3.-
Alejandro y el Imperio Universal
A
la muerte de Filipo, Macedonia se había extendido hasta el mar Negro,
conquistando buena parte de Tracia, y había ocupado Tesalia, mientras
que el resto de la Hélade y del Epiro aparecían como estados aliados o
vasallos. Al heredar Alejandro el trono macedonio contaba pues con un
excelente punto de partida para alcanzar su máximo objetivo: la conquista
de Asia. En la primavera de 334 a.C. Alejandro partía de Macedonia, avanzando
hacia Tracia y alcanzando las costas de Asia Menor donde se produjo el
primer enfrentamiento con los persas en la batalla de Gránico. La victoria
permitió al macedonio continuar su avance hacia Lidia, ocupando las ciudades
de Mileto y Halicarnaso. Las regiones de Caria y Frigia cayeron en sus
manos. Tras cortar el famoso nudo en Gordión, la Capadocia y Cilicia serán
ocupadas antes de producirse una segunda batalla decisiva, la de Issos
donde Alejandro bate a Darío de manera contundente. La decisión del monarca
macedonio será descender hacia Siria para tomar Tiro y Sidón, sirviendo
de cabeza de puente para la conquista de Egipto, donde fundará la famosa
Alejandría. Tras visitar el oráculo de Amón se embarcará en la toma de
Mesopotamia, produciéndose la definitiva batalla de Gaugamela donde Darío
será contundentemente derrotado. Susa y Persépolis caerán bajo su dominio,
estableciendo el próximo objetivo en las satrapías superiores: Bactriana
y Sogdiana. Los territorios más septentrionales del Imperio Persa eran
ocupados en el año 328 y desde allí Alejandro descendió hasta la India,
alcanzando el Indo. Tras ocho años alejadas de Grecia, las tropas presentan
sus primeras muestras de cansancio por lo que se impone el regreso desde
Patala. Alejandro dirigía el cuerpo de ejército por tierra mientras Nearco
costeaba con una flota hasta llegar al golfo Pérsico. El rey macedonio
llegó otra vez a Persépolis y a Babilonia donde falleció el 30 de junio
de 323 a.C. antes de cumplir los 33 años.
La
sucesión de Filipo
La
muerte de Filipo por asesinato produjo una situación de gran confusión,
donde proliferaron las acusaciones dirigidas no sólo a tratar de castigar
a los asesinos, sino también a consolidar la línea sucesoria en una determinada
dirección, con la eliminación en tanto que sospechosos de otros posibles
aspirantes. Por otra parte, las luchas sucesorias se complican con los
problemas territoriales, pues Alejandro participaba de la línea de los
Lincéstidas, como hijo de Olimpia, con quien Filipo se había casado en
su primer matrimonio, procedente de la Alta Macedonia y a quien se oponían
los representantes de la Baja Macedonia, defensores de los descendientes
de Cleopatra, considerados por algunos como los auténticamente macedones.
Ante ellos, el propio Alejandro era considerado sospechoso. La muerte
de Átalo es considerada por Diodoro de Sicilia como resultado de esas
luchas, pues podía ser un competidor y había declarado, en el matrimonio
de Filipo con Cleopatra, que por fin iba a haber herederos nobles. Al
margen de las cuestiones propiamente dinásticas, y del hecho de que en
esta coyuntura se manifestaran una vez más las tendencias centrífugas
características de los pueblos sometidos a la monarquía macedónica, también
hay que introducir un elemento fundamental, consistente en que, a estas
alturas del desarrollo del sistema, entre estos pueblos todavía está vigente
la tradición que obliga a los reyes a obtener el trono a través de competencias
y luchas con otros aspirantes. También en Grecia la lucha continúa, pues
fue necesaria la sumisión de varios movimientos de rebelión. Desde el
336 Alejandro comienza la carrera en este sentido, acompañada de la adopción
de los títulos propios de la tradición helénica. Se nombra tagos de la
liga Tesalia, hegemón de la Anfictionía de Delfos y strategós autokrátor
de la Liga de Corinto. También actúa en el norte y llega hasta el Danubio,
mientras que en Ambracia se dice que respetó la autonomía e instauró la
democracia. En Atenas liberó a la ciudad de los persas, adoptando así
la identificación de la resistencia demosténica con la colaboración con
el bárbaro tal como la definía Esquines. Tebas se queda sola en su resistencia
y como había luchado en favor de los persas en las guerras médicas y se
lo pedían otras ciudades, al menos según las fuentes favorables a Alejandro,
éste arrasó la ciudad dejando en pie sólo la casa de Píndaro, como síntoma
de dudoso respeto a la cultura, y esclavizó a treinta mil ciudadanos.
Dijo que cumplía así con los deseos de la Liga de Corinto. En cualquier
caso, resulta significativa como acción inaugural de los nuevos sistemas
de dependencia que se instalan gracias al apoyo del reino de Macedonia,
donde la orientalización posterior, despótica, encuentra una disposición
tendencial, al menos.
Alejandro
y los griegos de Asia
Una
vez que Alejandro hubo restaurado el poder macedónico en el continente,
emprende lo que en principio había de ser la continuación de la obra en
que la muerte había sorprendido a su padre. La campaña se inicia en el
año 334 con el paso del Helesponto. De hecho, los primeros contactos de
Alejandro en las costas occidentales de Asia Menor fueron los establecidos
con los griegos de la zona, cuya historia reciente les había dado una
especial configuración. Las relaciones específicas, establecidas con los
persas desde la paz del Rey, habían servido para consolidar regímenes
oligárquicos o tiránicos dependientes, en los que era difícil avivar sentimientos
de rebelión. Así, como de entrada las ciudades griegas no mostraban especial
entusiasmo por acoger al macedonio que se presentaba como liberador, Alejandro
optó por emprender directamente la vía militar, para lo que se dirigió
hacia el este y se enfrentó a las tropas persas en la batalla de Gránico,
en la Frigia Helespóntica. La victoria, indiscutible, abrió para los ejércitos
de Alejandro las puertas de Asia Menor, donde las ciudades griegas comenzaron
a reaccionar de manera diferente y a buscar la alianza con Alejandro,
a través de modificaciones internas que se definen como formas de democratización.
En los documentos conservados gracias a la epigrafía, Alejandro aparece
como firmante unido a los griegos, con lo que se da a su empresa un carácter
panhelénico, desprendido de la realeza macedónica, para identificarse
con el conjunto de los helenos y con su propia persona individualmente.
Él y los griegos serán los protagonistas de las primeras campañas y los
promotores de un nuevo marco de encuadramiento de las ciudades asiáticas.
Alejandro llegó por el sur hasta Sardes y Éfeso, donde favorecía igualmente
sistemas denominados democráticos bajo la vigilancia de Alejandro mismo.
Sin embargo, un griego, Memnón de Rodas, típico producto de las formas
de colaboración que se vienen anudando entre persas y griegos de Asia
a lo largo del siglo IV, fue el encargado de organizar la contraofensiva,
de modo que recuperó el control sobre gran parte de las Cícladas y, especialmente,
sobre las ciudades de las islas de Quíos, Rodas y Lesbos. Alejandro, una
vez sometida a control la zona suroccidental de Asia Menor, se dirigió
hacia el interior de nuevo y tuvo que atender, aunque sólo desde lejos,
las necesidades de la flota a la que ya había dado de lado, como factor
secundario en su nuevo empeño. Sin embargo, la muerte de Memnón y las
necesidades del Rey de concentrar fuerzas para volver a intentar la resistencia
a la penetración grecomacedónica hicieron innecesaria la acción, de modo
que, desde lejos y con el apoyo de su prestigio creciente en las acciones
dentro del territorio persa, los griegos se reestructuraron en la Liga
de Corinto, con la entrada de las ciudades liberadas, de las que se expulsaba
a los tiranos, se hacía volver a los exiliados, naturalmente a los que
lo habían sido por las tropas aliadas de los persas y no a los exiliados
por la acción de los macedonios, y se organizaba un nuevo sistema en que
el demos compartía teóricamente el control de la situación con Alejandro
mismo. Arriano habla de leyes democráticas bajo la vigilancia de Alejandro.
Alejandro continuaba entre tanto su expedición de control de los territorios
de Asia Menor, por Gordion, donde tuvo lugar el famoso episodio consistente,
para la mayoría de las fuentes que retratan un Alejandro valeroso y afortunado
pero violento, en el corte tajante del famoso nudo que se le ofrecía como
obstáculo, mientras que para Aristóbulo, autor de una imagen de Alejandro
serena e inteligente, modelo del tipo de emperador que en sus tiempos
le gustaría ver gobernando el imperio romano, el rey habría desatado hábilmente
el nudo. Luego descendió hasta llegar a Tarso, de nuevo en la costa del
Mediterráneo, donde ya podía entrar en contracto con los refuerzos que
había hecho transportar a Siria.
La
cuenca mediterránea
Al
norte de Siria, Alejandro consiguió una nueva victoria sobre las tropas
del Gran Rey, en Isos, con lo que quedaba controlada toda la península
de Anatolia. De este modo se inicia una nueva etapa, caracterizada por
el control de las ciudades fenicias y por la desaparición de sus flotas
y la de los chipriotas, en que se apoyaba tradicionalmente el imperio
persa. Con ello terminan sus posibilidades de subsistencia en el mar.
Por otra parte, la adhesión creciente de las ciudades griegas y las ofertas
de paz hechas por el Gran Rey pondrían punto final a una forma específica
de expansión, capaz de controlar Grecia desde la monarquía de origen exterior
como solicitaba Isócrates y de contener la fuerza del imperio persa en
favor de la Grecia de las ciudades, que ahora contaría con el control
de los territorios de Asia Menor. Sin embargo, el proceso expansivo mismo
va creando su propia dinámica de reproducción, plasmada en las nuevas
intenciones conquistadoras de Alejandro. La acción más agresiva tuvo lugar
en Tiro, ciudad fenicia que ofreció la mayor resistencia, contra la que
se emplearon los métodos más modernos de la artillería de la época y de
cuyos habitantes, aparte de los ocho mil que fueron condenados a muerte,
treinta mil fueron vendidos como esclavos, en agosto de 332. Después de
Tebas, Alejandro seguía empleando masivamente el sistema, indicativo de
que, al menos en parte, uno de los objetivos de la empresa se situaba
en el reforzamiento del sistema de sumisión por conquista, en crisis a
causa de los problemas que afectaban a los sistemas militares de la ciudad-estado.
En Egipto, Alejandro es recibido como un libertador, desde el punto de
vista de una población que en tiempos recientes ha experimentado los efectos
más duros de la dominación despótica persa. El episodio más destacado,
por su trascendencia y su significación en los modos de definición del
poder de Alejandro, fue la visita al oráculo de Amón, en Siwa, que ya
se consideraba sincretizado con el padre griego de los dioses y de los
hombres, Zeus. La acogida favorable por parte de los sacerdotes, expresada
en la filiación de Alejandro como hijo de Amón, protegido como nuevo faraón,
se interpretó igualmente como filiación con respecto a Zeus, característica
específica de la realeza tradicional, de los basilei, con lo que se logra
una nueva síntesis entre la teología egipcia de la realeza y las características
griegas de la realeza mítica y aristocrática. Como hijo de Zeus, no podía
reprochársele ningún tipo de despotismo orientalizante, al margen de que
el sistema egipcio estaba asimilado por la tradición griega desde la época
arcaica e incluso había sido incorporado en la elaboración teórica representada
por el platonismo. Sin embargo, al mismo tiempo, ello le permitía atribuir
aspectos divinos a las formas de poder que iba elaborando. Otra medida
de gran trascendencia fue la fundación de Alejandría, elemento simbólico
de ese mismo personalismo y punto de partida de una nueva concepción de
la ciudad griega, asentada entre pueblos orientales, vehículo de acción
de futuras formas estatales significativas del nuevo mundo en formación.
Mesopotamia
e Irán
Alejandro
volvió a la costa palestina para, desde Tiro, dirigirse al noreste, por
Damasco, hacia el Éufrates y, tras cruzar este río así como el Alto Tigris,
enfrentarse por fin al Gran Rey en la batalla de Gaugumela, en el año
331, donde se hizo con un magnífico botín, dentro del que nuevamente se
halla un número de decenas de miles de prisioneros. El Rey se escapó y
Alejandro se dedicó a perseguirlo, al tiempo que ya parece irse fraguando
la idea de que va a buscar convertirse en su sucesor, aplicando una vez
más la práctica de la tradición regia macedónica, según la cual quien
mata al Rey se convierte en Rey. La victoria, por otra parte, le abre
el camino hacia Babilonia, sede mítica de la realeza oriental. Pero Alejandro
continúa la marcha en persecución del Gran Rey en el territorio de Persia,
hasta Susa y Persépolis, donde devasta el palacio, venganza por la destrucción
de Atenas en las guerras médicas, modo de reivindicar la herencia del
imperio ateniense, sin prescindir de las nuevas aspiraciones orientalizantes.
En la práctica, Alejandro no sólo imita el sistema de control de los territorios
propio de los persas, el de las satrapías, con el nombramiento de algunos
de sus colaboradores como sátrapas de los territorios conquistados, sino
que incluso hace uso de los mismos sátrapas que ya ejercían esas funciones
bajo las órdenes del Gran Rey. Desde allí, Alejandro continúa la persecución
hasta Media y se asienta en la ciudad de Ecbatana, pero Darío se sigue
escapando hacia el territorio de las llamadas Altas Satrapías. En Ecbatana,
Alejandro decide prescindir de las tropas griegas, en las que empezaban
a notarse síntomas de descontento. Seguramente, era ya muy difícil conjugar
la nueva imagen de la conquista con las expectativas de los habitantes
de las ciudades en crisis. El ejército se configura claramente como un
contingente de mercenarios alejado del mundo de la ciudad-estado. De este
modo acababan las funciones de la Liga de Corinto.
Muerte
de Darío III
Cuando
Alejandro emprendía la persecución de Darío hacia las Altas Satrapías,
tuvo conocimiento de que, después de deponerlo de la realeza, Beso mismo
había sido el responsable de su muerte, al tiempo que se presentaba simultáneamente
como interlocutor de Alejandro y sucesor del Rey. Alejandro no podía admitir
la presencia de un interlocutor diferente. Él mismo se convierte ahora
en el vengador de la muerte de Darío y en el encargado de recuperar los
territorios sobre los que los persas mantenían las pretensiones. Alejandro
entra así en una nueva etapa, en que aparece como conquistador de la Partia,
donde la forma de actuar con las aristocracias comienza a identificarse
con la de las monarquías orientales, en que el rey, apoyado en las aristocracias
es, al mismo tiempo, fundador de ciudades, como individuo portador de
poderes carismáticos, capaz de dar nombres a las ciudades nuevamente fundadas,
portadoras del nombre personal del Rey, Alejandrías variadas que señalan
su itinerario. Alejandro penetra hacia Aria, Drangiana, Aracosia, Bactriana
y Sogdiana, hacia el año 329. La historia de las conquistas de Alejandro
se convierte en la de la expansión sobre territorios ocupados por pueblos
primitivos, cuyas estructuras se encuentran al margen de cualquiera de
los procesos civilizadores llevados a cabo hasta ese momento en la historia
de los pueblos del próximo oriente asiático, sólo conocida por su sumisión
al poder de los grandes imperios. Entre los episodios más notables, se
encuentran los enfrentamientos con Espitámenes, símbolo del encuentro
entre culturas radicalmente opuestas, que tuvo como escenario privilegiado
la ciudad de Maracanda, luego Samarcanda, lugar donde entran en conflicto
diferencias profundas en la concepción de las relaciones humanas. Desde
el punto de vista territorial, Alejandro alcanzó así los límites del imperio
persa, mientras que en el plano personal adoptaba el papel de sucesor
y heredero del rey persa. Alejandro lucha contra los escitas, los musagetas,
los corasmios, los sacas y los dardas, mata a Beso como usurpador, acusado
de la muerte del Gran Rey, cuya sucesión correspondería al propio Alejandro.
A Espitámenes, que se ha erigido como nuevo representante de las fuerzas
opositoras a Alejandro en Oriente, lo matan los mismos bárbaros, convencidos
de que las nuevas fuerzas personales no se distinguen de las viejas y
tradicionales, procedentes de los pueblos persas.
La
sucesión de Darío
En
el año 327, Alejandro inicia una política matrimonial integradora cuando
toma por esposa a la bactriana Roxana, en una nueva forma de integración
que era al mismo tiempo un modo de adaptación al Oriente. Ahora bien,
este proceso traía consigo la aparición de problemas en las relaciones
entre griegos y macedonios en las filas de las fuerzas dependientes de
Alejandro. La creciente fuerza del poder personal de Alejandro, unida
a las tendencias orientalizantes que pueden deducirse de la integración
misma de Alejandro en el mundo de la realeza oriental, sirve de fundamento
para la transformación de la realeza macedonia. Ahora, cuando algunos
orientales le ofrecen el modo externo de sumisión representado por la
proskynesis, Alejandro cae en la tentación de aceptarla, forma de sumisión
servil que para los griegos era identificable con la esclavitud propia
de los orientales. Algunos de los miembros de su expedición se niegan
a admitir la existencia de una práctica similar. En realidad, se trata
de problemas formales que han surgido desde el momento en que Alejandro
se ha identificado con la realeza en la sucesión de Zeus Amón, padre de
los dioses. Desde el año 330 se habían notado los efectos de esa identificación,
cuando Filotas, tras negarse a admitir la existencia de ceremoniales regios
de ese tipo, fue condenado y ajusticiado. Los problemas se tradujeron
en asesinatos y delaciones, que afectaron a personajes próximos desde
el principio a la persona de Alejandro y provocaron cambios importantes,
en los que desapareció Parmenión, colaborador desde el primer momento,
y se impusieron Hefestión, personaje siempre considerado digno de la confianza
de Alejandro, y Clito, caracterizado por sus críticas a las tendencias
orientalizantes del Rey. Entre ambos representaban la síntesis de la nueva
situación, de la tradición macedónica y el orientalismo que se impone
con la expansión sobre los territorios recientemente conquistados. De
hecho, las contradicciones se resuelven en un nueva síntesis, que viene
a estar representada por lo que puede definirse como la de los hombres
de Alejandro, que no adoptan una actitud definida en los problemas planteados
sobre las cuestiones básicas, porque, en definitiva, éstas quedan resueltas
en el plano personal, a favor o en contra de Alejandro. En este escenario
se hallan personajes como Crátero y Perdicas, destinados a desempeñar
un papel específico en los momentos sucesivos.
Alejandro,
déspota oriental
En
el año 327 Alejandro llegó a la India. Cuáles fueran los objetivos concretos,
de realizar ciertas acciones para llegar a los valles de los ríos que
se encuentran en la India, será siempre difícil de determinar, pues entra
dentro de un tipo de dinámica que las fuentes antiguas envuelven en la
leyenda y en el mito. Cada paso parecía implicar que se acercaba a los
territorios señalados como confines por las tradiciones referentes a Heracles
o a Dioniso, divinidades que habían adquirido en la tradición, entre otras,
la función de señalar los límites del mundo habitado o habitable por los
griegos. Sin embargo, todo ello tuvo una doble vertiente, señalada por
los aspectos negativos surgidos tanto en el interior como en el exterior.
En este último aspecto, la lucha contra el rey Poros complicó sin duda
los planes. Pero más importante fue el hecho de que en estas circunstancias
se produjeran las revueltas de las colonias militares asentadas en las
Altas Satrapías, provocadas por las noticias de la muerte de Alejandro,
lo que indicaría el fuerte grado de personalismo que se está extendiendo
en la proyección oriental de la política griega. Pero también resulta
significativo que los colonos militares allí asentados echaran de menos
la polis como sistema organizativo. Aquí están presentes los problemas
resultantes del proceso de formación del mundo helenístico, aunque, momentáneamente,
el problema concreto se resolviera a través de la represión y de la destrucción
simple de los asentamientos. Desde el año 324, la obra de Alejandro se
traduce en una nueva organización del reino y del territorio. La conquista
queda sustituida por la organización. Pero, de repente, se ponen de manifiesto
todos los problemas que han ido quedando ocultos por la dinámica conquistadora
y expansiva de cada momento. En líneas generales, puede decirse que el
sistema persa se convierte en el dominante, plasmado desde el principio
en la organización de las satrapías. Paralelamente, la herencia ideológica
materializada en el proyecto de control de la ecúmene desempeña también
un papel en el límite de las realidades, cuando éstas llegan al límite
del mundo. Cada etapa se convierte así en el punto de arranque de una
nueva etapa conquistadora, único argumento capaz de sustentar sólidamente
una forma de poder como la que Alejandro ahora pretende. El problema viene
en este momento a traducirse en el de los modos de aplicar a occidente
los métodos asimilados en la conquista de oriente. Así, se plantea por
primera vez la cuestión de si es posible que en una misma estructura política
se incluyan Oriente y Occidente. Pero, desde 324, Alejandro se dirige
a las ciudades griegas como el Rey sucesor de los Aqueménidas, el Rey
Alejandro, no el Rey de los macedonios que, voluntariamente, dejaba fuera
de la fórmula a los griegos, como si se tratara de un estado aliado y
colaborador de las ciudades griegas libres. En el mensaje que transmitió
a través de Nicanor, además, Alejandro exigía de ellas el culto como si
se tratara de un dios invencible, theós aníketos, una vez que se considera
realizada la misión para la que han apoyado la presencia de una fuerte
autoridad exterior, que ahora reclama su compensación. La transformación
de la monarquía macedónica, operada al servicio de los griegos en la epopeya
oriental, se traduce ahora en una presencia despótica en el mundo griego.
La muerte puso punto final a una empresa, antes de que sus consecuencias
lógicas y paradójicas pudieran ser constatadas en la práctica, cuando
sólo era posible comprobar lo que quedaba después de la desaparición de
su principal protagonista individual, creador, al tiempo que víctima,
de unas circunstancias generales realmente específicas y peculiares. La
helenización se traduciría, parcialmente, en una orientalización de las
formas políticas y sociales.
Orientalización
y helenización
En
realidad, éste es uno de los problemas fundamentales que se derivan de
la interpretación general de la obra de Alejandro. A partir de un momento
determinado, el control real de los territorios orientales se llevaba
a cabo a través de las aristocracias iranias. El problema se presenta
cuando se comprueba el papel que pudieron tener los miembros de las hetairías
macedónicas, formaciones aristocráticas y despóticas adaptadas parcialmente
al mundo de la polis en el proceso de contacto con el mundo griego. En
definitiva, el hetairos sigue desempeñando el papel de vehículo para la
integración de las comunidades en el sistema de dominación personal, donde
no es fácil discernir lo que procede de la tradición macedónica adaptada
a nuevas circunstancias y lo que se recibe del mundo iranio a través de
personajes de otras procedencias. Al final, las acciones llevadas a cabo
en Babilonia, como punto de concentración de flotas orientales y occidentales,
parecen indicar que también en la opuesta dirección la actividad de Alejandro
mostraba aspiraciones integradoras. Allí, fenicios y chipriotas, griegos
y orientales, pretendían transformar el puerto fluvial, regulado por la
monarquía, en el nudo de comunicaciones integrador del Oriente y del Occidente.
La muerte de Alejandro, en 323, frustró igualmente este proyecto, nunca
se sabrá si realizable o no.
Polis
y sistemas tributarios
Una
de las características fundamentales de la empresa de Alejandro hay que
buscarla en su situación paradójica como defensor de los intereses de
unas poleis en decadencia desde la perspectiva de una monarquía primitiva,
donde la polis sólo fue un proyecto que buscaba sus modelos en el exterior.
Ahora bien, para la defensa de esos intereses, se construyó el proyecto
de Filipo de conquistar territorios que pudieran convertirse en subsidiarios
y proporcionar poblaciones dependientes. La mayor paradoja hay que buscarla
posiblemente en que esos territorios se convirtieron en punto de atracción
para el proceder de una realeza primitiva, porque allí había una realeza
más evolucionada, que podía satisfacer mejor las aspiraciones despóticas
de un individuo ambicioso. Pero, además, el sistema de dependencia tributaria
se revelaba, en definitiva, más eficaz para la nueva estructura, basada
en un amplio dominio territorial, que el sistema de dependencia esclavista
basado en el mercado, donde cada esclavo era objeto de compraventa, sólo
garantizada por sistemas de solidaridad integrados en una ciudad ahora
en decadencia como tal, pues los libres estaban en peligro y no se sentían
suficientemente identificados en cada una de las estructuras representadas
por cada polis. En el mismo movimiento expansivo se va viendo cómo es
preferible la adopción del sistema tributario en el territorio conquistado
y cómo pueden buscarse sistemas equiparables para extender al mundo griego.
De ahí que se tienda a someter a la monarquía a la ciudad griega, no ya
para proporcionarle los medios de conservar sus anteriores estructuras,
sino para facilitar el camino que llevará a las nuevas estructuras. El
influjo de la conquista de Alejandro viene a traducirse en que la polis
se somete paulatinamente al sistema tributario hasta ahora representado
por los grandes imperios de oriente, que los propios persas no han podido
imponer en las ciudades griegas y que éstas ahora reclaman con la ayuda
de una realeza no persa, sino vencedora de los persas. Ello no impide
que en el sistema de Alejandro se intentara conservar y fomentar el mundo
del mercado, empezando por la nueva concentración en torno al puerto fluvial
de Babilonia y por el fomento de intercambios con Egipto a través de la
nueva ciudad de Alejandría. El mercado pasa a desempeñar, en la nueva
estructura, una nueva función, aunque posiblemente, desde el punto de
vista subjetivo, Alejandro pretendía recuperar la funcionalidad antigua.
Casi toda la obra de Alejandro puede definirse de esa manera, como la
de quien sirve de vehículo para la renovación cuando pretendía conservar
la estabilidad de los métodos antiguos, del reino macedónico y de la ciudad
griega, igual que los de las monarquías orientales. La renovación se orienta
precisamente por el camino de las estructuras más tradicionales y arcaicas
del mundo antiguo.
Divinización
del poder
Los
instrumentos del poder elaborados por la realeza macedónica a lo largo
de los tiempos son heredados por Alejandro. Entre esos instrumentos se
hallan elementos primitivos y elementos más elaborados, desde el concepto
de la realeza conseguida por la competición y la lucha con otros pretendientes,
para demostrar el carácter carismático del triunfador, hasta la incorporación
de la basileia como herencia de las tradiciones griegas, incluidas las
referencias a los héroes que se vinculaban a la época micénica y la tradición
de la guerra de Troya. De este modo, Alejandro se vincula a la divinidad
a través de Heracles como heredero de los reyes de Argos y a Dioniso como
heredero de Aquiles. Sin embargo, con la conquista, estos aspectos van
acentuándose y adquiriendo nuevas formas. El paso fundamental fue dado
en el santuario de Zeus Amón en el desierto de Libia. La paulatina incorporación
de los rasgos de la realeza oriental va dando a Alejandro elementos nuevos
de poder que se traducen, en lo formal, en la proskynesis, a través de
la adhesión de las poblaciones sometidas. Sin embargo, tanto en las ciudades
griegas como en la comitiva que lo acompañaba surgen movimientos de oposición
que se traducen en la recuperación del concepto aristotélico de la realeza,
propiamente helénica, sólo entendida como pacto en que el Rey concede
tierras y proporciona la victoria. Los conflictos serán el preámbulo de
toda una tradición que se prolongará a lo largo de toda la historia del
mundo helenísticorromano, entre el Rey heredero de la antigua basileia
aristocrática y la realeza despótica orientalizante que puede identificarse,
en lo griego, con la tiranía. Ahora se nota que todavía pervive la visión
clásica de la aristocracia moderada, tendente a rechazar los excesos del
poder personal.
Mito
de Alejandro
Seguramente,
con ningún personaje de la historia existe la sensación de hallarse ante
la figura de un protagonista, que base los éxitos en los méritos individuales,
como en el caso de Alejandro. Ello lo convierte automáticamente en un
problema historiográfico a través del cual es necesario averiguar las
relaciones que pueden existir entre el individuo y la sociedad, planteamiento
que intenta colocarse entre la concepción individualista de la historia
y la explicación de los hechos y cambios por medio de factores múltiples
que afectan a los diversos aspectos de la realidad y que se encuentran
relacionados entre sí de manera compleja. En efecto, el análisis global,
en la larga duración, permite encuadrar a Alejandro en la transición hacia
el mundo helenístico, en la que por lo menos es preciso tener en cuenta
la existencia de varios bloques de realidades de orden diferente, mutuamente
relacionadas. Por una parte, la Grecia del siglo IV ofrece un panorama
múltiple de entidades en evolución dramática hacia la destrucción mutua,
como consecuencia de los conflictos internos, que unas veces se manifiestan
en la lucha social y otras en la búsqueda de soluciones externas. La polis
como marco de la libertad y del ejercicio político de la colectividad
del ciudadano propietario de tierras, ampliada en ocasiones en el sistema
democrático en el colectivo de los thetes, sólo se reproduce a costa de
otra ciudad, de ahí la importancia de que el ciudadano se identifique
con el soldado, pero la otra ciudad, al llegar un momento determinado,
reacciona con la guerra para impedir esa reproducción y conseguir la propia.
La vuelta a los sistemas restrictivos de la ciudadanía sólo se consigue
con la violencia de que es capaz el sistema autoritario macedónico, que
ofrece al mismo tiempo la posibilidad teórica de la hegemonía helénica
exterior. En efecto, sólo la confluencia de una evolución que ha llevado
a esa situación a las ciudades griegas con la que ha experimentado el
pueblo macedónico, sometido a presiones que lo obligan a adoptar crecientemente
una dinámica expansiva, explica el resultado consistente en la intervención
de los griegos en esa nueva empresa, como súbditos y como inspiradores,
como si la idea madre de la conquista persa fuera la herencia de las más
patrióticas de las tradiciones helénicas. Ahora bien, junto a estos factores
que pudieran llamarse protagonistas, otros dos al menos hacen comprensible
el proceso expansivo y los resultados, el imperio persa y los pueblos
marginales. El primero, como factor clave de la consolidación del sistema
tributario en que se sustentan los imperios del Próximo Oriente asiático,
ha alcanzado un grado de expansión donde se imponen nuevas transformaciones,
hasta tal punto que, en cierto modo, puede decirse que la conquista de
Alejandro significó, por un lado, la única posibilidad de conservación
y reproducción del sistema y, por otro, el elemento clave para su disolución
política, en la creación del nuevo escenario donde se crean nuevas formas
de relación tributaria entre dominantes organizados en imperios y pueblos
limítrofes. Éstos vienen a ser, en efecto, los protagonistas silentes
y explotados de la nueva situación en el marco de la nueva disposición
territorial. El panorama resultante aparece como variado y heterogéneo,
pero al mismo tiempo coherente como integración de formas económicas contradictorias,
como absorción de formas políticas de diverso orden y como cuadro de asentamientos
de todo tipo, en una unidad sólo posible a través del proceso de unificación
y diversificación de que fue protagonista Alejandro. Por ello no puede
resultar extraño que el proceso producido en el plano de las realidades
colectivas haya facilitado la aparición de un mito que atribuye todos
los méritos a las cualidades y a los vicios de un solo individuo.
Proyección
historiográfica del mito
En
efecto, Alejandro como eje de los cambios se convierte en mito, lo que
no quiere decir que su figura se halle exenta de crítica. Antes bien,
por eso mismo, los juicios se colocan en posiciones opuestas, siempre
resaltando el carácter excepcional de su personalidad. En este plano,
la versión mítica más definida es la que ha llegado a través de Diodoro
de Sicilia, que le dedica prácticamente todo el libro XVII. Al parecer,
esta versión, mayoritariamente recibida de Clitarco, historiador vinculado
a la corte de los Lágidas en Alejandría, a donde Ptolomeo trasladó el
cadáver del Rey macedónico, se encuentra en la tendencia que procuraba
hacer notar que la realeza benefactora tenía carácter divino, al estilo
de los dioses propios de la visión evemerista, que los consideraba grandes
benefactores de la humanidad transformados en dioses. Lo mismo podría
aplicarse a Alejandro e incluso a Ptolomeo Lago. Sin embargo, para Goukowsky,
la teoría tenía su fundamento en la personalidad misma de Alejandro, cuya
biografía, insertada en el mundo de la conquista asiática había producido
unas importantes mutaciones desde la realeza macedónica hasta el despotismo
orientalizante, cuyo carácter carismático necesitaba el apoyo de la identificación
con la divinidad. Los síntomas se habían manifestado precisamente en Egipto,
en el santuario de Zeus Amón. En ese proceso, la victoria se convierte
en elemento clave para consolidarse en el poder al que se atribuye un
carácter sobrehumano que heredarán los reyes helenísticos. Paralelamente,
de modo en muchas ocasiones inseparable, Alejandro es objeto de críticas
basadas en su actuación violenta y en sus excesos de todo tipo. Si en
algunas ocasiones se trata de descalificar un modelo negativo de Rey,
en otras representa más bien un ornamento para destacar los aspectos excepcionales
de una personalidad colocada en los limites de lo humano y lo divino.
Sólo él es capaz de conjugar los aspectos extremos que caracterizan al
héroe. Pero, curiosamente, el retrato de la imagen de Alejandro sólo se
completa si se tiene en cuenta que de la misma corte de Ptolomeo surge
la versión que transmiten las fuentes de Arriano para proporcionar una
imagen de Alejandro como Rey sereno y reflexivo, contrapunto del tirano,
modelo de otra imagen igualmente mítica del Rey macedónico. Desde el principio,
Alejandro se presta a que se configuren imágenes polisémicas de su personalidad
y del sentido de la misma en la realidad histórica del momento.
Elementos
de la nueva realeza
La
realeza macedónica, en su configuración inmediatamente anterior a Alejandro,
se basa en el fortalecimiento de las relaciones aristocráticas dentro
de una estructura tribal tendente a la descomposición. En contacto con
las ciudades griegas, los reyes han desarrollado, sin embargo, un ejército
de infantería, paralelo al de la aristocracia ecuestre, basado en importantes
cambios, entre ellos en la consolidación de nuevos sectores de campesinos
que se integran en ciudades a través de la estructura de las relaciones
monárquicas, elemento clave para que la aristocracia se amolde a la situación
y se fortalezca el poder real. La conquista del norte del Egeo y el acceso
a los metales preciosos, tras un período en que los cambios han desarrollado
la economía monetaria, permitieron que también el ejército mercenario
pudiera desarrollarse dentro de la nueva estructura y que sirviera para
acentuar el carácter carismático del jefe militar que proporciona la victoria.
Entre tanto, en Grecia, en el período crítico de la historia de la ciudad
estado, aumentan las aspiraciones a la unidad, conseguida desde una ciudad
o desde fuera de ese mundo, pero siempre en la idea de que sería un individuo
quien fuera capaz de llevar a cabo el proyecto. La forma de poder personal
que admite la tradición aristocrática, frente a la tradición tiránica,
viene a ser la que representa idealmente la resurrección de la realeza
homérica, modelo aristotélico que se asimilará en la Macedonia de Antípatro,
como forma alternativa a la realeza oriental. Ello colaboraría a la creación
de una imagen griega de Alejandro, en que sus logros se deben a su areté,
a la virtud aristocrática tradicional. Ya los macedonios habían iniciado
la configuración de esa imagen, cuando el Rey se identificaba con Heracles,
héroe panhelénico y conquistador, que elimina el mal y establece la civilización,
con poder sobre todos los griegos. Será la imagen elaborada por Calístenes,
integrada en la tradición aristocrática, el héroe providencial que esperaba
Isócrates como salvador de la Hélade, sin que alterara la naturaleza de
su civilización, sino que recuperara sus aspectos más tradicionales. En
Macedonia, Antipatro y Parmenión serán capaces de consolidar localmente
esa forma de realeza, mientras Alejandro se dedicará a la conquista y
en ella surgirán las contradicciones que configuran el nuevo proceso.
En la práctica, las reformas militares que refuerzan la autoridad de Alejandro
sirvieron para consolidar el estado centralizado que se formó en Babilonia,
encabezado por Hárpalo. En principio, este nuevo estado se limita a Asia,
pero de hecho servirá como apoyo para reforzar la autoridad macedónica
en Grecia.
Griegos
y bárbaros
En
la figura de Alejandro se plasman algunos de los problemas propios del
período de transición que se traduce en la definición de nuevas relaciones
entre griegos y bárbaros. Alejandro ha recibido apoyo griego en cierto
modo por el hecho de que representaba la posibilidad de esclavizar poblaciones
sometidas como bárbaras, para evitar la difusión de otras formas de supeditación
que podían afectar a los griegos. Los mismos escritos aristotélicos se
definen en este sentido, en el de garantizar y extender la esclavización
del barbaro, esclavo por naturaleza. Por ello, uno de los vehículos utilizados
por los enemigos de Alejandro fue la acusación de aproximarse a los bárbaros,
por adoptar formas orientalizantes o por vivir en el lujo que habitualmente
se atribuía a los monarcas persas. Es el caso de Efipo, autor perdido,
pero que ha dejado sus huellas en los escritos posteriores identificados
como pertenecientes a la tradición vulgata. Paralelamente, resulta que
toda la tradición posterior de la teoría de la realeza tiene su apoyo
en Alejandro, fundamento de argumentaciones variadas en torno a la definición
de una u otra forma de monarquía. El caso es encontrar un ejemplo que
sirva para la justificación de la legitimidad, apoyada desde ahora en
su personalidad, compleja y polisémica. La postura representada por Aristobulo
refleja el antagonismo irreconciliable entre Alejandro y Darío, de los
macedonios que luchan contra los persas sin ninguna posibilidad de reconciliación.
Es la doctrina que trata de conservar al Alejandro exigido por quienes
lo apoyan para conseguir que se lleve a la práctica la doctrina de la
superioridad del griego sobre el bárbaro. Por el contrario, Duris de Samos
representa un Alejandro corrompido, que ha traicionado los proyectos que
ponían en él sus expectativas. Timeo refleja una evolución, desde el conquistador
griego que puede llevar a la práctica el programa de Isócrates hasta el
Alejandro corrompido por sus aduladores que ya no se halla en condiciones
de hacerlo. En la práctica, la realeza inaugurada por Alejandro, entre
griegos y bárbaros, se convierte en modelo de los aspirantes a formas
de realeza inmediatamente posteriores. Demetrio Poliorcetes, autodefinido
como Rey Demetrio, y no sólo como Rey de los macedonios, apoya sus formas
divinizantes en la identificación con Dioniso a través de Alejandro. Con
ello se inicia un nuevo camino, que hace posible que las formas de la
realeza, a través de la imagen de Alejandro que sirve de elemento de promoción,
con base aparentemente occidental, puedan prescindir de los rasgos orientalizantes
y, por tanto, de la identificación con el bárbaro, para servir de apoyo
a figuras como Pirro y Lisímaco. En cualquier caso, la realeza apoyada
en el Alejandro oriental para crear un nuevo Rey helénico, se contrapone
a la otra forma de realeza que trata de aproximarse lo más posible a la
tradición macedónica, la representada por Casandro, heredero teórico de
la monarquía nacional. Más complicado era el escenario en que se define
la realeza de los Seléucidas, en plena Babilonia, donde se impone la tentación
mesopotámica a través de las satrapías aqueménidas, o el de los Lágidas,
que en Egipto configuran una realeza donde los elementos faraónicos se
interfieren con la imagen creada por Alejandro, escenificada en Alejandría,
escenario de la creación historiográfica de Clitarco y Ptolomeo, recogida
por Arriano de Nicomedia en época de los emperadores Antoninos. El héroe
griego, representado por Heracles, se une a la imagen del conquistador
realista, base teórica de la teología evemerista. Lo griego y lo bárbaro
se conjugan inseparablemente para dar lugar a una nueva imagen de la realeza.
Alejandro
y la posteridad
La
historia de la imagen de Alejandro resulta así tan importante como la
misma personalidad del Rey. Ello se acentúa por el hecho de que los historiadores
que en su tiempo se ocuparon de él sólo se conservan en fragmentos citados
por otros que pueden haber introducido matices en los aspectos que lo
retratan. Es lo que ocurre, según se admite tradicionalmente, con el libro
XVII de Diodoro de Sicilia y con la "Historia de Alejandro"
de Quinto Curcio, que al parecer se apoyan en la tradición de Clitarco.
En toda esta literatura, la base se encuentra en la relación que existe
entre grandeza y excesos, definida de modo privilegiado en la figura de
Alejandro. Es también el fundamento de toda la otra tradición, diferente
pero inseparable de la anterior, constituida por las novelas de Alejandro,
de gran proyección posterior. Junto a ello se encuentra la tradición representada
por Arriano, que recoge los datos transmitidos por Ptolomeo y por Aristobulo,
que estuvo con Antípatro, portador de la imagen macedónica de la realeza
nacional, la que imagina al Rey como representante de la comunidad. Tal
vez sea Plutarco quien, a pesar de su declaración de intenciones como
escritor moral y no historiador, sea capaz de recopilar los datos de origen
más variado como para transmitir una imagen de esa importante diversidad
de fuentes, síntoma de la diversidad de imágenes que dejó de sí el mismo
Alejandro. Los primeros autores interpretan, condicionados por su propia
intencionalidad, pero los recopiladores también lo hacen, como Diodoro,
al mezclar las fuentes, cuando quiere dar una visión favorable a la Tebas
sojuzgada, por ejemplo. Arriano, ejemplo para muchos de ecuanimidad, se
ha revelado, en estudios como los de Vidal-Naquet, como un historiador
profundamente condicionado por las realidades de la época en que vivió,
creadora de una imagen del poder para la que podía servir de fundamento
un Alejandro conquistador pero equitativo, equiparable a Trajano o a Adriano,
según los aspectos que se tratara de resaltar. El estudio de Alejandro
es, pues, inevitablemente, el de Alejandro y su imagen. |