Edad del Bronce y Grecia Antigua

VIII.- GRECIA CLASICA II: LA LUCHA POR LA HEGEMONÍA

 

Inicio: Año 425 a. C.

Fin: Año 350 a. C.

 

La historia griega se caracterizó, desde el principio, por el carácter particularista de sus ciudades, capaces de convivir a través de pactos y convenciones, plasmadas en instituciones panhelénicas, pero enfrentadas de manera constante en luchas por los territorios limítrofes o por el control de poblaciones más lejanas y de los accesos a minerales o a territorios productores de bienes atractivos, por necesidad o por la búsqueda del prestigio de las clases dominantes. La unidad nunca ha sido real. Todo lo más, circunstancialmente se ha definido un enemigo común capaz de aglutinar las fuerzas de más o menos ciudades, como en el caso de los persas, ante los que la unidad fue más una imagen creada que un hecho real. Confederacionesy ligas representan unidades enfrentadas a otra parte del mundo griego, integradas, por lo demás, de manera hegemónica. La Liga del Peloponeso se aglutina en torno a Esparta como la de Delos lo hace en torno a Atenas, aunque la naturaleza de sus relaciones internas sea diferente. De hecho, la polis, a partir de un momento específico de su desarrollo, cuando ha accedido a los mercados de intercambio de productos y de mano de obra servil, sólo subsiste en constante crecimiento, lo que la lleva a supeditar a otras y a enfrentarse con los vecinos. Ahí se halla la contradicción de la polis, en que sólo subsiste cuando, de algún modo, deja de serlo. La ciudad ideal platónica, no imperialista, sólo existe en el mundo de la utopía. El siglo que transcurre entre el inicio de la guerra del Peloponeso y la intervención macedónica en Grecia es por ello el siglo de las luchas por la hegemonía, lo que, al ser consecuencia de la evolución de la polis, informa también la historia interna de la misma en una faceta determinada, la que suele conocerse como crisis de la polis. Luchas por la hegemonía y crisis de la polis son, por tanto, dos caras de una misma moneda, de una sola historia.

 

1.- La Guerra del Peloponeso

 

Durante los años de la Pentecontecia, en Atenas, el desarrollo de la democracia ha corrido paralelo al desarrollo del imperio y, por tanto, a la creación de relaciones conflictivas entre las ciudades. Gracias al imperio, era posible la concordia interna en Atenas, con más o menos altibajos a lo largo de todo el período, pero estabilizada a partir de la desaparición de Tucídides de Melesias, sólo alterada desde entonces por las acusaciones dirigidas contra los colaboradores del llamado círculo de Pericles, cuando ya empezaban a deteriorarse las relaciones a todas las escalas. Cuando el demos actuaba en el exterior, en cambio, ejercía la sumisión y la violencia, aunque al mismo tiempo fuera capaz de obtener el apoyo del demos de las ciudades aliadas. En éstas de hecho no era posible el mismo tipo de concordia, pues el phoros recaía sobre los ricos, que trataban de liberarse de él enfrentándose al demos propio y al de los atenienses. El imperio creaba conflictos entre Atenas y los demás, pero también entre las otras ciudades y entre los miembros de las mismas. Dentro de Atenas, los thetes habían llegado a ser libres, tanto jurídica como económicamente, pero en terreno político seguía a un hegemón, a un ciudadano capaz de poner en práctica sus decisiones y de orientarlos. Fue Pericles el hegemón por antonomasia. Ello daba, de todos modos, a la democracia un sentido especial, en que convivía la concordia entre masa e individuo con la violencia subyacente a la admisión de que existe la hegemonía como tal, de un hombre sobre la masa, de Atenas sobre el imperio. La concordia era, al mismo tiempo, germen de violencia. Finalmente, la tendencia de las ciudades a controlar hegemónicamente el mundo circundante no acaba en la obtención del imperio para Atenas, pues ésta la obligaba a mantener relaciones competitivas con los demás, por rivalidades territoriales y control de los cambios. Para los demás, por otro lado, significaba la imposibilidad de admitir el predominio ateniense, obstáculo notable para el desarrollo territorial y marítimo de ciudades como Corinto, empeñada en nuevas fundaciones coloniales y en los tráficos navales. Por ello, Tucídides, al inicio de su narración, piensa que la causa más verdadera de la guerra estaba en el miedo que Atenas proporcionaba a todos los griegos.

 

Causas del conflicto

 

Junto a la causa general del enfrentamiento entre Atenas y Esparta, cada una de ellas con sus aliados, el historiador Tucídides indica también cuáles son las causas o motivaciones que las llevaban a actuar del modo correspondiente en el estallido de la guerra. Cada una de estas motivaciones respondía en cierto modo a diferentes aspectos de las relaciones que podían surgir entre Atenas y los miembros de la Liga del Peloponeso, sin que afectaran de modo directo a los espartanos. Por el contrario, fueron los corintios los principales protagonistas de las dos que el historiador desarrolla explícitamente, las cuestiones referentes a Corcira y a Potidea. La tercera, el llamado decreto megarico, sólo es mencionada por Tucídides de manera alusiva y resulta en la actualidad objeto de debate, sobre todo a partir de los estudios de Ste.-Croix. En el año 435, en la ciudad de Epidamno, colonia fundada por los corcirenses con la participación de los corintios, que eran a su vez los fundadores de Corcira, tuvo lugar un conflicto civil a consecuencia del cual se estableció una democracia tras expulsar a los aristócratas. Estos se dedicaron a atacar la ciudad con el apoyo de las tribus indígenas del continente, por lo que los demócratas solicitaron la ayuda de la metrópolis. Pero aquí los gobernantes se negaron a colaborar con el sistema establecido, por lo que los de Epidamno acudieron a la metrópolis común, Corinto. Su intervención, sin embargo, fue un fracaso, pues sus naves fueron derrotadas por las corcirenses. Ante los preparativos que los corintios realizaban para llevar a cabo un nuevo ataque, que tendría lugar dos años más tarde, los corcirenses acudieron a Atenas. Desde su punto de vista, para Atenas sería importante contar con una flota como la de Corcira ante un eventual enfrentamiento con los del Peloponeso. Para el historiador Tucídides, la guerra era inminente. Por mucho que la participación ateniense apareciera como una mera colaboración en la defensa de Corcira ante la agresión, de hecho se convirtió en uno de los motivos proclamados por los corintios para pedir el inicio de la guerra. Según Tucídides, la importancia de Corcira era grande por hallarse en las rutas que conectaban Grecia con las ciudades de Sicilia y del sur de Italia. Tales circunstancias han servido para que se establezca un debate acerca de la importancia de los conflictos comerciales en los orígenes de la guerra del Peloponeso, e incluso de las guerras antiguas en general. Frente a actitudes excesivamente mercantilistas y modernizantes, tendentes a ver fenómenos paralelos a los de las guerras imperialistas modernas, Ste.-Croix quita todo valor a ese tipo de rivalidades. El fenómeno de la guerra antigua, según su punto de vista, responde fundamentalmente a rivalidades territoriales por espacios limítrofes o, como mucho, al control de vías de acceso a los aprovisionamientos. En cualquier caso, tras las matizaciones que eviten todo anacronismo, en el episodio puede mostrarse, materializado en un caso concreto, uno de los aspectos significativos de los cambios que se producen en la época clásica, con la intervención de una doble rivalidad superpuesta, la de Corcira con Corinto y la de ésta con Atenas. Sin duda, en la primera se hallan implicadas también las relaciones coloniales, su evolución y transformación a partir de formas de supeditación de la que algunas fundaciones se van independizando. Corinto ve cómo ocurre así con sus colonias, sobre todo con Siracusa. Ya no existe dependencia ni siquiera en el plano ideológico. Por otro lado, Atenas tiende a imponerse en el Mediterráneo a través del control de los mares que, si bien en general se dirige al este, ya ha empezado a proyectarse igualmente hacia el oeste, en la fundación de Turios y en los pactos con Segesta. La enorme difusión de la cerámica ática testimonia que la búsqueda de acceso a los aprovisionamientos va acompañada de la salida de los propios productos, elemento de valor económico e ideológico. Por supuesto, las posibles rivalidades navales entre Atenas y Corinto hay que encuadrarlas en el marco de las relaciones entre las ciudades antiguas vecinas, pues la intervención de los atenienses en Mégara, con la defección de ésta de la Liga del Peloponeso, después de la colaboración ateniense en Ítome y el deterioro consiguiente de las relaciones, ponía de manifiesto el inicio de hostilidades concretas, agravadas por la vecindad. Lo que se ponía en peligro era la posibilidad de convivencia de los territorios limítrofes. Factores de proximidad territorial y de controles lejanos se complementan e interfieren mutuamente, y no resultan excluyentes entre sí. El segundo de los motivos a que alude Tucídides es el enfrentamiento que tuvo lugar en Potidea, donde de nuevo se interfieren varias circunstancias. Se trataba de una colonia corintia, donde la metrópolis continuaba enviando epidemiurgos. Por Tucídides se sabe que los atenienses les ordenaron prescindir de éstos y desmantelar las murallas. El texto da a entender que se había producido algún tipo de movimiento de resistencia, apoyado por los corintios y por Perdicas de Macedonia. Permanecen las dudas acerca de las iniciativas, promovidas desde Corinto o desde Atenas. La situación revela, en cualquier caso, la gravedad que alcanzan las relaciones de Macedonia, en cuya corte se generan rivalidades aprovechadas por las ciudades griegas para apoyar a unos o a otros, al tiempo que el expansionismo macedónico empieza ahora a repercutir en las posibilidades de control del norte del Egeo por parte de las ciudades griegas. Por otro lado, sean cuales fueren las responsabilidades en el inicio concreto de la guerra, en las listas de tributos se nota un aumento importante de la aportación de Potidea para el ano 433-42, lo que no deja de ser un factor de conflicto, dentro de unas relaciones imperialistas. Los espartanos prometían invadir el Ática, mientras los atenienses Calias y Formión se dirigían a luchar contra Potidea frente a Perdicas, a los corintios y a la Liga Calcídica encabezada por Olinto. El asedio de Potidea era, de hecho, un aglutinador de todos los elementos del conflicto. Finalmente, entre los motivos por los que los espartanos lanzan su ultimátum a los atenienses, Tucídides menciona el decreto megárico, por el que los atenienses impedían a los megarenses el acceso a los puertos del imperio y al ágora ateniense. En los "Acarneos" de Aristófones, éste fue uno de los principales motivos de que estallara la guerra, circunstancia que también menciona Plutarco. Ste.-Croix, en su línea, quita importancia a un motivo que, desde su punto de vista, revelaría un aspecto anecdótico de las relaciones entre ciudades. Sin embargo, para Atenas era una medida importante, pues respondía a la actitud de los megarenses, que habían cultivado el territorio limítrofe y acogían en las fronteras a los esclavos fugitivos de Atenas. Se mezclarían, por tanto, las circunstancias territoriales que suelen llevar al enfrentamiento entre ciudades y las propias del desarrollo del sistema esclavista con la difusión de los intercambios vinculados al mercado inmediato y al imperio marítimo.

 

Los preliminares

 

Fueron los corintios quienes convocaron a los miembros de la Liga a una reunión en Esparta con el objeto de proponer la guerra contra Atenas. A las acusaciones de tratar de esclavizar a los griegos, una delegación ateniense que Tucídides sitúa en Esparta por casualidad contesta con los argumentos que fundamentan en sus méritos como liberadores de Grecia el derecho de los atenienses a poseer el imperio. Los espartanos, por su parte, aparecen divididos. Mientras el rey Arquidamo es partidario de mantener la paz con Atenas, el éforo Estenelaidas revela una actitud agresiva. Según Tucídides, el triunfo de la postura representada por este último se debió a la intimidación, pues despertó en los demás el temor a los atenienses, actitud coherente con lo que para el historiador es la causa de la guerra. En consecuencia con ello, los peloponesios enviaron un ultimátum a Atenas en el que exigían la abolición del decreto megárico, la autonomía de los griegos y la eliminación de los efectos de la mancha debida al sacrilegio cometido por los atenienses en el momento de la expulsión de la tiranía de Cilón, donde estaba implicado el demos de los Alcmeónidas, al que por línea materna se vinculaba Pericles. En un discurso puesto en boca de este último, Tucídides hace saber que, para los atenienses, la guerra, no deseable, tampoco puede evitarse con ceder a unas exigencias que, de aceptarse, se ampliarían indefinidamente hasta llegar a un enfrentamiento en que, con el retraso, los atenienses sólo conseguirían encontrarse más débiles. En estos momentos parece que la postura más belicista corresponde a los miembros de la Liga del Peloponeso, afectados por el crecimiento y desarrollo del imperio.

 

Los efectivos

 

En el inicio de la guerra, los atenienses cuentan con unos importantes efectivos en lo que se refiere a recursos marítimos. Han acumulado con el tiempo seis mil talentos procedentes de los tributos de la alianza, poseen trescientas trieres y abundantes thetes y metecos para dotar la flota, a la que se suman las naves de Samos, Quíos, Lesbos y, recientemente, Corcira. Los tres mil hoplitas eran menos que los peloponesios y, en principio, no se contaba como fuerza eficaz con los mil doscientos caballeros, que, en estos momentos, sólo se utilizaban para la defensa de los territorios más próximos a la ciudad y en misiones especiales. Los peloponesios cuentan fundamentalmente con un potente ejército de cuarenta mil hoplitas. Tucídides dice que su condición de campesinos les obligaba a evitar las acciones que los alejara excesivamente de su propio territorio. En el mar se mostraban muy inferiores, por todo lo cual confiaban en poder realizar una campaña rápida y definitiva que dejara a los atenienses incapacitados para seguir ampliando su dominio marítimo. Una guerra prolongada, que los mantuviera largo tiempo alejados de su territorio, podía ser fatal para el mantenimiento de sus propias estructuras internas, que requería atención constante en el plano económico y en el de la represión de los hilotas. Los aliados de Esparta aportaban en total cien trieres, pero tenían graves dificultades para la reposición, pues Atenas controlaba los más importantes accesos a las zonas madereras. Más grave era incluso el problema del reclutamiento de remeros, que en Atenas se hacía entre los thetes, libres sin tierra de los que no había equivalentes en las ciudades donde la ciudadanía seguía determinada por la condición hoplítica. La utilización de esclavos no resultaba igualmente favorable, por eficacia y por seguridad.

 

La guerra en tiempos de Pericles

 

El periodo de la guerra que ocupa los años 431-421 recibe habitualmente el nombre de guerra arquidámica, a causa del rey espartano que dirigió los ataques durante los primeros años, que de algún modo marcaron las características de todo el decenio, superioridad marítima y terrestre de atenienses y espartanos respectivamente, sin llegar a un enfrentamiento definitivo en un terreno donde las fuerzas de unos y de otros pudieran medirse de manera equiparable. Los planes espartanos buscaban una victoria terrestre atacando el Atica para que, por otra parte, los atenienses tuvieran que abandonar sus acciones de control naval con la intención de proteger el territorio propio. Sin embargo, Pericles tomó la determinación de no hacer frente a los ataques para evitar la eficacia buscada por sus contrincantes, que pretendían que así quedaran liberadas las ciudades del imperio. El ateniense pensaba que la ciudad podía prescindir de sus relaciones con el interior y vivir del imperio, en lo que seguía una línea de pensamiento que en cierta medida había sido ya la defendida por Temístocles. Mientras los espartanos atacaban el Ática por tierra, la flota ateniense podía dedicarse a atacar las costas del Peloponeso. La estrategia de Pericles, relativamente conservadora, ponía en duda la eficacia de la estrategia de Arquidamo. Ahora bien, también resultaba peligrosa para los propios atenienses, pues la teoría de la Atenas urbana frente al Peloponeso rural no constituía toda la verdad. El mismo Tucídides se encarga de hacer saber a sus lectores que todavía entonces una buena parte de la población ática vivía en el campo y, cuando Pericles propuso que abandonaran sus tierras, sus casas y sus templos, lo hicieron de muy mala gana. Todavía en el año 425, el personaje principal de los "Acarneos" de Aristófanes, Diceópolis, se quejaba de haber tenido que abandonar la vida del campo, donde, entre otras cosas, se ignoraba el uso del verbo comprar. La guerra y los aspectos sentimentales del abandono de la tierra se complican con el enfrentamiento de la autarquía con la economía donde se imponían los intercambios. Con todo, la estrategia de Pericles causó problemas internos, pero resultó eficaz en tanto en cuanto hacía ineficaz la política de bloqueo planteada por Esparta. Tanto es así que el motivo inmediato de la guerra se situó en otro lugar, en Platea, donde el conflicto civil hizo que algunos abrieran las puertas a los tebanos para que apoyaran a los oligarcas, pero el pueblo de Platea consiguió reprimir el movimiento y condenar a muerte a los traidores, después de haber prometido su salvación. Los atenienses no tuvieron que intervenir para ayudarlos, pero el hecho sirvió de motivo a Esparta para asediar la ciudad. La guerra civil o stasis llevó a la guerra entre ciudades. La actuación de Arquidamo debió de ser lo suficientemente lenta para que, de acuerdo con los planes de Pericles, se encontrara con los territorios del Ática por los que pasaba completamente desiertos. Los ejércitos espartanos quedaron en Acarnes a la espera de que la invasión y las acciones devastadoras de las tropas provocaran la reacción ateniense. La política militar planteada por Pericles funcionaba en líneas generales, y no había respuesta. Pero había algunas reacciones que respondían a los aspectos de la sociedad ateniense que no parecen haberse previsto dentro de los planes estratégicos. Ahora surgen, a este propósito, las primeras diferencias entre los ciudadanos. Algunos campesinos veían la necesidad de salir a proteger los territorios, en lo que se encontraban apoyados, según Tucídides, por los jóvenes que pretendían poner en práctica allí las tácticas militares para las que se hallaban adiestrados, modo de afirmación de su identidad ciudadana. Pericles reaccionaba con el envío de tropas de caballería para que evitaran la excesiva proximidad de los enemigos a la ciudad. A pesar de las circunstancias negativas, Pericles mantenía su actitud prudente, aunque tenía que evitar que fueran demasiado frecuentes las reuniones de la Asamblea. Los hoplitas, humillados, hacían notar sus voces y se fraguaba una cierta alianza ente ellos y la aristocracia ecuestre, frente a los intereses marítimos que influían en la línea marcada por Pericles. Según Plutarco, en la organización de formas de oposición sistemáticas estaría presente la figura de Cleón, aunque será difícil encuadrar tal actitud dentro del panorama político que parece vislumbrarse en estos momentos en la ciudad. Posteriormente, su actitud será más bien cercana a la que, colectivamente, podían representar los thetes. El año 430 se siguió la misma estrategia, aunque con más vigor por ambas partes. La invasión dirigida por Arquidamo llegó hasta la región de Laurio, donde las minas de plata constituían un importante apoyo financiero para la política imperialista. De este modo podían sentirse afectados los cimientos del sistema. De forma inmediata, sin embargo, fue más grave la difusión de una epidemia, que se conoce habitualmente como peste, aunque no es fácil determinar su verdadera naturaleza. Era en definitiva un nuevo aspecto negativo de la estrategia de Pericles, causado o por lo menos acentuado por el hacinamiento en la ciudad de las masas procedentes del campo. Otro efecto fue que ahora eran esas masas las que influían en las decisiones de la asamblea. Así puede explicarse la oscilación producida en sus votaciones, que se inclinan a favor de someter a juicio a Pericles y hacerlo perder la estrategia, para luego llamarlo de nuevo, en circunstancias oscuras, que demuestran cómo, ya en su tiempo, se notan los efectos internos de la guerra. Curiosamente, tales circunstancias coinciden con los momentos de mayores éxitos, la toma de Potidea tras un largo asedio y el establecimiento de clerucos, al tiempo que Formión vencía a la flota peloponesia en Río, cerca de Patras, y aumentaba así el control del golfo de Corinto y la protección del asentamiento de Naupacto.

 

Los sucesores de Pericles

 

A finales del año 429 Pericles muere. Los historiadores se plantean el problema de si existe algún político que pueda considerarse su heredero en la línea estratégica y en la capacidad de consenso. La respuesta es indudablemente negativa, aunque todos son de algún modo sus sucesores, pues pesa su imagen como para que traten de imitarlo, aunque las circunstancias históricas impidan que ninguna personalidad lo consiga. De manera inmediata, el problema se plantea en torno a la dicotomía entre Nicias y Cleón. De Nicias pueden considerarse similares a los de Pericles sus planteamiento moderados en la acción bélica, pero llevados a un extremo tal que más bien adquirió fama de cobarde. Por otra parte, por su afición a los adivinos y su tendencia a la superstición, Plutarco establece precisamente una oposición entre ambos personajes y caracteriza a Nicias como representante de una época de auge de tales prácticas, donde se extienden los temores ante teorías como las de Anaxágoras. Usaba adivinos propios para los asuntos políticos y para los asuntos privados. Desde luego no parece que pueda encontrarse dentro de lo que suele conocerse como el círculo de los amigos de Pericles. Era rico, aunque no pertenecía a ninguna de las familias aristocráticas conocidas en Atenas. Su riqueza se relacionaba con la explotación del trabajo de los esclavos, que poseía en gran cantidad y los alquilaba para el trabajo de las minas de Laurio. Su interés por proteger las costas del norte del Egeo se relaciona sin duda con que en Tracia se encontraba la principal fuente de esta mano de obra para los atenienses. De Cleón se dice que era mal orador. No tenía la educación propia del joven aristócrata ateniense y aparece definido como curtidor, lo que seguramente significa que poseía talleres explotados también con mano de obra esclava. Es objeto del desprecio por parte de Tucídides y de los ataques más virulentos de la comedia en general y de Aristófanes en particular. Su elocuencia vulgar es coherente con el desprecio que muestra hacia los sofistas. Sin embargo, en parte resulta también heredera de la estrategia de Pericles, de quien mantiene la actitud hostil y, personalmente, se aleja de sus amigos y hetairoi, de las relaciones en que se mueve la política aristocrática, para colocarse por encima de la polis en su conjunto. Si Pericles era filópolis, y no filohetairos, Cleón se define más bien como filodemos, próximo a un sector de la sociedad, el demos, no a su conjunto, por lo que en su actitud se rompería la tendencia a la concordia. También, como Nicias, era supersticioso. La realidad no permite otro Pericles, tampoco en el plano intelectual.

 

Platea, Mitelene y Corcira

 

Cuando, a causa del temor a la peste, los lacedemonios renuncian a invadir Ática, emprenden alternativamente el asedio de Platea, como castigo por su anterior actitud ante los tebanos. La situación se prolongó durante dos años, para acabar con una reducción violenta y la entrega de la ciudad a éstos. La invasión del Ática, en 428, no consiguió efecto alguno. Durante esos años los atenienses ejercieron una mayor presión sobre los aliados. Forzaron a Tera a someterse al tributo, pero no lo consiguieron con Cidonia, al noroeste de Creta. Parece que intentaban cortar el suministro de los peloponesios. Ante las dificultades, los atenienses tuvieron que recurrir por primera vez a la exigencia de la eisphorá, tributo interno que gravaba sobre los ricos y creaba conflictos intestinos al romper la concordia que se producía cuando el imperio beneficiaba a todos. En estas circunstancias, los oligarcas de Mitilene consiguen promover una rebelión en la que participaron todas las ciudades de la isla de Lesbos salvo Metimna. Piden ayuda a Esparta, pero los atenienses impedían que ésta se produjera con sus ataques navales alrededor del Peloponeso. Los oligarcas repartieron armas entre el demos, pero éste amenazó con entregar la ciudad, por lo que aquellos intentaron negociar con Atenas a través de Paquete, estratego encargado de la represión. Mitilene se tuvo que rendir, pues, el año 427 y en Atenas la Asamblea, a propuesta de Cleón, decidió la muerte de todos los varones y la esclavización de mujeres y niños. Una nueva reunión de la Asamblea trató al día siguiente de rectificar tan dura decisión. Cleón defendía la aplicación del castigo, pues el imperio tenía que actuar como una tiranía sin escuchar a los sofistas que hablaban de justicia, ya que ésta sólo serviría para envalentonar a los súbditos. Es la ley del más fuerte convertida en doctrina del representante del demos, frente al que Diódoto, defensor de las ventajas de la retórica, argumenta con la utilidad que puede extraerse de conservar la fidelidad del demos de los aliados, entre otras cosas para poder seguir obteniendo el tributo. El demos decide enviar una nueva nave para rectificar la decisión tomada el día anterior. Destruyen la muralla de Mitilene, confiscan la flota y distribuyen la tierra entre clerucos atenienses, pero seguía cultivada por los lesbios, en una forma específica de dependencia. Los campesinos dependen ahora de Atenas, no de los propios oligarcas. Al mismo tiempo, en Corcira estalló la stasis, o conflicto civil, heredera de las circunstancias que anteriormente habían servido para pedir ayuda a Atenas y provocar una de las causas de la guerra. La lucha se hizo famosa por las consideraciones que hace Tucídides acerca de la violencia interna, de sus implicaciones en la guerra entre ciudades y de la alteración de todos los valores, en una especie de análisis de psicología colectiva. Aquí intervienen, en efecto, tanto Esparta como Atenas, en favor de oligarcas y demócratas respectivamente, y la solución tomó una orientación democrática, ya en 425.

 

Pilos

 

En 427 los atenienses envión una expedición a Sicilia, a ayudar a las ciudades calcídicas frente a la agresividad siracusana. Para Tucídides, era un intento de dominio y, cuando los generales volvieron tras haber patrocinado una especie de pacto que no daba ningún beneficio a los atenienses, fueron condenados porque el demos esperaba obtener alguno, en momentos de gran confianza en el propio poder. Demóstenes, en 427, dirigió varias campañas en Etolia, en un plan terrestre lejano a los planteamientos de Pericles, pero la infantería hoplítica, de movimientos lentos, no pudo con los soldados ligeros en zonas montañosas conocidas de los aborígenes, hasta que luego llevó él también tropas ligeras y mesenios de Naupacto, con los que obtuvo la victoria en Anfiloquia, en el golfo de Ambracia. Es la época en que Demóstenes disfruta del más alto prestigio estratégico. En 425, una expedición a su mando, que iba camino de occidente según Tucídides, se asentó en la bahía de Pilos, tal vez para promover el levantamiento de los hilotas. Los espartanos que invadían el Ática tuvieron que abandonarla para atacar a Demóstenes, pero éste consiguió bloquear a cuatrocientos veinte hoplitas en la isla de Esfacteria, la que sirve de cierre a la bahía. Los espartanos se vieron obligados a pedir una tregua para negociar con los atenienses, a los que ofrecieron la paz, en época en que Aristófanes reclamaba, a través de Diceópolis en los "Acarneos", la consecución de una paz duradera. Cleón se opone desde el principio y la lucha se prolonga, hasta que el político se dedica a atacar a los estrategos. La reacción viene de la mano de Nicias, quien propone que sea el propio Cleón quien se encargue de las acciones encaminadas a acabar con la situación de manera definitiva. Tucídides dice que desde el punto de vista de las gentes honestas siempre resultaría beneficioso, porque o bien éste conseguía la victoria o acabarían librándose de él. De hecho se produce una importante alteración en el modo de llegar a la estrategia y en la condición social de sus depositarios. Los espartanos se rindieron y Pilos fue entregada a los mesenios de Naupacto, que se dedicarían a promover la agitación entre los hilotas del interior. Los prisioneros se convirtieron en rehenes para evitar la invasión del Atica. A estos momentos atribuye Tucídides el mayor optimismo ateniense, traducido en la elevación del phoros de la comunidad de los aliados hasta 1460 talentos. Otros triunfos vienen a consolidar la situación, protagonizados por Nicias en Corinto y Citera. Ahora tuvo lugar también la condena de los generales de Sicilia, a causa de la euforia de quienes creían que se podía haber sacado más provecho, y no haber dejado que el siracusano Hermócrates impusiera la teoría de que Sicilia había de ser para los sicilianos.

 

La reacción espartana: Brasidas

 

En Esparta, la figura de Brasidas se vincula a una reacción que lleva la contraofensiva primero a Mégara, donde hace fracasar los intentos atenienses por controlarla de nuevo, y luego al norte, a Tracia, para atender la llamada de algunas ciudades que, con el apoyo de Perdicas de Macedonia, trataban de liberarse del imperio ateniense. Naturalmente, las posturas internas no eran unánimes, pero la ocasión representaba una oportunidad notable para obstaculizar los principales recursos del imperio ateniense, en minas y madera. La expedición lejana obligaba a una transformación en el plano social, por lo que Brasidas procede a integrar a los hilotas en su ejército, en lugar de la condena y desaparición que anteriormente habían aplicado contra los que consideraban aspirantes al cambio de situación social. Habían matado a dos mil y ahora transforman a setecientos en hoplitas, a los que se suma un ejército mercenario. Esparta va a poder acceder al uso de una flota, con madera del norte y remeros libres pagados con plata. En el invierno de 424-23 tuvo lugar la rendición de Anfípolis y otras ciudades en que los espartanos recibían el apoyo de las minorías enemigas de Atenas. A partir de entonces se llega a una tregua, no cumplida por los mismos atenienses que la habían solicitado. Toman Escione, al sur de Palene, una de las tres penínsulas de la Calcídica, y Mende, por obra de Nicias que, a pesar de buscar la paz, sigue interesado en el control del norte del Egeo. Se habla de problemas derivados de la falta de coincidencia de los calendarios de cada una de las ciudades griegas. Finalmente, en 422, Cleón ataca Anfípolis, donde mostró su carencia de cualidades para el manejo de los ejércitos hoplíticos. En la batalla murieron tanto Cleón como Brasidas, los dos máximos promotores de una estrategia agresiva en estos momentos.

 

La paz de Nicias

 

Así, en 421, coincidiendo con el estreno de la "Paz" de Aristófanes, se firmó la paz entre Nicias y Plistoanacte, con el ánimo de que durara cincuenta años. La costa de Tracia quedaba dentro del imperio ateniense. En la firma participaron todos los estrategos de aquellos años, Hagnón, Demóstenes, los que habían estado cerca de Pericles y los que actuaban más enérgicamente en los años intermedios. Sin embargo, ni Corinto, ni los beocios, ni Mégara aceptaron las condiciones, donde veían un reparto hegemónico entre Esparta y Atenas. Anfípolis no se entregó a los atenienses ni éstos devolvieron Pilos. Los hechos fueron, pues, reticentes. En esas circunstancias, Corinto intentó una nueva alianza peloponésica con Argos, pero el sistema democrático de ésta provocó las suspicacias de las oligarquías de la zona. Así, la aparición de Alcibíades en Atenas motivó ciertos cambios en las relaciones exteriores. Alcibíades era un personaje curioso, perteneciente a la alta aristocracia, capaz de obtener varias victorias en las carreras hípicas en los juegos panhelénicos, de formarse en la retórica y la política con los sofistas y de participar de manera íntima en los círculos socráticos. Su carrera dependía de la guerra, por lo que personalmente pasa a coincidir con aquellos sectores del demos que estaban deseosos de volver a emprender acciones agresivas para el sustento del imperio lucrativo. Él fue el promotor de una alianza defensiva con Argos, que incluyó Mantinea y Elis. Pero Argos emprende en 419 el ataque a Epidauro y los espartanos reaccionaron atacando la Argólide, defendida por Mantinea y Elis. Alcibíades impulsa la acción agresiva sobre Arcadia y se les enfrenta en Mantinea, en 418, con la consiguiente victoria espartana. Como consecuencia, en el invierno de 418-17, Argos cae en manos de la oligarquía proespartana y firma la paz, hasta que un nuevo cambio interior lleva a repetir la alianza con Atenas. Corinto, como reacción, se acerca de nuevo a Esparta, lo que provoca los temores por parte de los atenienses, entre los que se agrieta la situación. Nicias aparece como partidario de volver a intentar consolidar la paz y recuperar Anfípolis, mientras que Alcibíades aparece como defensor del imperialismo agresivo, partidario de provocar el temor para no caer en el temor de la esclavización, representante de las nuevas generaciones ansiosas de ganar la gloria gracias a la guerra. Sin embargo, otro personaje partidario de la agresividad recoge la herencia no aristocráta de Cleón, Hipérbolo, objeto como éste de los ataques de Aristófanes y que, cuando se pretendía eliminar a Alcibíades como posible pretendiente a la tiranía, fue él mismo condenado al ostracismo, con lo que, según Plutarco, se desacreditaba la institución, pues ya no caía sobre un hombre digno, prestigioso y, como tal, posible aspirante al poder personal, sino sobre un hombre vil.

 

La expedición a Sicilia

 

En el año 416, los atenienses intervinieron en la isla de Melos, en la que, según algunas versiones, no habría ningún precedente que justificara la represión. La ciudad no pertenecería a la alianza y se trataba, por tanto, de una nueva incorporación basada simplemente en la fuerza. Algunos datos epigráficos muestran, sin embargo, que pudo haber relaciones anteriores que justificaran la intervención. Desde luego, no existía el fundamento ideológico que hablaba de la unidad de los jonios en torno al santuario de Delos, dado que los de Melos eran dorios. Tucídides reproduce un diálogo entre melios y atenienses en el que se plasma la discusión vigente en torno al imperio y sus justificaciones. Para los atenienses su intervención se justifica en el simple hecho de la superioridad conseguida en su anterior defensa de la libertad de los griegos frente al persa. Ahora, su derecho se basa en la existencia misma de esa superioridad. Se formula aquí de nuevo la ley del más fuerte predominante en los fundamentos ideológicos del imperio. Según los atenienses, sólo habla de justicia quien quiere evitar que caiga sobre sí el dominio del poderoso. Los melios no se dejaron convencer y la resistencia fue vencida con la consecuencia de la muerte de los varones y la esclavización de las mujeres y los niños. Los territorios de la isla fueron objeto de colonización. Parece que Alcibíades tuvo una parte en la negociación y representación de los melios, índice del camino que tomaban sus planes de agresividad y continuación del expansionismo imperialista. El episodio donde la tendencia se muestra más claramente fue el de la expedición a Sicilia, escenario de las manifestaciones agresivas del joven aristócrata y de sus coincidencias con el demos. En la isla, en efecto, habían surgido los disturbios entre los oligarcas y el demos, concretamente en la ciudad de Leontinos. La situación se complica porque los oligarcas reciben ayuda de Siracusa, cuando ha quedado establecida la democracia. Una situación parecida se plantea en Segesta, donde los demócratas piden ayuda a Atenas. Un primer enviado ateniense, Féace, regresa con la impresión de que va a ser muy difícil conseguir una coalición de las ciudades sicilianas capaz de unirlas frente a los siracusanos que, con su apoyo a las oligarquías, se han convertido en los enemigos de todas las ciudades en que puede encontrarse una tendencia democrática. En Atenas se plantea entonces un debate sobre la posible intervención activa de las tropas atenienses. Según Tucídides, en el debate estaba presente la idea de que Siracusa se podría convertir en un peligro si se hacía fuerte en toda la Grecia occidental, pero el verdadero motivo que llevó a la decisión positiva hay que buscarlo en las expectativas de una posible sumisión de la isla de Sicilia entera. Tras el pretexto de la actuación defensiva estarían ocultas las verdaderas intenciones imperialistas. La situación interna era tal que, a pesar del profundo desconocimiento de la isla que existía entre los atenienses, la asamblea votó favorablemente el envío de una expedición mandada por Nicias, Alcibíades y Lámaco. Nicias había argumentado en contra sobre la base de la difícil situación en que se encontraban Grecia y Tracia, donde crecía la necesidad de gastos. Podían acusarlo de que trataba de eludir, como rico que era, los gastos propios de las liturgias, pero él sabía que la opinión contraria procedía de "la juventud irreflexiva y ambiciosa que miraba sólo por su bien privado". Por su parte, Alcibíades argumentaba que el imperio era un bien para todos. La votación demostró que los intereses particulares de Alcibíades coincidían con los del demos.

 

La derrota siciliana

 

La noche antes de que la expedición partiera fueron mutilados las hermas de la ciudad, bustos sobre basas portadoras de símbolos sexuales colocadas en cruces de calles y lugares específicos, representación del traslado al centro urbano de la simbología reproductora de la tierra y, por tanto, de la historia de la ciudad misma. Ello por tanto tuvo que despertar una viva indignación en los ciudadanos, escandalizados por el sacrilegio hacia la representación de su propia identidad, en ambiente democrático. Por otro lado, en el momento crítico vivido, crece la superstición y el miedo a los peligros que pudieran estar fraguándose en torno a una expedición de por sí conflictiva. Así, surgieron las preguntas sobre si los causantes eran los mismos que querían evitar que la expedición se llevara a cabo. Por otro lado, a esta superstición se unió la procedente de otra acción que se atribuía a Alcibíades y a algunos jóvenes de la aristocracia. Se decía que habían celebrado una parodia de los misterios de Eleusis, cuyos contenidos estaban absolutamente vedados y no podían revelarse a los no iniciados, con lo que la violación se hacía doble. El conjunto se interpretó como una conspiración contra la democracia, en un momento en que se acusaba a Alcibíades de posible aspirante a la tiranía. En las comedias de Aristófanes se equipara su deseo irrefrenable de acción a la posible aspiración al ejercicio de la tiranía. De momento, el miedo a que la expedición fuera suspendida trajo como reacción en el demos la decisión de acelerar la marcha de la flota, a cuya partida acompañaron grandes manifestaciones de entusiasmo popular. Alcibíades y la expedición se convierten en el eje de las tensiones del demos. Desde el principio, en la expedición surgieron diferencias con motivo de los distintos planes defendidos por cada uno de los estrategos. Nicias sólo pretendía conseguir la protección de Segesta, mientras que Alcibíades y Lámaco planeaban el ataque a Siracusa. Sin embargo, la mayor complicación procede de que entonces llegara a la flota la llamada que ahora hacía el pueblo ateniense para que regresara a someterse a juicio. Las tensiones, con los thetes mayoritariamente en la flota, se habían resuelto en ese sentido. Por su parte, los siracusanos piden ayuda a Corinto y Esparta, pero en ello interviene Alcibíades, que ha escapado y buscado refugio en Esparta, donde, según Tucídides, pronunció un significativo discurso. Según Alcibíades, Atenas pretende dominar el mundo, por lo que recomienda colaborar a ponerle freno. En lo que a él personalmente respecta, dice que sólo se ha manifestado como demócrata por conveniencia, porque, en una ciudad como Atenas, ése era el único medio de hacer carrera política para los jóvenes de la aristocracia. Aunque expresado de modo cínico, refleja la verdad de ciertos individuos de la mencionada aristocracia. Alcibíades proponía la invasión del Ática, pero pretendía que se hiciera con más profundidad, con la ocupación y fortificación de Decelia, para poder llegar a paralizar la explotación de las minas de Laurio. Era mucho más ambicioso que el plan de Arquidamo. Las defecciones que se esperaban más la falta de recursos, podrían traer consigo el final de Atenas. En el año 413, de hecho, se produjo la derrota ateniense en Sicilia, con la esclavización de buena parte del ejército y la muerte de Nicias y Demóstenes, estratego que había ido en una segunda expedición.

 

La oligarquía

 

En estos momentos, dadas las circunstancias, renacen las esperanzas persas en Asia Menor, en el reino de Darío II. De este modo, se llega a un pacto con los espartanos, dispuestos a cederles el control sobre esos territorios a través del debilitamiento de Atenas y la desaparición del imperio. Entre los persas sobresale ahora el papel del sátrapa Tisafernes que, paralelamente, establece conversaciones con Alcibíades, que empieza a no ver claro con los espartanos. Entre tanto en Atenas, las circunstancias de la derrota llevaron al establecimiento de medidas excepcionales que se plasmaron, primero, en el nombramiento de diez probouloi, consejeros que promovían la legislación previamente a cualquier decisión de la asamblea. Aristóteles sabe que el sistema probuléutico tiende a favorecer a la oligarquía. De hecho crecieron sus actividades hasta que, en 411, se estableció la oligarquía de los cuatrocientos, donde sólo votaban los miembros de una boulé de número reducido. Más tarde, el sistema se transformó en una oligarquía hoplítica, donde había cinco mil con derechos políticos, definidos como los poseedores de hopla, de las armas propias de los hoplitas. Esto significaba efectivamente una reducción de los derechos del demos, agravada por el hecho de que se abolieran las pagas de que eran beneficiarios los pertenecientes a la clase subhoplítica, los thetes. Parece que en este proceso participó Sófocles, el dramaturgo, clásico representante de la moderación. Por su parte, el historiador Tucídides pensaba que era el mejor gobierno desde la muerte de Pericles. Seguramente respondía a las aspiraciones de quienes todavía esperaban recuperar aquel sistema identificado con la concordia y la convivencia pacífica de las diferentes clases, lo que resultaba difícil tras las profundas transformaciones que están sucediendo durante la guerra. El proceso, con todo, ha sido complejo. Cuando se estableció la oligarquía en Atenas, la flota, que se hallaba en Samos, permaneció fiel a la democracia. Parece que Alcibíades desempeñó un importante papel para que ambos bandos aceptaran la situación intermedia representada por los cinco mil. Según Tucídides, Terámenes hablaba del miedo de los oligarcas a la flota de Samos. El argumento de Pisandro, de que la democracia era incapaz de continuar la guerra, colaboró a que se aceptara el regreso moderado a la situación en que participaban los hoplitas. De hecho, sin embargo, inmediatamente la política oligárquica se dirigió a la búsqueda de la paz con Esparta. Terámenes se define como personaje característico de este momento, de equilibrio entre la recuperación democrática y el dominio de la oligarquía. Su apoyo se encuentra en los hoplitas, temerosos de caer bajo el control de una oligarquía tiránica, pero insegura, al mismo tiempo, ante la democracia imperialista.

 

Los Treinta Tiranos

 

En los estrechos Alcibíades emprendió importantes campañas y obtuvo victorias en Cícico y Abido que abrían los accesos de la Propóntide y el Helesponto. La nueva agresividad y la actividad naval fortaleció los impulsos democráticos, que se materializaron en el apoyo popular a la figura de Cleofonte, nuevo representante de los sectores de procedencia oscura, de los que formaban parte Cleón o Hipérbolo. De este modo, en el año 410 se restableció el consejo de los Quinientos, los tribunales populares y los pagos por servicios públicos y se fijó el diobolo como subsidio a cualquier ciudadano. En el año 408 Alcibíades se atreve a regresar a Atenas donde, a pesar de la oposición de algunos, recibe una acogida triunfal y es nombrado hegemón autokrátor, pues esperaban que fuera capaz de restaurar el imperio y de recuperar todas sus ventajas para el demos. Sin embargo, la actividad espartana en Asia Menor continuaba siendo beneficiada por las circunstancias del mundo persa, donde el nuevo sátrapa de Sardes, Ciro el Joven, hijo de Darío, favorece el mantenimiento de relaciones amistosas con el espartano Lisandro, que se preocupa especialmente del crecimiento de la flota, con la ayuda de los persas. Las posibilidades que prometía Alcibíades, de recibir ayuda de los persas, quedaban definitivamente esfumadas. Lisandro, en 407, consigue la victoria sobre la flota ateniense en Notion, en las costas de Asia Menor frente a Samos. Alcibíades ve cómo desaparece la justificación de su presencia en Atenas, basada en la victoria, y huye al Quersoneso. Luego sólo aparecerá circunstancialmente como consejero de una estrategia que los atenienses no consideraron adecuada, pero fueron derrotados por ello. Tal vez se trate de una forma de propaganda póstuma favorable al político exiliado. Todavía en 406, los atenienses consiguieron una nueva victoria en la batalla naval de las Arginusas, entre Lesbos y las costas de Asia Menor. Pero el triunfo no impidió que se pusieran de manifiesto los graves problemas internos de la ciudad, cuando los generales victoriosos fueron condenados a muerte, en un juicio que se consideraba ilegal, por el hecho de haber abandonado a los náufragos o de no haber recogido los cadáveres, según las fuentes. Según Jenofonte, el juicio estuvo promovido por Terámenes, pero también se nota la presencia de los representantes más radicales de las tendencias democráticas. Los espartanos luego pidieron la paz, pero la tendencia dominante en el demos conducía naturalmente al rechazo. En el año 405, Lisandro vence a los atenienses en la batalla de Egospótamos, en el Quersoneso, lo que llevó a la aceptación de la paz, conducida por Terámenes, en que admitían las condiciones de renunciar a la Liga y a las cleruquías. Aristóteles dice que en Atenas había que distinguir entre dos corrientes dentro de los nobles antidemócratas, los que buscaban el establecimiento de la oligarquía y los partidarios de la patrios politeia, la constitución propia de los antepasados, que, simplemente, puede identificarse con el régimen en que participan y controlan los miembros del ejército hoplítico. El triunfo en el debate interno les correspondió a los oligarcas, encabezados por Critias, que, según Jenofonte, reconocía que el nuevo régimen, formado por los Treinta, había de comportarse como una tiranía para evitar eficazmente la vuelta de la democracia. Su eficacia estaba en la represión, que ejerció incluso contra Terámenes, acusado de actuar de manera ambigua y de facilitar la recuperación de los enemigos.

 

La restauración democrática

 

Para la oligarquía resultó verdaderamente más perjudicial el hecho de enajenarse la voluntad de los miembros de la propia clase que pretendía restaurar en el poder. La oligarquía, decía Platón, produce la violencia dentro de la propia clase. De este modo, comienza a agruparse un sector de los exiliados, encabezados por Trasibulo y Ánito, que se manifiestan defensores del sistema hoplítico. Varias de las ciudades aliadas de los espartanos les prestaron ayuda, lo que indicaba cómo la radicalización de posturas subsiguiente a la guerra permitió paralelamente la desintegración de la coherencia de cada bando. Los grupos más extremados de Atenas necesitan el apoyo espartano, pero los aliados de Esparta no se identifican con esos grupos en el momento de definirse en relación con la política interior ateniense. Están dispuestos a admitir la inclusión de tres mil en la ciudadanía activa, pero Terámenes ataca el esquematismo, en la idea de que todos los buenos deben integrarse con pleno derecho. Critias utiliza el apoyo de bandas armadas representantes de los grupos secretos aristocráticos que se convirtieron en su verdadero apoyo. Terámenes parecía próximo a una figura como la de Sócrates, que se quejaba de la violencia de los Treinta, pero Critias critica sus contradicciones, sobre la base de que no es posible la oligarquía sin tiranía. Terámenes, por su parte, tampoco admitía la democracia en la que tenían parte los que necesitan una dracma, es decir, los que reciben el misthós, los thetes. La restauración democrática vino de la mano de Trasibulo y sus colaboradores, que pasaron de Tebas a File y luego al Pireo, donde se sitúan en Muniquia. Los Tres Mil deponen a los Treinta y nombran a los Diez para negociar. Los Treinta se refugiaron en Eleusis hasta el ano 401-400. La resistencia se hizo más difícil cuando entre los propios espartanos surgieron diferencias que enfrentaban a Lisandro y a Pausanias, este último contrario a apoyar el régimen tiránico que había recibido la ayuda del primero. Trasibulo se presenta como abanderado del discurso de la concordia, lo que llevó a que posteriormente se declarara la amnistía, unida a la restauración datada en el año ático 403-02, el del arcontado de Euclides, específicamente alabada por Aristóteles como moderada. Algunas medidas pueden ser significativas, como la instauración de los nomótetas, encargados de redactar leyes, que se encontrarían por encima de cualquier decreto que hubiera sido votado en la asamblea. También se plantearon reformas sobre el estatuto de la ciudadanía, algunas tendentes a la ampliación, incluyendo metecos y esclavos por méritos de guerra, otras tendentes a la reducción, como la de Formisio, del grupo de Terámenes, que pretende que se reduzca a los que tienen tierras, pero que fue rechazada. Su aprobación habría significado, según Dionisio de Halicarnaso, la exclusión de cinco mil ciudadanos, lo que quiere decir que la medida no se refería al estatuto del hoplita, sino que admitía como ciudadano a propietarios de pequeñas parcelas de los que se incluían entre los thetes. El síntoma más significativo de que los conflictos continuaron fue la condena de Sócrates, el año 399, donde siguen presentes los efectos de los anteriores enfrentamientos, como el de Terámenes con Critias, pero también el proceso de las Arginusas y las actuaciones conflictivas de Alcibíades y Critias, de cuya formación se acusaba a Sócrates. La presencia entre los acusadores de Ánito, participante en el proceso de restauración, enemigo de los sofistas, admirador despreciado de Alcibíades, es uno de los síntomas, en definitiva, de la pervivencia de la conflictividad interior en la ciudad.

 

Supremacía espartana

 

Tras la guerra del Peloponeso, la situación de todas las ciudades griegas se ha transformado y la propia Esparta entra en la dinámica que se titula habitualmente de lucha por la hegemonía, entendida como aspiración al control de territorios lejanos y de poblaciones susceptibles de ser sometidas a dependencia. Lisandro organiza un imperio controlado por los harmostas y con la colaboración de las oligarquías locales. El rey Agesilao emprende la labor de recuperar para Esparta los territorios de la costa jónica, a través del procedimiento de liberar las ciudades griegas, del dominio ateniense y del peligro de caer bajo el persa. Pero en la península helénica se organiza una alianza antiespartana, formada por Atenas, Tebas, Argos y Corinto, que obligaron a regresar a Agesilao. Fue la guerra de Corinto en la que la victoria de Coronea no proporcionó a los espartanos ningún beneficio importante. Que Atenas restaurara los muros y que Conón, con la ayuda del oro persa, pudiera reconstruir la flota, llevó a Esparta a iniciar las negociaciones que llevarían a la Paz de Antálcidas. Paralelamente, la revuelta de Cinadón, en 397, que había reunido a todos los sectores de las clases marginales espartanas, había colaborado a minar las estructuras sociales y militares de la ciudad triunfadora. Los impulsos expansivos volvían a chocar con los frenos procedentes de las rígidas estructuras sociales espartanas.