Edad del Bronce y Grecia Antigua

IX.- UNIDAD DE GRECIA

 

Inicio: Año 350 a. C.

Fin: Año 323 a.C.

 

Son las circunstancias de la historia griega tanto como las de la historia macedónica las que explican el proceso expansivo de un reino que se transformó en lo que para muchos fue la solución de los problemas de las ciudades de Grecia. El conflicto puso de relieve muchos de los aspectos problemáticos que se desarrollaban dentro de éstas. Los macedonios se hallaban, sin duda, en una situación peculiar, que, desde el primitivismo de unas estructuras tribales resueltas en una monarquía expansiva, viene a superponerse a las estructuras desarrolladas y civilizadas de la polis. La nueva situación aparece como consecuencia de la integración de lo viejo y lo nuevo. Uno de los aspectos resultantes fue el de la continuación y ampliación del proceso expansivo, que vino así a afectar al imperio persa, convertido ahora de agresor en agredido. La figura de Alejandro introduce un elemento nuevo, al agudizar la imagen del gobernante individual y carismático hasta el punto de convertirse en figura mítica, modelo de todo gobernante posterior que pretendiera sustentar su poder en las cualidades individuales. Con Alejandro se universaliza la historia antigua de Asia y Europa, en un proceso en que vuelve a configurarse una nueva realidad entre la helenización de Oriente y la orientalización de Grecia.

 

1.- Helenización de Macedonia

 

Desde el punto de vista geográfico, Macedonia se divide tradicionalmente en dos grandes regiones, la alta y la baja Macedonia, diferenciación con proyección histórica que, como fenómeno, influye igualmente en la neta diferenciación regional. La Baja Macedonia se sitúa en torno a los ríos Axiunte y Haliacmón y a las orillas del golfo Termaico. Es una zona rica desde el punto de vista agrícola, sobre todo para la producción de cereales, pero también permite la explotación ganadera, entre el llano y la montaña, donde por otro lado pronto se hizo famosa su producción maderera, gracias a los grandes y tupidos bosques. La Alta Macedonia es, por el contrario, una zona muy montañosa, encerrada entre grandes alturas, entre las cuales puede ponerse en comunicación con el exterior a través de los valles, como el de Tempe, hacia el sureste, siguiendo los ríos Europo y Peneo. Hacia el noroeste, los macedonios pudieron entrar en comunicación incluso con el Ilírico, a través de Peonia y, por supuesto, con el Epiro. Existen hipótesis variadas sobre el origen de los macedonios, condicionadas por las fuentes antiguas, insertas en programas de propaganda que tratan de definir su carácter helénico o bárbaro según los casos. El problema perdura en muchas ocasiones condicionado por las actitudes de los nacionalismos modernos. Para algunos, los habitantes de la Alta Macedonia serán los auténticos macedonios primitivos, cuyo nombre se referiría a los pobladores de las alturas. Cabe admitir que, en parte al menos, fueran poblaciones residuales de las tribus migratorias conservadas allí en época histórica. De este modo se plantea la cuestión de su carácter griego. La lengua, desde luego, no ayuda mucho, pues los rasgos conocidos pueden responder a un dialecto específico del griego tanto como a otra lengua indoeuropea más o menos próxima. En definitiva, se trataría de un problema mal planteado, sobre todo si se considera que los griegos como tales, como unidad histórica y cultural, se formaron en Grecia. Términos como Berenice, que corresponderían a Ferenice, o Nicéfora, portadora de la Victoria, son los que sirven para definir la situación de proximidad o alejamiento con respecto al griego. En la actualidad, algunos autores como Dascalakis insisten en la definición como griegos de los macedonios de Egas, en la Baja Macedonia por lo menos desde el siglo IX, sobre la base de algunas de las primeras tumbas de Vergina, pero también de los lincestas, en la Alta Macedonia, a los que se atribuye la identificación con la etnia de los dorios. Los antiguos los llamarían bárbaros porque usaban un criterio no étnico sino cultural. El problema permanece, pues, en el plano de los conceptos básicos diferenciadores. Al margen de criterios de tipo étnico, difíciles de evaluar cuando se trata de una situación histórica donde los movimientos de pueblos se interfieren con desarrollos culturales capaces de difundirse y de servir de modelo, en un ambiente en que se crean grandes desigualdades que favorecen la imitación, lo heleno es fundamentalmente un criterio cultural. La helenización consiste, por ello, fundamentalmente en tomar conciencia de pertenecer a una comunidad más amplia, portadora de determinadas tradiciones y rasgos culturales que definen sus señas de identidad, sea cual sea la relación que antes podía tener el pueblo macedonio con los antepasados de quienes luego se definieron como griegos. Este fenómeno parece que pudiera situarse en el siglo VII, a donde se remontan algunas de las leyendas griegas de los orígenes, con la presencia de reyes helenizantes, sean o no griegos, que identifican a la dinastía de los Argéadas con la ciudad de Argos, dada como cuna de sus antepasados. El momento preciso suele identificarse con el episodio recordado por Tucídides, donde, junto a la referencia a los Teménidas, procedentes de Argos, que les daría el nombre de Argéadas, se habla de la expansión por Pieria, Botía y otras zonas de las ocupadas en tiempos históricos por los macedonios, incluida la región costera paralela al río Axiunte. La situación descrita por Tucídides produce la impresión de que se trata de un conjunto de pueblos dispersos donde se ha superpuesto una monarquía provocando un intenso movimiento de masas. La formación de esa monarquía, al consolidarse, alimenta el fortalecimiento de sus fundamentos ideológicos con la adopción de las tradiciones culturales griegas. Pero el fenómeno resultante toma un aspecto específico. La elaboración del mundo legendario macedónico presenta, como es normal, una gran complejidad. Si el nombre de Argéadas procede de Argos y el de Teménidas se interpreta como una referencia a Témeno, el Heraclida, el nombre de macedonio parece, en cambio, propio, pero no se libra de una identificación legendaria tardía con un Macedón, hijo de Eolo, en un período posterior, entre los siglos V y IV, donde se enriquecen las referencias para hacer de Alejandro un descendiente de los Eácidas y de Heracles un lincesta, habitante de la Alta Macedonia. Tampoco faltan leyendas de carácter más primitivo referentes a fundaciones y orígenes dinásticos, con alusiones a esclavos liberados y pastores de cabras, como la de Cárano y la fundación de Egas, difícilmente integrables en el conjunto de la tradición helenizante. Todo ello representa más bien el síntoma de unos orígenes complejos, donde a la realidad se ha superpuesto una configuración ideológica dominada por la imagen griega. Sin embargo, la realeza se mantiene conflictivamente. Tucídides habla todavía de varios pueblos con reyes, que luchan y compiten entre sí, de varias dinastías con sus tradiciones y de varios candidatos a la realeza dentro de una misma dinastía. La más estable de las dinastías, la de los Argéadas de Macedonia, se muestra como monarquía gentilicia apoyada en una aristocracia que elige al monarca dentro de un clan, pero con una frecuente conflictividad. La aristocracia se va consolidando sobre los asentamientos en la tierra, a través de la guerra, creadora de solidaridad, capaz también de asentar en la realeza al monarca capaz de dirigir a la colectividad hacia el control de las tierras y la sumisión de los pueblos. Los problemas externos repercuten en el agrietamiento de la solidaridad, los éxitos la afianzan. Por ello, la historia de la consolidación del reino macedónico está llena de alianzas y conflictos entre grupos, reyes y aspirantes. La señal más palpable de la consolidación del reino está formada por las tumbas reales, que se inician desde finales del siglo VI, llenas de ricos ajuares y adornadas con valiosas obras de arte de tradición griega. Ahora bien, curiosamente, se busca la identidad con aquellos aspectos de la tradición cultural griega que más pudieran identificarse con su propia realidad, los relacionados con la realeza potente de los micénicos. En las máscaras de oro halladas en la tumba se descubre el ansia por señalar la potencia de los propios reyes en su pervivencia tras la muerte, al mismo tiempo que una afirmación genealógica legitimadora de los esquemas legendarios difundidos en favor de su propia identidad. La imbricación de lo peculiar y lo griego toma así un aspecto singular que define la historia macedónica como la de una realidad específica con personalidad propia.

 

Macedonia y los persas

 

Ya en la época de Heródoto, en el siglo V, la dinastía macedónica estaba perfectamente elaborada y servía de base para consolidar a los reyes entonces gobernantes. Sin embargo, las luchas continúan, complicadas por las relaciones de Macedonia con los demás protagonistas de la historia de la época, persas y griegos. En efecto, la expansión persa de finales del siglo V y, en concreto, la expedición contra los escitas pusieron a Darío en contacto con el rey Amintas, que ofreció la hospitalidad a los embajadores. Una hija del rey fue entregada en matrimonio al noble Bubares. Por otra parte, Hipias, al ser expulsado de Atenas, halló refugio en Macedonia, lo que le sirvió de vehículo para luego ponerse en contacto con los persas, que lo acogieron definitivamente y colaboraron en sus intentos de restaurar la tiranía en Atenas. Así respondía a las aspiraciones imperialistas de los bárbaros. Macedonia, como reino en formación en un ambiente de violencia, se encuentra en una situación compleja entre las fuerzas enfrentadas y en contacto con sistemas políticos ciertamente divergentes. Figura de especial relieve dentro de este contexto es Alejandro, hijo de Amintas, luego Alejandro I, cuya actuación resulta simbólica de la peculiar situación de Macedonia, entre ciudades griegas y sistemas políticos isonómicos, entre grandes reinos y costumbres bárbaras. Cuenta Heródoto que no pudo soportar la osadía de los embajadores persas, que pidieron que estuvieran presentes en la fiesta de recepción las mujeres de los macedonios. Alejandro los engañó con servidores disfrazados que mataron a los persas cuando intentaron sobrepasarse. También cuenta Heródoto que era próxenos de Atenas y trató de convencer a los atenienses para que cedieran ante los persas, pero que, al no lograrlo, les pidió que reconocieran su buena voluntad y su amistad. Lo llamaron Filoheleno, pero de hecho ofreció riquezas a los persas y sus tropas combatieron a su lado en la batalla de Platea. Heródoto dice que era griego, concretamente argivo, y la prueba estaría en que pudo participar en los juegos olímpicos, posiblemente los del año 500. Sin embargo, el hecho mismo de que lo llamaran Filoheleno parece indicar que no era considerado propiamente griego, pues tal es un título atribuido a los extranjeros que actúan de modo benéfico. Por otra parte, la posibilidad de participar en la Olimpiada le fue concedida tras una disputa, según cuenta el mismo Heródoto, pues algunos lo llamaban bárbaro. La cuestión era sin duda objeto de controversia en esa época y su actuación en las Guerras Médicas no debió de favorecer el proceso de integración helenizadora. La tradición atribuye a Alejandro I la organización de un ejército de caballería, en que los vínculos tribales parecen haberse supeditado a los vínculos personales, en forma de hetairía. Sin duda, los contactos exteriores, en guerra y en paz, ante reinos organizados y poderosos y ante ciudades independientes y personajes que mantenían con ellas relaciones complejas, favorecieron la tendencia a fortalecer militarmente el reino y la función individual del rey.

 

Macedonia y el Imperio Ateniense

 

Una vez terminadas las Guerras Médicas, Temístocles, víctima de las transformaciones internas de Atenas y del inicio de sus diferencias con Esparta, buscó, como Hipias, refugio entre los macedonios y ello le sirvió igualmente para dirigirse a Persia. Así, se inician las nuevas relaciones internacionales de Macedonia, reflejadas igualmente en la serie de sus acuñaciones, que primero siguen el modelo persa, destinado a satisfacer el tributo impuesto, para luego adecuarse a los mercados del Egeo, dominados por Atenas. Durante el reino de Alejandro I, que llegó hasta mediados de siglo, predominan las relaciones pacíficas, ambiente favorable para que se extiendan opiniones como la de Heródoto. Sin embargo, a partir de la época de Perdicas II, aproximadamente desde el año 452, a pesar de la posible alianza establecida entre el rey y Atenas, las relaciones con los griegos se complicaron, pues reaparecieron las luchas entre candidatos a la realeza macedónica que buscaban alianzas entre los griegos y éstos, en el creciente conflicto entre ellos, buscaban igualmente alianzas, pero también realizaban acciones que pudieran afectar al reino del norte. Perdicas ayudó a las ciudades de Metona y Potidea frente a Atenas, lo que condicionó su propia posición en los inicios de la Guerra del Peloponeso, que lo sorprendió colocado en el lado lacedemonio. Sin duda, este lado era preferible pensando en el propio proceso de expansión externa que ahora experimentan los macedonios.

 

Macedonia y la Guerra del Peloponeso

 

En el año 423-22 Perdicas volvería a firmar una alianza con Atenas, pero ello se inscribe en una época confusa donde pesan las circunstancias externas, los intereses en ciudades como Anfípolis, que no volverá al imperio ateniense a pesar de la paz de Nicias, y las rivalidades internas con Filipo Arrideo, contra el que recibió el apoyo de Brasidas, mientras que los atenienses habían apoyado a Derdas, aliado de Filipo. Gracias a Tucídides, para la época de la guerra del Peloponeso se puede deducir la existencia de una monarquía que para los griegos era identificable con el sistema conocido a través de los poemas homéricos, pero asentada en cierta confusión de pueblos que permitía en ocasiones referirse a una multiplicidad de basilei. Daría la impresión de tratarse de un sistema similar al del comitatus germánico, con una superioridad materializada sólo en tiempos de guerra, instrumento para el ejercicio de los repartos que, según Aristóteles, caracterizaban a la realeza macedónica. La influencia griega aumenta en este periodo, pero parece permanecer en la superficie y en ambientes próximos a la corte. La época de auge del helenismo llegó con el reinado de Arquelao, a finales de la guerra del Peloponeso, que se convirtió en un mecenas que acogía en su corte a los intelectuales, sobre todo a los que se iban de la Atenas agobiada por las condiciones dramáticas del final de la guerra. El poeta Eurípides escribió allí más de una tragedia, entre ellas una dedicada a Arquelao, como antepasado del rey ahora gobernante, lo que muestra que en cierto modo ejercía como tirano, recibiendo los halagos de los artistas. También estuvieron el cómico Agatón y el pintor Zeuxis. El sofista Trasímaco lo califica como bárbaro y Platón como tirano, lo que prueba que seguía existiendo un tipo de relación contradictoria entre los griegos y la realeza macedónica. De su política se sabe que introdujo una red de caminos y fortificaciones que le permitían aumentar el control sobre el territorio.

 

Expansionismo macedonio

 

Los inicios del siglo IV en Macedonia se definen como un período confuso, por los conflictos internos, traducidos en luchas de pretendientes a la realeza, y por los enfrentamientos con pueblos vecinos, todo ello indicativo de cómo, a pesar de las transformaciones señaladas, están vivos los rasgos de la primitiva monarquía, producto de rivalidades personales y de luchas étnicas. Alejandro II, que reinó un solo año, fue un ejemplo extremo de esa inestabilidad. Sin embargo, en ese año había intentado ampliar los círculos de actuación interviniendo en los asuntos de Tesalia. Lo asesinó Ptolomeo de Aloro, cuñado suyo, que luego gobernó como regente entre 368 y 365, hasta la toma de posesión de Perdicas III, hermano de Alejandro. Durante este período, las luchas dinásticas se complican con las intervenciones atenienses, en vías de consolidar la segunda confederación, especialmente interesada en recuperar Anfípolis. Las acciones de Timoteo se concentraron en la Calcídica y en 364 tomó la ciudad de Metona, en el interior del golfo Termaico. Para Atenas, la posibilidad de supervivencia económica, dentro de un movimiento expansivo que requería el mantenimiento de un ejército mercenario como el de Timoteo, que ya se revelaba costoso y problemático, pasaba por el control de las minas de Pangeo, habida cuenta de la baja explotación por la que pasaban en cambio las minas de Laurio, por razones derivadas de la estructura económica interna, que no estimulaba las inversiones privadas. Perdicas III tuvo que abandonar sus acciones frente a los griegos porque llamaron su atención los conflictos procedentes del Ilírico, donde el rey Barcilis encabezaba un movimiento expansivo que afectaba a los territorios controlados por Macedonia en el noroeste. Allí encontró la muerte y, desde 359, desempeñó las labores de gobierno su hermano Filipo, al parecer como regente en sustitución de Amintas, hijo de Perdicas, hasta el ano 355, aunque sobre este extremo las opiniones son divergentes. Desde el principio, su reino estuvo caracterizado por la realización de abundantes acciones militares, que afectaban a todos los campos específicos de la naturaleza de la monarquía macedónica. Tuvo que luchar contra los pretendientes de la familia, donde numerosos parientes de Perdicas se creían con derechos, en una situación institucionalmente incierta agravada por la existencia de un hijo menor apartado por un regente de veintidós años. En el exterior, fue prioritaria la guerra contra Iliria, donde la victoria significó recuperar el territorio de la Lincéstide, pero también controlar a los peonios y molosos, así como a algunos otros de los pueblos limítrofes, igualmente sometidos a presiones y a necesidades expansivas. De mayor trascendencia fueron sus acciones dirigidas hacia la región oriental, contra los bacios, con el mismo objeto, que no sólo lo hizo entrar en contacto con las ciudades griegas y los problemas de la Liga Calcídica, circunstancia de gran trascendencia posterior, sino que lo llevó a garantizar el control de las minas del monte Pangeo. La importancia de este hecho no se traduce sólo en la competencia con Atenas por el control del mineral y, por lo tanto, de los medios de cambio representados de modo privilegiado por la moneda de plata, sino también en el mundo de las organizaciones militares, cuyas transformaciones en este período acompañan como elemento estructural al proceso evolutivo que lleva a las nuevas formas de organización social y política. En efecto, la riqueza minera transformada en moneda circulante le permite a Filipo reforzar un ejército de mercenarios, integrado así en una nueva estructura donde el jefe carismático se identifica precisamente con el rey. Antes de la conquista macedónica de las ciudades griegas, ya se produjo un fenómeno significativo de la confluencia entre la evolución de la realeza expansiva y la de las estructuras de la ciudad-estado. Por otro lado, tras las crisis recientes, Filipo, en su proceso de conquista, fragua una nueva estabilidad en la vida militar que le permite asentar las medidas tomadas por reyes anteriores, de Arquelao a Alejandro II, consistentes en el fortalecimiento del sistema del control del territorio y el establecimiento de colonias lo que, paralelamente, permitía la configuración de un ejército de tierra formado por los pezetairoi, los hetairoi de a pie, traducción del ejército hoplítico a las circunstancias propias de un régimen de lealtades regias de Macedonia, pero síntoma también del desarrollo de una clase de pequeños campesinos asentados en los territorios controlados. Era otro aspecto de la tendencia a sintetizar en la realeza las estructuras de la polis. Finalmente, Filipo había pasado parte de sus años de juventud como rehén en Tebas, como consecuencia de la intervención macedónica en los asuntos tesalios, en época de Epaminondas. Éste lo instruyó en las artes de la guerra, sobre todo en la táctica oblicua, que se convirtió en elemento clave de la victoria dentro de las nuevas estructuras. Lo propiamente militar se suma, como un nuevo factor, a los aspectos económicos y sociales en que se estructura la nueva etapa del expansionismo macedónico.

 

Filipo, Atenas y la guerra social

 

Desde el punto de vista ateniense, la paz de 371 tuvo un efecto similar al que pudo tener la paz de Calias en el siglo V. El final de la lucha contra Esparta representaba ahora, como entonces el final de la lucha contra Persia, la eliminación de los elementos justificadores de la alianza. De hecho, en 365, los de Ceos se rebelan por causa de las prácticas judiciales que obligaban, como antes, a dirigirse a Atenas para someterse a determinados juicios. La rebelión fue reprimida con dureza. Desde 366, Timoteo se dedica a establecer cleruquías en Samos, Sestos y Potidea. Las prácticas imperialistas se imponen de nuevo, sin que parezca haber justificación en la necesidad de luchar contra un enemigo común. Los comienzos del reinado de Filipo, coincidiendo con el declive de la hegemonía tebana, parecían favorables para la consolidación de la liga como paso hacia un nuevo imperio. En efecto, aprovechando el debilitamiento tebano, consiguió la alianza de las ciudades de Eubea, mientras que, por otra parte, preparaba la organización de las ciudades del Quersoneso como miembros estables de la confederación. Los de Anfípolis parecían hallarse en una situación dubitativa, ante el peligro representado por el expansionismo macedónico, pero Filipo parecía dispuesto a prescindir de ella e incluso, se dice, en un tratado secreto se había mostrado dispuesto a colaborar con Atenas para que pudiera recuperar su dominio. Sin embargo, lo que en el verano de 357 parecía estabilizado se rompió ese mismo año con la secesión de las islas de Quíos, Rodas y Cos, extendida luego a Bizancio y apoyada por Mausolo, sátrapa de Caria. Era el inicio de la guerra social, en la que nada pudieron hacer las tropas atenienses dirigidas por Ifícrates y Timoteo. El movimiento se ampliaba y Filipo aprovechaba la coyuntura para extenderse hacia Pidna e incumplir sus promesas referentes a Anfípolis. Las consecuencias siguieron manifestándose en los años sucesivos, en que Filipo expulsó a los clerucos atenienses de Potidea y se alió con los promacedonios de Olinto, que fueron los beneficiarlos del reparto de las tierras adquiridas. La fundación de Filipos, al otro lado de la zona minera del Pangreo, significó la consolidación del control total sobre su producción y se tradujo en la difusión de la estátera de oro macedónica, con lo que Filipo ya no acuñaba dentro de los sistema argénteos patrocinados por las ciudades, sino que imponía el sistema áureo representativo de la propia monarquía. En el año 355 acabó la guerra social y el segundo intento de imperio ateniense. Atenas tiene que reconocer la independencia de las ciudades y prescindir de la sýntaxis. Todo ingreso depende ahora de la eisphorá, lo que provoca el conflicto interno. Jenofonte, en los "Poroi", propone el establecimiento de un sistema financiero en que el estado se encarga de proporcionar esclavos para las minas y apoya los negocios de los metecos. Se trataba de una especie de alternativa utópica a la economía imperialista. Las circunstancias favorecen la difusión de actitudes pacifistas como la representada por Eubulo, donde se garanticen los mercados y las actividades del puerto y se ahorra el gasto en tropas mercenarias.

 

La guerra sagrada

 

Tanto en Atenas como fuera de ella, las circunstancias resultaban favorables para que las aristocracias griegas, dentro de ciudades en conflicto, buscaran el apoyo de Filipo. La primera intervención en este sentido tuvo lugar en Tesalia, donde apoyó a los Alévadas de Larisa frente al tirano Licofrón de Feras en 354. Se trataba de una lucha por el control del territorio tesalio desde la perspectiva de la aristocracia o del tirano, heredero de una estructura estatal creada por Jasón, apoyada en el ejército mercenario, aspirante a convertir el puesto de tagos, o cabeza de la liga tesalia, en una monarquía, definida generalmente como tiranía, supuestamente por sus rasgos antiaristocráticos, lo que era forzoso en una situación como la tesalia, tradicionalmente dominada por una familia, la de los Alévadas. Los apoyos con que éstos contaron no sólo sirvieron para derrotar a Licofrón, sino también para ampliar la acción hacia quienes habían sido el principal apoyo de éste último, los focidios. El protagonismo de los focidios se inscribe dentro del proceso de decadencia de la confederación beocia y de sus intentos de recuperación. Los beocios pretendieron aprovecharse de su posición de privilegio en la Anfictionía de Delfos para que se aprobara la imposición de grandes multas contra los focidios por haber cultivado la tierra sagrada de Cirra y contra los espartanos por la ocupación de la Cadmea, igualmente considerada como acto sacrílego. La reacción de los focidios, con la ayuda espartana primero y ateniense más tarde, fue la de ocupar, al mando de Filomelo, el santuario de Delfos. La reacción de los locrios sólo tuvo como consecuencia que los focidios ocuparan también parte de su territorio. Filomelo se convirtió rápidamente en un poderoso jefe de ejércitos mercenarias pagados con las riquezas procedentes del santuario. Los beocios, para hacerles frente, acudieron a los miembros de la Anfictionía y, principalmente, a los tesalios. Todos ellos consiguieron derrotar a Filomelo, que murió al regreso del combate. Fue su sucesor Onomarco quien realizó una importante campaña hacia el norte y acudió en ayuda del tirano de Feras, con éxito inicial, a pesar de la ayuda de Filipo a los Alévadas. Sólo los refuerzos posteriores hicieron posible la victoria de los macedonios en la batalla del Campo de Azafrán, del año 352, que significó el inicio del declive para el efímero imperialismo focidio. Para Filipo, en cambio, significó la consagración como defensor de la causa apolínea frente a los focidios. Ahora fue admitido como miembro de la Anfictionía y se convirtió en el verdadero reorganizador de la confederación tesalia, tal vez con el nombramiento de tagos. Tal posición resultaba en principio favorable para continuar el avance contra los aliados de los focidios y, de hecho, en el verano del mismo año había llegado a las Termópilas, pero la presencia de los contingentes aliados le hizo desistir. Filipo celebró su triunfo en Delfos, a pesar de las protestas atenienses porque la agonothesia fuera desempeñada por un bárbaro. Las consideraciones de tipo étnico vuelven a renacer al recrudecerse las relaciones conflictivas.

 

La ciudad griega del siglo IV

 

Los acontecimientos que tuvieron lugar en la Grecia del siglo IV son el resultado de la confluencia entre la nueva orientación que toma la monarquía macedónica a partir de Arquelao y la posición en que se hallan las ciudades griegas particularmente y la ciudad griega como fenómeno general. El hecho de que cada una de ellas sea incapaz de subsistir como ciudad independiente, sin necesidad de acudir a la explotación de recursos externos, quiere decir que, como institución, la polis autárquica con que todavía sueña Aristóteles ha dejado de ser una posibilidad real. La explotación de la chora y de la comunidad dependiente interna no garantizan los medios económicos que sustenten la participación colectiva de un cuerpo cívico isonómico, ni siquiera de tipo hoplítico. La guerra entre ciudades resulta cada vez más estéril como solución a ese problema, porque no todas las tendencias de los intereses interiores van en la misma dirección. Mientras para unos se pretende garantizar el phoros, otros sólo buscan proteger los puertos y vías de comunicación para el tráfico de mercancías, incluidos los esclavos. Así, las luchas por la hegemonía acaban convirtiéndose en un elemento más en la aceleración del proceso final de la historia de la ciudad-estado. La tendencia del demos a recuperar, conservar u obtener la democracia repercute en la agudización de los conflictos sociales internos y, por tanto, en la imposibilidad de mantener una coherencia que facilite el triunfo en la guerra exterior. Éste sólo se consigue a través de ejércitos mercenarios mandados por un jefe que acaba convirtiéndose en personaje carismático. En este ambiente, la teoría de la ciudad se divide en dos direcciones. Por una parte se encuentra la que trata de conservar la situación antigua a base de recuperar las restricciones que identificaban al libre con la clase dominante, más estrictamente, como en el caso de Platón, o de modo más amplio, como en el de Aristóteles. Para el primero, todo productor queda marginado. Aristóteles incluye a los campesinos propietarios, pero explica que su ventaja como clase gobernante reside en que acuden poco a los actos públicos, con lo que dejarían la política en manos de un grupo minoritario de dirigentes que serían los mejores, áristoi. La mese politeia, la constitución intermedia que no incluye a la masa del demos que realiza trabajos serviles, se resuelve en una aristocracia. Por otra parte, Jenofonte defiende la conservación de la polis gobernada preferentemente por los caballeros, pero no rechaza la posibilidad de una realeza, siempre que evite la caída en la tiranía, definida por su apoyo en las clases populares. Isócrates, a lo largo de su vida, tras variadas posiciones, llegó a ver clara la solución en la presencia de un gobernante personal, preferentemente ajeno a las ciudades en conflicto, que se va definiendo en varios reyes o tiranos concretos, como Dionisio de Siracusa, para fijarse definitivamente en Filipo de Macedonia. Éste es el ambiente de la ciudad griega con que se encuentra el expansionismo que se consolida en el siglo IV.