4.- Sociedad helenística
La originalidad de la sociedad helenística se basa
en su diversidad, al intentar integrarse, bajo un sistema intencionalmente
unificador, un conjunto de pueblos de tradiciones distintas. En gran medida, se
trató de conservar en cada caso las estructuras existentes en los territorios
conquistados, pero necesariamente había que contar con un elemento nuevo
formado por los griegos, cuyos rasgos sociales se habían modificado en contacto
con los macedonios. De hecho, nunca se produjo una auténtica unificación. Las
estructuras indígenas basadas en las aldeas perduraron en el mundo oriental y
en Egipto. La superposición llevada a cabo por los estados helenísticos no
variaba en gran manera de la que se operaba en los estados despóticos. Ahora,
los sectores dirigentes estaban formados mayoritariamente por helenos y
macedonios, aunque de modo habitual quedaban integradas las clases dominantes
de las antiguas monarquías. Sin embargo, los miembros de éstas tomaban, en
ocasiones conflictivas, la determinación de sumarse o encabezar movimientos
secesionistas o rebeldes, manifestación de descontento colectivo generalmente
encauzado como movimiento étnico. El panorama resultaba, de este modo, variado
por diferentes conceptos. En primer lugar, el mundo helenístico en su conjunto
estaba formado por territorios donde habitaban pueblos diferentes, en algunos
de los cuales la población griega resultaba numéricamente superior, pero en
otros era mayor el número de la población identificada como bárbara. Dentro del
campo occidental, los macedonios experimentaban un proceso creciente de
helenización, porque se asentaban en ciudades que imitaban a la polis griega y
porque ésta dejaba de ser independiente para pasar a tener sentido sólo como
modo de encuadramiento de poblaciones pertenecientes a un estado monárquico de
amplia base territorial. Por otra parte, griegos y macedonios habían emigrado a
los territorios orientales y se habían asentado en colonias que imitaban las
instituciones y las prácticas griegas, pero vivían en el aislamiento entre
poblaciones bárbaras, en relaciones a menudo tensas. También era posible que
las prácticas orientales se introdujeran en las comunidades procedentes de Grecia
y que los sistemas sociales tendieran en esos momentos a homogeneizarse, sobre
nuevos fundamentos creadores de la unidad helenística como mosaico de la
diversidad. La integración de griegos y bárbaros crea una nueva unidad donde
las relaciones sociales llegan a prescindir parcialmente de los fundamentos
étnicos, sólo conservados como tales en función de su capacidad productiva en
las relaciones de explotación del trabajo. Las diferencias étnicas más
duraderas fueron las que respondían a la distribución territorial, encajadas en
las fronteras de los reinos, que perduran aún después de la caída de éstos bajo
el poder romano. Con ello se estructuraba la nueva ecúmene, fronteriza con los
bárbaros, objeto de conquistas territoriales y capturas bélicas, cuando la
república en expansión conseguía reconstituir el sistema de la esclavitud que
se alimenta de la guerra y transforma al cautivo en mercancía. También las
ciudades se conservaron como centros de discriminación, donde los griegos
mantenían sus costumbres y pretendían que su superioridad cultural se
interpretara como superioridad natural y se tradujera en privilegios políticos
y económicos.
Formas de dependencia
Las relaciones entre griegos y bárbaros se
resuelven en la aparición de formas específicas de dependencia derivadas de la
evolución de las ciudades griegas y de la integración de las poblaciones
bárbaras, colectivamente sometidas en la época anterior dentro de los reinos
orientales. Principalmente en Oriente, la tierra, fuera cual fuese el sistema
de propiedad dominante, estaba trabajada por masas de campesinos que habitaban
en ella y que aportaban ganancias a las clases dominantes a través del tributo,
al Rey o al templo, a la comunidad ciudadana o a los particulares, ganancias
que se distribuían a través de las ciudades, de forma que el colectivo urbano
resultaba en cierto modo beneficiario, como explotador de los laoi o masas
campesinas, y de este modo se creaba una diferencia antagónica entre la chora y
el asty, entre campo y ciudad. En las ciudades de tradición griega se conserva,
sin duda, el sistema esclavista clásico. Sin embargo, en éste se han producido
algunas transformaciones que vienen a ser confluyentes con las formas de
dependencia de procedencia oriental. Las mismas prácticas vinculadas a las más
venerables tradiciones griegas, como son las manumisiones de esclavos llevadas
a cabo en el santuario de Delfos, tienden a establecer cláusulas que facilitan
la conservación de la dependencia de los libertos, obligados por la paramoné a
prestar servicios a los antiguos dueños. De este modo, también desde la
institución esclavista se consolidan formas de dependencia de personas
jurídicamente libres que definen la nueva situación del mundo social en el
Mediterráneo oriental.
Esclavos y libres
Al tiempo que se transforma, el sistema esclavista
se fortalece gracias a la acción de los estados poderosos, cuya culminación
está representada por la república romana, y a la de los piratas, sus
antagonistas. Los nuevos estados autoritarios favorecen en Grecia la aparición
de nuevos estados conquistados en las guerras, procedentes en muchas ocasiones
de las mismas poblaciones griegas. La sumisión política a un buen jefe militar,
transformado habitualmente en rey, permite la conservación de la libertad, lo
que aumenta su prestigio como evérgeta y soter, salvador de la colectividad.
Los piratas etolios y cretenses se dedican a esclavizar poblaciones griegas,
que encuentran la protección de los reyes, o de Arato de Sición, que aumenta su
protagonismo como protector y su poder hasta transformar la Liga Aquea en una
forma de monarquía. Pero también la Liga Etolia establece pactos para proteger
a las poblaciones contra la esclavitud. Así los grupos tribales, al
introducirse en un mundo dominado por el sistema esclavista en transformación,
pasan a desempeñar un papel fundamental dentro de él. Otras poblaciones, como
los cretenses, desde posiciones relativamente marginales, pasan a desempeñar un
papel igualmente significativo en el proceso crítico de la evolución de la
ciudad, al alquilarse como mercenarios, único ejército válido en la defensa de
una estructura tendente a sobrevivir como parte de la unidad estatal
monárquica. Los libres pobres que no se alquilan como mercenarios, si no
disfrutan de alguna protección de reyes o señores que los someta a dependencias
de tipo clientelar, pasan a alquilar su trabajo por un misthós o salario, en lo
que vienen a coincidir con los esclavos que trabajan alquilados, para entregar
la apophorá a su dueño. Son los chorís oikoûntes, que viven aparte de sus
señores y realizan los mismos trabajos que los libres, en una nueva confluencia
característica del tránsito a la época helenística. Son principalmente las
ciudades los ámbitos donde se desarrollan estas relaciones, paralelamente al
predominio en la chora del trabajo de los laoi.
Conflictividad social
Las tensiones propias de un momento en que se
llevan a cabo nuevas formas de supeditación de las poblaciones, en el tránsito
de la ciudad clásica al mundo helenístico, favorecieron el apoyo de las clases
dominantes al poder autoritario de los reyes. Ahora bien, en éstos apareció
pronto la tendencia a completar la acción de la fuerza con un programa
ideológico que los representa como salvadores de las poblaciones oprimidas, a
veces porque conseguía liberarlas de la esclavitud a que podían someterlas las
acciones de otros reyes o de los piratas, otras porque conseguía aliviar la
presión de las clases dominantes sobre ellas, lo que creaba nuevas formas de
enfrentamiento, que sólo se resolverían con la presencia romana, única garantía
de que se podía conservar el sistema en paz, aumentando las posibilidades de
mejorar el aprovisionamiento de esclavos. Reyes o pretendientes obtenían en sus
luchas dinásticas el apoyo popular al presentarse como auténticos demagogos,
provistos de un programa como el de Demetrio Poliorcetes, que hizo que lo
enalteciera el mismo pueblo de Atenas, hasta alturas insospechadas en una
ciudad de tradición democrática. Pero era precisamente el demos el que así
actuaba. Caso especialmente significativo fue el de los reyes de Esparta. Agis
aparece como restaurador de la tradición que prohibía las posibilidades de
enriquecimiento por acumulación de tierras, la difusión del oro y de la plata.
Para ello propone abolir las deudas y llevar a cabo un nuevo reparto de
tierras. El otro rey, Leónidas, amigo de Seleuco, lo que lleva a cabo como
contrapartida es una dura restricción de la ciudadanía. Serían las dos formas
típicas de la realeza helenística, la que se presenta como salvadora del pueblo
y la que restringe sus derechos, ambas significativas del período de
conflictos, entre las que cabe inclinarse en uno u otro sentido, aunque también
pueden coincidir de modo dialéctico. La primera agudiza los enfrentamientos del
rey con la clase dominante, la segunda sólo circunstancialmente aplaza los
problemas sociales. Más tarde, Cleómenes, inspirado en la doctrina estoica,
según Plutarco, espera que la guerra sirva para solucionar los problemas de la
tierra, los instrumentos de la polis en manos de sus ejércitos hoplíticos. Se
hallaba entre el tirano arcaico, que Esparta no había soportado, y el rey
helenístico. Nabis sería, según Polibio, un tirano, capaz de colaborar con los
piratas cretenses. Tras la abolición de deudas y el reparto de tierras,
pretendía exportar su revolución como salvador de los griegos. Sólo la
presencia romana acabaría en Esparta con las expectativas de cambio de algunos
sectores de la población, empobrecidos al cambiar los modos de explotación de
la tierra, sin derechos dentro de la ciudad que les permitieran reconstituir un
sistema isonómico, mirando nostálgicamente hacia una polis hoplítica.