VI.-
GRIEGOS CONTRA PERSAS
Inicio:
Año 500 a. C.
Fin:
Año 400 a. C.
La
época de las guerras médicas suele servir como barrera para la división
entre la Grecia arcaica y el clasicismo no sólo porque, al margen de los
criterios artísticos que condicionaron la periodización de la historia
griega, una guerra generalizada resulte criterio notable y señalado, heredero
además de una concepción fáctica que no deja de tener peso sobre todos
los períodos históricos, sino también porque en esas guerras se produjeron
los elementos necesarios para la formación del clasicismo. La autoconciencia
de los griegos frente a los bárbaros, la tendencia predominante a establecerse
el modo de producción esclavista, la presencia condicionante y determinante
de Atenas y del sistema democrático, la formación del pensamiento clásico
y las rivalidades entre ciudades pueden ser algunos de los rasgos que
definan la historia de los siglos V y IV, antes de la presencia de Filipo,
los cuales, si bien constituyen la herencia del arcaísmo, también reciben
una especial forma de giro y definición en el período de enfrentamiento
con los persas.
1.-
Causas y antecedentes
La
actitud de los persas hacia los griegos y sus disputas con los lidios
y los jonios de Asia están entre las causas de las Guerras Médicas. Los
deseos y sus sucesores de Darío de ampliar su imperio hacia el Mediterráneo
y el Egeo motivarán el choque definitivo entre los dos enemigos que se
iniciará con la revuelta jónica y finalizará con la derrota persa en Platea
y Mícala, tras haber vencido en las Termópilas.
Los
Persas
A
lo largo del siglo VI se produce en el Próximo Oriente asiático un movimiento
expansivo espectacular que parte de los pueblos nómadas de Persia para
crear un imperio superpuesto a todos los anteriormente vigentes en la
zona, con organización más sólida y un sistema de control más eficaz.
Desde que Ciro sustituye a Astiages y lleva a cabo la unidad de medos
y persas, sus planes se revelan claros en el control de Armenia y del
territorio de los caldeos. Se trata de consolidarlos por medio de fuertes
y guarniciones para permitir que los pueblos sometidos trabajen sus tierras
y lleven sus ganados a los pastos. Con la protección del rey, se intensifica
la producción, lo que aumenta las rentas de los dominantes armenios y
caldeos y garantiza el tributo debido al protector. Por ello, el imperio
se preocupa específicamente de conservar las poblaciones sometidas, elemento
clave para la producción y para la organización de los ejércitos que puedan
garantizar la reproducción territorial del mismo. Trabajo y crecimiento
son los lemas que se difunden en los mecanismos ideológicos del imperio
aqueménida. Éste es el espíritu que lleva a la conquista de Lidia y de
Mesopotamia, como alargamiento de la dependencia tributaria, donde todos
se sienten defendidos por el rey, en un sistema que se configura ideológicamente
como equilibrado y simétrico.
Los
lidios
Como
consecuencia tardía de la desaparición del imperio hitita, en Asia Menor
se producen diferentes movimientos y conflictos, con la presencia de cimerios
y escitas, hasta que en el siglo VII parece definirse la formación de
un reino lidio. Las tradiciones le atribuyen desde el primer momento una
gran riqueza, que caracterizaría al rey Giges, fundador de la dinastía
de los Mérmnadas, en conflicto con Candaules. Antes, el rey Midas ha dado
ocasión, en Frigia, con su riqueza al nacimiento de la leyenda del que
transforma en oro cuanto toca. La tradición atribuye a Lidia el origen
de la moneda y de la tiranía griegas, dos rasgos característicos de la
evolución del arcaísmo hacia formas productivas y sistemas políticos coherentes,
capaces de estructurar una nueva sociedad. Creso, a mediados del siglo
VI, igualmente famoso por su riqueza, entró en contacto contradictorio
con los griegos de las costas de Asia Menor. Desde Giges, los lidios los
habían atacado esporádicamente, pero también habían establecido con ellos
relaciones de colaboración que favorecieron en gran medida los contactos
de las ciudades griegas con oriente, promotores de su prosperidad económica
y desarrollo científico y cultural. Creso fue el primero que, según Heródoto,
se dedicó a conquistar ciudades. Su modo de intervención fue el de la
imposición de tributos, sin que parezca haber interferencias de tipo político.
Posiblemente, los gobernantes de las ciudades, aristocracias o tiranías,
se acomodaban al sistema tributario a cambio de la estabilidad que los
lidios podían proporcionar a su propio dominio. Creso, por otro lado,
experimentó un fuerte proceso de helenización que facilitaba en lo ideológico
las relaciones creadas. Creso consultaba el oráculo de Delfos, buscaba
la alianza con Esparta y, en un diálogo ficticio, Heródoto lo convierte,
frente a Solón, en el personaje alternativo al sabio moderado, el rey
que aspira a la riqueza y se halla satisfecho con lo que considera su
felicidad, sin darse cuenta de que, en la mentalidad griega soloniana,
tanta felicidad trae consigo de manera inevitable la ruina y la destrucción.
Como personaje externo al mundo griego, Creso sirve como modelo del tirano,
consciente de su propia felicidad e inconsciente de sus peligros. En efecto,
en la época de Creso, que confiaba en poder destruir un gran imperio,
el de los persas, lo que hicieron los lidios fue destruir el suyo propio,
por la propia iniciativa del rey, confiado en su fuerza y en el oráculo
ambiguo de la Pitia délfica, que no especificaba qué gran imperio iba
a destruir.
Los
jonios de Asia
La
historia de las ciudades jónicas de Asia Menor representa un variado mosaico
donde cada una sigue una trayectoria diferente. Las tiranías y las monarquías
dinásticas tradicionales se alternan en el plano político, lo mismo que
algunas ciudades se integran activamente en el proceso colonizador, mientras
que otras se limitan a garantizar el control de los territorios agrícolas
del entorno. Las relaciones con los lidios han sido igualmente variadas
y, a partir de la toma de Sardes, la capital lidia, por los persas, se
orientan en sentido contrario a ellos. Las divergencias se producen también
en el interior de las ciudades, pues Tales de Mileto fue el promotor de
un movimiento de resistencia concentrado en el Panjonion, el santuario
que pretendía erigirse en centro de cohesión de toda la etnia jónica,
mientras que los gobernantes de la misma ciudad de Mileto se inclinan
al acuerdo con los persas. En otras ciudades, la unanimidad fue mayor
y los foceos aprovechan sus anteriores contactos con el Mediterráneo occidental
para acudir a fundar nuevos asentamientos, mientras los de Teos emprendían
la expedición a Abdera, en la costa norte del mar Egeo. El sistema persa
de intervención era igualmente tributario, apoyado normalmente en tiranos
sostenidos por ellos, que garantizaban el control de la costa y los estrechos
para emprender nuevas campañas. Al mismo tiempo algunas ciudades, como
Atenas, vieron favorecida su intervención en las costas asiáticas, posiblemente
a través de la colaboración familiar de algún genos como el de los Alcmeónidas.
Los
persas en el Mediterráneo
En
la época del sucesor de Ciro, Cambises, el imperio experimentó un nuevo
crecimiento en las costas mediterráneas, pues, tras haberse puesto en
contacto con los fenicios y los griegos de Asia, los persas estuvieron
en condiciones de ampliar su campo de acción en el mar, con el uso de
la flota de los nuevos pueblos sometidos. En Chipre y la Cirenaica entran
en contacto con los sectores más activos de los intercambios mediterráneos.
En tales condiciones, los persas se encontraban en disposición de penetrar
en Egipto. Aquí reinaba, hasta 526, el faraón Amasis, considerado el último
de los grandes faraones, en cuya época los egipcios mantuvieron intensas
relaciones con los griegos y los fenicios que estimulaban los intercambios
en el Mediterráneo oriental. Como Creso en Lidia, se sintió atraído por
los aspectos más notables de la civilización griega y contribuyó a la
reconstrucción, tras un incendio en 548-547, del santuario de Delfos.
Para Heródoto, se convirtió en un paradigma de esa sabiduría egipcia que
debía de servir de modelo a los griegos, de tal modo que, en la alianza
que sostuvo con Polícrates de Samos, es el egipcio el prototipo del moderado,
el que se asusta ante el exceso de riqueza del tirano y le aconseja desprenderse
del objeto más precioso de su posesión, el famoso anillo de Polícrates
que luego retornó a sus manos en el vientre del pez de que le hizo obsequio
un pescador. Para Amasis, esta excesiva fortuna fue motivo de ruptura,
pues no podía dejar de provocar compensatoriamente una enorme desgracia.
Samos y Egipto serían igualmente víctimas del imperialismo persa. En Egipto,
los persas y Cambises son objeto de una fama contradictoria. Su actitud
parece haber sido permisiva, pero también corre el rumor de haberse comportado
violentamente con los dioses egipcios, lo que puede relacionarse con el
movimiento de rebelión encabezado por Psamético y con la fuente griega,
transmitida por Heródoto, tendente a configurar una imagen persa especialmente
negativa, mientras que los egipcios gozaban y gozarían de buen prestigio
entre los helenos.
La
restauración de Darío
De
todos modos, la época de Cambises, que, por una parte, representa un período
expansivo, es también, por otra, un período de convulsiones internas,
posiblemente porque los nuevos contactos con pueblos que sostienen relaciones
de cambio y tienen acceso a las mercancías que se mueven por todo el Mediterráneo
pudieron afectar a las estructuras internas de poder y crear reacciones
positivas y negativas. En el episodio que llevó a la revuelta contra Cambises
están implicadas las relaciones familiares de la dinastía reinante, pues
el usurpador, según Heródoto, trataba de presentarse como Esmerdis, hermano
de Cambises, a quien éste había mandado eliminar. El usurpador era, por
otro lado, un mago, de la casta sacerdotal de los medos, en lo que puede
haber implicaciones, tanto de carácter territorial y étnico, signo de
supervivencia de la primitiva rivalidad entre medos y persas, no superada,
como otras que afectaron directamente a la forma de poder y a la capacidad
de influencia de la casta sacerdotal, en un tipo de enfrentamiento, frecuente
en el Próximo Oriente, entre el poder regio y los sacerdotes, que constituyen
en otras ocasiones las dos caras del ejercicio del control por las armas
y la ideología, tendentes a la colaboración y las alianzas. Los magos
suprimieron el tributo y el reclutamiento y destruyeron lugares de culto,
señal de que, de alguna manera, representaban fuerzas insatisfechas con
las tendencias dominantes en el imperio, cuyas conquistas afirman el sistema
tributario y fortalecen los signos del poder divino, modo de consolidar
a su vez ese poder conquistador. Parecería, sin embargo, que esta mecánica
tendiera a crear rechazos en sectores no bien determinados. La inscripción
de Behistún se refiere a revueltas coincidentes con la usurpación en distintos
lugares del imperio, lo que lleva a pensar que la rebelión de Esmerdis
pudo tener su fundamento en un movimiento centrifugo. La revuelta tuvo,
sin embargo, un éxito efímero, pues la configuración imperial y el expansionismo
habían dado la fuerza suficiente al rey y a la nobleza colaboradora para
que, manejando los hijos del sistema organizativo, la aristocracia pudiera
restablecer la unidad y acabar con la rebelión. Heródoto habla de siete
nobles persas como los protagonistas de la acción restauradora. Uno de
ellos, Darío, se vinculaba genealógicamente a la familia de los Aqueménidas
y, en las inscripciones citadas, se atribuye el mérito principal en el
aplastamiento de todas las acciones que resonaran a lo largo del territorio
imperial. Según Heródoto, tras la victoria, los nobles persas se planteaban
el problema de cuál pudiera ser el régimen adecuado para la nueva situación
creada y participan tres en el debate, a favor de la democracia, de la
oligarquía y de la monarquía. A pesar de que el debate contiene todas
las características para considerarlo dentro de un género propio de la
Grecia o, mas bien, de la Atenas de la época, puede resultar igualmente
significativo de la situación persa misma, que se debate entre las formas
de organizar políticamente un imperio en crecimiento, dentro del que surgen
problemas como resultado de la integración de realidades sociales y económicas
tan sumamente diferentes entre sí.
El
Nuevo Imperio
Con
la victoria sobre los magos en el año 521 a.C., se restaura un nuevo imperio
que cuenta con el apoyo solidario de la nobleza, perfectamente integrada
en un sistema concentrado en el poder del rey. Las inscripciones de Behistún,
que conmemoran sus victorias, ponen también de relieve la estrecha vinculación
con el poder del dios Ahura-Mazda, vencedor del mal, creador de la unidad,
protector del nuevo rey. Paralelamente, en el imperio se lleva a cabo
un nuevo esfuerzo administrativo que se traduce en un reforzamiento del
sistema tributario fundamentado, no sólo en la fuerza de las armas, sino
en la racionalización del sistema circulatorio, tanto para las mercancías,
a través de las redes de caminos, como del nuevo sistema monetario, basado
en el oro, instrumento eficaz para una circulación fundamentalmente vertical,
entre los contribuyentes y el poder. Sin embargo, los controles territoriales
se traslucen también en una política expansiva, dirigida a consolidar
las posiciones del Egeo y a controlar, al norte, a los escitas, junto
con otras campañas en las fronteras egipcias del sur y en la India, que
no afectan a las relaciones con los griegos de modo directo. La campaña
contra los escitas situados al norte del Danubio es objeto de la atención
del libro IV de la "Historia" de Heródoto. Las especiales características
de este pueblo pusieron de relieve las dificultades con que podía encontrarse
un gran imperio, basado en el reclutamiento y en el tributo, en el momento
de su máxima consolidación, para controlar poblaciones lejanas, estructuradas
socialmente de manera tribal, incapaz de hacer frente a un ejército con
disciplina y orden. Los escitas se escabullían y se presentaban de manera
inesperada, de tal manera que Darío tuvo que renunciar al control de sus
territorios.
Darío
y los griegos
Las
circunstancias por las que atraviesa el imperio persa produjeron reacciones
contrapuestas entre los griegos, de acuerdo con las distintas formas políticas
que en las ciudades existían. Algunas de ellas iniciaron una rebelión,
que el poder persa aplastó con facilidad. Sin embargo, los problemas internos
parecen haberse trasladado a la periferia y manifestarse en la acción
de Otanes, que fomenta las democracias entre los griegos, el mismo que
había defendido la democracia en el debate político de los tres persas
que, según Heródoto, se plantea en el momento de la restauración. De todos
modos, la actuación persa adquiere aspectos divergentes, pues resulta
igualmente defensora de la democracia y de la tiranía, de acuerdo con
circunstancias específicas que, a veces, más que a lo que el protagonista
persa pensara de la política, podía responder a la oportunidad de la coyuntura
concreta, orientada con ánimo de consolidar el poder imperial. Para los
persas se hizo especialmente importante controlar los estrechos en el
paso de Asia a Europa. En el Quersoneso se había establecido como tirano,
con el apoyo de los Pisistrátidas, Milcíades, ateniense del genos de los
Filaidas, que había instaurado una especie de estado con la agrupación
de las aldeas locales de los doloncos. En el momento de su expulsión,
los Pisistrátidas todavía controlaban en la Tróade el asentamiento de
Sigeo. Todo favorecía una política de colaboración, que después se reconocerá
por los persas en la protección a Hipias fugitivo, cuando, en cambio,
Milcíades había abandonado la alianza con los Pisistrátidas. En Mileto,
la tiranía sufre coincidentemente una modificación significativa cuando
se produce la sucesión en la persona de Histieo, al tiempo que impone
sus condiciones el poderío persa. El tirano se convierte en una especie
de rehén, encargado de proporcionar ejércitos mercenarios que colaboren
en las conquistas persas. Se conoce su colaboración en la expedición contra
los escitas, en el plano militar y en el de los consejos, como el del
desmantelamiento del puente para evitar la persecución de los enemigos.
Luego se convertiría en consejero de la corte. La situación se acercaba
a la del prisionero, debido probablemente a las intrigas y celos interiores
en la corte del rey. Su sobrino y yerno Aristágoras vio la oportunidad
de reforzar su poder en Mileto apoyando a los oligarcas de Naxos, a los
que los persas querían situar frente a los demócratas que habían sustituido
al tirano Lígdamis, instalado gracias al apoyo pisistrátida, a cuya tiranía
había igualmente colaborado él. El fracaso del intento debió de influir
en los acontecimientos posteriores.
Los
persas en el Egeo
Después
del fracaso escítico, los persas concentran sus energías en la costa sur,
en Tracia y Macedonia. En la costa norte del Egeo, los asentamientos atenienses
que conectaban los intereses navales con el acceso a las fuentes de la
mano de obra esclava se ven afectados y, en consecuencia, algunas familias
de las implicadas en estos mismos negocios se ven arrastradas a tomar
actitudes conciliadoras ante los persas. Tal parece haber sido el caso
de los Alcmeónidas, lo que tendría repercusiones en la época de la guerra.
En Macedonia, la realeza se sometió fácilmente al dominio persa, en una
época en que se definían dificultosamente sus señas de identidad, como
griegos o bárbaros. Heródoto cuenta varias anécdotas referidas a Alejandro
Filoheleno, sobre cómo, a pesar del servilismo que se manifestaba hacia
los persas, él había sido capaz de engañarlos, introduciendo unos esclavos
cuando habían solicitado la presencia de las mujeres de la corte. Más
significativo es el hecho de que sólo tras disputas y controversias lo
admitieran como participante en los juegos olímpicos. Más tarde, quiso
persuadir a los atenienses para que no ofrecieran resistencia a los persas,
pero, al no conseguirlo, quiso que se le tuvieran en cuenta sus muestras
de buena voluntad. Así, en el cambio de siglo, el imperio persa se ha
consolidado en un sistema de satrapías rígidamente organizado, sustentado
en el tributo, al que sirve de apoyo un fuerte ejército conquistador y
una administración y una red de comunicaciones muy desarrolladas, punto
de partida para nuevas conquistas. Así, el imperialismo persa se caracteriza
por hallarse encerrado en el círculo de la constante reproducción como
medio de subsistencia y perduración.
|