III.-
EPOCA OSCURA GRIEGA
Inicio:
Año 1200 a. C.
Fin:
Año 700 a.C.
Varios
son los periodos de la Historia Universal que reciben el nombre de Edad
Oscura, término que, por una parte, se ha aplicado normalmente con una
connotación negativa para referirse a épocas carentes de brillantez. Por
otra parte, sin embargo, la denominación alude a la oscuridad producida
por la carencia de fuentes. En este sentido, resulta aceptable para referirse
al período comprendido entre los siglos XII y VIII a.C. en Grecia. Entre
la desaparición del brillante mundo de los palacios micénicos y el renacimiento
producido cuatro siglos más tarde, cuya principal manifestación fue la
aparición de la escritura y, posiblemente, la redacción escrita de los
poemas homéricos, el conocimiento de la historia griega se hace especialmente
difícil, por una carencia de fuentes que, sin duda, responde a realidades
estructurales. De ahí que, a semejanza del período de la historia europea
comprendido entre la Antigüedad clásica y el Renacimiento, también se
haya denominado Edad Media griega, con evidente pero justificada impropiedad.
Los signos del Renacimiento se identifican con la aparición de los poemas
homéricos, "La Ilíada" y "La Odisea", obras referidas
al pasado, que sirven para definirlo como mundo de los héroes. El escenario
de los poemas se sitúa en el mundo micénico, de forma que todo el período
se halla marcado por sus contenidos, por haber sido posible vehículo de
transmisión y de elaboración constante, así como por haberse convertido
ideológicamente en el periodo donde fraguó la imagen que los griegos se
hacían de sí mismos. Realidad e imaginación se entrelazan para configurar
las representaciones de una época oscura que deja entrever por ello mismo
su complejidad.
1.-
Crisis del siglo XII
Tanto
los datos resultantes de los estudios arqueológicos como la impresión
que se saca del análisis de las tradiciones legendarias griegas, llevan
a la conclusión de que, en torno al año 1200 a.C., se produjo una fuerte
conmoción en el mundo de los reinos micénicos, coincidente con la que
tuvo lugar en general en el Mediterráneo oriental, que se conoce por la
presencia de un conjunto de pueblos de carácter no bien determinado, identificados
por los documentos egipcios de la época como pueblos del mar. En realidad,
se trata de las manifestaciones coyunturales de una profunda crisis que
afectó, de una manera o de otra, a las estructuras de todos los grandes
estados de la Edad del Bronce tanto en el Mediterráneo como en el Próximo
Oriente. En la península helénica, la crisis se manifestó en la destrucción
de la civilización palacial, lo que se muestra materialmente en la desaparición
de muchas de las grandes construcciones que la caracterizaron. Los datos
revelan que el proceso destructivo no fue uniforme ni coincidió en el
tiempo de modo absoluto. La teoría de un cataclismo natural o la existencia
de factores externos representados por una nueva población cuya llegada
provoca un gran trastorno, a partir del que se inicia una renovación racial
que justificara la ulterior maravilla representada por el clasicismo griego,
no encuentra fundamento en los resultados de la investigación. Sólo se
apoyan en la falta de aceptación del hecho de que las sociedades cambian,
incluso violentamente, por factores internos. El hecho de que los factores
externos se identifiquen con una renovación racial procedente del norte
contiene, además, otras implicaciones obvias. En realidad, en la situación
de la época, lo interno y lo externo quedan absolutamente integrados en
un proceso de cambio productor de transformaciones tales que obligan a
las migraciones y a los desplazamientos violentos. Ahora bien, en esas
convulsiones, externas e internas, no se detecta el triunfo de una nueva
población, ni parece evidente que, a escala más amplia, los Pueblos del
Mar sean los recién llegados triunfadores, sustitutos de poblaciones antiguas.
Se trata de un movimiento amplio de grupos humanos, más o menos organizados,
entre los que algunos de los mencionados en documentos egipcios u orientales
pueden identificarse con aqueos o dánaos, los nombres que reciben los
griegos de época micénica en los poemas homéricos. Puede deducirse, por
tanto, que estas poblaciones no fueron sólo víctimas de los acontecimientos
de la época, sino que también tomaron parte activa, impulsados por el
mismo movimiento que llevó a la desaparición de sus propios asentamientos.
En la crisis no hubo vencedores ni vencidos, sino la manifestación de
las condiciones que facilitaron el final de un mundo y que impulsaron
a acciones violentas dentro del espacio que había sido ocupado por las
civilizaciones del Bronce. Micenas y otros asentamientos sufrieron destrucciones
que, sin duda, repercutieron en el proceso, pero que no significaron,
por sí mismos, el final de la civilización, prolongada bajo nuevas condiciones
en un proceso complejo, en que se interfieren factores de diferente orden,
donde no cabe la identificación mecanicista entre destrucción y final
del mundo micénico. Otros asentamientos sufrieron destrucciones en torno
a la misma época, desde antes de la fecha simbólica de 1200 a.C., en torno
a la que se sitúa todo el proceso transformador que hizo desaparecer el
sistema anterior. Los actores, cuya procedencia puede situarse dentro
de cada ciudad, o bien en algunas de las otras ciudades, en cada caso,
o incluso en movimientos ajenos, son, de cualquier manera, poblaciones
que se hallan igualmente en crisis, víctimas y protagonistas de los procesos
de cambio.
2.-
Tradición legendaria
De
las leyendas que los griegos situaban en época micénica destaca sin duda
la correspondiente al ciclo troyano, que narra la guerra de Troya y el
regreso de los héroes a sus patrias, dramático y lleno de vicisitudes,
entre las que sobresalen las que tuvo que pasar Odiseo. El regreso de
Agamenón resulta muy significativo, por el proceso de destrucción familiar
que se inicia y continúa con la dispersión de los descendientes, coincidente,
en fecha mítica, con la desaparición de la Micenas arqueológica. El rey
que dirigía la expedición a Troya fue asesinado a través de la confabulación
entre su esposa, Clitemnestra, y Egisto, pero fueron muertos por los hijos
del matrimonio, Orestes y Electra, que colaboraron en la realización del
parricidio. La casa familiar y la ciudad sufren los efectos destructivos,
consecuencia indirecta de la expedición lejana a Asia Menor, para destruir
Troya. Este episodio puede responder también a los desplazamientos y luchas
que caracterizaron la época que iba a terminar con el fin del mundo micénico.
En la Atenas del siglo V a.C., en pleno apogeo intelectual de la ilustración
griega, en ambiente democrático, donde se hacían evidentes los conflictos
internos de las sociedades humanas, el historiador Tucídides fue capaz
de penetrar profundamente incluso en las realidades remotas teñidas por
los mitos. En el capítulo 12 del libro I, hace notar que, a partir de
la guerra de Troya, se produjeron conflictos internos en las ciudades,
lo que después facilitó los movimientos migratorios. Tucídides sabe que
la crisis es fundamentalmente interna, aunque provoque desplazamientos
que permiten configurar un nuevo mapa étnico, reflejo de la nueva realidad
en el plano estructural. Después de Troya se produjo, según Tucídides,
la ocupación de Beocia por los beocios expulsados de Tesalia, la del Peloponeso
por los dorios y la de Jonia por los colonizadores del Ática.
3.-
Lengua griega
En
líneas generales, el panorama que se desprende de las tradiciones legendarias
coincide sustancialmente con el que ofrecen los estudios dialectológicos
de la lengua griega. A partir de polémicas científicas todavía parcialmente
vigentes, donde la formación de los diferentes dialectos se ha explicado
por procedimientos variados, por oleadas o por separaciones internas ya
dentro de la época oscura, al sumarse los datos de la arqueología y predominar
los intentos totalizadores, se llega a una visión dinámica de la configuración
del griego como lengua poseedora de ricas variedades dialectales. Sin
duda, el gran movimiento diferenciador tuvo lugar en la edad oscura, como
consecuencia del amplio proceso migratorio que llevó a la ocupación de
Asia Menor y a la formación de los dialectos orientales. Sin embargo,
el dialecto dorio posee características propias que llevan a los investigadores
del pasado a colocarlo en una posición específica, de introducción reciente,
consecuencia de una nueva migración que sería la causante de la destrucción
del mundo de los palacios micénicos. Las matizaciones que han resultado
de estudios más recientes llevaron primero a identificar el dialecto con
el hablado por las clases oprimidas del mundo micénico, cuya destrucción
sería la consecuencia de una revuelta social. Más tarde, se ha admitido
de nuevo el carácter migratorio de su aparición, pero más bien situada
en la Edad Oscura, consecuencia, más que causa, de la catástrofe. Por
otro lado, la migración no representaba una nueva invasión exógena de
pueblos procedentes del norte, síntoma de una renovación racial. Las características
de la lengua doria se hallan desde época anterior situadas en amplias
regiones del norte o del oeste de Grecia, donde no influyeron los aspectos
renovadores que llevan a la constitución de los dialectos orientales.
Tesalia, Dóride, Fócide, Lócride, Etolia y Acarnania poseían en sus lenguas
los rasgos con que se identifica el dorio, lengua de los pueblos que se
movieron hacia el Peloponeso en época oscura, en la que se asentaron y
consolidaron sus caracteres. Estos representaron el resultado histórico
de la confluencia de los movimientos de pueblos con la configuración de
la nueva sociedad, en que las agrupaciones concretas tienden paulatinamente
a constituirse en ciudades estado.
|