I.-
EDAD DE BRONCE
Inicio:
Año 3500 a. C.
Fin:
Año 1000 a. C.
En
la Edad de los Metales nos encontramos con una distinción entre Bronce
y Hierro. La Edad de Bronce se caracteriza por el empleo de objetos de
bronce a amplia escala. La aparición de la metalurgia se manifiesta en
la utilización de oro y cobre en un primer momento para después pasar
al empleo de una aleación entre estaño y cobre de la que resulta el bronce.
Mientras que el uso del bronce aparece ya en Egipto y Próximo Oriente
hacia fines del IV milenio en Europa central y el Mediterráneo no aparecen
las primeras manifestaciones hasta el III milenio prolongándose hasta
el año 1000 a.C. En este período encontramos tumbas de inhumación de carácter
colectivo -los famosos megalitos- y el fenómeno del vaso campaniforme.
La agricultura alcanza un importante desarrollo al igual que la ganadería
y los intercambios, encontrando algunas poblaciones que viven del comercio
en gran medida. También en esta época apreciamos el establecimiento de
organizaciones sociales. Podemos establecer diferentes áreas para el desarrollo
de la Edad de Bronce: Europa del sudeste y central, Mediterráneo Occidental,
Asia y Egipto. Si en el II Milenio encontramos el desarrollo de la desigualdad
social en Europa templada y el Mediterráneo, también se manifiesta en
Grecia y las islas la llamada Civilización Egea y el Mundo Micénico.
1.-
Distribución del poblamiento
Toda
la serie de transformaciones que se producen en la economía de la Edad
de Bronce tienen un reflejo en el sistema de ocupación del espacio, constituyendo
ésta una variable que, hoy en día, con el auge de la arqueología espacial
y la proliferación de prospecciones arqueológicas selectivas y sistemáticas,
comienza a disponerse de una base para poder cuantificar y valorar los
sistemas de ocupación, densidad, tamaño, jerarquización y distribución
de asentamientos, lo que aportará datos de sumo interés para entender
problemas que han preocupado a la arqueología del territorio y que tienen
una clara relación con el tamaño de las poblaciones, su especialización
económica o su organización social. Cualquier organización social tiene
su reflejo en la manera como organiza su propio territorio. No han sido,
sin embargo, estas variables las que de forma tradicional más han preocupado
a la arqueología, y a pesar de que el panorama va cambiando de manera
desigual, creemos importante tratar de trazar aquí, al menos, una aproximación
a problemas de densidad, distribución y jerarquización de los asentamientos.
Fue Renfrew en sus ya clásicas obras "Before Civilizacion" o
"The Emergence of Civilizacion. The Cyclades and the Aegean in the
third millenium BC", quien puso el acento en la necesidad de la determinación
del tamaño de las comunidades que dieron lugar a monumentales realizaciones
como las tumbas de cámara de Rousay o Arran en las islas Orcadas, los
templos de piedra de la isla de Malta, los palacios cretenses y micénicos,
o los recintos ceremoniales tipo hongo del tercer y segundo milenio a.C.
de Wessex, en Inglaterra. Recurriendo a una serie de paralelos etnográficos,
como los de la Isla de Pascua o las denominadas marae, plataformas rituales
de Tahití, Renfrew trata de demostrar que en unos casos basta con la colaboración
de un reducido número de personas para construir algunos de los grandes
megalitos de las Orcadas y que, sin embargo, será necesaria la colaboración
de un elevado número de personas, correspondientes a diversas comunidades,
para construir monumentos como Stonehenge. Por tanto, parte de las realizaciones
que una sociedad ha dejado dependen del número de sus componentes o de
la capacidad de su organización para reclutar personas dispuestas o forzadas
a realizar trabajos en pos de la comunidad o de sus símbolos, puestos
en evidencia por obras como las grandes pirámides egipcias o las ciudades
mesopotámicas, en los casos extremos. No tenemos, por ahora, apenas datos
sobre la evaluación de la población en distintas zonas y épocas, por lo
que haremos referencia a estos problemas en un sentido muy general y con
valoraciones muy ambiguas, que irán cambiando a medida que este tipo de
problemas vayan interesando a la investigación y encontremos, por tanto,
documentación que permita reflejar estos parámetros en las futuras síntesis.
Se ha considerado que el modelo económico de agricultura-ganadería impone
un sistema de ocupación de pequeñas aldeas dispersas, que reflejan poca
cohesión social entre ellas y que determinan una densidad de población
muy baja, con una cierta tendencia a la movilidad de los asentamientos
a medida que lo requieren las condiciones de productividad de las tierras.
A partir de los cambios producidos en la base económica, este panorama
general tendió a modificarse, pero esta modificación no fue ni en un mismo
sentido ni deparó unas mismas fórmulas de ocupación del territorio, como
tampoco lo eran las estrategias económicas, ni lo serán las organizaciones
sociales dependientes de ellas.
Europa
del Sudeste y Central
La
Europa central ofrece un buen ejemplo de un crecimiento poblacional que,
para la época identificada con la cerámica decorada con cuerdas, finales
del cuarto milenio y comienzos del tercero, lleva a la multiplicación
de los asentamientos sin que ello reporte una concentración del poblamiento
en unidades mayores, fenómeno que afectará, en el mismo sentido, a otras
zonas de la Europa septentrional o a las islas Británicas. Esta situación
se mantendrá a lo largo de casi todo el tercer milenio, ocupándose no
sólo los terrenos más aptos para la agricultura, sino también nuevos terrenos
ganados al bosque o en zonas marginales, en un fenómeno considerado como
de colonización agrícola de nuevos y más variados medios. En contraste
con este proceder, encontraremos cómo en el sudeste de Europa existe una
tendencia a una cierta concentración de la población en algunos de los
centros ya ocupados con anterioridad, de modo que se comienza a asistir
al crecimiento de algunos asentamientos, mientras son abandonados otros
muchos. Éste es el caso de la zona de Bohemia o Bulgaria, donde en el
grupo de Baden y Vucedol se pueden encontrar yacimientos, como el propio
Vucedol, donde se aprecia un desplazamiento del hábitat hacia colinas
elevadas, altas terrazas fluviales, elevadas sobre el cauce de los ríos
y mesetas, con el mantenimiento de algunos tells de ocupación anterior,
al mismo tiempo que se siguen detectando pequeñas aldeas dispersas. Este
cambio de ubicación de muchos poblados hacia zonas más elevadas es común
a otras zonas de Europa oriental, como el sur de Polonia, donde también
se evidencia una disparidad de tamaños entre yacimientos mayores y menores.
Este fenómeno de diferenciación apreciable en los tamaños suele coincidir,
en las zonas donde ello se produce, con la aparición de sistemas de fortificación
a base de empalizadas y fosos, caso de Vucedol o Ezero. Este hecho se
ha relacionado con la existencia de niveles de inseguridad, por un lado,
y, por otro, como consecuencia de una jerarquización del asentamiento,
lo que supondría la aparición de algunos centros mayores que, además de
las murallas, muestran una cierta especialización en la elaboración de
algunas artesanías o en el control de algunas rutas de intercambio, detectadas
por la aparición de determinadas materias primas. Sin embargo, aunque
algunos datos hayan podido venir a sustentar estas interpretaciones, como
la organización interna del yacimiento de Vucedol, donde algún edificio
tiene estructuras singulares y en cuyo interior se han encontrado tumbas
con niveles de riqueza especiales en sus ajuares, no puede decirse que
estemos ante un modelo extendido y concentrado poblacional y jerarquización
de los asentamientos, expresado en especial por la aparición de murallas,
puesto que también se han documentado yacimientos pequeños amurallados,
o tumbas ricas en otras estaciones, donde también se reflejan netas diferencias
entre ajuares. No podemos, con los datos disponibles, desarrollar un cuadro
coherente de los sistemas de articulación territorial hasta época más
avanzadas en el tiempo, pero parece evidente que algo está cambiando con
respecto al modelo de los milenios precedentes. Los trabajos de Renfrew
sobre las sociedades del Egeo en el tercer milenio a.C. permiten una mejor
evaluación de esta variable. En primer lugar, el tipo de asentamiento
dominante a lo largo del milenio puede considerarse pequeño, con una inmensa
mayoría que no sobrepasaba las dos hectáreas y densidades variables que
van de los cuatro asentamientos por 1.000 kilómetros cuadrados en Macedonia
a más de 20 en las Cícladas, con cifras medias de 15 para Creta o Eubea,
lo que arrojaría densidades de población estimadas de algo más de 200
hab/1.000 km2 para Macedonia mientras que Creta alcanzaría los 800 y las
Cícladas los 1.500. Estos parámetros son sensiblemente más bajos que los
estimados por el propio Renfrew para la isla de Malta. No obstante, cabría
resaltar que entre estos asentamientos sobresalen algunos debidos a diferentes
factores; por un lado, el de Cnosos presenta un tamaño muy superior al
resto de los asentamientos del tercer milenio de la isla de Creta, y,
por otro, el de Vasiliki posee un edificio de características singulares
que recuerda la planta de los posteriores palacios minoicos. En el continente,
Lerna tiene otro edificio en el interior de un espacio amurallado parecido
al de Vasiliki, donde ha aparecido un importante lote de sellos de arcilla
con motivos geométricos impresos, o Chalandrianí, en la isla de Siros,
que posee una muralla bastionada que fue tomada por la investigación como
el prototipo de las aparecidas en el Mediterráneo occidental durante el
tercer milenio. En este mismo asentamiento, sus necrópolis han deparado
considerables desigualdades en los niveles de riqueza de sus ajuares,
con tumbas muy ricas, consideradas principescas y otras muy pobres. Algo
similar encontramos en la mítica Troya II, donde Schliemann, en el siglo
pasado, pudo excavar tumbas de gran riqueza, sin olvidar sus grandes edificaciones
y sistemas de murallas, ya presentes en Troya I. En Anatolia pueden encontrarse
otras ciudades amuralladas, como la fortaleza de Kultepe. Este registro
ha permitido especular sobre una cierta jerarquización entre los asentamientos,
que podrían convertirse en centros regionales o locales y ser el reflejo
de un nivel de jerarquización social. El panorama del tercer milenio se
modifica sustancialmente durante el segundo, incluso ya desde sus comienzos.
En diferentes lugares de Europa, Balcanes, Cárpatos, Europa central, de
Rumanía a Alemania Occidental, se asiste al nacimiento de lugares fortificados
(Varsand o Barca), con fosos y murallas y la continuidad de otros anteriores,
Toszeg y Monteoru, en los Balcanes, que en las áreas mejor conocidas como
Eslovaquia se constituyen en centros de un conjunto de asentamientos más
pequeños, no fortificados, conjuntos situados en zonas bien definidas
por la topografía. Este modelo habla con claridad de una jerarquización
entre asentamientos que proyectan sobre el territorio las características
organizativas de la sociedad, que también quedan reflejadas en la distribución
y complejidad de las necrópolis. Aunque este sistema no está documentado
de manera generalizada, se ha supuesto, a partir de los casos conocidos,
que un sistema de centros regionales, casi siempre fortificados, se debió
extender por todo el solar del grupo Unetice y Túmulos, de la primera
mitad y segunda del segundo milenio, respectivamente. Entre estos centros
pueden citarse a Veselé, Spyseky, Sturtok u Homolka, recogidos por Champion,
Gamble, Shennan y Whittle, a los que se les ha dado una explicación en
relación con la complejidad social de los grupos que los habitaron, con
un extendido recurso a la guerra que caracterizó todo el segundo milenio
en Europa, deducido del alto nivel de armamento en bronce que se ha encontrado
en las tumbas y la frecuencia del uso de fortificaciones. En Europa occidental,
atlántica y mediterránea, la situación es desigual. Los conocimientos
que se poseen sobre los hábitats correspondientes al segundo milenio,
y, por tanto, de los grupos Wessex, Túmulos Armoricanos o Países Bajos,
es prácticamente nulo, por lo que es imposible esbozar una aproximación
al sistema de ocupación y explotación de estos territorios; la espectacularidad
de sus enterramientos bajo túmulos, con ajuares de gran riqueza metálica
que tienden a ir empobreciéndose a la vez que se sustituye el ritual de
inhumación por la incineración, sugieren una ocupación que refleja una
estructura social derivada de los sistemas funerarios, con el mantenimiento
de los anteriores centros considerados ceremoniales, entre ellos las últimas
fases de Stonehenge.
Mediterráneo
occidental
En
el extremo occidental del Mediterráneo encontramos los casos del sureste
de la Península Ibérica o la fachada sur de la costa atlántica portuguesa,
donde Chapman ha propuesto una colonización agrícola a lo largo del tercer
milenio. En la segunda mitad del tercer milenio encontramos en ambas zonas
poblados fuertemente amurallados como Los Millares, Almizareque, Cabezo
del Plomo, el Malagón o el Cerro de la Virgen, para el sudeste, o Vilanova
de San Pedro, Zambujal, Monte da Tumba, Pedra do Ouro o Rotura, para el
territorio portugués. Los tamaños son muy similares entre unos y otros,
si exceptuamos el caso de Los Millares que alcanzaría las 5 hectáreas
o el de El Malagón (Granada), con una información insuficiente para una
valoración adecuada de su extensión real. En cuanto a los habitantes,
se ha calculado que existe una gran diferencia entre los más pequeños,
que no llegarían a los 100 habitantes, o las aglomeraciones como Los Millares,
con más de 1.000 habitantes, mientras que en Portugal ninguno alcanzaría
estas cifras, si exceptuamos un caso anormal, el de Ferreira do Alentejo,
que presenta una superficie ocupada de más de 50 hectáreas, con una insuficiente
documentación de difícil valoración, siendo lo normal aquellos asentamientos
con superficies ocupadas de menos de 0,1 hectárea y menos de 100 habitantes,
y los que ocupando entre 1 y 5 podrían llegar a tener entre 150 y 300
habitantes. Estos parámetros han servido para plantear, junto a la aparición
de murallas o ciertas especializaciones artesanales, una jerarquización
de los asentamientos de estas zonas. Un fenómeno similar puede seguirse
en el sur de Francia, donde los hábitats algo más densos de finales del
cuarto milenio del grupo Chassey dan paso a una expansión poblacional
a lo largo del tercer milenio, alcanzándose el "plateau des pasteurs",
donde se documentan poblados fortificados en Le Lebous o B. Boussargues,
en un proceso de jerarquización entre asentamientos parecidos al del sudeste
o Portugal, que va acompañado por la presencia de los primeros objetos
metálicos y otros signos de un intercambio activo. Por último, la península
italiana revela una acusada diferenciación entre la zona norte, más unida
al continente, donde no se observa dato alguno que pueda permitir plantear
una jerarquización de asentamientos, mientras que en el centro y sur existen
algunos asentamientos fortificados como Tufariello, con una necrópolis
que refleja diferencias en los niveles de riqueza de sus ajuares, pero
una auténtica jerarquización entre asentamientos no se establecerá hasta
etapas muy posteriores. Durante el II milenio, en las costas mediterráneas
occidentales, el proceso iniciado en el sur de Francia con la colonización
agrícola de las tierras interiores y el surgimiento de poblados amurallados,
similares a los del sureste de la Península Ibérica, indicaban un comienzo
de jerarquización que queda interrumpido durante el segundo milenio, según
Chapman, según la documentación que se posee. Algo parecido ocurre con
el norte y centro de la península italiana, aunque aquí la presencia de
poblados fortificados anteriores al segundo milenio estaba mal atestiguada.
Por el contrario, en el sur es durante la segunda mitad del milenio cuando
se documentan poblados fortificados, lo que se ha puesto en relación con
la presencia de importaciones de objetos micénicos, que a través del comercio
impulsarían una complejidad social y una jerarquización visible en el
surgimiento de estos poblados amurallados, como mantiene Smith. Recientes
e intensas prospecciones han documentado signos territoriales de concentración
demográfica y aparición de estratificación social en Etruria, ya a finales
del segundo y principios del primer milenio, que Chapman ha relacionado
con el registro suministrado por las necrópolis del grupo vilanoviano.
No hay ninguna duda de que la zona donde el proceso iniciado con anterioridad
alcanza su mayor grado de complejidad es en el sureste de la Península
Ibérica. El área de El Argar se solapa con el territorio donde se desarrolló
el grupo de Los Millares. El espacio ocupado por El Argar se ha estimado
en unos 45.000 kilómetros cuadrados, según Chapman, con poblados de una
extensión comprendida entre las 3,5 hectáreas de la Bastida de Totana
(Murcia) y 0,13 del Picacho de Oria, con una superficie media ocupada
de 1,5 hectáreas por asentamiento de los 21 computados. Esto equivale
a una estimación de habitantes que se sitúa entre 40 y 1.200, lo que arrojaría
densidades medias de población de 3,13 hab./km2, en estimación de Chapman.
Estas estimaciones son sólo una aproximación, ya que faltan por computar
muchos asentamientos detectados en recientes prospecciones superficiales
o excavaciones recientes, no suficientemente publicadas. Es visible una
diferencia apreciable entre los tamaños de estos poblados, que queda más
evidente cuando se hace referencia a la estructuración de algunos de ellos,
con áreas centrales o acrópolis amuralladas y evidencias de una centralización
del control de productos subsistenciales o críticos en graneros, cisternas
para agua, y edificios de funciones consideradas especiales. A ello hay
que unir los niveles de riqueza muy diferenciados de las sepulturas de
las acrópolis, con relación a los del resto del poblado, circunstancia
evidenciada en Fuente Álamo (Almería) o Cerro de la Encina (Monachil,
Granada), entre otros poblados. También puede destacarse, aunque con un
elevado grado de inseguridad, un crecimiento demográfico, afirmación apoyada
en la mayor densidad de habitantes por poblado, lo que ha hecho afirmar
a Lull que existe una expansión del poblamiento argárico a zonas no ocupadas
con anterioridad, afirmaciones no concordantes con el nivel de registro
actual, aunque sí pueden observarse cambios en los sistemas de ocupación
del territorio entre el tercer y segundo milenios, constatado por Mathers,
por lo que los cambios se orientan más a causas derivadas de la organización
social y los subsiguientes sistemas de explotación que hacia otras razones,
como la presión demográfica. En zonas próximas al Sureste, campiñas jienenses
del Alto Guadalquivir, se ha propuesto un modelo de ocupación territorial
con una estructura que ha permitido a Nocete leer este registro como la
expresión territorial de una organización política estatal. En él encontramos
desde grandes centros amurallados, que ocupan un lugar destacado y centralizan
diferentes tipos de asentamientos más pequeños, unos establecidos en lugares
estratégicos amurallados, considerados como especializados en la coerción,
y otros como poblados de distintos tamaños, situados en las zonas llanas,
no amurallados y dedicados a la producción agrícola. Este territorio queda
delimitado por un sistema de organización espacial que incluye una auténtica
frontera. Esa estructura territorial se interpreta, desde la teoría materialista
histórica, como un territorio político de corte estatal, interpretación
que creemos ha de ser considerada hipotética a falta de una mejor contrastación
del registro arqueológico. El desarrollo de este sistema se considera
la culminación, a comienzos del segundo milenio, de un proceso social
iniciado ya en el cuarto milenio. En otras zonas de la Península Ibérica,
La Mancha y el País Valenciano, se conoce un número importante de asentamientos
que han permitido establecer los sistemas de ocupación de esas zonas.
En La Mancha, el poblamiento se estructura en dos tipos diferentes de
asentamientos, las motillas o poblados situados en el llano, constituido
por una fortificación turriforme central, en torno a la que se dispone
el poblado, y asentamientos de altura, situados en las elevaciones internas
o rebordes de La Mancha, también amurallados. Resulta difícil establecer
una jerarquización entre estos asentamientos, dado el nivel de excavaciones
y las estimaciones de superficies de ocupación todavía tan aproximativa,
como señala Chapman. Lo que sí ha sido comprobado es una cierta especialización
espacial relacionada con la transformación, la producción y el almacenamiento,
ya que en el área central amurallada se efectúan actividades de producción
cerámica y metalúrgica y almacenamiento de ganado y cereales, además de
un pozo para agua potable, documentado en la Motilla del Azuer (Ciudad
Real), datos aportados por Nájera. El contraste con los asentamientos
de altura, sin que por ahora se haya constatado producción o almacenamiento
centralizados en éstos, estriba en los distintos niveles de riqueza, expresada
en la mayor presencia de metalurgia en los ajuares funerarios de las sepulturas
de los poblados de altura, y en general una mayor presencia de objetos
metálicos en el registro de estos poblados sobre los del llano. Se ha
querido establecer una jerarquización entre asentamientos a escala regional,
a lo largo del segundo milenio, sin que parezcan existir suficientes elementos
para esta suposición. En el área levantina, los poblados conocidos como
propios del Bronce Valenciano se sitúan en alturas bien destacadas, en
muchos casos con fortificaciones centrales, al igual que los poblados
argáricos o manchegos, fenómeno que, a lo largo del milenio, se puede
encontrar en las islas Eolias, Nuragas y Torres en Cerdeña y Córcega.
Así, estos fenómenos han sido considerados por Lewthwaite consecuencia
de economías agrícolas en zonas de alto riesgo medioambiental, que han
permitido y estimulado procesos de jerarquización que no fueron capaces
de generar los niveles de producción que desembocaron y mantuvieron sociedades
estatales, propias del Mediterráneo oriental. En contraposición, Renfrew
mantiene que las innovaciones tecnológicas son imprescindibles para permitir
unos niveles de intensificación tales que permitieran la aparición del
Estado. Desde una óptica materialista será la aparición de la explotación
y la institucionalización de las desigualdades a través de las clases
sociales, con su expresión territorial, la causa de la aparición del Estado.
Asia
y Egipto
Niveles
importantes de concentración poblacional se habrían alcanzado ya en el
quinto milenio en amplias zonas del Próximo y Medio Oriente, donde también,
desde esta misma época, se conocen asentamientos amurallados, como Tell-es-Sawwan,
Hacilar o Mersin, sin que en ellas puedan aún identificarse edificios
singulares como los posteriormente considerados templos, construidos sobre
plataformas de ladrillos. La aparición de estas edificaciones en la segunda
mitad del quinto milenio en Mesopotamia y la diferenciación entre grandes
aglomeraciones, que suelen poseer estos templos, y las que no los poseen,
que resultan visiblemente menores, indican un claro proceso de diferenciación
entre estos asentamientos. Entre los asentamientos mayores encontramos
ahora, en el periodo de El Obeid, los de Uruk, Eridu o Susa. Más tarde,
a lo largo del cuarto milenio, la jerarquización entre asentamientos no
sólo será una realidad contrastable en función de sus tamaños, sino que
también lo será por sus funciones. Se ha llegado a establecer que la propia
ciudad de Uruk hacia el 3750 a.C. pudo alcanzar la cifra de 10.000 habitantes,
de los que su inmensa mayoría eran agricultores, pero ya puede hablarse
de sectores de población que se ocupan de actividades artesanales especializadas
o de funciones religiosas o administrativas. Uruk, Eridu, Susa o Choga
Mish se convierten en auténticas ciudades, de las que dependen una escala
amplia de asentamientos jerarquizados, convirtiéndose estas ciudades en
el centro de su región. Su símbolo lo constituía el templo, que continúa
construyéndose sobre una gran plataforma de ladrillos, ahora dotados de
espectaculares fachadas, realizadas con técnicas de mosaicos multicolores.
Una evidencia más de esta especialización progresiva y de una clara diferenciación
de funciones en estos centros urbanos, lo constituye la fundación, hacia
el 3500 a.C., de un auténtico puerto a orillas del río Éufrates, con una
extensión urbana de más de 20 hectáreas, rodeadas por un cinturón de murallas,
reforzadas con torres cuadradas. Los últimos siglos del cuarto milenio
significan el apogeo de la llamada revolución urbana, con la construcción
de nuevos templos, a veces sobre los ya existentes, de estructuras tripartitas
y columnatas exentas. Juntos a estos edificios, son también característicos
de este momento los grandes almacenes en el interior de la trama urbana
y la aparición de otros grandes edificios que no tienen carácter religioso,
mostrando una cierta separación entre el poder político y el religioso,
que cristalizará con la aparición hacia el año 3000 de la primera dinastía
sumeria y, con ella, la Historia escrita de la zona. Pocos datos se poseen
de los periodos predinásticos egipcios y, mucho menos, relacionados con
los tipos y distribución de los asentamientos, debido a las especiales
condiciones topográficas y climáticas del estrecho valle del Nilo, hasta
épocas inmediatamente anteriores al periodo predinástico, es decir, finales
del cuarto milenio a. C., que es cuando parece que se inician los asentamientos
en relación con la explotación directa del valle inundable del río. Algunas
aldeas, como la de Nagada, presentan una cierta concentración de cabañas
y constituyen una de las mayores aglomeraciones de la época del mal conocido
poblamiento del valle. Este hecho, la ocupación del valle, y una rápida
implantación de los sistemas de regadío, contribuyen a un crecimiento
demográfico importante, base de las concentraciones humanas que caracterizan
al Imperio Antiguo, pero que no pueden llamarse ciudades al modo de las
mesopotámicas. Sin embargo, en el Extremo Oriente, las primeras aldeas
de campesinos de Yang-Shao, como Pao-Chi y Pan-p'o-ts'un en Shensi, muestran
una ordenación de las viviendas, rodeadas por un foso, en torno a un espacio
central, lo que ha hecho pensar en una estructura segmentada de la sociedad
que las construyó, según Clark, ya en la primera mitad del cuarto milenio,
mientras que durante el tercer milenio se dotarán de murallas de tierra
alrededor de todo el asentamiento, en el grupo de Lungshan. Como puede
verse en este apretado panorama, no existen demasiados datos de los aspectos
relacionados con los sistemas de ocupación de los territorios, de las
densidades y distribución de los asentamientos o de las relaciones entre
ellos, por lo que son muy escasos los intentos de cuantificación acerca
de las extensiones reales que ocupan los grupos humanos y, por tanto,
de las delimitaciones espaciales reales de las culturas y, con ello, las
dificultades de evaluación de los cambios ocurridas en las mismas. Esta
situación no es mucho mejor cuando se trata de hablar del tamaño y densidad
de las poblaciones; sin embargo, una de las razones más invocadas para
explicar tanto las intensificaciones económicas como la expansión de los
grupos humanos, ha sido la presión demográfica y, de una manera inexplicable,
no ha existido una preocupación real por cuantificar este extremo, lo
que indica que el recurso a esa explicación era más teórico que una auténtica
variable a registrar por parte de los programas de investigación. No obstante,
parece que, en los casos donde este tipo de cuantificaciones se han realizado,
existe una buena base empírica para contextualizar las evoluciones de
las sociedades en el orden económico, social y político. De cara a un
resumen, sólo puede apreciarse que, en términos muy generales, se aprecia
un avance en la cantidad y extensión de la población durante el cuarto-tercer
milenios, lo que en determinados casos, dentro del espacio europeo, marcó
el inicio de procesos de concentración del poblamiento y una jerarquización
entre los asentamientos que empiezan a diferenciarse en sus tamaños, además
de otras características como la adquisición de fosos, murallas, edificaciones
singulares de distinto carácter o especializaciones funcionales, todo
lo cual prueba una creciente complejidad que a lo largo del segundo milenio
desembocará en organizaciones sociales más estratificadas e incluso, en
determinados casos, con el nacimiento de los primeros estados europeos.
Por lo que respecta a Mesopotamia y Egipto, este proceso se adelanta en
más de un milenio, de forma que ya a comienzos del tercer milenio vemos
nacer las primeras dinastías de sus imperios. Extremo Oriente, el valle
del Indo y China siguen un proceso algo diferente y no podremos asistir
al nacimiento de auténticas ciudades hasta el segundo milenio, en que
China se incorpora al grupo de los grandes imperios orientales, con sus
propias dinastías, mientras que en la India se sigue un camino más complejo.
En el valle del Indo, centros como Harappa o Kalibangan muestran, durante
la primera mitad del segundo milenio, una trama urbana bien organizada,
con zonas diferenciadas para las viviendas populares donde se pueden distinguir
barrios especializados en diferentes artesanías, frente a zonas donde
existen edificaciones consideradas públicas, entre las que sobresalen
enormes graneros o almacenes, situados a veces en las ciudades amuralladas,
pero que sorprendentemente no han podido atribuírseles funciones como
templos o palacios, mientras que las ciudades, como la de Mohenjo-Daro,
parecen más un lugar comunal, con baños, graneros y salas de reunión que
el lugar de residencia de un rey o una elite aristocrática de cualquier
tipo. El propio registro funerario no permite hablar de una auténtica
estratificación social ni de tumbas reales, a diferencia de lo que ocurría
en el Egeo o Mesopotamia o incluso en la China Shang, donde, ya en la
segunda mitad del segundo milenio, aparecen ciudades como Cheng-Chou,
con un urbanismo ortogonal, de una extensión de 350 hectáreas, barrios
organizados por trabajos artesanales, zonas de edificios públicos, murallas
y palacios, concentrados en una zona destacada de la ciudad. En la segunda
mitad del milenio, la capitalidad Shang pasa a Anyang, al norte de Honan,
manteniéndose las características urbanísticas de la anterior capital.
Lo más destacado en el caso de Anyang son sus estructuras funerarias,
destinadas a sepulturas de los emperadores, frente a una ingente cantidad
de enterramientos comunes. Son grandes fosas en forma de cruz, formadas
por rampas que dan acceso a una cámara central, con ajuares propios de
la dignidad de los enterrados, donde destaca el enterramiento de todo
su séquito, hombres y vehículos, con sus caballos y conductores, lo que
nos habla de la estratificación social y el poder despótico de estas dinastías
de Extremo Oriente.
Organización
sociopolítica
El
tercer milenio y el final del cuarto se consideran las épocas en que las
sociedades europeas evolucionan de niveles igualitarios de organización
a estructuras más complejas que serán el preludio de la aparición, durante
el segundo milenio, de los primeros estados europeos. Esta evolución es
también perceptible en otros lugares del Viejo Mundo, aunque en épocas
anteriores, en Mesopotamia y Egipto y, por las mismas épocas que en Europa,
en el valle del Indo y en China. El estudio de los procesos sociales es
uno de los terrenos donde la posición teórica que adopten los investigadores
resulta más importante para comprender las distintas tipologías establecidas
o qué factores resultan determinantes a la hora de comprender los procesos
de evolución social. Al mismo tiempo esas tipologías, tomadas de la aplicación
de posturas teóricas al estudio de sociedades primitivas actuales por
parte de las distintas escuelas antropológicas, han hecho posible que
se puedan establecer paralelismos con etapas prehistóricas de las que
sólo nos queda el registro de la cultura material y sus relaciones. La
escuela materialista histórica, basada en los trabajos de los antropólogos
E. Terray, M. Sahlins, M. Godelier, etc., sobre sociedades precapitalistas,
ha aportado un marco interpretativo para las cuestiones sociales que ha
influenciado a historiadores materialistas históricos, e incluso a otras
corrientes, como el materialismo cultural de M. Harris. Esta posición
ha sido adoptada por parte de algunos de los arqueólogos que estudiaron
la época que aquí abordamos, A. Gilman, S. Shennan, K. Kristiansen, C.
Tilley, etc. En estas posturas se priman las relaciones hombre-hombre,
que son las que a través de la contradicción y el conflicto, inherentes
a toda sociedad humana, permiten abordar el estudio de los cambios ocurridos
en las formaciones sociales. El paso de sociedades igualitarias a sociedades
de clases, que caracteriza a la organización política de la sociedad encarnada
por la aparición del Estado, se produce a través de un proceso en que
van apareciendo desigualdades en el acceso a los recursos y el nacimiento
de una serie de controles sociales que permiten la aparición de productores
y no productores o, lo que es lo mismo, la explotación de unos seres humanos
por otros. Ese proceso surge a partir de sociedades donde las relaciones
de producción, y, por tanto, económicas, se basan en los lazos de parentesco
que sirven para articular la sociedad y enmascarar las desigualdades.
La toma de la capacidad de decisión económica y política por parte, primero
de linajes o segmentos, aún unidos por lazos de parentesco, y más tarde,
de individuos y élites próximas, rompen esas relaciones en favor del papel
del individuo y cambian las relaciones sociales de producción. La otra
postura mayoritaria en los estudios de las organizaciones sociales se
basa en la antropología evolucionista americana, en su versión más moderna
del neoevolucionismo, encarnada por E. Service y M. Fried. Esta postura
intenta reducir la evolución social a una serie de tipos con un claro
contenido evolucionista, muy en línea con las posturas del siglo XIX,
consecuencia de la generalización de las teorías sobre la evolución de
la vida en la tierra, enunciadas por Darwin. Esos tipos tienen un contenido
no sólo social, sino también económico; así, dentro de las categorías
que se han establecido para marcar los estadios evolutivos de la complejidad
social, el nivel más simple correspondería a la banda de Service, propia
de sociedades con base económica en las actividades de caza y recolección
y que para Fried tienen como característica fundamental la igualdad en
las relaciones sociales, destacándose los aspectos de integración social
en el primer caso y las diferencias en el otro. Para un estadio evolutivo
siguiente, que coincide con la instauración de la agricultura y la ganadería
como formas económicas dominantes, se estableció la categoría de la tribu,
donde la integración social es mayor y se asiste al comienzo de la diferenciación
entre sus miembros estableciéndose, en palabras de Fried, una jerarquización
que no llega a cristalizar en unas instituciones centralizadas que regulen
la reciprocidad, forma fundamental de las relaciones sociales. La jefatura
como forma previa a la instauración del Estado ha sido una de las categorías
más discutidas de estas tipologías y la que mayor aceptación ha encontrado
entre un buen número de investigadores, incluso entre los que se alinean
en teorías muy diferentes a las de Service o Fried, como el materialismo.
La jefatura se caracteriza por una diversificación social mayor, con grados
de institucionalización crecientes que incluye la heredabilidad de la
condición social, que ha sido caracterizada por Fried como estratificación.
La forma normalizada de relación social es la redistribución. El éxito
alcanzado por esta categorización social se puede comprobar por los diferentes
usos que de ella se han hecho, aplicada a la Prehistoria Reciente europea
o a zonas muy diferentes y tiempos diversos a lo largo del mundo. Renfrew
acuñó el uso de unas jefaturas orientadas al grupo para sociedades europeas,
con manifestaciones más destacadas en los grandes monumentos megalíticos
de carácter colectivo, frente a formas de jefaturas individualizadas,
manifestadas por enterramientos individuales, donde se puede detectar
la situación personal en la escala social, expresada en los ajuares por
la presencia de objetos considerados de prestigio. En época más reciente,
se ha establecido una nueva división de las jefaturas entre simples y
complejas, que pretenden establecer una seriación más matizada en el camino
hacia la sociedad estatal. La diferencia se establece en el grado de institucionalización
del poder político y en el acceso diferencial a los marcos económicos,
estableciéndose distribuciones asimétricas. El último estadio de esta
evolución y la última categoría de esta clasificación es el Estado, en
el que las relaciones sociales ya no descansan sobre los lazos de sangre
o los sistemas de parentesco, y en el que el poder institucionalizado
se manifiesta en un corpus de derechos y obligaciones establecidos en
forma de leyes sancionadas o impuestas por la autoridad de unos pocos
sobre los demás, garantizado por el uso exclusivo de la fuerza.
NECRÓPOLIS. Estas diferencias se refuerzan por las características propias de la residencia
de los muertos, las necrópolis. Una nueva diferencia caracteriza la Europa
central suroriental y las estepas pónticas, de la Europa occidental, incluyendo
el área mediterránea. Se trata del ritual de enterramiento usado con carácter
general en las zonas orientales, la costumbre casi exclusiva de las sepulturas
individuales, fundamentalmente inhumaciones, aunque hay que señalar áreas
de cremaciones, como en Europa central, que se diferencian con nitidez
de la costumbre predominante en la zona occidental y nórdica del enterramiento
colectivo, con un uso muy extendido de los sepulcros megalíticos, de diferentes
tipologías, siempre con un ritual de inhumación. Esta situación, según
las zonas, se mantiene hasta la segunda mitad del tercer milenio en que
en amplias áreas, donde luego se observará la presencia de las cerámicas
de cuerdas y campaniformes, se produce la sustitución de los enterramientos
colectivos por las tumbas individuales, a excepción de parte de la Península
Ibérica, la fachada atlántica, sur de Francia e islas Británicas, donde
la persistencia del enterramiento colectivo se alarga hasta el segundo
milenio. Esta distinción coincide, en parte, con la que establecimos para
una cierta jerarquización entre asentamientos, aunque la escala utilizada
sea demasiado amplia, a pesar de lo cual se ha planteado la existencia
de centros regionales, categoría otorgada a algunos de estos poblados,
como el caso de asentamientos de Europa centro-oriental. Ello se une a
la documentación de unas claras diferencias entre unas pocas tumbas y
el resto de ellas en la mayoría de las necrópolis, con casos realmente
espectaculares como el de la necrópolis de Varna en Bulgaria, donde entre
250 tumbas, casi todas inhumaciones flexionadas, sobresale un pequeño
grupo de sepulturas agrupadas, con niveles muy diferentes de riqueza en
los ajuares: metal, cobre y, sobre todo, oro para colgantes, pectorales
y emblemas, que acompañan a estos pocos inhumados y otras necrópolis,
aunque menos destacadas, donde también puedan diferenciarse pocas tumbas
con ajuares mejor dotados que sobresalen del resto de las sepulturas,
como Bodrogteresztúr o Tiszpolgár en los Cárpatos.
ORGANIZACIÓN
TERRITORIAL. La dificultad de realizar la lectura de las características
propias de los diferentes estadios en este apretado esquema de evolución
de las sociedades prehistóricas, reside en la naturaleza del registro
arqueológico y en la imposibilidad de contar con otras fuentes, como las
literarias, haciéndose necesario especificar en qué variables del registro
residen las posibilidades de leer las condiciones específicas de las relaciones
sociales. Es la dimensión espacial el ámbito del registro arqueológico
que mejor puede reflejar el sistema de organización de las formaciones
sociales, de modo que es en el territorio, espacio organizado por el hombre,
donde quedan registrados aspectos económicos y políticos. El establecimiento
del patrón de asentamiento en su vertiente de territorialidad, la jerarquización,
las diferencias de actividades de producción y residenciales, la reestructuración
urbana y los registros funerarios, serán los indicadores que permitan
establecer las correlaciones entre la dimensión espacial y la organización
social. Al tratar el tema de la organización espacial entre asentamientos,
vimos cómo la situación es diferente en amplias zonas de Europa. En la
zona central y oriental (Alemania, Polonia, Eslovaquia, Bulgaria, Yugoslavia
y Grecia) podía observarse una jerarquización de asentamientos, con algunos
mayores, fruto de una concentración poblacional, que además se dotan de
murallas defensivas o fosos de sección en V e incluso, en algún caso,
se han identificado la existencia de espacios relacionados con la producción
artesanal especializada, como el barrio alfarero de Zvanec, en Ucrania,
o algún edificio destinado a actividades artesanales específicas, como
el mégaron del poblado amurallado de Vucedol, con evidencias de actividades
metalúrgicas, además de estar situado en la parte más destacada de la
acrópolis del poblado, o los de Lerna en el Peloponeso, con su Casa de
las Tejas o Cnosos, en la isla de Creta, por su mayor tamaño en relación
con los asentamientos contemporáneos, o el caso de Troya II, en Anatolia,
todos pertenecientes al tercer milenio. En Europa occidental, incluidas
las islas Británicas, y septentrional, no ha podido establecerse un tipo
de organización espacial similar al de Europa suroriental, con una serie
muy limitada de poblados fortificados, a base de empalizadas y fosos,
tales como Sarup y Toftum en Dinamarca, que constituyen excepciones en
un panorama de pequeños poblados, aunque a veces muy numerosos, con un
limitado número de cabañas en el interior de un espacio definido por unas
empalizadas o terraplenes y fosos, modelo que se extiende por toda Francia,
Bélgica, Suiza y las islas Británicas.
ESTABLECIMIENTO
DE ORGANIZACIONES SOCIALES. ¿De qué naturaleza son las diferencias que reflejan
la jerarquización de asentamiento, unido a las diferencias apreciables
en el ritual funerario? Conviene señalar que las variedades de sistemas
de enterramiento observable en las necrópolis: ritual, tipo de tumbas,
niveles de riqueza y presencia de símbolos de estatus o rango, no tienen
una misma lectura, de forma que se discute si en la muerte se mantienen
los mismos niveles de diferenciación social que en la vida y cómo se expresan
éstos en el registro funerario. La inversión del trabajo en la construcción
de grandes monumentos funerarios, los ritos complejos y la introducción
de objetos como ajuares que requieren una elaboración compleja o impliquen
el uso de materias primas exóticas o de difícil consecución, son considerados
como indicadores de estatus diferenciados, sobre todo desde una perspectiva
interna de las propias necrópolis o de las áreas locales. El aspecto territorial
de las necrópolis, su ubicación en relación con los asentamientos o la
distribución interna de las propias tumbas son también indicadores interesantes
desde el punto de vista de las implicaciones de la organización social.
En el centro de Europa encontramos situaciones mixtas, donde en una misma
necrópolis o en una misma área se encuentran tumbas individuales junto
a otras colectivas o la práctica de la inhumación al lado de la cremación
parcial o total, en las que también pueden observarse diferencias en los
ajuares aunque sin alcanzar los niveles constatados en la zona oriental,
donde la presencia de útiles de cobre y las conocidas como hachas de combate
en piedras duras marcan ciertas diferencias, valoradas de distinta forma
según las posturas de los investigadores. El fenómeno de la coexistencia
aparece en necrópolis de Bohemia, Polonia, Moravia (por ejemplo, en Budakalász),
Alemania (Rossen o Baalberge), Suiza y Francia oriental, con ejemplo en
Lenzburg. En la fachada atlántica europea, en la Península Ibérica, islas
Británicas, área nórdica e islas mediterráneas occidentales, las tumbas
colectivas en forma de cuevas naturales o artificiales, conjuntos megalíticos
bajo grandes túmulos o tumbas de falsa cúpula continúan durante el tercer
milenio la tradición comenzada, en muchas de estas zonas, en épocas muy
anteriores, como los casos de la Bretaña francesa, la fachada atlántica
portuguesa, Dinamarca o el sur de las islas Británicas. La característica
fundamental, para lo que aquí nos interesa, es el carácter colectivo de
estas tumbas, lo que no quiere decir que sean igualitarias. Existen diferencias
que se expresan entre las sepulturas, manifestada en la monumentalidad
de su construcción, su ubicación dentro de las necrópolis, con respecto
a los asentamientos o a los recursos básicos de las poblaciones que las
construyeron. A su vez, el contenido de las sepulturas en forma de ajuar
de las inhumaciones realizadas también puede diferenciar unas sepulturas
de otras. En otro sentido, aunque suele ser muy difícil establecer una
correspondencia entre cada inhumación y el ajuar que se le asocia, puede
suponerse que no todos los individuos han aportado un mismo ajuar, hecho
documentado en algunas ocasiones. Estudios realizados por Rentaren para
las tumbas megalíticas de la isla de Arran al oeste de Escocia o la isla
de Rousay en las Orcadas, demuestran que la mano de obra movilizada para
la construcción de los diferentes monumentos era perfectamente asumible
por las comunidades campesinas que las utilizaron, no requiriendo de una
gran organización extracomunitaria para su edificación, aunque existan
diferencias entre unos monumentos y otros, ni una dirección especial y
jerárquica que movilizase ese trabajo comunitario. Sin embargo, se considera
que en otros casos, como los monumentos de distinto tipo -los grandes
templos de la isla de Malta, Gigantija, isla de Gozo, Mnajdra, Tarxien
o Hagar Quim, o los monumentos tipo henge del sur de Inglaterra del tercer
milenio, con sus grandes manifestaciones en Stonehenge o Mount Pleasant-
no pudieron ser realizados por pequeñas comunidades campesinas, sino que
se requirió una organización que fuera capaz de movilizar un elevado número
de recursos humanos y centralizar y coordinar el trabajo a realizar. En
el extremo sureste de la Península ibérica, en la necrópolis colectiva
de Los Millares (Almería), hay un cementerio de la segunda mitad del tercer
milenio, perteneciente a un gran poblado amurallado de unas cinco hectáreas
de extensión y con cerca de un centenar de tumbas colectivas de tipo tholos,
con cámara cubierta por falsa bóveda, bajo túmulo y un número de inhumaciones
que oscila entre más de 100 y una media de 20 individuos por tumba. Entre
ellas se han podido establecer diferencias notables, desde la energía
necesaria para la construcción de cada sepultura hasta la presencia de
objetos de prestigio en sus ajuares: objetos de cobre, marfil, cáscara
de huevo de avestruz, ámbar, cerámicas con decoración simbólica, pintadas
o campaniformes, que han llevado a plantear a Chapman que estamos ante
tumbas colectivas que reflejan la existencia de grupos corporativos, que
se diferencian unos de otros dentro de una escala jerárquica, pero siempre
dentro de unas relaciones de parentesco, que indican una adscripción a
diferentes estatus de los inhumados, aunque con un carácter colectivo,
no individual. Esta situación de diferencia entre tumbas colectivas puede
extenderse a otras necrópolis del sureste, Almizaraque o Barranquete en
Almería, aunque menos evidente que en Los Millares, e incluso a Portugal,
aunque aquí el registro es menos claro para las necrópolis y más claro
para los poblados. Todo lo expuesto permite realizar una lectura donde
se puede resaltar que en Europa central y suroriental, a lo largo del
tercer milenio, un proceso de jerarquización social aparecería definido
por un patrón de asentamiento que evidencia esa jerarquización, reforzada
por la existencia de notables diferencias entre algunas sepulturas de
sus necrópolis. Esa diversidad de rango viene expresada por las diferencias
en los ajuares y, en algunos casos, por las estructuras de las tumbas;
son siempre de carácter individual, por lo que se han utilizado términos
como tumbas principescas o reales. Ello unido a que, aunque nunca existió
una tradición de tumbas colectivas en estas zonas de Europa, los tipos
constructivos de las sepulturas son diferentes: estructuras de madera
bajo túmulos, con empleo de ocre para recubrir los cadáveres, cámaras
en pozos tras un estrecho corredor, llamadas de catacumba, todo lo que
ha llevado a una serie de consideraciones, dentro de unos esquemas difusionistas,
que consideran estas sepulturas como indicadores de la existencia de élites
militares extranjeras que, por su mayor tecnología, controlan una población
más numerosa, idea difundida por Gimbutas para explicar la expansión de
los grupos Kurganes del Este. En la actualidad, dentro de un esquema neoevolucionista
antropológico propuesto por Service y Fried, se han considerado estas
evidencias como propias de jefaturas, en las que se conservan los vínculos
de parentesco pero separados en rangos, con los individuos del segmento
más próximo al jefe como elite. Renfrew propuso una distinción añadida
a la caracterización de jefatura para este tipo de organización social,
como vimos, considerándola "individualizing chiefdom" o jefatura
individualizadora, propia del segundo milenio, pero que ya aparecería
en algunos casos en el tercero, en tumbas donde los objetos funerarios
de lujo acompañan a individuos privilegiados. El contraste más interesante
con Europa occidental es que las tumbas colectivas, aún con sus diferencias,
indican un marcado carácter comunal, subrayado por la existencia de templos
o santuarios donde se refuerzan los lazos comunales por la reproducción
social de unas alianzas entre asentamientos o comunidades, puesto que
estos templos, henges, túmulos circulares u ovales, tipo Carnac en Morbihan
(Francia) requieren colaboraciones que sobrepasan las comunidades de los
pequeños poblados campesinos que construyen sus tumbas colectivas y se
asocian para construir centros ceremoniales, que representan organizaciones
tipo clanes que se han ido segmentando en un proceso de segregación. Como
hemos recalcado, el proceso de diferenciación social de los grupos de
filiación parental de las necrópolis megalíticas se hace en el seno de
la comunidad, por diferenciación entre los linajes o segmentos, sin que
lleguen a romperse los nexos que los unen. La existencia, en algunas áreas,
de un patrón de asentamiento jerarquizado sugiere que hay una diferenciación
regional, con la existencia de algunos centros que canalizan la mayor
parte de materias primas consideradas como exóticas o conseguidas a larga
distancia, como el sílex. Ello nos permite considerar otros factores que
se relacionan con la complejidad social. Se ha considerado que la existencia
de una especialización artesanal es un claro indicio de una jerarquización
que permite el control de un cierto nivel de excedente o sobreproducción
que, en manos de una élite, libera a tiempo completo o parcial a algunos
artesanos de las labores de producción subsistencial, agricultura o ganadería.
Esa especialización se centra en la producción artesanal menos utilitaria
y relacionada con la existencia de bienes considerados como de prestigio
o de exhibición de rango. La metalurgia es una de las actividades consideradas
indicadoras de la existencia de especialistas, pero hoy día son muchos
los investigadores que piensan que los primeros estadios del desarrollo
de esta tecnología no implican una especialización a tiempo completo,
ni por la complejidad técnica ni por el nivel de uso del metal reflejado
por las primeras sociedades metalúrgicas. El significado de la especialización
artesanal va unido al control de las redes de intercambio regional y suprarregional,
puesto que las materias primas intercambiadas y que han quedado en el
registro arqueológico son aquellas que se relacionan de una forma más
directa con esta producción especializada. La presencia de objetos fabricados
en materias primas lejanas, cuando llegan elaborados, pueden indicar la
existencia de talleres regionales que ponen en circulación estos productos;
por tanto, sí se podría, en estos casos, hablar con mayor base en favor
de la existencia de artesanos especializados a tiempo total, liberados
de las tareas de producción. En otro sentido, la circulación de materias
primas poco elaboradas o en bruto iría más en relación con la existencia
de artesanos o producciones que sólo implican una especialización a tiempo
parcial dentro de las comunidades locales. El registro disponible indicaría
que aunque existen redes de intercambio a largas distancias, que ponen
en circulación sílex, metales, piedras duras y otras materias primas,
la existencia de artesanos a tiempo completo no existió en todas las comunidades
y quizás sean los grupos más cercanos a las fuentes de suministro de esas
materias primas las que pudieron especializarse en parte en la elaboración
de objetos como hachas de combate, puñales y largas hojas de sílex, ciertas
formas cerámicas o determinados objetos elaborados en cobre, plata u oro.
Ello no implicaría que en las distintas comunidades no existieran especialistas
que, sin estar liberados de otros trabajos, pudieran producir, por tener
una mayor habilidad técnica, ciertos útiles u objetos a partir de materias
primas locales o aportadas por las redes de intercambio existentes. En
este sentido, Europa oriental muestra una amplia distribución de objetos
en cobre, oro, concha, obsidiana, etc., para los que se han señalado puntos
de origen determinados, siendo mucho menos evidente la existencia de auténticos
talleres de producción especializada, aunque se han señalado para joyas
como las de la necrópolis de Varna, o útiles como los cetros de oro, también
de Varna, o las hacha de combate de cobre o piedras duras. Basándose en
el ritual de enterramiento individual, con indicios de herencia de rango
expresado en desniveles claros en la posesión de objetos de prestigio,
la existencia de una especialización artesanal, centros regionales con
concentración poblacional, especialización residencial, palacios y tumbas
más destacadas, además del control de amplias redes de intercambio, se
puede considerar que en ciertas zonas estamos ante sociedades que han
sobrepasado niveles de jerarquización para alcanzar la estratificación
social, que continuará acentuándose en el segundo milenio. Esta estratificación
podría entenderse que se alcanza con la ruptura de las relaciones de parentesco,
sustituidas por relaciones de clase, dando lugar a lo que en términos
de la tipología neoevolucionista se califica de jefatura compleja, aplicada
sobre todo a sociedades del Egeo, Cícladas, Creta y Anatolia, con una
redistribución asimétrica que indicaría una evidencia de explotación y,
por tanto, la existencia de sociedades estatales, en términos materialistas.
Mientras en Europa central y occidental la variedad de situaciones es
grande, sobre todo debido a una muy desigual documentación disponible,
sólo en algunas zonas el nivel de conocimientos permite hablar de una
jerarquización social que no llega a romper los lazos de parentesco, pero
que, basada en la existencia de centros amurallados, pueden constituir
núcleos de mayor nivel de población, con una especialización artesanal
que no parece llegar a alcanzar niveles de dedicación a tiempo completo
y redes de distribución bien establecidas, todo lo que produce un desigual
acceso a materias primas y productos concentrados en segmentos de las
comunidades más complejas, sin que el nivel sobrepase la jerarquización
hacia la estratificación, creando situaciones que pueden calificarse de
jefaturas simples, con signos de economías de redistribución y con niveles
de integración comunal basados en construcciones monumentales, templos
y grandes tumbas que no nos permiten hablar aún de la existencia de clases
sociales, ni de la institucionalización de productores y no productores,
en organizaciones sociales aún preestatales. En los últimos siglos del
tercer milenio, amplias zonas de Europa central y occidental asisten a
la aparición generalizada de las tumbas individuales a base de inhumaciones
en fosas, con un ajuar muy normalizado constituido por vasijas cerámicas
decoradas con impresiones de cuerdas, a las que acompañan alfileres de
hueso o cobre y hachas de perforación central de piedra, siempre ligadas
a las tumbas masculinas. Estas tumbas se encuentran desde el Bajo Rin
a Dinamarca y Suecia. A ellas siguen el mismo sistema de enterramientos
individuales con el ajuar de tipo campaniforme, que ya vimos, y que viene
a alcanzar zonas más amplias que las tumbas individuales de cerámicas
de cuerdas, llegando a Irlanda, Inglaterra, toda la Península Ibérica,
norte de Africa, el Mediterráneo occidental, sur de Francia, norte de
Italia y las islas de Cerdeña y Sicilia. El sentido de su significación
para la investigación ha cambiado mucho, pues de la idea de una primera
unificación de buena parte de Europa como consecuencia de una invasión
desde las estepas orientales, se ha pasado a un fenómeno de muy diferente
significación, que se superpone a situaciones sociales también diferentes,
y, por tanto, con consecuencias diversas. Interesa resaltar que en zonas
como las islas Británicas, Países Bajos, Bretaña, etc., preceden al desarrollo
de las grandes tumbas individuales con un notable nivel de riqueza, del
segundo milenio, que han sido consideradas propias de élites guerreras
que se imponen a las poblaciones indígenas, pero que hoy se consideran
fruto de la evolución social en el que las elites locales, que veíamos
tenían aun una base comunal, han pasado a un carácter más individual,
en el que la exhibición de su rango o estatus se simboliza por la imitación
de lideres vecinos a través de la adopción de unos mismos rituales funerarios,
unas modas de los bienes de prestigio y una misma ideología, definida
por Shennan como interacción política entre iguales, que tiende a exhibir
la desigualdad social pero, a la vez, lanzar un mensaje de integración
cultural.
Consolidación
desigualdad social
A
lo largo del II milenio se manifiesta una sistemática consolidación de
la desigualdad social apreciable en el estudio de los ajuares y enterramientos.
Esta consolidación se aprecia tanto en la Europa templada como en el Mediterráneo
occidental.
EUROPA
TEMPLADA. Durante el tercer milenio existirán diferencias entre Europa
suroriental-central y la occidental, mientras que se igualan en los últimos
siglos, con la sustitución en las islas Británicas, Bretaña francesa y
Países Bajos de los enterramientos colectivos bajo monumentos tumulares
o megalíticos, por enterramientos individuales con ajuares muy normalizados,
a base del equipo campaniforme, paralelos a los que pueden encontrarse
en Europa central en el grupo de Vucedol. En los últimos momentos del
tercero y en los primeros siglos del segundo milenio, los enterramientos
bajo túmulo a ambos lado del canal de la Mancha, Wessex y Armórica, con
ajuares muy espectaculares, indican una profundización del proceso de
jerarquización social, que alcanza un mayor relieve ahora en Occidente,
por la significación concedida a los ajuares. La ausencia de asentamientos
o su escasa entidad dificultan la valoración del fenómeno de las tumbas
principescas, que aparecen en el momento de desaparición de la actividad
de construcción de los grandes centros ceremoniales, tipo henge, de los
que sólo se documenta una última fase constructiva en Stonehenge, reforzando
la idea de un desplazamiento de las actividades ideológicas o de reproducción
social de lo comunal a lo individual. Ese fenómeno de aparición de pocas
tumbas individuales bajo túmulo, mucho más ricas, cuenta en Europa oriental
y central con antecedentes durante el tercer milenio y tiende a ir acentuándose
a lo largo del segundo, pero en un ritmo más lento que en Europa occidental,
que culmina a mediados del milenio con la aparición de grandes sepulturas
bajo túmulo, fenómeno que da nombre al periodo en buena parte de Europa
interior. Estos túmulos, que continuarán a los del grupo de Unetice, se
encuentran en necrópolis formadas por cientos de enterramientos, en las
que es muy frecuente el uso de objetos metálicos en los ajuares, con un
importante número de cremaciones entre las tumbas menos destacadas. Entre
las tumbas se exhiben niveles claros de diferenciación en el estatus de
los enterrados, con casos de sepulturas de gran riqueza en Keszthely en
Hungría, la propia necrópolis del asentamiento de Unetice, Leubingen o
Helrnsdorf, en Bohemia. En el caso de esta zona de Europa, es posible
unir a la lectura de la necrópolis la existencia de frecuentes asentamientos
amurallados, que han sido considerados centros regionales. Este mismo
fenómeno de ricas tumbas bajo túmulo y asentamientos, interpretados como
centros regionales, se encuentran en amplias zonas de Europa central,
con necrópolis tan conocidas como Haguenau, Alemania, donde la frecuencia
de aparición de espadas de bronce muy características es uno de los rasgos
más propios de esas grandes tumbas. Todo ello ha hecho pensar en una unificación
de casi toda la Europa templada, ahora, desde el Atlántico a las estepas
rusas, con un rasgo común en los enterramientos bajo túmulo, donde sobresalen
ricas tumbas. Desde las interpretaciones de Gimbutas, este fenómeno se
consideró de nuevo el resultado de una expansión de pueblos pastores guerreros
que se superponen a las poblaciones campesinas locales, a modo de élites
militares dominantes, que en pequeños grupos y gracias a su superioridad
en el terreno militar y su alto grado de organización social, ya de tipo
estratificado, pueden considerarse, según la terminología neoevolucionista
de Service, como sociedades de jefatura, donde aún no puede hablarse de
clases pero sí existe la especialización artesanal, al menos a tiempo
parcial, y la separación de actividades militares o guerreras de las de
culto o sacerdotales.
MEDITERÁNEO
OCCIDENTAL. La Europa mediterránea, donde perviven hasta comienzos del
segundo milenio el uso de las tumbas colectivas, la existencia de asentamientos
fortificados, y se documentan relaciones de intercambio regionales, continúa
su evolución social, pudiéndose anotar unas notables diferencias entre
su zona oriental y occidental y, a la vez, entre las distintas áreas de
ambas zonas. En el sureste de la Península Ibérica encontramos el grupo
más conocido y de más personalidad de todo el mediterráneo occidental,
El Argar, que ocupaba el territorio del grupo de Los Millares. El cambio
más significativo, desde el punto de vista funerario, es la adopción de
un ritual individual o familiar en sentido nuclear, es decir, tumbas conteniendo
2 ó 3 individuos, femenino y masculino; femenino/masculino adultos e infantiles
o juveniles, esto último menos frecuente. Las inhumaciones, sucesivas
o a veces simultáneas, se realizan en tumbas con una tipología variada:
fosas, cistas o cajas de piedra, y urnas o grandes vasijas de cerámica,
éstas mayoritariamente usadas para enterramientos infantiles y juveniles,
todas siempre en el interior de los hábitats, bajo el piso de las viviendas.
Las tumbas muestran unas diferencias notables en los niveles de riqueza
y variedad de los ajuares. Esa variedad tiene una doble significación,
vertical, interpretada como diferenciación social, y horizontal, que indicaría
diferencias sexuales y de división social del trabajo. El estudio realizado
por Lull y Estévez les lleva a proponer cinco niveles de diferenciación
social estratificados, fundamentados en cálculos del valor adscrito a
los objetos que integran los ajuares: un primer nivel, en números reducidos,
con más hombres que mujeres y ajuares con alabardas, diademas, espadas
en metal, presencia de objetos de oro y algunos tipos de vasijas específicos;
un segundo, más numeroso, con adornos de plata (anillos, pulseras, aretes,
etc.), vasijas y algún puñal o punzón metálico, mayoritariamente mujeres
e infantiles; un tercero, más amplio, con puñales y punzones metálicos
y presencia de cerámica o no para mujeres, y puñal o hacha también con
o sin cerámica para los hombres; el cuarto, con un solo objeto metálico
o un vaso cerámico, tanto para inhumaciones femeninas como masculinas,
y la quinta, tumbas sin ajuar alguno, también de ambos sexos y sobre todo
infantiles. A estos niveles se les otorga, de forma hipotética, un valor
de estructuración social, a partir de la asignación de clase dominante
para las dos primeras categorías, siendo los masculinos del primer nivel
los dirigentes y las mujeres y niños del segundo las familias de éstos.
Los individuos del tercer grupo serían miembros de pleno derecho de la
sociedad argárica, mientras que a los miembros del cuarto nivel podrían
considerarse siervos, y a los de la última, esclavos, de origen extranjero
o cautivos. Se trata de una propuesta de organización dividida en clases
sociales, a las que corresponden diferentes niveles de accesibilidad a
los recursos y con funciones sociales bien definidas. La pertenencia a
las clases se obtiene por nacimiento, por lo que las desigualdades están
institucionalizadas y son hereditarias. Todo ello lleva a los autores
a proponer que la organización de la sociedad argárica era estatal. Por
otro lado y desde otra perspectiva, relacionada con la distribución de
los asentamientos en la zona considerada nuclear de este grupo, el Bajo
Almanzora, Schubart y Arteaga llegan a un planteamiento similar, considerando
que el grupo argárico es una sociedad que tiene un comportamiento territorial
propio de un estado. El núcleo central o capitalidad se asigna al asentamiento
de El Argar, del que dependen jerárquicamente otros como el de Fuente
Álamo. Además, el conocimiento microespacial del asentamiento de Fuente
Álamo demuestra una organización interna que sitúa en la parte más alta
del poblado o acrópolis, amurallada, una serie de estructuras destinadas
al almacenamiento de bienes subsistenciales y críticos y quizás de otros
tiempos, con la certeza de estructuras domésticas y tumbas de gran riqueza
que hablan de un segmento social situado de forma privilegiada y controlando
posibles excedentes productivos o materias primas y productos escasos
o de significaciónn especial. En los casos de los asentamientos de estas
mismas fechas en La Mancha, País Valenciano o Sistema Ibérico aragonés,
son poblados amurallados con estructuras tipo torres y bastiones, en las
zonas centrales y más destacadas de los asentamientos, similares a los
casos insulares de las Nuragas y Torres de Córcega y Cerdeña. En algunos
se ha comprobado en el interior de estas estructuras funciones de almacenamiento
y producción centralizada, pero entre las que no se han establecido diferencias
apreciables entre los diferentes asentamientos, ni distintos niveles sociales
entre los miembros de las comunidades que los habitan, apreciables en
el registro funerario, muy escaso y poco expresivo en este sentido, por
lo que se ha sugerido una centralización más comunal que individual. Otros
autores que se han ocupado de la zona del sureste de la Península Ibérica,
Mathers, Chapman, Ramos, etc., comparten esta opinión, que plantea que
la documentación no autoriza a hablar del Estado, sino de niveles de jerarquía
que podrían clasificarse como jefaturas, al igual que el resto de las
sociedades del segundo milenio de buena parte de Europa, donde aparecen
otras comunidades con tumbas de mayor riqueza que las de El Argar. Para
Chapman, siguiendo a Renfrew, las diferencias entre el Mediterráneo occidental
y el Egeo estriban en que para la formación del Estado es necesario un
proceso de intensificación sostenida y continua que sólo tiene ocasión
en muy raros casos y lugares, sin una continuada innovación de carácter
tecnológico, presente en el Egeo y no detectada en El Argar.
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