Edad del Bronce y Grecia Antigua

V.- SEGUNDA EDAD DE HIERRO

 

Inicio: Año 500 a. C.

Fin: Año 200 a.C.

 

Tras la Edad de Bronce se desarrolla la Edad de Hierro caracterizada por el empleo de utensilios y armas de hierro. Si bien en el Próximo Oriente aparecen instrumentos de hierro en el III milenio, no será hasta el siglo XIII a.C. cuando alcance un importante desarrollo en Anatolia , especialmente entre los hititas, quienes tendrán el monopolio de su uso durante un tiempo. Las relaciones comerciales impulsadas por griegos y fenicios motivarán la expansión del hierro hacia Europa donde se desarrollan entre el siglo VI y el III a.C. importantes culturas como la geométrica en Grecia, la villanoviana en Italia o Hallstatt y La Tène en Europa central. El desarrollo a gran escala de la agricultura, de los intercambios y de los poblados serán características destacadas de este momento prehistórico.

 

1.- Europa Mediterránea. Asentamientos.

 

En el área mediterránea de la Península Ibérica, los análisis sobre el patrón de asentamiento comienzan a ofrecer los primeros resultados y, con ello, significativas diferencias dentro de la geografía de la cultura ibérica. Los estudios sobre el Alto Guadalquivir de A. Ruiz y M. Molinos, han confirmado la existencia, desde mitad del siglo V a.C., de un modelo de asentamiento único que en las fuentes históricas escritas es conocido con el nombre de oppidum, sin que tenga mucho que ver con lo que serán algunos siglos después los oppida celtas. Se trata de asentamientos localizados en alturas entre los 300 y los 800 metros sobre el nivel del mar, en puntos de amplias posibilidades estratégicas por su gran visibilidad y altura relativa y, sobre todo, en el caso de los que ocupan las campiñas de Córdoba y Jaén, por dominar las fértiles tierras de secano de su entorno. Hacia el este y del mismo modo en las altiplanicies de Granada, el modelo se modifica sensiblemente porque los asentamientos, también oppida, se localizan junto a las vegas de los ríos, perdiendo parte de su valor estratégico visual pero ganando en su disposición respecto a las redes de comunicación, así como asegurando su supervivencia económica en el marco de una agricultura de regadío. Presentan los oppida ibéricos patentes fortificaciones con torres y, en la mayor parte de los casos conocidos, se levantan sobre los viejos asentamientos fortificados del siglo VII. Por otra parte, son, en algunas áreas como el Alto Guadalquivir, tal y como se ha señalado, el modelo único de asentamiento, con distancias entre sí de 8 kilómetros de media y tamaños diferentes que se pueden expresar en tres escalas: una superior, entre 10 y 20 hectáreas, otra media, entre las tres y seis, y un tercer nivel, de pequeños núcleos, en torno a la hectárea. No se puede señalar por el momento si existiría otra escala superior en asentamientos como Porcuna o Cástulo, que fueron los grandes centros de la zona, al menos desde el siglo III a.C. y tal vez antes si se siguen las fuentes literarias. En el área valenciana, en torno al valle del río Turia, se observa otro modelo de asentamiento que podría ser algo más tardío, quizá a partir de mediados del siglo IV o inicios del III a.C. y que articula tres tipos diferentes de asentamiento, como han demostrado J. Bernabeu, C. Mata y H. Bonet. Esta vez a los oppida, que son escasos y se mueven en las escalas media e inferior de las referidas al Alto Guadalquivir (el asentamiento mayor es Lliria, con 10 hectáreas), se añaden pequeños caseríos sin fortificación y atalayas defensivas en los extremos del territorio del oppidum mayor, como es el caso del Puntal del Llops para los centros estratégicos o Castellet de Bernabé para las aldeas agrarias. En el área catalana, a los elementos reconocidos en el caso anterior se le añade la originalidad de presentar campos de silos, como se ha documentado en el Empordá, en las proximidades de la factoría griega de Emporio, o en el Bajo Llobregat. Por lo demás, mantienen el modelo valenciano de un gran oppidum, como se advierte en los casos de Ullastret o Burriac. El modelo citado, excepcionalmente en algunas áreas como la costa de Garraf, no muestra restos de fortificación en los asentamientos. En el entorno de Marsella, un complejo de núcleos de altura fortificados como Entremont o Saint-Blaise dan idea de un modelo nuclearizado que recuerda el recogido en el Alto Guadalquivir. No obstante, tienen unas características específicas y distintas a las recogidas en aquel caso y, sobre todo, falta información sobre el territorio. Más significativo es, en la bibliografía, el debate en torno al problema de influencia griega sobre el hábitat indígena, dada la proximidad de Massalia. Para autores como Treziny, apenas se puede observar helenización antes de los inicios del siglo II a.C., en el que hacen su aparición los planos hipodámicos en Entremont o I'Ille-de-Martigues o las fortificaciones como en el primero de los dos asentamientos citados o en Saint-Blaise. Durante el periodo anterior, tanto la construcción de las fortificaciones en piedra, con torreones circulares, como el trazado filiforme de los poblados sólo mostrarían el peso de la tradición indígena. En contra de esta opinión se barajan cuestiones como la construcción, desde el siglo VI y de forma generalizada en el V a.C., de casas con zócalo de piedra y adobe o la impronta que a través del Ródano se va dejando notar hacia el interior de Europa del efecto focense massaliota. En la península italiana también se conocen algunas referencias sobre el patrón de asentamiento, al margen del caso romano, ya un modelo clásico al que no se hará referencia aquí. En general, el desarrollo del siglo V a.C. muestra una serie de cambios importantes; así, en la Lucania desaparecen algunos núcleos, Ruvo del Monte o Ripacandida, en tanto otros, como Serra de Vaglio, sufren una importante transformación; en general, en esta área interior lucana del sur de la península, en Basilicata, se advierte un cambio en la estructura del paisaje sustituyéndose las antiguas aldeas por un sistema disperso que se hace patente en el segundo cuarto del siglo IV, si bien paralelamente se reafirma el sistema de núcleos fuertemente fortificados, unas veces ocupados, caso de Serra de Vaglio, y otras veces como simples recintos defensivos en los que concentrarse la población dispersa en situaciones críticas. Este último modelo que la investigación italiana conoce con el nombre de patrón de asentamiento pagano-vicánico o aldeano, ha sido muy bien estudiado en el área samnítica y sabina, que alcanza la vertiente adriática; se trata de una población dispersa que se organiza en factorías y se asocia a un gran recinto (oppidum) en el que son raros o inexistentes los edificios y es frecuente, también en la zona, la existencia de algún santuario local para las ferias periódicas. En la vertiente tirrénica y en el interior de la Campania, de nuevo en territorio lucano, se documenta asimismo el sistema de oppida fortificados asociados a un poblamiento disperso, es el caso de Roccagloriosa, que se muestra como un gran centro indígena desde el siglo V a.C.; sin embargo, aquí el proceso sigue una vía muy diferente al que se observa en el interior del territorio lucano, ya que la población en la segunda mitad del siglo IV salta la estructura fortificada disponiendo las estructuras de habitación de una forma muy regular, lo que se observa también en otros casos de la zona como Grumentum. Quizá en ello influya la expansión militar que en un momento dado había producido la toma de la colonia griega de Paestum por los lucanos. Hacia el norte, la presencia céltica se hace cada vez más evidente con sus sistemas de oppida y aldeas, como se documenta en el oppidum de Monte Bibele, una pequeña aldea de pocas casas que, sin embargo, muestra diferencias significativas en su necrópolis. En el tema de la planificación interior de los asentamientos para el área ibérica se constatan diversos modelos, que van desde los casos más pequeños con la planimetría de calle central o forma circular con espacio central vacío, muy documentados en el área catalano-levantina e identificados en las atalayas o las aldeas, como el caso de los sitios valencianos ya citados de Puntal dels Llops, Castellet de Bernabé o catalanes como Puig Castellet en Gerona, hasta planos muy complejos con acrópolis definidas por torres, también presentes en el área en el Bajo Ebro en el Coll del Moro. Un nivel con trazados más complejos, con diferentes manzanas y calles de distinto ancho, se documenta en los oppida de mayor tamaño; en Andalucía éste es el caso de Puente Tablas o Tejada la Vieja; en Valencia, de la Bastida o San Miguel de Liria, y en Cataluña, de Ullastret y Burriac. Respecto a la estructura de las casas ibéricas, se observa una amplia tipología donde el modelo más simple lo constituye los departamentos únicos documentados en las atalayas o aldeas que, en algún caso como Puntal dels Llops, han sido interpretados como espacios insertados en una unidad mayor, el asentamiento, en la que las unidades constructivas se complementan entre sí en las diferentes funciones domésticas. En otros casos, como la recientemente excavada casa de Gaihlan, en el sur de Francia, se ha advertido que la estructura única distribuía después interiormente el espacio en dos salas y utilizaba el exterior para desarrollar gran parte de la actividad cotidiana. En el otro extremo del área ibérica, se conocen unidades mayores como las casas recientemente estudiadas en Puente Tablas, Jaén, con un patio al fondo o a la entrada, semicubierto lateralmente y donde se dispone el hogar y la mayor parte de las actividades de consumo, y una estructura cubierta al fondo, a veces a la entrada, compartimentada lateral u horizontalmente, en algún caso hasta en tres estancias. Los modelos más complejos disponen una segunda planta sobre la parte cubierta y pueden llegar a añadir un cuerpo lateral al patio, también cubierto. En general, las casas oscilan en tamaño entre los 6 y los 170 metros cuadrados de superficie en los edificios domésticos. No obstante y con la salvedad del sur de Francia, donde en algunos poblados persiste la cabaña de materiales perecederos hasta fechas muy tardías, todos los edificios presentan zócalos de piedra y construcción de las paredes en tapial o adobe, sin poderse documentar, hasta el momento con anterioridad al siglo III o II a.C., según las zonas, sistemas complejos de servicios urbanos como la canalización del agua o complejos pavimentos en las calles; no así los silos y los aljibes, que están presentes en muchas casas a nivel privado y en las zonas vacías interiores de los oppida. Más complejo es el problema de los edificios singulares. En el sur de Italia, a partir de la destrucción del palacio de Braida en Serra de Vaglio, en la Basilicata, y la restructuración que sufre el poblado en el siglo V a.C., se levantaron varias casas señoriales o aristocráticas. De igual modo, estas situaciones se producen en la Daunia, con la persistente tradición de seguir enterrando cerca de la casa. En Forentum, en la Daunia interna, se construyeron cinco residencias aristocráticas a fines del siglo V a.C., con planta absolutamente idéntica, caracterizadas por un gran patio precedido por un pórtico decorado con un acroterio que muestra representaciones de caballeros. En la Península Ibérica, estos signos de isonomía se perfilan en los edificios singulares que se documentan en Campello, Alicante, o, más recientemente, en San Miguel de Lliria en Valencia. El primero, con un almacén frente a él, y el segundo, con un patio con un betilo central, y un pozo con cenizas, y un rico ajuar en su interior. El debate sobre estos edificios está abierto en la actualidad entre los partidarios de considerarlos templos o residencias aristocráticas.

 

Base económica

 

Es escasa la información que tenemos para la zona en materia de reconstrucción paleoambiental y de estudios sobre la producción vegetal o animal. No obstante, parece confirmarse que durante el siglo V a.C. el paisaje natural del área mediterránea occidental estaba compuesto preferentemente por encinas y pinos, como lo demuestran los estudios polínicos realizados en puntos tan distantes como Puente Tablas en el Alto Guadalquivir o el santuario rural de Pantanello en Basilicata, a 3 kilómetros de la colonia de Metaponte. Se desconoce hasta qué punto estos núcleos eran ya reductos del bosque mediterráneo, ya que en sitios como Castellones de Ceal, aguas arriba del Guadalquivir o Puntal dels Llops en Valencia, los restos polínicos recuperados destacan el papel del pino de forma dominante, aunque puede deberse a su disposición excéntrica respecto a los bosques de encinas. En el plano de la agricultura, continúa ejerciendo un fuerte predominio la producción cerealista, que en el Alto Guadalquivir domina sobre el resto de las herbáceas de forma poderosa, en una curva que tiende a alcanzar su óptimo a mediados del siglo V a.C. para descender después y recuperarse a fines del siglo IV. Dominan en el grupo la espelta y la cebada, así como el trigo duro, y comparte el cereal su presencia con las leguminosas, además del olivo y la vid. En Pantanello se da la misma articulación, con la salvedad de que no se documenta trigo duro y que, a partir de finales del siglo IV, se produce la caída del olivar y la vid, quizá por efecto de una estrategia diseñada por la colonia de Metaponte, y se desarrolla la producción de cereal con una tendencia al monocultivo, que incluso puede haber puesto en cuestión el modelo rotativo con las leguminosas, a juzgar por la baja que éstas también presentan en la curva polínica general. En el marco de la fauna, las variaciones son muy amplias, aunque parece apuntarse una tendencia al dominio porcentual de los ovicaprinos, a tenor de los resultados obtenidos en asentamientos muy distantes entre sí del ámbito mediterráneo. Pantanello, que mostraba primero una tendencia, durante los siglos VI y V a.C., al dominio del ganado bovino, sin embargo, a partir del IV a.C. da signos de potenciar los rebaños de ovicaprinos; igual sucede en la mayor parte de los asentamientos de la zona de Metaponte a partir de su inclusión en la chora, es decir, desde el siglo V a C.; un caso sintomático de estos cambios es Cozzo Presepe, un hábitat indígena que, en el siglo VI a.C., articulaba las tres especies (ovicaprinos, bovinos y suidos) de forma equilibrada, pero que a partir del siglo V a.C. ve caer la tasa de bovinos y suidos y aumentar considerablemente el número de ovejas. En el valle del Guadalquivir, conforme se desciende hacia su desembocadura, el dominio del bovino es significativo, como lo demuestran las series de El Carambolo Bajo, durante la fase orientalizante; sin embargo, conforme se asciende hacia la parte alta del valle, los porcentajes dominantes caracterizan a los ovicaprinos no sólo atendiendo a esta razón geográfica, sino al tiempo. En Puente Tablas, en el siglo III a.C., se confirma ya el dominio de los ovicaprinos, y en Peña Negra se realiza esta transición durante el periodo orientalizante. En términos generales, la fase que se inicia en el siglo V a.C. supone una importante transformación del paisaje, porque se hacen efectivos los cambios abiertos por las colonizaciones no tanto en materia de incorporación de nuevas especies, ya que el aceite o la vid se conocen desde el milenio anterior, sino porque se generaliza su cultivo. De este modo, en Basilicata se advierte que áreas que no habían sido cultivadas con anterioridad ahora con las especies arbóreas pueden ser puestas en producción, sin necesitar para ello demasiada mano de obra. Este proceso expansivo hacia nuevas tierras se define, hacia la mitad del siglo II a.C., en zonas del valle del Guadalquivir hasta entonces no cultivadas por la dureza de sus suelos, posiblemente por un cambio tecnológico que Wells recoge, como es la sustitución de la reja de arado de madera por la de hierro y la extensión del uso de la guadaña.

 

Relaciones distribución-circulación

 

La mayor parte de los autores coinciden en observar un proceso de recesión económica para el Mediterráneo occidental, e incluso para la Europa templada a partir del siglo V a.C., que, sin embargo, se hará efectivo un siglo después. Indudablemente, los cambios que se propician a partir de este siglo son significativos respecto al periodo anterior, no sólo porque suponga el hundimiento del rico mundo orientalizante y porque los productos que circulen ya no sean los excepcionales objetos del siglo VI a.C., y sí piezas comunes y estandarizadas, sino porque todo el sistema de redes de circulación de productos cambia sustancialmente. De hecho y como recoge Collis, algunos síntomas dejan ver la nueva situación; de una parte, se produce un interés de los mercados griegos por la Europa suroriental, que se observa en el auge de las relaciones con el mar Negro; de otra, griegos y etruscos deciden buscar nuevas vías para acceder a Centroeuropa, a través de los pasos alpinos del norte de Italia, de ahí la competencia abierta entre unos y otros por controlar la vertiente adriática con la fundación griega de Spina y etrusca de Marzabotto; por último, hay que añadir que el Mediterráneo occidental daba para esta fecha signos evidentes de una competencia romano-cartaginesa cada vez más conflictiva. De hecho, Marsella disminuye en su papel de centro fundamental de intercambio, como lo muestra la baja de los hallazgos de cerámica de figuras rojas respecto a la de figuras negras de la etapa anterior y ello puede estar en directa relación con el control cada vez mayor que Cartago ejerce sobre las rutas del sudoeste mediterráneo, lo que se avala en el estudio de A. Arribas sobre el pecio del Sec, un cargamento de productos griegos hundido en un puerto mallorquín controlado por los cartagineses, que se dirigía a cubrir la demanda de productos del sur y del levante de la Península Ibérica. En todo este entramado de razones no hay que olvidar el giro producido en los talleres de cerámicas ahora controlados por las producciones de figuras rojas áticas y, sobre todo, sus tipos estandarizados de baja calidad, como el kylix del Pintor de Viena 116 o por las producciones de la Magna Grecia que imitan prototipos áticos. Se ha de añadir que este giro en la estrategia de los intercambios se produce, además, por razones internas de las sociedades receptoras, que sufren procesos hacia la atomización del poder político, como lo muestran los modelos nucleares de los asentamientos del Guadalquivir o el sur de Francia o los conflictos internos sufridos en áreas como la lucana, que afectan de modo tan directo al desarrollo de algunas colonias de las vertientes tirrénica y jónicas y la gestación de una base social más amplia receptora de productos importados. El proceso se ajusta a lo que en algún momento se ha definido como los síntomas de isonomía de las sociedades indígenas, y que no deben presuponer un proceso democratizador al estilo griego, sino una tendencia hacia un modelo social de oligarquías aristocráticas, es decir, una isonomía sólo entre iguales. Este factor está en la base de las nuevas demandas y justifica seguramente muchos de los cambios producidos. Si se hace una valoración global de los ajuares de los enterramientos en los siglos V y IV, se observará que las tumbas ricas son menos ricas y las pobres menos pobres. El proceso que marca el paso del siglo V al IV a.C. va dejando a un lado las abundantes concentraciones características de las tumbas principescas, que todavía se documentan a fines del siglo V a.C. en casos como Melfi-Pisciolo, y va dando paso a un modelo de tumba masculina con los elementos propios del ritual del banquete y el simposio: las pinzas o el conjunto de vasos griegos que van desde la crátera al kylix y conforman el ritual del vino. Es interesante reseñar que este cambio advertido en la segunda mitad del siglo V a.C. no se muestra siempre igual, como lo deja ver la ausencia de las armas defensivas en Banzi, a fines del siglo V a.C., o por el contrario, su presencia en tumbas de inicios del siglo IV a.C. en Paestum en la Campania, una vez conquistada por los lucanos, en Forentum, en la Daunia y en las necrópolis del área ibérica. En cuanto al conjunto general de los enterramientos, en Forentum, a partir de la segunda mitad del siglo V a.C. se generaliza la presencia del kylix de barniz negro en muchos enterramientos, extendiéndose esta tradición durante el siglo IV; igual proceso se observa en la Península Ibérica, ya que desde fines del siglo V a.C. con la copa Cástulo y, sobre todo, a partir del segundo cuarto del siglo IV a.C. con el kylix Pintor de Viena, es frecuente que en tumbas significativamente pobres en ajuar y estructura se documente este tipo de producción cerámica. El hecho se constata en Cabezo Lucero en Alicante, El Cigarralejo en Murcia, Baza en Granada o Cástulo en Jaén. Si en el caso italiano el proceso deja suponer la puesta en marcha de talleres coloniales de la Magna Grecia, en cambio, en el caso español, gracias a la documentación ofrecida por el pecio del Sec, no cabe duda que la producción es importada. Si bien es cierto que las importaciones y en general ciertos productos de valor llegan a una gran masa de población, también lo es que dentro de estas producciones algunos elementos sólo circulan en determinados sectores sociales, así la crátera, que es componente característico de los ajuares en el Alto Guadalquivir, sólo se asocia a las tumbas de cámara o a las grandes cistas, es decir, a tumbas de gran calidad constructiva. De este modo, se van definiendo por áreas distintos tipos de ajuar aristocrático y otra serie escalonada de ajuares que responden sin duda a razones sociales; en Baza los ajuares con kylix, por citar un caso, siempre se localizan en el círculo que se define en torno a una gran tumba aristocrática y se cierra por una serie de enterramientos en grandes cistas, lo mismo que aquellos que tienen la falcata, la característica espada curva ibérica, y el soliferreum. En otros casos como Cástulo o Forentum, la falcata o la espada se muestran como parte del ajuar aristocrático y, en cambio, aparece generalizada la lanza en el caso de Cástulo, o la lanza y la jabalina en Forentum. La distribución de estos productos y los diferentes niveles de ajuar siguen también modelos espaciales distintos; así, mientras en la Daunia se localizan las necrópolis en el interior de los asentamientos, y dentro de ellos se observan posiciones agrupadas según su riqueza, las tumbas más ricas de Forentum se localizan en la acrópolis junto a las residencias aristocráticas; en cambio, en el área ibérica del sudeste de la Península, las necrópolis son núcleos bien definidos, próximos y exteriores al oppidum y en su distribución interna las tumbas de cámara y, en general, las más ricas se disponen, como en Baza, Galera o El Cigarralejo, en una posición excéntrica desde donde disponen la distribución del resto de los enterramientos. En el marco de estas tumbas complejas en ajuar, asimismo se advierten variantes significativas desde el punto de vista constructivo, que van desde las tumbas de cámara con frescos pintados en sus paredes en el área tirrénica, conquistada por los lucanos, o las de cámara ibéricas de la Bastetania, entre la provincia de Granada y Jaén, en casos como Galera o Toya, a los túmulos con empedrado del área murciano-alicantino-albaceteña (El Cigarralejo, Cabezo Lucero o Los Villares), o los enterramientos definidos por cenefa dibujada con cantos rodados en Cástulo. Conviene recordar que en el marco del Mediterráneo, el área italiana se decanta en este periodo por la inhumación, con variantes como el ritual samnio de posición supina o extendida y el tradicional daunio en posición fetal, mientras en la Península Ibérica es la incineración el modo de ritual dominante; es interesante citar que algunas zonas como la vieja área tartésica, después turdetana, no ha mostrado restos funerarios que se adscriban al periodo estudiado, lo que puede deberse a deficiencias en la investigación, pero también a tipos de ritual diferentes que no dejen huella, lo que implica un modelo que no produce circulación en el ámbito funerario y, sobre todo, una tradición cultural distinta.