Edad del Bronce y Grecia Antigua

3.- Esparta y la Liga del Peloponeso

 

Durante las guerras médicas, los conflictos internos de Esparta se manifestaban en términos de medismo, sobre todo en el caso del rey Demarato, exiliado entre los persas, colaborador e incitador para que atacaran Grecia, al tiempo que, en Heródoto, se muestra como admirador de las instituciones espartanas, contrario al despotismo del Rey. Luego, permanecieron las dudas y la tendencia a proteger el territorio sólo desde el Istmo, lo que produjo problemas con sus aliados atenienses. El final de la guerra no aclaró totalmente el panorama, agravado más bien por las relaciones internas de la Liga del Peloponeso. En esos años, Tegea y Elis dan síntomas de que la coherencia está dañada, al margen de que continúan los problemas con Argos, inclinada hacia los persas. Incluso hay datos para pensar que algunos de los asentamientos de periecos se mostraban tendentes a aprovechar la coyuntura en favor de su propia secesión. Eran circunstancias complicadas las que vivía Esparta en los momentos en que los atenienses vencían en Salamina y, después, ellos mismos dirigían las tropas hacia Mícala y Platea. Después de Mícala, no quisieron atender a la llamada de los griegos que pedían ayuda para liberarse de los persas. Pausanias sí tuvo un papel activo en Platea, donde, por otra parte, Heródoto tiene que reconocer el mérito especial que había que atribuir a las tropas ligeras, formadas por personal no espartiata, incluidos los hilotas, a quienes Pausanias encargaría el reparto del botín.

 

Pausanias: la tiranía y los persas

 

La gloria también fue para Pausanias, pero, según se decía, había hecho un monumento en que se atribuía personalmente los méritos de la victoria, con lo que faltaba a la práctica propia de los espartanos y, en general, de los ejércitos hoplíticos, consistente en actuar colectiva y solidariamente, para que los méritos correspondieran igualmente a la colectividad. Después, al mando de la flota, recupera Bizancio de manos de los persas, pero inmediatamente empiezan a quejarse los griegos del trato tiránico que recibían de él, que se había hecho una guardia oriental y andaba por la ciudad como un reyezuelo al servicio del rey de los persas. La agudización de los aspectos individualistas que habían comenzado a fraguarse en su autoelogio posterior a Platea llega a su extremo al adoptar esas formas típicas del despotismo oriental. Los espartanos lo hicieron volver como objeto de una acusación, para someterlo a juicio, porque pretendía convertirse en tirano. Al parecer, prometía la libertad a los hilotas. Junto con los aspectos formales que podían hacer pensar en ese tipo de proyecto, el hecho mismo de pretender, frente a la opinión dominante, continuar con el control del Egeo y liberar a los dependientes, para crear un demos libre capaz de actuar, al menos en sus posibles pretensiones, como actuaba el demos ateniense, elemento básico de la expansión naval, hace pensar que en la acusación contra él podría haber algo de verdad, pues respondería así tardíamente a la figura de los tiranos, instrumento de liberación del pueblo en vías de caer en la servidumbre, al tiempo que efecto y vehículo de las transformaciones vinculadas al nacimiento de los intercambios de la edad arcaica. En las vicisitudes de la biografía de Pausanias, absuelto, refugiado entre los persas y nuevamente condenado, se interfieren las relaciones con Atenas y el desarrollo inicial de la Liga de Delos, al mismo tiempo que las acciones de Temístocles, enemigo de los espartanos pero acusado de colaborar con Pausanias, lo que revela a medias ciertas coincidencias cuya naturaleza de fondo no aparecen claras. Los espartanos no querían continuar con la hegemonía, una vez que ésta se convertía necesariamente en hegemonía marítima y se traducía en acciones ultramarinas, con una flota que imponía formas de liberación como la propuesta por Pausanias. Sin embargo, de una anécdota de Éforo transmitida por Diodoro Sículo se desprende que ésa fue la opinión dominante, impuesta por la gerusía, como órgano más representativo de la oligarquía que acaparaba el poder, minoría dentro de la minoría de los espartiatas. Las noticias de la pérdida del dominio marítimo habían levantado protestas, así como la contrapropuesta consistente en recuperarlo para bien de Esparta y de los espartiatas. Diodoro dice que era ésa la opinión mayoritaria entre los jóvenes, pero que uno de los Heráclidas se impuso por su prestigio, al preconizar que el tipo de dominio no era propio de Esparta sino de Atenas, y que sólo provocaría problemas, sin duda los derivados de las transformaciones sociales que necesariamente llevaba consigo.

 

Tercera Guerra Mesenia

 

El final de Pausanias y la retirada de la hegemonía dejaba todas las decisiones espartanas en manos de esa oligarquía aislacionista y conservadora, ahora especialmente fortalecida. Sin embargo, su capacidad para tomar decisiones internas no la libró de enfrentarse a múltiples problemas procedentes de los márgenes de su realidad. Desde 471, parece que, en cierto modo como efecto de la actividad de Temístocles en el Peloponeso, reaparecen los problemas entre los eleos y los tegeatas, tendentes a convertirse en ciudades democráticas y a aliarse con los argivos, que continuaban manifestando su hostilidad a los espartiatas. En la década de los sesenta, los arcadios llegaron a formar una coalición que fue derrotada en la batalla de Dipea. Ni los datos ni las investigaciones habidas hasta el momento permiten definir con cierta exactitud cuál es el grado de democratización a que llegaban estas ciudades rivales de Esparta, ni cuál sería su identificación en el plano económico y social, cuáles eran los límites de la participación en la politeia y los derechos reales que ésta aportaba a los grupos de la colectividad. Hay que suponer, con todo, que al menos suponía una notable ampliación del cuerpo cívico con respecto a una oligarquía restringida. Ahora bien, el problema más grave con el que tuvieron que enfrentarse los espartanos fue el de la llamada tercera guerra mesenia, consistente realmente en la revuelta de los hilotas de Mesenia, relacionada con un terremoto atribuido a la voluntad de Poseidón, dios que conmueve la tierra, que tenía un santuario en el Ténero, lugar de asilo de los hilotas. Sin embargo, la resistencia más fuerte de la rebelión, que se dice que duró diez años, desde mediados de los sesenta a mediados de los cincuenta, tuvo lugar en el monte Ítome, donde también había un santuario dedicado a Zeus, en que los hilotas conservaban, en Mesenia, algún tipo de asilo. Posiblemente, la actuación anterior de Pausanias no es ajena a los gérmenes de todo este proceso de rebeldía. La ayuda prestada por los atenienses a iniciativa de Cimón y el rechazo posterior de parte de los espartanos contribuyó al inicio de las hostilidades entre ambas ciudades y a las transformaciones democráticas de Atenas, a iniciativa de Efialtes. Hubo también grupos de periecos de diferentes asentamientos que apoyaron la revuelta. En su primer impulso, el movimiento tomó una actitud más activa, pero luego se limitaron a resistir en el monte Ítome. En relación con estos datos, existe alguna ambigüedad sobre la participación de hilotas laconios, seguramente debido a que el desenlace centrado en Mesenia influyó en la orientación en este sentido de las fuentes que tienden a considerar el movimiento como específicamente mesenio. Al final, seguramente porque el inicio de las hostilidades con Atenas obligó a los espartanos a dispersar fuerzas, éstos se vieron forzados a llegar a un pacto con los rebeldes y, si no les concedieron la posibilidad de quedarse cultivando sus tierras, al menos los mesenios pudieron asentarse en Naupacto, en el golfo de Corinto, en la costa de Lócride, donde desempeñarían un importante papel en las relaciones entre Atenas y Esparta.

 

Liga del Peloponeso

 

A lo largo del período de la pentecontecia, o cincuenta años de paz, la que se vería, como se había visto y se verá, constantemente violada, las relaciones de Esparta con sus aliados no aparecen del todo claras. Por un lado, la Liga del Peloponeso sería la heredera de las relaciones creadas antes de las guerras médicas entre Esparta y las ciudades de la península, que para Heródoto eran una forma de sumisión. Sin embargo, la guerra misma había transformado esa liga en una Liga Helénica, que tuvo vigencia teórica hasta mediados de siglo, pero que de hecho se había desvirtuado desde el momento en que se formó otra alianza en torno a los atenienses. Ello sin duda repercutió en las relaciones internas entre los peloponesios, como puede deducirse de los acontecimientos en los que al parecer había tenido un papel promotor Temístocles. La difusión de la democracia había significado paralelamente la aparición de impulsos secesionistas. Sin embargo, una vez que se llegó, en los cincuenta, a una tregua en el problema mesenio y, en los cuarenta, a la paz con Atenas, la situación va haciéndose más estable. Ello no impide, de todos modos, que la alianza siga teniendo un carácter relativamente heterogéneo. Tucídides, en el libro II, capítulo 9, señala claramente una diferencia entre los aliados procedentes del Peloponeso y los de fuera del Istmo. De dentro estaban todos menos los argivos y parte de los aqueos, de fuera del Peloponeso se cita a los megarenses, los beocios, los locrios, los focidios, los ampraciotas, leucadios y anactorios. Ello parece responder no sólo a un criterio geográfico, sino a circunstancias de tipo político, dado que, al parecer, sólo los peloponesios estaban atados por los votos del conjunto de la Liga. Sin embargo, la identificación geográfica no es total, pues los beocios y, tal vez, los focidios y locrios aparecen en algunas circunstancias como si estuvieran integrados plenamente en la Liga con todas sus consecuencias. El problema, con todo, permanece vinculado más bien a la posibilidad de atribuir caracteres institucionales a realidades expresadas como los espartanos y sus aliados, que pueden corresponder a alianzas sujetas a las alternativas de las relaciones entre pueblos y entre los sectores que funcionan en cada ciudad, partidarios o no de respetar las condiciones de cada alianza en cada momento. Los juramentos funcionaban de acuerdo con factores ajenos al mundo de un derecho internacional que, como tal, no tenía una existencia plena. De las expresiones con contenido jurídico, así como de las actuaciones concretas, se deduce que la alianza, que puede definirse como symmachía, por la que los aliados han jurado tener los mismos amigos y los mismos enemigos, se configura como un conjunto de relaciones establecidas, una a una, entre Esparta y los demás. No hay un pacto común ni pacto de las demás ciudades entre si. Ahora bien, la Liga pretendía convertirse, a pesar de todo, en una institución permanente y todos los miembros de esa Liga, formada a través de alianzas particulares con Esparta, tenían voto dentro de ella. De cualquier modo, la condición específica y particular de Esparta se notaba en la existencia de una superioridad de hecho, a la que los textos antiguos califican como hegemonía. Por una parte, permanece vigente la cláusula fundamental de las alianzas particulares con Esparta, tener los mismos amigos y los mismos enemigos que ella, lo que se traduce en una inmediata superioridad en el plano bélico. Se hacen las guerras que Esparta determine, porque, además, existe una cláusula, tal vez tardía, que fuerza a todos a seguir a los espartanos adonde ellos los conduzcan. Por otra parte, en los congresos de la Liga, Esparta vota de manera independiente frente al conjunto de los aliados, lo que de hecho los convertía en seguidores de las decisiones hegemónicas. Ella es, en tercer lugar, la única ciudad con capacidad para convocar ese congreso y, además, la que ejercía la presidencia. Todo esto transforma el problema del voto en una cuestión sin sentido. La Liga del Peloponeso era la expresión de la hegemonía espartana en el Peloponeso, con el añadido de algunas otras ciudades, por afinidades que se van concretando según se crea la diferenciación dicotómica que va a conducir a la guerra del Peloponeso. La denominación normal de la Liga es, así, la de lacedemonios y aliados y sólo en algunos momentos los oradores se dirigen a los aliados, sin especificar a los miembros de la ciudad hegemónica. Por ejemplo, da la impresión de que los corintios, antes de la guerra del Peloponeso, tengan necesidad del voto de todos para que la Liga se decida a declarar la guerra. En ésta, serán naturalmente los espartanos los que desempeñen todas las jefaturas militares. El mando supremo estaba, consecuentemente, en manos del rey. El papel del congreso de la Liga se revelaba sobre todo en las declaraciones de guerra del conjunto, pues a él habrían de acudir tanto Esparta como las demás ciudades para iniciar una guerra que pudiera considerarse responsabilidad de todos, y por ello se explica que entonces los corintios hablaran a los aliados, y no específicamente a los espartanos, para pedir que se iniciara la guerra del Peloponeso. Luego, no siempre, sobre todo en momentos conflictivos, cada miembro actuaba en consecuencia. De hecho, los aspectos jurídicos quedaban superados por los religiosos, pues el juramento sacro era el que daba valor al pacto, de la misma manera que la cláusula de reserva se fundamentaba también en que alguna oposición se expresara por parte de dioses o de héroes. Este impedimento se manifestaba habitualmente en forma de coincidencia con alguna fiesta religiosa o de sacrificio cuyos resultados negativos indicaran que la divinidad se oponía a la campaña en cuestión. No parece, en cambio, que la Liga funcionara como algo parecido a un estado federal, pues ni siquiera era el organismo supremo representado por el congreso el encargado de arbitrar en las cuestiones que pudieran surgir entre sus miembros.