3.-
Mundo Micénico
La
última etapa de la Edad del Bronce en el Egeo, el Bronce Reciente, y de
una manera más específica en el continente, el Heládico Reciente, es la
que se conoce como época micénica, la misma que aparece como tema de los
poemas homéricos. La época de los palacios heroicos y, especialmente,
el de Agamenón en Micenas constituía el primer período de la historia
griega para los mismos antiguos, aunque ya éstos se planteaban sus dudas
sobre el carácter histórico o mítico y señalaban una diferencia importante
entre el tiempo de los hombres y el tiempo de los héroes. La discusión
sobre la validez histórica de los poemas homéricos puede ser infinita,
sobre todo porque se plantea sobre posturas excesivamente rígidas acerca
de una utilización mecánica de lo allí expuesto o de la imposibilidad
de dicha utilización a partir del carácter mismo del género al que pertenecen
los poemas. Fue su lectura la que abrió las puertas a los hallazgos arqueológicos,
cuando el comerciante H. Schliemann, helenista aficionado, gracias al
éxito de sus operaciones mercantiles, pudo dedicarse a visitar Itaca,
el Peloponeso y Troya acompañado y guiado por la lectura de dichos poemas.
Las distintas capas halladas en Troya y las diversas destrucciones detectadas,
así como los hallazgos micénicos escalonados a partir de las primeras
tumbas reales, fueron el impulso para más profundos estudios que, si bien
sembrados en principio de errores y rectificaciones, de identificaciones
a veces demasiado inmediatas, como suele ser el caso del trabajo arqueológico
tradicional, que sólo se considera histórico cuando coincide con un hecho,
personaje o lugar conocido por las fuentes de manera explícita, han permitido
penetrar cada vez más en realidades sociales y políticas del mundo micénico.
Palacios, templos y enterramientos permiten describir un tipo de sociedad
jerarquizada, con una realeza y un aparato estatal capaz de controlar
poblaciones colectivamente, aspecto este último que avanza según los trabajos
arqueológicos se salen de los monumentos palaciegos para atender a la
distribución de los territorios exteriores. Algunos aspectos de la tradición
reciben apoyo en ciertos movimientos detectados también en la llegada
de caracteres conocidos por la arqueología, aunque, al mismo tiempo, los
desacuerdos pueden llegar a aclarar el verdadero sentido de las tradiciones,
objeto de manipulación con ánimos propagandísticos o deformadas con intenciones
directamente políticas. Sin embargo, el proceso resulta cada vez más claro
en el estudio de los tipos de tumba y su función en relación con el poder
real micénico. Junto a ello, la arqueología resultó verdaderamente gratificada
con el hallazgo de una serie de tablillas con escritura, que poco a poco
ha podido descifrarse gran parte. Las primeras se hallaron en Cnosos y
había algunas en una escritura llamada lineal A, todavía no bien conocida,
que representa una lengua al parecer de carácter prehelénico, y otras
en escritura lineal B, que luego se supo coincidente con otros muchos
yacimientos del continente y que, descifrada laboriosamente por Ventris
y Chadwick, contiene textos en lengua griega, apoyada en unos signos en
principio no muy adecuados para ella. Se ha producido, pues, una adaptación
forzada que ha añadido un factor específico a las dificultades propias
de unos textos conservados en tales condiciones: inscripciones en barro
que se han conservado casualmente debido a los incendios de los palacios,
que cocieron las piezas. La escritura es silábica y carece de algunos
sonidos, por lo que en el mismo signo coinciden fonemas como l y r, no
hay sílabas cerradas, por lo que se usa una nueva sílaba para la consonante
encargada de cerrar la anterior, que también puede quedar sin cerrar,
y no se pueden señalar todas las vocales, pues los signos silábicos son
limitados. En cualquier caso, la investigación va comprobando que la arqueología,
la epigrafía micénica y el análisis flexible de los poemas pueden colaborar
a la elaboración de una imagen del mundo micénico y de su tradición apta
para ser analizada históricamente. Por otra parte, la lectura de las tablillas
ha revelado la existencia de una forma de la lengua griega que los especialistas
tienden a considerar la más antigua, capaz de explicar muchos de los rasgos
de la lengua ulteriormente evolucionada.
Organización
política
Desde
el primer momento, los descubrimientos arqueológicos presentaron un panorama
parecido a los que son frecuentes en el mundo del Próximo Oriente, donde
el paisaje aparece dominado por palacios, templos y tumbas regias o principescas.
Micenas, lugar fortificado al que se accede por la monumental puerta de
los leones, contenía viviendas palaciegas y templos, lo que da idea de
la concentración de los medios de control políticos, militares e ideológicos.
El mégaron, lugar de culto centralizado, posible transferencia del antiguo
hogar común y precedente del templo griego en lo arquitectónico, parece
proyectarse en la península desde el Bronce Medio. Lo mismo ocurre con
las tumbas en fosa, que contienen en principio restos que se interpretan
como de miembros de las familias reales, pero que, en algún caso al menos,
resultan representativas de una clase principesca, con restos de reyes
heroizados a los que se rinde culto, frente a la difusión de la tumba
de tholos, circular y monumental, para los reyes. Seria el ejemplo más
significativo el representado por el que se conoce como tesoro de Atreo.
También del tipo tholos se hallan restos correspondientes al Heládico
Medio y algún ejemplo, como el de Eleusis, revela que se trata de enterramientos
de colectividades sin ninguna indicación que defina la posesión del poder.
Los datos revelan así un panorama variado y posiblemente cambiante, a
troves de todo el período, cada vez más amplio, al que pueden atribuirse
los restos que constantemente siguen encontrándose. En cualquier caso,
sí resulta dominante la idea del poder tendencialmente centralizado en
un panorama aristocrático, donde los muertos ilustres se convierten en
objeto de culto a través de sacrificios que dejan huella en las cenizas
conservadas. La centralización se nota en las grandes construcciones,
efecto de un poder coercitivo y símbolo del mismo, para ejercerse en todos
los terrenos. Esta fase, propiamente micénica, no necesita explicarse
a través de la llegada de nuevos pueblos, pues muchos de sus elementos
corresponden a transformaciones internas, donde también pueden haber influido
movimientos étnicos no determinantes. Por otra parte, en las edificaciones
palaciegas, destacan las dependencias aptas para almacenar productos,
así como para la distribución del agua y de algunos otros bienes necesarios
para la colectividad, que quedaban así centralizados. Las investigaciones,
cada vez más frecuentes e intensas en el terreno de la arqueología espacial,
sacan a la luz la existencia de asentamientos dispersos, reducidos, no
económicamente ricos, correspondientes a unidades que pueden identificarse
con la tribu o, por lo menos, con las aldeas, cuyos pobladores llevarían
el peso de la producción controlada por el Estado. La lectura de las tablillas
proporciona un panorama coherente con lo anterior. Los textos no resultan
excesivamente explícitos, pues se trata de registros, de redacción escueta,
dedicados al control fiscal, de lo que se ofrece a los poderes políticos
y religiosos. Ello permite, desde luego, conocer los principales términos
en el mundo de los aparatos estatales. El título que puede identificarse
con el del rey, como figura que acumula todos los poderes y se asimila
a la divinidad, es el de wa-na-ka-te, en transcripción silábica de cada
uno de los signos de lineal B, fácilmente identificable con el término
homérico wanax, que, en acusativo y con la consonante inicial que correspondería
a la -w-, que en griego clásico ha desaparecido, sería wanakta, palabra
usada en los poemas principalmente para referirse al rey de hombres Agamenón
o a Zeus, padre de los dioses y de los hombres, es decir, al poder supremo
en la tierra o en los cielos. Existe también un pa-si-re-wa que, con el
mismo sistema de transcripción, habida cuenta de que el silabario micénico
no distingue p-b, ni r-l, correspondería al basilewa acusativo de basileus,
término que, si se especializó como rey en época clásica, en los poemas
parece corresponder más bien a un tipo de príncipe como el que justifica
la realidad arqueológica funeraria descrita. El ra-wa-ke-ta puede transcribirse
como lawageta, término inexistente, pero que puede analizarse como conductor
del laos o pueblo en armas, para señalar al jefe militar al que, en determinados
momentos de la historia real o mítica, se dice que el rey anciano, incapaz
de desempeñar las funciones militares inicialmente inherentes a su cargo
y justificadoras del mismo, cedió dicha jefatura. Sería el caso de Tauro
en la leyenda de Minos, de Héctor en la Troya homérica, junto al anciano
Priamo, y del polemarco, cargo creado en Atenas, según Aristóteles, por
dicho motivo. También hablan las tablillas de una ke-ru-si-ya o gerusía,
como consejo de ancianos, y de tere-ta o telestés, como funcionario encargado
de ejecutar las órdenes reales y administrar el tributo.
Economía
y sociedad
El
aspecto que ofrece la vida económica a través de las tablillas, junto
a la realidad política descrita y a los datos de la arqueología, permite
definir la economía micénica como de tipo tributario, con la producción
en manos de un da-mo, equivalente al demos clásico que, como éste, alude
tanto al territorio como a la población que lo habita, posiblemente equiparable
a la aldea. Las tablillas sólo se interesan directamente por él por motivos
religiosos. La tierra aparece controlada a través de varios sistemas.
La ke-ke-me-na ko-to-na se identifica con la tierra común, mientras que
la ki-ti-me-na ko-to-na se define como privada o adjudicada según los
casos. De cualquier manera estaría bajo el control directo de los poderosos.
Por otra parte, la tierra regia o sagrada se define como te-me-no, identificable
con el témenos que en Homero puede poseer igualmente el rey o incluso
concedérselo a alguien particularmente, pero que en general define sobre
todo los campos consagrados a las divinidades y explotados en beneficio
de los sacerdotes de su templo. El sistema ha permitido igualmente el
desarrollo de las actividades metalúrgicas y de la artesanía, capaz de
producir objetos de valor y de establecer relaciones de intercambio de
productos de lujo. En las tumbas se hallan objetos de procedencia exótica,
de Egipto, de Creta y de Asia, mientras que cada vez es más frecuente
encontrar restos de cerámica micénica en amplias zonas del Mediterráneo.
Sin muchos detalles, puede decirse también que la sociedad corresponde
aproximadamente a ese tipo que suele definirse como asiático u oriental,
en que la masa de la población trabaja la tierra, en producción controlada
por aparatos fuertes que centralizan en torno al rey y al templo una clase
poderosa, al mismo tiempo vinculada al rey por lazos sutiles de clientela
que dan solidez al entramado y se expresan sobre todo en la guerra. Aquí
el rey centraliza igualmente las fuerzas de la masa del laós, o damo transformado
en ejército, en el que se permite la actuación individual de guerreros
sobresalientes, capaces de llevar la parte del pueblo que les corresponde,
de dirigir las campañas y de realizar acciones específicas, aunque no
sólo proporcionan teóricamente la victoria sino que además consolidan
su poder sobre las masas. No está claro si en la realidad alguno de los
reinos micénicos llegó a concentrar tanto poder como para configurar un
estado territorial fuerte. Así, aparece en "La Iliada" como
mando unificado en Micenas, al menos con el objeto de llevar a cabo la
campaña militar contra Troya. Los datos arqueológicos y epigráficos de
las tablillas sólo permiten asegurar la existencia de poderes identificados
con los grandes centros arqueológicos: Tirinto, Micenas, Argos, Atenas,
Cnosos, Tebas, Gla, algunos conocidos por la literatura y la arqueología,
otros, como Ga, sólo por la arqueología mientras no pueda identificarse
con ninguno de los lugares mencionados en las fuentes.
Fin
del mundo micénico
La
civilización micénica no significó la desaparición de los pueblos que
suelen denominarse prehelénicos. Pelasgos, licios, carios, lidios, minoicos,
léleges... dejan huellas significativas de que, en esos tiempos, seguían
presentes en el territorio griego. La cultura revelada, en la mitología
y en las tablillas, muestra caracteres que a veces se han considerado
prehelénicos, aunque otras veces se definen como huellas de situaciones
primitivas que no hay por qué identificar étnicamente. La caída de los
palacios significaría una especie de renacimientos de tales aspectos primitivos,
algunos de los cuales resultan ser los más duraderos, pues se habla de
una pervivencia mitológica de lo micénico, a pesar de la desaparición
de los aspectos políticos y militares. En Micenas se veneran las diosas-madre,
en posición dominante en muchos de los cultos cuyas sedes se han conservado
arqueológicamente, como en Eleusis. Aquí se conserva el culto de la madre
Deméter y su higa Perséfone acompañadas de Triptólemo, en una trinidad
característica de la adecuación de determinados cultos agrarios, en identificación
clara con la tierra y los ciclos de la reproducción. Las tablillas hablan
de la po-ti-ni-ya, que se ha identificado con potnia, epíteto que en el
conjunto de la religión griega se atribuye a las grandes diosas y se especifica
en Hera, que luego será esposa de Zeus, el dios padre que acumula el poder,
posiblemente por lo menos desde los períodos originarios de la realeza
patriarcal, aunque herede funciones propias de las tribus pastoriles de
origen y tradición indoeuropeos. También se atribuyen a época micénica
los mitos de los héroes capaces de civilizar el mundo mediterráneo, como
Teseo y Heracles, o de Edipo, donde la realeza masculina se construye
en conflicto con las tradiciones matriarcales, lo mismo que en el caso
del ciclo micénico, el de Agamenón, asesinado por su esposa y vengado
por su hijo, que es perseguido por las divinidades femeninas vengadoras
de los delitos de sangre, pero protegido por el dios patriarcal Apolo,
convertido en tal después de apoderarse de Delfos, aunque también pertenecía
a una trinidad de raigambre femenina, con Leto y Ártemis. Tras la caída
del mundo micénico se conservó toda esta serie de tradiciones. Pero, sobre
todo, se conservó la que hacía referencia a la expedición a Troya, reflejo
para muchos del dominio micénico del Mediterráneo, el cual deja huellas
en Sicilia, Asia Menor, Chipre, Rodas, las Cícladas, Ugarit, el que aparece
citado por los textos hititas a nombre de Ahiyawa, traducción de Acaya,
y que aparece igualmente entre los Pueblos del Mar como Akawas. La expansión
máxima era ya para los antiguos el inicio de la decadencia. La leyenda
decía que a la vuelta de Troya todos los héroes tuvieron que enfrentarse
a la stasis, al conflicto interno dentro de la ciudad, a la lucha social
que significaba el final del poderío de los reyes. La historia tiende
a situar este final en el contexto de la crisis general del Mediterráneo
oriental en el siglo XII, cuando también desapareció el imperio hitita
y se configuró de nuevo la geografía política de la costa de Levante.
En esa crisis, los aqueos pudieron desempeñar un papel activo y pasivo
al mismo tiempo, pues aparecen con los pueblos en movimiento, pero también
resultaron, en sus estructuras, víctimas del conjunto de la crisis. Permanece
vivo el problema de si fueron los dorios, la última oleada de griegos,
quienes causaron el final de los reinos micénicos y destruyeron sus palacios.
Se ha llegado a negar la invasión de los dorios. Sin necesidad de llegar
a eso, se tiende más bien a considerar que la presencia doria resultó
una realidad determinante de ciertas estructuras políticas y culturales
al configurarse la época siguiente, pero que el fenómeno no fue el resultado
mecánico de una invasión exterior, cuyos efectos tienden asimismo a contemplarse
más bien como algo extendido a lo largo del espacio cronológico de la
época oscura. De hecho, en ésta, el mundo micénico ha desaparecido.
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