Edad del Bronce y Grecia Antigua

2.- Civilización egea

 

La historia de la antigua Grecia se desarrolla en un escenario de difícil definición, porque no se trata de una nación en el sentido moderno del término, que tenga, en consecuencia, unas fronteras bien definidas, y porque, además, ni siquiera poseyó siempre una unidad étnica delimitada, ni en aspectos materiales que pudieran determinarse de modo preciso, ni en aspectos subjetivos, pues la conciencia del pueblo griego como tal fue también un resultado del mismo proceso histórico. En esta misma línea, puede decirse que, en cada período, los escenarios varían de acuerdo con movimientos expansivos u ocupaciones exteriores, de tal modo que uno de los rasgos para marcar una periodización ajustada podría consistir en señalar los territorios ocupados por griegos de manera sucesiva. De ese modo, el contenido de este momento histórico resulta en el aspecto geográfico más ambiguo que ninguno, pues se trata precisamente de indicar la formación de Grecia, la presencia de los griegos en el territorio al que darán nombre y la formación del pueblo griego propiamente dicho. La cuestión en sí se encuentra rodeada de problemas.

 

Periodización

 

En el escenario de la historia helénica mejor definida, en la parte sur de la península balcánica y en las islas del Egeo, existe un período donde hay que referirse a la historia de las sociedades prehelénicas. Es, en líneas generales, el primero de los períodos en que suele dividirse la Edad del Bronce en el Egeo. Esta Edad del Bronce suele dividirse, en la historia de Grecia, en tres períodos, Bronce Antiguo, Bronce Medio y Bronce Reciente. Por otra parte, de acuerdo con los datos tipológicos de la arqueología y según una distribución geográfica, en cada uno de los mencionados períodos se distingue Heládico, Cicládico y Minoico. El tercero de los períodos o Bronce Reciente coincide en líneas generales con el período Micénico, determinante principalmente en la península, pero con capacidad para informar la historia griega y egea en general. En los dos períodos anteriores, las distintas zonas señaladas muestran mayores diferencias entre sí y una mas definida personalidad cultural. Se suele admitir como fecha redonda que la Edad del Bronce se inicia en Grecia hacia el ano 3000 a.C., con el desarrollo de las nuevas técnicas que influyeron en la evolución de los métodos productivos aplicados a la agricultura y a la ganadería. Al parecer, tales desarrollos permiten la ocupación de nuevas tierras y la concentración de poblaciones en algunos lugares que garantizaban los suministros y permitían la protección. Tales poblaciones, de identificación difícil en el plano étnico y lingüístico, se definen simplemente como prehelénicas, o como pueblos mediterráneos, términos que, al no dar una identificación propiamente dicha, responden de una manera bastante realista a la indefinición que debía de existir en esos tiempos en la zona. Los griegos identificaban a sus antepasados como pelasgos, en quienes suelen encontrarse rasgos que los asimilan a otras poblaciones igualmente misteriosas, como los etruscos, pero también se hallan en los escritores antiguos nombres de pueblos egeos que pueden identificarse como prehelénicos, los careos, los léleges, los licios, habitantes de las islas o de Asia Menor todavía en época histórica. Sin embargo, las teorías más recientes sobre movimientos de pueblos, en épocas pasadas consideradas como invasiones, tienden a buscar explicaciones alternativas a las que consideran que los cambios llegan gracias a masas de poblaciones que se presentan y suplantan a las anteriores, con lo que se buscan formas de inflexión en lo histórico donde lo importante se encaje en procesos evolutivos internos.

 

Llegada de los griegos

 

De este modo, frente a los planteamientos rígidos que veían en el cambio arqueológico entre el Heládico Antiguo y el Heládico Medio el reflejo de la llegada de los griegos, hoy se ve en un amplio período crítico coincidente aproximadamente con el cambio de milenio, entre el tercero y el segundo, por tanto, en torno al año 2000 a.C., el inicio de la formación del pueblo griego, como resultado de las agitaciones continentales que provocan la indoeuropeización del Mediterráneo septentrional, cuando incidieron sobre la dinámica interna de los indoeuropeos. La pervivencia de estos pueblos, en muchos casos, o de tradiciones legendarias que se refieren a ellos, permiten hallar algunos rasgos primitivos, que los griegos utilizaban para mejor marcar las diferencias, pero que, al mismo tiempo, parecen responder a la realidad. Se trata sobre todo de cultos y leyendas alusivas a prácticas religiosas donde lo agrícola y lo femenino se conjuntaban en lo que parece reflejo de una concepción del mundo que espera de lo religioso una eficacia fertilizante sobre la producción y la reproducción. Con todo, muchas de esas prácticas continuaban perfectamente integradas en las comunidades que pueden llamarse griegas, sin que necesariamente las identidades culturales hayan de relacionarse con las identidades lingüísticas y étnicas y, mucho menos, con las raciales.

 

Metales

 

El fenómeno de la llegada de los griegos, que puede situarse en una fecha amplia a principios del segundo milenio, aunque para algunos es necesario rebajarla hasta la segunda mitad del mismo, aparece como parte del proceso de cambio característico de una época cuyos rasgos más significativos hay que buscarlos más bien en los asentamientos estables y en la formación de determinadas estructuras de poder relacionadas con la difusión y el control del uso de los metales. También pierde adeptos la teoría de que la llegada de los griegos puede identificarse con la difusión de la cerámica minia, pues igualmente pierden crédito las explicaciones históricas que identifican mecánicamente las etnias con las huellas de la cultura material, en este caso identificada con una cerámica que imitaba los objetos metálicos, difundida desde el norte a través de Orcómeno, donde había reinado un Minias que le daba nombre, tal vez reflejo de la difusión del gusto por los metales como objeto de lujo entre sectores que no tenían acceso a su control. La tradición sitúa míticamente en este período las leyendas sobre las primeras dinastías de la Grecia heroica.

 

Cícladas, Chipre y Mediterráneo Oriental

 

Para las islas del Egeo, incluyendo, desde un punto de vista cultural y no geográfico, a Chipre, pero no a Creta, en el tercer milenio se detecta una amplia e intensa actividad donde se favorecen los intercambios. Ello también permitió el paso arqueológico rápido hacia lo que se define como perteneciente ya a un período de Bronce Medio, en que Chipre tiene el protagonismo. Las características culturales de la región resultan bien definidas en relación con los vecinos griegos y más vinculadas al oriente del Mediterráneo. Tampoco parece que pueda hablarse en las Cícladas de concentraciones de carácter social o económico que justifiquen la denominación de estructuras jerárquicas o estatales. En cualquier caso, así como las islas Cícladas comienzan a declinar a partir del Bronce Medio, tal vez afectadas por el desarrollo de potentes estados minoicos o heládicos, en Chipre el panorama cambia, en contacto con Levante y con la misma Creta, y con Egipto, hasta el punto de que el momento de mayor apogeo suele situarse hacia 1200 a.C., después de que allí aparezca la cerámica micénica que caracteriza el ultimo período, sin hacer perder preponderancia a los rasgos propios. Chipre se convirtió en un centro cultural privilegiado que conservó su personalidad y la potenció en múltiples contactos. En una cierta medida, el punto de máximo apogeo fue también el inicio de su decadencia, hacia 1200 a.C., dentro de la catástrofe que afectó a toda la zona oriental del Mediterráneo, incluidos los griegos, en un movimiento que desde el punto de vista historiográfico se identifica con los Pueblos del Mar, concepto que vale para incluir pueblos no bien identificados que, en algunos casos, coinciden simplemente con los que son conocidos, a través de otras fuentes, con otros nombres. El problema de las fuentes afecta también a Chipre. Al margen de la rica documentación arqueológica, las fuentes orientales usan un nombre, Alasiya, que, cada vez con menos dudas, los investigadores identifican con la isla y con una estructura política allí desarrollada que resultaría coherente con el tipo de hallazgos que la arqueología proporciona cada vez con más solidez. No se trata sólo de los restos indicativos de la permanencia de los establecimientos, sino también de la clara evidencia de que Chipre mantenía contactos con una amplia zona del Mediterráneo oriental, que justificaría la presencia prestigiosa de las autoridades de Alasiya en documentos del continente asiático. En Ugarit, entre los egipcios y entre los hititas, una especia de rey de Alasiya recibe la consideración propia de quien posee un fuerte poder. De otro lado, también importa considerar la presencia de los griegos micénicos, que dejaron una huella, no indicativa de dominio, sino más bien de relaciones relativamente paritarias. Allí apareció igualmente una escritura similar al lineal A, producto de contactos mediterráneos complejos, en este caso concreto con Creta, pero la lengua que luego se descifró como chipriota revela similitudes con el arcadio, lengua del centro del Peloponeso, de rasgos arcaicos, que para algunos sería la mas parecida a la lengua micénica, la de los griegos de la península al final de la Edad del Bronce, antes de que se operaran las transformaciones de la Edad Oscura en el Peloponeso, las que acabaron con la imposición del dialecto dórico. Según algunas interpretaciones, el chipriota sería el lenguaje de los micénicos que acudieron allí antes de la crisis de 1200 a.C. Los contactos favorecieron, pues, el desarrollo y la decadencia de las estructuras sociales y políticas de la isla. Puede tal vez hablarse de una koiné mediterránea oriental en el tercer cuarto del segundo milenio, donde Chipre desempeñaría un papel aglutinador y potenciador entre estados tal vez más fuertes, pero cuya capacidad estaba también coartada por las rivalidades que llevaban a las constantes guerras como para permitir que una entidad relativamente marginal sirva de encuentro entre el Próximo Oriente, tanto africano como asiático, y las civilizaciones minoica y micénica.

 

Creta en el III y II Milenio

 

La isla de Creta se encuentra también en una situación privilegiada para entrar en contacto con los pueblos más desarrollados del tercer milenio, en las costas orientales del Mediterráneo. Las relaciones con Egipto, Chipre y Levante ponen las bases para un desarrollo cultural sobre la recepción de productos elaborados a cambio de exportaciones de madera para las construcciones del Egipto faraónico. En Creta se van configurando estructuras de poder en manos de quienes se muestran capaces de controlar los bienes ahora apreciados. El tercer milenio es, así, un período de transformaciones en que se introduce el uso de los metales controlados por grupos reducidos de la población que promueven el desarrollo desigual entre distintos puntos de la isla y dentro de las mismas comunidades. La zona más desarrollada en este período fue la de la costa oriental, además de algunos lugares del centro, en la costa norte, que pueden haber tenido desde entonces contactos con las Cícladas. Así, pudo influir también en la isla de Creta el apogeo del Bronce Antiguo en el Egeo a mediados del tercer milenio, hasta el punto de que, en algún momento, el desarrollo de la cerámica parece indicar una cierta homogeneización. A partir de un momento, en la costa sur, en que también aparecen signos de contacto con Libia, se puede hablar de una cultura minoica antigua difundida por la isla, aunque con rasgos heterogéneos. Las comunidades primitivas subsisten y dejan su rastro en los enterramientos, a pesar de que la introducción de la metalurgia introduce relaciones violentas entre las comunidades. Con el segundo milenio se notan de manera más aguda las consecuencias del cambio; por un lado, por la aparición de grandes conjuntos urbanos, de raíz agrícola, pues la agricultura experimenta los efectos de los cambios y los orienta hacia la nueva vida urbana. Por otro lado, el palacio como construcción y como institución aparece como reflejo de la capacidad acumulativa provocada por los cambios, vertida hacia una mayor capacidad para controlar las producciones básicas. La riqueza agrícola, el desarrollo de la metalurgia y los intercambios marítimos se convierten en los fundamentos para la creación de una cultura original altamente desarrollada, capaz de construcciones potentes y monumentales, destinadas no sólo a servir de utilidad, sino también a impresionar, como modo de representar el poder de quienes los hacen construir y los saben organizar. Paralelamente, parece desarrollarse la cultura espiritual, con una presencia religiosa cuya organización no parece ajena a la del poder político, en una figura que podría asimilarse a la de los reyes-sacerdotes del Próximo Oriente. Desde muy pronto, dentro del segundo milenio, se desarrolla también la escritura jeroglífica, que se continuarla en la lineal en los momentos de integración con los griegos de Micenas. También en el segundo milenio se revelan restos de intervenciones importantes en el exterior, gracias a los impulsos dados por contactos anteriormente llevados a cabo en posición subalterna. Ahora son los cretenses los que colonizan algunas de las islas Cícladas e, incluso, desde 1700 a.C., se detecta un asentamiento cretense en Citera, enfrente del extremo suroriental de la península del Peloponeso. En Melos hay un palacio minoico del Bronce Medio, en Egina restos de fortificación y en otras islas huellas de diverso orden. Da la sensación de que, en el segundo milenio, proliferaron entre las islas las acciones que pudieran calificarse de piráticas, consecuencia de los desequilibrios provocados por las nuevas formas de difusión de la riqueza, de modo que el legendario rey Minos se dedicó a limpiar el mar de bandidos, incluidos los carios, que poblaban entonces la isla de Delos, según Tucídides. El mismo autor habla de la talasocracia cretense, que llegaría a Atenas, para justificar la tradición según la cual los atenienses tenían que pagar un tributo humano, de jóvenes de uno y otro sexo en la edad de iniciarse en la integración colectiva, del que los libró el héroe Teseo, benefactor de la ciudad en lucha contra monstruos como el minotauro. Si en el minoico medio parece que la zona más avanzada fue en general la franja central de la isla, de norte a sur, a partir de 1600 a.C., en que se inicia el minoico reciente, el poder parece concentrado en un solo palacio, el de Cnosos. Aquí es donde el apogeo parece más definido y donde los rituales femeninos, relacionados con cultos zoomórficos vinculados al toro, representados en las figuras de Minos, Pasifae y Ariadna, se convierten en instrumentos de control ideológico, modos de utilización del mundo imaginario que, a pesar de haber surgido de los sectores más vinculados a la tierra y preocupados por la reproducción, quedan en manos, como todo control, del poder organizado, de tal modo que las mujeres de las clases poderosas y las diosas conservan en su nuevo papel una posición socialmente dominante. Tal era la situación cuando se produjo en Creta la irrupción de los griegos micénicos, que aprovecharon aspectos autóctonos como la escritura lineal A, que fue utilizada por el griego como lineal B, e introdujeron aspectos formales y culturales que trajeron desde el continente. Ahora Creta queda incorporada a la civilización micénica.