Edad del Bronce y Grecia Antigua

 I.- BRONCE FINAL Y HIERRO ANTIGUO

 

Inicio: Año 1000 a. C.

Fin: Año 500 a. C.

 

Periodo comprendido entre los años 1000 y 500 a.C. en el que se empieza a manifestar la transición entre el empleo de bronce y hierro. Tres ámbitos serán en Europa donde se desarrolla este periodo: Mediterráneo, zona Templada y Oriental. Nuevos asentamientos y novedades en cuanto a la distribución y circulación así como a las bases económicas caracterizan esta etapa en la que también se aprecian importantes movimientos migratorios posiblemente motivados por cambios climáticos. Será el momento de la Guerra de Troya, la invasión de los dorios o los ataques de los pueblos del mar.

 

1.- Europa Mediterránea. Asentamientos.

 

En los inicios del primer milenio a.C. el contingente de población mediterránea había bajado sensiblemente, desapareciendo las grandes unidades políticas que, como Micenas, caracterizaron el segundo milenio. Por citar un solo caso, el asentamiento de Lefkandi en la isla de Eubea apenas debió de contar con unas docenas de personas a fines del siglo IX a.C. Sin embargo, en Grecia, a partir del siglo VIII a.C., el proceso se invierte y como señala Snodgrass, a mediados del siglo VI a.C. un sitio como Atenas en sólo sesenta años había multiplicado por siete su población. En términos generales, este proceso podría ser válido para todo el Mediterráneo, pero la constatación de la baja poblacional, con ser evidente, debió responder a diferentes matices según las zonas. Un caso especialmente bien estudiado, primero por Torelli y después por Bartoloni, porque permite evaluar el proceso hacia la aparición de la ciudad, es el que corresponde a la Cultura Villanoviana, en Etruria. Durante la fase del Bronce Final Protovillanoviano de los siglos XII al X a.C., se constata la existencia de un asentamiento-tipo en altura con un tamaño de cerca de cinco hectáreas y que, en su zona defendida por fortificación, no se muestra completamente habitado. La distancia media entre estos asentamientos es de 5 a 10 kilómetros, según los casos. Cuando esta estructura poblacional alcanza el siglo IX a.C., se produce el abandono de estos centros con el descenso al llano de la población, lo cual posibilitará la aparición de un sistema de aldeas con distancias de un kilómetro de media entre sí, formando concentraciones con un aumento significativo de las distancias medias entre cada conjunto, dándose el caso de que algunas de estas áreas territoriales de aldeas concentradas agruparon los territorios de una veintena de asentamientos del periodo precedente. Estas concentraciones se disponen en posiciones estratégicas sobre la costa (como será el caso de los núcleos de las futuras ciudades etruscas de Populonia, Vetulonia, Vulci, Tarquinia o Cerveteri), sobre los ríos (Chiusi, Orvieto o Veyes) o en las orillas de los lagos (Bisenzo). El caso de Veyes puede ser paradigmático como referente, al conformarse por una estructura de seis aldeas dispuestas en la llanura principal y una serie de núcleos que cubren estratégicamente las colinas que cierran el llano, hasta ocupar un total de 190 hectáreas. La fase, que se inicia hacia el 770 a.C. y que da inicio al villanoviano evolucionado, muestra un proceso de sinecismo por el que las aldeas, que hasta ese momento habían mantenido sus necrópolis separadas, proceden a una unificación espacial no sólo en el plano citado, sino incluso en la determinación del espacio urbano. Desde ese momento, algunas de las aldeas se erigirán en directoras de un proceso que conduce inevitablemente hacia la ciudad. La situación se produce de forma diferente algo más al sur, en el Lacio, donde con el paso de los siglos se desarrollará la poderosa Roma, sobre una base cultural común con el área villanoviana, aunque definida como cultura lacial. En la fase IIb de ésta, es decir, entre el 830 y el 770, según Bietti Sestieri, se quiebra el modelo típico villanoviano, al producirse en Roma por primera vez la separación neta entre los núcleos habitados (Foro-Palatino-Capitolio-S. Omobono) y los de las necrópolis (Esquilino-Quirinal-Viminal); es en esta fase cuando la concentración aldeana se fortifica, se crean centros dependientes como Décima y Rústica, o se desarrollan otros como Laurentino, también de forma dependiente. Sin embargo, Roma debe ser considerada un caso excepcional en esta área por su disposición de frontera y proximidad al área etrusca; en términos generales, todo el territorio lacial se caracteriza por la existencia de un patrón de asentamiento en el que los centros fortificados se disponen con distancias medias entre 5 y 10 kilómetros y tamaño sensiblemente inferior a los estudiados en la zona etrusca; en suma, un modelo que algunos autores han querido explicar por la presión de la población de la montaña sobre los territorios costeros laciales. En la Península Ibérica, conocemos el proceso que se sigue en el área mastiena del Alto Guadalquivir; allí, a fines del siglo IX a.C., se produce una situación semejante, aunque en proporciones reducidas: concentración aldeana en diferentes puntos de la Campiña de Jaén y de Córdoba tal y como lo muestran asentamientos como Torreparedones en Córdoba y Puente Tablas o Los Villares de Andújar en Jaén. El proceso se mantiene así durante el siglo VIII a.C., para desarrollar un proceso semejante al lacial, con una rápida definición de los centros fortificados sobre la mayor parte de los antiguos núcleos aldeanos. Conocemos, además, diferencias significativas entre el poblamiento de la Campiña cordobesa y la jiennense, que pueden ser efecto de la estructura étnico-cultural y política de tartesios y mastienos; los primeros, localizados en el curso bajo y medio del Guadalquivir y los segundos en el curso alto del mismo río y en toda la zona sudeste de la península. Así, sabemos que la concentración iniciada en tierras de la Campiña de Jaén durante el Bronce Final no posibilitará un poblamiento disperso una vez que se produzca la fortificación de los asentamientos; en cambio, el patrón de asentamiento cordobés, tal vez tartésico, se conforma alternando el asentamiento fortificado con las pequeñas factorías agrícolas en llano y sin fortificar. Es más, hacia fines del siglo VII a.C., quizá buscando alcanzar los focos mineros de Cástulo, se observa una auténtica colonización por medio de estas factorías aguas arriba del Guadalquivir, hasta Andújar al menos; el caso provocará en el modelo de la Campiña de Jaén una rápida reacción, en los inicios del siglo VI a.C., caracterizada por la aparición de una red de torres estratégicas, que por primera vez permiten advertir hasta qué punto el patrón de asentamiento mastieno podía fijar su territorio político. Desde el punto de vista del desarrollo de los modelos señalados, inicialmente se define en todos los casos un proceso de sinecismo, que en ocasiones se puede producir sobre los viejos núcleos ocupados en la Edad del Bronce, con dos vías alternativas de evolución: o bien una concentración en grandes núcleos aunque manteniendo la diversidad de las aldeas asociadas, lo que se sigue por la disposición independiente de cada núcleo con su aldea, como es el caso villanoviano en el área etrusca o en Roma, o bien un proceso de concentración en núcleos más pequeños, fortificados y en altura, tal y como se observa entre mastienos, tartesios o en el área lacial. Un tercer modelo, con características especiales, se configura en el territorio de Apulia, donde asentamientos como Lavello parten de una concentración del segundo tipo para, en el transcurso del proceso, entrar en un periodo de diferenciación de las necrópolis por grupos de casas o aldeas. La continuación de estos procesos se continúa en las líneas de desarrollo abiertas por los dos modelos señalados, mientras el villanoviano termina por generar grandes núcleos urbanos, unificando las necrópolis y superando la estructura defensiva, el segundo modelo produce un encastillamiento, con una variante muy concentrada, salvo en lo que hace referencia a la ocupación de puntos estratégicos con torres, caso de los mastienos o permitiendo una cierta dispersión poblacional a través de factorías agrarias tal y como se observa en el caso tartésico cordobés. Una variante del modelo villanoviano la constituye Roma, donde se construye la estructura defensiva conforme se define el modelo urbano y se aísla el área habitada y el área de necrópolis. Otro tema de gran interés es la estructura interna de los asentamientos. En Calvario, Tarquinia, uno de los pocos casos de excavación extensiva, se han localizado 25 cabañas de planta oval, rectangular alargada o cuadrangular, que siguen un sistema constructivo muy simple a base de un pequeño canal de cimentación y hoyos de poste para levantar la estructura, que se conoce gracias a las representaciones de cabañas en urnas de incineración. En general, durante los siglos IX a VIII y en algunos casos, como Bolonia, hasta el VI a.C., los poblados villanovianos muestran un modelo con cabañas y estructuras accesorias, sin orden aparente en su disposición y con distancias desiguales entre sí. En el seno de cada aldea no se detectan ni fortificaciones, ni áreas sagradas, ni siquiera una jerarquía entre los diferentes tipos, como tampoco una evolución entre unas formas de planta u otras; de hecho, el modelo, largo y complejo, no dará lugar a espacios claramente urbanos hasta mediados del siglo VII a.C. En el Lacio, el proceso se muestra igual en el sistema constructivo y en la falta de una ordenación interna de la aldea; no obstante, en algunos poblados como Satricum o Gabii, Bietti Sestieri señala que a fines del siglo IX parece destacarse una cabaña en posición relativamente central; sin embargo, no será hasta la mitad del siglo VII a.C. cuando se documente, como en Etruria, un cambio significativo en la estructura interna de las aldeas. La referencia más significativa para este momento la ofrece la evolución de la antigua Roma, con las transformaciones del Foro Boario y el Palatino, pero puede seguirse asimismo en casos como Ficana donde, en una posición excepcional en la estructura del poblado, se construye un edificio rectangular con dos ambientes y posiblemente un pórtico, en cuyo espacio interior aparecían varias fosas de basuras, en una de las cuales se documentó un servicio completo de banquete. Este hecho lleva a valorar el problema de los palacios. Uno de los casos, ya paradigmáticos, de análisis de estas diferencias internas en el seno de la trama urbana de los poblados es el realizado por Torelli en Etruria, sobre el palacio o la regia de Murlo, localizado cerca de Siena. El primer edificio, siguiendo la secuencia estratigráfica, se fecha en los primeros tres cuartos del siglo VII a.C. y presenta una edilicia muy primitiva, con una forma alargada y un significativo acroterio con la representación de un personaje. Hacia el 580 sufre una reconstrucción que sigue ya las pautas del palacio oriental, con una estructura cuadrada que gira en torno a un patio central con un pórtico de columnas alineadas sobre tres de sus lados. En uno de ellos se advierte la disposición de un almacén, en tanto que en otro se destaca un complejo tripartito para la audiencia y el banquete. En el centro del patio se distingue un pequeño recinto que debió corresponder al lugar de culto de los antepasados del grupo gentilicio. Todo el techo y las paredes del pórtico del patio ilustran, en una amplia representación figurada, las formas propias de la sociedad aristocrática: el banquete, los juegos, las procesiones o los sacrificios. Cincuenta años después, ya inscrito en el asentamiento y no en un altozano aislado como en Murlo, se levanta el palacio de Acquarossa, en el sur de Etruria y cerca de Viterbo. Se trata de un modelo muy diferente, en el que aún se conservan elementos comunes como el pórtico columnado, si bien sobre dos lados, el área del banquete o una fosa en el patio destinada a recoger las cenizas de los ritos, pero entre los relieves la representación ahora dominante es la del banquete y la de los trabajos de Hércules, es decir, los antepasados no se vinculan ya a los dioses sino a héroes. En el marco de la distribución espacial del palacio se advierte aun otro hecho más significativo: frente al palacio se ha construido un pequeño templo, lo cual implica la separación de los poderes político y divino. En el sur de la península italiana, en Apulia, durante la segunda mitad del siglo VI se observa un proceso semejante al momento documentado en el palacio de Murlo, en el asentamiento de Cavallino, con un edificio construido al gusto griego pero con los enterramientos de los antepasados en su entorno. En España, el caso más parecido a los citados se documenta durante el siglo V a.C., aunque su origen pudo remontarse hasta el siglo VI a.C., en Cancho Roano en la provincia de Badajoz donde se dan todas las características del palacio orientalizante, con un área para el banquete, otra en la parte opuesta del edificio que actuaría de almacén y un patio central entre ambas dependencias, con un pilar dispuesto en el centro, seguramente con fines rituales. En general, en el área tartésico-mastiena el proceso es bastante semejante al italiano; los poblados con cabañas se documentan durante el siglo IX y VIII a.C. en casos como Acinipo en Ronda, Málaga, El Carambolo en Sevilla o Puente Tablas en Jaén. El paso a la casa con zócalo, estructura cuadrangular y compartimentación interna se produce desde fines del VIII al siglo VII a.C., siendo el proceso anterior en la zona costera próxima a las colonias fenicias y en el Bajo Guadalquivir, si bien durante el siglo VII perduran algunos casos de poblados de cabañas como el asentamiento minero de S. Bartolomé de Almonte en Huelva.

 

Nuevas bases económicas

 

La situación de la Europa mediterránea surgida de la crisis de fines del segundo milenio a.C. conduce a un replanteamiento de los focos de interés económico. En términos generales, siguiendo a Champion, las nuevas directrices económicas se definen a través de dos parámetros: especialización e intensificación de la producción agraria; paralelamente, el proceso que marcará los primeros siglos del primer milenio conducirá a modificar tecnológicamente los viejos sistemas de manufacturas, por lo que hay que valorar la progresiva implantación del hierro como materia prima base del instrumental metalúrgico y los significativos cambios en la fabricación de la cerámica. En el plano agrícola, el modelo económico se articuló en el desarrollo de la trilogía mediterránea, es decir, en la producción de cereales, aceite y vino. En el asentamiento de Narce, en el área etrusca, se registra en los niveles del siglo IX a.C. no sólo un gran incremento de los cereales, sino de las malas hierbas que suelen acompañarlos, lo que ha sido explicado, por Potter, como un efecto de la reducción del periodo de barbecho, que se justificaría en la dinámica de intensificación de la producción. En España, el asentamiento de Puente Tablas en el Alto Guadalquivir constata, en el desarrollo de la curva polínica cerealista, un significativo aumento desde sus inicios a fines del siglo IX a.C. hasta mediados del siglo V a.C. En cuanto a la producción de aceite y vino, las referencias arqueológicas son más limitadas que para el cereal; no obstante, se deben considerar varias cuestiones de interés; de una parte, su tradicional vinculación con las clases altas, lo que implica que paralelamente al desarrollo de la aristocracia se consolidan ambas producciones, como lo prueban la existencia de sus clásicos contenedores en los ajuares de las tumbas, y, de otra, su producción intensiva favorece el modelo económico constatado, ya que permite poner en explotación tierras que hasta ese momento no resultaban propicias a un cultivo herbáceo como es el cereal. En esta dinámica, las referencias arqueológicas, aunque escasas, muestran por citar sólo un caso que en el Lacio el vino y el aceite se hacen muy presentes: el primero, desde fines del siglo VIII a.C., y el segundo, a partir de principios del siguiente siglo. En la ganadería, la definición de la fase aparece menos clara que en la agricultura ya que, aunque en general se detecta un peso muy considerable de los ovicaprinos, sin embargo, en el Lacio, Bietti Sestieri destaca el importante papel jugado por los suidos; en áreas como el entorno de Metaponte en el sur de Italia y en el valle del Guadalquivir, en términos generales, son los bovinos los que alcanzan un porcentaje superior al de ovicaprinos; por último, en zonas de valle de los ríos Segura y Vinalopó, también los bovinos dominan las tasas porcentuales de fauna, al menos hasta el siglo VI d.C., como muestra A. González Prats, en el asentamiento de La Peña Negra. Además de las características señaladas y a pesar de la escasa información existente, hay que destacar dos fases bien diferentes en el sistema económico, que tienen su límite y la inversión del proceso en el transcurso del siglo VIII y que Snodgrass ha podido valorar en Grecia a partir de los análisis polínicos. A través de ellos, se advierte que los primeros siglos del milenio, como también los últimos del anterior, supusieron una fuerte reducción del área dedicada a campos de cultivo y, a la vez, produjeron una tendencia a ampliar la base pastoril y ganadera como foco de materias primas del sector alimentario; ello pudo estar en relación con una disminución poblacional importante que tiene la inversión de la curva demográfica en el siglo VIII a.C., lo que parece coincidir con las pruebas que en su momento se sugirieron para explicar el movimiento de población que implica la colonización, tanto griega como fenicia. En el campo de las nuevas tecnologías, el periodo se caracterizará por el desarrollo de la metalurgia del hierro que, si en un principio sólo mostrará esporádicamente objetos manufacturados, acabará por generalizarse a lo largo de los siglos VII y VI a.C. El proceso de trabajo consistía en el control de la carburación, es decir, de la absorción de una pequeña cantidad de carbón por el hierro, y el templado para conseguir un material más duro. Sin embargo, como indica Collis, estos dos factores tecnológicos no eran fáciles de conseguir, porque si bien el hierro funde con relativa facilidad en hornos que alcanzan los 1.100 °C por la abundancia de impurezas, sólo podía configurarse como instrumento útil con la forja y el martilleo y, al mismo tiempo, extrayendo aquellas. Por otra parte, el control de la absorción de carbón resultaba realmente complejo, porque con la tecnología primitiva sólo la superficie externa podía convertirse en acero. Ahora bien, con todas estas referencias lo realmente significativo es que el herrero se configuraba como un artesano especializado, diferente al resto de los metalúrgicos por su conocimiento de tan compleja técnica. La presencia de los primeros productos de hierro en el Mediterráneo es muy antigua, incluso se documenta en el tercer milenio en Troya; sin embargo, su práctica más común no se observa hasta el siglo IX a.C. en Grecia y no de forma generalizada. En Italia, se documenta en contextos del siglo VIII a.C. y en la Península Ibérica, en el VII a.C., pero esta secuencia no implica que su conocimiento siguiera una vía, al modo difusionista de ondas de invención, porque este metal existe en contextos precoloniales y debió de ser la ausencia de especialistas lo que limitara su generalización. No obstante, cuando la tecnología fue controlada, los productos en hierro se generalizaron, debido, sin duda, a la abundancia de este mineral frente a los filones conocidos de cobre o estaño, que habían sido hasta el momento la base de los productos metalúrgicos. De hecho, éstos en ningún momento de su historia llegaron a alcanzar el carácter generalizado que tuvieron los productos de hierro, lo que se advierte por la presencia, sobre todo en el siglo VI a.C., de instrumental agrario en este metal, que sustituye a la vieja tecnología lítica agraria impuesta desde el Neolítico y que la metalurgia de cobre o el bronce nunca llegó a desplazar. En el campo de la cerámica se produjo también un importante cambio tecnológico, que no sólo afectó a un mayor cuidado en el tratamiento de las arcillas o en el reencuentro con los estilos pintados, sino sobre todo en el empleo del torno alfarero y en la construcción de hornos más complejos que permitieran conseguir mayores temperaturas. El proceso se define muy pronto en Grecia, ya desde fines del segundo milenio, y se observa en el siglo IX en el sur de Italia, y desde el VIII a.C., en el sur de la Península Ibérica, alcanzando en poco tiempo un amplio desarrollo. En todo caso, las nuevas tecnologías metalúrgicas y cerámicas terminaron por aumentar también la tendencia a la especialización y a ello contribuyeron otros campos artesanales como la construcción, la fabricación de barcos o, incluso, la misma metalurgia del bronce. De estos sectores, conviene detenerse en la tecnología de la construcción, por el desarrollo de la técnica del adobe y el zócalo de piedra para el alzado de las paredes de las casas que, si bien en ningún momento hizo olvidar la técnica del tapial, facilitó el paso de la casa de planta circular o redondeada a la casa angular y compartimentada, haciendo con ello desaparecer la cabaña y lo que ello suponía en el plano cultural y económico. Lo que parece evidente es que esta transición hacia el modelo de casa con división interna del espacio va íntimamente asociado a los nuevos modelos de economía intensiva y especializada, que se advierten sobre todo a partir del siglo VIII a.C.

 

Formas de distribución y circulación

 

Las nuevas tendencias en la economía mediterránea, que apuntaban al desarrollo de la producción del hierro, mineral más abundante que el cobre y el estaño, aumentaron los intereses por los metales preciosos y sobre todo por la plata, fuera por su valor de prestigio o de cambio. Para algunos investigadores, como Aubet, entre las causas que propician la colonización fenicia está precisamente la búsqueda de nuevas fuentes de abastecimiento de plata, porque el Próximo Oriente, y sobre todo, Asiria y Tiro habían evolucionado hacia un sistema con unidades que actuaban como valor de cambio. Con esta perspectiva mercantilista, las fluctuaciones del mercado por la abundancia o escasez de los metales en general y de la plata en particular, habían terminado por ordenar todo el sistema económico en función de las rutas mineras y de los focos de abastecimiento. En un plano más coyuntural, entre finales del siglo IX y finales del VIII a.C. se produjo una escasez de plata en Asiria, quizá por el cierre del mercado mineral anatólico; desde esta fecha, la demanda del mercado provocó la búsqueda de nuevas fuentes de plata en el Mediterráneo. Desde una perspectiva formalista como la expuesta, es interesante constatar que las dos grandes culturas que destacan en el ámbito centro-occidental mediterráneo, son los etruscos y sus antecedentes villanovianos en el foco italiano y los tartesios en el andaluz, siendo ambos focos ricos en el ámbito de la minería. Del primero llama la atención la localización de la colonia griega de Pithecusa en su ámbito inmediato, en tanto que de los segundos parece definitiva la disposición de Gades. Conviene resaltar que estos evidentes y tempranos contactos, en ninguno de los dos casos supusieron una actitud de ingerencia por parte del colonizador en materia de política interna, es más, ambas unidades políticas siguieron sus propias estrategias expansivas como lo demuestra el caso de Etruria hacia la desembocadura del Po, en la costa adriática o, en el caso tartésico sus relaciones con los focenses, competidores del mundo mercantil fenicio-cartaginés a fines del siglo VII a.C. o, en esa misma fecha, su expansión hacia las fuentes del Guadalquivir, para controlar la zona minera de Cástulo. En realidad, ambos núcleos y sus periferias lacial y mastiena en cada caso, viven en la segunda mitad del siglo VII a.C. los efectos de la presencia colonizadora en sus inmediaciones, pero también su propio desarrollo político y económico, lo cual se hace notar en el rápido enriquecimiento de algunos enterramientos. Todo ello contribuye a explicar socialmente los amplios cambios económicos y culturales del periodo orientalizante. Para valorarlo se puede seguir, como caso paradigmático, la evolución de la necrópolis lacial de la Osteria dell'Osa. Durante la fase II Lacial (900-770 a.C.) se observa la convivencia de dos tipos de ritual; uno de incineración, con las típicas urnas en forma de cabaña, características de la cultura villanoviana, y otro de inhumación. En opinión de Bieffi Sestieri, al primer tipo de ritual sólo se adscriben individuos masculinos adultos, en tanto que en las de inhumación se pueden identificar individuos de cualquier sexo y edad. Las armas (lanza o lanza asociada con espada) sólo están presentes en el primer tipo de ritual, lo que hace presumir que sus usuarios constituyen un grupo relativamente destacado de los demás. Las mujeres, por su parte, siguen un doble sistema de ajuar y disposición espacial dentro del ritual de inhumación: las de más edad cuentan con ajuares homogéneos pero más pobres que las jóvenes, mientras que, por el contrario, se disponen más cerca de las sepulturas de incineración masculinas. En conjunto, se observan dos grandes núcleos de tumbas de incineración con sus correspondientes enterramientos de inhumación alrededor, que se diferencian a su vez en la composición de los ajuares y que definen, según sus investigadores, dos familias extensas distintas, regidas por fórmulas de edad y sexo. En la fase III Lacial (770-730/20 a.C.), se inicia un proceso intencional de concentración y superposición de un grupo de tumbas, en tanto que se observa cómo otras forman grupos dispersos, lejos del grupo central concentrado. El hecho, sin embargo, no afecta a la distribución de la riqueza en los ajuares de los diferentes grupos, si bien el enriquecimiento general es significativo respecto a la fase anterior, en productos de bronce y, desde luego, en armas que ahora aparecen en todas las tumbas masculinas, aunque sin responder a un plan que no sea la edad. Al final del periodo, una de las tumbas comienza a mostrar signos de enriquecimiento superior al resto, por la aparición en su ajuar de yelmo, escudo y carro. Durante la fase IV A Lacial (720-630), las tumbas se hacen mayores y más orgánicas, mostrando el área de deposición de los objetos personales y distintivos del sexo y la zona del ajuar; asimismo, comienzan a advertirse enterramientos dobles o triples, asociando sexos opuestos. Respecto a la estructura espacial, se siguen definiendo grupos y comienzan a aparecer los primeros túmulos y pseudocámaras. La estructura de la necrópolis se hace mucho más compleja y orgánica, mostrándose ahora diferencias en la presencia de armas en las tumbas normales (lanzas o lanzas y espadas), y sobre todo la aparición de las tumbas principescas no sólo en la Osteria dell'Osa, sino en casi todas las necrópolis conocidas. En Laurentina, una de las tumbas contiene un enorme conjunto de piezas de bronce y hasta 115 vasos. El carro y las importaciones etruscas, griegas y fenicias se generalizan en los grandes enterramientos. La fase IV B Lacial (630-580) reduce significativamente las grandes concentraciones de objetos en los ajuares, aunque, desde el punto de vista de la estructura de enterramiento, consolida la cámara como la forma constructiva propia del grupo social dominante. En la Península Ibérica el proceso no ha podido seguirse como en el Lacio, pero los enterramientos principescos se confirman a lo largo de los siglos VII y VI a.C.; así se observa en la tumba 17 de La Joya, en la misma ciudad de Huelva, con la aparición de un carro y una arqueta de marfil de importación, dentro de un importante ajuar. Un caso de gran interés se documenta en la provincia de Sevilla, en el túmulo A de Setefilla, donde la disposición del espacio es igual que la lacial en el momento de cambio del ritual de enterramiento, si bien al contrario, ya que la inhumación se dispone en el centro del túmulo, en tanto que las incineraciones, con ajuares más pobres en las que sólo destacan los cuchillos de hierro, se disponen a su alrededor. En el siglo VI a.C., el enterramiento de Pozo Moro en Chinchilla -en la zona suroriental de la Meseta-, en territorio mastieno, nos muestra un tipo de tumba monumental de fines del siglo VI a.C. con un relieve que rememora el mito de Gilgamesh, y que constituye el nivel jerárquico superior de enterramientos, mientras en una escala inferior se establecerían los enterramientos con pilar y sobre él una escultura, normalmente de animal.