Movido
de tus instancias continuas, Balbo, pues te parece que mi
porfiada resistencia no tanto se dirigía a excusar
la dificultad, como la flojedad mía, he entrado en
un empeño sumamente difícil. He compuesto
un Comentario de los hechos de nuestro César en las
Galias, no comparable a sus escritos antecedentes y posteriores;
y he formado otro, bien que imperfecto, de los sucesos de
Alejandría hasta el fin, no de la disensión
civil, que éste hasta ahora no le vemos, sino de
la vida de César. Los cuales ojalá sepan los
que Los leyeren cuan contra mi voluntad he emprendido escribirlos,
para que más fácilmente me absuelvan del crimen
de necio y arrogante en haberme interpolado con los escritos
de César. Porque es constante entre iodos, que no
se halla obra de alguno escrita con todo el trabajo y esmero
posible, que no quede obscurecida a la vista de la elegancia
de estos comentarios, los cuales se han publicado para que
los escritores tuviesen noticia de tales sucesos; y han
merecido tanta estimación en la opinión de
todos, que no parece dan facultad a los autores, sino se
la quitan, para escribir sobre ellos una historia. Acerca
de lo cual es mucho mayor la admiración mía
que la de los demás. Porque los otros saben al cabo
con cuánta elegancia y pureza están escritos;
pero yo fui testigo de cuan pronta y fácilmente los
concluyó. Tenía César, no sólo
una suma facilidad y elegancia en el escribir, sino también
una rara habilidad para explicar sus pensamientos. Además,
no tuve yo la suerte de hallarme en la guerra de África,
ni en la de Alejandría; de las cuales, aunque en
mucha parte tuve noticia por conversaciones del mismo César,
con todo, con diferente impresión oímos aquellos
hechos que nos preocupan con la novedad, o la admiración,
de aquella con que referimos los sucesos como testigos de
vista. Mas cuando voy recogiendo todas las razones de excusarme
de ser puesto en paralelo con César, caigo en este
mismo delito de arrogancia de pensar, que a juicio de algunos
pueda yo ser comparado con él. Adiós.
I.
Sujeta toda la Galia, no habiendo interrumpido César
el ejercicio de las armas en todo el verano antecedente,
y deseando que descansasen las tropas de tantos trabajos
en los cuarteles de invierno, tuvo noticia de que muchas
naciones trataban de renovar la guerra a un mismo tiempo
y conjurarse para este fin. De lo cual se decía que
verosímilmente sería la causa el haber conocido
los galos, que ni con la mayor multitud junta en un lugar
se podía resistir a los romanos; pero si a un tiempo
muchas provincias les declarasen diversas guerras, no tendría
su ejército bastantes auxilios, ni tiempo ni gente
para acudir a todas partes. Y así ninguna ciudad
debía rehusar la suerte de la incomodidad si con
esta lentitud podían las demás recobrar su
libertad.
II.
Para que no se confirmase la opinión de los galos,
dejó César el mando de los cuarteles de invierno
al cuestor M. Antonio, y marchó con la caballería
el último día de diciembre de la ciudad de
Autun a juntarse con la legión trece, que invernaba
no lejos de los términos de Autun, y le añadió
la undécima, que era la más inmediata. Dejó
dos cohortes para resguardo del equipaje, y marchó
con el resto del ejército a la fértilísima
campaña de Berry, cuyos moradores, como tenían
espaciosos términos y muchas ciudades, no podían
ser contenidos con una sola legión de hacer prevenciones
de guerra y conspiraciones con este intento.
III.
Sucedió con la repentina llegada de César
lo que era preciso a gente desprevenida y desparramada:
que estando cultivando los campos sin temor alguno, fueron
sorprendidos por la caballería antes que pudiesen
refugiarse en las poblaciones. Porque aun aquella ordinaria
señal de sobrevenir el enemigo, que acostumbra a
hacerse entender por los incendios de los edificios, había
sido prohibida con orden formal de César, para que
no le faltase abundancia de pasto y trigo, si acaso pasaba
más adelante, ni los enemigos se amedrentasen con
los incendios. Atemorizados los de Berry con la presa de
muchos millares de hombres, los que pudieron escapar de
la primera entrada de los romanos se acogieron a las ciudades
circunvecinas, o fiados en los privados hospedajes, o en
la sociedad de los designios. Mas fue en vano; porque haciendo
César marchas muy largas, acudió a todas partes,
sin dar tiempo a ninguna ciudad de mirar antes por su salud
y conservación ajena que por la suya propia; con
cuya prontitud mantuvo en su fidelidad a los amigos, y con
el terror obligó a los dudosos a las condiciones
de la paz. Propuesta ésta, y viendo los de Berry
que la clemencia de César les abría camino
para volver a su amistad, y que las ciudades de su comarca
habían sido admitidas sin otra pena que haberle dado
rehenes, hicieron ellos lo mismo.
IV.
César, a vista de la constancia con que los soldados
habían tolerado tan grandes trabajos, siguiéndole
con tan buen deseo en tiempo de hielos por caminos muy trabajosos,
y con unos fríos intolerables, prometió regalarlos
con doscientos sestercios a cada uno, y dos mil denarios
a los centuriones con título de presa, y enviadas
las legiones a sus cuarteles, se volvió a Autun a
los cuarenta días que había salido. Estando
aquí administrando justicia, llegaron comisionados
de Berry a pedirle socorro contra los de Chartres, quejándose
de que les habían declarado la guerra. Con cuya noticia,
sin haber sosegado más que dieciocho días,
mandó salir a las legiones decimocuarta y sexta,
que invernaban sobre el Saona, de las cuales se dijo en
el libro anterior que estaban destinadas aquí para
facilitar las provisiones de víveres. Con estas legiones
partió a castigar el atrevimiento de los chartreses.
V.
Llegada a los enemigos la fama del ejército, y temiendo
iguales daños que los otros, desamparando las poblaciones
que habitaban, en que por necesidad habían levantado
unas pequeñas chozas y cabañas para guarecerse
del frío (porque recién conquistados habían
perdido muchas de sus ciudades), dieron a huir por diversas
partes. César, que no quería exponer sus tropas
a los rigores de la estación que amenazaba entonces,
puso su real sobre Orleáns, ciudad de Chartrain,
y alojó parte de los soldados en las casas de los
galos, parte en las chozas que hicieron de pronto con la
paja recogida para cubrir las tiendas; pero a la caballería
e infantería auxiliar despachó por todos aquellos
parajes por donde se decía que habían escapado
los enemigos, y no en vano, pues volvieron casi todos cargados
de presa. Oprimidos los chartreses por el rigor del invierno
y el miedo del peligro, echados de sus casas, sin atreverse
a permanecer en un paraje mucho tiempo, ni poderse refugiar
al amparo de las selvas por la crueldad del temporal, dispersos,
y con la pérdida considerable de los suyos, se fueron
repartiendo por las ciudades comarcanas.
VI.
César, considerando el rigor de la estación,
y teniendo por bastante deshacer estos cuerpos de tropas,
para que no se originase algún nuevo principio de
guerra; y conociendo cuanto alcanzaba con la razón,
que no se podía mover empresa considerable para el
verano, puso a C. Trebonio en el cuartel de Orleáns
con las dos legiones que tenía consigo. Noticioso
por frecuentes avisos de Reims que los del Bovesis, señalados
entre todos los galos y belgas en la gloria militar, y las
ciudades de su comarca prevenían ejército
y se juntaban en sitio señalado, teniendo por caudillos
a Correo, natural del Bovesis, y a Comió de Arras,
para hacer una entrada con toda su gente en las tierras
de Soisóns, de la jurisdicción de Reims; y
juzgando que importaba no sólo a su reputación,
sino a su propio interés que los aliados beneméritos
de la república no recibiesen daño alguno,
volvió a sacar de los cuarteles de invierno a la
legión undécima, escribió a C. Fabio
que se fuese acercando a Soisóns con las dos que
tenía, y envió a pedir a Labieno una de las
que estaban a su mando. De esta manera, cuando lo permitía
la inmediación de los cuarteles y el presupuesto
de la guerra, repartía el cargo de ella alternativamente
a las legiones, sin descansar él en ningún
tiempo.
VII.
Juntas estas tropas, marchó la vuelta del Bovesis;
y habiendo acampado en sus términos, destacó
varias partidas de caballos a diversas partes, que hiciesen
algunos prisioneros de quienes informarse de los designios
de los enemigos. Hicieron éstos su deber, y volvieron
diciendo que habían hallado muy poca gente en las
poblaciones, y ésta no que hubiese quedado por causa
del cultivo de los campos, pues se habían retirado
con diligencia de toda la comarca, sino que eran enviados
como espías, A quienes, preguntando César
dónde estaba la multitud de los boveses o cuál
era su designio, halló que todos los que podían
tomar las armas habían formado un cuerpo, y con ellos
los de Amiéns, de Maine, de Caux, de Rúan
y Artois, y elegido para su real una eminencia rodeada de
una laguna embarazosa; que habían retirado todo el
equipaje a los montes más apartados; que eran muchos
los capitanes de aquella empresa, pero que toda la multitud
obedecía a Correo, por haber entendido que era el
que más odio mostraba al Pueblo Romano; que pocos
días antes había marchado Comió de
este campo a traer tropas auxiliares de sus vecinos los
germanos, cuya multitud era infinita; que tenían
determinado les del Bovesis, por consentimiento de los cabos
principales y con gran contente de la plebe, en caso de
venir César, como se decía, con tres legiones,
presentarle desde luego la batalla, para no verse después
precisados a pelear con menos ventaja con todo el resto
de su ejército; pero si traía mayores tropas,
permanecer en el puesto que habían tomado, y con
emboscadas estorbar a los romanos el forraje, escaso y disperso
por la estación, y las provisiones de víveres.
VIII.
Hechas estas averiguaciones, por convenir muchos en lo mismo,
y viendo que las resoluciones que le proponían estaban
llenas de prudencia y muy distantes de la temeridad de gentes
bárbaras, pensó todos los medios posibles
para que, menospreciando los enemigos el corto número
de su gente, saliesen a campo raso. Tenía consigo
las legiones séptima, octava y nona, las más
veteranas y de singular valor; la undécima, de grandes
esperanzas, compuesta de mozos escogidos, que llevando ya
cumplidos ocho años de servicio, con todo no había
llegado aún a igual reputación de valiente
y veterana. Y así, convocada una junta, y expuestas
en ella todas las noticias adquiridas, aseguró los
ánimos de los soldados; y por si podía atraer
a los enemigos a la batalla con el número de las
tres legiones, ordenó el ejército en esta
forma: Hizo marchar delante del equipaje a las legiones
séptima, octava y nona, después todo el equipaje
(que no era considerable, como suele en tales expediciones),
al cual cerrase la legión undécima para no
darles apariencia de mayor número que el que ellos
habían pedido. Ordenado así el ejército,
casi en forma de cuadro, llegó a la vista de los
enemigos antes de lo que pensaban.
IX.
Viendo ellos que se acercaban las tropas en ademán
de pelear, aunque se le había dado a entender a Cesar
su mucha confianza en sus designios, o por el peligro de
la batalla, o por la llegada repentina, o por esperar nuestra
resolución, ordenó sus haces delante de los
reales sin apartarse de la eminencia. César, aunque
había deseado venir a las manos, con todo, admirado
de la multitud de los enemigos, acampó enfrente de
ellos, dejando en medio un valle más profundo que
de grande espacio. Mandó fortalecer sus reales con
un muro de doce pies, y a proporción de esta altura
fabricar un parapeto. Asimismo que se hiciesen dos fosos
de quince pies de profundidad, tan anchos por arriba como
por abajo; que se levantasen varias torres de tres altos,
unidas con puentes y galerías, cuyos frentes se fortaleciesen
con un parapeto de zarzos, para que fuese rechazado el enemigo
por dos órdenes de defensores, uno que disparase
sus flechas de más lejos, y con mayor atrevimiento
desde las galerías, cuanto estaba más seguro
en la altura, y el otro más cercano al enemigo en
la trinchera se cubriese con los puentes, de sus flechas;
y a todas las entradas hizo poner puertas y torres muy altas.
X.
Dos eran las intenciones de esta fortificación: con
tan grandes obras y la sospecha de temor esperaba aumentar
la confianza de los bárbaros; y habiéndose
de ir lejos por el forraje y víveres, se podrían
defender los reales con menos gente. Entre tanto, adelantándose
muchas veces algunos soldados de una y otra parte, se peleaba
sobre una laguna que había en medio, la cual pasaban
a veces nuestras partidas, o las de los galos y germanos,
persiguiendo con más ardor a los enemigos, y a veces
la pasaban ellos retando a los nuestros. Además,
sucedía diariamente en los forrajes (como era preciso
yéndose a buscar a los edificios raros y dispersos),
que, desparramados los que le buscaban en parajes quebrados,
eran cercados, cosa que aunque de poco daño para
los nuestros, de caballerías y esclavos, con todo
no dejaba de levantar los necios pensamientos de los bárbaros,
y más habiendo venido Comió, de quien dijimos
había ido por socorros a Germania, con una partida
de caballos, que aunque no eran más que quinientos,
bastaban para hincharlos con el socorro de los germanos.
XI.
Viendo César que se mantenía el enemigo mucho
tiempo en sus reales fortificados con una laguna, y en sitio
ventajoso por naturaleza, y que no podía asaltarlos
sin un choque peligroso, ni cercar el sitio con obras sin
un ejército más numeroso, escribió
a C. Trebonio que lo más pronto que pudiese llamase
a sí la legión decimotercia, que invernaba
en Berry al mando del lugarteniente T. Sextio, y viniese
a largas marchas a incorporarse con él con tres legiones.
Entre tanto, destacaba todos los días la caballería
de Reims y Langres, y de las demás naciones, de que
tenía un número considerable, de escolta a
los forrajeadores para que contuviesen las correrías
repentinas de los enemigos.
XII.
Como esto se hiciese todos los días, y con la costumbre,
como suele suceder, se fuese disminuyendo la diligencia,
dispusieron los del Bovesis una emboscada con un trozo de
infantería escogida, habiendo advertido de antemano
dónde solían apostarse nuestros caballos;
y enviaron allí mismo su caballería al día
siguiente, para sacar primero a los nuestros al lugar de
la emboscada y acometerlos después cogiéndolos
en medio. Esta desgracia cayó sobre la caballería
de Reims, a quien tocó aquel día resguardar
a los forrajeadores. Porque advirtiendo de pronto la de
los enemigos, y despreciándolos por verse superiores
en número, los siguieron con demasiado ardor, y fueron
cercados por la infantería emboscada. Con cuyo hecho
perturbados, se retiraron más presto de lo acostumbrado
en las batallas de a caballo con pérdida de su general
Vertisco, sujeto muy principal de su Estado. El cual, pudiendo
apenas manejar el caballo por su avanzada edad, con todo,
según la costumbre de la nación, ni se había
excusado de tomar el mando ni permitido que se pelease sin
su presencia. Se hincharon y levantaron más los ánimos
de los enemigos con la prosperidad de la batalla y la muerte
de una persona tan principal como el general de la caballería
de Reims; y los nuestros fueron avisados con aquel daño
para apostarse examinando antes los parajes con más
diligencia, y seguir con más moderación las
retiradas de los enemigos.
XIII.
Con todo no cesaban las diarias escaramuzas a vista de uno
y otro campo en los vados y pasos de la laguna. En una de
días los germanos que César había traído
para pelear mezclados con nuestros caballos, habiendo pasado
todos la laguna con gran tesón y muerto a algunos
que les quisieron hacer frente, y persiguiendo con denuedo
a todo el resto de la multitud, se amedrentaron de suerte,
no sólo los oprimidos de cerca o heridos desde lejos,
que huyeron vergonzosamente, sin dejar de correr, perdiendo
siempre las alturas que ocupaban, unos hasta meterse dentro
de sus reales y otros mucho más lejos movidos de
su propia vergüenza. Con cuyo riesgo llegaron a cobrar
tal miedo todas las tropas, que apenas se podía discernir
si eran más insolentes en las cosas favorables y
muy pequeñas, que pusilánimes en las adversas
de alguna mayor consideración.
XIV.
Pasados muchos días en los reales, y noticiosos los
generales de los enemigos que se acercaban las legiones
y el lugarteniente C. Trebonio, temiéndose un cerco
semejante al de Alesia, despacharon una noche a los que
por sus años, debilidad o falta de armas eran menos
a propósito para la guerra, y enviaron con ellos
el resto de los equipajes; cuyo perturbado y confuso escuadrón,
mientras se dispuso a la marcha (pues aunque marchen estas
gentes a la ligera, les sigue siempre una gran multitud
de carros), sobreviniendo la luz del día, formaron
algunas tropas al frente de los reales, no fuese que los
romanos salieran en su seguimiento antes que se adelantase
el equipaje. Pero ni César tenía por conveniente
provocarlos, cuando se defendían desde un collado
muy alto, ni tampoco dejar de acercar las legiones, hasta
no poder retirarse los bárbaros de aquel puesto sin
recibir algún daño. Y así, visto que
la laguna embarazosa separaba un campo de otro, cuya dificultad
podía estorbar la prontitud de seguirles el alcance,
y que el collado, pegado al real enemigo a espaldas de la
laguna, estaba también separado de los suyos por
un mediano valle, echando puente sobre la laguna, pasó
las legiones del otro lado, y tomó prontamente el
llano de encima del collado, que con suave declive estaba
fortalecido por los lados. Ordenadas aquí las legiones,
subió a lo alto de la cuesta, y sentó su real
en un paraje desde donde con máquinas podían
herir las flechas al enemigo.
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