Edad del Bronce y Grecia Antigua

2.- La propiedad de la tierra

 

La creación de la polis viene a ser un efecto del proceso de transformación cualitativa y cuantitativa por el que atraviesan las relaciones entre los hombres y la tierra. En Hesíodo resultaba evidente la trayectoria de la acumulación llevada a cabo por los basilei, creadora de conflictos y de situaciones precarias para el campesinado. A través del sinecismo se reforzaba la solidaridad de los propietarios de las unidades económicas conocidas como oikoi que así controlaban el poder en una escala mayor. Sin embargo, de este modo la polis se continua como el marco de las nuevas luchas, pues también el demos resulta así capaz de actuar de modo solidario. El nuevo sistema productivo, consolidado en el oikos, permite, al mismo tiempo, el aumento de la capacidad colectiva para colonizar nuevas tierras en zonas baldías, de modo que aumenta el territorio que adquiere la naturaleza de chora y se amplían los cultivos. Paralelamente, el final de la época oscura se caracteriza por un notable crecimiento demográfico, factor que a su vez permite aumentar la producción, pero también resulta fuente de conflictos al no ser siempre coordinados ambos elementos, sobre todo en su engranaje con los cambios cualitativos, creadores de formas de explotación y de profundas diferencias en la obtención de los beneficios. Por otro lado, los procesos expansivos necesarios, paralelos al crecimiento demográfico, chocan con los mismos procesos en las ciudades vecinas, sobre todo en las zonas más pobladas, lo que produce conquistas y conflictos, sumisiones o pactos, pero también internamente fomenta la solidaridad y la concordia, consolida un cuerpo ciudadano que unitariamente sea capaz de defender el territorio colectivo. La ciudad pasó a ser, por tanto, marco de solidaridad social al mismo tiempo que marco de la conflictividad. Los caminos seguidos fueron variados y se manifiestan de modo entremezclado.

 

La stasis

 

La ciudad es, pues, efecto y causa de stasis, de conflicto interno, que afectaba a los diferentes segmentos de una sociedad configurada como comunidad política. Las raíces de la stasis se hallan en los problemas de la tierra. Su escenario es la polis, dentro de esta realidad específica en que lo ciudadano y lo agrario no vienen a ser más que dos aspectos de una sola entidad indivisible. Del mismo modo que quienes asientan su poder económico en el control de la tierra productiva traducen en el plano de la polis su aspiración al control de la colectividad, ésta también pasa a pronunciarse en el mismo plano. Así, el conflicto económico se identifica con el conflicto político. En el proceso de acumulación aristocrática, los miembros de la comunidad campesina corren el riesgo de caer en formas de dependencia clientelares susceptibles de aproximarse a formas de servidumbre colectiva que en principio no aparecen suficientemente definidas. En Tesalia los penestas, en Argos los gimnetas, en Sición los corinéforos, aparecen todos como colectividades supeditadas a las oligarquías dominantes. En el siglo II d.C., el lexicólogo Pólux los encuadrará entre la libertad y la esclavitud, como los hilotas espartanos y los mariandinos de Heraclea Póntica. Los rasgos de estas dos últimas colectividades están condicionados por el proceso expansivo espartano, en el primer caso, o por la expansión colonial, en el segundo. Penestas, gimnetas y corinéforos parecen resultado de procesos de transformación interna que dejaron fuera de la comunidad cívica a quienes no habían conseguido conservar sus derechos sobre la tierra, que iban normalmente unidos a la participación activa en la defensa militar del territorio. En algunos casos, a través de la stasis, el campesinado consiguió resistir a la acumulación y consolidarse como comunidad cívica. En estos registros es donde se producen, a lo largo de Grecia, las mayores variaciones, características de la gama amplia en que se mueven las instituciones de la polis.

 

La politeia

 

De este modo se configura la oligarquía de los politai, el conjunto de ciudadanos cuyo derecho a acceder a la tierra les posibilita asimismo el acceso a las funciones colectivas, a la politeia. Su manifestación más importante se lleva a cabo en la asamblea, donde se reúne la colectividad, bajo formas de control variables, según los casos, por parte de la aristocracia que, en la polis, accede a actuar públicamente en el centro, tanto en sentido metafórico como en su sentido real, pues el lugar público de la actuación política constituye igualmente el centro de la ciudad. En torno a este centro, meson, gira la vida de la comunidad, de la koinonía, equilibrio de las desigualdades, elemento superador de la stasis, siempre que los elementos externos, guerra o sumisión de extranjeros, colonización o control de territorios limítrofes, contribuyan como contrapunto a fomentar la solidaridad. La politeia significó el triunfo de los lazos políticos de base económica sobre los lazos de sangre. Sin embargo, los áristoi, que suponían que su excelencia se hallaba asentada en tales lazos, continuaron en líneas generales poseyendo el control real de las instituciones sobre la base de un prestigio reforzado con la consolidación de un sistema ideológico que hacía del pasado la justificación de la identidad presente, que buscaba en él sus propias señas. El ciudadano es el heredero del antiguo aristócrata, con lo que éste recupera una imagen grandiosa que fortalece al nuevo aristócrata en su misión ciudadana cuando es él quien se muestre capaz de patrocinar los cantos públicos que exaltan la figura de los héroes y de acudir como atletas a los juegos panhelénicos para lograr prestigio para su ciudad, pero también para afirmar su propio prestigio dentro de ella. La participación de todos en la politeia, de todos los que disfrutan de la tierra, no impide que de hecho la arché, el poder que se ejerce a través de las magistraturas, el de los árchontes, siga en manos de los poderosos, que también monopolizan la timé, el honor, que viene a identificarse con el poder, como en Roma, donde la identidad latina de los honores con las magistraturas simboliza la identidad del poder fáctico con su nivel ideológico. La contrapartida estaba representada por las leitourgíai, institución por la que los poderosos se ven obligados a desempeñar cargos onerosos, a realizar actos benéficos, en el plano económico y social, que a cambio los convierte en individuos protectores de la comunidad, como para justificar su superioridad política y económica.

 

El ejército

 

La formación de la polis y de la politeia corre en paralelo con la identificación de una chora como territorio de la ciudad, a pesar de las diferencias que pueda haber en la distribución de las parcelas. Su defensa implica a todos los miembros de la colectividad interesados en conservarla, dentro del proceso de ampliación y colonización interna de las diferentes comunidades que se constituyen como poleis. La actividad militar se convierte así en el eje en que confluyen los intereses económicos de los campesinos con los aristócratas que tienden a acumular tierras a costa de los primeros. El sinecismo unifica las tierras de los diferentes oikoi a escala política, integra las clientelas en la ciudad y crea una nueva clase dominante, la oligarquía formada por los sectores del demos que, en cada caso, han logrado acceder a las parcelas de la chora, el kleros, y han pasado por ello a convertirse en parte interesada en su defensa. Demos es, en definitiva, un término que alude originariamente al territorio objeto de distribución entre los miembros de la comunidad, dasmós. El sistema de la polis viene a ser una consolidación de tal comunidad, dentro del proceso conflictivo formado por la contraposición entre acumulación y resistencia. Esta nueva clase de propietarios, vieja como heredera de la comunidad campesina, es también la que forma el grueso del nuevo ejército hoplítico, la que también se llama, aludiendo a esa función, clase hoplítica. Pueden admitirse diferentes posturas, radicalmente contrapuestas o llenas de matizaciones, acerca de la prioridad del carácter militar o del carácter económico o social de los hoplitas. Por una parte, su papel en la defensa de la ciudad les confiere el peso suficiente para apoyar sus reivindicaciones en el plano político y en el disfrute de la tierra, garantizado institucionalmente, pero, por otra parte, sólo la preocupación por la defensa de un territorio propio, disfrutado de modo colectivo con todas las diferencias reales que se quiera, permite pensar en la existencia de un ejército como el ahora creado. Puede admitirse que los primeros armamentos pesados fueron proporcionados por los poderosos a sus clientes, en las formaciones más primitivas que puedan caracterizarse como hoplíticas. Sin embargo, la configuración del cuerpo cívico como ejército de combate requiere una participación libre y masiva. En el nuevo ejército, el soldado costea su propia armadura, pesada y cara, compuesta de lanza, casco, grebas o canilleras y, sobre todo, del escudo redondo que se sujeta al brazo izquierdo, con lo que el soldado se protege a si mismo y a su compañero, que a su vez protege al que le sigue por la izquierda. De este modo, el ejército actúa de modo compacto, sólida y solidariamente, sin que quepa ni la huida individual ni la hazaña personal. Los ejércitos sólo actúan en campo abierto, para proteger o para ocupar nuevos territorios cultivables. La guerra hoplítica es una guerra típicamente agraria, donde no importa la captura del prisionero ni la destrucción del enemigo, sino la ocupación y demarcación del territorio. Por eso el hoplita combate en falange, formación sólida sometida a reglas, a campos de batalla específicos y a alineaciones concretas, donde el lado izquierdo tiene que ser el protagonista de la acción, pues el flanco derecho no tiene escudos que lo protejan.

 

Conciencia hoplítica

 

Toda esta realidad militar apoyada en realidades económicas y creadora de aspiraciones políticas, forma una nueva mentalidad dominante en la colectividad, caracterizada por una idea de la comunidad como heredera del mundo heroico. Ahora es la polis la que actuó en su propia defensa, lo que permite que cada soldado sea heredero de los héroes, como en los poemas en que Tirteo exhorta al ejército espartano a la guerra mesenia, donde cada uno, al luchar dentro de la formación hoplítica, puede identificarse con el héroe legendario de la primera guerra mesenia. Sin embargo, la afirmación de la conciencia hoplítica, al basarse en la tradición heroica, posibilita asimismo que se preserven los valores heroicos, en los que en definitiva los verdaderos protagonistas eran los aristócratas, que podían atribuirse la condición de descendientes suyos. La oligarquía hoplítica, que basa sus privilegios en la existencia de nuevas clases dependientes, afirma su superioridad en formas ideológicas que repercuten en la conservación de los privilegios, que así perduran a lo largo de toda la historia de la ciudad arcaica. También la estructura topográfica de la ciudad revela la nueva mentalidad, pues los santuarios extraurbanos se configuran como símbolos de los límites del territorio colectivo, consagrados a las divinidades que patrocinan la kourotrophia, la educación de los jóvenes para el combate hoplítico, en festivales donde compiten al estilo de los héroes, hasta el punto de que, en los juegos panhelénicos, llegaron a imponerse pruebas propias del hoplita, paralelas a las del luchador singular y a las del jinete o conductor de carros. Los jóvenes se integran a través de la efebía, para pasar a formar parte del ejército donde, en ocasiones, perviven las divisiones basadas en las clases de edad, pervivencia transformada desde las prácticas tribales, adecuadas a las nuevas necesidades. La mentalidad hoplítica se define así como heredera de la tradición gentilicia, teñida de valores aristocráticos, adaptados a la nueva realidad, a la que proporciona una nueva coherencia al darle fundamento en las tradiciones ancestrales. Éstas proporcionan a la novedad espiritual su aspecto más tradicional y los elementos para convertirse en ideología conservadora, de los propios privilegios y de las clases aristocráticas.

 

Características de la colonización griega

 

La stasis producida como consecuencia del proceso acumulativo básico en la formación de la polis encuentra otra posible vía de solución en el inicio de una nueva etapa en la organización de viajes colectivos al exterior. El crecimiento demográfico y los cambios cualitativos en la explotación de la tierra favorecieron los impulsos que llevaron a algunas colectividades a trasladarse en busca de un nuevo oikos, cuando sus posibilidades en casa se hallaban cerradas. La formación de la politeia era un proceso simultáneamente integrador y excluyente, pues la formación de un demos privilegiado implicaba automáticamente la supeditación o exclusión de nuevas masas de población, numéricamente crecientes. Una posible salida para esta exclusión fue la búsqueda de un nuevo oikos externo, una apoikía. Éste es, en efecto, el nombre que recibe en griego la institución que habitualmente se traduce por colonia. Se trata, en general, de un nuevo asentamiento donde una población emigrada funda una nueva polis, que adquiere ex novo los rasgos que se están configurando en la ciudad madre, en la metrópolis. En las colonias, tales rasgos, al implantarse de modo preconcebido, resultan en general más nítidos. Los nuevos propietarias de un kleros distribuido entre los colonos emigrados son naturalmente miembros de esos sectores de la comunidad que, en su propia polis, tienden a quedar excluidos del proceso integrador formativo de la nueva politeia. Sin embargo, la empresa colonial está siempre encabezada por un fundador, oikistés o ktistes, perteneciente a alguna de las familias de la aristocracia metropolitana. Así, se hace expresa referencia en relación con las expediciones procedentes de Eubea, donde se habla de los hippobotai, la aristocracia caballeresca que domina las ciudades de Calcis y Eretria en el momento de iniciarse su precoz colonización occidental. Al tratar también de las colonias fundadas por los corintios, las fuentes mencionan específicamente el genos de los Heráclidas, como se definían los miembros de la aristocracia dominante, monopolizadora de la herencia que habrían dejado las migraciones de la edad oscura, de raigambre relacionada con los héroes legendarios del mundo micénico, aunque a veces también se refieren a los Baquíadas, genos específico y concreto que ejerce su poder en la Corinto aristocrática, de manera prácticamente dinástica. De este modo, también las colonias inician su andadura bajo la guía y protección de la aristocracia y el fundador adquiere el estatuto de héroe al que se rinde culto como a los héroes fundadores legendarios de las ciudades de la Hélade. El proceso colonial representa, pues, un efecto del desarrollo conflictivo de la formación de la polis, pero también una proyección de sus líneas dominantes, pues la aristocracia sigue presente en el control de la realidad y del imaginario de la nueva polis. Este aspecto queda reflejado de manera muy especial en el papel desempeñado por el oráculo de Delfos, que en esos momentos se está definiendo precisamente como centro ideológico de la Grecia arcaica. Su consolidación como centro panhelénico posibilitó el aumento de su influencia y gracias a ella se reforzó a lo largo de esos años hasta marcar las líneas principales del pensamiento griego. En efecto, toda expedición colonial debía ir precedida de la consulta oracular, capaz de dar indicaciones sobre rutas, sobre lugares de asentamiento y sobre las personas que habrían de desempeñar el papel dirigente. Es muy probable que las tradiciones recogidas por las fuentes exageren y sistematicen en exceso algunas de las respuestas oraculares, sobre todo las más antiguas, pero todo hace pensar que el santuario se fue convirtiendo en un centro informativo, capaz de archivar y de distribuir dosificadamente los datos, entreverados con los elementos que podían servir para garantizar el control de las acciones coloniales desde el oráculo mismo, intermediario panhelénico de las clases dominantes de las ciudades.

 

Emporion y precolonización

 

Parece evidente que el establecimiento de colonias, apoikía, como formación de nuevas ciudades con territorio, es un fenómeno relacionado profundamente con las transformaciones generales del inicio del arcaísmo que afectan a la explotación de la tierra. Sin embargo, ello no quiere decir que sea conveniente adoptar una actitud monolítica en el tradicional debate acerca del carácter dominante del fenómeno de la colonización, como impulsado por factores comerciales o por factores agrarios. En realidad, se trata de un fenómeno polivalente que recoge la multiplicidad y variedad de la realidad histórica de su época. En efecto, al mismo tiempo que a los factores expuestos anteriormente, tocantes a la agricultura y a las formas de poder aristocráticas, es preciso referirse igualmente al nuevo desarrollo de los cambios y de los viajes que tuvo lugar en los momentos finales de la edad oscura como uno de los factores básicos para el impulso inicial en el terreno económico tanto como en el cultural del arcaísmo. El desarrollo del período llamado orientalizante, fenómeno económico y cultural, viene a ser el síntoma de unos contactos con Oriente que revelan asimismo las potencialidades desarrolladas en las ciudades griegas en ese período de transición. Los contactos con los fenicios, la presencia griega en la costa de Siria y las referencias de la épica homérica y los poemas hesiódicos indican el desarrollo de una creciente actividad en el mundo de los intercambios coherente con las transformaciones sociales coetáneas. Sólo el desarrollo de riquezas alternativas permite diversificar la actividad de los aristócratas, para que puedan acceder otros sectores sociales a diferentes formas de poder político, cuando los controles reales pueden establecerse a otra escala y repercutir en la aparición de nuevas formas de dependencia relacionadas con los cambios. Las formas de explotación agrícola y el desarrollo de los cambios evolucionan paralelamente en una mutua interferencia dentro de un proceso global en que se inscribe el mundo de las colonizaciones. Ambos factores no son, desde luego, sucesivos en el tiempo, aunque en cada caso pueda haber precedencias temporales claras. Así, no hay constancia de que en las costas del Levante mediterráneo la presencia de los griegos, procedentes mayoritariamente de Eubea, haya dejado de estar representada nunca por asentamientos de tipo empórico, bases más o menos estables desde las que se practican los intercambios. Por el contrario, a partir de la presencia de los griegos de la misma procedencia en la isla de Pitecusas, desde aproximadamente el año 775, los viajeros se asentaron en una colonia en Cumas, hacia el 750, con los rasgos de una polis que serviría de punto de partida de una larga empresa colonial. Desde entonces, emporio y apoikía serán protagonistas de historias paralelas donde no es fácil distinguir en cada caso el carácter dominante, porque, en definitiva, vienen a ser manifestaciones de un mismo desarrollo económico.

 

Griegos e indígenas

 

Las relaciones que se establecen entre los colonos griegos y los habitantes indígenas son tan variadas como pueden serlo, multiplicadas, las diferentes situaciones en que éstos pueden hallarse en el momento de la llegada de los primeros y las condiciones concretas en que se produce el asentamiento. Un emporio establece necesariamente relaciones diferentes de una colonia fundada sobre lugar previamente habitado, donde puede surgir la competencia por la explotación de la tierra. Entre los emporios se conocen casos en que los colonos fueron protegidos por los indígenas, en lugares reservados, delimitados, en que nacían ventajas para ambas comunidades. Los griegos reciben el sustento y proveen a los indígenas de bienes externos, capaces de consolidar el prestigio de los sectores dominantes, que así tienden a estructurarse como clase. Se conocen también otras formas de colaboración llevadas a cabo a través de pactos, por ejemplo, en el aprovisionamiento de mujeres para la reproducción de los colonos, aunque también hay datos muy claros de violentos enfrentamientos, como los que se reflejan en los poemas de Arquíloco, en Tasos, frente a los tracios. En gran medida, el conflicto procede de la necesidad de los griegos de penetrar en el territorio para proceder a una explotación agraria profunda, cuando la polis crece y la propia dinámica interna impone formas de colonización territorial, como ocurrió en Sicilia. Así, la ocupación puede colaborar a dar un nuevo giro a los pactos cuando los colonos pretenden hacer uso de los indígenas como mano de obra, pues aparecen los llamados pactos de servidumbre, que no son otra cosa que procedimientos de sumisión, más o menos pacíficos, creadores de formas de dependencia del tipo de las que Pólux situaba entre la libertad y la esclavitud, como es el caso de los mariandinos de Heraclea Póntica y los cilicios de Siracusa. Por otro lado, dado que la colonización va unida al momento histórico en que las formas de dependencia citadas se ven superpuestas por el desarrollo de los cambios que permite la existencia de la esclavitud como mercancía, igualmente los contactos con los indígenas sirvieron para acceder a las fuentes de estos bárbaros que naturalmente se convertirían en esclavos. De acuerdo con lo dicho, no es extraño que Tracia se convirtiera pronto en la principal fuente de esclavos para algunas ciudades griegas, donde las relaciones fueron tan conflictivas como se refleja en la poesía de Arquíloco.

 

Mapa de la colonización griega

 

Aunque el movimiento colonial pueda considerarse como un fenómeno griego que responde a las características de un momento específico de la historia de Grecia como un todo, sin embargo, dadas las características peculiares de las poleis en formación, no puede extrañar que en la practica funcione de modo muy variado. En efecto, el fenómeno ofrece un amplio panorama, de modo que algunas de las ciudades centran la mayor parte de su actividad en este terreno y otras no participan en absoluto. Las ciudades de la isla de Eubea habían participado en movimientos precoloniales y fueron las primeras en fundar una colonia propiamente dicha. Se sabe que allí ha habido un enfrentamiento, la guerra lelantina, en torno a la llanura del río Lelanto, y que la época coincide, según los datos arqueológicos procedentes de las tumbas principescas de Lefkandi, con el período en que los enterramientos experimentan cambios indicativos del paso de una basileia a la oligarquía hoplítica. La conjunción de los fenómenos define el período de transición. Tras la fundación de la colonia de Cumas, las otras fundaciones conjugan intereses de la explotación agrícola con el control de las rutas, sobre todo en el estrecho de Mesina. Regio y Zancla ocupan los dos lados del estrecho; Naxos, Catana y Leontinos, desde la costa oriental de Sicilia, penetran en los fértiles campos de este lado de la isla. Otros importantes puntos de atención de la colonización euboica fueron la península Calcídica, así llamada por la abundancia de ciudades procedentes de Calcis, y una parte de la costa de Tracia, al norte del Egeo. La ciudad de Corinto, bajo la familia dinástica de los Baquíadas, desarrolló su principal actividad fundacional en las islas y costas del mar Jónico, por ejemplo, en Corcira, pero la principal colonia occidental de Corinto fue sin duda Siracusa. Su presencia en Potidea, en Calcídica, también tuvo repercusiones en la posterior historia de las relaciones entre ciudades griegas. En el Ponto Euxino, fue la ciudad jónica de Mileto la que desde el siglo VIII impuso su presencia y llenó de asentamientos coloniales prácticamente todas sus costas incluidas las de la Propóntide. Tales son los puntos dominantes en el origen de la colonización. A ello hay que añadir la colonización aquea, procedente del norte del Peloponeso, donde nada permite pensar en la configuración de un sistema similar al de la polis. Sin embargo, puede afirmarse que prácticamente todo el sur de Italia fue ocupado por colonias aqueas que llegaron a formar una unidad en diversos aspectos de su vida económica, política y cultural. Es la zona que recibiría propiamente el nombre de Magna Grecia, capaz de controlar colonias de otro origen, como Siris, fundada por exiliados de Colofón, pero luego integrada en el mundo aqueo. Algunas colonias representaron fenómenos aislados, como la de Mégara Hiblea, procedente de Mégara, o la de Tarento, desde Esparta, en condiciones muy específicas, vinculadas al especial desarrollo que experimentó la ciudad laconia. Rodios y cretenses intervienen juntos en la fundación de Gela, en Sicilia, pero ambos, sobre todo los primeros, están constantemente presentes en las narraciones de viajes, reales o legendarios, por todo el Mediterráneo, seguramente por su integración dentro del mundo de los viajeros fenicios. Creta y Tera también aparecen implicadas en los viajes que llevaron a la fundación de Cirene, en el norte de Africa, punto de partida de la expansión por la costa de la península Cirenaica. Carácter específico tuvo Naucratis, en el delta del Nilo, centro empórico protegido por el faraón, donde griegos originarios de varias ciudades se repartían el beneficio a través de pactos que garantizaban las relaciones con los habitantes del territorio circundante. En el extremo occidental del Mediterráneo cualquier contacto anterior al siglo VII permanece sumido en las elaboraciones legendarias que sólo permiten plantear hipótesis sobre el modo de configurarse un mundo mítico a través de realidades inalcanzables. Los datos sobre Coleo de Samos, que entró en contacto con Tartessos a través de una ruta relacionada con los viajes griegos a Cirene, permiten hablar de algún contacto con centros protegidos gracias a pactos con la realeza indígena, por los cuales pudieron los griegos llevar importantes riquezas a la isla de Samos y hacer ofrendas valiosas en el templo de Hera. Más tarde, son los habitantes de Focea los que llegan a Tartessos y, aunque no se asientan en la chora, recibieron riquenas. Cuando mas tarde, expulsados por los persas de su ciudad, en Asia Menor, buscaron asentamiento, lo encontraron en Elea. Asimismo fundaron Masalia, que se convirtió en un centro imperialista del que dependían otras colonias, como Emporion, centro del territorio ampuritano, único lugar seguro de penetración de la cultura griega en la Península Ibérica de modo directo.