2.-
Evolución de los acontecimientos
La
revuelta de los jonios contra los persas motivará la solicitud de ayuda
a las demás polis griegas. La revuelta fue aniquilada por Darío quien
establecía la autoridad perdida. Para asegurar el dominio de Tracia y
Macedonia, un fuerte ejército y la flota persa al mando de Mardonio se
dispuso a ocupar la mayor parte de la península griega. La reacción de
los griegos fue positiva ya que los atenienses derrotaron a sus enemigos
en la batalla de Maratón. Será Jerjes algunos años más tarde quien recupere
el plan de invasión. Tras un primer éxito en las Termópilas, los persas
cosecharán tres rotundos fracasos en las batallas de Salamina, Platea
y Mícala. Durante treinta años los griegos disfrutaron de paz, saliendo
beneficiada del conflicto Atenas quien pondría en marcha su imperio.
La
revuelta jónica
En
efecto, con la ayuda del sátrapa Artafernes y el apoyo de Darío, el año
500, Aristágoras emprende el ataque a Naxos, con ánimo de restaurar la
oligarquía y conseguir un apoyo para Persia en las islas del Egeo, buen
camino para controlar las demás islas e intentar continuar la marcha expansiva
que para el imperio se hacía imprescindible. La expedición terminó en
un fracaso, posible causa de las ulteriores inquietudes de Aristágoras.
Entre tanto, según cuenta Heródoto, Histieo, retenido por los persas en
Susa, le envió un mensaje, tatuado en el cuero cabelludo de un esclavo,
para incitarlo a la rebelión. Esperaba que le ordenaran volver para aplacarla.
Sin embargo, detrás de los motivos personales de uno y de otro, parecen
poder vislumbrarse conflictos más profundos en las motivaciones de la
intervención en Naxos y en la misma actitud de Aristágoras en Mileto,
como para pensar que los individuos intentan mantener su poder adecuándose
a las realidades cambiantes. Ya Heródoto pone en boca de Histieo la afirmación
de que sus posibilidades de ser tirano están apoyadas en la presencia
de Darío. Las alternativas para ello sólo se encuentran en un cambio de
actitud en lo interior y en lo exterior. En efecto, en los inicios del
siglo V, las relaciones entre ciudades y las relaciones sociales internas
empiezan a mostrar rasgos específicos. Seguramente, ésa es la razón por
la que Aristágoras aparece ahora como promotor de la democracia ante los
milesios, buscando el apoyo del demos a falta del apoyo persa. La presencia
de éstos, a pesar de la suavidad del sistema imperialista, había producido
alteraciones en las relaciones de mercado que afectaban a los puertos,
en competencia con los puertos fenicios. Por otra parte, el sistema tributario,
impulsado a la expansión, al encontrar obstáculos entre los escitas y
limitaciones entre las ciudades griegas, creaba repercusiones que podían
afectar a las relaciones sociales internas.
Aristágoras
en Esparta y Atenas
Antes
de ponerse en acción, Aristágoras se dirige a las grandes ciudades de
Grecia, Esparta y Atenas, en busca de ayuda. Se presentó con un "mapa
de la tierra entera", efecto del desarrollo de los estudios jónicos
de geografía, herederos de Anaximandro y de Hecateo, para que se convencieran
del interés que para ellos podía tener el control de los territorios de
Asia. Los espartanos no estuvieron dispuestos a alejarse tanto de sus
propios centros de interés. A pesar de que se decía que Esparta poseía
la hegemonía entre los griegos, sus intereses quedan circunscritos a la
península balcánica e, incluso, según se van definiendo en los años sucesivos,
al Peloponeso. En cambio, Atenas y, de modo secundario, Eretria respondieron
positivamente. Los de Eretria decidieron enviar cinco naves, seguramente
porque sus contactos con las costas del Levante mediterráneo podían comenzar
a verse afectados, después de haber permanecido activos desde los siglos
oscuros, según puede deducirse de los restos arqueológicos de los asentamientos
sirios. La situación ateniense parece más compleja. Las posibilidades
de obtener ventajas económicas de los contactos con las zonas controladas
por los persas se veían interferidas por los mismos conflictos internos
de la ciudad, pues los persas se dedicaban a apoyar a Hipias y la actitud
de los Alcmeónidas resultaba ambigua. Para Heródoto, que en general parece
adoptar una actitud de defensa de los miembros del genos, fue más fácil
para Aristágoras convencer a muchos que a pocos, al demos ateniense que
a Cleómenes, en la idea de que la revuelta que se fraguaba era el origen
de todos los males para los griegos. Parece que, en su opinión, habría
sido mejor no apoyarla, de acuerdo con algunos de los sectores de la clase
dominante ateniense.
Ofensiva
y fracaso
Los
atenienses envían, pues, veinte naves. La rebelión se convirtió en una
manifestación de la solidaridad de los jonios que se autodefinen, de acuerdo
con los atenienses, como enemigos de la tiranía, ahora claramente identificada
con las actitudes favorables a los persas. Con ello se encauza políticamente
la tensión creada como consecuencia del curso que tomaban los acontecimientos
internos de las ciudades. Las actitudes internas se traducen en posiciones
específicas en relación con los persas. Algunas opiniones conocidas, como
la de Hecateo, se oponían a la revuelta. Heródoto se hace eco de la oposición
cuando ve en aquélla el inicio de los males para los griegos. La expedición
tuvo un primer éxito espectacular, cuando los jonios llegaron a Sardes,
se apoderaron de las zonas periféricas y pusieron fuego a algunos centros
religiosos. Parecía fácil obtener la adhesión de las poblaciones de Licia
y Caria, que se unieron a la rebelión. En el mar, la lucha adoptó la forma
de un enfrentamiento entre griegos y fenicios y tuvo un importante escenario
en Chipre, donde algunas localidades se unieron inicialmente a la revuelta.
En el año 496, sin embargo, la isla estaba de nuevo controlada por los
persas. En el continente, los persas reaccionaron, liberaron Sardes y
vencieron a los griegos en Efeso. En esos momentos, con la llegada del
invierno, los atenienses se retiraron. En adelante, las ciudades de Jonia
dejan de actuar de modo unitario. Todavía hubo algún intento de unificar
la flota y a duras penas pudieron presentarse así en la batalla de Lade,
bajo el mando de Dionisio de Focea, que, no obstante, hubo de enfrentarse
a múltiples problemas debidos a la insolidaridad de los contingentes.
Una vez derrotados en Lade, los jonios sufrieron los ataques y la represión
de los persas, que se hicieron especialmente notorios en el caso de Mileto,
donde la destrucción llegó incluso al santuario panhelénico consagrado
a Apolo en Dídima y la población fue masivamente sometida a esclavitud.
En sus relaciones con los griegos, los persas van modificando su política
imperialista, sustituyendo la tributación por la esclavización.
El
papel de Mardonio
El
ano 492 se caracterizó, en las relaciones entre griegos y persas, por
el protagonismo de la acción de Mardonio, tanto en el plano militar como
en el diplomático. Por una parte, según la versión de Heródoto, se dedicó
a establecer democracias en las ciudades gobernadas por tiranos, lo que
resulta un tanto enigmático desde el punto de vista del contenido real
del término. Tal vez se tratara tan sólo de un modo de garantizar pacíficamente
los tributos, vistos los costos de la guerra. Por otra parte, Mardonio
continúa la acción en las costas europeas. Tuvo un relieve especial la
captura de Tasos, considerada como punto clave entre el mar y el continente,
productora además de importantes riquezas minerales. En el plano militar,
la expedición se encontró con dos graves obstáculos, la derrota ante los
brigos, tribu tracia que permanecía incontrolada, donde se puso una vez
más de relieve el tipo de dificultades con que podía encontrarse un ejército
masivo, sometido a rígida disciplina, carente de movilidad, y el naufragio
de buena parte de la flota en el promontorio del monte Atos, centro de
corrientes marinas contrapuestas, agravadas por una fuerte tempestad.
Era el extremo sur de la península de Acte, la más oriental de las tres
en que se divide la península calcídica. Con todo, la labor de Mardonio
continúa. La acción diplomática consiguió consolidar la colaboración de
los macedonios, convertidos incluso en mensajeros de las propuestas persas.
En Esparta y en Atenas no obtuvieron resultados positivos, pero los enfrentamientos
que estas ciudades sostenían con Argos y Egina respectivamente jugaron
a favor de que éstas se inclinaran a pactar con los persas.
Maratón
En
el año 490, partió de Cilicia una flota persa bajo las órdenes de Datis
y Artafernes, con la intención de dirigirse, por el camino de las islas
del Egeo, hacia Eretria y Atenas. Aquí parece definirse por primera vez,
en la práctica, el proyecto de venganza por la colaboración prestada por
ambas ciudades a la revuelta jónica. De hecho, lo que consiguieron fue
el control de las Cícladas. En la isla de Delos, hacen un sacrificio a
Apolo, al tiempo que, para Heródoto, se trata de la esclavización de los
griegos. Resulta en cierto modo paradójico que tal esclavización vaya
unida a esa ceremonia que recuerda la "vocatio" romana, sistema
que sirve para propiciarse al dios de los enemigos. Ahora bien, al mismo
tiempo, en esa expedición los persas inician una transformación en sus
modos de relación social, donde la influencia griega no deja de estar
presente, aunque el resultado de la guerra frustrara en cierta medida
el proceso. De hecho, cada conquista traía consigo la sumisión de las
poblaciones y la integración en el ejército, cada vez más heterogéneo.
Éste es el ejército que se dirige en las naves hacia Eubea, fuerte pero,
al mismo tiempo, vulnerable, por su dependencia de las naves. La vía tracia
se consideraba fracasada. El proyecto era el resultado mixto del imperio
de formación terrestre ahora volcado a las acciones navales con apoyo
de los fenicios y de los jonios. Sin embargo, se pretendía que su fuerte
siguiera estando en la caballería, por lo que en la expedición iban unos
transportes especiales dedicados al acarreo de las monturas. En Eretria
los resultados les fueron positivos, destruyeron la ciudad y capturaron
a los hombres. A continuación se dirigieron hacia el Ática. Los atenienses
estaban prácticamente solos. Las ciudades griegas que no habían mostrado
su sumisión al persa tampoco reaccionaban en contra. Los espartanos estaban
ocupados en las fiestas Carneas, cuyas jornadas principales coincidían
con la luna llena y no podían abandonarlas para salir en expedición militar.
La tendencia espartana a limitar su acción al territorio señalado por
el istmo parece cada vez más consolidada, al margen del significado que
pueda tener, internamente, la fuerte preponderancia del motivo ritual
en una sociedad como la espartana. Sólo los de Platea enviaron un contingente,
lo que quedó grabado en el espíritu de los atenienses, que manifestaban
su agradecimiento en el plano jurídico y político tanto como en el de
los honores religiosos. Los plateenses adquirirían un especial estatuto
en relación con la ciudadanía y recibirían los honores propios de los
ciudadanos muertos en el combate por la patria. Parece que fue Hipias
quien aconsejó el desembarco en Maratón, el lugar en que su padre recibió
la adhesión de las poblaciones cuando marchó a Atenas para establecerse
definitivamente como tirano. Las circunstancias eran sin duda diferentes,
tanto las atenienses como las correspondientes a sus compañeros de desembarco,
persas frente a atenienses, aunque en medio de éstos crecían motivos de
discordia, paralelos a las vicisitudes políticas y sociales por las que
pasa la ciudad durante estos años. Ahora, el ejército persa, mayoritariamente
formado por la caballería, se enfrenta al ejército hoplítico de los ciudadanos
que defienden el territorio, posiblemente el mismo que les fue garantizado
como posesión a través de las medidas del padre de Hipias. Son los campesinos
los que llegan a tomar la defensa de la ciudad, los que pasarán a definirse
como maratonómacos, el mayor timbre de gloria para un ejército y para
una clase. Milcíades, el estratego que terminó imponiendo, por encima
de las dudas de la mitad de sus colegas, la tesis del enfrentamiento en
vez de la sumisión, terminó adquiriendo más prestigio y desempeñando un
papel más importante que el arconte polemarco, Calímaco, que sirvió de
árbitro, pero siguió las indicaciones del primero. Para éste, la batalla
era el único modo de evitar la tiranía. Las vicisitudes concretas las
cuenta Heródoto, cuya narración coincide con la representada en las pinturas
que, según Pausanias, constituían el tema principal del Pórtico Pintado
del ágora de Atenas. Estaban junto a las escenas de la guerra de Troya,
con la que en cierto modo se identifica a Maratón, para equiparar a los
hoplitas atenienses con los héroes de la epopeya homérica. Cuando la derrota
era clara para los persas, dice Heródoto que Hipias recibió una señal
indicativa de que la ciudad estaba desguarnecida. El historiador de Halicarnaso
no quiere creer que los emisores fueran los Alcmeónidas, pero sabe que
muchos lo pensaban. Las tropas persas se dirigieron al puerto de Fálero
rodeando el cabo Sunion, pero ya los atenienses estaban allí presentes.
En Atenas, Maratón serviría como referencia de la ruptura definitiva con
los persas, inicio del uso de la acusación de medismo como arma política
de gran fuerza y de la elaboración del concepto de bárbaro como enemigo
natural, digno de ser esclavizado porque los bárbaros mismos esclavizan
y, además, todos son esclavos de un solo déspota, el rey.
El
sucesor de Darío: Jerjes
Inmediatamente
después de Maratón, Darío comenzó los nuevos preparativos para otra expedición
masiva contra Atenas. Basado en la victoria, el sistema persa se ve afectado
violentamente por las derrotas. Heródoto se refiere difusamente a los
problemas internos, pero el problema más espectacular surgió en Egipto,
como reacción popular frente al sistema tributario, por más que para los
sacerdotes Darío apareciera como gran benefactor. La presión se agudiza
y los problemas internos tienden a manifestarse. En 486 estalló la revuelta,
pero poco después murió Darío. Jerjes tuvo que encargarse de la represión
y, una vez vencida la revuelta, el nuevo sátrapa, Aquemenes, ejerció una
forma de intervención mucho más violenta, al tiempo que Egipto quedaba
reducido a la condición de satrapía. En líneas generales, el poder persa
adquirió mayor fama de despotismo. Luego, Jerjes se dedicó a fortalecer
y reorganizar el ejército y a preparar, según Heródoto, la expedición
contra Atenas. Dice el historiador que un esclavo le decía constantemente:
"señor, acuérdate de los atenienses". En el año 481 ya se inicia
la marcha, jalonada por las dos acciones que, para los griegos, eran más
significativas de la desmesura de Jerjes, el puente sobre el Helesponto
y el canal en el istmo de la península de Acte, la transformación, artificial
y contraria a la voluntad de los dioses, del mar en tierra y de la tierra
en mar. El avance por la costa norte del Egeo se realizó sin ninguna dificultad
para ellos, contando con la colaboración de ciudades griegas, como Abdera,
donde se dice que los magos difundían las doctrinas persas.
Los
griegos
Los
problemas entre las ciudades griegas no cesan con la experiencia de Maratón
ni con las expectativas de nuevos ataques persas. Sin que los detalles
concretos que corresponden a este momento puedan precisarse con exactitud,
sí resulta evidente que continúan los conflictos entre Argos y Esparta.
Por su parte, Atenas sigue en guerra contra Egina. La unidad de los griegos
frente a los persas fue más bien un deseo y, en todo caso, el resultado
de la guerra, pero no una actitud previa que hubiera fraguado frente al
peligro oriental. No obstante, en el año 481, los partidarios de la resistencia
a la invasión persa consiguieron celebrar una reunión de la que se conoce
como Liga Helénica, en el istmo de Corinto, a donde enviaron probouloi
muchas de las ciudades griegas. En primer lugar, estaba allí representada
Esparta, como cabeza de la Liga del Peloponeso, lo que sirve de fundamento
organizativo para la Liga Helénica y da pie al reconocimiento de la hegemonía
espartana en la organización. También estaban Atenas y algunas ciudades
vecinas, de Beocia y Eubea, pero no todas. De las primeras se encontraban
presentes Platea y Tespias, de las segundas Calcis, Eretria y Estira.
Corinto había acudido con sus colonias, aunque Corcira enviaría su ayuda
con retraso. Entre algunas comunidades, como la de los tesalios, se perciben
actitudes variadas, indicativas de las diferencias internas. No todos
estaban, en efecto, con los Alévadas de Larisa, que habían buscado el
apoyo persa para garantizarse el control de la situación dentro de la
región. Los tebanos y otras ciudades beocias, no incluidas Platea y Tespias,
aparecerán colaborando con los persas después de las Termópilas. Los locrios
y algunos otros de los pueblos relacionados directamente con la Anfictionía
délfica tomaron actitudes ambiguas. El mismo oráculo se mostraba en sus
manifestaciones partidario de conservar la neutralidad y así lo declaraban
a quienes le consultaban a este propósito, como los cretenses, que se
negaron a participar en la Liga, los argivos, que continuaron enfrentados
a Esparta, o los atenienses, a quienes dieron una respuesta que hubo de
interpretar hábilmente Temístocles para garantizar la defensa activa.
El tirano Gelón de Siracusa, según Heródoto, no quiso participar, si no
tenía él el mando. Para los espartanos, ello habría significado una ofensa
a Agamenón, antepasado suyo, jefe de todos los griegos en la guerra de
Troya. De hecho, su situación debía de ser difícil en la isla de Sicilia,
como se demostraría en la inmediata batalla de Hímera, frente a los cartagineses,
que la tradición hace coincidir con la de Salamina, en una sincronía que
quiere significar la imposición del griego frente al bárbaro. Es la época
en que la definición se consolida, como consecuencia de la difusión de
la esclavitud como mercancía, donde el bárbaro aparecerá como esclavo
por naturaleza. En definitiva, los griegos, como se llamaba oficialmente
la alianza, aunque el mando estuviera en manos espartanas, decidieron
acabar las guerras y organizar conjuntamente la resistencia.
Las
Termópilas
A
pesar de que la actitud espartana tendía a buscar la concentración de
la defensa en el istmo de Corinto, con ánimo de apoyar a los tesalios
enemigos de los Alévadas, la liga decidió establecer la defensa en el
valle de Tempe, en el norte de Tesalia, con lo que se conseguía defender
el territorio de Grecia entera. Varios pudieron ser los motivos por los
que hicieron regresar a la expedición allí enviada, desde la estrategia
espartana hasta la inseguridad que podían producir la división de los
tesalios y las actitudes de los beocios. También pudo tenerse en cuenta
que el campo de batalla en la llanura tesalia podía ser favorable a la
caballería de los persas. La flota se situó en el canal de Oreo, al norte
de la isla de Eubea, cerca del cabo Artemisio. La elección de un lugar
estrecho tenía como objetivo impedir que la flota persa, muy superior
en número, pudiera desplegarse plenamente. Tras el regreso del ejército
de infantería desde Tempe, los griegos decidieron enviar la expedición
a las Termópilas, lugar que podía protegerse mejor al norte de Lócride
Opuntia, cuyos habitantes también combatieron en la batalla. Era un desfiladero
situado a la altura en que estaba colocada la flota de Artemisio. Aquí
la batalla naval fue dura e indecisa. Los griegos capturaron primero algunas
naves persas, pero luego sufrieron un duro ataque de consecuencias negativas,
aunque no determinantes. La debilidad del contingente que el mando espartano
envió a las Termópilas hace sospechar que seguían pensando en una defensa
centrada principalmente en el Istmo. Además, a consecuencia de una traición
que permitió a los persas cogerlos entre dos fuegos, el rey Leónidas redujo
aún más el contingente, concentrado en trescientos espartiatas que resistieron
valerosamente hasta la muerte.
Salamina
Los
resultados de Artemisio y las Termópilas abrían de hecho las puertas al
ejército persa hacia el Ática y el Peloponeso. La flota se volvió rápidamente
y, como la mayoría de las naves procedía de Atenas, Temístocles consiguió
que se apostara en Salamina, lugar ideal para cubrir y proteger la necesaria
evacuación de la ciudad de Atenas, pues el ejército de tierra se sitúa
definitivamente en el Istmo para proteger el Peloponeso, pero dejando
desguarnecida el Ática. Los habitantes de los territorios intermedios
tendían predominantemente a colaborar con los persas. De este modo, según
el decreto de Temístocles encontrado en Trecén, la población de los no
combatientes se refugiaría aquí, localidad de la península de la Argólide,
y en Salamina misma. Las tropas de Jerjes ocupan la Acrópolis y el puerto
de Fálero. Sin embargo, lo que desde el punto de vista griego podía ser,
en principio, una simple maniobra de protección que sirviera además de
apoyo a la resistencia terrestre, se transformó en la principal batalla
de la guerra. Las expectativas de la tensa espera y la destrucción de
la ciudad y de sus lugares públicos impulsaron al ateniense Temístocles
a acelerar su puesta en marcha a través de una estratagema que lo caracterizaría
como uno de esos generales que usan las astucias de la inteligencia y
que no gustarían a los pensadores clásicos del tipo de Platón o Plutarco.
Según cuentan Esquilo y Heródoto, Temístocles, a través de un esclavo
ficticiamente fugitivo, hizo creer a Jerjes que le convenía atacar rápidamente
para evitar la desbandada, cuando de este modo lo que conseguía era que
la lucha se desarrollara de nuevo en un lugar estrecho, donde no pudiera
actuar a sus anchas la flota persa, mucho más numerosa. Las naves persas
se estorbaban mutuamente cuando las atenienses, en el estrecho canal entre
isla y continente, las obligaban a apelotonarse junto a la costa, al pie
del promontorio donde Jerjes se había hecho construir un trono para contemplar
mejor lo que esperaba que fuera una indudable victoria. La importancia
de la victoria griega, seguramente exaltada por la literatura y la historiografía
más por las consecuencias que tuvo que por los aspectos estrictamente
estratégicos, fue percibida igualmente por Jerjes, que abandonó el territorio
griego, adonde lo había llevado personalmente el interés fraguado a lo
largo del decenio posterior a Maratón.
Platea
y Mícala
La
importancia de la victoria naval en Salamina respondía principalmente
a la perspectiva ateniense. Para los peloponesios, a pesar de que de momento
habían evitado la invasión de su península, quedaba pendiente el control
territorial amenazado por la permanencia de las tropas persas al mando
de Mardonio, que, en definitiva, era lo que respondía a las aspiraciones
persas a establecer un control fundamentalmente territorial, sólo alterado
recientemente por medio de las intervenciones en el Egeo. Los griegos
ni siquiera dieron su apoyo para que Temístocles continuara la acción
naval en el Helesponto, donde cortaría las posibilidades de que llegaran,
por tierra, nuevos refuerzos. La política de la Liga sigue controlada
por los espartanos. Con todo, Temístocles siguió actuando en el mar, en
Andros, Paros, Naxos, en misiones de castigo contra poblaciones que habían
tomado actitudes favorables a los persas y favorecido el paso de la expedición
naval de un decenio antes. En el año 479, Mardonio, tras algunos intentos
de negociación diplomática para conseguir la sumisión de Atenas, donde
intervino Alejandro I de Macedonia, invadió de nuevo la ciudad del Ática.
Las fuerzas de la Liga se presentan finalmente a combatir a los persas
en Platea donde, al mando de Pausanias, consiguen una victoria terrestre
que produce la muerte de Mardonio y la huida de los supervivientes. Paralelamente,
la flota griega, al mando del espartano Leotíquidas, con un importante
contingente ateniense al mando de Jantipo, del genos de los Alcmeónidas,
partió hacia Asia Menor, en apoyo de los de Quíos, que se rebelaban del
poder persa. Los espartanos seguían manifestando sus dudas, hasta que
la actitud de Samos, igualmente convertida en aliada, con su importante
flota, impulsó a llevar a cabo una acción profunda de intervención. En
el cabo Mícala, frente a Samos, la flota persa recibió una importante
derrota que vendría a facilitar la nueva tendencia al predominio en el
Egeo de los griegos y, específicamente, de los atenienses.
|