Edad del Bronce y Grecia Antigua

2.- Europa templada y septentrional. Asentamientos.

 

La transición de Hallsttat D a La Tène A, en el siglo V a.C., no se presenta como un proceso de ruptura si se analiza en el marco global de la Europa central, sino como un desplazamiento del eje económico más fuerte de Hallsttat D hacia el norte, conformando así las bases de riqueza de los grupos de Hunsrück-Eifel y Aisne-Marne al oeste y Bohemia al este. Es en esta área, que cubre una franja muy amplia entre la Champagne y la Bohemia, donde se continúa y desarrolla la tradición de los centros fortificados y las últimas tumbas principescas, cuando los centros más importantes de Hallsttat D en su área clásica, como Heuneburg, han sido abandonados; sin embargo, el proceso al tratarlo de una forma particularizada se muestra mucho más complejo: en Befort, Luxemburgo, los resultados de la excavación, en opinión de algún autor como Collis, dan más una imagen de granja fortificada que de gran poblado. Diferente es la situación en Bundenbach en el Palatinado, donde parece existir una aglomeración significativa de población, pero en ningún caso da señales de ser un asentamiento como Heuneburg; es más, la mayor parte de los asentamientos se sitúan en llano y sin defensas, y es en estos últimos donde parece que pudo residir el sector más enriquecido de la sociedad. De todos modos, el paso al siglo IV a.C. en todas las zonas supone una importante caída demográfica, como lo prueba la reducción del número de tumbas en este lugar; también desde el punto de vista del poblamiento, en la zona de Bohemia se constata la desaparición de los poblados de altura y las aldeas se definen como el elemento más característico del patrón de asentamiento. Collis señala que habría que poner en relación esta baja poblacional y estos cambios en el patrón de asentamiento con los movimientos demográficos que se observan al iniciarse el siglo IV, y que las fuentes documentan en el 390 a.C. con el avance céltico en Italia hasta Etruria y la misma Roma. El proceso se ve muy diferente dos siglos después, cuando se muestra en el territorio el patrón de asentamiento de la llamada civilización de los oppida, que se inicia primero a fines de La Tène C en Checoslovaquia y Alemania central y, algo después, en Francia y el sur de Alemania. Se trata de amplios asentamientos en altura o llano, defendidos por una fortificación a la que no le importa atravesar en su discurrir vallonadas y alturas, como en Zavist en Bohemia y en Mont-Beubray en la Borgoña. Los tamaños varían entre 20 ó 30 hectáreas, aunque una veintena oscila entre 90 y 600 hectáreas y algunos alcanzan las 1.500, como Heidengraben en el Jura. Collis destaca dos aspectos significativos en la valoración del modelo del oppidum. Una primera cuestión, referida al desarrollo del proceso, indica una tendencia a abandonar los oppidum en llano por oppida de altura, como ocurre en Lebroux y Basilea; posiblemente se justifique este hecho porque se tienda a una concentración de población mayor, como se demuestra en Auvernia, en asentamientos como Mont-Beubray o Gergovia, el primero de 135 hectáreas y el segundo de 150. No obstante, en algún caso el oppidum en llano partió de una antigua aldea y se mantuvo en el mismo lugar; es el caso de Manching, con sus 200 hectáreas junto al río Danubio. En Checoslovaquia, en cambio, como se advierte en los oppida de Stare Hradisko y Stradonice, la construcción fue desde un primer momento en altura. La segunda cuestión responde a la tipología de los oppida y su distribución espacial, a partir de su estructura de fortificación. Collis destaca dos tipos constructivos diferentes, uno conocido como el muro gálico, que consistía en realizar un entramado interior de la fortificación por un sistema de postes horizontales, que a veces sobresalían al exterior de la fortificación e iban asegurados por espigones de hierro. El muro era de tierra, si bien podía ser revestido al exterior por piedra y en su cara interna presentaba un talud de tierra. El segundo sistema constructivo era el tipo Kelheim y consistía en una pared construida con postes verticales, revestida por piedra al exterior y, como en el caso anterior, reforzada al interior por un terraplén de tierra; para el investigador anglosajón, si bien el modelo de muro gálico pudo estar presente en Alemania, como en Manching, es más característico del área gala, en tanto que el tipo Kelheim es característico de la zona centroeuropea. El patrón de asentamiento de la civilización de los oppida no se limitaba exclusivamente a las áreas defendidas, aunque a veces como en Zavist, la fortificación más externa encerraba un tipo de asentamiento rural. En oppida como Mont-Beubray o Steinsburg se documentan pequeñas unidades dispuestas en sus proximidades que permiten concluir que el poblamiento de los oppida no era nuclearizado y que siguieron existiendo factorías y aldeas tal y como lo prueban los casos excavados de Steinebach en Baviera o Zaluzi en Checoslovaquia. El hecho lo destaca el propio César, cuando señala que entre los helvecios había 12 oppida, 400 vici, que deben interpretarse como aldeas y un número indeterminado de factorías, que define como edificios privados. Ello no excluye que en este marco los oppida se presenten como los centros que congregan las mayores concentraciones de población; de hecho, las estimaciones demográficas superan todos los cálculos realizados para las fases anteriores; así, a Manching se le calcula 1.700 habitantes, y a Zavist 3.400. Para Wells, con una posición más cauta, la mayor parte de los oppida oscilaron entre 1.000 y 2.000 habitantes. En lo que respecta a la estructura interna de los oppida, uno de los casos mejor estudiados es Manching; a través de su investigación se sabe que la ordenación interna del asentamiento fue planificada de antemano, con calles de más de 10 metros de ancho, bordeadas por edificios rectangulares construidos en madera. Dentro del asentamiento se documentan áreas especializadas, separadas por empalizadas, como los grandes edificios interpretados como graneros o como posible barrio de artesanos y metalúrgicos, y áreas que se han interpretado para pasto del ganado, ya que la zona densamente ocupada con trazado de calles ocupa sólo 80 hectáreas. Este modelo de asentamiento, que tuvo incluso espacios para la acuñación de moneda, muestra el desarrollo de obras de carácter público como las calles empedradas de Hrazany en Bohemia, con edificios rectangulares que, a diferencia de Manching, son construidos con zócalo de piedra. Sin embargo, en ningún caso se documentan casas que se pueden interpretar como residencias aristocráticas o centros públicos, aunque son mencionados por César; no obstante, Collis resalta que algunos grandes edificios cercados, como los documentados en Villeneuve-Saint-Germain o el propio Manching, pudieron ser residencias de un grupo social dominante. Las casas son las que en algún momento hemos destacado por su función artesanal. Algunas áreas europeas incluidas dentro del área celta ofrecieron, sin embargo, modelos diferentes de poblamiento, como se ha observado para el norte de Italia y ahora se valora en las islas Británicas y en el área atlántica de la Península Ibérica. En el primer caso, está muy presente la tradición agropecuaria ya señalada en el periodo anterior y que primaba a lo largo de la Edad del Hierro el papel de la granja, es decir, de las unidades aisladas sobre el resto de los modelos de poblamiento; en todo caso, se puede apreciar con el correr del tiempo una cierta diferencia de tamaño entre los casos más antiguos, que partirían de los siglos VII y VI a.C., como Little Woodbury y los más modernos, caso de Gussane All Saints. En el siglo I a.C., como ocurre en Europa, se produce la concentración pero aquí se hace de dos modos: en el sur, a partir del desarrollo y engrandecimiento de los antiguos "hill-forts": Maiden Castle o Danebury; que ahora aparecen con varias líneas de defensa para la guarda del ganado, aunque el hecho coincide con la reordenación interior del asentamiento, si bien manteniendo siempre la tradición de la casa de planta circular. En todo caso y como señala Cunliffe, la población nunca superó los 350 habitantes. En la nueva situación debió jugar un gran papel el puerto de Hengistbury Head, que fue un asentamiento de la primera Edad del Hierro, muy reforzado en su papel comercial a partir de fines del siglo II a.C. Por el contrario, hacia el este y el sudeste, se abandonan los antiguos "hill-forts" y ya en el siglo II a.C. aparecen poblados defendidos por terraplenes, como Colchester, y localizados en los puntos estratégicos de las vías de comunicación definidas por los ríos y sus desembocaduras. En la Península Ibérica, hay una gran diferencia entre las unidades de poblamiento próximas al área ibérica, en La Mancha o Aragón, que tarde o temprano asumen ciertas tradiciones ibéricas y que producen grandes asentamientos como los casos de Complutum en Alcalá de Henares o Toletium entre los carpetanos y Bílbilis o Contrebia entre los celtiberos, con una significativa jerarquía territorial, y el noroeste, donde destacan el grupo de asentamientos vacceos, caracterizado por grandes núcleos muy distanciados entre sí, o Galicia y Asturias, con el mundo de los castros caracterizados por situarse en posiciones de altura, con fortificaciones, a veces dobles, y con casas de planta circular sin orden aparente en su distribución interna. En la Europa septentrional, el modelo conocido en la fase anterior continuará con las mismas características de hábitat disperso, ya documentado. Sólo a fines del milenio se observará una tendencia al aumento de tamaño de algunas granjas y se observará la aparición de las primeras fortificaciones.

 

Bases económicas

 

Como ocurre en el área mediterránea, uno de los factores que caracteriza el periodo es el desarrollo de una estrategia agrícola extensiva a partir de la ampliación de las áreas a cultivar, es decir, colonizaciones de tierras altas que antes no habían sido tratadas desde este sector económico; es éste el caso de los Vosgos en Francia, donde se documenta por primera vez la agricultura en el 300 a.C., en Westerwald en Alemania central o en los Alpes suizos. Paralelamente, se advierten ciertos cambios en la producción de especies vegetales y animales, que profundizan en la línea de especialización planteada en el periodo anterior; de hecho, se constata un significativo aumento del centeno, junto a las tradicionales producciones de cebada y espelta. En la fauna, al menos los resultados de Manching y de Altburg bei Bundenbach en Alemania, muestran la importancia de los bovinos, que en el caso del primero de los asentamientos pueden suponer hasta el 85 % del total del consumo de carne, siendo la caza en Manching sólo el 0,2 % del total de los restos faunísticos. Ello no quiere decir que el modelo agropecuario celta fuera único, y buena prueba de ello es el papel que los grandes rebaños de ovejas jugaron en la zona francesa tal y como reconocen las fuentes escritas. Los cambios en el sector agropecuario se articulan, en opinión de Champion, con dos factores: de un lado, el aumento demográfico, que ya supuso a principios del siglo IV un avance de la población céltica sobre el norte de Italia y en el III a.C. sobre los Balcanes y Grecia, y de otro, la demanda de productos básicos de las regiones mediterráneas, que provocó la exportación a Italia de grano inglés, carne de cerdo alemana y productos lácteos de los Alpes. Si son importantes las informaciones que nos inducen a pensar en un sector agropecuario que sigue modelos cada vez más especializados y extensivos, según las zonas, en relación con ello hay que poner los cambios tecnológicos producidos a lo largo del siglo II a.C., como las puntas de arado en hierro y las guadañas que Wells cita como factores básicos para aumentar la producción y poner en desarrollo nuevas tierras y suelos más duros; otros factores, asimismo tecnológicos como el molino giratorio, parecen imponerse hacia la misma fecha en toda Europa central; por último, hay que añadir también los campos célticos de dudosa adscripción cronológica, pero que de ser localizados en esta fase debieron permitir un mejor cuidado de los campos al ser cercados, ya que evitarían la entrada de los animales y debieron potenciar la tendencia a la afirmación de la propiedad familiar. Hasta el momento, sin embargo, los campos célticos con sus pequeñas parcelas sólo se documentan en áreas del norte de Europa, es decir, en zonas no célticas como Holanda, Dinamarca y Suecia, advirtiéndose también en las islas Británicas, en Woolbury o Danebury en Hamsphire y en zonas marginales de Francia, de relativa pendiente en la vertiente occidental de los Vosgos, o en algunos bosques de la Lorena. Con los estudios agrarios de este periodo se han establecido los primeros modelos teóricos agrarios. El más conocido es el de Glastonbury en Somerset, Inglaterra, desarrollado por D. Clark para el siglo II a.C. El asentamiento se localiza en una zona pantanosa, casi impracticable para la agricultura de noviembre a mayo; atendiendo a ello, el territorio en torno al poblado se articula en tres círculos: el primero - el infield - se dedicaría al cultivo de la cebada de invierno; el siguiente - el outfield -, al trigo de primavera y a los guisantes alternativos del barbecho; el último círculo, el más exterior, ocupado por el pantano, permitiría ser explotado por la caña y los pastos. Ello, en lo que hace referencia a un territorio restringido de producción, ya que a un nivel más amplio se localizarían áreas compartidas con otros grupos para el desarrollo de la trashumancia. El segundo modelo ha sido elaborado por G. Lambrick para el alto valle del Támesis. Su modelo es extremadamente especializado, ya que considera que sobre la primera terraza, frecuentemente inundada, se localizaría un tipo de hábitat estacionario dedicado a la cría de ganado bovino y caballar, mientras que en la segunda terraza se localizarían las granjas, las labores agrícolas y el ganado ovino. Un proceso diferente caracteriza la Europa septentrional, donde el ambiente climático se hace más duro y los suelos ya no responden, por el agotamiento que les produce el uso continuado, al modelo agrícola documentado en la primera mitad del primer milenio. De hecho, Kristiansen documenta en Dinamarca para esta fase las primeras concentraciones sobre los mejores terrenos. Sin embargo, la solución no se hizo en esta línea, sino modificando las estrategias agrarias en varias direcciones. Por una parte, intensificando el trabajo agrícola mediante la parcelación y la concentración del ganado en la parcela para usar el abono; por otra, cambiando como se hacía en Europa algunas especies vegetales por el centeno, más resistente al frío, y, desde luego, fomentando el trabajo del hierro. En otro nivel se han de destacar avances tecnológicos de interés. La fabricación de la cerámica, por ejemplo, hará aparecer el torno de alfarero y nuevos hornos, pero también auténticos barrios artesanos. En Manching se ha comprobado que el oppidum producía cuatro tipos diferentes de cerámica. De los nuevos hornos se conoce el de Gellerthegy-Taban, en Hungría, que formaba parte de un complejo de producción cerámica con las fuentes de extracción de arcilla muy próximas. En l'Ile-à-Martigues, en la desembocadura del Ródano, se conoce un modelo de horno con tres cuerpos: una cámara de cocción apoyada sobre otra de calor desmontable y ambas dispuestas sobre el hogar, que es portátil. La arcilla no ofrecía, como es sabido, grandes problemas para su localización, lo que propició que los centros de producción no dependieran de las áreas donde ésta existía, como ocurrió con otras materias primas; no obstante, en algún caso se produjo una especialización por ella; se trata de la arcilla utilizada para la elaboración de la cerámica grafitada, que era muy apreciada por su capacidad para soportar las altas temperaturas que imponía la nueva técnica. Esta demanda propició la explotación de los bancos de arcilla de Passau en Baviera y Ceské Budejovice en Checoslovaquia. Se ha podido saber que esta arcilla se transportó a una serie de centros productores como Manching. Diferente es el sistema productivo cuando se trata de explotar los filones de hierro, sobre todo de hematita, que es de fundición más fácil, de lignito o las minas de sal, porque se tiende a situar el centro productor cerca de la mina; así se comprueba para el caso de la producción del hierro en Manching y Kelheim, en Alemania o en Trisov y Stare Hradisko en Checoslovaquia. La producción no solamente se hacía en los oppida, granjas como Steinnebach en Baviera o Gussane All Saints en Inglaterra, también ofrece restos de esta producción. En general, la localización de los hornos de fundición se hacía fuera de la zona habitada o en barrios bien aislados por el peligro del fuego; en algún caso como Burgenland en Austria, se organizó un pequeño centro productor, con más de un centenar de puntos de fundición, dos tercios de ellos contemporáneos del siglo I a.C., para completar la producción de un asentamiento mayor: Velemszentvid. El tipo más frecuente de horno de fundición se practicaba en un pequeño hoyo circular, con una chimenea troncocónica de cerámica y un sistema de toberas para la entrada del aire al nivel del suelo. De la explotación de la sal, el caso más conocido es Dürrnberg que, a partir del 400 a.C., heredó la tradición económica y la hegemonía de Hallsttat. Su traslado se debió posiblemente a las mejores tierras que aparecían en torno al nuevo asentamiento, pero sobre todo a la mayor facilidad de comunicación. Según Wells, la unidad productora estaba compuesta por tres o cinco familias cada una, es decir, entre diez y veinte personas. Un último aspecto en el campo de las nuevas tecnologías se produce por efecto del desarrollo de la metalurgia del hierro. En Manching, las herramientas fabricadas en este metal superan las doscientas en opinión de Jacobi, lo que implica una especialización que ya no se explica en los ámbitos domésticos, sino en los talleres artesanales de profesionales del metal. Para este momento, la producción de hierro ya se ha generalizado a toda la población y el metal, que da nombre a la época, se utiliza de forma indiscriminada en todos los sectores económicos e incluso para levantar las fortificaciones.

 

Sistemas de distribución y circulación

 

Uno de los procesos que caracterizan el desarrollo de la segunda mitad del primer milenio, es la progresiva sustitución de los sistemas de distribución que habían caracterizado el periodo anterior. Los bienes procedentes del Mediterráneo ya no acceden a las grandes tumbas principescas con la misma intensidad y coste, porque los rituales de enterramiento han cambiado sustancialmente y ahora no contemplan la práctica de dar signos de enriquecimiento desmesurado. Tan sólo una zona continúa con la tradición anterior, se trata del área de Hunsrück-Eifel y, en menor medida, de la Champagne, Bélgica y el centro del valle del Mosela, donde son frecuentes los enterramientos con carro, ahora de dos ruedas y con los productos procedentes del norte de Italia. A fines del siglo V a.C. también esta zona acaba por perder esta tradición; los ricos enterramientos de Reinhein y Waldalgeshein, con sus torques y brazaletes de oro, son los últimos en mostrar la vieja tradición. Paralelamente al proceso citado, el desarrollo de las producciones indígenas fue aceptado por su propia población, de tal modo que en el siglo V a.C. ya se puede hablar de un estilo orientalizante celta e incluso en Waldalgeshein de un taller. El armamento de producción celta se hace patente también en la fase más antigua de La Tène en Champagne, donde los productos de importación son también escasos, allí es frecuente encontrar en las tumbas carros, espadas, lanzas, yelmos de bronce y complejos arneses y guarniciones de carro. Con la llegada de los últimos siglos del milenio, la tendencia a cubrir con productos indígenas las demandas locales parece ya un hecho. En algún caso como Suiza, los herreros llegaron a firmar sus espadas, aunque no está claro que llegaran a la especialización entre ellos. De todos modos, los productos de metal sí debieron generar distintos circuitos de distribución según su calidad y función, siendo así que las espadas y las armaduras parecen tener un circuito de distribución mucho más amplio que las fíbulas u otros productos de adorno o formas cerámicas como los recipientes de cerámica grafitada; no obstante, los circuitos fueron en el primer caso poco frecuentes, y en el segundo locales. Incluso el mismo hierro, en forma de lingote de doble punta, también circuló hacia los talleres que no se encontraban cerca de las minas. La distribución de los productos importados y en general de los estandarizados en el mundo indígena, durante la etapa de la cultura de los oppida, se dirige preferentemente al poblado y no a la necrópolis, y no muestra, por lo conocido hasta ahora, una preferencia por un tipo de casa u otra. Es una excepción, sin embargo, el norte de Francia y el sudeste de Inglaterra que, a fines del siglo II y hasta la mitad del siglo I a.C., recuperaron la vieja tradición de concentrar los productos más ricos en las tumbas, como se documenta en Goeblingen-Nospelt en Luxemburgo o Snettisham e Ipswich en Inglaterra, con recipientes de bronce de Campania, copas de plata itálicas, ánforas vinarias Dressel Ib, fíbulas de plata del norte de Italia y torques de oro de producción local. En Europa septentrional no se advierten signos de diferenciación en el acceso a los productos hasta el siglo I a.C. A partir de esa fecha, sin embargo, como ocurre en Inglaterra y el norte de Francia, se documentan los primeros enterramientos ricos y con presencia de carro, con la sustitución de la incineración por la inhumación y el interés por los productos relacionados con el vino. No obstante, el intercambio de productos por el ámbar, que había sido una de las bases de su sistema de relación externa, cayó significativamente durante gran parte del periodo.