3.-
Crisis militares e intervención persa
Después
de la guerra del Peloponeso, una expedición espartana, en la que tomó
parte el ateniense Jenofonte, apoyó a Ciro el Joven en sus pretensiones
de acceder a la realeza de los persas frente a su hermano mayor Artajerjes,
a la muerte de Darío II. La derrota de Ciro en la batalla de Cunaxa trajo
como consecuencia el deterioro de las relaciones entre persas y espartanos,
agravado por las repercusiones que pudieron tener las actuaciones de Agesilao
en Asia Menor como liberador de las ciudades griegas. Los acontecimientos
de los años noventa agravaron la situación para Esparta, sobre todo con
la guerra de Corinto, por lo que se impuso la tendencia que pretendía
llegar a un acuerdo con los persas, cuyo principal representante fue Antálcidas,
que ofreció a Tiribazo la renuncia a defender la autonomía de las ciudades
griegas de Asia, a cambio del control del resto de Grecia, con el apoyo
persa. Las propuestas, sin embargo, no tuvieron éxito hasta el año 386.
Perduraban hasta entonces los efectos de la batalla de Cnido y las buenas
relaciones con Atenas entre los persas. En el cambio de década, sin embargo,
las circunstancias variaron, pues los atenienses apoyaron la revuelta
de Evágoras de Chipre frente a Persia y las acciones expansivas de Trasibulo
podían llegar a afectar a zonas que los persas consideraban dentro de
su órbita. El acuerdo con los espartanos podía llegar a garantizarles
su control real. Por ello, en el ano 386, con la participación formal
de todos los griegos, se juró el texto de la paz que contenía tres puntos
principales. Las ciudades griegas de Asia pasaban a depender del control
del Gran Rey, incluidas Clazómenas y Chipre, lo que afectaba claramente
a las posibilidades expansivas del imperio ateniense. Por el contrario,
todas las ciudades de Grecia, incluidas las islas, quedaban libres de
cualquier control sin poder unirse en ligas o confederaciones, salvo Lemnos,
Imbros y Esciro, únicas que permanecían bajo el control ateniense, sin
duda las más importantes desde el punto de vista de los tráficos marítimos
hacia el mar Negro, pero no para la recuperación del imperio como fuente
de recursos capaces de mantener la libertad del demos. Finalmente, todas
las ciudades que se negaran a aceptar las condiciones de la paz podían
ser objeto de los ataques persas.
Esparta
tras la Paz del Rey
Esparta
conseguía con la firma de la Paz del Rey imponer sus condiciones en las
relaciones entre ciudades, pues la situación le permitió frenar el desarrollo
del imperio ateniense a pesar de que no era capaz de hacerlo sólo con
sus propias fuerzas. En este sentido, la paz revela las condiciones objetivas
de ese equilibrio, entre el poder y la debilidad. En ese ambiente fue
igualmente capaz de someter a las ciudades rebeldes que, por las transformaciones
de sus propias realidades internas, tendían a separarse de su tutela.
La estabilidad conseguida se resintió pronto, como es natural, de la precariedad
de la propia situación espartana. A la larga, no fue posible frenar el
nuevo impulso de la segunda confederación ni la reacción de la confederación
beocia encabezada por Tebas en su nueva imagen democrática. Durante la
década de los setenta a duras penas podía conservar la situación establecida,
a pesar de los esfuerzos de Agesilao. La paz se rompía de hecho constantemente,
hasta que, en 371, atenienses y espartanos llegaron a la firma de una
nueva paz, con participación persa, en que los espartanos aceptaban el
reconocimiento de las Ligas entre ciudades griegas. Los tebanos eran ahora
los verdaderos protagonistas en la iniciativa de las acciones bélicas
entre ciudades. Las relaciones espartanas con los persas en los primeros
años del siglo IV estaban condicionadas por las circunstancias internas,
heredadas del conflicto dinástico, que se plasmaban en rivalidades entre
los sátrapas occidentales. Fue Tiribazo el encargado de introducir a los
espartanos ante el Gran Rey para llegar a establecer las condiciones de
la paz. A pesar de la iniciativa espartana, encabezada por Antálcidas,
la verdad es que la paz suele recibir un nombre más adecuado a su sentido
real, la Paz del Rey. Éste era el verdadero valedor de la paz y amenazaba
con la fuerza a quienes no se adecuaran a ella. Se inaugura así una institución
destinada a tener gran trascendencia en la historia de las relaciones
entre las ciudades griegas en el siglo IV, de sus alianzas y enfrentamientos,
desde ahora bajo la mirada de alguna potencia exterior, persa o macedonia.
Por su parte, los persas quedaban libres de actuar en todo el territorio
asiático y una de las primeras acciones de Artajerjes, consecuencia de
la paz, fue la intervención armada contra Evágoras de Chipre. Sin embargo,
a partir de aquí, la tendencia predominante entre los persas fue la de
conservar la situación, sobre todo a partir de la derrota sufrida por
la expedición enviada a Egipto entre 374 y 373, de tal modo que la paz
de 371 fue patrocinada por el Gran Rey como árbitro, pero su capacidad
de presión real había desaparecido. Luego, serán los problemas internos
de nuevo los que tengan ocupados a los reyes, situación que sin duda se
reflejará en los modos de reaccionar cuando tenga lugar la intervención
macedónica.
4.-
Crisis de la polis
La
crisis de la ciudad estado en el siglo IV no es problema de datos cuantitativos.
La riqueza global posiblemente aumenta. La población no parece experimentar
alteraciones cuantitativas, pero aumenta el número de esclavos, hasta
el punto de que se dice que en Atenas llegó a los cuatrocientos mil, y
el libre se halla en peligro, porque ya la ciudadanía no representa una
garantía. En el plano político, sobre todo en Atenas, tiende a perder
los privilegios que le confería el hecho de tomar parte en los organismos
públicos. Aquí es donde la pérdida del imperio y los diferentes intentos
de recuperación crearon conflictos internos, al perderse con ello las
posibilidades de una concordia apoyada en el control de las islas. La
presión del demos trataba de recuperar ese control, con el apoyo de quienes
seguían creyendo en la concordia y de quienes esperaban recuperar los
negocios subsiguientes. Sin embargo, la importación, el tráfico de mercancías
y el acceso a los mercados era posible recuperarlos sin imperio. Este
podía llegar a convertirse incluso en un obstáculo, sobre todo si era
necesario sostenerlo con la guerra. Los ricos no eran partidarios de la
guerra, porque ésta, en manos de mercenarios, era cara y hacía aumentar
la eisphorá, el impuesto entre ciudadanos que afectaba a los más poderosos
económicamente. Ello colaboraba a que sus inversiones se hicieran sobre
todo en riqueza aphanés, oculta, con lo que rompían con la solidaridad
ciudadana. La crisis consistía en un renacimiento de los conflictos internos
que repercutía en los conflictos externos, relacionados con las transformaciones
económicas y sociales, reflejadas en las estructuras políticas, incapaces
de controlar la situación ni con la concordia ni con la represión, ni
en el mundo real ni en el imaginario. En ese ambiente, junto al soldado
mercenario se desarrolla la figura del jefe carismático, que logra la
victoria y la salvación, a la vez que colabora con sus prácticas a la
difusión de nuevas formas de funcionamiento económico. Las luchas entre
ellos, sin embargo, harán que sólo desde fuera, tras intentos como el
de Jasón de Feras o el de Dionisio de Siracusa, como portadores de formas
políticas primitivas, en las que el papel individual se asienta sólidamente,
se vislumbre la solución en la figura de Filipo de Macedonia, capaz de
establecer la paz por la fuerza y de crear una imagen positiva en las
expectativas de salvación de que él mismo es portador como jefe carismático,
como heredero y como alternativa al mismo tiempo de los jefes de tropas
mercenarias, renovado en la imagen primitiva del rey semibárbaro.
Transformaciones
económicas
Aparte
del panorama general que ofrece el conjunto de las ciudades griegas, sólo
puede observarse parcialmente la situación económica en Atenas, protagonista
de hecho y, sobre todo, de las fuentes, como contrapunto de la hegemónica
Esparta, modelo para muchos de los autores a través de los que se deja
ver algo de la realidad en este terreno. Así pues, hablar de las transformaciones
económicas del siglo IV en Grecia es referirse a las que pudieron tener
lugar en Atenas, en la seguridad de que la especial posición de esta ciudad
en el siglo anterior garantiza el carácter representativo, no porque la
situación de las demás ciudades pueda ser comparable, sino porque aparece
como modelo y como factor condicionante de cambios a escala general. Hay
ciudades donde pueden notarse movimientos protagonizados por el demos
en los que se reivindican medidas del tipo de la abolición de deudas o
la redistribución de las tierras, lo que en cambio no ocurre en Atenas.
Pero, a pesar de la derrota de la guerra del Peloponeso, tanto las posibilidades
anteriores de control como las prácticas democráticas, en situación de
peligro, pero no abolidas del todo, permiten la existencia de otros mecanismos
donde se desenvuelve la vida económica por derroteros diferentes. Desde
luego, la única visión realista de la economía griega en el siglo IV sería
la que permitiera observar, junto a Atenas, la economía de las otras ciudades
y, además, el tipo de relaciones que se establece entre la una y las otras,
en una escala amplia y variada, que incluiría Esparta, Tebas y ciudades
pequeñas como Fliunte, poco conocidas, pero lo suficiente como para notar
que los acontecimientos políticos reflejan profundas convulsiones relacionadas
con el nuevo panorama económico. A escala amplia, sólo este panorama general
permitiría comprender los variados aspectos, externos e internos, que
se ven implicados en las luchas entre ciudades que se conocen como luchas
por la hegemonía. Durante la época clásica, la economía sigue teniendo
como base productiva el trabajo agrario. Los movimientos mencionados indican
que, al menos en algunas ciudades, se ha operado una agudización en la
presión explotadora que puede afectar, según las circunstancias, a la
población de los campesinos libres. El panorama variado de las ciudades
indica igualmente que el desarrollo productivo agrario sigue siendo profundamente
desigual. El sistema ateniense se ha hecho dominante, pero, al tiempo,
ha provocado una crisis y ha caído en ella. El modelo sólo se mantiene
con cambios, pero ha generado una dinámica que influye en el panorama
económico general. Las ciudades no poseedoras de un imperio, donde en
general el sistema de explotación esclavista no se ha hecho dominante,
al entrar en el mundo de las transacciones económicas han desarrollado
en sus clases dominantes aspiraciones productivas que sólo se satisfacen
con el aumento de la explotación interior, sobre poblaciones libres que
normalmente se hallan en posición cercana a determinadas formas de dependencia.
Atenas como imperio defensor de la democracia ha representado en ocasiones
un modelo, inalcanzable, pero que podía servir de apoyo para delimitar
las posibilidades de explotación por parte de la clase dominante. En el
siglo IV, ha desaparecido el imperio ateniense y la potencia hegemónica
predominante, Esparta, tiende mas bien a apoyar a las oligarquías, con
lo que éstas consiguen consolidar su situación. Es cierto que no lo hacen
sin conflicto y eso es lo que explica la existencia de las tensiones sociales,
dentro de un panorama en que las posibilidades de recuperación o de consolidación
económica pasan por el disfrute de una posición políticamente hegemónica.
Agricultura
En
los escritores áticos que durante el siglo IV se dedicaron a dar a conocer
la situación espartana, sobre todo Jenofonte, Platón y Aristóteles, admiradores
de su sistema político y social, en el que ninguno deja de ver, lúcidamente,
un efecto de la estructura económica, se ha notado, sin embargo, la presencia
de una cierta decepción referente a los tiempos mas recientes. Da la impresión,
en unos más claramente que en otros, de que la situación ya no es la que
era. La eunomía o buen gobierno se había sustentado en un sistema de disfrute
equilibrado de la tierra, que permitió considerar iguales a todos los
que participaban de la ciudadanía, los espartiatas, sobre una clase de
hilotas explotada y dominada, perfectamente delimitada y controlada. Las
guerras y la hegemonía provocan alteraciones sociales y rupturas en los
límites, desde el momento en que es preciso utilizar los servicios de
los dependientes en favor de la ciudad. Al menos desde finales de las
guerras médicas han venido notándose alteraciones en este sentido, con
repercusiones políticas en el ámbito de las luchas personales. Los accesos
al control de ciudades externas y a los mercados del Egeo constituyen
el otro factor capaz de operar la transformación estructural. En el siglo
IV, la reforma de Epitadeo, que permitía la libre disposición de las propiedades
en el testamento, representa la traducción legal de la tendencia a favorecer
la acumulación que, para los comentaristas laudatorios del sistema tradicional
espartano, significaba el final de las condiciones en que se asentaba
aquella específica forma de vida en común. Ya desde el siglo V, desde
la misma narración bélica de Tucídides, se deduce la existencia, por lo
menos, de una utilización privada de los hilotas que los aproxima al esclavo
comprado. En el momento de la revuelta de Cinadón, la detallada descripción
de Jenofonte permite deducir que ya se ha operado en gran medida una diversificación
de los sectores dependientes, donde, junto a los hilotas, se incluyen
términos indicativos de un proceso de reestructuración. Jenofonte insiste
en que, dentro de la sociedad espartana, en estos momentos, la masa de
los dependientes, posibles aliados de la revuelta, es infinitamente superior
en el número al total de los propietarios, enemigos bien definidos de
Cinadón. Así como en Esparta, que parte de una situación bien particular,
la transformación operada es determinante, en Atenas, en este terreno,
el panorama, a pesar de todo, permanece oscuro. La existencia de ciertos
mojones, horoi, con inscripciones referentes a parcelas de tierra, había
hecho pensar en la existencia de hipotecas comparables a las conocidas
para la época previa a las reformas de Solón, las que habían justificado
algunas de sus medidas en un momento de auténtica crisis agraria. En los
inicios del siglo IV, el panorama había sido similar y permitía fundamentar
en él el concepto de crisis para definir el período posterior al de la
guerra del Peloponeso. Los análisis posteriores han demostrado que más
bien se trata de documentos indicativos de movimientos de compraventa.
La tierra no se halla hipotecada en este momento, lo que permite orientar
el enfoque del problema en otra dirección y, tal vez, intentar definir
de nuevo el concepto de crisis, de un modo que esté más de acuerdo con
las condiciones históricas de la ciudad a comienzos del siglo IV. Ahora
no se trata de la acumulación agresiva de una aristocracia que intenta
subordinar la población campesina, circunstancia ante la que reacciona
con el apoyo de los sectores moderados de la aristocracia. En estos momentos,
la agricultura se inserta en el panorama de un sistema económico en que
los mercados esclavistas se encuentran consolidados y la circulación monetaria
ha llegado a ser lo suficientemente activa para incidir en los procesos
de explotación de la tierra. La situación del campesino miserable en que
aparecen retratados algunos personajes de Aristófanes, los problemas que
soportan algunos de los individuos litigantes en los discursos de los
oradores áticos y los peligros que prevé Platón en la existencia de un
campesinado empobrecido resultan fenómenos paralelos al del crecimiento
de las transacciones, que igualmente están presentes en los discursos
de los oradores, o a la descripción de algunas casas, unidades de explotación,
escenario de disputas judiciales igualmente tratadas en los discursos,
pero cuyo modelo canónico es la casa de Iscómaco del "Económico"
de Jenofonte, ejemplo de explotación próspera. Ahí se muestra que la crisis
representa un proceso cualitativo, y no cuantitativo, pues la riqueza
crece al mismo tiempo que la miseria entre las poblaciones libres.
Comercio
y moneda
Las
transacciones relativas a la tierra indican el peso que en la economía
del momento había adquirido la circulación monetaria. Todos los escritores
del siglo IV serán, de un modo o de otro, testigos del fenómeno, sobre
todo Aristóteles, que, en el plano moral, ve en él un elemento clave para
explicar la disolución de la comunidad que, a su manera de ver, se está
llevando a cabo. Los valores se alteran desde el momento en que crece
la actividad crematística, la de quienes compran para vender y no sólo
venden para comprar lo que necesitan. De la alteración de los valores
en el plano específicamente monetario es testigo Aristófanes, que alude
a monedas devaluadas, hecho indicativo de los inicios de procesos inflacionistas,
manifestados siempre de esta manera en el sistema económico antiguo, con
la devaluación real y material consistente en rebajar la cantidad de metal
precioso que contenía la moneda. La aparición de alteraciones en el valor
metálico de las monedas resulta como consecuencia de los desequilibrios
producidos en momentos de intensa actividad económica. Ésta se manifiesta
en el tráfico de la propiedad, pero también en el desarrollo de los mercados.
La presencia de la cerámica ática en todo el Mediterráneo es prueba de
ello, lo que se ve compensado con la importación de materias primas, sobre
todo agrarias, fenómeno heredado de la tradición que venía haciendo del
Ática un territorio eminentemente importador de cereales. En principio,
así resulta equilibrada la situación, pero en un siglo de guerras es frecuente
que los puertos resulten inseguros, hasta el punto de convertirse en un
tema de preocupación de muchos oradores de la época. Las consecuencias
pueden repercutir en el conjunto de la vida económica y social. Los intercambios
se realizan plenamente a través de la economía monetaria, no solo de la
compensación en el trueque de cereales por cerámica. De hecho, la moneda
de plata ática ha adquirido un valor circulatorio prestigioso que la garantiza
a través de todos los mercados del Mediterráneo durante el período imperialista.
La guerra ha creado para ella circunstancias de crisis. Su fundamento
material se halla en la producción de las minas de Laurio y del Pangeo,
cuando controlan la costa de Tracia. Las circunstancias de finales de
la guerra del Peloponeso han puesto en peligro la producción metalúrgica,
sobre todo a partir de la ocupación espartana de Decelia. Los desequilibrios
pueden venir por varios caminos, representados por los problemas de la
explotación minera y por los de la garantías de la importación cerealística.
El riesgo está presente constantemente en ambos durante la primera mitad
del siglo IV. De hecho, la historia de la explotación minera resulta significativa,
pues, a pesar de los esfuerzos estatales, las inversiones se reducen.
Es más seguro invertir en las propiedades territoriales, en auge, donde
es más fácil ocultar la rentabilidad en momentos de fuerte presión fiscal,
provocada por los gastos de la guerra en un período en que ésta resulta
costosa por la tendencia a sustituir a los ejércitos ciudadanos por soldados
mercenarios. De este modo, la legislación ática de 375 que trata de imponer
el uso de la moneda propia frente a imitaciones y falsificaciones, las
listas de los poletai que se encargan de controlar zonas de explotación,
conocidas para los años sesenta, y las preocupaciones de Jenofonte en
su obra sobre ingresos y gastos, Poroi, escrita en la década de los cincuenta,
revelan los desequilibrios producidos en el mundo económico y financiera
a lo largo de este período. En este ambiente se inserta el desarrollo
de la banca, donde se encuentran los máximos beneficiarios de todo el
proceso de aumento de la circulación, lo que favorece los préstamos, los
depósitos y todas las operaciones ligadas al mundo del emporion. Son los
banqueros los que sacan provecho de todos los procesos de alteración de
valores que, para Aristóteles, rompían con la koinonía, con la comunidad
estable identificada con la ciudad de los hoplitas, autárquica y autosuficiente.
Transformaciones
sociales
La
banca, factor de transformación en el mundo de la economía, actuaba también,
sintomáticamente, como elemento revelador de las transformaciones sociales.
En ella se fraguaba, también en lo social, el fundamento de la preocupación
aristotélica. Si no es frecuente en la ciudad griega que el esclavo reciba
la manumisión, ni es legal que el liberto se convierta en ciudadano, ambos
fenómenos se producen entre los banqueros y Pasión y Formión experimentaron
un proceso parecido. Se rompía en ellos la norma estatutaria de la comunidad
de la polis. También se rompía la tradición en el plano de la vida militar.
La capacidad de la participación ciudadana, como tal, se reduce y la mayoría
de los soldados recibe el misthós, sea ciudadano o extranjero. El ciudadano
ateniense también se alquila como mercenario para otras ciudades o reinos.
La sociedad hoplítica ha roto su integridad, la que identificaba al ciudadano
con el propietario de tierra que se manifestaba en la ciudad como soldado.
El misthós, que antes recibían los thetes de la flota, se generaliza,
con lo que contribuye a aumentar la circulación monetaria. No es éste
el menor de los factores que llevaron al desarrollo de los procesos inflacionistas,
pues fueron precisamente los jefes de los soldados mercenarios, como Timoteo,
los que tomaron medidas particulares en ese sentido, para facilitar el
sistema de pagas. Parece admitido que, al ser los primeros trabajadores
que reciben masivamente un salario, los soldados mercenarios contribuyen
a desarrollar formas de mercado que tienden a salirse de los marcos propios
de la sociedad antigua. El desarrollo de los mercados también favoreció
el aumento de la esclavitud como sistema sometido a las normas de la mercancía.
La guerra era para ello al mismo tiempo un obstáculo, como para otras
mercancías, y un cauce, debido a la facilidad que ofrecía para acceder
a los cautivos. Un problema se suma, sin embargo, consistente en que las
guerras del siglo IV fueron mayoritariamente entre griegos. En teoría
sólo era esclavizable el prisionero bárbaro, pero la realidad se impone
y la tendencia a esclavizar griegos se hace cada vez mayor, desde el período
de la guerra del Peloponeso, donde ya se practica por las ciudades contendientes.
La ruptura de la identificación con el bárbaro contribuyó para que la
condición de los esclavos dejara de tener una identificación étnica en
general, incluso dentro de la ciudad. De hecho, en Atenas proliferan los
procesos judiciales para determinar la condición estatutaria de personas,
que había sido puesta en duda por el hecho de que realizaran trabajos
serviles. Tan es así que Aristóteles llega a considerar que es esclavo
el que realiza determinados trabajos banáusicos, trabajos manuales hechos
al servicio de otro, al margen del estatuto de quien lo realiza. Está
claro que éste no es el factor determinante de las sociedades, sino un
efecto jurídico de las relaciones reales de dependencia económica. Paralelamente,
los esclavos realizan trabajos de todo tipo. No sólo son frecuentes en
la explotación agraria del siglo IV, sino que también los propietarios
se dedican a alquilarlos para trabajos externos, para que lleven el salario
a casa del dueño, y allí se mezcla con el ciudadano pobre que realiza
el mismo trabajo y recibe el mismo salario. El aumento del trabajo esclavo
y los problemas de la tierra y del mercado llevan a la indefinición estatutaria
que hacía del ciudadano pobre una vez más una posible víctima de la sumisión
a nuevas formas de dependencia.
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