Anton Chejov

 

El Jardín de los Cerezos

 

PERSONAJES

 

Liubov Andreevna Ranevskaia, terrateniente.

Ania, su hija, de dieciséis años.

Varia, su hija adoptiva, de veintidós años.

Leonid Andreevich Gaev, su hermano.

Ermolai Alekseevich Lopajin, comerciante.

Piotr Sergueevich Tropimov, estudiante.

Boris Borisovich Simeonov Pischik, terrateniente.

Scharlotta Ivanovna, institutriz.

Semion Panteleevich Epijodov, escribiente.

Duniascha, doncella.

Firs, Lacayo, Anciano de ochenta y siete años.

Iascha, lacayo joven.Un Transeúnte. Una Empleada de Correos. El Jefe de Estación. Invitados.

Servidumbre.

 

La acción tiene lugar en la hacienda de L. A. Ranevskaia.

 

ACTO PRIMERO

 

Habitación llamada en tiempos "cuarto de los niños". Una de sus puertas abre sobre la alcoba de Ania. El sol está próximo a salir. Es ya mayo,. En el jardín florecen los cerezos, pero hace frío. Las ventanas se mantienen aún cerradas.

 

ESCENA PRIMERA

 

Entran Duniascha y Lopajin, el uno con un libro y la otra con una vela en la mano.

 

Lopajin: ¡Gracias a Dios que ha llegado el tren! ¿Qué hora es?

Duniascha: Van a dar las dos (Apagando la vela). Ya hay claridad.

Lopajin: ¿Cuánto retraso ha traído, entonces?... Por lo menos dos horas. (Bostezando y estirándose). ¡También yo soy bueno!...¡Qué manera de hacer el tonto!...¡Vengo aquí ex profeso para ir a buscarlos a la estación, y me duermo! ¡Me duermo sentado!... ¡Qué fastidio!...¡Si a ti, al menos, se te hubiera ocurrido despertarme!...

Duniascha: ¡Creía que se había usted marchado! (escuchando) Me parece que aquí vienen ya.

Lopajin: (escuchando a su vez) No...Habrá que sacar el equipaje y hacer otra porción de cosas...(Pausa) ¡Cinco años ha pasado Liubuv Andreevna en el extranjero!...Yo no sé cómo estará ahora...¡Es una persona muy buena!... De carácter fácil..., sencillo... Recuerdo que una vez..., cuando era un chiquillo de unos quince años..., mi difunto padre, que tendía entonces una tienda aquí, en la aldea, me pegó un puñetazo en la cara y me empezó a sangrar la nariz... No sé por qué habíamos ido al patio..., y estaba algo bebido... Pues bien, Liubov Andreeevna -lo recuerdo como si fuera ayer-, todavía jovencita y muy delgadita..., me trajo aquí, al lavabo..., en este mismo "cuarto de los niños"..."¡No llores, "mujichok!" -me decía- ¡Pronto se te pasará! (Pausa) mientras yo estoy aquí ahora de chaleco blanco y zapatos marrones...¡Claro que "aunque la mona se vista de seda"!...¡Pero, eso sí..., soy rico! ¡Tengo mucho dinero..., aunque, si se pone uno a pensarlo y a cavilarlo..., la verdad es que no soy más que un "mujik" (Hojeando el libro) ¡Este libro, por ejemplo!..., ¡Me puse a leerlo y no entendí una palabra! ¡Me quedé dormido leyéndolo! (Pausa).

Duniascha: Los perros han estado despiertos toda la noche. Sienten la venida de los amos.

Lopajin: ¡Qué te pasa Duniascha?... ¡Por qué estás tan...?

Duniascha: ¡Me tiemblan las manos! ¡Me voy a desmayar!

Lopajin: ¡Pues no eres poco delicada!... Te vistes, además, como una señorita..., ¡y llevas un peinado!...¡Eso no puede ser!...¡Tiene uno que tener presente lo que es uno!... (Entra Epijodov con un ramo de flores. Viste americana y calza unas relucientes botas que le rechinan fuertemente cuando anda. Al entrar se le cae al suelo el ramo).

Epijodov: (Recogiéndolo) Lo envía el jardinero. Dice que es para colocarlo en el comedor. (Entrega a Duniascha el ramo).

Lopajin: ¡Tráeme un poco de "kvas"! 1

Duniascha: Lo que usted mande (sale).

Epijodov: ¡A estas horas estamos ya a tres grados bajo cero y tenemos los cerezos en flor! ¡No me es posible aprobar este clima nuestro!...(suspira) ¡Sí..., Ermolai Alekseich!... ¡Permítame que le diga, además..., que anteayer me compré estas botas que, me atrevo a asegurarle, rechinan de un modo insoportable!...¡No sé con qué engrasarlas!

Lopajin: ¡Déjame!... Me estás aburriendo.

Epijodov: ¡No hay día que no me ocurra una desgracia!...

¡He llegado a no lamentarme de ello siquiera!... ¡Estoy acostumbrado, y hasta me sonrío! (Entra Duniascha, que sirve "kvas" a Lopajin). Me marcho. (Tropieza con una silla y la hace caer al suelo) ¡Ya!... (Con aire triunfante) ¿Lo ve usted?... Perdón por el incidente..., dicho sea de paso... ¡Este sencillamente notable! (Sale).

Duniascha: ¿Sabe, Ermolai Alekseich?... Tengo que confesarle que Epijodov me ha pedido en matrimonio...

Lopajin: ¡Ahá!...

Duniascha: Yo no sé qué hacer... Es un hombre tranquilo; pero, a veces, se pone a hablar y no hay quien le entienda... Muy bien, eso sí, con mucho sentimiento..., pero de un modo incomprensible...¡A mí también parece que me gusta!... ¡Me quiere con locura!... ¡Es un hombre muy desgraciado! ¡No hay día que no le ocurra alguna mala suerte!... Por eso -para mofarse de él- se le llama aquí "las veintidós desdichas".

Lopajin: (Escuchando) Parece que ya llegan.

Duniascha: Llegan, sí... ¡Vaya! ¡No sé lo que me pasa!... ¡Me he quedado toda fría!

Lopajin: En efecto, llegan. Salgamos a recibirles. ¿Me reconocerá ella? ¡Son cinco los años que hace ya que no nos vemos!

Duniascha: (Nerviosa) ¡Me voy a caer! (Se oye a dos coches detenerse ante la casa. Lopajin y Duniascha salen precipitadamente. El escenario queda vacío. De los aposentos inmediatos comienza a llegar ruido. Firs, de vuelta de la estación, adonde ha ido a esperar a Liubov Andreevna, atraviesa la escena de prisa, apoyándose en un bastón. Va cubierto de una vieja librea y tocado con un sombrero de copa. Habla para sus adentros y es imposible distinguir una sola de sus palabras. El ruido, al otro lado del escenario, aumenta por momentos. Una voz dice: "¡Por aquí!...¡Venga por aquí!")

 

 

ESCENA SEGUNDA

 

Entran en escena Liubov Andreevna, Ania y Scharlotta Ivanovna (ésta conduciendo a un perrito de una cadena), vestida de viaje. Varia lleva un abrigo y un pañuelo a la cabeza. Gaev, Simeonov-Pischik, Lopajin y Duniascha, cargada con un bulto y un paraguas, y algunos criados transportando equipaje.

 

Ania: ¡Entremos aquí! ¿Te acuerdas, mamá, qué cuarto es este?

Liubov Andreevna: (Entre lágrimas, pero alegremente) ¡El cuarto de los niños!

Varia: ¡Qué frío hace! ¡Tengo las manos heladas! (A Liubov Andreevna) ¡Sus habitaciones, la blanca y la violeta, siguen como antes, mamaíta!

Liuvob Andreevna: ¡El cuarto de los niños!...¡Mi querido.. mi maravilloso cuarto!...¡Aquí dormía yo de niña! (Llora) ¡También ahora soy como una niña! (Besa a su hermano, a Varia y luego otra vez a su hermano) ¡Varia está como siempre!... ¡Parecida a una monjita!... ¡A Duniascha también la he reconocido! (Besa a Duniascha) ¡Y el tren llegando con dos horas de retraso! ¿Qué les parece?...¡Vaya organización!

Scharlotta: (A Pischik) ¡También come nueces mi perro!

Pischik: (En tono de asombro) ¡Qué me dice! (Salen todos, salvo Ania y Duniascha).

Duniascha:(Ayudando a Ania a quitarse el abrigo y el sombrero)

¡Con qué impaciencia la esperábamos!

Ania: En las cuatro noches que llevo de viaje no he dormido. Ahora tengo mucho frío.

Duniascha: ¡Cuando se marchó usted, era Cuaresma!...¡Estaba nevando y helaba! ¡Ahora, en cambio!... ¡Querida mía! (riendo y besándola) ¡Con qué ilusión la esperaba! ¡Mi alegría! ¡Mi lucero!... Voy a decírselo en seguida. No tengo paciencia para esperar ni un minuto más.

Ania: (Con voz apagada) ¿Otra vez algo?...

Duniascha: Epijodov, el escribiente, después de Semana Santa, me ha pedido en matrimonio.

Ania: ¡Siempre estás con lo mismo! (Arreglándose el cabello) Se me han perdido todas las horquillas. (El cansancio la hace tambalearse),

Duniascha: ¡No sé ya ni qué pensar!...¡Él me quiere..., me quiere tanto!...

Ania: (Contemplando con ternura su habitación a través de la puerta). ¡Mi cuarto! ¡Mis ventanas! ¡Tengo la impresión de no haberme marchado!...¡Estoy en casa!... ¡Mañana por la mañana, cuando me levante, correré al jardín...¡Oh, si pudiera dormirme!...¡No he dormido en todo el viaje! ¡Me consumía la preocupación!.

Duniascha: Anteayer llegó Piotr Segueich.

Ania: (Con alegría) ¡Petia!

Duniascha: Duerme y hace la vida en la caseta de baño. Dice que teme molestar. (Mirando su reloj de bolsillo) Habría que despertarlo; pero no lo permite Varvara Mijailovna. "¡No lo despiertes!", me dijo.

 

ESCENA TERCERA

 

Entra Varia. De su cinturón cuelga un manojo de llaves.

Varia: Duniascha, trae pronto el café. Mamaíta está pidiéndolo.

Duniascha: Ahora mismito. (Sale)

Varia: ¡Bueno..., pues, gracias a Dios, ya habéis llegado! (Cariñosamente). ¡Mi almita ha llegado!... ¡Mi preciosa ha llegado!...

Ania: ¡No sabes lo que he pasado!

Varia: Me lo imagino.

Ania: Salí de aquí en Semana Santa..., en pleno frío. Scharlotta se pasó todo el viaje charlando..., haciendo juegos de manos...¡No sé por qué me obligaste a ir acompañada de Scharlotta!

Varia: ¿Cómo vas a viajar sola, almita mía?... ¡A los diecisiete años!

Ania: Pues verás... Llegamos a París... Allí, frío...,nieve... ¡Yo hablo horriblemente el francés!... Mamá vive en un quinto piso... Voy y me encuentro con que tiene visitas; unas francesas y un sacerdote viejo, con un libro... Todo está lleno de homo de tabaco... Y, de repente..., ¡me da tal lástima de mamá..., tal lástima!..., que cojo su cabeza entre mis manos, la estrecho contra mí y no puedo soltarla... Después, mamá estuvo muy cariñosa..., llorando...

Varia: (Entre lágrimas) No me lo cuentes... No me lo cuentes....

Ania: Había vendido ya su casa de campo junto a Menton y no le quedaba nada. ¡Nada!... A mi tampoco me quedaba ni una “kopeika”... ¡Apenas si nos había alcanzado para llegar hasta allá!... ¡Y mamá sin comprenderlo!... Figúrate que entramos a comer en la estación y no solo pide lo más caro, sino que después da un rublo de propina a cada uno de los camareros... ¡También Scharlotta, también Iascha, exigen lo suyo!... Sencillamente terrible... Tú sabes que mamá sigue con su lacayo, Iascha. Le hemos traído con nosotras.

Varia: Ya he visto al muy bribón.

Ania: Bueno..., ¿y qué?... ¿Se pagaron los intereses?

Varia: ¡Muy lejos de eso!

Ania: ¡Dios mío! ¡Dios mío!...

Varia: En agosto se va a vender la hacienda.

Ania: ¡Dios mío!

Lopajin: (Con un mugido, asomando la cabeza por la puerta y retirándola en seguida) ¡Méeee!...

Varia: (Entre lágrimas) ¡Con qué gusto le pegaría! (Le amenaza con el puño)

Ania: (En voz baja abrazando a Varia) ¡Varia!... ¿Te pidió que te casaras con él? (Varia mueve negativamente la cabeza) ¡Pero te quiere! ¿Por qué no tenéis una explicación? ¿A qué esperáis?

Varia: Creo que de ahí no saldrá nada... El trabaja mucho y no puede pensar en mi persona... No se fija en mí... ¡Vaya con Dios!... ¡Verle me entristece!... ¡Todos son a hablar de nuestra boda..., a felicitarnos, cuando en realidad no hay nada!...¡Es enteramente un sueño!... (Cambiando de tono) Tienes un broche que parece una abejita.

Ania: (Tristemente) Me lo ha comprado mamá...(Con alegría y en tono infantil) ¡En París he volado en globo!

Varia: ¡Mi almita ha llegado!... ¡Mi preciosa ha llegado!... (Duniascha ha entrado con la cafetera, y está preparando el café). Yo en medio de los trajines de la casa, me paso todo el día soñando... ¡Qué bueno sería que te casaras con un hombre rico!... ¡Entonces me sentiría tranquila, me iría de peregrinación a Kiev y a Moscú, y estaría siempre recorriendo lugares santos!... ¡No haría más que recorrerlos! ¡Qué delicia!

Ania: Los pájaros cantan ya en el jardín. ¿Qué hora es?

Varia: Con seguridad cerca de las tres. La hora de que te acuestes, bonita. (Entran en la habitación de Ania. Aparece Iascha trayendo una manta y un saquillo de viaje).

Iascha: (Entrando en escena con paso respetuoso) ¿Se puede pasar?

Duniascha: ¡Una ya ni le reconoce!...¡Cómo se ha puesto usted en el extranjero!

Iascha: Y usted ¿quién es?

Duniascha: Cuando usted se marchó, yo era así. (Indica con la mano extendida, una pequeña altura) Soy Duniascha. La hija de Fedor Kosoedov... ¡Usted ya ni se acuerda!

Iascha: Hum... ¡Qué manzanita!... (Después de mirar a su alrededor, la abraza. Ella lanza un grito y deja caer el platillo. Iascha sale apresuradamente).

Varia: (Desde el otro lado de la puerta, y en tono de descontento). ¿Qué ha pasado ahí?.

Duniascha: (Llorando) ¡Nada! ¡Es un platito que se me ha roto!

Varia: ¡Eso trae buena suerte!

Ania: (Saliendo de su cuarto) Habría que preparar a mamá... Petia está aquí...

Varia: Mandé que no le despertaran.

Ania: (Pensativamente) ¡Un mes después de hacer seis años de la muerte de mi padre, Grischa, mi hermano..., un guapo chiquillo de siete años..., se ahogó en el río!... ¡Mamá no pudo soportarlo y se fue sin volver la vista atrás!... (Estremeciéndose) ¡Cómo la comprendo!... ¡Si supiera!... (Pausa) ¡Petia Trofimov fue profesor de Grischa!... ¡Puede recordarle!...

 

 

ESCENA CUARTA

 

Entra Firs, de americana y chaleco blanco.

 

Firs: (Yendo hacia la cafetera, con aire preocupado). ¿Está el café? (Poniéndose unos guantes blancos) La señora va a tomarlo aquí (A Duniascha, en tono severo). ¡Tú! ¿Dónde está la nata?

Duniascha: ¡Ay!... ¡Dios mío!... (Sale precipitadamente)

Firs: (Trasteando junto a la cafetera). ¡Ah!...¡Qué mujer más patosa!... (Mascullando para sí) Han llegado de París, En silla de posta.... (Ríe)

Varia: ¿De qué te ríes, Firs?

Firs: ¿Qué se le ofrece? (En tono alegre) ¡Mi señora está aquí!... ¡Por fin!... ¡Ya puede uno morirse! (Llora de contento).

 

ESCENA QUINTA

 

Entran Liubov Andreevna, Gaev y Simbonov-Pischik, este vestido con una "poddiovka" (1) de paño fino y con los anchos pantalones remetidos por las polainas de las botas. Gaev, al entrar, hace un gesto que imita la postura del juego de billar.

 

Liubov Andreevna: ¿Cómo era?... Deja que recuerde... "El amarillo al rincón; el mingo al centro"...

Gaev: Y yo apunto al rincón...En tiempos, mi hermana y yo dormíamos en este mismo cuarto... Ahora, aunque me resulte raro, tengo ya cincuenta y un años...

Lopajin: ¡Es verdad! ¡Cómo corre el tiempo!...

Gaev: ¿Qué dices?

Lopajin: Digo que el tiempo corre.

Gaev: Huele a hierbas aromáticas.

Ania: Yo me voy a dormir (Besando a su madre). Buenas noches, mamá.

Liubov Andreevna: ¡Criaturita mía adorada! (Le besa las manos) ¿Estás contenta de verte en casa?... Yo todavía no he podido reaccionar.

Ania: Adiós, tío.

Gaev: (Besándola en el rostro y en las manos) ¡Dios te guarde!... ¡Cómo te pareces a tu madre!... Tú, Liuba, a su edad eras igual. ¡Exactamente igual! (Ania tiende la mano a Lopajin y a Pischik y sale, cerrando la puerta tras de sí).

Liubov Andreevna: ¡Se ha cansado mucho!

Pischik: Es natural... Ha sido un viaje muy largo.

Varia: (A Lopajin y a Pischik) Bueno, señores... Son casi las tres... La hora de que todo el mundo se retire.

Liubov Andreevna: (Riendo) Tú siempre la misma, Varia. (Atrayéndola hacia sí y besándola) En cuanto tome el café, nos marcharemos todos. (A Firs, que le coloca un almohadoncito bajo los pies). Gracias, querido... Me he acostumbrado al café, y lo tomo de día y de noche. (Besando a Firs) Gracias, viejuco mío.

Varia: Habrá que ir a ver si lo han traído todo. (Sale)

Liubov Andreevna: ¿Será posible que sea yo quien esté aquí sentada? (Riendo) Tengo ganas de saltar, de mover los brazos... (Hundiendo el rostro entre las manos) ¿Y si fuera un sueño?... ¡Quiero a mi patria! ¡La quiero tiernamente!... ¡Dios es testigo!... ¡Pero no he podido mirar nada desde el vagón!... ¡He venido todo el tiempo llorando!... (Entre lágrimas) A todo esto... ¡hay que tomar café!... ¡Gracias, Firs! ¡Gracias, viejuco mío!... ¡Me alegra tanto encontrarte vivo todavía!

Firs: Anteayer...

Gaev: Es que no te oye bien.

Lopajin: Ahora, a las cuatro, tengo que salir para Jarkov... ¡Qué fastidio! ¡Deseaba tanto verla..., hablar con usted!... ¡Veo que sigue tan magnífica como siempre!.

Pischik: (Con la respiración fatigosa) ¡Y todavía más guapa!... Vestida a la moda parisiense...

Lopajin: ¡Si su hermano, Leonid Adreich, dice que soy un mal educado..., que lo diga! ¡Me es absolutamente igual!... ¡Lo que sí quisiera es que usted me creyera como solía creerme, y que sus asombrosos y conmovedores ojos me miraran como me miraban antes!... ¡Dios mío!... Mi padre fue siervo de su abuelo y de su padre, pero usted particularmente hizo tanto por mí en un tiempo, que lo he olvidado todo, y le tengo el afecto que se tiene a los seres más próximos... Y hasta quizá más...

Liubov Andreevna: No puedo estarme sentada. (Se levanta de un salto y da vueltas por la escena, presa de fuete excitación) ¡No!... ¡No podré sobrevivir a esta alegría!...¡Ríanse de mi si quieren!... ¡Soy una tonta!,, (Besando el armario) ¡Armarito mío querido!... ¡Mi mesita!

Gaev: Mientras estabas fuera, se murió el ama.

Liubov Andreevna: Lo sé. En paz descanse... Me lo escribieron.

Gaev: También se murió Anastasii... Y Petruschka Kosoi se marchó de casa y está ahora en la ciudad, alojada en casa del jefe de Policía. (Saca del bolsillo una caja de caramelos y comienza a chupar uno).

Pischik: Mi hija Dascheñka le envía recuerdos.

Lopajin: Estoy deseando decirle algo muy agradable... Algo risueño... (Consulta el reloj). He de marcharme ahora mismo. No me queda ya tiempo para charlar; pero sí puedo decírselo en tres palabras. Como usted sabe ya, su jardín de los cerezos ha sido puesto en venta para saldar -con el dinero que se obtenga de él -las deudas, habiendo sido fijada la subasta para el veintidós de agosto... Usted, sin embargo, querida, no se preocupe... Duerma tranquila... Se ha encontrado una solución. He aquí mi proyecto... Le ruego lo escuchen atentamente... Su hacienda dista de la ciudad tan solo veinte "verstas"... El ferrocarril pasa junto a ella...; por tanto, si el jardín de los cerezos y la parte de terreno que da al río fueran divididos en parcelas para la construcción de casas veraniegas, y éstas se arrendaran, obtendría usted un beneficio de veinticinco mil rublos al año, como mínimo.

Gaev: Perdón..., pero eso es una tontería.

Liubov Andreevna: ¡No acabo de comprenderle, Ermolai Alekseich!

Lopajin: Cada veraneante le pagaría veinticinco rublos al año por "desiatina", como mínimo, y si empieza usted a anunciarlo desde ahora mismo, yo le garantizo que, de aquí al otoño, no le quedará ni un pedacito de terreno libre. Se lo llevarán todo. Conque en una palabra: la felicito. Está usted salvada... El paisaje es maravilloso y el río profundo... Solo habría, naturalmente, que quitar algunas cosas..., que limpiar un poco... Por ejemplo..., digamos..., derribar las viejas construcciones..., esta misma casa, que ya no vale nada, y talar el viejo jardín de los cerezos...

Liubov Andreevna: ¿Talarlo?..., Perdone, querido, pero no entiende usted nada de eso... Si en toda la región hay algo interesante y hasta sobresaliente..., es solo nuestro jardín de los cerezos.

Lopajin: Lo único sobresaliente de este jardín es su gran tamaño... La guinda solo se da cada dos años, y luego no sabe uno qué hacer con ella. Nadie la compra.

Gaev: Hasta el diccionario enciclopédico menciona este jardín.

Lopajin: (Mirando el reloj) Si no ideamos algo ni llegamos a ninguna conclusión, el veintidós de agosto, el jardín de los cerezos y la hacienda entera serán vendidos en pública subasta... Decídase... No hay otra solución..., se lo juro... no la hay.

Firs: En otros tiempos, hace cosa de cuarenta o cincuenta años, la guinda se secaba, se mojaba, se le ponía en escabeche, se hacía con ella mermelada, y ocurría...

Gaev: Cállate, Firs.

Firs: Y ocurría que se mandaba la guinda seca a Moscú y a Jarkov... ¡Cuánto dinero había!... ¡Y la guinda seca de entonces era blanca, jugosa, dulce y con un aroma!... Además, había su modo de prepararla...

Liubov Andreevna: ¿Y qué modo era ese?

Firs: Ya se ha olvidado. Nadie lo recuerda ya.

Pischik: (A Liubov Andreevna) ¿Y en París? ¿Qué tal? ¿Comió usted ranas?

Liubov Andreevna: Comí cocodrilos.

Pischik: ¿Qué cosas?...

Lopajin: Hasta ahora, que han aparecido los veraneantes, en la aldea no había más que señores y "mujiks". Todas las ciudades, incluso las más pequeñas, están circundadas de casas campestres que, puede decirse, dentro de veinte años se habrán multiplicado de modo extraordinario. ¡Ahora el veraneante se limita a beber té en su balcón, pero pudiera ocurrir que en su única "desiatina" le diera por ocuparse de agricultura, con lo que su jardín de los cerezos sería feliz, rico y magnífico!

Gaev: (Indignándose) ¡Qué tonterías!

 

 

ESCENA SEXTA

 

Entran Varia e Iascha

 

Varia: Hay aquí dos telegramas para usted, mamaita (Separa una llave del manojo que tintinea y abre un antiguo armario). Aquí están.

Liubov Andreevna: Son de París (Rompiendo los telegramas sin abrirlos). Con París todo está terminado.

Gaev: ¿Sabes, Liuba, los años que tiene este armario? Hace unas semanas, al sacar el cajón de abajo, vi unas cifras grabadas a fuego. Este armario fue construido hace exactamente cien años. ¿Qué te parece?...¿Eh?... Podría celebrarse su centenario... Es un objeto inanimado; pero siempre un armario de libros.

Pischik: (Asombrado) ¡Cien años!... ¡Qué cosas!...

Gaev: Un objeto, sí... (Palpando el armario) ¡Mi muy querido y estimado armario!...¡Saludo tu existencia, dirigida -hace más de cien años- a los claros ideales del bien y la justicia!... ¡Tu silenciosa llamada a un trabajo fructuoso, lejos de perder fuerza en el transcurso de estos cien años (Con lágrimas en los ojos), ha mantenido vivos, en las generaciones de nuestro nombre, la energía y la fe en un futuro mejor..., inculcando en nosotros los ideales del bien y de la conciencia común... (Pausa).

Lopajin: Sí...

Liubov Andreevna: Tú como siempre Lionia.

Gaev: (Un poco azorado) "Por la derecha de la bola y al rincón". "Apunto al centro"...

Lopajin: (Consultando el reloj) Ya es hora de marcharme.

Iascha