|
I. Recelándose
César por varios indicios de mayor revolución
en la Galia, trata de reclutar nuevas tropas por medio de
sus legados Marco Silano, Cayo Antistio Regino y Tito Sertio;
pide asimismo al procónsul Cneo Pompeyo, pues que por
negocios de la república se hallaba mandando cerca
de Roma, ordenase a los soldados que en la Galia Cicalpina
había alistado siendo cónsul, acudiesen a sus
banderas y viniesen a juntarse con él; juzgando importar
mucho, aun para en adelante, que la Galia entendiese ser tanto
el poder de Italia, que si alguna pérdida padecía
en la guerra, no sólo era capaz de resarcirla presto,
sino también de sobreponerse a ella. En efecto, satisfaciendo
Pompeyo a la petición de César como celoso del
bien público y buen amigo, llenando su comisión
prontamente los legados, completas tres legiones y conducidas
antes de acabarse el invierno, doblado el número de
las cohortes que perecieron con Titurio, hizo ver no menos
por la presteza que por los refuerzos hasta dónde llegaban
los fondos de la disciplina y potencia del Pueblo Romano.
II.
Muerto Induciomaro, como se ha dicho, los trevirenses dan
el mando a sus parientes. Éstos no pierden ocasión
de solicitar a los germanos y ofrecer dineros.1No pudiendo
persuadir a los vecinos, van tierra adentro; ganados algunos,
hacen que los pueblos presten juramento, y para seguridad
de la paga les dan fiadores, haciendo liga con Ambiórige.
Sabido esto, César, viendo por todas partes aparatos
de guerra; a los nervios, aduáticos y menapios juntamente
con todos los germanos de esta parte del Rin, armados; no
venir los de Sens al emplazamiento, sino coligarse con los
chartreses y rayanos, y a los germanos instigados con repetidos
mensajes de los trevirenses, determinó salir cuanto
antes a campaña. En consecuencia, sin esperar al fin
del invierno, al frente de cuatro legiones las más
inmediatas, entra por tierras de los nervios, y antes que
pudiesen o apercibirse o escapar, habiendo tomado gran cantidad
de ganados y personas, y repartido entre los soldados, gastados
sus campos, los obligó a entregarse y darle rehenes.
Concluido con brevedad este negocio, remitió las legiones
a sus cuarteles de invierno.
III.
En la primavera llamando a Cortes de la Galia, según
lo tenía pensado, y asistiendo todos menos los de Sens,
de Chartres y Tréveris, persuadido de que tal proceder
era lo mismo que rebelarse y declarar la guerra, para mostrar
que todo lo posponía a esto, trasladó las Cortes
a París. Su distrito confinaba con el de Sens, y en
tiempos pasados estaban unidos los dos, pero se creía
que no había tenido parte en esta conjuración.
Intimidada la traslación desde el solio, en el mismo
día se puso en camino para Sens acompañado de
las legiones, y a grandes jornadas llegó allá.
IV.
Luego que Acón, autor de la conjura, supo su venida,
manda que todos se recojan a las fortalezas. Mientras se disponen,
antes de poderlo ejecutar, viene la noticia de la llegada
de los romanos; con que por fuerza mudan de parecer, envían
diputados a excusarse con César, y ponen por mediadores
a los eduos, sus antiguos protectores. César, a petición
de ellos, les perdona de buena gana, y admite sus disculpas,
atento que se debía emplear el verano en la guerra
inminente y no en pleitos. Multándolos en cien rehenes,
se los entrega a los eduos en custodia. También los
de Chartres envían allá embajadores y rehenes
valiéndose de la intercesión de los remenses
sus patronos, y reciben la misma respuesta de César,
que cierra las Cortes, mandando a las ciudades contribuir
con gente de a caballo.
V.
Sosegada esta parte de la Galia, todas sus miras y atenciones
se dirigen a la expedición contra los trevirenses y
Ambiórige. Da orden a Cavarino que le siga con la brigada
de Sens para evitar las pendencias que podrían originarse
o del enojo de éste, o del odio que se había
acarreado de sus ciudadanos. Arreglado esto, teniendo por
cierto que Ambiórige no se arriesgaría a una
batalla, andaba indagando cuáles eran sus ideas. Los
menapios, vecinos a los eburones, cercados de lagunas y bosques
eran los únicos que nunca trataron de paz con César.
No ignoraba tener con ellos Ambiórige derecho de hospedaje,
y haber también contraído amistad con los germanos
por medio le los trevirenses. Parecióle por tanto privarle
ante todas cosas de estos recursos, no fuese que o desesperado
se guareciese entre los menapios, o se viese obligado a unirse
con los germanos de la otra parte del Rin. Con este fin remite
a Labieno los bagajes de todo el ejército con la escolta
de dos legiones, y él con cinco a la ligera marcha
contra los menapios. Éstos, sin hacer gente alguna,
fiados en la fortaleza del sitio, se refugian entre los sotos
y lagos con todos sus haberes.
VI.
César, repartiendo sus tropas con el legado Cayo Fabio
y el cuestor Marco Craso, formados de pronto unos pontones,
acomete por tres partes, quema caserías y aldeas, y
coge gran porción de ganado y gente. Con cuya pérdida
forzados los menapios, le despachan embajadores pidiendo paz.
Él, recibidos rehenes en prendas, protesta que los
tratará como a enemigos si dan acogida en su país
a la persona de Ambiórige, o a sus legados. Ajustadas
estas cosas, deja en los menapios a Comió el de Artois
con su caballería para tenerlos a raya, y él
toma el camino de Tréveris.
VII.
En esto los trevirenses, con un grueso ejército de
infantes y caballos se disponían a atacar por sorpresa
a Labieno, que con una legión sola invernaba en su
comarca. Y ya estaban a dos jornadas no más de él,
cuando tienen noticia de las dos legiones enviadas por César.
Con eso, acampándose a quince millas de distancia,
determinan aguardar los socorros de Germania. Labieno, calado
el intento de los enemigos, esperando que el arrojo de ellos
le presentaría ocasión de pelear con ventaja,
dejadas cinco cohortes en guardia de los bagajes, él
con veinticinco y buen golpe de caballería marcha contra
el enemigo, y a una milla de distancia fortifica su campo.
Mediaba entre Labieno y el enemigo un río (el
Mosa) de difícil paso
y de riberas escarpadas. Ni él pensaba en atravesarlo,
ni creía tampoco que los enemigos lo pasasen. Creciendo
en éstos cada día la esperanza de pronto socorro,
dice Labieno en público, «que supuesto corren
voces de que los germanos están cerca, no quiere aventurar
su persona ni el ejército, y que al amanecer del día
siguiente alzará el campo». Al punto dan parte
de esto al enemigo; que como había tantos galos en
la caballería, algunos, llevados del afecto nacional,
favorecían su partido. Labieno, por la noche, llamando
a los tribunos y centuriones principales, les descubre lo
que pensaba hacer, y a fin de confirmar a los enemigos en
la sospecha de su miedo, manda mover las tropas con mayor
estruendo y batahola de lo que ordinariamente se usa entre
los romanos. Así hace que la marcha tenga apariencias
de huida. También de esto avisan sus espías
a los enemigos antes del alba, estando como estaban cercanos
a nuestras tiendas.
VIII.
No bien nuestra retaguardia había desfilado de las
trincheras, cuando los galos unos a otros se convidan a no
soltar la presa de las manos: ser por demás, estando
intimidados los romanos, esperar el socorro de los germanos,
y contra su decoro, no atreverse con tanta gente a batir un
puñado de hombres, y esos fugitivos y embarazados.
En resolución, atraviesan el río, y traban batalla
en lugar harto incómodo. Labieno, que lo había
adivinado, llevando adelante su estratagema, caminaba lentamente
hasta tenerlos a todos de esta parte del río. Entonces,
enviando algún trecho adelante los bagajes, y colocándolos
en un ribazo: «He aquí, dice, oh soldados, la
ocasión que tanto habéis deseado: tenéis
al enemigo empeñado en paraje donde no puede revolverse;
mostrad ahora bajo mis órdenes el esfuerzo de que habéis
dado ya tantas pruebas a nuestro jefe; haced cuenta que se
halla él aquí presente y os está mirando.»
Dicho esto, manda volver las armas contra el enemigo, y destacando
algunos caballos para resguardo del bagaje, con los demás
cubre los flancos. Los nuestros súbitamente, alzando
un grande alarido, disparan sus dardos contra los enemigos;
los cuales, cuando impensadamente vieron venir contra sí
a banderas desplegadas a los que suponían fugitivos,
ni aun sufrir pudieron su carga, y vueltas al primer choque
las espaldas, huyeron a los bosques cercanos; mas alcanzándolos
Labieno con su caballería, mató a muchos, prendió
a varios, y en pocos días recobró todo el país.
Porque los
germanos que venían de socorro, sabida la desgracia,
se volvieron a sus casas, yendo tras ellos los parientes de
Induciomaro, que como autores de la rebelión abandonaron
su patria, y cuyo señorío y gobierno recayó
en Cingetórige que, según va declarado, siempre
se mantuvo leal a los romanos.
IX.
César, llegado a Tréveris después de
la expedición de los menapios, determinó pasar
el Rin, por dos razones: la primera, porque los germanos habían
enviado socorros a los trevirenses; la segunda, porque Ambiórige
no hallase acogida en sus tierras. Con esta resolución
da orden de lanzar un puente poco más arriba del sitio
por donde la otra vez transportó el ejército.
Instruidos ya de la traza y modo los soldados, a pocos días,
por su gran esmero dieron concluida la obra. César,
puesta buena guarnición en el puente por la banda de
Tréveris para precaver toda sorpresa, pasa las demás
tropas y caballería. Los ubios, (de
Colonia) que antes le habían
dado rehenes y la obediencia, por sincerarse le despachan
embajadores protestando no haber concurrido al socorro de
los trevirenses, ni violado la fe; por tanto, le suplican
rendidamente no los maltrate, ni los envuelva en el odio común
de los germanos, castigando a los inocentes por los culpados;
que si quiere más rehenes, están prontos a darlos.
Averiguado el hecho, se certifica que los suevos fueron los
que prestaron los socorros; con que recibe a los ubios en
su gracia, y se informa de los caminos por donde se podía
entrar en la Suevia.
X.
En esto, a pocos días le avisan los ubios cómo
los suevos iban juntando todas sus tropas en un lugar, obligando
a las naciones sujetas a que acudiesen con sus gentes de a
pie y de a caballo. Conforme a estas noticias, hace provisión
de granos, y asienta sus reales en sitio ventajoso. Manda
a los ubios a recoger los ganados y todas sus haciendas de
los campos a poblado, esperando que los suevos, como gente
ruda y sin disciplina, forzados a la penuria de alimentos,
se resolverían a pelear, aun siendo desigual el partido.
Encarga que por medio de frecuentes espías averigüen
cuanto pasa en los suevos. Hacen ellos lo mandado, y después
de algunos días, vienen con la noticia de que los suevos,
desde que supieron de cierto la venida de los romanos, con
todas sus tropas y las auxiliares se habían retirado
tierra adentro a lo último de sus confines. Allí
se tiende una selva interminable llamada Bacene, que puesta
por naturaleza como por barrera entre los suevos y queruscos,
los defiende recíprocamente para que no se hagan mal
ni daño los unos a los otros. A la entrada de esta
selva tenían determinado los suevos aguardar a los
romanos.
XI.
Mas ya que la ocasión se ha ofrecido, no será
fuera de propósito describir las costumbres de la Galia
y la Germania, y la diferencia que hay entre ambas naciones.
En la Galia no sólo los Estados, partidos y distritos
están divididos en bandos, sino también cada
familia. De estos bandos son cabezas los que a juicio de los
otros se reputan por hombres de mayor autoridad, a cuyo arbitrio
y prudencia se confía la decisión de todos los
negocios y deliberaciones. Esto lo establecieron a mi ver
los antiguos con el fin de que ningún plebeyo faltase
apoyo contra los poderosos, pues quien es cabeza de partido
no permite que sus parciales sean oprimidos o calumniados;
si así no lo hace, pierde todo el crédito entre
los suyos. Esta misma práctica se observaba en el gobierno
de toda la Galia, cuyas provincias están todas divididas
en dos facciones.
XII.
Cuando César vino a la Galia, de la una eran jefes
los eduos, y los secuanos de la otra. Éstos, reconociéndose
inferiores porque de tiempo antiguo los eduos los sobrepujaban
en autoridad y en número de vasallos, se coligaron
con los germanos y Ariovisto, empeñándolos en
su partido a costa de grandes dádivas y promesas. Con
eso, ganadas varias victorias, y degollada toda la nobleza
de los eduos, vinieron a tal pujanza, que les quitaron gran
parte de los vasallos y los obligaron a dar en prendas los
hijos de los principales, y a jurar solemnemente que nunca
emprenderían cosa en perjuicio de los secuanos; y a
la sazón poseían una porción del territorio
confinante que ocuparon por fuerza con el principado de toda
la Galia. Ésta fue la causa que obligó a Diviciaco
a ir a Roma a pedir auxilio al Senado, si bien no le obtuvo.
Trocáronse con la venida de César las suertes,
restituyéronse a los eduos sus rehenes, recobrados
los antiguos vasallos, y adquiridos otros nuevos por el favor
de César, pues veían que los que se aliaban
con ellos mejoraban de condición y de gobierno, distinguidos
y privilegiados en todo los eduos, perdieron los secuanos
el principado. En su lugar sucedieron los remenses, que, como
privaban igualmente con César, lo que por enemistades
envejecidas no podían avenirse con los eduos, se hicieron
del bando de los remenses, los cuales procuraban protegerlos
con todo empeño. Así sostenían la nueva
dignidad a que de repente habían subido. La cosa, por
fin, estaba en términos que los eduos gozaban sin disputa
el primer lugar, el segundo los remenses.
XIII.
En toda la Galia dos son los estados de personas de que se
hace cuenta y estimación; puesto que los plebeyos son
mirados como esclavos, que por sí nada emprenden, ni
son jamás admitidos a consejo. Los más, en viéndose
adeudados, o apremiados del peso de los tributos o de la tiranía
de los poderosos, se dedican al servicio de los nobles, que
con ellos ejercitan los mismos derechos que los señores
con sus esclavos. De los dos estados uno es el de los druidas,
el otro el de los caballeros. Aquéllos atienden al
cultivo divino, ofrecen los sacrificios públicos y
privados, interpretan los misterios de la religión.
A su escuela concurre gran número de jóvenes
a instruirse, siendo grande el respeto que les tienen. Ellos
son los que sentencian casi todos los pleitos del común
y de los particulares; si algún delito se comete, si
sucede alguna muerte, si hay discusión sobre herencia,
o sobre linderos, ellos son los que deciden; ellos determinan
los premios y los castigos, y cualquiera persona, ora sea
privada, ora sea pública, que no se rinde a su sentencia,
es excomulgada, que para ellos es la pena más grave.
Los tales excomulgados se miran como impíos y facinerosos;
todos se esquivan de ellos rehuyendo su encuentro y conversación,
por no contaminarse; no se les hace justicia por más
que la pidan, ni se les fía cargo alguno honroso. A
todos los druidas preside uno con autoridad suprema. Muerto
éste, le sucede quien a los demás se aventaja
en prendas. En caso de haber muchos iguales, se hace la elección
por votos de los druidas, y aun tal vez de mano armada se
disputan la primacía. En cierta estación del
año, se congregan en el país de Chartres, tenido
por centro de toda la Galia, en un lugar sagrado. Aquí
concurren todos los que tienen pleitos, y están a sus
juicios y decisiones. Créese que la tal ciencia fue
inventada en Bretaña y trasladada de allí a
la Galia. Aun hoy día los que quieren saberla a fondo
van allá por lo común a estudiaría.
XIV.
Los druidas no suelen ir a la guerra, ni pagan tributos como
los demás; están exentos de la milicia y de
todas las cargas concejiles. Con el atractivo de tantos privilegios
son muchos los que se dedican a esta profesión; unos
por inclinación propia, otros por destino de sus padres
y parientes. Dícese que allí aprenden gran número
de versos, y pasan a menudo veinte años en este aprendizaje.
No tienen por lícito escribir lo que aprenden, no obstante
que casi en todo lo demás de negocios públicos
y particulares se sirven de caracteres griegos. Por dos causas,
según yo pienso, han establecido esta ley: porque ni
quieren divulgar su doctrina, ni tampoco que los estudiantes,
fiados en los escritos, descuiden en el ejercicio de la memoria,
lo que suele acontecer a muchos, que teniendo a mano los libros,
aflojan en el ejercicio de aprender y retener las cosas en
la memoria. Esméranse sobre todo en persuadir la inmortalidad
de las almas y su trasmigración de unos cuerpos en
otros, cuya creencia juzgan ser grandísimo incentivo
para el valor, poniendo aparte el temor de la muerte. Otras
muchas cosas disputan y enseñan a la juventud acerca
de los astros y su movimiento, de la grandeza del mundo y
de la tierra, de la naturaleza de las cosas, del poder y soberanía
de los dioses inmortales.
XV.
El segundo estado es el de los caballeros. Todos éstos
salen a campaña siempre que lo pide el caso u ocurre
alguna guerra (y antes de la venida de César ocurría
casi todos los años, ya fuese ofensiva, ya defensiva);
y cuanto uno es más noble y rico, tanto mayor acompañamiento
lleva de dependientes y criados, lo cual tiene por único
distintivo de su grandeza y poder.
XVI.
Toda la nación de los galos es supersticiosa en extremo;
y por esta causa los que padecen enfermedades graves, y se
hallan en batallas
y peligros, o sacrifican hombres, o hacen voto de sacrificarlos,
para cuyos sacrificios se valen del ministerio de los druidas,
persuadidos de que no se puede aplacar la ira de los dioses
inmortales en orden a la conservación de la vida de
un hombre si no se hace ofrenda de la vida de otro; y por
pública ley tienen ordenados sacrificios de esta misma
especie. Otros forman de mimbres entretejidos ídolos
colosales, cuyos huecos llenan de hombres vivos, y pegando
fuego a los mimbres, rodeados ellos de las llamas rinden el
alma. En su estimación los sacrificios de ladrones,
salteadores y otros delincuentes son los más gratos
a los dioses, si bien a falta de ésos no reparan en
sacrificar los inocentes.
XVII.
Su principal devoción es al dios Mercurio, de quien
tienen muchísimos simulacros. Celébranle por
inventor de todas las artes; por guía de los caminos
y viajes, y atribúyenle grandísima virtud para
las ganancias del dinero y para el comercio. Después
de éste son sus dioses Apolo, Marte, Júpiter
y Minerva, de los cuales sienten lo mismo que las demás
naciones: que Apolo cura las enfermedades, que Minerva es
maestra de las manufacturas y artefactos, que Júpiter
gobierna el cielo y Marte preside la guerra. A éste,
cuando entran en batalla, suelen ofrecer en voto los despojos
del enemigo. Los animales que sobran del pillaje son sacrificados;
lo demás de la presa amontonan en un lugar. Y en muchas
ciudades se ven rimeros de estas ofrendas en lugares sagrados.
Rara vez se halla quien se atreva, despreciando la religión,
a encubrir algo de lo que cogió, o a hurtar lo depositado,
que semejante delito se castiga con pena de muerte atrocísima.
XVIII.
Blasonan los galos de tener todos por padre a Plutón,
y ésta dicen ser la tradición de los druidas.
Por cuya causa hacen el cómputo de los tiempos no por
días, sino por noches, y así en sus cumpleaños,
en los principios de meses y años, siempre la noche
precede al día. En los demás estilos se diferencian
particularmente de otros hombres en que no permiten a sus
hijos el que se les presenten públicamente hasta haber
llegado a la edad competente para la milicia, y es desdoro
de un padre tener a su lado en público a su hijo todavía
niño.
XIX.
Los maridos, a la dote recibido de su mujer, añaden
otro tanto caudal de la hacienda propia, previa tasación.
Todo este caudal se administra por junto, y se depositan los
frutos; el que alcanza en días al otro queda en posesión
de todo el capital con los bienes gananciales del tiempo del
matrimonio. Los maridos son dueños absolutos de la
vida y muerte de sus mujeres, igualmente que de los hijos;
y en muriendo algún padre de familia del estado noble,
se juntan los parientes, y sobre su muerte, caso que haya
motivo de sospecha, ponen a la mujer a cuestión de
tormento como si fuese esclava. Si resulta culpada, le quitan
la vida con fuego y tormentos crudelísimos. Los entierros
de los galos son a su modo magníficos y suntuosos,
quemando con ellos todas las cosas que a su parecer amaban
más en vida, inclusos los animales, y no ha mucho tiempo
que solían, acabadas las exequias de los difuntos,
echar con ellos en la misma hoguera sus siervos y criados
más queridos.
XX.
Las repúblicas más acreditadas por su buen gobierno
tienen por ley inviolable que, cuando alguno entendiere de
los comarcanos algún rumor o voz pública tocante
al Estado, la declare al magistrado sin comunicarla con nadie,
porque la experiencia enseña que muchas veces las personas
inconsideradas y sencillas se asustan con falsos rumores,
dan en desafueros, y toman resolución en asuntos de
la mayor importancia. Los magistrados callan lo que les parece,
y lo que juzgan conveniente propónenlo al pueblo. Del
gobierno no se puede hablar sino en consistorio.
XXI.
Las costumbres de los germanos son muy diferentes. Pues ni
tienen druidas que hagan oficio de sacerdotes, ni se curan
de sacrificios. Sus dioses son solos aquellos que ven con
los ojos y cuya beneficencia experimentan sensiblemente, como
el sol, el fuego y la luna; de los demás ni aun noticia
tienen. Toda la vida gastan en caza y en ejercicios de la
milicia. Desde niños se acostumbran al trabajo y al
sufrimiento. Los que por más tiempo permanecen castos
se llevan la palma entre los suyos. Creen que así se
medra en estatura, fuerzas y bríos. El conocer mujer
antes de los veinte años es para ellos de grandísima
infamia, y es cosa que no se puede ocultar, porque se bañan
sin distinción de sexo en los ríos y se visten
de pellicos y zamarras, dejando desnuda gran parte del cuerpo.
XXII.
No se dedican a la agricultura, y la mayor parte de su vianda
se reduce a leche, queso y carne. Ninguno tiene posesión
ni heredad fija; sino que los alcaldes y regidores cada año
señalan a cada familia y parentela que hacen un cuerpo
tantas yugadas en tal término, según les parece,
y el año siguiente los obligan a mudarse a otro sitio.
Para esto alegan muchas razones: no sea que encariñados
al territorio, dejen la milicia por la labranza; que traten
de ampliar sus linderos, y los más poderosos echen
a los más débiles de su pertenencia; que fabriquen
casas demasiado cómodas para repararse contra los fríos
y calores; que se introduzca el apego al dinero, semillero
de rencillas y discordias; en fin, para que la gente menuda
esté contenta con su suerte, viéndose igualada
en bienes con la más granada.
XXIII.
Los pueblos ponen su gloria en estar rodeados de páramos
vastísimos, asolados todos los contornos. Juzgan ser
gran prueba de valor que los confinantes exterminados les
cedan el campo y que ninguno de fuera ose hacer asiento cerca
de ellos. Demás que con eso se dan por más seguros,
quitando el miedo de toda sorpresa. Cuando una nación
sale a la guerra, ya sea defensiva, ya ofensiva, nombran jefe
de ella con jurisdicción de horca y cuchillo. En tiempo
de paz no hay magistrado sobre toda la nación; sólo
en cada provincia
y partido los más sobresalientes administran a los
suyos justicia y deciden los pleitos. Los robos hechos en
territorio ajeno no se tienen por reprensibles, antes los
cohonestan con decir que sirven para ejercicio de la juventud
y destierro del ocio. Si es que alguno de los principales
se ofrece en el concejo a ser capitán, convidando a
los que quieran seguirle, se alzan en pie los que aprueban
la empresa y la persona, y prometen acompañarle. El
pueblo los vitorea, y los que no mantienen lo prometido, son
mirados como desertores y traidores, quedando para siempre
desacreditados. Nunca tienen por lícito el violar a
los forasteros: los que van a sus tierras por cualquier motivo,
gozan de salvoconducto y son respetados de todos, y no hay
para ellos puerta cerrada ni mesa que no sea franca.
XXIV.
En lo antiguo los galos eran más valientes que los
germanos; y les movían guerras, y por la multiplicación
de la gente y estrechez del país enviaban colonias
al otro lado del Rin. Así fue que los volcas
tectosages se apoderaron de los campos más fértiles
de Germania en los contornos de la selva Hercinia (la
Selva Negra) (de que veo haber
tenido noticia Eratóstenes y algunos griegos que la
llaman Orcinia) y fundaron allí pueblos, y hasta el
día de hoy habitan en ellos con gran fama de justicia
y gloria militar, hechos ya al rigor y pobreza de los germanos,
y a sus alimentos y traje. A los galos la cercanía
del mar y el comercio ultramarino surte de muchas cosas de
conveniencia y regalo; con que acostumbrados insensiblemente
a experimentar la superioridad de los contrarios, y a ser
vencidos en muchas batallas, al presente ni aun ellos mismos
se comparan en valor con los germanos.
XXV.
La selva Hercinia, de que arriba se hizo mención, tiene
de ancho nueve largas jornadas; sin que se pueda explicar
de otra suerte, pues no tienen medidas itinerarias. Comienza
en los confines de los helvecios, nemetes y rauracos; y por
las orillas del Danubio va en derechura hasta las fronteras
de los dacos y anartes (Dacia
y Transilvania). Desde allí
tuerce a mano izquierda por regiones apartadas del río,
y por ser tan extendida, entra en los términos de muchas
naciones. No hay hombre de la Germania conocida que asegure
haber llegado al principio de esta selva aun después
de haber andado sesenta días de camino, o que tenga
noticia de dónde nace. Sábese que cría
varias razas de fieras nunca vistas en otras partes. Las más
extrañas y notables son las que siguen.
XXVI.
En primer lugar, cierto buey parecido al ciervo (el
reno), de cuya frente entre las
dos orejas sale un cuerno más elevado y más
derecho que los conocidos. En su punta se esparcen muchos
ramos muy anchos a manera de palmas. La hembra tiene el mismo
tamaño, figura
y cornamenta del macho.
XXVII.
Otras fieras hay que se llaman alces, semejantes en la figura
y variedad de la piel a los corzos. Verdad es que son algo
mayores y carecen de cuerno, y por tener las piernas sin junturas
y artejos, ni se tienen para dormir, ni pueden levantarse
o valerse, si por algún azar caen en tierra. Los árboles
les sirven de albergue, arrímanse a ellos, y así
reclinadas un tanto, descansan. Observando los cazadores por
las huellas cuál suele ser la guarida, socavan en aquel
paraje el tronco, o asierran los árboles con tal arte
que a la vista parezcan enteros. Cuando vienen a reclinarse
en su apoyo acostumbrado, con el propio peso derriban los
árboles endebles, y caen juntamente con ellos.
XXVIII.
La tercera raza es de los que llaman uros, los cuales vienen
a ser algo menores que los elefantes; la catadura, el color,
la figura de toros, siendo grande su bravura y ligereza. Sea
hombre o bestia, en avistando el bulto, se tiran a él.
Mátanlos cogiéndolos en hoyos con trampas. Con
tal afán se curten los jóvenes, siendo este
género de caza su principal ejercicio; los que hubiesen
muerto más de éstos, presentando por prueba
los cuernos al público, reciben grandes aplausos. Pero
no es posible domesticarlos ni amansarlos, aunque los cacen
de chiquitos. La grandeza, figura y encaje de sus cuernos
se diferencia mucho de los de nuestros bueyes. Recogidos con
diligencia, los guarnecen de plata, y les sirven de copas
en los más espléndidos banquetes.
XXIX.
Después que supo César por relación de
los exploradores ubios cómo los suevos se habían
retirado a los bosques, temiendo la falta de trigo, porque
los germanos, como apuntamos arriba, no cuidan de labrar los
campos, resolvió no pasar adelante. Sin embargo, para
contener a los bárbaros con el miedo de su vuelta,
y embarazar el tránsito de sus tropas auxiliares, pasado
el ejército, derribó doscientos pies de la punta
del puente que terminaba en tierra de los ubios, y en la otra
levantó una torre de cuatro altos, y puso en ella para
guarnición y defensa del puente doce cohortes, quedando
bien pertrechado este puesto, y por su gobernador el joven
Cayo Volcacio Tulo. Él, cuando ya los panes iban madurando,
de partida para la guerra de Ambiórige, envía
delante a Lucio Minucio Basilo con toda la caballería
por la selva Ardena, la mayor de la Galia, que de las orillas
del Rin y fronteras de los trevirenses corre por más
de quinientas millas, alargándose hasta los nervios;
y por ver si con la celeridad de la marcha y coyuntura del
tiempo podía lograr algún buen lance le previene
no permita hacer lumbres en el campo a fin de que no se aparezca
de lejos señal de su venida, y añade que presto
le seguirá.
XXX.
Ejecutada por Basilo la orden, y hecho en diligencia y contra
toda expectación el viaje, sorprende a muchos en medio
de sus labores, y por las señas que le dieron éstos
va volando al paraje donde decían estar Ambiórige
con unos cuantos caballos. En todo vale mucho la fortuna,
y más en la guerra. Pues como fue gran ventura de Basilo
cogerle descuidado y desprevenido, y ser visto de aquellos
hombres antes que supiesen nada de su venida, así fue
no menor la de Ambiórige en poder escapar, después
de ser despojado de todo el tren de carrozas y caballos que
tenía consigo. Su dicha estuvo en que sus compañeros
y sirvientes detuvieron un rato el ímpetu de nuestra
caballería dentro del recinto de su palacio, el cual
estaba cercado de un soto, como suelen estarlo las casas de
los galos, que para defenderse de los calores del estío
buscan la frescura de florestas y ríos. Con esto, mientras
peleaban los demás, uno de sus criados le trajo un
caballo, y él huyendo se perdió de vista en
el bosque. Así la fortuna mostró su mucho poder
en meterle y sacarle del peligro.
XXXI.
Dúdase si Ambiórige dejó de juntar sus
tropas de propósito, por haber creído que no
serían necesarias, o si por falta de tiempo y nuestra
repentina llegada no pudo hacerlo, persuadido de que venía
detrás el resto del ejército. Lo cierto es que
despachó luego secretamente correos por todo el país,
avisando que se salvasen como pudiesen. Con eso unos se refugiaron
en la selva Ardena, otros entre las lagunas inmediatas, los
vecinos al Océano en los islotes que suelen formar
los esteros. Muchos, abandonada su patria, se pusieron con
todas sus cosas en manos de las gentes más extrañas.
Cativulco, rey de la mitad del país de los eburones,
cómplice de Ambiórige, agobiado de la vejez,
no pudiendo aguantar las fatigas de la guerra ni de la fuga,
abominando de Ambiórige, autor de laconjura, se atosigó
con zumo de tejo, de que hay grande abundancia en la Galia
y en la Germania.
XXXII.
Los senos y condrusos (de Condroz
y el ducado de Limburgo), descendientes
de los germanos, situados entre los eburones y trevirenses,
enviaron legados a César, suplicándole «que
no los contase entre los enemigos, ni creyese ser igualmente
reos todos los germanos, habitantes de esta parte del Rin;
que ni se habían mezclado en esta guerra, ni favorecido
el partido de Ambiórige». César, averiguada
la verdad examinando a los prisioneros, les ordenó
que si se acogiesen a ellos algunos eburones fugitivos se
los entregasen. Con esta condición les dio palabra
de no molestarlos. Luego, distribuyendo el ejército
en tres trozos, hizo conducir los equipajes de todas las legiones
a un castillo que tiene por nombre Atuatica, situado casi
en medio de los eburones, donde Titurio y Arunculeyo estuvieron
de invernada. Prefirió César este sitio, así
por las demás conveniencias, como por estar aún
en pie las fortificaciones del año antecedente, con
que ahorraba el trabajo a los soldados. Para escolta del bagaje
dejó la legión decimocuarta, una de las tres
alistadas últimamente y traídas de Italia, y
po comandante a Quinto Tulio Cicerón con doscientos
caballos a sus órdenes.
XXXIII.
En la repartición del ejército da orden a Tito
Labieno de marchar con tres legiones hacia las costas del
Océano confinantes con los menapios. Envía con
otras tantas a Cayo Trebonio a talar la región adyacente
de los aduáticos (los
de Namur);él, con las
tres restantes, determina ir en busca de Ambiórige,
que, según le decían, se había retirado
hacia el Sambre con algunos caballos, donde se junta este
río con el Mosa al remate de la selva Ardena. Al partir
promete volver dentro de siete días, en que se cumplía
el plazo de la paga del trigo que sabía deberse a la
legión que quedaba en el presidio. Encarga a Labieno
y Trebonio que, si buenamente pueden, vuelvan para el mismo
día con ánimo de comenzar otra vez con nuevos
bríos la guerra, conferenciando entre sí primero,
y averiguando las intenciones del enemigo.
XXXIV.
Éste, como arriba declaramos, ni andaba unido en tropas,
ni estaba fortificado en plaza ni lugar de defensa, sino que
por todas partes tenía derramadas las gentes. Cada
cual se guarecía donde hallaba esperanza de asilo a
la vida, o en la hondonada de un valle, o en la espesura de
un monte, o entre lagunas impracticables. Estos parajes eran
conocidos sólo de los naturales, y era menester gran
cautela, no para resguardar el grueso del ejército
(que ningún peligro podía temerse de hombres
despavoridos y dispersos), sino por respeto a la seguridad
de cada soldado, de que pendía en parte la conservación
de todo el ejército; siendo así que por la codicia
del pillaje muchos se alejaban demasiado, y la variedad de
los senderos desconocidos les impedía el marchar juntos.
Si quería de una vez extirpar esta canalla de hombres
forajidos, era preciso destacar varias partidas de tropa desmembrando
el ejército; si mantener las cohortes formadas según
la disciplina militar de los romanos, la situación
misma sería la mejor defensa para los bárbaros,
no faltándoles osadía para armar emboscadas
y cargar a los nuestros en viéndolos separados. Como
quiera, en tales apuros se tomaban todas las providencias
posibles, mirando siempre más a precaver el daño
propio que a insistir mucho en el ajeno, aunque todos ardían
en deseos de venganza. César despacha correos a las
ciudades comarcanas convidándolas con el cebo del botín
al saqueo de los eburones, queriendo más exponer la
vida de los galos en aquellos jarales que la de sus soldados,
y tirando también a que ojeándolos el gran gentío,
no quedase rastro ni memoria de tal casta en pena de su alevosía.
Mucha fue la gente que luego acudió de todas partes
a este ojeo.
XXXV.
Tal era el estado de las cosas en los eburones en vísperas
del día séptimo, plazo de la vuelta prometida
de César a la legión que guardaba el bagaje.
En esta ocasión se pudo echar de ver cuánta
fuerza tiene la fortuna en los varios accidentes de la guerra.
Deshechos y
atemorizados los enemigos, no quedaba ni una partida que ocasionase
el más leve recelo. Vuela entre tanto la fama del saqueo
de los eburones a los germanos del otro lado del Rin, y como
todos, eran convidados a la presa. Los sicambros vecinos al
Rin, que recogieron, según queda dicho, a los tencteros
y usipetes fugitivos, juntan dos mil caballos, y pasando el
río en barcas y balsas treinta millas más abajo
del sitio donde estaba el puente cortado y la guarnición
puesta por César, entran por las fronteras de los eburones:
cogen a muchos que huían descarriados, y juntamente
grandes hatos de ganados de que ellos son muy codiciosos.
Cebados en la presa, prosiguen adelante, sin detenerse por
lagunas ni por selvas, como gente criada en guerras y latrocinios.
Preguntan a los cautivos dónde para César. Respondiéndoles
que fue muy lejos, y con él todo su ejército,
uno de los cautivos: « ¿Para qué os cansáis,
dice, en correr tras esta ruin y mezquina ganancia, pudiendo
haceros riquísimos a poca costa? En tres horas podéis
estar en Atuática, donde han almacenado los romanos
todas sus riquezas. La guarnición es tan corta, que
ni aun a cubrir el muro alcanza; ni hay uno que ose salir
del cercado. » Los germanos que esto supieron, ponen
a recaudo la presa hecha, y vanse derechos al castillo, llevando
a su consejero por guía.
XXXVI.
Cicerón, todos los días precedentes, según
las órdenes de César, había contenido
con el mayor cuidado a los soldados dentro de los reales,
sin permitir que saliese de la fortaleza ni siquiera un furriel,
pero el día séptimo, desconfiando que César
cumpliese su palabra, por haber oído que se había
alejado mucho y no tener la menor noticia de su vuelta, picado
al mismo tiempo de los dichos de algunos que su tesón
calificaban con el nombre de asedio, pues no les era lícito
dar fuera un paso, sin recelo de desgracia alguna, como que
en espacio sólo de tres millas estaban acuarteladas
nueve legiones con un grueso cuerpo de caballería,
disipados y casi reducidos a nada los enemigos, destaca cinco
cohortes a forrajear en las mieses vecinas, entre las cuales
y los cuarteles sólo mediaba un collado. Muchos soldados
de otras legiones habían quedado enfermos en los reales.
De éstos al pie de trescientos ya convalecidos son
también enviados con su bandera; tras ellos va, obteniendo
el permiso, una gran cáfila de vivanderos que se hallaban
en el campo con su gran recua de acémilas.
XXXVII.
A tal tiempo y coyuntura sobrevienen los germanos a caballo,
y a carrera abierta formados como venían forcejean
a romper por la puerta de socorro en los reales, sin que por
la interposición de las selvas fuesen vistos de nadie
hasta que ya estaban encima; tanto, que los mercaderes, que
tenían sus tiendas junto al campo, no tuvieron lugar
de meterse dentro. Sorprendidos los nuestros con la novedad,
se asustan, y a duras penas los centinelas sufren la primera
carga. Los enemigos se abalanzan a todas partes por si pueden
hallar entrada por alguna. Los nuestros, con harto trabajo,
defienden las puertas, que las esquinas bien guarnecidas estacan
por situación y por arte. Corren azorados, preguntándose
unos a otros la causa de aquel tumulto; ni aciertan a donde
acudir con las banderas, ni a qué parte agregarse.
Quién dice que los reales han sido tomados; quién
asevera que degollado el ejército con el general, los
bárbaros vencedores se han echado sobre ellos; los
más se imaginan nuevos malos agüeros, representándoseles
vivamente la tragedia de Cota y Titurio que allí mismo
perecieron. Atónitos todos del espanto, los bárbaros
se confirman en la opinión de que no hay dentro guarnición
de provecho, como había dicho el cautivo, y pugnan
por abrir brecha exhortándose unos a otros a no soltar
de las manos dicha tan grande.
XXXVIII.
Había quedado enfermo en los reales Publio Sestio Báculo,
ayudante mayor de César, de quien hemos hecho mención
en las batallas anteriores, y hacía ya cinco días
que estaba sin comer. Éste, desesperanzado de su vida
y de la de todos, sale desarmado del pabellón; viendo
a los enemigos encima y a los suyos en el último apuro,
arrebata las armas al primero que encuentra, y plántase
en la puerta; síguenle los centuriones del batallón
que hacía la guardia, y juntos sostienen por un rato
la pelea. Desfallece Sestio traspasado de graves heridas,
y desmayado, aunque con gran pena, y en brazos le retiran
vivo del combate. A favor de este intermedio los demás
cobran aliento de modo que ya se atreven a dejarse ver en
las barreras y aparentar defensa.
XXXIX.
En esto, nuestros soldados, a la vuelta del forrajeo, oyen
la gritería; adelántanse los caballos; reconocen
lo grande del peligro, pero sobrecogidos del terror, no hay
para ellos lugar seguro. Como todavía eran bisoños
y sin experiencia en el arte militar, vuelven los ojos al
tribuno y capitanes para ver qué les ordenan. Ninguno
hay tan bravo que no esté sobresaltado con la novedad
delcaso. Los bárbaros, descubriendo a lo lejos estandartes,
desisten el ataque, creyendo a primera vista de retorno las
legiones, que por informe de los cautivos suponían
muy distantes, Mas después, visto el corto número,
arremeten por todas partes.
XL.
Los vivanderos suben corriendo a un altillo vecino. Echados
luego allí, se dejan caer entre las banderas y pelotones
de los soldados, que ya intimidados, con eso se asustan más.
Unos son de parecer que, pues tan cerca se hallan de los reales,
cercados en forma triangular se arrojen de golpe; que si algunos
cayeren, siquiera los demás podrán salvarse.
Otros, que no se mueven de la colina, resueltos a correr todos
una misma suerte. No aprobaban este partido aquellos soldados
viejos que fueron también con su bandera en compañía
de los otros, como se ha dicho, y así, animándose
recíprocamente, capitaneados por Cayo Trebonio, su
comandante, penetran por medio de los enemigos, y todos sin
faltar uno, entran en los
reales. Los vivanderos y jinetes, corriendo tras ellos por
el camino abierto, amparados del valor de los soldados, se
salvan igualmente. Al contrario los que se quedaron en el
cerro, como bisoños, ni perseveraron en el propósito
de hacerse fuertes en aquel lugar ventajoso, ni supieron imitar
el vigor y actividad que vieron haber sido tan saludable a
los otros, sino que intentando acogerse a los reales, se metieron
en un barranco. Algunos centuriones que del grado inferior
de otras legiones por sus méritos habían sido
promovidos al superior de ésta, por no mancillar el
honor antes ganado en la milicia, murieron peleando valerosamente.
Por el denuedo de éstos arredrados los enemigos, una
parte de los soldados contra toda esperanza llegó sin
lesión a los reales; la otra, rodeada de los bárbaros,
pereció.
XLI.
Los germanos, perdida la esperanza de apoderarse de los reales,
viendo que los nuestros pusieron pie dentro de las trincheras,
se retiraron tras el Rin con la presa guardada en el bosque.
Pero el terror de los nuestros, aun después de la retirada
de los enemigos, duró tanto, que llegando aquella noche
Cayo Voluseno con la caballería enviado a darles noticia
de la venida próxima de César con el ejército
entero, nadie lo creía. Tan atolondrados estaban del
miedo, que sin escuchar razones, se cerraban en decir que,
destrozada toda la infantería, la caballería
sola había podido salvarse, pues nunca los germanos
hubieran intentado el asalto estando el ejército en
pie. La presencia sola de César pudo, en fin, serenarlos.
XLII.
Vuelto éste, haciéndose cargo de los incidentes
de la guerra, una cosa reprendió no más: que
se hubiesen destacado las cohortes que debían estar
en guardia en el campo; que por ningún caso convino
aventurarse. Por lo demás hizo esta reflexión:
que si la fortuna tuvo mucha parte en el inopinado ataque
de los enemigos, mucho más propicia se mostró
en que hubiesen rechazado a los bárbaros, estando ya
casi dentro del campo. Sobre todo, era de admirar que los
germanos, salidos de sus tierras con el fin de saquear las
de Ambiórige, dando casualmente en los reales de los
romanos, le viniesen a hacer el mayor beneficio que pudiera
desear.
XLIII.
Marchando César a molestar de nuevo a los enemigos,
despachó por todas partes gran número de tropas
recogidas de las ciudades comarcanas. Quemaban cuantos cortijos
y caserías encontraban, entrando a saco todos los lugares.
Las mieses no sólo fueron destruidas de tanta muchedumbre
de hombres y bestias, sino también por causa de la
estación y de las lluvias que echaron a perder lo que
pudo quedar; de suerte que aun lo que por entonces se guareciesen,
retrocediendo el ejército, se vieran necesitados a
perecer de pura miseria. Y como tanta gente de a caballo dividida
en piquetes discurría por todas partes, tal vez llegó
la cosa a términos que los prisioneros afirmaban no
sólo haber visto cómo iba huyendo Ambiórige,
sino estarle todavía viendo; con que la esperanza de
alcanzarle, a costa de infinito trabajo, muchos que pensaban
ganarse con eso suma estimación de César, hacían
más que hombres por salir de su intento. Y siempre
a punto de prenderle, por un si es no es erraban el golpe
más venturoso, escapándoseles de entre las manos
en los escondrijos, matorrales y sotos, favorecido de la oscuridad
de la noche, huyendo a diversas regiones y parajes sin más
guardia que las de cuatro caballos, a quien únicamente
osaba fiar su vida.
XLIV.
Asoladas en la dicha forma las campiñas, César
recoge su ejército menoscabado de dos cohortes a la
ciudad de Reims, donde llamando a Cortes de la Galia, deliberó
tratar en ellas la causa de la conjuración de los senones
y chartreses; y pronunciada sentencia de muerte contra el
príncipe Acón, que había sido su cabeza,
la ejecutó según costumbre de los romanos. Algunos
por temor a la justicia se ausentaron; y habiéndolos
desnaturalizado, alojó dos legiones para aquel invierno
en tierra de Tréveris, dos en Langres, las otras seis
en Sens, y dejándolas todas provistas de bastimentos,
partió para Italia a tener las acostumbradas juntas.
NOTAS
DE NAPOLEÓN AL LIBRO VI
El
segundo paso del Rin efectuado por César no obtuvo
mejor resultado que el primero; no dejó ningún
rastro en Alemania. No se atrevió ni siquiera a establecer
una plaza fuerte en forma de cabeza de puente. Todo lo que
refiere del país, las ideas obscuras que tiene de él,
nos descubren a qué grado de barbarie estaba todavía
reducida entonces esa parte del mundo, hoy tan civilizada.
Asimismo de Inglaterra no posee César sino nociones
muy vagas. Cap. XLIV.
|