IV.-
GRECIA ARCAICA
Inicio:
Año 700 a. C.
Fin:
Año 500 a. C.
El
siglo VIII, clave como punto de encuentro entre el final de la Edad Oscura
y la época arcaica, renacimiento que continúa y se opone al período inmediatamente
anterior, es también el punto de partida de un período rico en logros
culturales, en transformaciones sociales y políticas y en situaciones
conflictivas. Las ciudades, a través de la afirmación en el plano económico,
militar y político, se afirman como lugares de actuación de los propietarios
de las parcelas de la tierra cívica, los soldados defensores del territorio,
los que se hallan en disposición de disfrutar de la politeia, de los derechos
de ciudadanía. La comunidad se amplía considerablemente, pero para ello
pasa a través de la stasis como conflicto interno y de la transformación
del sistema aristocrático, heredero de la antigua realeza, en un sistema
predominantemente oligárquico, en algunos casos tendencialmente democrático.
Paralelamente, en íntima relación con todo lo anterior, el mundo griego
amplía su escenario geográfico a través de la expansión colonial, fenómeno
vinculado por medio de lazos diversos con los cambios económicos de la
polis en formación, hasta el punto de que, al mismo tiempo que se produce
como efecto del modo de desarrollarse ésta, se transforma en factor influyente
sobre el modo en que se configura a lo largo del período. Si la historia
de la Grecia arcaica en toda su extensión geográfica resulta rica en formaciones
y en matices, sin embargo los fenómenos históricos van haciendo necesario
que la atención se centre en dos ciudades de un modo específico, Esparta
y Atenas, porque las realidades de la historia posterior imponen y hacen
posible que a través de las fuentes sean las mejor conocidas de todo el
mundo griego.
1.-
Aparición de los nuevos estados: la polis
El
sinecismo, como integración tribal en una comunidad superior y como integración
de los oikoi en una forma productiva donde participan factores de comunicación
y de solidaridad entre ellos mismos, llevó a la constitución de una forma
política estatal, donde las relaciones humanas se regulan a través del
organismo superior de la polis como vehículo por el que se ejerce, de
manera nueva, el poder de la aristocracia. La materialización del sistema
se halla representada por el ejercicio de la arché por individuos de esa
clase, a través de magistrados que reciben en ocasiones el nombre de arcontes,
y por el funcionamiento de organismos representativos de los intereses
solidarios de su clase, boulai, que se identifican con el modo en que
se han derivado, en la polis, los antiguos consejos de ancianos, de los
gérontes, hasta el punto de que en algunos casos conserven el nombre de
gerousía. Si todo ha cambiado para que nada cambie, al constituirse un
sistema en que la misma clase conserva el poder, sin embargo la nueva
forma de agrupamiento institucional, tendente a la unión solidaria, defensiva
ante las presiones que resultan de la stasis como conflicto interno derivado
del proceso mismo de acumulación y aumento del poder aristocrático, se
transforma pronto en el marco de nuevas luchas, tendentes a modificar
el sistema como resultado de las tensiones entre resistencias. El sistema
aristocrático fue, pues, escenario de luchas, que se tradujeron también
en rivalidades entre familias poderosas para controlar parcelas del poder,
con lo que permanecen en una nueva tensión entre la solidaridad y la rivalidad,
una de las características propias del conjunto del período. Como el oikos
continúa siendo el centro económico, allí se centra la actividad del aristócrata,
aunque la proyecte hacia la polis y, en un plano más cercano a la idealidad,
a la unidad panhelénica. En estos tres planos se desarrolla la actividad
cultural de la época arcaica, pero, mientras la épica tiende a plasmarse
en un mundo superior a las ciudades y en éstas se fraguan las nuevas formaciones
culturales tendencialmente oligárquicas, el oikos permanece como el centro
de la actividad propia de los aristócratas que se integran en la ciudad
a través del sinecismo y, aunque sus relaciones se proyecten en ámbitos
más amplios, allí quedan reducidas algunas de las formas expresivas más
características, la práctica del banquete, la organización de la hetairía
y la poesía lírica.
Banquete
aristocrático
Las
fiestas primitivas celebradas en torno a determinados cultos experimentaron
las transformaciones correspondientes a los cambios producidos a lo largo
del período oscuro. Algunas se transformaron en motivo de reunión de diferentes
comunidades, en el momento de institucionalizarse las fiestas panhelénicas,
como manifestación de la conciencia común creada al tiempo que se producían
las migraciones. Otras tendieron más bien a identificarse con la nueva
comunidad política, integradora de elementos sociales diversos que aceptan
como guía y factor de cohesión la existencia de un sacerdocio, normalmente
dominante, pero controlado por la comunidad. Finalmente, otras fiestas
quedaron monopolizadas por grupos aristocráticos específicos. Entre los
aspectos más sobresalientes de la fiesta primitiva se hallaba el canto
y la danza, con el recitado de creaciones tradicionales portadoras de
las claves ideológicas en que se apoyaba la comunidad, momento fundamental
de la transmisión del saber, coincidente con el reconocimiento de los
jóvenes como miembros de pleno derecho de la colectividad productora,
reproductora y protectora de sí misma. Las festividades heredan algunos
de los aspectos de épocas aún más primitivas, propios de los pueblos cazadores,
entre quienes el motivo de reunión era el reparto del alimento y el consumo
inmediato, colectivo, acompañado de la ofrenda y el sacrificio en honor
de las fuerzas sobrenaturales, con cuya ayuda se había llegado al éxito
en la labor emprendida. Los grupos gentilicios tienden a considerarse
depositarios de las tradiciones más sagradas en ese sentido. Cuando la
basileia acapara el poder, también acapara la capacidad de reunir a los
miembros de la comunidad para las celebraciones religiosas, donde se simboliza
su capacidad para repartir dones y recibir muestras de adhesión en un
sistema de clientelas en que naturalmente quien más da es también quien
más poder acumula. Así considerado, el banquete resulta un fenómeno paralelo
al de la formación de la polis, en el momento en que los basileis se enterraban
en grandes tumbas principescas, destacadas del resto de la comunidad.
Del mismo modo que, desde el siglo VII, por lo menos, como ocurre en el
yacimiento de Lefkandi, en la isla de Eubea, uno de los ejemplos más primitivos
de la constatación arqueológica de la existencia de la polis, el sistema
deja paso a otro en que el poder queda formalmente diluido, también la
práctica simposíaca se difumina. Los grupos gentilicios se recluyen en
prácticas privadas, donde se transmiten los fundamentos ideológicos del
grupo y se bebe en común para fortalecer una solidaridad minoritaria,
índice del aislamiento mismo de la minoría aristocrática en la formación
de la polis, coincidente con su búsqueda, por ese mismo camino, de nuevos
modos de intervención. El simposio representa la herencia del pasado,
desde el grupo cazador hasta su proyección en el presente, en que, dentro
de la polis, los grupos aristocráticos relegados lo conservan con ánimo
de transformar las nuevas condiciones de la vida social o, al menos, intervenir
en ella en favor de sus propios intereses.
Hetería
El
mismo proceso que llevó a la formación de la ciudad a lo largo de la época
oscura también introdujo importantes modificaciones en el sistema gentilicio.
Las necesidades de la polis aprovechan, al tiempo que modifican, los distintos
organismos, de manera que las agrupaciones del tipo de la phratría pasan
a servir fundamentalmente como modo de encuadramiento militar, pero también
como vehículo por el que los gené más poderosos ejercen su influencia
sobre la comunidad. El ejercicio de las capacidades clientelares, desde
sus funciones de patronato a través de la phratría, transforma a ésta
en instrumento del sistema aristocrático. Como proyección del sistema
de dominio gentilicio, cuando éste se integra en la comunidad urbana,
aquél se reduce igualmente al ámbito de lo privado. La terminología varía
en las ciudades griegas y la phratría ateniense se compara habitualmente
con instituciones como el syssition, el phidition, el syskenion, la synomosía,
la enomotia o el eranos, que utilizan términos alusivos en Esparta a la
comunidad del banquete, a la edad viril, a la convivencia militar en la
tienda (skene), o a la lealtad garantizada por el juramento. La phratría
ateniense se ha comparado igualmente con la hetairía cretense. También
en Atenas se usa este último término, desplazado del sistema gentilicio
y del sistema militar por el modo específico en que se ha desarrollado
la sociedad. Aquí la hetería ha dejado de ser una forma oficial de agrupamiento
de las unidades gentilicias para transformarse en un modo voluntario de
asociación, al margen del sistema militar, donde se unen los aristócratas
para continuar ejerciendo sus prácticas minoritarias. La hetería, como
institución, también pervive en otras ciudades, en relaciones matizadas
con los otros modos de agrupamiento, heredados igualmente del sistema
gentilicio, adaptados de distintas maneras a las nuevas realidades representadas
por una polis en que la aristocracia gentilicia sobrevive, pero impone
su poder de modo muy específico, no directo, sino sometido a sutiles matizaciones.
En tales circunstancias, la hetería y sus equivalentes tienden a convertirse
en modos de agrupación para la actuación política, que en algunos casos
han llegado a compararse con los partidos de los sistemas modernos. Normalmente,
ellas representan la sede en que se celebra el banquete, el lugar simbólico
donde se ha operado el paso del sistema en que el basileus reparte y controla
a este otro en que se define la solidaridad aristocrática.
Poesía
lírica
Dentro
de constituir un género extremadamente variado, la poesía lírica griega
arcaica representa un fenómeno relativamente homogéneo, ilustrativo del
arcaísmo en su proceso de estabilización tras el llamado renacimiento
y en su evolución, en el campo de las luchas políticas y de la percepción
de los nuevos espacios coloniales. De manera general, puede decirse que
las raíces de la poesía lírica se hallan en manifestaciones colectivas
de orden religioso relacionadas con ceremonias de trascendencia social,
en torno al calendario festivo, al nacimiento, al matrimonio y la muerte,
a la guerra o a otras tomas de decisión que afectaban al destino de la
comunidad. En palabras de Adrados, la mayor originalidad de la cultura
griega estriba en la asombrosa proximidad en que se encuentran lo popular
y religioso de los productos culturales más exquisitos. En el arcaísmo
se opera esa mutación en el terreno de la lírica, en el que florecieron
grandes individualidades, capaces, como Píndaro, de transformarse en poetas
representativos de toda Grecia. El conjunto de la poesía simboliza el
proceso entero, de lo local y específico a lo universal y general, en
el movimiento creador de un género representativo, en su diversidad, de
una forma de concebir el mundo y las relaciones humanas. Como la épica,
también la lírica adopta como objeto temático el mito que, al imaginar
el pasado, configura un modo de ver el presente. Frente a la épica, aquí
la proyección es mucho mas diversificada, pues alcanza desde la perspectiva
semiépica, que canta la gloria de las hazañas pasadas de los héroes de
la ciudad, hasta el individualismo del personaje relativamente marginado.
En su uso colectivo, la lírica procede de modo más directo. Las hazañas
de los héroes del remoto pasado sirven de modelo directo a la exhortación
para el combate. Tal parece ser el caso del poeta Arquíloco de Paros cuando
para animar a sus conciudadanos a la conquista de Tasos recuerda las hazañas
de Heracles en el mismo lugar, o el de Calino, al recordar las aventajas
de los héroes tras la guerra de Troya, dispersos por diversos lugares
de Asia Menor y de las costas levantinas del Mediterráneo. El uso exhortativo
del pasado resulta especialmente claro en Tirteo, cuando recordaba a los
Heráclidas como antepasados de los reyes espartanos y las hazañas de la
primera guerra mesenia, en formación gentilicia y tribal, para que los
soldados de su tiempo emprendieran con ánimo la nueva guerra mesenia,
con que se configuraría el fundamento territorial del sistema político
y económico de la Esparta clásica. El presente se ve reflejado idealmente
en el pasado heroico. En otros casos, a partir de cantos originados en
fiestas agrarias o de la reproducción, la lírica se orienta hacia lo privado,
o bien en términos satíricos, para denostar el papel de la mujer en el
oikos, como también hacía el poeta épico Hesíodo, en tema confluyente
a partir del mito de Pandora, uno de cuyos representantes sería Semónides,
o el mismo Arquíloco, o bien en términos eróticos, aspecto reflejado principalmente
en Anacreonte o en los himnos de Safo a Afrodita. La fiesta ha podido
tomar una orientación más oficial para convertirse en fiesta pública en
que se consagran cada año las jóvenes doncellas que pasan a integrarse,
en la madurez, para acceder al matrimonio, en una fiesta orquestada por
un poeta director del canto y la danza, como Alcmán, creador de hermosos
Partenios, himnos referentes a la virginidad de las jóvenes. Ahora bien,
por su relación con la reproducción también pueden haber dado lugar a
manifestaciones más o menos obscenas, como las que se plasman en la obra
de Hiponacte, que llega a referirse a los aspectos negativos de la formación
de la ciudad arcaica, a la exclusión de los no integrados, al phármacos,
maldito, objeto de exclusión simbólica, ritual y purificadora pero también
real, pues el proceso integrador llevó consigo igualmente la definición
del espacio del que se excluyen los demás. Los grupos aristocráticos tienden
a monopolizar ciertas ceremonias rituales, en torno a la hetería, en el
banquete, heredero de la ceremonia distribuidora, ya transformada en elemento
de control y de solidaridad del grupo, vehículo de transmisión de las
ideas que le dan carácter compacto. Teognis es posiblemente el poeta más
significativo cuando da consejos al joven Cirno, con quien tiene relaciones
pedagógicas y pederásticas, y le advierte de los peligros que los cambios
sociales de la época pueden reportarle a él y a su clase, en el terreno
político y en el plano ideológico, como defensor de la pureza de sangre.
Formación
del arcaismo
En
el desarrollo de la poesía griega se perciben frecuentemente influencias
orientales que contribuyen a la configuración definitiva de las formas
líricas y a la integración de temas y tradiciones procedentes de diferentes
lugares de Asia. Sin embargo, la definición de un período orientalizante
pertenece más bien de manera tradicional al terreno de las artes plásticas.
Al final del período geométrico, la nueva sociedad está en disposición
de adoptar nuevas formas cerámicas, al tiempo que desarrolla los temas
del mito acompañados de los elementos decorativos procedentes de Oriente.
El aumento de los recursos y la frecuencia de los intercambios se conjugan
para dar lugar al nuevo esplendor del arcaísmo. En la cerámica pintada
puede considerarse que la introducción de decorados florales y frisos
con animales significan la incorporación precoz de elementos orientalizantes
que marcarán el período subsiguiente en una transición gradual desde el
final del período geométrico. En este terreno, fue Corinto la ciudad que
mas claramente se orientó en la nueva dirección con el estilo denominado
corintio de transición, en el que abundan las escenas de animales, así
como las de combate movidas, punto de encuentro del nuevo sistema de combate
hoplítico con las tradiciones míticas. Entre los productos del corintio
de transición destaca el vaso Chigi, con la clásica escena de los guerreros
hoplíticos, alineados uniformemente y cubriéndose unos a otros con el
escudo redondo. La escena de Odiseo atacando al Cíclope Polifemo representa
el ejemplo de escena mitológica en un vaso protoático, estilo desarrollado
algo más tarde, a partir de mediados del siglo VII, pues en Ática el estilo
geométrico fuertemente asentado debía de ofrecer mayor resistencia. La
formación de la ciudad sirve de escenario a la escultura monumental, donde
se trasluce la ofrenda tradicional realizada en madera, el xóanon, de
la colectividad primitiva, para convertirla en estatua de piedra, ofrenda
de la joven (kore) o del joven (kouros) que se destaca como protagonista
anual en las ceremonias donde la colectividad queda representada por el
individuo, con lo que se da paso a que la familia aristocrática siga desempeñando
un papel específico, pues son sus miembros los más capacitados para triunfar
en los juegos o en la elaboración de los tejidos con que las jóvenes muestran
sus habilidades para entrar en la comunidad de los mayores. Al mismo mundo
pertenece la práctica de ofrecer calderos y trípodes metálicos ricamente
adornados, símbolo en muchos casos de los viajes emprendidos por los grandes
señores a tierras lejanas. Así se muestra su capacidad para realizar acciones
benéficas en favor de los dioses o de los hombres que, individual o colectivamente,
estén dispuestos a prestarles sus servicios. La época arcaica es igualmente
el periodo del desarrollo del templo griego, con su estructura geométrica,
casa del dios, del que se desarrolla la fachada para dar acogida al público,
en la ciudad o en las afueras, o en los grandes santuarios. Sus variaciones
responden a los modos de manifestación del culto publico y los estilos
van recogiendo la tendencia orientalizante, desde el dórico al jónico,
cada vez más urbanizados, pero también adaptados a las formaciones sociales
y políticas que caracterizarían el arcaísmo en su desarrollo. El templo
de la divinidad poliada representa el mundo del espíritu colectivo, pero
su monumentalización se basa en la capacidad de las grandes familias y
de los tiranos para ejercer su influencia en la ciudad, que se convierte
en campo de su acción benéfica y en objeto de su autoridad despótica.
Naturalismo
jónico
Los
impulsos cambiantes producidos a partir del origen de la ciudad, en la
que nuevas fuerzas económicas y sociales generan energías provocadoras
del progreso y de las luchas internas, al mismo tiempo que el desarrollo
de las posibilidades objetivas del conocimiento, provocaron a lo largo
del período arcaico un movimiento intelectual destinado a tener enormes
consecuencias, pues, en definitiva, se trataba del origen de la filosofía.
Es, desde luego, difícil separar a ésta de las concepciones míticas que
intentan dar una explicación del mundo a través de una narración simbólica,
creadoras de lazos de causa y efecto fantasmagóricos. El paso del mito
al logos se produce casi imperceptiblemente en ese proceso en el que,
en las nuevas condiciones de la polis, la percepción del cambio se hace
más controlable por algunos sectores de la sociedad. Formalmente, el lenguaje
escrito parece imponer sus condiciones, al menos de manera parcial. El
metro, propio de la poesía, permite la conservación de la tradición oral,
motivo de culto a la diosa Mnemosyne. Sobre el lenguaje escrito se facilita
la aparición de la prosa, modo de fijar la exposición de temas y argumentos
capaces de contener formas específicas de razonamiento. Los nuevos pensadores
tienden a expresarse a través de la prosa, aunque muchos de ellos continúen
con el uso del verso, como Empédocles de Agrigento, Jenófanes de Colofón
o Parménides de Elea, todos ellos pertenecientes al ambiente colonial
de Sicilia o la Magna Grecia, donde también ejerció su actividad Pitágoras,
que tuvo que marchar de su patria, Samos, por las circunstancias políticas
de la época. Los ambientes en que se extiende la filosofía participan,
de todos modos, de los rasgos de las comunidades de tipo religioso. Las
escuelas vienen a ser desarrollos de comunidades de ese tipo. Por ello,
la expresión en prosa está también lejos de convertirse en un modo de
comunicación racional y distanciado. Se ha dicho que cuando Tales encuentra
en el agua el principio de todas las cosas, la arché, tanto en el tiempo
como en el sentido del origen permanente que todo lo compone como elemento
básico, sólo se aleja mínimamente de los mitos del Océano primordial,
base de una importante faceta del pensamiento mítico asimilado en Grecia
a partir de tradiciones orientales. Importa, sin embargo, considerar que
la terminología utilizada, acerca de las transformaciones internas de
la materia para dar lugar al conjunto complejo de la realidad, se orienta
hacia una concepción procesual capaz de prescindir de la presencia de
fuerzas externas, sobrenaturales, para explicar los cambios, cuestión
básica en las preocupaciones de la época. Un lenguaje en cierta medida
oracular sirve a Anaximandro para exponer una concepción del mundo que
alcanza un mayor grado de abstracción, tanto en el hecho mismo de que
la génesis de los seres se halla para él en lo indeterminado, ta ápeiron,
como en el de que los procesos que conducen en una u otra dirección hacia
el nacimiento o la destrucción, se hallan igualmente en las relaciones
internas de dike o adikía. Son éstos los conceptos desarrollados, al tiempo
que se configuran relaciones nuevas entre los hombres dentro del ámbito
de la polis. Ambos, igual que Anaxímenes, proceden de Mileto, ciudad que
desempeñó un importante protagonismo en todo el proceso definidor del
arcaísmo, desde la migración jónica hasta la fundación de colonias, a
través de las transformaciones internas que afectaron a las formas políticas,
especialmente al hecho de haber experimentado el gobierno de los tiranos,
y de los contactos con Oriente, factor estimulante de muchos de los fenómenos
intelectuales del arcaísmo. Sin embargo, posiblemente el caso más significativo
procede de la ciudad de Éfeso, donde Heráclito, perteneciente a la basileia
de la antigua comunidad, descendiente de los fundadores de la casa real
ateniense que se encargaba del sacerdocio de Eleusis, es considerado el
primero que fue capaz de percibir como real y racional, dentro de un sistema
coherente de pensamiento, la existencia de los cambios y de las contradicciones.
En Efeso, él mismo esta relacionado con el culto de Artemis, símbolo del
papel de la aristocracia emigrante como elemento aglutinador del sincretismo,
que hace de la divinidad aborigen, diosa de la fertilidad, un instrumento
de la nueva coherencia que integra a los indígenas en relaciones desiguales.
Los fenómenos históricos se suceden allí también con gran rapidez y Heráclito
es capaz de elaborar un sistema donde se percibe en sí mismo el cambio,
del que es producto como elemento vivo y en sí mismo cambiante, pero también
es al mismo tiempo su teorización. El lenguaje de Heráclito no dejó de
ser oracular y gnómico, formado por sentencias enunciadas dogmáticamente,
pero su contenido es la expresión misma del pensamiento antidogmático,
inicio, en el paso de lo religioso a lo racional, de un modo de pensamiento
que, según Thomson, encontrará su culminación en la dialéctica hegeliana,
principio y fin de una tradición de pensamiento oculta tras las corrientes
dominantes dogmáticas, arraigada en la concepción del mundo prerracional,
en aquella concepción que, como expresión religiosa primitiva, no tiene
problemas para asumir el hecho de que la realidad es profundamente cambiante
y contradictoria. |