3.- Crisis del poder político: legisladores y
tiranías
Las ciudades que se forman por sinecismo en el
tránsito de la edad oscura a la época arcaica, al mismo tiempo que centro de
poder, se hacen igualmente centro de las relaciones económicas de la ahora, lo
que permite que, además de polis, como comunidad de ciudadanos, la ciudad
tienda a transformarse en centro urbano. Como, por otra parte, la
estructuración ciudadana se hace paralelamente al desarrollo colonial, elemento
promotor de nuevas formas de intercambio, y consecuentemente de nuevas
actividades artesanales, el centro urbano permite que se acentúe el cambio
cualitativo de la población. De hecho, los campesinos se ven sometidos a las leyes
de los mercados de cambios y algunos miembros de las familias aristocráticas
tienden a diversificar sus economías a través del acceso a productos lejanos y
a los instrumentos de la actividad mercantil, principalmente a las naves. La
polis permite tanto la diversificación de la población como la de sus
actividades. El acceso a territorios lejanos permite aumentar la obtención de
bienes de prestigio para consolidar el poder social y la obtención de mano de
obra servil con el fin de aumentar los rendimientos y permitir la salvaguarda
del campesino libre. De este modo, la transformación llega a ser también
cuantitativa desde el punto de vista de la producción. Paralelamente, el
aumento de las actividades auxiliares dentro de la ciudad permite que ésta se
convierta en el lugar privilegiado para la actividad de los thetes, hombres
libres que alquilaban ocasionalmente su trabajo a cambio de un misthós, pago en
especie que va transformándose con el desarrollo de nuevas estructuras
económicas en forma de pago y medio de distribución social.
Moneda
Varios fueron los elementos confluyentes hacia la
creación de una economía monetaria a lo largo de la época arcaica. La riqueza
de los reyes de Frigia y Lidia, proverbial en las figuras de Midas y Creso,
respectivamente, permitió el desarrollo de un sistema de tributación y de
remuneración de tropas mercenarias, apoyado en la abundancia de metales
preciosos existentes en sus territorios. Tanto las referencias de los autores
antiguos como los datos de la arqueología permiten concluir que fueron las
acuñaciones lidias las que sirvieron de modelo para las primeras monedas
griegas. Sin embargo, sólo gracias a las condiciones de desarrollo de la misma
economía griega, el sistema monetario pudo generalizarse a lo largo del período.
De un lado, las transformaciones de la sociedad que se vinculan a los orígenes
de la ciudad imponen nuevas formas de redistribución. La unidad representada
por el oikos se diluye en formas más complejas, donde las clientelas se
mantienen a base de una participación en beneficios que no siempre puede
hacerse en especies. La moneda desempeña un papel intermediario para paliar los
desequilibrios surgidos en las formas económicas, como instrumento válido para
acceder a los bienes, sobre todo por quienes no intervienen directamente en la
producción primaria. Ello permitiría que más tarde Aristóteles le atribuyera un
valor moral, garantía de la estabilidad de la comunidad de la polis. De otro
lado, del mismo modo que las transformaciones de la sociedad van vinculadas al
desarrollo de los cambios, también la moneda, como instrumento polifacético,
sirvió para el desarrollo y consolidación del comercio exterior que, desde
luego, ya venía practicándose anteriormente sin necesidad de que existiera
aquélla. En cualquier caso, su función en el comercio exterior queda siempre
vinculada a la función interna, como factor de potenciación y síntoma de las
transformaciones en ámbito social. Al mismo tiempo que favorecía la agilización
de los intercambios exteriores, potenció los interiores y creó las condiciones
para que el misthós fuera una institución permanente, tanto en el trabajo
productivo como en el servicio de los ejércitos mercenarios. Las
transformaciones críticas de la aristocracia efectivamente favorecían el alquiler
de efectivos desarraigados de las unidades políticas en formación.
Crisis aristocrática
El desarrollo inicial de los ejércitos hoplíticos
aparece todavía actuando bajo la dirección y patrocinio de la aristocracia. La
tendencia a liberarse por parte del campesinado ponía en peligro su
pervivencia. Algunos aristócratas acuden consecuentemente a tratar de reforzar
las filas a su alrededor, fortaleciendo clientelas a través de repartos
benéficos y aumentando sus poderes reales con ejércitos mercenarios, pagados
con las monedas con acuñaciones indicativas de los símbolos heráldicos del
demos dominante. El primer paso, tanto en las nuevas formas militares como en
los nuevos medios de cambio, se inserta así en la crisis de la aristocracia que
sobrevive a base de poner ella misma los fundamentos de las nuevas estructuras,
tanto en el plano militar como en el económico. En otro orden de cosas, la
ciudad, órgano de la solidaridad aristocrática, se transforma en el escenario
no sólo de sus acciones tendentes a integrar y transformar los fundamentos
materiales en que se asientan las otras clases, creando así lazos verticales,
sino de las acciones que rompen los lazos horizontales de esa misma
solidaridad. De este modo, a las presiones del campesinado, a la presencia a
veces conflictiva de los thetes, se une la rivalidad aristocrática, donde los
miembros de las grandes familias compiten entre sí para obtener el control de
los bienes y de los hombres. Las presiones de estos últimos y sus resistencias
colaboran, sin embargo, a desarrollar fuerzas aglutinadoras que permiten que
dentro de la aristocracia se produzca una tensión entre tendencias solidarias y
competitivas, característica de las acciones y de las creaciones ideológicas
del arcaísmo. En este ambiente, las mentalidades que se reflejan en los medios
aristocráticos recogen en cierta medida los elementos que se desprenden de la
práctica del combate hoplítico y del papel equilibrador del ágora como centro
político. El oráculo de Delfos se erige en patrono ideológico de la clase que
exige el equilibrio para su supervivencia solidaria. Las máximas "conócete
a ti mismo" y "nada es demasiado" recogen tajes necesidades, con
el intento de evitar que la insolidaridad lleve a cualquier individuo a violar
las reglas de la propia clase y a excederse, en su ambición, en sus modos de
explotación de las clases antagónicas y en la rivalidad con sus homólogos, de
modo que provocara la destrucción del todo. El mayor delito moral sería la
hybris, la ruptura con los propios límites, el olvido de la propia naturaleza,
la soberbia que lleva al hombre a intentar igualarse con los dioses y a
provocar su envidia. Todo exceso trae como consecuencia la propia destrucción.
Para los griegos, los representantes de tal mentalidad fueron los siete sabios,
número mágico que encuadra en listas que contienen variaciones concretas a los
hombres que, mitad políticos y mitad filósofos, habían expuesto en las teorías
que habían llevado a la práctica, en la vida pública y en la privada, los
principios básicos de esa mentalidad. En el plano político, éste es el espíritu
que se plasmó en las diferentes legislaciones que se llevaron a cabo en las
ciudades griegas, donde se redactaban, generalmente por escrito, las normas de
convivencia con la intención de imponer orden, tanto por medio del freno de las
reivindicaciones y de los abusos de las clases en conflicto como a través de la
imposición de los límites a las rivalidades destructivas de los miembros más
ambiciosos de las clases aristocráticas. En Magna Grecia se hicieron famosos
Zaleuco y Carondas, cuyas leyes seguían sirviendo de modelo en la época clásica.
Pitágoras sería el representante de la doble cara, política y filosófica, de
este tipo de personajes, pues su teoría matemática y musical viene a ser la
sublimación de estas actitudes ante la realidad social. En Esparta y en Atenas
es donde la actividad de los legisladores Licurgo, Dracón y Solón resulta mejor
conocida.
Tiranía
Todo intento de encontrar una causa unilateral al
fenómeno de la tiranía griega se ha mostrado condenado al fracaso no sólo
porque la casuística ofrece múltiples variedades, sino, sobre todo, porque los
factores concluyentes, en cada caso de diferente manera con graduación
distinta, son tantos como los aspectos que pueden detectarse en la realidad
histórica que acompaña a este momento de crisis de la aristocracia. La tiranía
no es la "dictadura del proletariado", vanguardia de una lucha que
representaría los intereses del trabajo asalariado, representado por los
thetes, ni la manifestación política de una clase mercantil ascendente en lucha
contra la aristocracia, ni el gobierno que abrió las puertas al sistema
hoplítico, ni el resultado de las rivalidades aristocráticas de las grandes
familias apoyadas en clientelas compuestas por grupos de campesinos más o menos
identificados con territorios precisos. Ninguna de estas explicaciones resulta
coherente, y en cada caso hay datos que representarían una flagrante
contradicción con la explicación general. La tiranía no representa
unilateralmente ninguno de los fenómenos anteriormente expuestos, pero, en
cambio, puede decirse que responde a rasgos susceptibles de identificarse con
todos ellos. Globalmente, en lo que se refiere al sistema productivo, tal vez
pueda decirse que el fenómeno coincidente más importante es el de la
consolidación de la clase hoplítica como oligarquía de los propietarios de
tierra, al margen de cuál fuera en cada caso la intención del tirano, que
actuaría más bien como un fenómeno mas y no como puro artífice del cambio. Como
tal fenómeno, sus relaciones con las clases en conflicto pueden ser
contradictorias. Naturalmente no pueden hallarse coincidencias cronológicas
entre el desarrollo del armamento hoplítico y la tiranía, pues no se trata, en
ningún caso, de una relación mecánica en que el tirano implante el ejército
hoplítico ni que éste imponga el gobierno tiránico. Por otra parte, la
presencia de sectores urbanos pertenecientes a la clase subhoplítica también se
deja notar, aunque sólo se refleje en el plano de la demagogia y de las
representaciones imaginarias. En algunos casos existen medidas relativamente
integradoras, pues, en definitiva, en el plano político los programas tienden a
potenciar la funcionalidad urbana con la que articular mejor las actividades
productivas agrarias. Esto quiere decir que en el panorama general de la
tiranía no hay que olvidar el desarrollo de un proletariado, si se entiende
como tal la masa del demos subhoplítico que constituye el conjunto de los
thetes. Finalmente, si bien es cierto que el protagonismo aristocrático resulta
evidente al estudiar la prosopografia tiránica y que los tiranos se apoyan en
grupos clientelares, en ocasiones con base territorial, es preciso tener en
cuenta que estas actitudes sólo se entienden dentro de la llamada crisis de la
aristocracia, donde se rompe la solidaridad al producirse la posibilidad de
acceso a fuentes de riqueza alternativas a la explotación agrícola y de crear
nuevas dependencias en los sectores no asentados agrícolamente, donde se
encuentran bases de apoyo para consolidar el nuevo sistema de poder. Además, al
romper con la solidaridad aristocrática, los tiranos buscan fundamentos nuevos
en las tradiciones del pasado y en los modelos vecinos. Por ello, no es extraño
que los tiranos busquen representar la recuperación del papel del basileus,
idealizado como factor de superación de conflictos entre nobles y campesinos,
en ocasiones ornamentado con las formalidades de la realeza oriental, conocida
principalmente a través de los lidios. Así, el tirano, símbolo de la riqueza
monetaria, coincidente con el desarrollo de los cambios que le permite la
ruptura de sus solidaridades internas, toma un nombre que parece de origen
asiático, atribuido por primera vez en la literatura griega, en el fragmento
102 (Adrados) de Arquíloco, al rey Giges de Lidia, rico en oro. También se
decía que de allí procedía la moneda cuando se difundió entre las ciudades
griegas. De este modo, la tiranía representa un fenómeno político vinculado a
la heterogeneidad de las relaciones sociales de la época, centro, al mismo
tiempo, del debate ideológico vinculado al desarrollo del período
orientalizante, producto de la presencia objetiva de bienes materiales y de las
influencias que Oriente ejercía como atractivo espiritual.
El Peloponeso
Según algunos de los datos cronológicos, la primera
forma de gobierno que recibió en Grecia el nombre de tiranía fue la de Fidón de
Argos. Allí se conoce desde fines del siglo VIII un proceso expansivo que se
relaciona con las huellas arqueológicas de la introducción del armamento
hoplítico. La peculiaridad de la tiranía de Argos reside en que Fidón se hizo
tirano desde la posición de rey, heredero de Témeno, y pretendía recuperar los
dominios que habían conquistado los Heráclidas, los reinos de Agamenón y
Diomedes, al norte del Peloponeso. Así, se sabe que intervino provechosamente
en los conflictos por el control de Olimpia, centro de gran valor ideológico en
una política conquistadora. La tradición sobre su naturaleza regia indicaría
que como rey había roto la solidaridad aristocrática gracias a las
transformaciones que permite la táctica hoplítica y la adquisición de nuevos
territorios, lo que facilitaría el nacimiento de fidelidades clientelares,
igualmente favorecidas por el desarrollo económico, reflejado en los contactos
con Oriente desde el puerto de Nauplia. Los sistemas metrológicos argivos,
referidos al peso y a la moneda, sirvieron de modelo a muchas ciudades griegas
en época arcaica. Como la tiranía resulta un síntoma de los conflictos
sociales, es natural que las fuentes puedan aparecer contradictorias, sobre
todo en aquello que corra el riesgo de implicar un juicio de valor. Es lo que
ocurre en torno a Cípselo de Corinto, pues junto a versiones que tratan de su
crueldad, otras consideran que su acción fue resultado de un oráculo de Delfos,
que en otros casos se expresaba negativamente, destinado a eliminar a los
monarcas Baquíadas en favor de una nueva generación salvadora. Los Baquiadas
habían llegado a crear una dinastía, basada en la riqueza procedente de la gran
expansión colonial, que podía ser calificada como tiránica por individuos como
Cípselo, hijo de una mujer del mismo genos que ellos, pero de un padre del
demos que ejercía el cargo de polemarco. Ejército y demos aparecen unidos en
las rivalidades internas del genos en una competencia por el poder que puede favorecer
el prestigio de Cípselo, pero que no puede evitar que a su hijo Periandro le
atribuyan los rasgos propios del tirano, cruel, para acabar en la consolidación
de un sistema oligárquico capaz de prescindir del protagonismo exclusivo de las
grandes familias y que Heródoto califica como isokratía. También ejercía el
cargo de polemarca Ortogoras de Sición cuando accedió a la tiranía. Las
acciones más significativas del régimen se atribuyen, sin embargo, a Clístenes,
su sucesor. El hecho de que suspendiera la recitación de los poemas homéricos y
el culto al héroe Adrasto, sustituido por el de Melanipo, así como el hecho de
que reformara el sistema tribal y atribuyera a las tribus nombres alusivos a
los animales, indica que quienes controlaban el marco ideológico y organizativo
eran miembros de familias a las que el sistema tiránico se opone al menos en su
segunda etapa, considerada por las fuentes más dura que la primera, a pesar de
que la relación de Clístenes con los Alcmeónidas atenienses suavizará la imagen
en historiadores como Heródoto, vinculado a las clases dominantes atenienses.
Clístenes recuperaba las tradiciones míticas cuando, según Heródoto, ofrecía la
sucesión y la mano de su hija Agariste a quien en Olimpia venciera en la prueba
de la carrera de carros. Finalmente, en Mégara, se dice que el aristócrata
Teágenes llegó a la tiranía con el apoyo del pueblo, pues se puso al frente de
sus reivindicaciones cuando luchaba contra los aristócratas que habían
monopolizado la tierra común. Mégara había desempeñado y desempeñaba una
importante labor en las colonizaciones y disfrutaba de puertos a uno y otro
lado del istmo. Agricultura e intercambios, campesinado y aristocracia se
encuentran de nuevo involucrados en el episodio de la tiranía.
Asia Menor y las islas
Como es natural, en las ciudades de la costa de
Asia Menor y en las islas los aspectos orientalizantes de la tiranía se
agudizan, aunque las relaciones entre tiranos y monarcas lidios presentan
caracteres variables e incluso contradictorios. Algunos ejemplos también
resultan interesantes en el orden interno por reflejar las contradicciones
mismas del proceso por el que se implanta la tiranía, circunstancia que se hace
mayor en el escenario de las relaciones con la monarquía lidia y posteriormente
persa. Se dice de Trasibulo que se hizo con la tiranía en Mileto gracias al
apoyo de los demás gene aristocráticos para enfrentarse a Aliates de Lidia. Sin
embargo, luego se cuenta de él una anécdota que se interpreta como
antiaristocrática, pues aconsejó a Periandro de Corinto que metafóricamente
cortara las flores más sobresalientes de su jardín. La ciudad se había
convertido en un próspero centro capaz de fundar importantes colonias en las
rutas hacia el mar Negro, de sostener el centro cultural panhelénico de Dídima,
dedicado a Apolo, y de ser cuna del pensamiento científico y filosófico en la
corriente representada por Tales, Anaximandro y Anaxímenes. La acción
aristocrática sirve de eje a las transformaciones promovidas por los cambios
económicos en un lugar donde la ploutís o conjunto de los ricos recibía también
el nombre de aeinautai, navegantes perennes, que se enfrentaba a la hetairía
Quirómaca, la de los que luchan con las manos. Con todo, en algunos casos
también colaboraban tal vez en una situación resultante de la tiranía en que la
explotación de la tierra por los hoplitas y la navegación sostenían relaciones
complejas, de colaboración que en ocasiones podían llegar al enfrentamiento por
contradicciones no antagónicas, matizadas por los contactos con los estados
situados al oriente. En Mitilene, isla de Lesbos, los conflictos se reflejan
desde los inicios del arcaísmo, pues la antigua familia real de los Pentélidas
continúa presente en las luchas hasta la llegada de la tiranía, representada en
principio por Melancro y Mirsilo. Este último fue derrocado con la
participación de la familia del poeta Alceo, que canta en sus versos la
victoria de la aristocracia. Sin embargo, también ha colaborado Pitaco, que ha
obtenido prestigio en lucha contra el ateniense Frinón por el territorio de
Sigeo en la Tróade. Tal vez sobre esa base reciba el encargo de mediar como
aisymnetes en los conflictos de la ciudad. En el ejercicio del poder, Alceo lo
ataca como tirano, aunque la tradición lo sitúa entre los sabios y se cuenta
sobre él una anécdota en que rechaza la riqueza ofrecida por los lidios, que sí
aceptaría Alceo, y comenta que la mitad es más que el doble porque él ya posee
riqueza suficiente. La mentalidad parecería más próxima a la del sabio délfico,
pero las luchas políticas hacen que para su rival en el campo de las luchas
aristocráticas haya de verse calificado como tirano. El concepto se ve, pues,
sometido a las vicisitudes de las luchas concretas reflejadas en las fuentes.
En Samos, la tiranía de Policrates aparece en época mas tardía y sus relaciones
orientales tuvieron lugar ya con el rey de los persas, de quienes primero fue
un leal colaborador, para acabar en una posición antagónica que lo llevó a la
destrucción. Aparece apoyado en los hoplitas, pero su actividad más conocida
está relacionada con el mar, tal vez como herencia de los viajes de largo
alcance de aristócratas como Coleo, que dieron vida y riquezas al santuario de
Hera, donde se señalaba el final de la chora de la ciudad y se simbolizaban los
límites de los viajes marítimos. El sabio Pitágoras huyó de la isla al
implantarse la tiranía, como personaje representativo de la mesura, frente a la
desmesura de Polícrates, demasiado rico, tanto que, como ejemplo de provocador
de la envidia de los dioses, daba miedo al faraón Amasis, con quien también
mantenía buenas relaciones. En un momento determinado era el eje de las
relaciones entre estados y ciudades del oriente del Mediterráneo.