hecho al hombre más sanguinario, pero sí más vil, más cobardemente sanguinario.
Tiempo atrás, el hombre se consideraba con derecho a derramar sangre: y, con la
conciencia perfectamente tranquila, suprimía a quien se le antojaba. Hoy, aún
considerando que el derramamiento de sangre es una mala acción, seguimos
matando, e incluso matamos con más frecuencia que antes. ¿Es esto mejor?
Decídanlo ustedes mismos. Se dice que Cleopatra (excusen este ejemplo extraído
de la historia romana) se divertía clavando agujas en el pecho de sus esclavas
y que le producían gran placer los gritos y contorsiones de las víctimas. Me
dirán ustedes que esto ocurría en una época un tanto bárbara; que nuestro siglo
es bárbaro también, ya que todavía se dan alfilerazos; que el hombre, aunque
tenga una comprensión más clara de las cosas que en aquellos atrasados tiempos,
no ha podido aún acostumbrarse a seguir las reglas de la razón y de la ciencia.
Pero ustedes están convencidos de que se acostumbrará cuando se haya
desembarazado completamente de ciertas malas tendencias, cuando el sentido
común y la ciencia hayan reeducado completamente la naturaleza humana y la
hayan orientado por un camino normal. Ustedes están seguros de que entonces el
hombre cesará de errar deliberadamente y se verá, por decirlo así, en la
imposibilidad de desear oponerse a sus intereses normales.
Pero hay más aún.
Entonces (hablan ustedes) la ciencia hará saber al hombre (aunque, en mi opinión,
esto es como un lujo superfluo) que no ha tenido nunca voluntad ni caprichos y
que viene a ser, en suma, como una tecla de piano o un pedal de órgano. De modo
que obra, no de acuerdo con su voluntad, sino al dictado de las leyes de la
naturaleza. Bastará, pues, descubrir estas leyes para que no se pueda
considerar al hombre responsable de sus actos, y entonces la vida será para él
sumamente fácil. Mediante estas leyes, todas las acciones humanas se podrán
calcular tan matemáticamente como los logaritmos, hasta la cien milésima, y se
inscribirán en las efemérides, o se harán con ellas libros importantes, del
tipo de nuestros diccionarios enciclopédicos, en los que todo estará tan
exactamente calculado y previsto, que ya no habrá aventuras... y ni siquiera acciones.
Entonces (siguen
hablando ustedes) se establecerán nuevas relaciones económicas, que se fijarán,
igualmente, con precisión matemática, tanto, que los problemas desaparecerán
inmediatamente, por la sencilla razón de que se habrán descubierto sus soluciones.
Entonces se edificará un vasto palacio de cristal. Entonces veremos el Pájaro
de Fuego. Entonces... No se puede garantizar (soy yo quien habla ahora) que eso
no sea horriblemente aburrido (¿qué puede uno hacer, si todo está calculado y
fijado previamente?). En compensación, todos serán sabios. Evidentemente, el
aburrimiento puede ser un mal consejero: es el aburrimiento lo que nos mueve a
clavar agujas de oro en la carne ajena. Pero esto no tiene importancia. Lo
importante, lo grave es (sigo hablando yo) que el hombre pueda sentirse feliz
de tener al alcance de la mano agujas de oro. El hombre es necio, necio de
remate. Y todavía es más ingrato que necio: es difícil encontrar un ser más
ingrato que él. Por eso no me sorprendería lo más mínimo ver erguirse de pronto
en medio de esa felicidad un gentleman desprovisto de elegancia, de rostro retrógrado y burlón, y que nos dijera,
poniéndose en jarras: “¡Bueno, señores! ¿Cuándo vamos a echar abajo, al polvo,
de un solo puntapié, toda esta clarividente felicidad, aunque sólo sea para
enviar los logaritmos al diablo y poder vivir de nuevo con arreglo a nuestra
estúpida fantasía?” Y aún hay algo peor, y es que muy pronto ese personaje
tendría, sin duda, discípulos. El hombre es así. Y la causa de todo es una cosa
ínfima, que, al parecer, se podría pasar por alto sin riesgo alguno. Esa causa
es que el hombre, quienquiera que sea, aspira siempre y en todas partes a obrar
de acuerdo con su voluntad y no con arreglo a las prescripciones de la razón y del
interés. Ahora bien, la voluntad de uno puede, y a veces incluso debe (esta
idea es de mi propiedad), oponerse a sus intereses. Mi voluntad; mi libre
albedrío; mi capricho, por insensato que sea; mi fantasía sobreexcitada hasta
la demencia... Esto es lo que se aparta a un lado, éste es el precioso interés
que no tiene espacio en ninguna de esas clasificaciones que componen ustedes y
que rompe en mil pedazos todos los sistemas, todas las teorías.
¿De dónde se han
sacado nuestros sabios que el hombre necesita voluntad normal y virtuosa? ¿Por
qué suponen que el hombre aspira a poseer una voluntad ventajosa y razonable?
El hombre sólo aspira a tener una voluntad independiente, cualesquiera que sean
el precio y los resultados. Pero el diablo sabe lo que cuesta esa voluntad.
VIII
“¡Ja, ja, ja! ¡Pero si
la voluntad no existe! -me interrumpen ustedes-. La ciencia ha conseguido
disecar tan perfectamente al hombre, que ya sabemos que la voluntad y el libre
albedrío son solamente...”
¡Permítanme, señores!
Yo me disponía a empezar así. Y confieso que incluso he sentido miedo. Iba a
exclamar que sólo el diablo sabe de qué depende la voluntad y que esto es
quizás una gran suerte. Pero he pensado en la ciencia y me he mordido la
lengua. Entonces me han interrumpido ustedes. Ciertamente, si se logra
descubrir la fórmula de todos nuestros deseos, de todos nuestros caprichos; es
decir, de dónde proceden, cuáles son las leyes de su desarrollo, cómo se
reproducen, hacia qué objetivos tienden en tales o cuáles casos, etc., es
probable que el hombre deje inmediatamente de sentir deseos. ¿He dicho probable? ¡No, es seguro! ¿Qué
satisfacción puede proporcionarle desear solamente de acuerdo con tablas de
cálculos? Pero aún hay más. El hombre descenderá inmediatamente a la categoría
de una simple tuerca. Porque ¿qué es un hombre despojado de deseo y voluntad,
sino una tuerca, un simple engranaje? ¿Qué opinan ustedes sobre esto?
Examinemos las probabilidades: ¿puede ocurrir o no?
“¡Hum -dicen ustedes-.
Nuestros deseos son equivocados con gran frecuencia, porque nosotros nos
equivocamos en la valoración de nuestros intereses. Aspiramos a cosas
inconvenientes porque nuestra estupidez nos hace creer que pretendemos lo que
nos conviene. Peor cuando nos lo hayan explicado todo, cuando todo se haya
puesto en orden y fijado previamente (lo que es muy posible, pues es una
tontería creer que ciertas leyes de la naturaleza van a ser siempre
indescifrables), es evidente que ya no habrá sitio para los deseos. Si nuestra
voluntad se enfrenta con nuestra razón, podremos razonar y no desear, ya que a
un ser que razona le es imposible desear estupideces, ir conscientemente en
contra de la razón, perjudicarse a sabiendas y como todos los deseos y todos
los razonamientos podrán calcularse con anticipación, ya que con toda seguridad
se habrán descubierto las leyes de nuestro libre albedrío, será posible (no
bromeo) confeccionar una especie de deseos y desear ateniéndonos a ella.
Supongamos que me prueban un día que si he mostrado el puño a alguien es porque
no podía obrar de otra manera, porque tenía que apretar el puño como lo he
hecho. ¿De qué libertad dispongo entonces, sobre todo si soy un sabio
diplomado? Por consiguiente, me será posible calcular mi existencia con treinta
años de anticipación. En una palabra, si tal cosa sucede, tendremos que
limitamos a comprender. Y habremos de repetimos sin descanso que en esos
momentos la naturaleza no se preocupa en absoluto por nosotros y que, por lo
tanto, hemos de aceptarla como es y no como la vemos cuando la adorna nuestra
fantasía, y que hay que aceptar el alambique, pues, de lo contrario, el
alambique seguirá funcionando sin nuestra aprobación.”
Y aquí es,
precisamente, donde aparece para mí la dificultad. Pero excúsenme por estas
filosofías. No olviden que tengo cuarenta años de subsuelo. Permítanme que dé
rienda suelta a mi fantasía. Desde luego, señores, la razón es una cosa
excelente: de esto no hay duda. Pero la razón es la razón, y sólo satisface a
la facultad razonadora del hombre. En cambio, el deseo es la expresión de la
totalidad de la vida humana, sin excluir de ella la razón ni los escrúpulos; y
aunque la vida, tal como ella se manifiesta, suela tener un aspecto
desagradable, no por eso deja de ser la vida y no la extracción de una raíz
cuadrada.
Yo deseo vivir dando
satisfacción a todas mis facultades vitales y no únicamente a mi facultad de
razonar, que no representa, en suma, sino la vigésima parte de las fuerzas que
hay en mí. ¿Qué sabe la razón? Únicamente lo que ha aprendido (nunca sabrá más,
seguramente. Esto no es un consuelo, pero no hay que disimularlo). En cambio,
la naturaleza humana obra con todo su peso, por decirlo así, con todo su
contenido, a veces con plena conciencia y a veces inconscientemente. Comete
algunas pifias pero vive.
Sospecho, señores, que
ustedes me miran con cierto desdén: me repiten que a un hombre culto, al hombre
del porvenir, en una palabra, le es imposible desear deliberadamente lo que es
contrario a sus intereses. Esto es tan claro como las matemáticas. Estoy
completamente de acuerdo: tiene una claridad y una exactitud matemáticas. Pero
les repito por centésima vez que existe una excepción, que hay hombres que
pueden desear lo que saben que es desfavorable para ellos, lo que les parece
estúpido, insensato; hombres que obran así sólo por eludir la obligación de
escoger lo provechoso, lo digno. Porque esa insensatez, ese capricho, es quizá,
señores, lo más ventajoso que existe para nosotros en la tierra, sobre todo en
ciertos casos. Incluso es posible que esta ventaja sea superior a todas las
demás aunque sea evidente que nos perjudica y contradice las conclusiones más
sanas de nuestro razonamiento. Y es que nos conserva lo principal, lo que más
queremos: nuestra personalidad. Algunos afirman que esto es precisamente lo más
preciado que tenemos. La voluntad puede querer a veces ponerse de acuerdo con
la razón, sobre todo si no se abusa de este acuerdo, si se aprovecha
moderadamente. Pero con gran frecuencia, incluso casi siempre, la voluntad se
niega obstinadamente a ponerse de acuerdo con la razón, y entonces...
entonces... Pero ¿saben ustedes que también esto es muy útil y digno de
aprobación?
Admito, señores, que
el hombre no es un ser irracional. En verdad, puede no serlo, pues, si lo
fuera, ¿quién podría representar la inteligencia? Pero, aún no siendo
irracional, es monstruosamente ingrato, extraordinariamente ingrato. Yo incluso
creo que es la mejor definición que se puede dar del hombre: "er bípedo
e ingrato". Esto no es todo; éste no es su principal defecto. Su peor
defecto es su mal carácter, defecto que ha exhibido constantemente desde el
diluvio universal hasta el período schleswig-holsteiniano de nuestra historia.
Mal carácter y en consecuencia, conducta irrazonable, pues sabido es que ésta
procede de aquél. Compruébenlo. Lancen una mirada a la historia de la
humanidad. ¿Qué ven ustedes? ¿Dicen que es grandiosa? Sí, es posible. El coloso
de Rodas por sí solo representa ya algo. No en vano el señor Anajevski nos
informa de que, según unos, este coloso fue obra de los hombres, mientras otros
afirman que fue producto de las fuerzas naturales. A lo mejor, los ha
impresionado a ustedes la variedad. Pues la variedad no falta en la historia.
Para convencerse de ello basta echar una ojeada a los uniformes de gala,
civiles y militares, y si se añade a éstos los de media gala, uno se pierde en
un mar de uniformes. Ni siquiera un historiador resistiría la prueba. ¿Que la
historia peca de monotonía? Cierto. Todo son combates. Se combate hoy, se
combatió ayer y se combatirá mañana. ¡Es incluso demasiado monótono!
En resumen, que todo
se puede decir de la historia universal, todo lo que acuda a cualquier
imaginación, incluso a la más insensata. Pero es imposible decir que es
razonable; lo advertiréis desde la primera sílaba. Además, he aquí lo que
sucede constantemente: surgen hombres razonables y de costumbres juiciosas,
filántropos cuyo objetivo es llevar una existencia razonable y honrada, a fin
de predicar con el ejemplo y demostrar a sus semejantes que se puede vivir
juiciosamente. Pero ¿qué ocurre? Que muchos de estos amantes de la moderación
terminan más tarde o más temprano, por hacer traición a sus ideas y
comprometerse en actos escandalosos.
Siendo así, díganme
ustedes qué se puede esperar del hombre, de ese ser dotado de cualidades tan
extrañas. Prueben a volcar sobre él todos los bienes de la Tierra; sumérjanlo
en la felicidad tan profundamente que sólo se perciban en la superficie algunas
burbujas; satisfagan sus necesidades económicas hasta el punto de que sus
únicas ocupaciones sean dormir, comer pan de especias y pensar en el modo de
prolongar la historia universal...; hagan todo esto, y verán como el hombre,
por pura ingratitud, por necesidad de envilecerse, les corresponde cometiendo
alguna villanía. Incluso correrá el riesgo de perder sus panes de especias y
volverá a caer en las necedades más peligrosas, en los absurdos menos
ventajosos, sólo por mezclar a esa sensatez positiva un elemento fantástico,
pernicioso. Precisamente sus sueños más fantásticos y sus más vulgares
tonterías es lo que pretenderá conservar, sólo para demostrarse a sí mismo
(como si esto fuera necesario) que los hombres son hombres y no teclas de piano,
aunque en verdad lo son para las leyes de la naturaleza, que las tocan, y con
tal brío, que pronto no será posible desear nada sin antes consultar el
calendario. Además, incluso si se comprobara que el hombre no es más que una
tecla de piano y se le demostrase matemáticamente, el hombre no sentaría la
cabeza: seguiría haciendo disparates, solamente para evidenciar su ingratitud y
su conducta caprichosa. y si los demás medios le fallan, se sumergirá en la
destrucción, en el caos. Será capaz de provocar cualquier desastre únicamente
para hacer lo que se le antoje. Lanzará maldiciones contra el mundo, y como
sólo el hombre puede maldecir (éste es el privilegio que más claramente lo
distingue de los demás animales), conseguirá sus fines, que son convencerse de
que es un hombre y no una tuerca.
Si me dicen ustedes
que el caos, las tinieblas y las maldiciones pueden estar también calculados de
antemano y tan exactamente que este cálculo paralizará el impulso del hombre,
y, por lo tanto, la razón triunfará una vez más; si me dicen esto, les
contestaré que el hombre no tendrá ya más que un medio para hacer su voluntad:
volverse loco.
Estoy seguro de esto,
pues no cabe duda de que la mayor preocupación del hombre ha sido siempre
demostrarse a sí mismo que es un hombre y no un engranaje. Arriesgaba en ello
su existencia, pero se lo demostraba; vivía como un troglodita, pero se lo
demostraba. Y, después de todo esto, ¿cómo no pecar, cómo no felicitarse de que
no hayamos llegado todavía al papel de tuerca y de que nuestra voluntad dependa
aún de no saben qué?
Ustedes exclamarán (si
me hacen todavía el honor de lanzar exclamaciones) que nadie piensa privarme de
mi voluntad, que sólo se trata de arreglar las cosas de modo que mi voluntad
por sí misma, por su propia iniciativa, pueda acomodarse a mis intereses
normales, a las leyes naturales, a la aritmética.
¡Pero díganme,
señores! ¿Qué quedará de mi voluntad cuando lleguemos a las tablas de cálculos,
cuando no haya más que eso de "dos y dos son cuatro"? Dos y dos
serán cuatro sin que mi voluntad se mezcle en ello. ¡La voluntad aspira,
evidentemente, a otra cosa!
Bien sé, señores, que
estoy bromeando y que mis bromas no tienen gracia. Pero es que no son
únicamente bromas. Bromeo rechinando los dientes. Hay cuestiones que me
atormentan, señores. Ayúdenme a resolverlas. Ustedes pretenden librar al hombre
de sus antiguos hábitos y corregir su voluntad adaptándola a las leyes de la
ciencia y de acuerdo con el sentido común. Pero ¿están ustedes seguros de que
es necesario corregir al hombre? ¿En qué se fundan ustedes para creer que la
voluntad del hombre requiere una educación? ¿Por qué creen que esta educación
ha de serle útil? Y, para decirlo todo, ¿por qué están ustedes tan convencidos
de que siempre es ventajoso para el hombre no ir en contra de sus intereses
normales, reales, garantizados por el razonamiento y la aritmética? Esto no es,
en resumidas cuentas, más que una suposición de ustedes. Incluso aunque una sea
la ley lógica, ¿es acaso la ley humana? Ustedes se dirán que estoy loco. Pero
permítanme explicarme.
Admito que el hombre
es un animal esencialmente constructor, obligado a dirigirse a sabiendas a un
objetivo, sea el que fuere. Si es un ingeniero, ha de trazar sin descanso
nuevas vías en no importa qué direcciones. Pero quizá precisamente por esta
causa siente a veces el deseo de salirse por la tangente. Lo hace no sólo
porque está condenado a trazar caminos, sino también porque, por muy necio que
sea el hombre de acción, comprende a veces que los caminos conducen siempre a
alguna parte, y que no es su dirección lo que importa, sino el hecho de que lo
conduzcan a un lugar determinado. Así, al hombre juicioso no se le ocurrirá
despreciar su profesión de ingeniero y no se entregará a la pereza, la cual es,
como todo el mundo sabe, la madre de todos los vicios. Es indiscutible que al
hombre le encanta trazar y construir caminos; pero también adora la destrucción
y el caos. ¿Por qué?, díganme... Pero antes quiero decir algo más sobre este asunto.
Tal vez le gusten la
destrucción y el caos (a veces le gustan; esto es indiscutible), porque tiene
un temor instintivo a alcanzar la meta y terminar el edificio que construye.
¡Vaya usted a saber! Acaso este edificio sólo le gusta de lejos. Puede ser que
le guste construirlo, pero no vivir en él, y esté dispuesto a abandonarlo aux
animaux domestiques: a las hormigas, a los carneros, etc. Las hormigas tienen
otros gustos; poseen un edificio verdaderamente extraordinario en su género: el
hormiguero.
Las dignas hormigas
empezaron construyendo hormigueros, y es probable que sigan construyéndolos
eternamente, lo que hace honor a su constancia y a su sentido práctico. Pero el
hombre es un ser versátil, y es posible que, como al jugador de ajedrez, le
guste sólo la acción, sin importarle el objetivo que se puede alcanzar. Y,
¿quién sabe?, acaso el único objetivo que persigue la humanidad consista en ese
esfuerzo, en esa acción; dicho de otro modo, tal vez la vida no tenga meta
exterior, meta que, evidentemente, no puede ser más que ese "dos y dos
son cuatro", es decir, una fórmula. Ahora bien, <<dos y dos son
cuatro>> es un principio de muerte y no un principio de vida. En todo
caso, el hombre teme siempre a ese <<dos y dos son cuatro>>, y yo
también le temo.
Cierto que el hombre
sólo se ocupa en la busca de ese "dos y dos son cuatro", cruza
océanos, arriesga su vida en este empeño..., pero les aseguro que teme
encontrarlo, pues cuando dé con él, ya no tendrá nada que hacer. Terminado su
trabajo y recibida la paga, los obreros se van a la taberna, y luego completan
la noche de esparcimiento de modo que tienen para toda la semana. Pero nuestro
hombre es muy diferente. Se observa en él cierta desazón cada vez que alcanza
uno de sus objetivos. Desea aproximarse a la meta, pero cuando llega, no se
siente satisfecho. Esto es verdaderamente gracioso. Y es que el modo de ser del
hombre es algo tan cómico como un buen chiste. En fin, sea como fuere, eso de
"dos y dos son cuatro" es algo sumamente desagradable. Yo lo calificaría
de procaz. "Dos y dos son cuatro" nos desafía con insolencia. Con
los brazos en jarras se planta en medio de nuestro camino y nos escupe al
rostro. Admito que eso de "dos y dos son cuatro" es una cosa
excelente; pero puesto a alabar, les diré que "dos y dos son
cinco" es también, a veces, algo encantador.
Pero díganme: ¿en qué
se fundan ustedes para estar convencidos de que sólo es necesario lo normal, lo
positivo, el bienestar en una palabra? ¿Acaso la razón no se equivoca en sus
apreciaciones? Es posible que el hombre desee únicamente el bienestar. Pero ¿no
es igualmente ,posible que desee el sufrimiento? ¿Acaso el sufrimiento no
podría ser para él ventajoso como el bienestar? El hombre, a veces, desea
apasionadamente el sufrimiento: está comprobado. No hay necesidad de ir a
consultar sobre este punto a la historia universal. Pregúntense ustedes a sí
mismos; les bastará ser hombres para responderse, por poco que hayan sufrido.
Si quieren conocer mi opinión personal, les diré que es incluso inconveniente
desear únicamente el bienestar. ¿Está esto bien?, ¿está mal? No lo sé. Pero es
lo cierto que a veces resulta en extremo agradable romper algo. No es que yo
defienda precisamente el sufrimiento o el bienestar: lo que defiendo es mi
capricho, y lucharé, si es preciso, para que se me garantice. Ya sé que en los
sainetes no se admite el sufrimiento.
Pero tampoco se le puede admitir en un palacio de cristal, pues el sufrimiento
entraña duda y negación, y ¿qué sería de un palacio de cristal del que se
pudiera dudar? Estoy seguro de que el hombre no renunciará jamás al verdadero
sufrimiento, es decir, a la destrucción y al caos.
¡El sufrimiento!
¡Pero si es la única causa de la conciencia! Cierto que les he dicho al principio
que la conciencia, a mi entender, es uno de los mayores males del hombre. Pero
el hombre la quiere y no la cambiará por ninguna satisfacción. La conciencia es
infinitamente superior a "dos y dos son cuatro". Después de
"dos y dos son cuatro" no queda, evidentemente, nada, no sólo
nada que hacer, sino incluso nada que saber. Lo único que podemos hacer
entonces es obturar nuestros cinco sentidos y entregamos a la contemplación.
Verdad es que con la conciencia se llega a un resultado idéntico, es decir, a
la inacción, pero en ese caso podemos, por lo menos, damos latigazos de vez en
cuando, lo que vivifica un poco el espíritu. Es un sistema muy reaccionario,
pero más vale eso que nada.
X
Ustedes creen en el
palacio de cristal, indestructible, eterno, al que no se le podrá sacar la
lengua ni mostrar el puño a escondidas. Pues bien, yo desconfío de ese palacio
de cristal, tal vez justamente porque es de cristal e indestructible y porque
no se le podrá sacar la lengua, ni siquiera a escondidas.
Verán ustedes: si en
vez de un palacio de cristal tengo un simple gallinero, cuando llueva podré
cobijarme en él; pero, aunque le esté muy agradecido por haberme preservado de
la lluvia, no lo tomaré por un palacio. Ustedes se ríen y me dicen que en este
caso un palacio y un gallinero tienen el mismo valor. Y yo les responderé que
así es, pero que no vivimos sólo para no mojarnos.
¿Qué le vamos a hacer
si se me ha metido en la cabeza que no se vive solamente para eso y que hay que
vivir en un palacio? Ésta es mi voluntad porque éste es mi deseo. Y ustedes no
conseguirán despojarme de mi voluntad si no modifican mis deseos. Pueden
intentarlo, presentarme otro objetivo, ofrecerme otro ideal. Pero hasta que
logren su propósito, me niego a tomar un gallinero por un palacio de cristal.
Es posible que el palacio de cristal sea sólo un mito, que las leyes de la
naturaleza no lo admitan y que lo haya inventado yo neciamente, impulsado por
ciertas costumbres irracionales de nuestra generación. Pero ¿qué me importa que
ese palacio sea inadmisible? ¿Qué me importa, si existe en mis deseos o, para
decirlo con más exactitud, si existe mientras existan mis deseos? Se ríen
ustedes de nuevo, ¿verdad? Bien, ríanse tanto como les plazca. Acepto todas las
burlas pero me niego a decirme que estoy saciado cuando todavía tengo hambre.
No me conformaré con un compromiso, con un cero que se renueva indefinidamente,
por la única razón de que está de acuerdo con las leyes naturales y existe
realmente. No admitiré que el coronamiento de mis deseos pueda ser una casa de
ladrillo con alojamientos baratos cedidos en arrendamiento para mil años y que
ostente el rótulo del dentista Wagenheim. Destruyan mis deseos, derriben mi
ideal, preséntenme una meta mejor, y yo los seguiré. Me dirán ustedes, tal vez,
que no vale la pena preocuparse por mí; pero piensen que yo puedo responderles
lo mismo. Estamos discutiendo seriamente, pero les advierto que si ustedes no
se dignan concederme su atención, no me echaré a llorar. Tengo mi subsuelo.
¡Pero mientras yo
exista, mientras yo desee, que mis manos se sequen si llevo un solo ladrillo a
esa casa! No me digan que yo mismo he renunciado hace poco al palacio de
cristal por el único motivo de que no podía sacarle la lengua. Si he hablado
así no ha sido porque me guste sacar la lengua. Acaso lo que me irrita es
precisamente que, entre todos los edificios que tienen ustedes, no haya uno
solo al que no se le tenga que sacar la lengua. Es decir, me haría cortar la
lengua, en un impulso de agradecimiento, si se arreglasen las cosas de modo que
yo perdiese las ganas de sacar la lengua. Pero ¿qué me importa que las cosas no
puedan arreglarse así y que haya que conformarse con tener un alojamiento
económico? ¿Por qué tengo semejantes deseos? ¿Acaso no estoy constituido así
para poder comprobar que esta constitución es sólo una broma de mal gusto? Pero
¿es éste verdaderamente el único objetivo? No lo admito.
Por otra parte, ¿saben
ustedes lo que les digo? Que estoy persuadido de que nosotros, los hombres del
subsuelo, debemos estar atraillados. El hombre del subsuelo es capaz de
permanecer silencioso en su cobijo durante cuarenta años; pero si sale del
subsuelo, empieza a hablar, y ya no hay modo de detenerlo.
XI
La suprema finalidad,
señores, es no hacer nada en absoluto. La inercia contemplativa es preferible a
todo. ¡Por lo tanto, viva el subsuelo! Aunque haya dicho hace poco que envidio
al hombre normal hasta la última gota de mi bilis, cuando lo veo tal como es
renuncio a la normalidad (aunque sin dejar de tener envidia al ser normal).
¡No, no; el subsuelo es siempre preferible! Allí, al menos, se puede... ¡Ah!
¡Ya estoy mintiendo otra vez!
Miento porque estoy convencido, tanto como de que dos y dos son cuatro, de que
no es el subsuelo lo que más vale, sino otra cosa muy distinta, a la cual
aspiro, pero que no sé qué es. ¡Al diablo el subsuelo!
¡Si yo pudiera creer
una sola palabra de lo que estoy escribiendo! Pues les juro, señores, que no
creo ni una sola y miserable palabra. Mejor dicho, tal vez crea, pero, en el
momento mismo de decirlas, sospecho, no sé por qué, que miento como un
sacamuelas.
"Entonces, ¿por
qué ha escrito usted todo esto?", me preguntarán ustedes seguramente.
Me gustaría saber lo
que habrían escrito ustedes si yo les hubiese tenido encerrados e inactivos
durante cuarenta años y, transcurrido este tiempo, los hubiera ido a visitar al
subsuelo para comprobar en qué se habían convertido ustedes. Sí, me habría
gustado oírlos. ¿Se puede dejar durante cuarenta años a un hombre solo y sin
ocupación?
"Pero eso es
vergonzoso, humillante -me dirán ustedes, quizá, moviendo la cabeza con
desprecio-. Usted tiene sed de vida, pero quiere resolver las cuestiones
vitales por medio de absurdas lógicas. ¡Cuánta ostentación, cuánta impudicia
hay en todo eso! Pero, a pesar de todo, usted tiene miedo. Dice estupideces sin
la menor preocupación, y las mayores insolencias, pero, en el fondo, se siente
atemorizado y pide perdón. Declara que no teme a nadie, pero busca nuestra
benevolencia. Nos asegura que rechina los dientes, pero, al mismo tiempo,
bromea y trata de hacemos reír. Sabe que pretende ser ingenioso y que no lo es,
pero se muestra muy satisfecho de su literatura. Es posible que usted haya
sufrido, pero no siente respeto alguno por su sufrimiento. Hay algo de verdad
en sus palabras, pero carecen de pudor. Empujado por la vanidad más mezquina,
saca su verdad a la calle, la expone en el mercado, la exhibe en la picota de
las burlas. Tiene algo que decir, pero el temor le lleva a escamotear la última
palabra, porque es usted insolente pero no audaz. Se jacta de su capacidad
mental, pero, en su pensamiento, todo son vacilaciones, porque, aunque su
inteligencia está en actividad, su corazón está manchado por el libertinaje, y
si el corazón no es puro, la conciencia no puede ser completa ni clarividente.
¡Y qué importuno es usted, qué molesto! ¡Qué modo de hacer el bufón! ¡No dice
más que mentiras! ¡Mentiras! ¡Mentiras!"
Huelga decir que estas palabras me las he dicho yo a mí mismo. También el