Edad del Bronce y Grecia Antigua

I.- EDAD DE BRONCE

 

Inicio: Año 3500 a. C.

Fin: Año 1000 a. C.

 

En la Edad de los Metales nos encontramos con una distinción entre Bronce y Hierro. La Edad de Bronce se caracteriza por el empleo de objetos de bronce a amplia escala. La aparición de la metalurgia se manifiesta en la utilización de oro y cobre en un primer momento para después pasar al empleo de una aleación entre estaño y cobre de la que resulta el bronce. Mientras que el uso del bronce aparece ya en Egipto y Próximo Oriente hacia fines del IV milenio en Europa central y el Mediterráneo no aparecen las primeras manifestaciones hasta el III milenio prolongándose hasta el año 1000 a.C. En este período encontramos tumbas de inhumación de carácter colectivo -los famosos megalitos- y el fenómeno del vaso campaniforme. La agricultura alcanza un importante desarrollo al igual que la ganadería y los intercambios, encontrando algunas poblaciones que viven del comercio en gran medida. También en esta época apreciamos el establecimiento de organizaciones sociales. Podemos establecer diferentes áreas para el desarrollo de la Edad de Bronce: Europa del sudeste y central, Mediterráneo Occidental, Asia y Egipto. Si en el II Milenio encontramos el desarrollo de la desigualdad social en Europa templada y el Mediterráneo, también se manifiesta en Grecia y las islas la llamada Civilización Egea y el Mundo Micénico.

 

1.- Distribución del poblamiento

 

Toda la serie de transformaciones que se producen en la economía de la Edad de Bronce tienen un reflejo en el sistema de ocupación del espacio, constituyendo ésta una variable que, hoy en día, con el auge de la arqueología espacial y la proliferación de prospecciones arqueológicas selectivas y sistemáticas, comienza a disponerse de una base para poder cuantificar y valorar los sistemas de ocupación, densidad, tamaño, jerarquización y distribución de asentamientos, lo que aportará datos de sumo interés para entender problemas que han preocupado a la arqueología del territorio y que tienen una clara relación con el tamaño de las poblaciones, su especialización económica o su organización social. Cualquier organización social tiene su reflejo en la manera como organiza su propio territorio. No han sido, sin embargo, estas variables las que de forma tradicional más han preocupado a la arqueología, y a pesar de que el panorama va cambiando de manera desigual, creemos importante tratar de trazar aquí, al menos, una aproximación a problemas de densidad, distribución y jerarquización de los asentamientos. Fue Renfrew en sus ya clásicas obras "Before Civilizacion" o "The Emergence of Civilizacion. The Cyclades and the Aegean in the third millenium BC", quien puso el acento en la necesidad de la determinación del tamaño de las comunidades que dieron lugar a monumentales realizaciones como las tumbas de cámara de Rousay o Arran en las islas Orcadas, los templos de piedra de la isla de Malta, los palacios cretenses y micénicos, o los recintos ceremoniales tipo hongo del tercer y segundo milenio a.C. de Wessex, en Inglaterra. Recurriendo a una serie de paralelos etnográficos, como los de la Isla de Pascua o las denominadas marae, plataformas rituales de Tahití, Renfrew trata de demostrar que en unos casos basta con la colaboración de un reducido número de personas para construir algunos de los grandes megalitos de las Orcadas y que, sin embargo, será necesaria la colaboración de un elevado número de personas, correspondientes a diversas comunidades, para construir monumentos como Stonehenge. Por tanto, parte de las realizaciones que una sociedad ha dejado dependen del número de sus componentes o de la capacidad de su organización para reclutar personas dispuestas o forzadas a realizar trabajos en pos de la comunidad o de sus símbolos, puestos en evidencia por obras como las grandes pirámides egipcias o las ciudades mesopotámicas, en los casos extremos. No tenemos, por ahora, apenas datos sobre la evaluación de la población en distintas zonas y épocas, por lo que haremos referencia a estos problemas en un sentido muy general y con valoraciones muy ambiguas, que irán cambiando a medida que este tipo de problemas vayan interesando a la investigación y encontremos, por tanto, documentación que permita reflejar estos parámetros en las futuras síntesis. Se ha considerado que el modelo económico de agricultura-ganadería impone un sistema de ocupación de pequeñas aldeas dispersas, que reflejan poca cohesión social entre ellas y que determinan una densidad de población muy baja, con una cierta tendencia a la movilidad de los asentamientos a medida que lo requieren las condiciones de productividad de las tierras. A partir de los cambios producidos en la base económica, este panorama general tendió a modificarse, pero esta modificación no fue ni en un mismo sentido ni deparó unas mismas fórmulas de ocupación del territorio, como tampoco lo eran las estrategias económicas, ni lo serán las organizaciones sociales dependientes de ellas.

 

Europa del Sudeste y Central

 

La Europa central ofrece un buen ejemplo de un crecimiento poblacional que, para la época identificada con la cerámica decorada con cuerdas, finales del cuarto milenio y comienzos del tercero, lleva a la multiplicación de los asentamientos sin que ello reporte una concentración del poblamiento en unidades mayores, fenómeno que afectará, en el mismo sentido, a otras zonas de la Europa septentrional o a las islas Británicas. Esta situación se mantendrá a lo largo de casi todo el tercer milenio, ocupándose no sólo los terrenos más aptos para la agricultura, sino también nuevos terrenos ganados al bosque o en zonas marginales, en un fenómeno considerado como de colonización agrícola de nuevos y más variados medios. En contraste con este proceder, encontraremos cómo en el sudeste de Europa existe una tendencia a una cierta concentración de la población en algunos de los centros ya ocupados con anterioridad, de modo que se comienza a asistir al crecimiento de algunos asentamientos, mientras son abandonados otros muchos. Éste es el caso de la zona de Bohemia o Bulgaria, donde en el grupo de Baden y Vucedol se pueden encontrar yacimientos, como el propio Vucedol, donde se aprecia un desplazamiento del hábitat hacia colinas elevadas, altas terrazas fluviales, elevadas sobre el cauce de los ríos y mesetas, con el mantenimiento de algunos tells de ocupación anterior, al mismo tiempo que se siguen detectando pequeñas aldeas dispersas. Este cambio de ubicación de muchos poblados hacia zonas más elevadas es común a otras zonas de Europa oriental, como el sur de Polonia, donde también se evidencia una disparidad de tamaños entre yacimientos mayores y menores. Este fenómeno de diferenciación apreciable en los tamaños suele coincidir, en las zonas donde ello se produce, con la aparición de sistemas de fortificación a base de empalizadas y fosos, caso de Vucedol o Ezero. Este hecho se ha relacionado con la existencia de niveles de inseguridad, por un lado, y, por otro, como consecuencia de una jerarquización del asentamiento, lo que supondría la aparición de algunos centros mayores que, además de las murallas, muestran una cierta especialización en la elaboración de algunas artesanías o en el control de algunas rutas de intercambio, detectadas por la aparición de determinadas materias primas. Sin embargo, aunque algunos datos hayan podido venir a sustentar estas interpretaciones, como la organización interna del yacimiento de Vucedol, donde algún edificio tiene estructuras singulares y en cuyo interior se han encontrado tumbas con niveles de riqueza especiales en sus ajuares, no puede decirse que estemos ante un modelo extendido y concentrado poblacional y jerarquización de los asentamientos, expresado en especial por la aparición de murallas, puesto que también se han documentado yacimientos pequeños amurallados, o tumbas ricas en otras estaciones, donde también se reflejan netas diferencias entre ajuares. No podemos, con los datos disponibles, desarrollar un cuadro coherente de los sistemas de articulación territorial hasta época más avanzadas en el tiempo, pero parece evidente que algo está cambiando con respecto al modelo de los milenios precedentes. Los trabajos de Renfrew sobre las sociedades del Egeo en el tercer milenio a.C. permiten una mejor evaluación de esta variable. En primer lugar, el tipo de asentamiento dominante a lo largo del milenio puede considerarse pequeño, con una inmensa mayoría que no sobrepasaba las dos hectáreas y densidades variables que van de los cuatro asentamientos por 1.000 kilómetros cuadrados en Macedonia a más de 20 en las Cícladas, con cifras medias de 15 para Creta o Eubea, lo que arrojaría densidades de población estimadas de algo más de 200 hab/1.000 km2 para Macedonia mientras que Creta alcanzaría los 800 y las Cícladas los 1.500. Estos parámetros son sensiblemente más bajos que los estimados por el propio Renfrew para la isla de Malta. No obstante, cabría resaltar que entre estos asentamientos sobresalen algunos debidos a diferentes factores; por un lado, el de Cnosos presenta un tamaño muy superior al resto de los asentamientos del tercer milenio de la isla de Creta, y, por otro, el de Vasiliki posee un edificio de características singulares que recuerda la planta de los posteriores palacios minoicos. En el continente, Lerna tiene otro edificio en el interior de un espacio amurallado parecido al de Vasiliki, donde ha aparecido un importante lote de sellos de arcilla con motivos geométricos impresos, o Chalandrianí, en la isla de Siros, que posee una muralla bastionada que fue tomada por la investigación como el prototipo de las aparecidas en el Mediterráneo occidental durante el tercer milenio. En este mismo asentamiento, sus necrópolis han deparado considerables desigualdades en los niveles de riqueza de sus ajuares, con tumbas muy ricas, consideradas principescas y otras muy pobres. Algo similar encontramos en la mítica Troya II, donde Schliemann, en el siglo pasado, pudo excavar tumbas de gran riqueza, sin olvidar sus grandes edificaciones y sistemas de murallas, ya presentes en Troya I. En Anatolia pueden encontrarse otras ciudades amuralladas, como la fortaleza de Kultepe. Este registro ha permitido especular sobre una cierta jerarquización entre los asentamientos, que podrían convertirse en centros regionales o locales y ser el reflejo de un nivel de jerarquización social. El panorama del tercer milenio se modifica sustancialmente durante el segundo, incluso ya desde sus comienzos. En diferentes lugares de Europa, Balcanes, Cárpatos, Europa central, de Rumanía a Alemania Occidental, se asiste al nacimiento de lugares fortificados (Varsand o Barca), con fosos y murallas y la continuidad de otros anteriores, Toszeg y Monteoru, en los Balcanes, que en las áreas mejor conocidas como Eslovaquia se constituyen en centros de un conjunto de asentamientos más pequeños, no fortificados, conjuntos situados en zonas bien definidas por la topografía. Este modelo habla con claridad de una jerarquización entre asentamientos que proyectan sobre el territorio las características organizativas de la sociedad, que también quedan reflejadas en la distribución y complejidad de las necrópolis. Aunque este sistema no está documentado de manera generalizada, se ha supuesto, a partir de los casos conocidos, que un sistema de centros regionales, casi siempre fortificados, se debió extender por todo el solar del grupo Unetice y Túmulos, de la primera mitad y segunda del segundo milenio, respectivamente. Entre estos centros pueden citarse a Veselé, Spyseky, Sturtok u Homolka, recogidos por Champion, Gamble, Shennan y Whittle, a los que se les ha dado una explicación en relación con la complejidad social de los grupos que los habitaron, con un extendido recurso a la guerra que caracterizó todo el segundo milenio en Europa, deducido del alto nivel de armamento en bronce que se ha encontrado en las tumbas y la frecuencia del uso de fortificaciones. En Europa occidental, atlántica y mediterránea, la situación es desigual. Los conocimientos que se poseen sobre los hábitats correspondientes al segundo milenio, y, por tanto, de los grupos Wessex, Túmulos Armoricanos o Países Bajos, es prácticamente nulo, por lo que es imposible esbozar una aproximación al sistema de ocupación y explotación de estos territorios; la espectacularidad de sus enterramientos bajo túmulos, con ajuares de gran riqueza metálica que tienden a ir empobreciéndose a la vez que se sustituye el ritual de inhumación por la incineración, sugieren una ocupación que refleja una estructura social derivada de los sistemas funerarios, con el mantenimiento de los anteriores centros considerados ceremoniales, entre ellos las últimas fases de Stonehenge.

 

Mediterráneo occidental

 

En el extremo occidental del Mediterráneo encontramos los casos del sureste de la Península Ibérica o la fachada sur de la costa atlántica portuguesa, donde Chapman ha propuesto una colonización agrícola a lo largo del tercer milenio. En la segunda mitad del tercer milenio encontramos en ambas zonas poblados fuertemente amurallados como Los Millares, Almizareque, Cabezo del Plomo, el Malagón o el Cerro de la Virgen, para el sudeste, o Vilanova de San Pedro, Zambujal, Monte da Tumba, Pedra do Ouro o Rotura, para el territorio portugués. Los tamaños son muy similares entre unos y otros, si exceptuamos el caso de Los Millares que alcanzaría las 5 hectáreas o el de El Malagón (Granada), con una información insuficiente para una valoración adecuada de su extensión real. En cuanto a los habitantes, se ha calculado que existe una gran diferencia entre los más pequeños, que no llegarían a los 100 habitantes, o las aglomeraciones como Los Millares, con más de 1.000 habitantes, mientras que en Portugal ninguno alcanzaría estas cifras, si exceptuamos un caso anormal, el de Ferreira do Alentejo, que presenta una superficie ocupada de más de 50 hectáreas, con una insuficiente documentación de difícil valoración, siendo lo normal aquellos asentamientos con superficies ocupadas de menos de 0,1 hectárea y menos de 100 habitantes, y los que ocupando entre 1 y 5 podrían llegar a tener entre 150 y 300 habitantes. Estos parámetros han servido para plantear, junto a la aparición de murallas o ciertas especializaciones artesanales, una jerarquización de los asentamientos de estas zonas. Un fenómeno similar puede seguirse en el sur de Francia, donde los hábitats algo más densos de finales del cuarto milenio del grupo Chassey dan paso a una expansión poblacional a lo largo del tercer milenio, alcanzándose el "plateau des pasteurs", donde se documentan poblados fortificados en Le Lebous o B. Boussargues, en un proceso de jerarquización entre asentamientos parecidos al del sudeste o Portugal, que va acompañado por la presencia de los primeros objetos metálicos y otros signos de un intercambio activo. Por último, la península italiana revela una acusada diferenciación entre la zona norte, más unida al continente, donde no se observa dato alguno que pueda permitir plantear una jerarquización de asentamientos, mientras que en el centro y sur existen algunos asentamientos fortificados como Tufariello, con una necrópolis que refleja diferencias en los niveles de riqueza de sus ajuares, pero una auténtica jerarquización entre asentamientos no se establecerá hasta etapas muy posteriores. Durante el II milenio, en las costas mediterráneas occidentales, el proceso iniciado en el sur de Francia con la colonización agrícola de las tierras interiores y el surgimiento de poblados amurallados, similares a los del sureste de la Península Ibérica, indicaban un comienzo de jerarquización que queda interrumpido durante el segundo milenio, según Chapman, según la documentación que se posee. Algo parecido ocurre con el norte y centro de la península italiana, aunque aquí la presencia de poblados fortificados anteriores al segundo milenio estaba mal atestiguada. Por el contrario, en el sur es durante la segunda mitad del milenio cuando se documentan poblados fortificados, lo que se ha puesto en relación con la presencia de importaciones de objetos micénicos, que a través del comercio impulsarían una complejidad social y una jerarquización visible en el surgimiento de estos poblados amurallados, como mantiene Smith. Recientes e intensas prospecciones han documentado signos territoriales de concentración demográfica y aparición de estratificación social en Etruria, ya a finales del segundo y principios del primer milenio, que Chapman ha relacionado con el registro suministrado por las necrópolis del grupo vilanoviano. No hay ninguna duda de que la zona donde el proceso iniciado con anterioridad alcanza su mayor grado de complejidad es en el sureste de la Península Ibérica. El área de El Argar se solapa con el territorio donde se desarrolló el grupo de Los Millares. El espacio ocupado por El Argar se ha estimado en unos 45.000 kilómetros cuadrados, según Chapman, con poblados de una extensión comprendida entre las 3,5 hectáreas de la Bastida de Totana (Murcia) y 0,13 del Picacho de Oria, con una superficie media ocupada de 1,5 hectáreas por asentamiento de los 21 computados. Esto equivale a una estimación de habitantes que se sitúa entre 40 y 1.200, lo que arrojaría densidades medias de población de 3,13 hab./km2, en estimación de Chapman. Estas estimaciones son sólo una aproximación, ya que faltan por computar muchos asentamientos detectados en recientes prospecciones superficiales o excavaciones recientes, no suficientemente publicadas. Es visible una diferencia apreciable entre los tamaños de estos poblados, que queda más evidente cuando se hace referencia a la estructuración de algunos de ellos, con áreas centrales o acrópolis amuralladas y evidencias de una centralización del control de productos subsistenciales o críticos en graneros, cisternas para agua, y edificios de funciones consideradas especiales. A ello hay que unir los niveles de riqueza muy diferenciados de las sepulturas de las acrópolis, con relación a los del resto del poblado, circunstancia evidenciada en Fuente Álamo (Almería) o Cerro de la Encina (Monachil, Granada), entre otros poblados. También puede destacarse, aunque con un elevado grado de inseguridad, un crecimiento demográfico, afirmación apoyada en la mayor densidad de habitantes por poblado, lo que ha hecho afirmar a Lull que existe una expansión del poblamiento argárico a zonas no ocupadas con anterioridad, afirmaciones no concordantes con el nivel de registro actual, aunque sí pueden observarse cambios en los sistemas de ocupación del territorio entre el tercer y segundo milenios, constatado por Mathers, por lo que los cambios se orientan más a causas derivadas de la organización social y los subsiguientes sistemas de explotación que hacia otras razones, como la presión demográfica. En zonas próximas al Sureste, campiñas jienenses del Alto Guadalquivir, se ha propuesto un modelo de ocupación territorial con una estructura que ha permitido a Nocete leer este registro como la expresión territorial de una organización política estatal. En él encontramos desde grandes centros amurallados, que ocupan un lugar destacado y centralizan diferentes tipos de asentamientos más pequeños, unos establecidos en lugares estratégicos amurallados, considerados como especializados en la coerción, y otros como poblados de distintos tamaños, situados en las zonas llanas, no amurallados y dedicados a la producción agrícola. Este territorio queda delimitado por un sistema de organización espacial que incluye una auténtica frontera. Esa estructura territorial se interpreta, desde la teoría materialista histórica, como un territorio político de corte estatal, interpretación que creemos ha de ser considerada hipotética a falta de una mejor contrastación del registro arqueológico. El desarrollo de este sistema se considera la culminación, a comienzos del segundo milenio, de un proceso social iniciado ya en el cuarto milenio. En otras zonas de la Península Ibérica, La Mancha y el País Valenciano, se conoce un número importante de asentamientos que han permitido establecer los sistemas de ocupación de esas zonas. En La Mancha, el poblamiento se estructura en dos tipos diferentes de asentamientos, las motillas o poblados situados en el llano, constituido por una fortificación turriforme central, en torno a la que se dispone el poblado, y asentamientos de altura, situados en las elevaciones internas o rebordes de La Mancha, también amurallados. Resulta difícil establecer una jerarquización entre estos asentamientos, dado el nivel de excavaciones y las estimaciones de superficies de ocupación todavía tan aproximativa, como señala Chapman. Lo que sí ha sido comprobado es una cierta especialización espacial relacionada con la transformación, la producción y el almacenamiento, ya que en el área central amurallada se efectúan actividades de producción cerámica y metalúrgica y almacenamiento de ganado y cereales, además de un pozo para agua potable, documentado en la Motilla del Azuer (Ciudad Real), datos aportados por Nájera. El contraste con los asentamientos de altura, sin que por ahora se haya constatado producción o almacenamiento centralizados en éstos, estriba en los distintos niveles de riqueza, expresada en la mayor presencia de metalurgia en los ajuares funerarios de las sepulturas de los poblados de altura, y en general una mayor presencia de objetos metálicos en el registro de estos poblados sobre los del llano. Se ha querido establecer una jerarquización entre asentamientos a escala regional, a lo largo del segundo milenio, sin que parezcan existir suficientes elementos para esta suposición. En el área levantina, los poblados conocidos como propios del Bronce Valenciano se sitúan en alturas bien destacadas, en muchos casos con fortificaciones centrales, al igual que los poblados argáricos o manchegos, fenómeno que, a lo largo del milenio, se puede encontrar en las islas Eolias, Nuragas y Torres en Cerdeña y Córcega. Así, estos fenómenos han sido considerados por Lewthwaite consecuencia de economías agrícolas en zonas de alto riesgo medioambiental, que han permitido y estimulado procesos de jerarquización que no fueron capaces de generar los niveles de producción que desembocaron y mantuvieron sociedades estatales, propias del Mediterráneo oriental. En contraposición, Renfrew mantiene que las innovaciones tecnológicas son imprescindibles para permitir unos niveles de intensificación tales que permitieran la aparición del Estado. Desde una óptica materialista será la aparición de la explotación y la institucionalización de las desigualdades a través de las clases sociales, con su expresión territorial, la causa de la aparición del Estado.

 

Asia y Egipto

 

Niveles importantes de concentración poblacional se habrían alcanzado ya en el quinto milenio en amplias zonas del Próximo y Medio Oriente, donde también, desde esta misma época, se conocen asentamientos amurallados, como Tell-es-Sawwan, Hacilar o Mersin, sin que en ellas puedan aún identificarse edificios singulares como los posteriormente considerados templos, construidos sobre plataformas de ladrillos. La aparición de estas edificaciones en la segunda mitad del quinto milenio en Mesopotamia y la diferenciación entre grandes aglomeraciones, que suelen poseer estos templos, y las que no los poseen, que resultan visiblemente menores, indican un claro proceso de diferenciación entre estos asentamientos. Entre los asentamientos mayores encontramos ahora, en el periodo de El Obeid, los de Uruk, Eridu o Susa. Más tarde, a lo largo del cuarto milenio, la jerarquización entre asentamientos no sólo será una realidad contrastable en función de sus tamaños, sino que también lo será por sus funciones. Se ha llegado a establecer que la propia ciudad de Uruk hacia el 3750 a.C. pudo alcanzar la cifra de 10.000 habitantes, de los que su inmensa mayoría eran agricultores, pero ya puede hablarse de sectores de población que se ocupan de actividades artesanales especializadas o de funciones religiosas o administrativas. Uruk, Eridu, Susa o Choga Mish se convierten en auténticas ciudades, de las que dependen una escala amplia de asentamientos jerarquizados, convirtiéndose estas ciudades en el centro de su región. Su símbolo lo constituía el templo, que continúa construyéndose sobre una gran plataforma de ladrillos, ahora dotados de espectaculares fachadas, realizadas con técnicas de mosaicos multicolores. Una evidencia más de esta especialización progresiva y de una clara diferenciación de funciones en estos centros urbanos, lo constituye la fundación, hacia el 3500 a.C., de un auténtico puerto a orillas del río Éufrates, con una extensión urbana de más de 20 hectáreas, rodeadas por un cinturón de murallas, reforzadas con torres cuadradas. Los últimos siglos del cuarto milenio significan el apogeo de la llamada revolución urbana, con la construcción de nuevos templos, a veces sobre los ya existentes, de estructuras tripartitas y columnatas exentas. Juntos a estos edificios, son también característicos de este momento los grandes almacenes en el interior de la trama urbana y la aparición de otros grandes edificios que no tienen carácter religioso, mostrando una cierta separación entre el poder político y el religioso, que cristalizará con la aparición hacia el año 3000 de la primera dinastía sumeria y, con ella, la Historia escrita de la zona. Pocos datos se poseen de los periodos predinásticos egipcios y, mucho menos, relacionados con los tipos y distribución de los asentamientos, debido a las especiales condiciones topográficas y climáticas del estrecho valle del Nilo, hasta épocas inmediatamente anteriores al periodo predinástico, es decir, finales del cuarto milenio a. C., que es cuando parece que se inician los asentamientos en relación con la explotación directa del valle inundable del río. Algunas aldeas, como la de Nagada, presentan una cierta concentración de cabañas y constituyen una de las mayores aglomeraciones de la época del mal conocido poblamiento del valle. Este hecho, la ocupación del valle, y una rápida implantación de los sistemas de regadío, contribuyen a un crecimiento demográfico importante, base de las concentraciones humanas que caracterizan al Imperio Antiguo, pero que no pueden llamarse ciudades al modo de las mesopotámicas. Sin embargo, en el Extremo Oriente, las primeras aldeas de campesinos de Yang-Shao, como Pao-Chi y Pan-p'o-ts'un en Shensi, muestran una ordenación de las viviendas, rodeadas por un foso, en torno a un espacio central, lo que ha hecho pensar en una estructura segmentada de la sociedad que las construyó, según Clark, ya en la primera mitad del cuarto milenio, mientras que durante el tercer milenio se dotarán de murallas de tierra alrededor de todo el asentamiento, en el grupo de Lungshan. Como puede verse en este apretado panorama, no existen demasiados datos de los aspectos relacionados con los sistemas de ocupación de los territorios, de las densidades y distribución de los asentamientos o de las relaciones entre ellos, por lo que son muy escasos los intentos de cuantificación acerca de las extensiones reales que ocupan los grupos humanos y, por tanto, de las delimitaciones espaciales reales de las culturas y, con ello, las dificultades de evaluación de los cambios ocurridas en las mismas. Esta situación no es mucho mejor cuando se trata de hablar del tamaño y densidad de las poblaciones; sin embargo, una de las razones más invocadas para explicar tanto las intensificaciones económicas como la expansión de los grupos humanos, ha sido la presión demográfica y, de una manera inexplicable, no ha existido una preocupación real por cuantificar este extremo, lo que indica que el recurso a esa explicación era más teórico que una auténtica variable a registrar por parte de los programas de investigación. No obstante, parece que, en los casos donde este tipo de cuantificaciones se han realizado, existe una buena base empírica para contextualizar las evoluciones de las sociedades en el orden económico, social y político. De cara a un resumen, sólo puede apreciarse que, en términos muy generales, se aprecia un avance en la cantidad y extensión de la población durante el cuarto-tercer milenios, lo que en determinados casos, dentro del espacio europeo, marcó el inicio de procesos de concentración del poblamiento y una jerarquización entre los asentamientos que empiezan a diferenciarse en sus tamaños, además de otras características como la adquisición de fosos, murallas, edificaciones singulares de distinto carácter o especializaciones funcionales, todo lo cual prueba una creciente complejidad que a lo largo del segundo milenio desembocará en organizaciones sociales más estratificadas e incluso, en determinados casos, con el nacimiento de los primeros estados europeos. Por lo que respecta a Mesopotamia y Egipto, este proceso se adelanta en más de un milenio, de forma que ya a comienzos del tercer milenio vemos nacer las primeras dinastías de sus imperios. Extremo Oriente, el valle del Indo y China siguen un proceso algo diferente y no podremos asistir al nacimiento de auténticas ciudades hasta el segundo milenio, en que China se incorpora al grupo de los grandes imperios orientales, con sus propias dinastías, mientras que en la India se sigue un camino más complejo. En el valle del Indo, centros como Harappa o Kalibangan muestran, durante la primera mitad del segundo milenio, una trama urbana bien organizada, con zonas diferenciadas para las viviendas populares donde se pueden distinguir barrios especializados en diferentes artesanías, frente a zonas donde existen edificaciones consideradas públicas, entre las que sobresalen enormes graneros o almacenes, situados a veces en las ciudades amuralladas, pero que sorprendentemente no han podido atribuírseles funciones como templos o palacios, mientras que las ciudades, como la de Mohenjo-Daro, parecen más un lugar comunal, con baños, graneros y salas de reunión que el lugar de residencia de un rey o una elite aristocrática de cualquier tipo. El propio registro funerario no permite hablar de una auténtica estratificación social ni de tumbas reales, a diferencia de lo que ocurría en el Egeo o Mesopotamia o incluso en la China Shang, donde, ya en la segunda mitad del segundo milenio, aparecen ciudades como Cheng-Chou, con un urbanismo ortogonal, de una extensión de 350 hectáreas, barrios organizados por trabajos artesanales, zonas de edificios públicos, murallas y palacios, concentrados en una zona destacada de la ciudad. En la segunda mitad del milenio, la capitalidad Shang pasa a Anyang, al norte de Honan, manteniéndose las características urbanísticas de la anterior capital. Lo más destacado en el caso de Anyang son sus estructuras funerarias, destinadas a sepulturas de los emperadores, frente a una ingente cantidad de enterramientos comunes. Son grandes fosas en forma de cruz, formadas por rampas que dan acceso a una cámara central, con ajuares propios de la dignidad de los enterrados, donde destaca el enterramiento de todo su séquito, hombres y vehículos, con sus caballos y conductores, lo que nos habla de la estratificación social y el poder despótico de estas dinastías de Extremo Oriente.

 

Organización sociopolítica

 

El tercer milenio y el final del cuarto se consideran las épocas en que las sociedades europeas evolucionan de niveles igualitarios de organización a estructuras más complejas que serán el preludio de la aparición, durante el segundo milenio, de los primeros estados europeos. Esta evolución es también perceptible en otros lugares del Viejo Mundo, aunque en épocas anteriores, en Mesopotamia y Egipto y, por las mismas épocas que en Europa, en el valle del Indo y en China. El estudio de los procesos sociales es uno de los terrenos donde la posición teórica que adopten los investigadores resulta más importante para comprender las distintas tipologías establecidas o qué factores resultan determinantes a la hora de comprender los procesos de evolución social. Al mismo tiempo esas tipologías, tomadas de la aplicación de posturas teóricas al estudio de sociedades primitivas actuales por parte de las distintas escuelas antropológicas, han hecho posible que se puedan establecer paralelismos con etapas prehistóricas de las que sólo nos queda el registro de la cultura material y sus relaciones. La escuela materialista histórica, basada en los trabajos de los antropólogos E. Terray, M. Sahlins, M. Godelier, etc., sobre sociedades precapitalistas, ha aportado un marco interpretativo para las cuestiones sociales que ha influenciado a historiadores materialistas históricos, e incluso a otras corrientes, como el materialismo cultural de M. Harris. Esta posición ha sido adoptada por parte de algunos de los arqueólogos que estudiaron la época que aquí abordamos, A. Gilman, S. Shennan, K. Kristiansen, C. Tilley, etc. En estas posturas se priman las relaciones hombre-hombre, que son las que a través de la contradicción y el conflicto, inherentes a toda sociedad humana, permiten abordar el estudio de los cambios ocurridos en las formaciones sociales. El paso de sociedades igualitarias a sociedades de clases, que caracteriza a la organización política de la sociedad encarnada por la aparición del Estado, se produce a través de un proceso en que van apareciendo desigualdades en el acceso a los recursos y el nacimiento de una serie de controles sociales que permiten la aparición de productores y no productores o, lo que es lo mismo, la explotación de unos seres humanos por otros. Ese proceso surge a partir de sociedades donde las relaciones de producción, y, por tanto, económicas, se basan en los lazos de parentesco que sirven para articular la sociedad y enmascarar las desigualdades. La toma de la capacidad de decisión económica y política por parte, primero de linajes o segmentos, aún unidos por lazos de parentesco, y más tarde, de individuos y élites próximas, rompen esas relaciones en favor del papel del individuo y cambian las relaciones sociales de producción. La otra postura mayoritaria en los estudios de las organizaciones sociales se basa en la antropología evolucionista americana, en su versión más moderna del neoevolucionismo, encarnada por E. Service y M. Fried. Esta postura intenta reducir la evolución social a una serie de tipos con un claro contenido evolucionista, muy en línea con las posturas del siglo XIX, consecuencia de la generalización de las teorías sobre la evolución de la vida en la tierra, enunciadas por Darwin. Esos tipos tienen un contenido no sólo social, sino también económico; así, dentro de las categorías que se han establecido para marcar los estadios evolutivos de la complejidad social, el nivel más simple correspondería a la banda de Service, propia de sociedades con base económica en las actividades de caza y recolección y que para Fried tienen como característica fundamental la igualdad en las relaciones sociales, destacándose los aspectos de integración social en el primer caso y las diferencias en el otro. Para un estadio evolutivo siguiente, que coincide con la instauración de la agricultura y la ganadería como formas económicas dominantes, se estableció la categoría de la tribu, donde la integración social es mayor y se asiste al comienzo de la diferenciación entre sus miembros estableciéndose, en palabras de Fried, una jerarquización que no llega a cristalizar en unas instituciones centralizadas que regulen la reciprocidad, forma fundamental de las relaciones sociales. La jefatura como forma previa a la instauración del Estado ha sido una de las categorías más discutidas de estas tipologías y la que mayor aceptación ha encontrado entre un buen número de investigadores, incluso entre los que se alinean en teorías muy diferentes a las de Service o Fried, como el materialismo. La jefatura se caracteriza por una diversificación social mayor, con grados de institucionalización crecientes que incluye la heredabilidad de la condición social, que ha sido caracterizada por Fried como estratificación. La forma normalizada de relación social es la redistribución. El éxito alcanzado por esta categorización social se puede comprobar por los diferentes usos que de ella se han hecho, aplicada a la Prehistoria Reciente europea o a zonas muy diferentes y tiempos diversos a lo largo del mundo. Renfrew acuñó el uso de unas jefaturas orientadas al grupo para sociedades europeas, con manifestaciones más destacadas en los grandes monumentos megalíticos de carácter colectivo, frente a formas de jefaturas individualizadas, manifestadas por enterramientos individuales, donde se puede detectar la situación personal en la escala social, expresada en los ajuares por la presencia de objetos considerados de prestigio. En época más reciente, se ha establecido una nueva división de las jefaturas entre simples y complejas, que pretenden establecer una seriación más matizada en el camino hacia la sociedad estatal. La diferencia se establece en el grado de institucionalización del poder político y en el acceso diferencial a los marcos económicos, estableciéndose distribuciones asimétricas. El último estadio de esta evolución y la última categoría de esta clasificación es el Estado, en el que las relaciones sociales ya no descansan sobre los lazos de sangre o los sistemas de parentesco, y en el que el poder institucionalizado se manifiesta en un corpus de derechos y obligaciones establecidos en forma de leyes sancionadas o impuestas por la autoridad de unos pocos sobre los demás, garantizado por el uso exclusivo de la fuerza.

 

NECRÓPOLIS. Estas diferencias se refuerzan por las características propias de la residencia de los muertos, las necrópolis. Una nueva diferencia caracteriza la Europa central suroriental y las estepas pónticas, de la Europa occidental, incluyendo el área mediterránea. Se trata del ritual de enterramiento usado con carácter general en las zonas orientales, la costumbre casi exclusiva de las sepulturas individuales, fundamentalmente inhumaciones, aunque hay que señalar áreas de cremaciones, como en Europa central, que se diferencian con nitidez de la costumbre predominante en la zona occidental y nórdica del enterramiento colectivo, con un uso muy extendido de los sepulcros megalíticos, de diferentes tipologías, siempre con un ritual de inhumación. Esta situación, según las zonas, se mantiene hasta la segunda mitad del tercer milenio en que en amplias áreas, donde luego se observará la presencia de las cerámicas de cuerdas y campaniformes, se produce la sustitución de los enterramientos colectivos por las tumbas individuales, a excepción de parte de la Península Ibérica, la fachada atlántica, sur de Francia e islas Británicas, donde la persistencia del enterramiento colectivo se alarga hasta el segundo milenio. Esta distinción coincide, en parte, con la que establecimos para una cierta jerarquización entre asentamientos, aunque la escala utilizada sea demasiado amplia, a pesar de lo cual se ha planteado la existencia de centros regionales, categoría otorgada a algunos de estos poblados, como el caso de asentamientos de Europa centro-oriental. Ello se une a la documentación de unas claras diferencias entre unas pocas tumbas y el resto de ellas en la mayoría de las necrópolis, con casos realmente espectaculares como el de la necrópolis de Varna en Bulgaria, donde entre 250 tumbas, casi todas inhumaciones flexionadas, sobresale un pequeño grupo de sepulturas agrupadas, con niveles muy diferentes de riqueza en los ajuares: metal, cobre y, sobre todo, oro para colgantes, pectorales y emblemas, que acompañan a estos pocos inhumados y otras necrópolis, aunque menos destacadas, donde también puedan diferenciarse pocas tumbas con ajuares mejor dotados que sobresalen del resto de las sepulturas, como Bodrogteresztúr o Tiszpolgár en los Cárpatos.

 

ORGANIZACIÓN TERRITORIAL. La dificultad de realizar la lectura de las características propias de los diferentes estadios en este apretado esquema de evolución de las sociedades prehistóricas, reside en la naturaleza del registro arqueológico y en la imposibilidad de contar con otras fuentes, como las literarias, haciéndose necesario especificar en qué variables del registro residen las posibilidades de leer las condiciones específicas de las relaciones sociales. Es la dimensión espacial el ámbito del registro arqueológico que mejor puede reflejar el sistema de organización de las formaciones sociales, de modo que es en el territorio, espacio organizado por el hombre, donde quedan registrados aspectos económicos y políticos. El establecimiento del patrón de asentamiento en su vertiente de territorialidad, la jerarquización, las diferencias de actividades de producción y residenciales, la reestructuración urbana y los registros funerarios, serán los indicadores que permitan establecer las correlaciones entre la dimensión espacial y la organización social. Al tratar el tema de la organización espacial entre asentamientos, vimos cómo la situación es diferente en amplias zonas de Europa. En la zona central y oriental (Alemania, Polonia, Eslovaquia, Bulgaria, Yugoslavia y Grecia) podía observarse una jerarquización de asentamientos, con algunos mayores, fruto de una concentración poblacional, que además se dotan de murallas defensivas o fosos de sección en V e incluso, en algún caso, se han identificado la existencia de espacios relacionados con la producción artesanal especializada, como el barrio alfarero de Zvanec, en Ucrania, o algún edificio destinado a actividades artesanales específicas, como el mégaron del poblado amurallado de Vucedol, con evidencias de actividades metalúrgicas, además de estar situado en la parte más destacada de la acrópolis del poblado, o los de Lerna en el Peloponeso, con su Casa de las Tejas o Cnosos, en la isla de Creta, por su mayor tamaño en relación con los asentamientos contemporáneos, o el caso de Troya II, en Anatolia, todos pertenecientes al tercer milenio. En Europa occidental, incluidas las islas Británicas, y septentrional, no ha podido establecerse un tipo de organización espacial similar al de Europa suroriental, con una serie muy limitada de poblados fortificados, a base de empalizadas y fosos, tales como Sarup y Toftum en Dinamarca, que constituyen excepciones en un panorama de pequeños poblados, aunque a veces muy numerosos, con un limitado número de cabañas en el interior de un espacio definido por unas empalizadas o terraplenes y fosos, modelo que se extiende por toda Francia, Bélgica, Suiza y las islas Británicas.

 

ESTABLECIMIENTO DE ORGANIZACIONES SOCIALES. ¿De qué naturaleza son las diferencias que reflejan la jerarquización de asentamiento, unido a las diferencias apreciables en el ritual funerario? Conviene señalar que las variedades de sistemas de enterramiento observable en las necrópolis: ritual, tipo de tumbas, niveles de riqueza y presencia de símbolos de estatus o rango, no tienen una misma lectura, de forma que se discute si en la muerte se mantienen los mismos niveles de diferenciación social que en la vida y cómo se expresan éstos en el registro funerario. La inversión del trabajo en la construcción de grandes monumentos funerarios, los ritos complejos y la introducción de objetos como ajuares que requieren una elaboración compleja o impliquen el uso de materias primas exóticas o de difícil consecución, son considerados como indicadores de estatus diferenciados, sobre todo desde una perspectiva interna de las propias necrópolis o de las áreas locales. El aspecto territorial de las necrópolis, su ubicación en relación con los asentamientos o la distribución interna de las propias tumbas son también indicadores interesantes desde el punto de vista de las implicaciones de la organización social. En el centro de Europa encontramos situaciones mixtas, donde en una misma necrópolis o en una misma área se encuentran tumbas individuales junto a otras colectivas o la práctica de la inhumación al lado de la cremación parcial o total, en las que también pueden observarse diferencias en los ajuares aunque sin alcanzar los niveles constatados en la zona oriental, donde la presencia de útiles de cobre y las conocidas como hachas de combate en piedras duras marcan ciertas diferencias, valoradas de distinta forma según las posturas de los investigadores. El fenómeno de la coexistencia aparece en necrópolis de Bohemia, Polonia, Moravia (por ejemplo, en Budakalász), Alemania (Rossen o Baalberge), Suiza y Francia oriental, con ejemplo en Lenzburg. En la fachada atlántica europea, en la Península Ibérica, islas Británicas, área nórdica e islas mediterráneas occidentales, las tumbas colectivas en forma de cuevas naturales o artificiales, conjuntos megalíticos bajo grandes túmulos o tumbas de falsa cúpula continúan durante el tercer milenio la tradición comenzada, en muchas de estas zonas, en épocas muy anteriores, como los casos de la Bretaña francesa, la fachada atlántica portuguesa, Dinamarca o el sur de las islas Británicas. La característica fundamental, para lo que aquí nos interesa, es el carácter colectivo de estas tumbas, lo que no quiere decir que sean igualitarias. Existen diferencias que se expresan entre las sepulturas, manifestada en la monumentalidad de su construcción, su ubicación dentro de las necrópolis, con respecto a los asentamientos o a los recursos básicos de las poblaciones que las construyeron. A su vez, el contenido de las sepulturas en forma de ajuar de las inhumaciones realizadas también puede diferenciar unas sepulturas de otras. En otro sentido, aunque suele ser muy difícil establecer una correspondencia entre cada inhumación y el ajuar que se le asocia, puede suponerse que no todos los individuos han aportado un mismo ajuar, hecho documentado en algunas ocasiones. Estudios realizados por Rentaren para las tumbas megalíticas de la isla de Arran al oeste de Escocia o la isla de Rousay en las Orcadas, demuestran que la mano de obra movilizada para la construcción de los diferentes monumentos era perfectamente asumible por las comunidades campesinas que las utilizaron, no requiriendo de una gran organización extracomunitaria para su edificación, aunque existan diferencias entre unos monumentos y otros, ni una dirección especial y jerárquica que movilizase ese trabajo comunitario. Sin embargo, se considera que en otros casos, como los monumentos de distinto tipo -los grandes templos de la isla de Malta, Gigantija, isla de Gozo, Mnajdra, Tarxien o Hagar Quim, o los monumentos tipo henge del sur de Inglaterra del tercer milenio, con sus grandes manifestaciones en Stonehenge o Mount Pleasant- no pudieron ser realizados por pequeñas comunidades campesinas, sino que se requirió una organización que fuera capaz de movilizar un elevado número de recursos humanos y centralizar y coordinar el trabajo a realizar. En el extremo sureste de la Península ibérica, en la necrópolis colectiva de Los Millares (Almería), hay un cementerio de la segunda mitad del tercer milenio, perteneciente a un gran poblado amurallado de unas cinco hectáreas de extensión y con cerca de un centenar de tumbas colectivas de tipo tholos, con cámara cubierta por falsa bóveda, bajo túmulo y un número de inhumaciones que oscila entre más de 100 y una media de 20 individuos por tumba. Entre ellas se han podido establecer diferencias notables, desde la energía necesaria para la construcción de cada sepultura hasta la presencia de objetos de prestigio en sus ajuares: objetos de cobre, marfil, cáscara de huevo de avestruz, ámbar, cerámicas con decoración simbólica, pintadas o campaniformes, que han llevado a plantear a Chapman que estamos ante tumbas colectivas que reflejan la existencia de grupos corporativos, que se diferencian unos de otros dentro de una escala jerárquica, pero siempre dentro de unas relaciones de parentesco, que indican una adscripción a diferentes estatus de los inhumados, aunque con un carácter colectivo, no individual. Esta situación de diferencia entre tumbas colectivas puede extenderse a otras necrópolis del sureste, Almizaraque o Barranquete en Almería, aunque menos evidente que en Los Millares, e incluso a Portugal, aunque aquí el registro es menos claro para las necrópolis y más claro para los poblados. Todo lo expuesto permite realizar una lectura donde se puede resaltar que en Europa central y suroriental, a lo largo del tercer milenio, un proceso de jerarquización social aparecería definido por un patrón de asentamiento que evidencia esa jerarquización, reforzada por la existencia de notables diferencias entre algunas sepulturas de sus necrópolis. Esa diversidad de rango viene expresada por las diferencias en los ajuares y, en algunos casos, por las estructuras de las tumbas; son siempre de carácter individual, por lo que se han utilizado términos como tumbas principescas o reales. Ello unido a que, aunque nunca existió una tradición de tumbas colectivas en estas zonas de Europa, los tipos constructivos de las sepulturas son diferentes: estructuras de madera bajo túmulos, con empleo de ocre para recubrir los cadáveres, cámaras en pozos tras un estrecho corredor, llamadas de catacumba, todo lo que ha llevado a una serie de consideraciones, dentro de unos esquemas difusionistas, que consideran estas sepulturas como indicadores de la existencia de élites militares extranjeras que, por su mayor tecnología, controlan una población más numerosa, idea difundida por Gimbutas para explicar la expansión de los grupos Kurganes del Este. En la actualidad, dentro de un esquema neoevolucionista antropológico propuesto por Service y Fried, se han considerado estas evidencias como propias de jefaturas, en las que se conservan los vínculos de parentesco pero separados en rangos, con los individuos del segmento más próximo al jefe como elite. Renfrew propuso una distinción añadida a la caracterización de jefatura para este tipo de organización social, como vimos, considerándola "individualizing chiefdom" o jefatura individualizadora, propia del segundo milenio, pero que ya aparecería en algunos casos en el tercero, en tumbas donde los objetos funerarios de lujo acompañan a individuos privilegiados. El contraste más interesante con Europa occidental es que las tumbas colectivas, aún con sus diferencias, indican un marcado carácter comunal, subrayado por la existencia de templos o santuarios donde se refuerzan los lazos comunales por la reproducción social de unas alianzas entre asentamientos o comunidades, puesto que estos templos, henges, túmulos circulares u ovales, tipo Carnac en Morbihan (Francia) requieren colaboraciones que sobrepasan las comunidades de los pequeños poblados campesinos que construyen sus tumbas colectivas y se asocian para construir centros ceremoniales, que representan organizaciones tipo clanes que se han ido segmentando en un proceso de segregación. Como hemos recalcado, el proceso de diferenciación social de los grupos de filiación parental de las necrópolis megalíticas se hace en el seno de la comunidad, por diferenciación entre los linajes o segmentos, sin que lleguen a romperse los nexos que los unen. La existencia, en algunas áreas, de un patrón de asentamiento jerarquizado sugiere que hay una diferenciación regional, con la existencia de algunos centros que canalizan la mayor parte de materias primas consideradas como exóticas o conseguidas a larga distancia, como el sílex. Ello nos permite considerar otros factores que se relacionan con la complejidad social. Se ha considerado que la existencia de una especialización artesanal es un claro indicio de una jerarquización que permite el control de un cierto nivel de excedente o sobreproducción que, en manos de una élite, libera a tiempo completo o parcial a algunos artesanos de las labores de producción subsistencial, agricultura o ganadería. Esa especialización se centra en la producción artesanal menos utilitaria y relacionada con la existencia de bienes considerados como de prestigio o de exhibición de rango. La metalurgia es una de las actividades consideradas indicadoras de la existencia de especialistas, pero hoy día son muchos los investigadores que piensan que los primeros estadios del desarrollo de esta tecnología no implican una especialización a tiempo completo, ni por la complejidad técnica ni por el nivel de uso del metal reflejado por las primeras sociedades metalúrgicas. El significado de la especialización artesanal va unido al control de las redes de intercambio regional y suprarregional, puesto que las materias primas intercambiadas y que han quedado en el registro arqueológico son aquellas que se relacionan de una forma más directa con esta producción especializada. La presencia de objetos fabricados en materias primas lejanas, cuando llegan elaborados, pueden indicar la existencia de talleres regionales que ponen en circulación estos productos; por tanto, sí se podría, en estos casos, hablar con mayor base en favor de la existencia de artesanos especializados a tiempo total, liberados de las tareas de producción. En otro sentido, la circulación de materias primas poco elaboradas o en bruto iría más en relación con la existencia de artesanos o producciones que sólo implican una especialización a tiempo parcial dentro de las comunidades locales. El registro disponible indicaría que aunque existen redes de intercambio a largas distancias, que ponen en circulación sílex, metales, piedras duras y otras materias primas, la existencia de artesanos a tiempo completo no existió en todas las comunidades y quizás sean los grupos más cercanos a las fuentes de suministro de esas materias primas las que pudieron especializarse en parte en la elaboración de objetos como hachas de combate, puñales y largas hojas de sílex, ciertas formas cerámicas o determinados objetos elaborados en cobre, plata u oro. Ello no implicaría que en las distintas comunidades no existieran especialistas que, sin estar liberados de otros trabajos, pudieran producir, por tener una mayor habilidad técnica, ciertos útiles u objetos a partir de materias primas locales o aportadas por las redes de intercambio existentes. En este sentido, Europa oriental muestra una amplia distribución de objetos en cobre, oro, concha, obsidiana, etc., para los que se han señalado puntos de origen determinados, siendo mucho menos evidente la existencia de auténticos talleres de producción especializada, aunque se han señalado para joyas como las de la necrópolis de Varna, o útiles como los cetros de oro, también de Varna, o las hacha de combate de cobre o piedras duras. Basándose en el ritual de enterramiento individual, con indicios de herencia de rango expresado en desniveles claros en la posesión de objetos de prestigio, la existencia de una especialización artesanal, centros regionales con concentración poblacional, especialización residencial, palacios y tumbas más destacadas, además del control de amplias redes de intercambio, se puede considerar que en ciertas zonas estamos ante sociedades que han sobrepasado niveles de jerarquización para alcanzar la estratificación social, que continuará acentuándose en el segundo milenio. Esta estratificación podría entenderse que se alcanza con la ruptura de las relaciones de parentesco, sustituidas por relaciones de clase, dando lugar a lo que en términos de la tipología neoevolucionista se califica de jefatura compleja, aplicada sobre todo a sociedades del Egeo, Cícladas, Creta y Anatolia, con una redistribución asimétrica que indicaría una evidencia de explotación y, por tanto, la existencia de sociedades estatales, en términos materialistas. Mientras en Europa central y occidental la variedad de situaciones es grande, sobre todo debido a una muy desigual documentación disponible, sólo en algunas zonas el nivel de conocimientos permite hablar de una jerarquización social que no llega a romper los lazos de parentesco, pero que, basada en la existencia de centros amurallados, pueden constituir núcleos de mayor nivel de población, con una especialización artesanal que no parece llegar a alcanzar niveles de dedicación a tiempo completo y redes de distribución bien establecidas, todo lo que produce un desigual acceso a materias primas y productos concentrados en segmentos de las comunidades más complejas, sin que el nivel sobrepase la jerarquización hacia la estratificación, creando situaciones que pueden calificarse de jefaturas simples, con signos de economías de redistribución y con niveles de integración comunal basados en construcciones monumentales, templos y grandes tumbas que no nos permiten hablar aún de la existencia de clases sociales, ni de la institucionalización de productores y no productores, en organizaciones sociales aún preestatales. En los últimos siglos del tercer milenio, amplias zonas de Europa central y occidental asisten a la aparición generalizada de las tumbas individuales a base de inhumaciones en fosas, con un ajuar muy normalizado constituido por vasijas cerámicas decoradas con impresiones de cuerdas, a las que acompañan alfileres de hueso o cobre y hachas de perforación central de piedra, siempre ligadas a las tumbas masculinas. Estas tumbas se encuentran desde el Bajo Rin a Dinamarca y Suecia. A ellas siguen el mismo sistema de enterramientos individuales con el ajuar de tipo campaniforme, que ya vimos, y que viene a alcanzar zonas más amplias que las tumbas individuales de cerámicas de cuerdas, llegando a Irlanda, Inglaterra, toda la Península Ibérica, norte de Africa, el Mediterráneo occidental, sur de Francia, norte de Italia y las islas de Cerdeña y Sicilia. El sentido de su significación para la investigación ha cambiado mucho, pues de la idea de una primera unificación de buena parte de Europa como consecuencia de una invasión desde las estepas orientales, se ha pasado a un fenómeno de muy diferente significación, que se superpone a situaciones sociales también diferentes, y, por tanto, con consecuencias diversas. Interesa resaltar que en zonas como las islas Británicas, Países Bajos, Bretaña, etc., preceden al desarrollo de las grandes tumbas individuales con un notable nivel de riqueza, del segundo milenio, que han sido consideradas propias de élites guerreras que se imponen a las poblaciones indígenas, pero que hoy se consideran fruto de la evolución social en el que las elites locales, que veíamos tenían aun una base comunal, han pasado a un carácter más individual, en el que la exhibición de su rango o estatus se simboliza por la imitación de lideres vecinos a través de la adopción de unos mismos rituales funerarios, unas modas de los bienes de prestigio y una misma ideología, definida por Shennan como interacción política entre iguales, que tiende a exhibir la desigualdad social pero, a la vez, lanzar un mensaje de integración cultural.

 

Consolidación desigualdad social

 

A lo largo del II milenio se manifiesta una sistemática consolidación de la desigualdad social apreciable en el estudio de los ajuares y enterramientos. Esta consolidación se aprecia tanto en la Europa templada como en el Mediterráneo occidental.

 

EUROPA TEMPLADA. Durante el tercer milenio existirán diferencias entre Europa suroriental-central y la occidental, mientras que se igualan en los últimos siglos, con la sustitución en las islas Británicas, Bretaña francesa y Países Bajos de los enterramientos colectivos bajo monumentos tumulares o megalíticos, por enterramientos individuales con ajuares muy normalizados, a base del equipo campaniforme, paralelos a los que pueden encontrarse en Europa central en el grupo de Vucedol. En los últimos momentos del tercero y en los primeros siglos del segundo milenio, los enterramientos bajo túmulo a ambos lado del canal de la Mancha, Wessex y Armórica, con ajuares muy espectaculares, indican una profundización del proceso de jerarquización social, que alcanza un mayor relieve ahora en Occidente, por la significación concedida a los ajuares. La ausencia de asentamientos o su escasa entidad dificultan la valoración del fenómeno de las tumbas principescas, que aparecen en el momento de desaparición de la actividad de construcción de los grandes centros ceremoniales, tipo henge, de los que sólo se documenta una última fase constructiva en Stonehenge, reforzando la idea de un desplazamiento de las actividades ideológicas o de reproducción social de lo comunal a lo individual. Ese fenómeno de aparición de pocas tumbas individuales bajo túmulo, mucho más ricas, cuenta en Europa oriental y central con antecedentes durante el tercer milenio y tiende a ir acentuándose a lo largo del segundo, pero en un ritmo más lento que en Europa occidental, que culmina a mediados del milenio con la aparición de grandes sepulturas bajo túmulo, fenómeno que da nombre al periodo en buena parte de Europa interior. Estos túmulos, que continuarán a los del grupo de Unetice, se encuentran en necrópolis formadas por cientos de enterramientos, en las que es muy frecuente el uso de objetos metálicos en los ajuares, con un importante número de cremaciones entre las tumbas menos destacadas. Entre las tumbas se exhiben niveles claros de diferenciación en el estatus de los enterrados, con casos de sepulturas de gran riqueza en Keszthely en Hungría, la propia necrópolis del asentamiento de Unetice, Leubingen o Helrnsdorf, en Bohemia. En el caso de esta zona de Europa, es posible unir a la lectura de la necrópolis la existencia de frecuentes asentamientos amurallados, que han sido considerados centros regionales. Este mismo fenómeno de ricas tumbas bajo túmulo y asentamientos, interpretados como centros regionales, se encuentran en amplias zonas de Europa central, con necrópolis tan conocidas como Haguenau, Alemania, donde la frecuencia de aparición de espadas de bronce muy características es uno de los rasgos más propios de esas grandes tumbas. Todo ello ha hecho pensar en una unificación de casi toda la Europa templada, ahora, desde el Atlántico a las estepas rusas, con un rasgo común en los enterramientos bajo túmulo, donde sobresalen ricas tumbas. Desde las interpretaciones de Gimbutas, este fenómeno se consideró de nuevo el resultado de una expansión de pueblos pastores guerreros que se superponen a las poblaciones campesinas locales, a modo de élites militares dominantes, que en pequeños grupos y gracias a su superioridad en el terreno militar y su alto grado de organización social, ya de tipo estratificado, pueden considerarse, según la terminología neoevolucionista de Service, como sociedades de jefatura, donde aún no puede hablarse de clases pero sí existe la especialización artesanal, al menos a tiempo parcial, y la separación de actividades militares o guerreras de las de culto o sacerdotales.

 

MEDITERÁNEO OCCIDENTAL. La Europa mediterránea, donde perviven hasta comienzos del segundo milenio el uso de las tumbas colectivas, la existencia de asentamientos fortificados, y se documentan relaciones de intercambio regionales, continúa su evolución social, pudiéndose anotar unas notables diferencias entre su zona oriental y occidental y, a la vez, entre las distintas áreas de ambas zonas. En el sureste de la Península Ibérica encontramos el grupo más conocido y de más personalidad de todo el mediterráneo occidental, El Argar, que ocupaba el territorio del grupo de Los Millares. El cambio más significativo, desde el punto de vista funerario, es la adopción de un ritual individual o familiar en sentido nuclear, es decir, tumbas conteniendo 2 ó 3 individuos, femenino y masculino; femenino/masculino adultos e infantiles o juveniles, esto último menos frecuente. Las inhumaciones, sucesivas o a veces simultáneas, se realizan en tumbas con una tipología variada: fosas, cistas o cajas de piedra, y urnas o grandes vasijas de cerámica, éstas mayoritariamente usadas para enterramientos infantiles y juveniles, todas siempre en el interior de los hábitats, bajo el piso de las viviendas. Las tumbas muestran unas diferencias notables en los niveles de riqueza y variedad de los ajuares. Esa variedad tiene una doble significación, vertical, interpretada como diferenciación social, y horizontal, que indicaría diferencias sexuales y de división social del trabajo. El estudio realizado por Lull y Estévez les lleva a proponer cinco niveles de diferenciación social estratificados, fundamentados en cálculos del valor adscrito a los objetos que integran los ajuares: un primer nivel, en números reducidos, con más hombres que mujeres y ajuares con alabardas, diademas, espadas en metal, presencia de objetos de oro y algunos tipos de vasijas específicos; un segundo, más numeroso, con adornos de plata (anillos, pulseras, aretes, etc.), vasijas y algún puñal o punzón metálico, mayoritariamente mujeres e infantiles; un tercero, más amplio, con puñales y punzones metálicos y presencia de cerámica o no para mujeres, y puñal o hacha también con o sin cerámica para los hombres; el cuarto, con un solo objeto metálico o un vaso cerámico, tanto para inhumaciones femeninas como masculinas, y la quinta, tumbas sin ajuar alguno, también de ambos sexos y sobre todo infantiles. A estos niveles se les otorga, de forma hipotética, un valor de estructuración social, a partir de la asignación de clase dominante para las dos primeras categorías, siendo los masculinos del primer nivel los dirigentes y las mujeres y niños del segundo las familias de éstos. Los individuos del tercer grupo serían miembros de pleno derecho de la sociedad argárica, mientras que a los miembros del cuarto nivel podrían considerarse siervos, y a los de la última, esclavos, de origen extranjero o cautivos. Se trata de una propuesta de organización dividida en clases sociales, a las que corresponden diferentes niveles de accesibilidad a los recursos y con funciones sociales bien definidas. La pertenencia a las clases se obtiene por nacimiento, por lo que las desigualdades están institucionalizadas y son hereditarias. Todo ello lleva a los autores a proponer que la organización de la sociedad argárica era estatal. Por otro lado y desde otra perspectiva, relacionada con la distribución de los asentamientos en la zona considerada nuclear de este grupo, el Bajo Almanzora, Schubart y Arteaga llegan a un planteamiento similar, considerando que el grupo argárico es una sociedad que tiene un comportamiento territorial propio de un estado. El núcleo central o capitalidad se asigna al asentamiento de El Argar, del que dependen jerárquicamente otros como el de Fuente Álamo. Además, el conocimiento microespacial del asentamiento de Fuente Álamo demuestra una organización interna que sitúa en la parte más alta del poblado o acrópolis, amurallada, una serie de estructuras destinadas al almacenamiento de bienes subsistenciales y críticos y quizás de otros tiempos, con la certeza de estructuras domésticas y tumbas de gran riqueza que hablan de un segmento social situado de forma privilegiada y controlando posibles excedentes productivos o materias primas y productos escasos o de significaciónn especial. En los casos de los asentamientos de estas mismas fechas en La Mancha, País Valenciano o Sistema Ibérico aragonés, son poblados amurallados con estructuras tipo torres y bastiones, en las zonas centrales y más destacadas de los asentamientos, similares a los casos insulares de las Nuragas y Torres de Córcega y Cerdeña. En algunos se ha comprobado en el interior de estas estructuras funciones de almacenamiento y producción centralizada, pero entre las que no se han establecido diferencias apreciables entre los diferentes asentamientos, ni distintos niveles sociales entre los miembros de las comunidades que los habitan, apreciables en el registro funerario, muy escaso y poco expresivo en este sentido, por lo que se ha sugerido una centralización más comunal que individual. Otros autores que se han ocupado de la zona del sureste de la Península Ibérica, Mathers, Chapman, Ramos, etc., comparten esta opinión, que plantea que la documentación no autoriza a hablar del Estado, sino de niveles de jerarquía que podrían clasificarse como jefaturas, al igual que el resto de las sociedades del segundo milenio de buena parte de Europa, donde aparecen otras comunidades con tumbas de mayor riqueza que las de El Argar. Para Chapman, siguiendo a Renfrew, las diferencias entre el Mediterráneo occidental y el Egeo estriban en que para la formación del Estado es necesario un proceso de intensificación sostenida y continua que sólo tiene ocasión en muy raros casos y lugares, sin una continuada innovación de carácter tecnológico, presente en el Egeo y no detectada en El Argar.