JULIO CÉSAR - LA GUERRA DE LAS GALIAS

LIBRO OCTAVO (Escrito por Aulo Hircio)

PRÓLOGO

Movido de tus instancias continuas, Balbo, pues te parece que mi porfiada resistencia no tanto se dirigía a excusar la dificultad, como la flojedad mía, he entrado en un empeño sumamente difícil. He compuesto un Comentario de los hechos de nuestro César en las Galias, no comparable a sus escritos antecedentes y posteriores; y he formado otro, bien que imperfecto, de los sucesos de Alejandría hasta el fin, no de la disensión civil, que éste hasta ahora no le vemos, sino de la vida de César. Los cuales ojalá sepan los que Los leyeren cuan contra mi voluntad he emprendido escribirlos, para que más fácilmente me absuelvan del crimen de necio y arrogante en haberme interpolado con los escritos de César. Porque es constante entre iodos, que no se halla obra de alguno escrita con todo el trabajo y esmero posible, que no quede obscurecida a la vista de la elegancia de estos comentarios, los cuales se han publicado para que los escritores tuviesen noticia de tales sucesos; y han merecido tanta estimación en la opinión de todos, que no parece dan facultad a los autores, sino se la quitan, para escribir sobre ellos una historia. Acerca de lo cual es mucho mayor la admiración mía que la de los demás. Porque los otros saben al cabo con cuánta elegancia y pureza están escritos; pero yo fui testigo de cuan pronta y fácilmente los concluyó. Tenía César, no sólo una suma facilidad y elegancia en el escribir, sino también una rara habilidad para explicar sus pensamientos. Además, no tuve yo la suerte de hallarme en la guerra de África, ni en la de Alejandría; de las cuales, aunque en mucha parte tuve noticia por conversaciones del mismo César, con todo, con diferente impresión oímos aquellos hechos que nos preocupan con la novedad, o la admiración, de aquella con que referimos los sucesos como testigos de vista. Mas cuando voy recogiendo todas las razones de excusarme de ser puesto en paralelo con César, caigo en este mismo delito de arrogancia de pensar, que a juicio de algunos pueda yo ser comparado con él. Adiós.

I. Sujeta toda la Galia, no habiendo interrumpido César el ejercicio de las armas en todo el verano antecedente, y deseando que descansasen las tropas de tantos trabajos en los cuarteles de invierno, tuvo noticia de que muchas naciones trataban de renovar la guerra a un mismo tiempo y conjurarse para este fin. De lo cual se decía que verosímilmente sería la causa el haber conocido los galos, que ni con la mayor multitud junta en un lugar se podía resistir a los romanos; pero si a un tiempo muchas provincias les declarasen diversas guerras, no tendría su ejército bastantes auxilios, ni tiempo ni gente para acudir a todas partes. Y así ninguna ciudad debía rehusar la suerte de la incomodidad si con esta lentitud podían las demás recobrar su libertad.

II. Para que no se confirmase la opinión de los galos, dejó César el mando de los cuarteles de invierno al cuestor M. Antonio, y marchó con la caballería el último día de diciembre de la ciudad de Autun a juntarse con la legión trece, que invernaba no lejos de los términos de Autun, y le añadió la undécima, que era la más inmediata. Dejó dos cohortes para resguardo del equipaje, y marchó con el resto del ejército a la fértilísima campaña de Berry, cuyos moradores, como tenían espaciosos términos y muchas ciudades, no podían ser contenidos con una sola legión de hacer prevenciones de guerra y conspiraciones con este intento.

III. Sucedió con la repentina llegada de César lo que era preciso a gente desprevenida y desparramada: que estando cultivando los campos sin temor alguno, fueron sorprendidos por la caballería antes que pudiesen refugiarse en las poblaciones. Porque aun aquella ordinaria señal de sobrevenir el enemigo, que acostumbra a hacerse entender por los incendios de los edificios, había sido prohibida con orden formal de César, para que no le faltase abundancia de pasto y trigo, si acaso pasaba más adelante, ni los enemigos se amedrentasen con los incendios. Atemorizados los de Berry con la presa de muchos millares de hombres, los que pudieron escapar de la primera entrada de los romanos se acogieron a las ciudades circunvecinas, o fiados en los privados hospedajes, o en la sociedad de los designios. Mas fue en vano; porque haciendo César marchas muy largas, acudió a todas partes, sin dar tiempo a ninguna ciudad de mirar antes por su salud y conservación ajena que por la suya propia; con cuya prontitud mantuvo en su fidelidad a los amigos, y con el terror obligó a los dudosos a las condiciones de la paz. Propuesta ésta, y viendo los de Berry que la clemencia de César les abría camino para volver a su amistad, y que las ciudades de su comarca habían sido admitidas sin otra pena que haberle dado rehenes, hicieron ellos lo mismo.

IV. César, a vista de la constancia con que los soldados habían tolerado tan grandes trabajos, siguiéndole con tan buen deseo en tiempo de hielos por caminos muy trabajosos, y con unos fríos intolerables, prometió regalarlos con doscientos sestercios a cada uno, y dos mil denarios a los centuriones con título de presa, y enviadas las legiones a sus cuarteles, se volvió a Autun a los cuarenta días que había salido. Estando aquí administrando justicia, llegaron comisionados de Berry a pedirle socorro contra los de Chartres, quejándose de que les habían declarado la guerra. Con cuya noticia, sin haber sosegado más que dieciocho días, mandó salir a las legiones decimocuarta y sexta, que invernaban sobre el Saona, de las cuales se dijo en el libro anterior que estaban destinadas aquí para facilitar las provisiones de víveres. Con estas legiones partió a castigar el atrevimiento de los chartreses.

V. Llegada a los enemigos la fama del ejército, y temiendo iguales daños que los otros, desamparando las poblaciones que habitaban, en que por necesidad habían levantado unas pequeñas chozas y cabañas para guarecerse del frío (porque recién conquistados habían perdido muchas de sus ciudades), dieron a huir por diversas partes. César, que no quería exponer sus tropas a los rigores de la estación que amenazaba entonces, puso su real sobre Orleáns, ciudad de Chartrain, y alojó parte de los soldados en las casas de los galos, parte en las chozas que hicieron de pronto con la paja recogida para cubrir las tiendas; pero a la caballería e infantería auxiliar despachó por todos aquellos parajes por donde se decía que habían escapado los enemigos, y no en vano, pues volvieron casi todos cargados de presa. Oprimidos los chartreses por el rigor del invierno y el miedo del peligro, echados de sus casas, sin atreverse a permanecer en un paraje mucho tiempo, ni poderse refugiar al amparo de las selvas por la crueldad del temporal, dispersos, y con la pérdida considerable de los suyos, se fueron repartiendo por las ciudades comarcanas.

VI. César, considerando el rigor de la estación, y teniendo por bastante deshacer estos cuerpos de tropas, para que no se originase algún nuevo principio de guerra; y conociendo cuanto alcanzaba con la razón, que no se podía mover empresa considerable para el verano, puso a C. Trebonio en el cuartel de Orleáns con las dos legiones que tenía consigo. Noticioso por frecuentes avisos de Reims que los del Bovesis, señalados entre todos los galos y belgas en la gloria militar, y las ciudades de su comarca prevenían ejército y se juntaban en sitio señalado, teniendo por caudillos a Correo, natural del Bovesis, y a Comió de Arras, para hacer una entrada con toda su gente en las tierras de Soisóns, de la jurisdicción de Reims; y juzgando que importaba no sólo a su reputación, sino a su propio interés que los aliados beneméritos de la república no recibiesen daño alguno, volvió a sacar de los cuarteles de invierno a la legión undécima, escribió a C. Fabio que se fuese acercando a Soisóns con las dos que tenía, y envió a pedir a Labieno una de las que estaban a su mando. De esta manera, cuando lo permitía la inmediación de los cuarteles y el presupuesto de la guerra, repartía el cargo de ella alternativamente a las legiones, sin descansar él en ningún tiempo.

VII. Juntas estas tropas, marchó la vuelta del Bovesis; y habiendo acampado en sus términos, destacó varias partidas de caballos a diversas partes, que hiciesen algunos prisioneros de quienes informarse de los designios de los enemigos. Hicieron éstos su deber, y volvieron diciendo que habían hallado muy poca gente en las poblaciones, y ésta no que hubiese quedado por causa del cultivo de los campos, pues se habían retirado con diligencia de toda la comarca, sino que eran enviados como espías, A quienes, preguntando César dónde estaba la multitud de los boveses o cuál era su designio, halló que todos los que podían tomar las armas habían formado un cuerpo, y con ellos los de Amiéns, de Maine, de Caux, de Rúan y Artois, y elegido para su real una eminencia rodeada de una laguna embarazosa; que habían retirado todo el equipaje a los montes más apartados; que eran muchos los capitanes de aquella empresa, pero que toda la multitud obedecía a Correo, por haber entendido que era el que más odio mostraba al Pueblo Romano; que pocos días antes había marchado Comió de este campo a traer tropas auxiliares de sus vecinos los germanos, cuya multitud era infinita; que tenían determinado les del Bovesis, por consentimiento de los cabos principales y con gran contente de la plebe, en caso de venir César, como se decía, con tres legiones, presentarle desde luego la batalla, para no verse después precisados a pelear con menos ventaja con todo el resto de su ejército; pero si traía mayores tropas, permanecer en el puesto que habían tomado, y con emboscadas estorbar a los romanos el forraje, escaso y disperso por la estación, y las provisiones de víveres.

VIII. Hechas estas averiguaciones, por convenir muchos en lo mismo, y viendo que las resoluciones que le proponían estaban llenas de prudencia y muy distantes de la temeridad de gentes bárbaras, pensó todos los medios posibles para que, menospreciando los enemigos el corto número de su gente, saliesen a campo raso. Tenía consigo las legiones séptima, octava y nona, las más veteranas y de singular valor; la undécima, de grandes esperanzas, compuesta de mozos escogidos, que llevando ya cumplidos ocho años de servicio, con todo no había llegado aún a igual reputación de valiente y veterana. Y así, convocada una junta, y expuestas en ella todas las noticias adquiridas, aseguró los ánimos de los soldados; y por si podía atraer a los enemigos a la batalla con el número de las tres legiones, ordenó el ejército en esta forma: Hizo marchar delante del equipaje a las legiones séptima, octava y nona, después todo el equipaje (que no era considerable, como suele en tales expediciones), al cual cerrase la legión undécima para no darles apariencia de mayor número que el que ellos habían pedido. Ordenado así el ejército, casi en forma de cuadro, llegó a la vista de los enemigos antes de lo que pensaban.

IX. Viendo ellos que se acercaban las tropas en ademán de pelear, aunque se le había dado a entender a Cesar su mucha confianza en sus designios, o por el peligro de la batalla, o por la llegada repentina, o por esperar nuestra resolución, ordenó sus haces delante de los reales sin apartarse de la eminencia. César, aunque había deseado venir a las manos, con todo, admirado de la multitud de los enemigos, acampó enfrente de ellos, dejando en medio un valle más profundo que de grande espacio. Mandó fortalecer sus reales con un muro de doce pies, y a proporción de esta altura fabricar un parapeto. Asimismo que se hiciesen dos fosos de quince pies de profundidad, tan anchos por arriba como por abajo; que se levantasen varias torres de tres altos, unidas con puentes y galerías, cuyos frentes se fortaleciesen con un parapeto de zarzos, para que fuese rechazado el enemigo por dos órdenes de defensores, uno que disparase sus flechas de más lejos, y con mayor atrevimiento desde las galerías, cuanto estaba más seguro en la altura, y el otro más cercano al enemigo en la trinchera se cubriese con los puentes, de sus flechas; y a todas las entradas hizo poner puertas y torres muy altas.

X. Dos eran las intenciones de esta fortificación: con tan grandes obras y la sospecha de temor esperaba aumentar la confianza de los bárbaros; y habiéndose de ir lejos por el forraje y víveres, se podrían defender los reales con menos gente. Entre tanto, adelantándose muchas veces algunos soldados de una y otra parte, se peleaba sobre una laguna que había en medio, la cual pasaban a veces nuestras partidas, o las de los galos y germanos, persiguiendo con más ardor a los enemigos, y a veces la pasaban ellos retando a los nuestros. Además, sucedía diariamente en los forrajes (como era preciso yéndose a buscar a los edificios raros y dispersos), que, desparramados los que le buscaban en parajes quebrados, eran cercados, cosa que aunque de poco daño para los nuestros, de caballerías y esclavos, con todo no dejaba de levantar los necios pensamientos de los bárbaros, y más habiendo venido Comió, de quien dijimos había ido por socorros a Germania, con una partida de caballos, que aunque no eran más que quinientos, bastaban para hincharlos con el socorro de los germanos.

XI. Viendo César que se mantenía el enemigo mucho tiempo en sus reales fortificados con una laguna, y en sitio ventajoso por naturaleza, y que no podía asaltarlos sin un choque peligroso, ni cercar el sitio con obras sin un ejército más numeroso, escribió a C. Trebonio que lo más pronto que pudiese llamase a sí la legión decimotercia, que invernaba en Berry al mando del lugarteniente T. Sextio, y viniese a largas marchas a incorporarse con él con tres legiones. Entre tanto, destacaba todos los días la caballería de Reims y Langres, y de las demás naciones, de que tenía un número considerable, de escolta a los forrajeadores para que contuviesen las correrías repentinas de los enemigos.

XII. Como esto se hiciese todos los días, y con la costumbre, como suele suceder, se fuese disminuyendo la diligencia, dispusieron los del Bovesis una emboscada con un trozo de infantería escogida, habiendo advertido de antemano dónde solían apostarse nuestros caballos; y enviaron allí mismo su caballería al día siguiente, para sacar primero a los nuestros al lugar de la emboscada y acometerlos después cogiéndolos en medio. Esta desgracia cayó sobre la caballería de Reims, a quien tocó aquel día resguardar a los forrajeadores. Porque advirtiendo de pronto la de los enemigos, y despreciándolos por verse superiores en número, los siguieron con demasiado ardor, y fueron cercados por la infantería emboscada. Con cuyo hecho perturbados, se retiraron más presto de lo acostumbrado en las batallas de a caballo con pérdida de su general Vertisco, sujeto muy principal de su Estado. El cual, pudiendo apenas manejar el caballo por su avanzada edad, con todo, según la costumbre de la nación, ni se había excusado de tomar el mando ni permitido que se pelease sin su presencia. Se hincharon y levantaron más los ánimos de los enemigos con la prosperidad de la batalla y la muerte de una persona tan principal como el general de la caballería de Reims; y los nuestros fueron avisados con aquel daño para apostarse examinando antes los parajes con más diligencia, y seguir con más moderación las retiradas de los enemigos.

XIII. Con todo no cesaban las diarias escaramuzas a vista de uno y otro campo en los vados y pasos de la laguna. En una de días los germanos que César había traído para pelear mezclados con nuestros caballos, habiendo pasado todos la laguna con gran tesón y muerto a algunos que les quisieron hacer frente, y persiguiendo con denuedo a todo el resto de la multitud, se amedrentaron de suerte, no sólo los oprimidos de cerca o heridos desde lejos, que huyeron vergonzosamente, sin dejar de correr, perdiendo siempre las alturas que ocupaban, unos hasta meterse dentro de sus reales y otros mucho más lejos movidos de su propia vergüenza. Con cuyo riesgo llegaron a cobrar tal miedo todas las tropas, que apenas se podía discernir si eran más insolentes en las cosas favorables y muy pequeñas, que pusilánimes en las adversas de alguna mayor consideración.

XIV. Pasados muchos días en los reales, y noticiosos los generales de los enemigos que se acercaban las legiones y el lugarteniente C. Trebonio, temiéndose un cerco semejante al de Alesia, despacharon una noche a los que por sus años, debilidad o falta de armas eran menos a propósito para la guerra, y enviaron con ellos el resto de los equipajes; cuyo perturbado y confuso escuadrón, mientras se dispuso a la marcha (pues aunque marchen estas gentes a la ligera, les sigue siempre una gran multitud de carros), sobreviniendo la luz del día, formaron algunas tropas al frente de los reales, no fuese que los romanos salieran en su seguimiento antes que se adelantase el equipaje. Pero ni César tenía por conveniente provocarlos, cuando se defendían desde un collado muy alto, ni tampoco dejar de acercar las legiones, hasta no poder retirarse los bárbaros de aquel puesto sin recibir algún daño. Y así, visto que la laguna embarazosa separaba un campo de otro, cuya dificultad podía estorbar la prontitud de seguirles el alcance, y que el collado, pegado al real enemigo a espaldas de la laguna, estaba también separado de los suyos por un mediano valle, echando puente sobre la laguna, pasó las legiones del otro lado, y tomó prontamente el llano de encima del collado, que con suave declive estaba fortalecido por los lados. Ordenadas aquí las legiones, subió a lo alto de la cuesta, y sentó su real en un paraje desde donde con máquinas podían herir las flechas al enemigo.