IX.-
UNIDAD DE GRECIA
Inicio:
Año 350 a. C.
Fin:
Año 323 a.C.
Son
las circunstancias de la historia griega tanto como las de la historia
macedónica las que explican el proceso expansivo de un reino que se transformó
en lo que para muchos fue la solución de los problemas de las ciudades
de Grecia. El conflicto puso de relieve muchos de los aspectos problemáticos
que se desarrollaban dentro de éstas. Los macedonios se hallaban, sin
duda, en una situación peculiar, que, desde el primitivismo de unas estructuras
tribales resueltas en una monarquía expansiva, viene a superponerse a
las estructuras desarrolladas y civilizadas de la polis. La nueva situación
aparece como consecuencia de la integración de lo viejo y lo nuevo. Uno
de los aspectos resultantes fue el de la continuación y ampliación del
proceso expansivo, que vino así a afectar al imperio persa, convertido
ahora de agresor en agredido. La figura de Alejandro introduce un elemento
nuevo, al agudizar la imagen del gobernante individual y carismático hasta
el punto de convertirse en figura mítica, modelo de todo gobernante posterior
que pretendiera sustentar su poder en las cualidades individuales. Con
Alejandro se universaliza la historia antigua de Asia y Europa, en un
proceso en que vuelve a configurarse una nueva realidad entre la helenización
de Oriente y la orientalización de Grecia.
1.-
Helenización de Macedonia
Desde
el punto de vista geográfico, Macedonia se divide tradicionalmente en
dos grandes regiones, la alta y la baja Macedonia, diferenciación con
proyección histórica que, como fenómeno, influye igualmente en la neta
diferenciación regional. La Baja Macedonia se sitúa en torno a los ríos
Axiunte y Haliacmón y a las orillas del golfo Termaico. Es una zona rica
desde el punto de vista agrícola, sobre todo para la producción de cereales,
pero también permite la explotación ganadera, entre el llano y la montaña,
donde por otro lado pronto se hizo famosa su producción maderera, gracias
a los grandes y tupidos bosques. La Alta Macedonia es, por el contrario,
una zona muy montañosa, encerrada entre grandes alturas, entre las cuales
puede ponerse en comunicación con el exterior a través de los valles,
como el de Tempe, hacia el sureste, siguiendo los ríos Europo y Peneo.
Hacia el noroeste, los macedonios pudieron entrar en comunicación incluso
con el Ilírico, a través de Peonia y, por supuesto, con el Epiro. Existen
hipótesis variadas sobre el origen de los macedonios, condicionadas por
las fuentes antiguas, insertas en programas de propaganda que tratan de
definir su carácter helénico o bárbaro según los casos. El problema perdura
en muchas ocasiones condicionado por las actitudes de los nacionalismos
modernos. Para algunos, los habitantes de la Alta Macedonia serán los
auténticos macedonios primitivos, cuyo nombre se referiría a los pobladores
de las alturas. Cabe admitir que, en parte al menos, fueran poblaciones
residuales de las tribus migratorias conservadas allí en época histórica.
De este modo se plantea la cuestión de su carácter griego. La lengua,
desde luego, no ayuda mucho, pues los rasgos conocidos pueden responder
a un dialecto específico del griego tanto como a otra lengua indoeuropea
más o menos próxima. En definitiva, se trataría de un problema mal planteado,
sobre todo si se considera que los griegos como tales, como unidad histórica
y cultural, se formaron en Grecia. Términos como Berenice, que corresponderían
a Ferenice, o Nicéfora, portadora de la Victoria, son los que sirven para
definir la situación de proximidad o alejamiento con respecto al griego.
En la actualidad, algunos autores como Dascalakis insisten en la definición
como griegos de los macedonios de Egas, en la Baja Macedonia por lo menos
desde el siglo IX, sobre la base de algunas de las primeras tumbas de
Vergina, pero también de los lincestas, en la Alta Macedonia, a los que
se atribuye la identificación con la etnia de los dorios. Los antiguos
los llamarían bárbaros porque usaban un criterio no étnico sino cultural.
El problema permanece, pues, en el plano de los conceptos básicos diferenciadores.
Al margen de criterios de tipo étnico, difíciles de evaluar cuando se
trata de una situación histórica donde los movimientos de pueblos se interfieren
con desarrollos culturales capaces de difundirse y de servir de modelo,
en un ambiente en que se crean grandes desigualdades que favorecen la
imitación, lo heleno es fundamentalmente un criterio cultural. La helenización
consiste, por ello, fundamentalmente en tomar conciencia de pertenecer
a una comunidad más amplia, portadora de determinadas tradiciones y rasgos
culturales que definen sus señas de identidad, sea cual sea la relación
que antes podía tener el pueblo macedonio con los antepasados de quienes
luego se definieron como griegos. Este fenómeno parece que pudiera situarse
en el siglo VII, a donde se remontan algunas de las leyendas griegas de
los orígenes, con la presencia de reyes helenizantes, sean o no griegos,
que identifican a la dinastía de los Argéadas con la ciudad de Argos,
dada como cuna de sus antepasados. El momento preciso suele identificarse
con el episodio recordado por Tucídides, donde, junto a la referencia
a los Teménidas, procedentes de Argos, que les daría el nombre de Argéadas,
se habla de la expansión por Pieria, Botía y otras zonas de las ocupadas
en tiempos históricos por los macedonios, incluida la región costera paralela
al río Axiunte. La situación descrita por Tucídides produce la impresión
de que se trata de un conjunto de pueblos dispersos donde se ha superpuesto
una monarquía provocando un intenso movimiento de masas. La formación
de esa monarquía, al consolidarse, alimenta el fortalecimiento de sus
fundamentos ideológicos con la adopción de las tradiciones culturales
griegas. Pero el fenómeno resultante toma un aspecto específico. La elaboración
del mundo legendario macedónico presenta, como es normal, una gran complejidad.
Si el nombre de Argéadas procede de Argos y el de Teménidas se interpreta
como una referencia a Témeno, el Heraclida, el nombre de macedonio parece,
en cambio, propio, pero no se libra de una identificación legendaria tardía
con un Macedón, hijo de Eolo, en un período posterior, entre los siglos
V y IV, donde se enriquecen las referencias para hacer de Alejandro un
descendiente de los Eácidas y de Heracles un lincesta, habitante de la
Alta Macedonia. Tampoco faltan leyendas de carácter más primitivo referentes
a fundaciones y orígenes dinásticos, con alusiones a esclavos liberados
y pastores de cabras, como la de Cárano y la fundación de Egas, difícilmente
integrables en el conjunto de la tradición helenizante. Todo ello representa
más bien el síntoma de unos orígenes complejos, donde a la realidad se
ha superpuesto una configuración ideológica dominada por la imagen griega.
Sin embargo, la realeza se mantiene conflictivamente. Tucídides habla
todavía de varios pueblos con reyes, que luchan y compiten entre sí, de
varias dinastías con sus tradiciones y de varios candidatos a la realeza
dentro de una misma dinastía. La más estable de las dinastías, la de los
Argéadas de Macedonia, se muestra como monarquía gentilicia apoyada en
una aristocracia que elige al monarca dentro de un clan, pero con una
frecuente conflictividad. La aristocracia se va consolidando sobre los
asentamientos en la tierra, a través de la guerra, creadora de solidaridad,
capaz también de asentar en la realeza al monarca capaz de dirigir a la
colectividad hacia el control de las tierras y la sumisión de los pueblos.
Los problemas externos repercuten en el agrietamiento de la solidaridad,
los éxitos la afianzan. Por ello, la historia de la consolidación del
reino macedónico está llena de alianzas y conflictos entre grupos, reyes
y aspirantes. La señal más palpable de la consolidación del reino está
formada por las tumbas reales, que se inician desde finales del siglo
VI, llenas de ricos ajuares y adornadas con valiosas obras de arte de
tradición griega. Ahora bien, curiosamente, se busca la identidad con
aquellos aspectos de la tradición cultural griega que más pudieran identificarse
con su propia realidad, los relacionados con la realeza potente de los
micénicos. En las máscaras de oro halladas en la tumba se descubre el
ansia por señalar la potencia de los propios reyes en su pervivencia tras
la muerte, al mismo tiempo que una afirmación genealógica legitimadora
de los esquemas legendarios difundidos en favor de su propia identidad.
La imbricación de lo peculiar y lo griego toma así un aspecto singular
que define la historia macedónica como la de una realidad específica con
personalidad propia.
Macedonia
y los persas
Ya
en la época de Heródoto, en el siglo V, la dinastía macedónica estaba
perfectamente elaborada y servía de base para consolidar a los reyes entonces
gobernantes. Sin embargo, las luchas continúan, complicadas por las relaciones
de Macedonia con los demás protagonistas de la historia de la época, persas
y griegos. En efecto, la expansión persa de finales del siglo V y, en
concreto, la expedición contra los escitas pusieron a Darío en contacto
con el rey Amintas, que ofreció la hospitalidad a los embajadores. Una
hija del rey fue entregada en matrimonio al noble Bubares. Por otra parte,
Hipias, al ser expulsado de Atenas, halló refugio en Macedonia, lo que
le sirvió de vehículo para luego ponerse en contacto con los persas, que
lo acogieron definitivamente y colaboraron en sus intentos de restaurar
la tiranía en Atenas. Así respondía a las aspiraciones imperialistas de
los bárbaros. Macedonia, como reino en formación en un ambiente de violencia,
se encuentra en una situación compleja entre las fuerzas enfrentadas y
en contacto con sistemas políticos ciertamente divergentes. Figura de
especial relieve dentro de este contexto es Alejandro, hijo de Amintas,
luego Alejandro I, cuya actuación resulta simbólica de la peculiar situación
de Macedonia, entre ciudades griegas y sistemas políticos isonómicos,
entre grandes reinos y costumbres bárbaras. Cuenta Heródoto que no pudo
soportar la osadía de los embajadores persas, que pidieron que estuvieran
presentes en la fiesta de recepción las mujeres de los macedonios. Alejandro
los engañó con servidores disfrazados que mataron a los persas cuando
intentaron sobrepasarse. También cuenta Heródoto que era próxenos de Atenas
y trató de convencer a los atenienses para que cedieran ante los persas,
pero que, al no lograrlo, les pidió que reconocieran su buena voluntad
y su amistad. Lo llamaron Filoheleno, pero de hecho ofreció riquezas a
los persas y sus tropas combatieron a su lado en la batalla de Platea.
Heródoto dice que era griego, concretamente argivo, y la prueba estaría
en que pudo participar en los juegos olímpicos, posiblemente los del año
500. Sin embargo, el hecho mismo de que lo llamaran Filoheleno parece
indicar que no era considerado propiamente griego, pues tal es un título
atribuido a los extranjeros que actúan de modo benéfico. Por otra parte,
la posibilidad de participar en la Olimpiada le fue concedida tras una
disputa, según cuenta el mismo Heródoto, pues algunos lo llamaban bárbaro.
La cuestión era sin duda objeto de controversia en esa época y su actuación
en las Guerras Médicas no debió de favorecer el proceso de integración
helenizadora. La tradición atribuye a Alejandro I la organización de un
ejército de caballería, en que los vínculos tribales parecen haberse supeditado
a los vínculos personales, en forma de hetairía. Sin duda, los contactos
exteriores, en guerra y en paz, ante reinos organizados y poderosos y
ante ciudades independientes y personajes que mantenían con ellas relaciones
complejas, favorecieron la tendencia a fortalecer militarmente el reino
y la función individual del rey.
Macedonia
y el Imperio Ateniense
Una
vez terminadas las Guerras Médicas, Temístocles, víctima de las transformaciones
internas de Atenas y del inicio de sus diferencias con Esparta, buscó,
como Hipias, refugio entre los macedonios y ello le sirvió igualmente
para dirigirse a Persia. Así, se inician las nuevas relaciones internacionales
de Macedonia, reflejadas igualmente en la serie de sus acuñaciones, que
primero siguen el modelo persa, destinado a satisfacer el tributo impuesto,
para luego adecuarse a los mercados del Egeo, dominados por Atenas. Durante
el reino de Alejandro I, que llegó hasta mediados de siglo, predominan
las relaciones pacíficas, ambiente favorable para que se extiendan opiniones
como la de Heródoto. Sin embargo, a partir de la época de Perdicas II,
aproximadamente desde el año 452, a pesar de la posible alianza establecida
entre el rey y Atenas, las relaciones con los griegos se complicaron,
pues reaparecieron las luchas entre candidatos a la realeza macedónica
que buscaban alianzas entre los griegos y éstos, en el creciente conflicto
entre ellos, buscaban igualmente alianzas, pero también realizaban acciones
que pudieran afectar al reino del norte. Perdicas ayudó a las ciudades
de Metona y Potidea frente a Atenas, lo que condicionó su propia posición
en los inicios de la Guerra del Peloponeso, que lo sorprendió colocado
en el lado lacedemonio. Sin duda, este lado era preferible pensando en
el propio proceso de expansión externa que ahora experimentan los macedonios.
Macedonia
y la Guerra del Peloponeso
En
el año 423-22 Perdicas volvería a firmar una alianza con Atenas, pero
ello se inscribe en una época confusa donde pesan las circunstancias externas,
los intereses en ciudades como Anfípolis, que no volverá al imperio ateniense
a pesar de la paz de Nicias, y las rivalidades internas con Filipo Arrideo,
contra el que recibió el apoyo de Brasidas, mientras que los atenienses
habían apoyado a Derdas, aliado de Filipo. Gracias a Tucídides, para la
época de la guerra del Peloponeso se puede deducir la existencia de una
monarquía que para los griegos era identificable con el sistema conocido
a través de los poemas homéricos, pero asentada en cierta confusión de
pueblos que permitía en ocasiones referirse a una multiplicidad de basilei.
Daría la impresión de tratarse de un sistema similar al del comitatus
germánico, con una superioridad materializada sólo en tiempos de guerra,
instrumento para el ejercicio de los repartos que, según Aristóteles,
caracterizaban a la realeza macedónica. La influencia griega aumenta en
este periodo, pero parece permanecer en la superficie y en ambientes próximos
a la corte. La época de auge del helenismo llegó con el reinado de Arquelao,
a finales de la guerra del Peloponeso, que se convirtió en un mecenas
que acogía en su corte a los intelectuales, sobre todo a los que se iban
de la Atenas agobiada por las condiciones dramáticas del final de la guerra.
El poeta Eurípides escribió allí más de una tragedia, entre ellas una
dedicada a Arquelao, como antepasado del rey ahora gobernante, lo que
muestra que en cierto modo ejercía como tirano, recibiendo los halagos
de los artistas. También estuvieron el cómico Agatón y el pintor Zeuxis.
El sofista Trasímaco lo califica como bárbaro y Platón como tirano, lo
que prueba que seguía existiendo un tipo de relación contradictoria entre
los griegos y la realeza macedónica. De su política se sabe que introdujo
una red de caminos y fortificaciones que le permitían aumentar el control
sobre el territorio.
Expansionismo
macedonio
Los
inicios del siglo IV en Macedonia se definen como un período confuso,
por los conflictos internos, traducidos en luchas de pretendientes a la
realeza, y por los enfrentamientos con pueblos vecinos, todo ello indicativo
de cómo, a pesar de las transformaciones señaladas, están vivos los rasgos
de la primitiva monarquía, producto de rivalidades personales y de luchas
étnicas. Alejandro II, que reinó un solo año, fue un ejemplo extremo de
esa inestabilidad. Sin embargo, en ese año había intentado ampliar los
círculos de actuación interviniendo en los asuntos de Tesalia. Lo asesinó
Ptolomeo de Aloro, cuñado suyo, que luego gobernó como regente entre 368
y 365, hasta la toma de posesión de Perdicas III, hermano de Alejandro.
Durante este período, las luchas dinásticas se complican con las intervenciones
atenienses, en vías de consolidar la segunda confederación, especialmente
interesada en recuperar Anfípolis. Las acciones de Timoteo se concentraron
en la Calcídica y en 364 tomó la ciudad de Metona, en el interior del
golfo Termaico. Para Atenas, la posibilidad de supervivencia económica,
dentro de un movimiento expansivo que requería el mantenimiento de un
ejército mercenario como el de Timoteo, que ya se revelaba costoso y problemático,
pasaba por el control de las minas de Pangeo, habida cuenta de la baja
explotación por la que pasaban en cambio las minas de Laurio, por razones
derivadas de la estructura económica interna, que no estimulaba las inversiones
privadas. Perdicas III tuvo que abandonar sus acciones frente a los griegos
porque llamaron su atención los conflictos procedentes del Ilírico, donde
el rey Barcilis encabezaba un movimiento expansivo que afectaba a los
territorios controlados por Macedonia en el noroeste. Allí encontró la
muerte y, desde 359, desempeñó las labores de gobierno su hermano Filipo,
al parecer como regente en sustitución de Amintas, hijo de Perdicas, hasta
el ano 355, aunque sobre este extremo las opiniones son divergentes. Desde
el principio, su reino estuvo caracterizado por la realización de abundantes
acciones militares, que afectaban a todos los campos específicos de la
naturaleza de la monarquía macedónica. Tuvo que luchar contra los pretendientes
de la familia, donde numerosos parientes de Perdicas se creían con derechos,
en una situación institucionalmente incierta agravada por la existencia
de un hijo menor apartado por un regente de veintidós años. En el exterior,
fue prioritaria la guerra contra Iliria, donde la victoria significó recuperar
el territorio de la Lincéstide, pero también controlar a los peonios y
molosos, así como a algunos otros de los pueblos limítrofes, igualmente
sometidos a presiones y a necesidades expansivas. De mayor trascendencia
fueron sus acciones dirigidas hacia la región oriental, contra los bacios,
con el mismo objeto, que no sólo lo hizo entrar en contacto con las ciudades
griegas y los problemas de la Liga Calcídica, circunstancia de gran trascendencia
posterior, sino que lo llevó a garantizar el control de las minas del
monte Pangeo. La importancia de este hecho no se traduce sólo en la competencia
con Atenas por el control del mineral y, por lo tanto, de los medios de
cambio representados de modo privilegiado por la moneda de plata, sino
también en el mundo de las organizaciones militares, cuyas transformaciones
en este período acompañan como elemento estructural al proceso evolutivo
que lleva a las nuevas formas de organización social y política. En efecto,
la riqueza minera transformada en moneda circulante le permite a Filipo
reforzar un ejército de mercenarios, integrado así en una nueva estructura
donde el jefe carismático se identifica precisamente con el rey. Antes
de la conquista macedónica de las ciudades griegas, ya se produjo un fenómeno
significativo de la confluencia entre la evolución de la realeza expansiva
y la de las estructuras de la ciudad-estado. Por otro lado, tras las crisis
recientes, Filipo, en su proceso de conquista, fragua una nueva estabilidad
en la vida militar que le permite asentar las medidas tomadas por reyes
anteriores, de Arquelao a Alejandro II, consistentes en el fortalecimiento
del sistema del control del territorio y el establecimiento de colonias
lo que, paralelamente, permitía la configuración de un ejército de tierra
formado por los pezetairoi, los hetairoi de a pie, traducción del ejército
hoplítico a las circunstancias propias de un régimen de lealtades regias
de Macedonia, pero síntoma también del desarrollo de una clase de pequeños
campesinos asentados en los territorios controlados. Era otro aspecto
de la tendencia a sintetizar en la realeza las estructuras de la polis.
Finalmente, Filipo había pasado parte de sus años de juventud como rehén
en Tebas, como consecuencia de la intervención macedónica en los asuntos
tesalios, en época de Epaminondas. Éste lo instruyó en las artes de la
guerra, sobre todo en la táctica oblicua, que se convirtió en elemento
clave de la victoria dentro de las nuevas estructuras. Lo propiamente
militar se suma, como un nuevo factor, a los aspectos económicos y sociales
en que se estructura la nueva etapa del expansionismo macedónico.
Filipo,
Atenas y la guerra social
Desde
el punto de vista ateniense, la paz de 371 tuvo un efecto similar al que
pudo tener la paz de Calias en el siglo V. El final de la lucha contra
Esparta representaba ahora, como entonces el final de la lucha contra
Persia, la eliminación de los elementos justificadores de la alianza.
De hecho, en 365, los de Ceos se rebelan por causa de las prácticas judiciales
que obligaban, como antes, a dirigirse a Atenas para someterse a determinados
juicios. La rebelión fue reprimida con dureza. Desde 366, Timoteo se dedica
a establecer cleruquías en Samos, Sestos y Potidea. Las prácticas imperialistas
se imponen de nuevo, sin que parezca haber justificación en la necesidad
de luchar contra un enemigo común. Los comienzos del reinado de Filipo,
coincidiendo con el declive de la hegemonía tebana, parecían favorables
para la consolidación de la liga como paso hacia un nuevo imperio. En
efecto, aprovechando el debilitamiento tebano, consiguió la alianza de
las ciudades de Eubea, mientras que, por otra parte, preparaba la organización
de las ciudades del Quersoneso como miembros estables de la confederación.
Los de Anfípolis parecían hallarse en una situación dubitativa, ante el
peligro representado por el expansionismo macedónico, pero Filipo parecía
dispuesto a prescindir de ella e incluso, se dice, en un tratado secreto
se había mostrado dispuesto a colaborar con Atenas para que pudiera recuperar
su dominio. Sin embargo, lo que en el verano de 357 parecía estabilizado
se rompió ese mismo año con la secesión de las islas de Quíos, Rodas y
Cos, extendida luego a Bizancio y apoyada por Mausolo, sátrapa de Caria.
Era el inicio de la guerra social, en la que nada pudieron hacer las tropas
atenienses dirigidas por Ifícrates y Timoteo. El movimiento se ampliaba
y Filipo aprovechaba la coyuntura para extenderse hacia Pidna e incumplir
sus promesas referentes a Anfípolis. Las consecuencias siguieron manifestándose
en los años sucesivos, en que Filipo expulsó a los clerucos atenienses
de Potidea y se alió con los promacedonios de Olinto, que fueron los beneficiarlos
del reparto de las tierras adquiridas. La fundación de Filipos, al otro
lado de la zona minera del Pangreo, significó la consolidación del control
total sobre su producción y se tradujo en la difusión de la estátera de
oro macedónica, con lo que Filipo ya no acuñaba dentro de los sistema
argénteos patrocinados por las ciudades, sino que imponía el sistema áureo
representativo de la propia monarquía. En el año 355 acabó la guerra social
y el segundo intento de imperio ateniense. Atenas tiene que reconocer
la independencia de las ciudades y prescindir de la sýntaxis. Todo ingreso
depende ahora de la eisphorá, lo que provoca el conflicto interno. Jenofonte,
en los "Poroi", propone el establecimiento de un sistema financiero
en que el estado se encarga de proporcionar esclavos para las minas y
apoya los negocios de los metecos. Se trataba de una especie de alternativa
utópica a la economía imperialista. Las circunstancias favorecen la difusión
de actitudes pacifistas como la representada por Eubulo, donde se garanticen
los mercados y las actividades del puerto y se ahorra el gasto en tropas
mercenarias.
La
guerra sagrada
Tanto
en Atenas como fuera de ella, las circunstancias resultaban favorables
para que las aristocracias griegas, dentro de ciudades en conflicto, buscaran
el apoyo de Filipo. La primera intervención en este sentido tuvo lugar
en Tesalia, donde apoyó a los Alévadas de Larisa frente al tirano Licofrón
de Feras en 354. Se trataba de una lucha por el control del territorio
tesalio desde la perspectiva de la aristocracia o del tirano, heredero
de una estructura estatal creada por Jasón, apoyada en el ejército mercenario,
aspirante a convertir el puesto de tagos, o cabeza de la liga tesalia,
en una monarquía, definida generalmente como tiranía, supuestamente por
sus rasgos antiaristocráticos, lo que era forzoso en una situación como
la tesalia, tradicionalmente dominada por una familia, la de los Alévadas.
Los apoyos con que éstos contaron no sólo sirvieron para derrotar a Licofrón,
sino también para ampliar la acción hacia quienes habían sido el principal
apoyo de éste último, los focidios. El protagonismo de los focidios se
inscribe dentro del proceso de decadencia de la confederación beocia y
de sus intentos de recuperación. Los beocios pretendieron aprovecharse
de su posición de privilegio en la Anfictionía de Delfos para que se aprobara
la imposición de grandes multas contra los focidios por haber cultivado
la tierra sagrada de Cirra y contra los espartanos por la ocupación de
la Cadmea, igualmente considerada como acto sacrílego. La reacción de
los focidios, con la ayuda espartana primero y ateniense más tarde, fue
la de ocupar, al mando de Filomelo, el santuario de Delfos. La reacción
de los locrios sólo tuvo como consecuencia que los focidios ocuparan también
parte de su territorio. Filomelo se convirtió rápidamente en un poderoso
jefe de ejércitos mercenarias pagados con las riquezas procedentes del
santuario. Los beocios, para hacerles frente, acudieron a los miembros
de la Anfictionía y, principalmente, a los tesalios. Todos ellos consiguieron
derrotar a Filomelo, que murió al regreso del combate. Fue su sucesor
Onomarco quien realizó una importante campaña hacia el norte y acudió
en ayuda del tirano de Feras, con éxito inicial, a pesar de la ayuda de
Filipo a los Alévadas. Sólo los refuerzos posteriores hicieron posible
la victoria de los macedonios en la batalla del Campo de Azafrán, del
año 352, que significó el inicio del declive para el efímero imperialismo
focidio. Para Filipo, en cambio, significó la consagración como defensor
de la causa apolínea frente a los focidios. Ahora fue admitido como miembro
de la Anfictionía y se convirtió en el verdadero reorganizador de la confederación
tesalia, tal vez con el nombramiento de tagos. Tal posición resultaba
en principio favorable para continuar el avance contra los aliados de
los focidios y, de hecho, en el verano del mismo año había llegado a las
Termópilas, pero la presencia de los contingentes aliados le hizo desistir.
Filipo celebró su triunfo en Delfos, a pesar de las protestas atenienses
porque la agonothesia fuera desempeñada por un bárbaro. Las consideraciones
de tipo étnico vuelven a renacer al recrudecerse las relaciones conflictivas.
La
ciudad griega del siglo IV
Los
acontecimientos que tuvieron lugar en la Grecia del siglo IV son el resultado
de la confluencia entre la nueva orientación que toma la monarquía macedónica
a partir de Arquelao y la posición en que se hallan las ciudades griegas
particularmente y la ciudad griega como fenómeno general. El hecho de
que cada una de ellas sea incapaz de subsistir como ciudad independiente,
sin necesidad de acudir a la explotación de recursos externos, quiere
decir que, como institución, la polis autárquica con que todavía sueña
Aristóteles ha dejado de ser una posibilidad real. La explotación de la
chora y de la comunidad dependiente interna no garantizan los medios económicos
que sustenten la participación colectiva de un cuerpo cívico isonómico,
ni siquiera de tipo hoplítico. La guerra entre ciudades resulta cada vez
más estéril como solución a ese problema, porque no todas las tendencias
de los intereses interiores van en la misma dirección. Mientras para unos
se pretende garantizar el phoros, otros sólo buscan proteger los puertos
y vías de comunicación para el tráfico de mercancías, incluidos los esclavos.
Así, las luchas por la hegemonía acaban convirtiéndose en un elemento
más en la aceleración del proceso final de la historia de la ciudad-estado.
La tendencia del demos a recuperar, conservar u obtener la democracia
repercute en la agudización de los conflictos sociales internos y, por
tanto, en la imposibilidad de mantener una coherencia que facilite el
triunfo en la guerra exterior. Éste sólo se consigue a través de ejércitos
mercenarios mandados por un jefe que acaba convirtiéndose en personaje
carismático. En este ambiente, la teoría de la ciudad se divide en dos
direcciones. Por una parte se encuentra la que trata de conservar la situación
antigua a base de recuperar las restricciones que identificaban al libre
con la clase dominante, más estrictamente, como en el caso de Platón,
o de modo más amplio, como en el de Aristóteles. Para el primero, todo
productor queda marginado. Aristóteles incluye a los campesinos propietarios,
pero explica que su ventaja como clase gobernante reside en que acuden
poco a los actos públicos, con lo que dejarían la política en manos de
un grupo minoritario de dirigentes que serían los mejores, áristoi. La
mese politeia, la constitución intermedia que no incluye a la masa del
demos que realiza trabajos serviles, se resuelve en una aristocracia.
Por otra parte, Jenofonte defiende la conservación de la polis gobernada
preferentemente por los caballeros, pero no rechaza la posibilidad de
una realeza, siempre que evite la caída en la tiranía, definida por su
apoyo en las clases populares. Isócrates, a lo largo de su vida, tras
variadas posiciones, llegó a ver clara la solución en la presencia de
un gobernante personal, preferentemente ajeno a las ciudades en conflicto,
que se va definiendo en varios reyes o tiranos concretos, como Dionisio
de Siracusa, para fijarse definitivamente en Filipo de Macedonia. Éste
es el ambiente de la ciudad griega con que se encuentra el expansionismo
que se consolida en el siglo IV.
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