Edad del Bronce y Grecia Antigua

2.- Europa Templada. Asentamientos.

 

Casi todos los autores coinciden en aceptar, para el Bronce Final, la clasificación en tres tipos de Wells: asentamientos en llano, en las orillas de los lagos y en altura. Los asentamientos en llano, sin embargo, han sido matizados por Audouze y Buchsenschutz, en dos tipos diferentes, según que se trate de asentamientos aglomerados de tipo aldea o casas aisladas con carácter de factoría agraria. No obstante las diferencias formales, esta clasificación no responde a una cuestión cronológica o regional. El asentamiento tipo factoría agraria se documenta en toda la Europa continental desde Francia a Polonia, y cuenta con una fuerte tradición durante todo el segundo milenio. Difíciles de documentar, porque de ellos sólo queda como restos arqueológicos los hoyos de poste de la construcción, se trata de pequeñas unidades de asentamiento de dos o tres casas, muy abundantes en algunas regiones, ya que se han llegado a detectar hasta 675 en Havel. Los investigadores no acaban de ponerse de acuerdo sobre su grado de continuidad, y así para algunos autores son sólo lugares de trabajo o estaciones provisionales, en tanto que para otros son auténticas viviendas con todo lo que el concepto conlleva. La arqueología alemana, atendiendo a su ordenación interna ha dividido el asentamiento en llano y abierto en aldeas no ordenadas, con disposición en círculo y caracterizadas por un espacio central sin ocupación, y aldeas con ordenación en una o varias filas (aquí se inscriben las aldeas calle). Del primer tipo valdría como ejemplo Perleberg en Prignitz, Alemania. Petrequin ha defendido que este tipo, sin orden aparente, responde sin embargo a unas directrices previas que vienen expresadas por la orientación de las casas; de este modo, se advertiría la existencia de cuatro grupos de unidades de casas entre las dieciséis documentadas en Perleberg. Interesante, dentro del modelo de ordenación circular, es Lovcicky en Bohemia con sus 48 casas rectangulares. Las unidades se dividen en casas de dos o tres filas de postes, destacando en el espacio libre central una casa con estructura más compleja, seguramente para sostener un granero. En general, son asentamientos de corta duración, que se mueven generacionalmente a lo largo de varios kilómetros, a veces compartiendo una única necrópolis, en dos ocupaciones sucesivas. Entre los asentamientos de altura fortificados también se distinguen dos tipos: el modelo de espacio central o el de filas de casas; en el primer caso, el asentamiento de Wittnauer Horn en Argovia distribuye sus casas sobre la vertiente de la colina a lo largo de 230 metros, dejando en el espacio libre central cuatro casas, distribuidas en dos grupos de dos. Conforme avanza su historia, se produce un aumento de tamaño de algunas unidades a costa de las viviendas adyacentes. E1 segundo tipo está representado en Alte Schloss en Senftenberg, Alemania, con una ordenación en filas que cubre casi todo el espacio interno, salvo un área al noroeste. Los asentamientos lacustres responden o a un modelo sin orden preestablecido, como es el caso de Wasserburg en Baviera que, sin embargo, sigue un mismo eje de orientación en la disposición de las casas, o el caso de Cortaillod-Este, en el lago suizo de Neuchâtel, con un orden en ocho filas. En la actualidad se debate si se trata de auténticos poblados palafíticos sobre plataforma artificial o asentamientos en la orilla del lago, lo cierto es que, a diferencia del tipo de aldea en llano, suelen presentar una empalizada que delimita el asentamiento. No se conoce por el momento la relación entre los cuatro tipos de asentamiento, salvo la tendencia a engrandecerse, si se sigue su desarrollo desde el Bronce Antiguo; no obstante, se advierten algunas características en los asentamientos de altura, como la producción metalúrgica, o su disposición para cubrir puntos estratégicos, lo que podría llevar a pensar en unidades complejas de asociación entre diferentes tipos de asentamiento. Dos áreas rompen el planteamiento señalado para la Europa central y occidental, una corresponde al norte de Europa, Países Bajos y Escandinavia, donde no se documentan ni asentamientos fortificados ni complejas aldeas; se trata, en la mayor parte de los casos, de casas aisladas o de pequeñas asociaciones de dos a seis edificios, en algunas de las cuales, como en Elp (Holanda), de tres unidades, una es sensiblemente mayor que el resto. El análisis de los Países Bajos ha demostrado que muchas de las aldeas centroeuropeas pudieron ser pequeños enclaves con construcción continuada de casas, pero de tal modo que las conocidas en la actualidad sobre un plano no sean todas contemporáneas (ello podría llegar a unificar el primero y el segundo de los tipos consignados). La segunda zona se localiza en las islas Británicas, donde encontramos casas aisladas, como es el caso de Itford Hill en Sussex o aldeas como las del valle del Pym, siempre con casas de planta circular, rodeadas por una empalizada y sobre una pequeña plataforma en terraplén que anuncian lo que será el modelo clásico de la Edad del Hierro; a ello se añaden los asentamientos de altura, tipo hill-forts, tradicionalmente adscritos a la Edad del Hierro, pero que en casos como Mam Tor en Derbyshire están ocupados desde el 1100 a.C. y que parecen desempeñar una función especial, como lo muestra la disposición de algunos de ellos, Rams Hill en Berkshire, en el límite entre zonas de repartición de estilos cerámicos. Desde este punto de vista, su posición estratégica podría responder al control de intercambios de productos y no de límite entre territorios políticos. El paso a la Edad del Hierro en toda la zona templada implica algunos cambios respecto al modelo anterior: Mont-Lassois, en el Alto Valle del Sena, se levanta a partir de un talud precedido por una fosa, sobre una extensión de 40 hectáreas. El asentamiento tiene un gran interés, porque entre las tres tumbas con carro de su necrópolis destaca el mítico enterramiento de Vix. Algo más al sureste, sobre el Danubio y al sur de Wurtemberg, se levanta el asentamiento de Heuneburg con sus 3,2 hectáreas y una poderosa fortificación que, a mediados del siglo VII a.C., se convertirá en un gran muro de adobes; como en el caso anterior, el asentamiento destaca por la riqueza de sus tumbas, pero también porque en la zona excavada una antigua serie de graneros acaba por convertirse en un conjunto artesanal de talleres. También Sticna, al sur de Eslovenia, muestra con un tamaño semejante a Heuneburg una potente fortificación de tierra y piedra en un territorio rico en hierro y bueno para el desarrollo de la agricultura. Sin que se pierda el modelo del patrón de asentamiento existente en la fase anterior, fundamentado en los modelos ya reseñados, la nueva situación creada a partir de las primeras décadas del siglo VIII a.C. y que se definirá mejor en el siglo siguiente, caracteriza a los asentamientos fortificados como los factores de cambio más activos en el nuevo periodo. La investigación no ha conseguido aún explicar en qué tipo habitaron los individuos que se enterraron en tumbas tan ricas como Vix, porque hasta el momento no se han documentado unidades de habitación que impliquen una jerarquía interior en el poblado; el único factor distorsionante lo constituye, hasta el momento, los edificios con los hoyos de poste de mayor diámetro y dispuestos en el ángulo noreste del asentamiento de Goldberg en Wurtemberg; sin embargo, en opinión de Zippelius, podrían tener al igual que otro edificio también documentado, con pórtico y aislado en el centro del poblado, una función comunal. Lo sorprendente del caso es que Goldberg no es un clásico asentamiento fortificado en altura, sino una aldea con una empalizada, lo que plantea la posibilidad de que los individuos más poderosos no llegaran, durante esta fase, a habitar los asentamientos en altura y ocuparan, sin embargo, casas señoriales aisladas como la de Talhau, en las proximidades de Heuneburg. La Europa septentrional, como en la etapa anterior, continuó con un hábitat disperso, y en las islas Británicas, aunque se favoreció el desarrollo de los asentamientos de altura (hill-forts), se siguió basando la economía en las pequeñas unidades agrarias. De todos modos, estos asentamientos fortificados, como Danebury, cubrían un territorio de alrededor de 60 kilómetros, controlando una veintena de hábitats aislados. Por esta razón, los "hill-forts" se han asociado, en alguna ocasión, no como en Europa a centros artesanales, sino a asentamientos pensados para la cría de ganado, su estabulación y el almacenamiento del forraje y del cereal. Por otra parte, siguiendo la tradición de la fase anterior, las casas continuaron manteniendo la planta circular.

 

Sociedad-Naturaleza-Tecnología

 

En opinión de Wells, cinco son los hechos tecnológicos que afectan y definen lo agrario a partir del Bronce Final en la Europa templada. *El arado. Aunque éste formó parte del complejo tecnológico del segundo milenio, parece que su generalización se produjo a partir del Bronce Final en dos tipos: el recto y el curvo, que nos muestran una cronología o funcionalidad distinta. Sí es destacable que el instrumento debió ser fabricado en madera. *Las hoces en bronce. Es el único instrumental agrícola, junto al hacha para desbrozar, que se realizó de forma general en bronce; un depósito en Frankleben, Alemania, aportó hasta 230, aunque su hallazgo es muy amplio y cubre una banda que se extiende por Suiza y sur de Alemania. *Los campos celtas. Es el nombre que se da a la demarcación y parcelación de tierras en el primer milenio con bancales de tierra, muros de piedra o empalizadas; aunque su uso se constata en el sur de Inglaterra en el tercer milenio, sin embargo, como en los casos anteriores, su generalización parece corresponder al primer milenio. *La estabulación de invierno. De nuevo, como en los casos citados, se trata de una generalización más que de un descubrimiento, lo cierto es que la tradición del estabulado se reafirma conforme se consolida la casa rectangular, que permite distinguir un espacio dentro de la casa para la guarda de los animales. *El silo y el granero. Su generalización se produjo seguramente en relación con factores como la estabulación de invierno o simplemente para el almacenaje de la cosecha; lo cierto es que su presencia se hace constante en los poblados, dando signos de nuevas estrategias agrarias. A las generalizaciones señaladas, que implican en todos los casos una intensificación del modelo económico, se debe añadir una firme tendencia a la especialización como lo avala el gran desarrollo que en algunas áreas debió de tener el centeno, una especie más adaptable a condiciones de frío y humedad, en tanto que en otras áreas la espelta acabó por desplazar al trigo, y la cebada vestida a la desnuda. Tampoco se escapa, en este marco de innovaciones, el fuerte desarrollo que a partir del año 1200 a.C. comienza a tener la explotación de la sal. Es a partir de este momento cuando se desarrollan los trabajos en la región de Halle, en Alemania, en Polonia o la explotación de las sales marinas en las costas francesa y del sur de Inglaterra, por no citar las minas de sal de los Alpes de Hallsttat o las de Camp de Chateau en Francia oriental. El significativo aumento de la producción de sal está en directa relación con los problemas de conservación de la carne, y es por ello el factor paralelo al silo en la agricultura. Intensificación y especialización agraria definen un tercer componente: la conservación del excedente, que va directamente ligada a una estrategia económica que tiene como fin el aumento de la producción. El modelo muestra hasta qué punto la tendencia expansiva de la economía agrícola, iniciada en el Neolítico, había tocado fondo. Pudieron ser razones antrópicas, por el constante mal uso de las tierras, lo que provocó que en algunas zonas aparecieran turberas, con el consiguiente encharcamiento del suelo y, aunque no está suficientemente demostrado, también pudo coincidir el momento con el desarrollo de otros factores naturales, que produjeron un clima más frío, al que se sumó a partir del siglo VIII a.C. un aumento de la humedad que pudo provocar, hacia la mitad del milenio, una subida del nivel del mar del Norte; el caso es que todo el modelo económico que se dibuja durante la fase analizada produjo un inusitado interés por el control de la tierra y seguramente por el ejercicio de la propiedad familiar sobre ella. En el plano de la tecnología metalúrgica, hasta bien entrado el siglo VIII y sobre todo durante el VII a.C., no se hace patente el predominio de la tecnología del hierro, quizá porque como indica Champion, los herreros de la Europa templada no consiguieron dominar adecuadamente el temple del citado metal; el hecho es que hasta que este proceso terminó de consolidarse, los grandes avances se produjeron en el campo de la metalurgia del bronce, al menos a dos niveles; de una parte, en los avances conseguidos en la técnica de fundición, como que observa en el caso de las asas de los calderos o en las empuñaduras de las espadas y en la posibilidad de alargar las hojas de las mismas; de otra, en la introducción en la aleación de cobre y estaño de un porcentaje controlado de plomo, que facilitaba la fundición, si bien ocasionaba un producto menos resistente, pero que suponía un ahorro de las materias primas más complejas de obtener, como el cobre y fundamentalmente el estaño. Este último aspecto es coincidente con los hechos observados en otros horizontes de la información arqueológica, de ahí los escondrijos o depósitos de material de bronce inútil y que seguramente constituían fondos para ser fundidos, tal y como se constata en el cargamento de bronce documentado en dos pecios hundidos en la costa sur de Inglaterra. Todos los investigadores concluyen que la fase supuso, dados los avances en materia de fundición y de ampliación de los sectores que se surtían de bronces, como era el caso de la agricultura, un aumento significativo de la demanda de productos de lujo y de producción de este metal, como con posterioridad sucederá respecto al hierro.

 

Formas de intercambio y circulación

 

El complejo sistema de redes para mover los productos manufacturados que Europa tejió durante la primera mitad del primer milenio, es algo que por el momento desconocemos en detalle, si bien se sabe de sus efectos, ya que la presencia de un producto como el ámbar báltico se deja sentir en las áreas mediterráneas y, del mismo modo, una manufactura griega o etrusca puede llegar a documentarse más allá de los territorios alpinos. Recientemente se han abierto paso dos lecturas diferenciadas del fenómeno: Rowland, Champion y otros autores anglosajones han defendido que si las nuevas estrategias económicas tuvieron éxito, debieron producir un sensible aumento de la demanda y, consiguientemente, de la producción; esta práctica definió un modelo social jerárquico, que para su adecuada reproducción inició una estrategia de exportación del excedente, para importar manufacturas exóticas y de prestigio, que reducirían en su circulación y distribución a los grupos que tendrían posibilidad de poseerlas. Este factor, al que contribuyeron, por otro lado, los intereses mediterráneos y, en general, los de toda Europa, en poco tiempo hizo posible no ya la reproducción de los diferentes modelos sociales, sino incluso un proceso dirigido a aumentar las diferencias internas en el seno de las comunidades sobre la base de la tesaurización tal y como se sigue en los ajuares de los enterramientos. Frente a ellos, Wells ha sostenido otra posición, al defender que la presencia de los productos manufacturados mediterráneos en los asentamientos centroeuropeos es el efecto generado por el sistema mercantil griego, que influye sobre determinados individuos que se enriquecen por su papel de intermediarios, al tiempo que incentivan el desarrollo artesanal y agrario en Centroeuropa. La doble hipótesis se sigue muy bien cuando se interpreta desde ambas la presencia de la gigantesca crátera de bronce, de 208 kilogramos en la tumba de Vix; para los partidarios de la primera teoría, esta pieza sólo se entiende en el marco del sistema de competencia entre diferentes sectores sociales y su apropiación supone el refuerzo de quien la posee ante su propia comunidad y sus vecinos de igual rango social; por el contrario, para Wells la crátera es un encargo de un rico negociante deseoso de poseer una vasija extravagante. El citado caso de la tumba de Vix es un túmulo situado al pie del asentamiento de Mont-Lassois, que contenía una cámara de madera donde se había depositado el cuerpo de una mujer de treinta años con un torques de oro; junto a ella se dispuso un carro de cuatro ruedas, tres recipientes de bronce etrusco, una copa ática de figuras negras y la impresionante crátera de bronce que debió ser montada en el lugar. Se trata, sin duda, de una tumba principesca, exponente, por tanto, del más alto nivel social de la comunidad a fines del siglo VI a.C. Algo más al sureste, en Baden-Wurttemberg, está el túmulo de Eberdingen-Hochdorf, fechado a fines del Hallsttat D1, es decir, hacia el último cuarto del siglo VI a.C. El túmulo había sido construido con turba y loess y revestido en sus más de cincuenta metros de diámetro por piedra y postes de madera. En su interior, el enterramiento central había sido construido de madera y recubierto de piedra. E1 ajuar, uno de los más ricos conocidos de esta fase, no se componía de muchos materiales de importación, salvo un caldero griego de bronce, pero en su interior contenía un cazo de oro, y fuera un total de nueve cuernos con adornos de oro colgados de la pared, que estuvo revestida de tejidos. Se localizó un carro y una panoplia de guerrero, compuesta por un hacha, un cuchillo y una lanza; sobre el carro se habían depositado nueve bandejas y tres platos de bronce, pero sobre todo destacaba una cama de bronce con respaldo y restos de tapizado sostenido por ocho soportes en forma de mujer. El individuo enterrado era un hombre de unos cuarenta años, provisto de un sombrero cónico de cortezas de abedul, un torques de oro, una placa de cinturón, un carcaj, un puñal con una capa de oro y unos zapatos también bañados en oro. En total, contenía un peso en oro de medio kilogramo. En Hochmichele, por citar un tercer caso, en el ámbito de Heuneburg y en un gran túmulo de 65 metros de diámetro, junto a los ricos productos citados se documentó seda. En una clasificación de las tumbas por la riqueza, llevada a cabo por Collis, se señala que en la cúspide de la pirámide social se situaría el grupo de grandes tumbas principescas como las descritas. Un segundo nivel estaría representado por las tumbas con carro, bronce y cerámica local, pero ya sin oro; el tercero lo conforman las tumbas donde estuviera ausente el carro y la cámara, el hombre se acompañaría de la panoplia guerrera, una lanza y un puñal de hierro, y en las mujeres las fíbulas. Este grupo podría haber contado aún con sus propios túmulos. A partir de los estudios realizados en Asperg, se infiere también una serie de matices sobre las tumbas femeninas en relación a la edad y posiblemente al estatus del marido, que se expresaría por el número de fíbulas. Por la distribución de los materiales importados en el primer nivel de los enterramientos, se puede seguir la distribución macrogeográfica de estas tumbas; de este modo, sabemos que la concentración fundamental se desarrolló entre el Macizo Central francés y el Alto Sena por el norte, y el área de la Selva Negra por el este. Al norte de esta línea sólo se alcanzará la magnitud de los enterramientos citados en el siglo V a.C., durante La Tène A, pero ya el ajuar acompañante de los carros no contendrá objetos excepcionales como la crátera de Vix o el exótico lecho de Hochdorf, sino productos que resultan excepcionales en esa comunidad, pero que, por el contrario, son comunes en el área mediterránea, como los hallados en las tumbas de Kappel o Vilsingen en la primera mitad del siglo V a.C.

 
 

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