I.
En el consulado de Lucio Domicio y Apio Claudio, César,
al partirse de los cuarteles de invierno para Italia, como
solía todos los años, da orden a los legados
comandantes de las legiones de construir cuantas naves pudiesen,
y de reparar las viejas, dándoles las medidas y forma
de su construcción. Para cargarlas prontamente y
tirarlas en seco hácelas algo más bajas de
las que solemos usar en el Mediterráneo, tanto más
que tenía observado que por las continuas mudanzas
de la marea no se hinchan allí tanto las olas, y
asimismo
un poco más anchas que las otras para el transporte
de los fardos y tantas bestias. Quiere que las hagan todas
muy veleras, a que contribuye mucho el ser chatas, mandando
traer el aparejo
de España. Él en persona, terminadas las
Cortes de la Galia Citerior, parte para el Ilírico,
por entender que los pirustas (albaneses)
con sus correrías infestaban las fronteras de aquella
provincia. Llegado allá, manda que las ciudades acudan
con las milicias a cierto lugar que les señaló.
Con esta noticia los pirustas envíanle embajadores
que le informen cómo nada de esto se había
ejecutado de público acuerdo, y que estaban prontos
a darle satisfacción entera de los excesos cometidos.
Admitida su disculpa, ordénales dar rehenes, señalándoles
plazo para la entrega; que si no protesta que les hará
la guerra a fuego y sangre. Presentados los rehenes en el
término asignado, elige jueces árbitros que
tasen los daños y prescriban la multa.
II.
Hecho esto, y concluidas las juntas, vuelve a la Galia Citerior
y de allí al ejército. Cuando llegó
a él, recorriendo todos los cuarteles, halló
ya fabricados por la singular aplicación de la tropa,
sin embargo de la universal falta de medios, cerca de seiscientos
bajeles en la forma dicha, y veintiocho galeras que dentro
de pocos días se podrían botar al agua. Dadas
las gracias a los soldados y a los sobrestantes, manifiesta
su voluntad, y mándales juntarlas todas en el puerto
Icio, de donde se navega con la mayor comodidad a Bretaña
por un estrecho de treinta millas poco más o menos.
Destina a este fin un número competente de soldados,
marchando él con cuatro legiones a la ligera y ochocientos
caballos contra los trevirenses, que ni venían a
Cortes, ni obedecían a los mandados, y aun se decía
que andaban solicitando a los germanos transrenanos.
III.
La república de Tréveris es sin comparación
la más poderosa de toda la Galia en caballería;
tiene numerosa infantería, y es bañada del
Rin, como arriba declaramos. En ella se disputaban la primacía
Induciomaro y Cingetórige; de los cuales el segundo,
al punto que supo la venida de César y de las legiones,
fue a presentársele, asegurando que así él
como los suyos guardarían lealtad y no se apartarían
de la amistad del Pueblo Romano, y le dio cuenta de lo que
pasaba en Tréveris. Mas Induciomaro empezó
a reclutar gente de a pie y de a caballo y a disponerse
para la guerra, después de haber puesto en cobro
a los que por su edad no eran para ella, en la selva Ardena,
que desde el Rin con grandes bosques atraviesa por el territorio
trevirense hasta terminar en el de Reims. Con todo eso,
después que algunos de los más principales
ciudadanos, no menos movidos de la familiaridad con Cingetórige
que intimidados con la entrada de nuestro ejército,
fueron a César y empezaron a tratar de sus intereses
particulares, ya que no podían mirar por los de la
república, Induciomaro, temiendo quedarse solo, despacha
embajadores a César representando «no haber
querido separarse de los suyos por ir a visitarle, con la
mira puesta de mantener mejor al pueblo en su deber, y que
no se desmandase por falta de consejo en ausencia de toda
la nobleza; que en efecto el pueblo estaba a su disposición,
y él mismo en persona, si César se lo permitía,
iría luego a ponerse en sus manos con todas sus cosas
y las del Estado».
IV.
César, si bien penetraba el motivo de este lenguaje
y de la mudanza de su primer propósito, a pesar de
todo, por no gastar en Tréveris el verano, hechos
ya todos los preparativos para la expedición de Bretaña,
le mandó presentarse con doscientos rehenes. Entregados
juntamente con un hijo suyo y todos sus parientes que los
pidió César expresamente, consoló a
Induciomaro exhortándole a perseverar en la fe prometida;
mas no por eso dejó de convocar a los señores
trevirenses, y de recomendar a que sobre ser debido esto
a su mérito, importaba mucho que tuviese la principal
autoridad entre los suyos quien tan fina voluntad le había
mostrado. Llevólo muy a mal Induciomaro, con que
su crédito se disminuía entre los suyos, y
el que antes ya nos aborrecía, con este sentimiento
quedó mucho más enconado.
V.
Dispuestas así las cosas, en fin llegó César
con las legiones al puerto Icio. Aquí supo que cuarenta
naves fabricadas en los
meldas no pudieron por el viento contrario seguir su
viaje, sino que volvieron de arribada al puerto mismo de
donde salieron; las demás halló listas para
navegar y bien surtidas de todo. Juntóse también
aquí la caballería de toda la Galia, compuesta
de cuatro mil hombres y la gente más granada de todas
las ciudades, de que César tenía deliberado
dejar en la Galia muy pocos, de fidelidad probada, y llevarse
consigo a los demás como en prendas recelándose
en su ausencia de algún levantamiento en la Galia.
VI.
Hallábase con ellos el eduo Dumnórige, de
quien ya hemos hablado, al cual principalmente resolvió
llevar consigo, porque sabía ser amigo de novedades
y de mandar, de mucho espíritu y autoridad entre
los galos. A más que él se dejó decir
una vez en junta general de los eduos, «que César
le brindaba con el reino», dicho de que se ofendieron
gravemente los eduos, dado que no se atrevían a proponer
a César por medio de una embajada sus representaciones
y súplicas en contrario, lo que César vino
a saber por alguno de sus huéspedes. Él al
principio pretendió, a fuerza de instancias y ruegos,
que lo dejasen en la Galia, alegando unas veces que temía
al mar, otras que se lo disuadían ciertos malos agüeros.
Visto que absolutamente se le negaba la licencia, y que
por ninguna vía podía recabarla, empezó
a ganar a los nobles, a hablarles a solas y a exhortarles
a no embarcarse; poniéndolos en el recelo de que
no en balde se pretendía despojar a la Galia de toda
la nobleza; ser bien manifiesto el intento de César
de conducirlos a Bretaña para degollarlos, no atreviéndose
a ejecutarlo a los ojos de la Galia. Tras esto empeñaba
su palabra, y pedía juramento a los demás,
de que practicarían de común acuerdo cuanto
juzgasen conveniente al bien de la patria.
VII.
Eran muchos los que daban parte de estos tratos a César,
quien por la gran estimación que hacía de
la nación Edua procuraba reprimir y enfrenar a Dumnórige
por todos los medios posibles; mas viéndole tan empeñado
en sus desvaríos, ya era forzoso precaver que ni
a él ni a la República pudiese acarrear daño.
Por eso, cerca de veinticinco días que se detuvo
en el puerto, por impedirle la salida el cierzo, viento
que suele aquí reinar gran parte del año,
hacía por tener a raya a Dumnórige sin descuidarse
de velar sobre todas sus tramas. Al fin, soplando viento
favorable, manda embarcar toda la infantería y caballería.
Cuando más ocupados andaban todos en esto, Dumnórige,
sin saber nada César, con la brigada de los eduos
empezó a desfilar hacia su tierra. Avisado César,
suspende el embarco, y posponiendo todo lo demás,
destaca un buen trozo de caballería en su alcance
con orden de arrestarle, y en caso de resistencia y porfía,
que le maten, juzgando que no haría en su ausencia
cosa a derechas quien, teniéndole presente, despreciaba
su mandamiento. Con efecto, reconvenido, comenzó
a resistir y defenderse a mano armada, y a implorar el favor
de los suyos, repitiendo a voces «que él era
libre y ciudadano de república independiente»,
a pesar de lo cual, es cercado según la orden, y
muerto. Mas los eduos de su séquito todos se volvieron
a César.
VIII.
Hecho esto, dejando a Labieno en el Continente con tres
legiones y dos mil caballos encargado de la defensa de los
puertos, del cuidado de las provisiones, y de observar los
movimientos de la Galia, gobernándose conforme al
tiempo y las circunstancias, él con cinco legiones
y otros dos mil caballos, al poner del sol se hizo a la
vela. Navegó a favor de un ábrego fresco,
pero a eso de medianoche, calmado el viento, perdió
el rumbo, y llevado de las corrientes un gran trecho, advirtió
a la mañana siguiente que había dejado la
Bretaña a la izquierda. Entonces virando de bordo,
a merced del reflujo, y la fuerza de remos procuró
ganar la playa que observó el verano antecedente
ser la más cómoda para el desembarco. Fue
mucho de alabar en este lance el esfuerzo de los soldados,
que con tocarles navíos de trasporte y pesados, no
cansándose de remar, corrieron parejas con las veleras.
Arribó toda la armada a la isla casi al hilo del
mediodía sin que se dejara ver enemigo alguno por
la costa; y es que, según supo después César
de los prisioneros, habiendo concurrido a ella gran número
de tropas, espantadas de tanta muchedumbre de naves (que
con las del año antecedente, y otras de particulares
fletadas para su propia conveniencia, aparecieron de un
golpe más de ochocientas velas), se habían
retirado y metídose tierra adentro.
IX.
Desembarcado el ejército, y cogido puesto acomodado
para los reales; informado César de los prisioneros
dónde estaban apostadas las tropas enemigas, dejó
diez cohortes con trescientos caballos en la ribera para
resguardo de las naves, de que, por estar ancladas en playa
tan apacible y despejada, temía menos riesgo, y después
de medianoche partió contra el enemigo y nombró
comandante del presidio naval a Quinto Atrio. Habiendo caminado
de noche obra de doce millas, alcanzó a descubrir
los enemigos, los cuales, avanzando con su caballería
y carros armados hasta la ría, tentaron de lo alto
estorbar nuestra marcha y trabar batalla. Rechazados por
la caballería, se guarecieron en los bosques dentro
de cierto paraje bien pertrechado por la naturaleza y arte,
prevenido de antemano, a lo que parecía, con ocasión
de sus guerras domésticas; pues tenían tomadas
todas las avenidas con árboles cortados, puestos
unos sobre otros. Ellos desde adentro esparcidos a trechos
impedían a los nuestros la entrada en las bardas.
Pero los soldados de la legión séptima, empavesados
y levantando terraplén contra el seto, le montaron
sin recibir más daño que algunas heridas.
Verdad es que César no permitió seguir el
alcance, así por no tener conocido el terreno, como
por ser ya tarde y querer que le quedase tiempo para fortificar
su campo.
X.
Al otro día de mañana envió sin equipaje
alguno tres partidas de infantes y caballos en seguimiento
de los fugitivos. A pocos pasos, estando todavía
los últimos a la vista, vinieron a César mensajeros
a caballo con la noticia de que la noche precedente, con
una tempestad deshecha que se levantó de repente,
casi todas las naves habían sido maltratadas y arrojadas
sobre la costa; que ni áncoras ni amarras las contenían,
ni marineros ni pilotos podían resistir a la furia
del huracán; que por consiguiente del golpeo de unas
naves con otras había resultado notable daño.
XI.
Con esta novedad, César manda volver atrás
las legiones y la caballería; él da también
la vuelta a las naves, y ve por sus ojos casi lo mismo que
acababa de saber de palabra y por escrito: que desgraciadas
cuarenta, las demás admitían sí composición,
pero a gran costa. Por lo cual saca de las legiones algunos
carpinteros, y manda llamar a otros de tierra firme. Escribe
a Labieno que con ayuda de sus legiones apreste cuantas
más naves pueda. Él, por su parte, sin embargo
de la mucha dificultad y trabajos, determinó para
mayor seguridad sacar todas las embarcaciones a tierra,
y meterlas con las tiendas dentro de unas mismas trincheras.
En estas maniobras empleó casi diez días,
no cesando los soldados en el trabajo ni aun por la noche.
Sacados a tierra los buques, y fortificados muy bien los
reales, deja el arsenal guarnecido de las mismas tropas
que antes, y marcha otra vez al lugar de donde vino. Al
tiempo de su llegada era ya mayor el número de tropas
enemigas que se habían juntado allí de todas
partes. Diose de común consentimiento el mando absoluto
y cuidado de esta guerra a Casivelauno, cuyos Estados separa
de los pueblos marítimos el río Támesis
a distancia de unas ochenta millas del mar. De tiempo atrás
andaba éste en continuas guerras con esos pueblos;
mas aterrados los britanos con nuestro arribo, le nombraron
desde luego por su general y caudillo.
XII.
La parte interior de Bretaña es habitada de los naturales,
originarios de la misma isla, según cuenta la fama;
las costas, de los belgas, que acá pasaron con ocasión
de hacer presas y hostilidades; los cuales todos conservan
los nombres de las ciudades de su origen, de donde trasmigraron,
y fijando su asiento a fuerza de armas, empezaron a cultivar
los campos como propios. Es infinito el gentío, muchísimas
las caserías, y muy parecidas a las de la Galia;
hay grandes rebaños de ganado. Usan por moneda cobre
o anillos de hierro de cierto peso. En medio de la isla
se hallan minas de estaño, y en las marinas, de hierro,
aunque poco. El cobre le traen de fuera. Hay todo género
de madera como en la Galia, menos de haya y pinabete. No
tienen por lícito el comer liebre, ni gallina, ni
ganso, puesto que los crían para su diversión
y recreo. El clima es más templado que el de la Galia,
no siendo los fríos tan intensos.
XIII.
La isla es de figura triangular. Un costado cae enfrente
de la Galia; de este costado el ángulo que forma
el promontorio Canelo, adonde ordinariamente vienen a surgir
las naves de la Galia, está mirando al Oriente; el
otro inferior a Mediodía. Este primer costado tiene
casi quinientas millas; el segundo mira a España
y al Poniente. Hacia la misma parte yace la Hibernia (Irlanda)
que, según se cree, es la mitad menos que Bretaña,
en igual distancia de ella que la Galia. En medio de este
estrecho está una isla llamada Man. Dícese
también que más allá se encuentran
varias isletas; de las cuales algunos han escrito que hacia
el solsticio del invierno por treinta días continuos
es siempre de noche. Yo, por más preguntas que hice,
no pude averiguar nada de eso, sino que por las experiencias
de los relojes de agua observaba ser aquí más
cortas las noches
que en el Continente. Tiene de largo este lado, en opinión
de los isleños, setecientas millas. El tercero está
contrapuesto al Norte sin ninguna tierra enfrente, si bien
la punta de él mira especialmente a la Germania.
Su longitud es reputada de ochocientas millas, con que toda
la isla viene a tener el ámbito de dos mil.
XIV.
Entre todos, los más tratables son los habitantes
de Kent, cuyo territorio está todo en la costa del
mar, y se diferencian poco en las costumbres de los galos.
Los que viven tierra adentro por lo común no hacen
sementeras, sino que se mantienen de leche y carne, y se
visten de pieles. Pero generalmente todos los britanos se
pintan de color verdinegro con el
zumo de gualda, y por eso parecen más fieros
en las batallas; dejan crecer el cabello, pelado todo el
cuerpo, menos la cabeza y el bigote. Diez y doce hombres
tienen de común las mujeres, en especial hermanos
con hermanos y padres con hijos. Los que nacen de ellas
son reputados hijos de los que primero esposaron las doncellas.
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