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I.
Sosegada ya la Galia, César, conforme a su resolución,
parte para Italia a presidir las juntas. Aquí tiene
noticia de la muerte de Publio Clodio. Sabiendo asimismo
que por decreto del Senado todos los mozos de Italia eran
obligados a alistarse, dispone hacer levas en toda la provincia.
Espárcense luego estas nuevas por la Galia Transalpina,
abultándolas, y poniendo de su casa los galos lo
que parecía consiguiente: «que detenido César
por las turbulencias de Roma, no podía durante las
diferencias venir al ejército». Con esta ocasión,
los que ya de antemano estaban desabridos por el imperio
del Pueblo Romano, empiezan con mayor libertad y descaro
a tratar de guerra. Citándose los grandes a consejo
en los montes y lugares retirados, quéjanse de la
muerte de Acón; y reflexionando que otro tanto puede
sucederles a ellos mismos, laméntanse de la común
desventura de la Galia. No hay premios ni galardones que
no prometan al que primero levante bandera y arriesgue su
vida por la libertad de la patria. Ante todas cosas, dicen:
«Mientras la conspiración está secreta,
se ha de procurar cerrar a César el paso al ejército;
esto es fácil, porque ni las legiones en ausencia
del general han de atreverse a salir de los cuarteles, ni
el general puede juntarse con las legiones sin escolta.
En conclusión, más vale morir en campaña,
que dejar de recobrar nuestra antigua militar gloria, y
la libertad heredada de los mayores. »
II.
Ponderadas estas cosas, salen a la empresa los chartreses
prometiendo exponerse a cualquier peligro por el bien común,
y dar principio a la guerra; y por cuanto era posible en
el día recibir y darse rehenes, por no propalar el
secreto, piden pleito homenaje sobre las banderas (ceremonia
para ellos la más sacrosanta) que no serán
desamparados de los demás, una vez comenzada la guerra.
Con efecto, entre los aplausos de los chartreses, prestando
juramento todos los circunstantes y señalado el día
del rompimiento, se despide la junta.
III.
Llegado el plazo, los de Chartres, acaudillados de Cotuato
y Conetoduno, dos hombres desaforados, hecha la señal,
van corriendoa Genabo, y matan a los ciudadanos romanos
que allí residían por causa del comercio,
y entre ellos el noble caballero Cayo Fusio Cota, que por
mandato de César cuidaba de las provisiones, y roban
sus haciendas. Al instante corre la voz por todos los Estados
de la Galia, porque siempre que sucede alguna cosa ruidosa
y muy notable la pregonan por los campos y caminos. Los
primeros que oyen pasan a otros la noticia, y éstos
de mano en mano la van comunicando a los inmediatos, como
entonces acaeció; que lo ejecutado en Genabo al rayar
el Sol, antes de tres horas de noche se supo en la frontera
de los alvernos a distancia de ciento setenta millas.
IV.
De la misma suerte aquí Vercingetórige (joven
muy poderoso, cuyo padre fue Celtilo el mayor príncipe
de toda la Galia, y al fin muerto por sus nacionales por
querer hacerse rey), convocando sus apasionados, los amotinó
fácilmente. Mas sabido su intento, ármanse
contra él, y es echado de Gergovia
por Gobanición su tío y los demás
señores que desaprobaban este atentado. No se acobarda
por eso, antes corre los campos enganchando a los desvalidos
y facinerosos. Junta esta gavilla, induce a su partido a
cuantos encuentra de los ciudadanos. Exhórtalos a
tomar las armas en defensa de la libertad; con que abanderizada
mucha gente, echa de la ciudad a sus contrarios, que poco
antes le habían a él echado de ella. Proclámase
rey de los suyos; despacha embajadas a todas partes conjurando
a todos a ser leales. En breve hace su bando a los de Sens,
de París, el Poitú, Cuera, Turena, a los aulercos
limosines, a los de Anjou y demás habitantes de las
costas del Océano. Todos a una voz le nombran generalísimo.
Valiéndose de esta potestad absoluta, exige rehenes
de todas estas naciones, y manda que le acudan luego con
cierto número de soldados. A cada una de las provincias
determina la cantidad de armas y el tiempo preciso de fabricarlas.
Sobre todo cuida de proveerse de caballos. Junta en su gobierno
un sumo celo con una severidad suma. A fuerza de castigos
se hace obedecer de los que andaban perplejos. Por delitos
graves son condenados al fuego y a todo género de
tormentos; por faltas ligeras, cortadas las orejas o sacado
un ojo, los remite a sus casas para poner escarmiento y
temor a los demás con el rigor del castigo.
V.
Con el miedo de semejantes suplicios, formado en breve un
grueso ejército, destaca con parte de él a
Lucterio de Cuerci, hombre sumamente arrojado, al país
de Ruerga, y él marcha al de Berri. Los bierrienses,
sabiendo su venida, envían a pedir socorro a los
eduos, sus protectores, para poder más fácilmente
resistir al enemigo. Los eduos, de acuerdo con los legados,
a quienes César tenía encomendado el ejército,
les envían de socorro algunos regimientos de a pie
y de a caballo; los cuales ya que llegaron al río
Loire, que divide a los berrienses de los eduos, detenidos
a la orilla algunos días sin atreverse a pasarlo,
dan a casa la vuelta, y por excusa a nuestros legados el
temor que tuvieron de la traición de los berrienses,
que supieron estar conjurados con los alvernos para cogerlos
en medio caso que pasasen el río. Si lo hicieron
por el motivo que alegaron a los legados, y no por su propia
deslealtad, no me parece asegurarlo, porque de cierto no
me consta. Los berrienses, al punto que se retiraron los
eduos, se unieron con los alvernos.
VI.
César, informado en Italia de estas novedades, viendo
que las cosas de Roma por la buena maña de Cneo Pompeyo
habían tomado mejor semblante, se puso en camino
para la Galia Transalpina. Llegado allá, se vio muy
embarazado para disponer el modo de hacer su viaje al ejército.
Porque si mandaba venir las legiones a la Provenza, consideraba
que se tendrían que abrir el camino espada en mano
en su ausencia; si él iba solo al ejército,
veía no ser cordura el fiar su vida a los que de
presente parecían estar en paz.
VII.
Entre tanto Lucterio el de Cuerci, enviado a los rodenses,
los trae al partido de los alvernos. De aquí, pasando
a los nitióbriges y gábalos(de
Agen y Gevandan),
de ambas naciones saca rehenes; y reforzadas sus tropas,
se dispone a romper por la Provenza del lado de Narbona,
de cuyo designio avisado César, juzgó ser
lo más acertado de todo el ir derecho a Narbona.
Entrado en ella, los serena; pone guarniciones en los rodenses
pertenecientes a la Provenza en los volcas arecómicos,
en los tolosanos, y en los contornos de Narbona, vecinos
al enemigo. Parte de las milicias provinciales y las reclutas
venidas de Italia manda pasar a los helvios, confinantes
con los alvernos.
VIII.
Dadas estas disposiciones, reprimido ya y vuelto atrás
Lucterio por considerar arriesgada la irrupción de
los presidios, César dirige su marcha a los helvios.
Y no obstante que la montaña Cebena, que separa los
alvernos de los helvios, cubierta de altísima nieve
por ser entonces lo más riguroso del invierno, le
atajaba el paso, sin embargo, abriéndose camino por
seis pies de nieve con grandísima fatiga de los soldados,
penetra en los confines de los alvernos. Cogidos éstos
de sorpresa, porque se creían defendidos del monte
como de un muro impenetrable, y en estancia tal que ni aun
para un hombre solo jamás hubiera senda descubierta,
da orden a la caballería de correr aquellos campos
a rienda suelta, llenando de terror a los enemigos. Vuela
la fama de esta novedad por repetidos correos hasta Vercingetórige,
y todos los alvernios lo rodean espantados y suplican: «mire
por sus cosas; que no permita sean destrozados de los enemigos
viendo convertida contra sí toda la guerra».
Rendido en fin a sus amonestaciones, levanta el campo de
Berri encaminándose a los alvernios.
IX.
Pero César, a dos días de estancia en estos
lugares, como quien tenía previsto lo que había
de hacer Vercingetórige con motivo de reclutar nuevas
tropas y caballos, se ausenta del ejército, y entrega
el mando al joven Bruto, con encargo de emplear la caballería
en correrías por todo el país; que él
haría lo posible para volver dentro de tres días.
Ordenadas así las cosas, corriendo a todo correr,
entra en Viena cuando menos le aguardaban los suyos. Encontrándose
aquí con la nueva caballería dirigida mucho
antes a esta ciudad, sin parar día y noche por los
confines de los eduos, marcha a los de langres donde invernaban
las legiones, para prevenir con la presteza cualquiera trama,
si también los eduos por amor de su libertad intentasen
urdirla. Llegado allá, despacha sus órdenes
a las demás legiones, y las junta todas en un sitio
antes que los alvernos
pudiesen tener noticia de su llegada. Luego que la entendió
Vercingetórige, vuelve de contramarcha con su ejército
a Berri; de donde pasó a sitiar a Gergovia, población
de los hoyos, que se la concedió César con
dependencia de los eduos, cuando los venció en la
guerra helvética.
X.
Este sitio daba mucho que pensar a César, porque
si mantenía en cuarteles las legiones el tiempo que
faltaba del invierno, temía no se rebelase la Galia
toda por la rendición de los tributarios de los eduos,
visto que los amigos no hallaban en él ningún
amparo; si las sacaba de los cuarteles antes de sazón,
exponíase a carecer de víveres por lo penoso
de su conducción. En todo caso le pareció
menos mal sufrir antes todas las incomodidades, que con
permitir tan grande afrenta enajenar las voluntades de todos
sus aliados. En conformidad de esto, exhortando a los eduos
a cuidar del acarreo de vituallas, anticipa a los boyos
aviso de su venida alentándolos a mantenerse fieles
y resistir vigorosamente al asalto de los enemigos. Dejadas,
pues, en Agendico(Sens)
dos legiones en los equipajes de todo el ejército,
toma el camino de los boyos.
XI.
Al día siguiente llegado a Velaunoduno, castillo
de los senones, determinó sitiarlo, por no dejar
a las espaldas enemigo que impídese las remesas de
bastimentos. A los dos días le tenía circunvalado;
al tercero, saliendo de la plaza comisarios a tratar de
la entrega, les mandó rendir las armas, sacar fuera
las cabalgaduras y dar seiscientos rehenes. Encomienda la
ejecución de esto a Cayo Trebonio su legado; él,
por no perder un punto de tiempo, mueve contra Genabo, ciudad
de los chartreses; los cuales acabando entonces de oír
el cerco de Velaunoduno, y creyendo que iría muy
despacio, andaban haciendo gente para meterla de guarnición
en Genabo, adonde llegó César en dos días,
y plantando enfrente sus reales, por ser ya tarde, difiere
para el otro día el ataque, haciendo que los soldados
preparen lo necesario; y por cuanto el puente del río
Loire estaba contiguo al muro, recelándose que a
favor de la noche no huyesen los sitiados, ordena que dos
legiones velen sobre las armas. Los genabeses, hacia la
medianoche, saliendo de la ciudad con silencio, empezaron
a pasar el río; de lo cual avisado César por
las escuchas, quemadas las puertas, mete dentro las legiones,
que por orden suya estaban alerta, y se apodera del castillo,
quedando muy pocos de los enemigos que no fuesen presos,
porque la estrechura del puente y de las sendas embarazaba
a tanta gente la huida. Saquea la ciudad y la quema; da
los despojos a los soldados, pasa con ellos el Loire y entra
en el país de Berri.
XII.
Cuando Vercingetórige supo la venida de César,
levanta el cerco y le sale al encuentro. César había
pensado asaltar a Neuvy, fortaleza de los berrienses, situada
en el camino. Pero vinieron a ella diputados a suplicarle
«les hiciese merced del perdón y de la vida»;
por acabar lo que restaba con la presteza que tanto le había
valido en todas sus empresas, les manda entregar las armas,
presentar los caballos, dar rehenes. Entregada ya de éstos
una parte, y estándose entendiendo en lo demás,
y los centuriones con algunos soldados dentro para el reconocimiento
de las armas y bestias, se dejó ver a lo lejos la
caballería enemiga que venía delante del ejército
de Vercingetórige. Al punto que la divisaron los
sitiados, con la esperanza del socorro alzan el grito, toman
las armas, cierran las puertas, y cubren a porfía
la muralla. Los centuriones que estaban dentro, conociendo
por la bulla de los galos que maquinaban alguna novedad,
desenvainadas las espadas tomaron las puertas, y se pusieron
en salvo con todos los suyos.
XIII.
César destaca su caballería, que se traba
con la enemiga; yendo ya los suyos de vencida, los refuerza
con cuatrocientos caballos germanos, que desde el principio
solía tener consigo. Los galos no pudieron aguantar
su furia, y puestos en huida, con pérdida de muchos
se retiraron al ejército. Ahuyentados éstos,
atemorizados de nuevo los sitiados, condujeron presos a
César a los que creían haber alborotado la
plebe, y se rindieron. Acabadas estas cosas, púsose
César en marcha contra la ciudad de Avarico, la más
populosa y bien fortificada en el distrito de Berri, y de
muy fértil campiña, con la confianza de que,
conquistada ésta, fácilmente se haría
dueño de todo aquel Estado.
XIV.
Vercingetórige, escarmentado con tantos continuados
golpes recibidos en Velaunoduno, Genabo, Neuvy, llama los
suyos a consejo; propóneles «ser preciso mudar
totalmente de plan de operaciones; que se deben poner todas
las miras en quitar a los romanos forrajes y bastimentos.
Ser esto fácil por la copia de caballos que tienen
y por la estación, en que no está para segarse
la hierba; que forzosamente habían de esparcirse
por los cortijos en busca de forraje, y todos estos diariamente
podían ser degollados por la caballería. Añade
que por conservar la vida debían menospreciarse las
haciendas y comodidades, resolviéndose a quemar las
aldeas y caserías que hay a la redonda de Boya hasta
donde parezca poder extenderse los enemigos a forrajear;
que por lo que a ellos toca, todo les sobraba, pues serían
abastecidos de los paisanos en cuyo territorio se hacía
la guerra. Los romanos o no podrían tolerar la carestía,
o con gran riesgo se alejarían de sus tiendas; que
lo mismo era matarlos que privarles del bagaje, sin el cual
no se puede hacer la guerra; que asimismo convenía
quemar los lugares que no estuviesen seguros de toda invasión
por naturaleza o arte, porque no sirviesen de guarida a
los suyos para substraerse de la milicia, ni a los romanos
surtiesen de provisiones y despojos. Si esto les parece
duro y doloroso, mucho más debía parecerles
el cautiverio de sus hijos y mujeres, y su propia muerte,
consecuencias necesarias del mal suceso en las guerras».
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