I.
Estando César de partida para Italia, envió
a Servio Galba con la duodécima legión y parte
de la caballería a los nantuates, venagros y sioneses
(el alto y el bajo Valois), que desde los confines de los
olóbroges, lago Lemán y río Ródano
se extienden hasta lo más encumbrado de los Alpes.
Su mira en eso era franquear aquel camino, cuyo pasaje solía
ser de mucho riesgo y de gran dispendio para los mercaderes
por los portazgos. Diole permiso para invernar allí
con la legión, si fuese menester. Galba, después
que hubo ganado algunas batallas, conquistado varios castillos
de estas gentes, y recibido embajadores de aquellos contornos
y rehenes en prendas de la paz concluida, acordó
alojar a dos cohortes en los nantuates, y él con
las demás irse a pasar el invierno en cierta aldea
de los venagros, llamada Octoduro(Martigny), sita en una
hondonada, a que seguía una llanura de corta extensión
entre altísimas montañas. Como el lugar estuviese
dividido por un río en dos partes, la una dejó
a los vencidos; la otra desocupada por éstos destinó
para cuartel de las cohortes, guarneciéndola con
estacada y foso.
II.
Pasada ya buena parte del invierno, y habiendo dado sus
órdenes para el acarreo de las provisiones, repentinamente
le avisaron los espías cómo los galos, de
noche, habían todos abandonado el arrabal que les
concedió para su morada, y que las alturas de las
montañas estaban ocupadas de grandísimo gentío
de sioneses y veragros. Los motivos que tuvieron los galos
para esta arrebatada resolución de renovar la guerra
con la sorpresa de la legión, fueron éstos:
primero, porque les parecía despreciable por su corto
número una legión, y ésta no completa,
por haberse destacado de ella dos cohortes y estar ausentes
varios piquetes de soldados enviados a buscar víveres
por varias partes. Segundo, porque considerada la desigualdad
del sitio, bajando ellos de corrida desde los montes al
valle, disparando continuamente, se les figuraba que los
nuestros no podrían aguantar ni aun la primera descarga.
Por otra parte, sentían en el alma se les hubiesen
quitado sus hijos a títulos de rehenes, y daban por
cierto que los romanos pretendían apoderarse de los
puertos de los Alpes, no sólo para seguridad de los
caminos, sino también para señorearse de aquellos
lugares y unirlos a su provincia confinante.
III.
Luego que recibió Galba este aviso (no estando todavía
bien atrincherado ni proveído de víveres,
por padecerle que supuesta la entrega y las prendas que
tenía, no era de temer ninguna sorpresa), convocando
de pronto consejo de guerra, puso el caso en consulta. Entre
los vocales, a vista de peligro tan grande, impensado y
urgente, y de las alturas casi todas cubiertas de gente
armada, sin poder ser socorridos con tropas ni víveres,
cerrados los pasos, dándose casi por perdidos, eran
algunos de dictamen que, abandonado el bagaje, rompiendo
por medio de los enemigos, por los caminos que habían
traído, se esforzasen a ponerse a salvo. Pero la
mayor parte fue de sentir que, reservado este partido para
el último trance, por ahora se probase fortuna, haciéndose
fuertes en los reales.
IV.
A poco rato, cuanto apenas bastó para disponer y
ejecutar lo acordado, los enemigos, dada la señal,
hételos que bajan corriendo a bandadas, arrojando
piedras y dardos a las trincheras. Al principio los nuestros,
estando con las fuerzas enteras, se defendían vigorosamente
sin perder tiro desde las barreras, y en viendo peligrar
alguna parte de los reales por falta de defensores, corrían
allá luego a cubrirla. Mas los enemigos tenían
esta ventaja: que cansados unos del choque continuado, los
reemplazaban otros de refresco, lo que no era posible por
su corto número a los nuestros; pues no sólo
el cansado no podía retirarse de la batalla, mas
ni aun el herido desamparar su puesto.
V.
Continuado el combate por más de seis horas, y faltando
no sólo las fuerzas, sino también las armas
a los nuestros, cargando cada vez con más furia los
enemigos; como por la suma flaqueza de los nuestros comenzasen
a llenar el foso y a querer forzar las trincheras, reducidas
ya las cosas al extremo, el primer centurión Publio
Sestio Báculo, que, como queda dicho, recibió
tantas heridas en la jornada de los nervios, vase corriendo
a Galba y tras él Cayo Voluseno, tribuno, persona
de gran talento y valor, y le representan que no resta esperanza
de salvarse si no se aventuran a salir rompiendo por el
campo enemigo. Galba, con esto, convocando a los centuriones,
advierte por su medio a los soldados que suspendan por un
poco el combate, y que no haciendo más que recoger
las armas que les tiren, tomen aliento; que después,
al dar la señal, saliesen de rebato, librando en
su esfuerzo toda la esperanza de la vida.
VI.
Como se lo mandaron, así lo hicieron: rompen de golpe
por todas las puertas, sin dar lugar al enemigo ni para
reconocer qué cosa fuese, ni menos para unirse. Con
eso, trocaba la suerte, cogiendo en medio a los que se imaginaban
ya dueños de los reales, los van matando a diestro
y siniestro; y muerta más de la tercera parte de
más de treinta mil bárbaros (que tantos fueron,
según consta, los que asaltaron los reales), los
restantes, atemorizados, son puestos en fuga, sin dejarlos
hacer alto ni aun en las cumbres de los montes. Batidas
así y desarmadas las tropas enemigas, se recogieron
los nuestros a sus cuarteles y trincheras. Pasada esta refriega,
no queriendo Galba tentar otra vez fortuna, atento que el
suceso de su jornada fue muy diverso del fin que tuvo en
venir a inventar en estos lugares; sobre todo, movido de
la escasez de bastimentos, al día siguiente, pegando
fuego a todos los edificios del burgo, dio la vuelta hacia
la provincia, y sin oposición ni embarazo de ningún
enemigo condujo sana y salva la legión, primero a
los nantuates, y de allí a los alóbroges,
donde pasó el resto del invierno.
VII
Después de estos sucesos, cuando todo le persuadía
a César que la Galia quedaba enteramente apaciguada,
por haber sido sojuzgados los belgas, ahuyentados los germanos,
vencidos en los Alpes los sioneses; y como en esa confianza
entrado el invierno se partiese para el Ilírico con
deseo de visitar también estas naciones y enterarse
de aquellos países, se suscitó de repente
una guerra imprevista en la Galia, con esta ocasión:
Publio Craso el mozo, con la legión séptima,
tenía sus cuarteles de invierno en Anjou, no lejos
del Océano. Por carecer de granos aquel territorio,
despachó a las ciudades comarcanas algunos prefectos
y tribunos militares en busca de provisiones. De éstos
era Tito Terrasidio enviado a los únelos, Marco Trebio
Galo a los curiosolitas, Quinto Velanio con Tito Silio a
los vaneses.
VIII.
La república de estos últimos es la más
poderosa entre todas las de la costa, por cuanto tienen
gran copia de navíos con que suelen ir a comerciar
en Bretaña. En la destreza y uso de la náutica
se aventajaban éstos a los demás, y como son
dueños de los pocos puertos que se encuentran en
aquel golfo borrascoso y abierto, tienen puestos en contribución
a cuantos por él navegan. Los vaneses, pues, dieron
principio a las hostilidades, arrestando a Silio y Velanio,
con la esperanza de recobrar, en cambio, de Craso sus rehenes.
Movidos de su ejemplo los confinantes (que tan prontas y
arrebatadas son las resoluciones de los galos) arrestan
por el mismo fin a Trebio y Terrasidio, y al punto con recíprocas
embajadas conspiran entre sí por medio de sus cabezas,
juramentándose de no hacer cosa sino de común
acuerdo, y de correr una misma suerte en todo acontecimiento.
Inducen igualmente a las demás comunidades a querer
antes conservar la libertad heredada que no sufrir la esclavitud
de los romanos. Atraídos en breve todos los de la
costa a su partido, despachan de mancomún a Publio
Craso una embajada, diciendo: «que si quiere rescatar
los suyos, les restituya los rehenes».
IX.
Enterado César de estas novedades por Craso, como
estaba tan distante, da orden de construir en tanto galeras
en el río Loire, que desagua en el Océano,
de traer remeros de la provincia, y juntar marineros y pilotos.
Ejecutadas estas órdenes con gran diligencia, él,
luego que se lo permitió la estación, vino
derecho al ejército. Los vaneses y demás aliados,
sabida su llegada y reconociendo juntamente la enormidad
del delito que cometieron en haber arrestado y puesto en
prisiones a los embajadores (cuyo carácter fue siempre
inviolable y respetado de todas las naciones), conforme
a la grandeza del peligro que les amenazaba, tratan de hacer
los preparativos para la guerra, mayormente todo lo necesario
para el armamento de los navíos, muy esperanzados
del buen suceso por la ventaja del sitio. Sabían
que los caminos por tierra estaban a cada paso cortados
por los pantanos; la navegación, embarazosa por la
ninguna práctica de aquellos parajes y ser muy contados
los puertos. Presumían además que nuestras
tropas no podrían subsistir mucho tiempo en su país
por falta de víveres, y pensaban que aun cuando todo
les saliese al revés, todavía por mar serían
superiores sus fuerzas; pues los romanos ni tenían
navíos ni conocimiento de los bajíos, islas
y puertos de los lugares en que habían de hacer la
guerra; además, que no es lo mismo navegar por el
Mediterráneo entre costas, como por el Océano,
mar tan dilatado y abierto. Con estos pensamientos fortifican
sus ciudades, transportan a ellas el trigo de los cortijos,
juntan cuantas naves pueden en el puerto de Vanes, no dudando
que César abriría por aquí la campaña.
Se confederan con los osismios, lisienses, nanteses, ambialites,
merinos, dublintes, menapios, y piden socorro a la Bretaña,
isla situada enfrente de estas regiones.
X.
Tantas como hemos dicho eran las dificultades de hacer la
guerra, pero no eran menos los incentivos que tenía
César para emprender ésta: el atentado de
prender a los caballeros romanos; la rebelión después
de ya rendidos; las deslealtad contra la seguridad dada
con rehenes; la conjura de tantos pueblos, y sobre todo
el
recelo de que si no hacía caso de esto, no siguiesen
su ejemplo otras naciones. Por tanto, considerando que casi
todos los galos son amigos de novedades, fáciles
y ligeros en suscitar guerras y que todos los hombres naturalmente
son celosos de su libertad y enemigos de la servidumbre,
antes que otras naciones se ligasen con los rebeldes, acordó
dividir en varios trozos su ejército distribuyéndolos
después por las provincias.
XI.
Con este fin envió a los trevirenses, que lindan
con el Rin, al legado Tito Labieno con la caballería,
encargándole visitase de pasada a los remenses y
demás belgas, y los tuviese a raya; que si los germanos,
llamados, a lo que se decía, por los belgas, intentasen
pasar por fuerza en barcas el río, se lo estorbase.
A Publio Craso, con doce cohortes de las legiones y buen
número de caballos, manda ir a Aquitania para impedir
que de allá suministren socorros a la Galia, y se
coliguen naciones tan poderosas. Al legado Quinto Triturio
Sabino, con tres legiones, envía contra los únelos,
curiosolitas y lisienses(de Quimpercorentin, Coutance y
Lisieux)para contenerlos dentro de sus límites. Da
el mando de la escuadra y de las naves que hizo aprestar
del Poitu, del Santonge y de otros países fieles,
al joven Décimo Bruto, con orden de hacerse cuanto
antes a la vela para Vannes, adonde marchó él
mismo por tierra con la infantería.
XII.
Estando, como están, aquellas poblaciones fundadas
sobre cabos y promontorios, ni por tierra eran accesibles
en la alta marea que allí se experimenta cada doce
horas ni tampoco, por la mar en la baja, quedando entonces
las naves encalladas en la arena. Con que así por
el flujo, como por el reflujo, era dificultoso combatirlas;
que si tal vez a fuerza de obras, atajado el mar con diques
y muelles terraplenados hasta casi emparejar con las murallas,
desconfiaban los sitiados de poder defenderse, a la hora
teniendo a mano gran número de bajeles, embarcábanse
con todas sus cosas y se acogían a los lugares vecinos,
donde se hacían fuertes de nuevo, logrando las mismas
ventajas en la situación. Esto gran parte del estío
lo podían hacer más a su salvo, porque nuestra
escuadra estaba detenida por los vientos contrarios, y era
sumamente peligroso el navegar por mar tan vasto y abierto,
siendo tan grandes las mareas y casi ningunos los puertos.
XIII.
La construcción y armadura de las naves enemigas
se hacía por esto en la forma siguiente: las quillas
algo más planas que las nuestras, a fin de manejarse
más fácilmente en la baja marea; la proa y
popa muy erguidas contra las mayores olas y borrascas; maderamen
todo él de roble capaz de resistir a cualquier golpe
de viento; los bancos de vigas tirante de un pie de tabla,
y otro de canto, clavadas con clavos de hierro gruesos como
el dedo pulgar. Tenían las áncoras, en vez
de cables, amarradas con cadenas de hierro, y en lugar de
velas llevaban pieles y badanas delgadas, o por falta de
lino, o por ignorar su uso, o lo que parece más cierto,
por juzgar que las velas no tendrían aguante contra
las tempestades deshechas del Océano y la furia de
los vientos en vasos de tanta carga. Nuestra escuadra viniéndose
a encontrar con semejantes naves, sólo les hacía
ventaja en la ligereza y manejo de los remos. En todo lo
demás, según la naturaleza del golfo y agitación
de sus olas, nos hacían notables ventajas; pues ni
los espolones de nuestras proas podían hacerles daño
(tanta era su solidez), ni era fácil alcanzasen a
su borde los tiros por ser tan altas, y por la misma razón
estaban menos expuestas a varar. Además de eso, en
arreciándose el viento, entregadas a él, aguantaban
más fácilmente la borrasca, y con mayor seguridad
daban fondo en poca agua; y aun quedando en seco, ningún
riesgo temían de las peñas y arrecifes, siendo
así que nuestras naves estaban expuestas a todos
estos peligros.
XIV.
César, viendo que si bien lograba apoderarse de los
lugares, nada adelantaba, pues ni incomodar podía
a los enemigos ni estorbarles la retirada, se resolvió
a aguardar a la escuadra. Luego que arribó ésta
y fue avistada de los enemigos, salieron contra ella del
puerto casi doscientas veinte naves, bien tripuladas y provistas
de toda suerte de municiones. Pero ni Bruto, director de
la escuadra, ni los comandantes y capitanes de los navíos
sabían qué hacerse, o cómo entrar en
batalla, porque visto estaba que con los espolones no podían
hacerles mella; y aun erigidas torres encima, las sobrepujaba
tanto la popa de los bajeles bárbaros, que sobre
río ser posible disparar bien desde abajo contra
ellos, los tiros de los enemigos, por la razón contraria,
nos habían de causar mayor daño. Una sola
cosa prevenida de antemano nos hizo muy al caso, y fueron
ciertas hoces bien afiladas, caladas en varapalos a manera
de guadañas murales. Enganchadas éstas una
vez en las cuerdas con que ataban las entenas a los mástiles,
remando de boga, hacían pedazos el cordaje; con ello
caían de su peso las vergas, por manera que consistiendo
toda la ventaja de la marina galicana en velas y jarcias,
perdidas éstas, por lo mismo quedaban inservibles
las naves. Entonces lo restante del combate dependía
del valor, en que sin disputa se aventajaban los nuestros,
y más, que peleaban a vista de César y de
todo el ejército, sin poder ocultarse hazaña
de alguna cuenta, pues todos los collados y cerros que tenían
las vistas al mar estaban ocupados por las tropas.
XV.
Derribadas las entenas en la forma dicha, embistiendo a
cada navío dos o tres de los nuestros, los soldados
hacían el mayor esfuerzo por abordar y saltar dentro.
Los bárbaros, visto el efecto, y muchas de sus naves
apresadas, no teniendo ya otro recurso, tentaron huir por
salvarse. Mas apenas enderezaron las proas hacia donde las
conducía el viento, de repente se les echó
y calmó tanto, que no podían menearse ni atrás
ni adelante; que fue gran ventura para completar la victoria,
porque, siguiendo los nuestros al alcance, las fueron apresando
una por una, a excepción de muy pocas, que sobreviniendo
la noche, pudieron arribar a tierra, con ser que duró
el combate desde las cuatro del día hasta ponerse
el Sol.
XVI.
Con esta batalla se terminó la guerra de los vaneses
y de todos los pueblos marítimos; pues no sólo
concurrieron a ella todos los mozos y ancianos de algún
crédito en dignidad y gobierno, sino que trajeron
también de todas partes cuantas naves había,
perdidas las cuales, no tenían los demás dónde
guarecerse, ni arbitrio para defender los castillos. Por
eso se rindieron con todas sus cosas a merced de César,
quien determinó castigarlos severísimamente,
a fin de que los bárbaros aprendiesen de allí
adelante a respetar con mayor cuidado el derecho de los
embajadores. Así que, condenados a muerte todos los
senadores, vendió a los demás por esclavos.
XVII.
Mientras esto pasaba en Vannes. Quinto Titurio Sabino llegó
con su destacamento a la frontera de los únelos,
cuyo caudillo era Viridovige, como también de todas
las comunidades alzadas, en donde había levantado
un grueso ejército. Asimismo en este poco tiempo
los aulercos, ebreusenses y lisienses, degollando a sus
senadores porque se oponían a la guerra, cerraron
las puertas y se ligaron con Viridovige juntamente con una
gran chusma de bandoleros y salteadores que se les agregó
de todas partes, los cuales, por la esperanza del pillaje
y afición a la milicia, tenían horror al oficio
y continuo trabajo de la labranza. Sabino, que se había
acampado en lugar ventajoso para todo, no salía de
las trincheras, dado que Viridovige, alojado a dos millas
de distancia, sacando cada día sus tropas afuera,
le presentaba la batalla, con que ya no sólo era
despreciado Sabino de los contrarios, sino también
zaherido de los nuestros. A tanto llegó la persuasión
de su miedo, que ya los enemigos se arrimaban sin recelo
a las trincheras. Hacía él esto por juzgar
que un oficial subalterno no debía exponerse a pelear
con tanta gente sino en sitio seguro, o con alguna buena
ocasión, mayormente en ausencia del general.
XVIII.
Cuando andaba más válida esta opinión
de su miedo, puso los ojos en cierto galo de las tropas
auxiliares, hombre abonadoy sagaz a quien con grandes premios
y ofertas le persuade se pase a los enemigos, dándole
sus instrucciones. Él, llegado como desertor al campo
de los enemigos, les representa el miedo de los romanos;
pondera cuan apretado se halla César de los vaneses;
que a más tardar, levantando el campo Sabino secretamente
la noche inmediata, iría a socorrerle. Lo mismo fue
oír esto, que clamar todos a una voz que no era de
perder tan buen lance, ser preciso ir contra ellos. Muchas
razones los incitaban a eso: la irresolución de Sabino
en los días antecedentes; el dicho del desertor;
la escasez de bastimentos, de que por descuido estaban mal
provistos; la esperanza de que venciesen los vaneses; y
en fin, porque de ordinario los hombres creen fácilmente
lo que desean. Movidos de esto, no dejan a Viridovige ni
a los demás capitanes salir de la junta hasta darles
licencia de tomar las armas e ir contra el enemigo. Conseguida,
tan alegres como si ya tuviesen la victoria en las manos,
cargados de fagina con que llenar los fosos de los romanos,
van corriendo a los reales.
XIX.
Estaba el campamento en un altozano que poco a poco se levantaba
del llano, y a él vinieron apresuradamente corriendo
casi una milla por quitarnos el tiempo de apercibirnos,
si bien ellos llegaron jadeando. Sabino, animados los suyos,
da la señal que tanto deseaban. Mandóles salir
de rebato por dos puertas, estando aún los enemigos
con las cargas a cuestas. La ventaja del sitio, la poca
disciplina y mucho cansancio de los enemigos, el valor de
los nuestros y su destreza adquirida en tantas batallas
fueron causa de
que los enemigos, sin resistir ni aun la primera carga nuestra,
volviesen al instante las espaldas. Mas como iban tan desordenados,
alcanzados de los nuestros que los perseguían con
las fuerzas enteras, muchos quedaron muertos en el campo;
los demás, fuera de algunos que lograron escaparse,
perecieron en el alcance de la caballería. Con esto,
al mismo tiempo que Sabino recibió la noticia de
la batalla naval, la tuvo César de la victoria de
Sabino, a quien luego se rindieron todos aquellos pueblos,
porque los galos son tan briosos y arrojados para emprender
guerras, como afeminados y mal sufridos en las desgracias.
XX.
Casi a la misma sazón, llegado Publio Craso a la
Aquitania, que, como queda dicho, por la extensión
del país y por sus poblaciones merece ser reputada
por la tercera parte de la Galia; considerando que iba a
guerrear donde pocos años antes el legado Lucio Valerio
Preconino perdió la vida con el ejército (durante
la guerra de Sartorio), y de donde Lucio Manilio, procónsul,
perdido el bagaje, había tenido que escapar, juzgó
que debía prevenirse con la mayor diligencia. Con
esa mira, proveyéndose bien de víveres, de
socorros y de caballos, convidando en particular a muchos
militares conocidos por su valor de Tolosa, Carcasona y
Narbona, ciudades de nuestra provincia confinantes con dichas
regiones, entró con su ejército por las fronteras
de los sociates(territorio de Gascuña). Los cuales
al punto que lo supieron, juntando gran número de
tropas y su caballería, en que consistía su
mayor fuerza, acometiendo sobre la marcha a nuestro ejército,
primero avanzaron con la caballería; después,
rechazada ésta, y yendo al alcance los nuestros,
súbitamente presentaron la infantería que
tenían emboscada en una hondonada, con lo cual, arremetiendo
a los nuestros, renovaron la batalla.
XXI.
El combate fue largo y porfiado; como que, ufanos los sociates
por sus antiguas victorias, estaban persuadidos que de su
valor pendía la libertad de toda la Aquitania. Los
nuestros, por su parte, deseaban mostrar por la obra cuál
era su esfuerzo aun en ausencia del general y sin ayuda
de las otras legiones, mandándolos un mozo de poca
edad. Al fin, acuchillados los enemigos, volvieron las espaldas,
y muertos ya muchos, Craso de camino se puso a sitiar la
capital de los sociates. Viendo que era vigorosa la resistencia,
armó las baterías. Los sitiados, a veces,
tentaban hacer salidas, a veces minar las trincheras y obras,
en lo cual son diestrísimos los aquitanos a causa
de las minas que tienen en muchas partes. Mas visto que
nada les valía contra nuestra vigilancia, envían
diputados a Craso, pidiéndole los recibiese a partido.
Otorgándoselo, y mandándoles entregar las
armas, las entregan.
XXII.
Estando todos los nuestros ocupados en esto, he aquí
que sale por la otra parte de la ciudad su gobernador Adcantuano
con seiscientos de su devoción (consagrados a su
capitán), a quienes llaman ellos soldurios. Su profesión
es participar de todos los bienes de aquellos a cuya amistad
se sacrifican, mientras viven, y si les sucede alguna desgracia,
o la han de padecer con ellos, o darse la muerte, y jamás
hubo entre los tales quien, muerto su dueño, quisiese
sobrevivirle. Habiendo, pues, hecho su salida con estos
adcuatanos, a la gritería que alzaron los nuestros
por aquella parte, corrieron los soldados a las armas, y
después de un recio combate los hicieron retirar
adentro. No obstante, recabó de Craso el ser comprendido
en la misma suerte de los ya entregados.
XXIII.
Craso, luego que recibió las armas y rehenes, marchó
la vuelta de los vocates y tarusates(de Aire y Bazas). En
consecuencia, espantados los bárbaros de ver tomada
a pocos días de cerco una plaza no menos fuerte por
naturaleza que por arte, trataron, por medio de mensajeros
despachados a todas partes, de mancomunarse, darse rehenes
y alistar gente. Envían también embajadores
a las ciudades de la España Citerior que confinan
con Aquitania, pidiendo tropas y oficiales expertos. Venidos
que fueron, emprenden la guerra con gran reputación
y fuerzas muy considerables. Eligen por capitanes a los
mismos que acompañaron siempre a Quinto Sertorio,
y tenían fama de muy inteligentes en la milicia.
En efecto, abren la campaña conforme a la disciplina
de los romanos, tomando los puestos, fortificando los reales,
y cortándonos los bastimentos. Craso,
advirtiendo no serle fácil dividir por el corto número
sus tropas, cuando el enemigo andaba suelto ya en correrías
ya en cerrarle los pasos, dejando buena guarnición
en sus estancias, que con eso le costaba no poco el proveerse
de víveres, que por días iba creciendo el
número de los enemigos, determinóse a no esperar
más, sino venir luego a batalla. Propuesta su resolución
en consejo, viendo que todos la aprobaban, dejóla
señalada para el día siguiente.
XXIV.
En amaneciendo, hizo salir todas sus tropas, y habiéndolas
formado en dos cuerpos con las auxiliares en el centro,
estaba atento a lo que harían los contrarios. Ellos,
si bien por su muchedumbre y antigua gloria en las armas,
y a vista del corto número de los nuestros se daban
por seguros del feliz éxito en el combate, todavía
juzgaban por más acertado, tomando los pasos e interceptando
los víveres, conseguir la victoria sin sangre; y
cuando empezasen los romanos a retirarse por falta de provisiones,
tenían ideado dejarse caer sobre ellos a tiempo que
con la faena de la marcha y del peso de las cargas se hallasen
con menos bríos. Aprobada por los capitanes la idea,
aunque los romanos presentaron la batalla, ellos se mantuvieron
dentro de las trincheras. Penetrado este designio Craso,
como con el crédito adquirido en haber esperado a
pie firme al enemigo, hubiese infundido temor a los contrarios
y ardor a los nuestros para la pelea, clamando todos que
ya no se debía dilatar un punto el asalto de las
trincheras, exhortando a los suyos, conforme al deseo de
todos, marchó contra ellas.
XXV.
Unos se ocupaban en cegar los fosos, otros en derribar a
fuerza de dardos a los que montaban las trincheras, y hasta
los auxiliares, de quienes Craso fiaba poco en orden de
pelear, con aprontar piedras y armas y traer céspedes
para el terraplén, pasaban por combatientes. Defendíanse
asimismo los enemigos con tesón y bravura, disparando
a golpe seguro desde arriba, por lo que nuestros caballos,
dado un giro a los reales, avisaron a Craso que hacia la
puerta trasera no se veía igual diligencia y era
fácil la entrada.
XXVI.
Craso, exhortando a los capitanes de caballería que
animasen a sus soldados prometiéndoles grandes premios,
les dice lo que han de hacer. Ellos, según la orden,
sacadas de nuestros reales cuatro cohortes que estaban de
guardia y descansadas, conduciéndolas por un largo
rodeo, para que no pudieran ser vistas del enemigo, cuando
todos estaban más empeñados en la refriega,
llegaron sin detención al lugar sobredicho de las
trincheras; y rompiendo por ellas, ya estaban dentro cuando
los enemigos pudieron caer en cuenta de lo acaecido. Los
nuestros sí que, oída la vocería de
aquella parte, cobrando nuevo aliento, como de ordinario
acontece cuando se espera la victoria, comenzaron con mayor
denuedo a batir los enemigos, que acordonados por todas
partes y perdida toda esperanza, se arrojaban de las trincheras
abajo por escaparse. Mas perseguidos de la caballería
por aquellas espaciosas llanuras, de cincuenta mil hombres,
venidos, según constaba, de Aquitania y Cantabria,
apenas dejó con vida la cuarta parte, y ya muy de
noche se retiró a los cuarteles.
XXVII.
A la nueva de esta batalla, la mayor parte de Aquitania
se rindió a Craso, enviándole rehenes espontáneamente,
como fueron los tarbelos, los bigorreses, los precíanos,
vocates, tarusates, elusates, garites, los de Aux y Carona,
sibutsates y cocosates(de Bayona, Bigorra. Bearne, Bazas,
Aire, Armañac, Condado de Gaure, Ausch. Burdeos,
Leitoure y Dax). Solas algunas naciones más remotas,
confiadas en la inmediación del invierno, dejaron
de hacerlo.
XXVIII.
César casi por entonces, aunque va el estío
se acababa, sin embargo, viendo que después de sosegada
toda la Galia, solos los merinos y menapios se mantenían
rebeldes, sin haber tratado con él nunca de paz,
pareciéndole ser negocio de pocos días esta
guerra, marchó contra ellos. Éstos habían
determinado hacerla siguiendo muy diverso plan que los otros
galos, porque considerando cómo habían de
ser destruidas y sojuzgadas naciones muy poderosas que se
aventuraron a pelear, teniendo ellos alrededor grandes bosques
y
lagunas, trasladáronse a ellas con todos sus haberes.
Llegado César a la entrada de los bosques, y empezando
a fortificarse, sin que por entonces apareciese enemigo
alguno, cuando nuestra gente andaba esparcida en los trabajos,
de repente se dispararon por todas las partes de la selva
y echáronse sobre ella. Los soldados tomaron al punto
las armas, y los rebatieron matando a muchos aunque, por
querer seguirlos, entre las breñas» perdieron
tal cual de los suyos.
XXIX.
Los días siguientes empleó César en
rozar el bosque, formando de la leña cortada bardas
opuestas al enemigo por las dos bandas, a fin de que por
ninguna pudiesen asaltar a los soldados cuando estuvieran
descuidados y sin armas. De este modo, avanzando en poco
tiempo gran trecho con presteza increíble; tanto
que ya los nuestros iban a tomar sus ganados y la zaga del
bagaje, emboscándose ellos en lo más fragoso
de las selvas, sobrevinieron temporales tan recios, que
fue necesario interrumpir la obra, pues no podían
ya los soldados guarecerse por las continuas lluvias en
las tiendas. Así que, talados sus campos, quemadas
las aldeas y caseríos, César retiró
su ejército, alojándolo en cuarteles de invierno,
repartido por los aulercos, lisienses y demás naciones
que acababan de hacer la guerra.
NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO III
1. No puede menos de abominarse la conducta observada por
César con el Senado de Vannes. Estos pueblos no se
habían sublevado; habían entregado rehenes;
habían hecho promesa de mantenerse al margen de toda
contienda; pero estaban en posesión de su libertad
y de todos sus derechos. Habían dado, ciertamente,
motivos a César para hacerles la guerra, pero no
para violar el derecho de gentes ni para abusar de la victoria
de manera tan atroz. Esta conducta no era justa y menos
aún política, porque tales medios nunca conducen
a nada práctico y sólo se consigue con ellos
exasperar y sublevar a los pueblos. El castigo de algunos
jefes es todo lo que autorizan la política y la justicia;
el buen trato a los prisioneros es una de las reglas importantes
que se deben observar. Cap. XVI.
2.
La Bretaña, esta provincia tan grande y tan difícil,
se sometió sin oponer una resistencia proporcionada
a su poder. Lo mismo sucedió con la Aquitania y la
baja Normandía; esto se debió a causas que
es imposible apreciar o determinar con exactitud, aunque
no sea difícil ver que la principal consistió
en el espíritu de aislamiento y de localismo que
caracterizaba a los pueblos, de la Galia. En esa época
carecían de sentimiento de nación y hasta
de provincia, viviendo dominados por un espíritu
de ciudad. Es el mismo espíritu que forjó
después las cadenas de Italia. Nada hay más
opuesto al espíritu nacional, a las ideas generales
de libertad, que el espíritu particular de familia
o de caserío. De estas divisiones resultaba además
que los galos no poseían ningún ejército
regular permanente experimentado, y por consiguiente, ningún
arte ni ciencia militar. Por esto, si la gloria de César
estuviese sólo cimentada sobre la conquista de las
Galias, podría dudarse de su legitimidad. Toda nación
que no tenga en cuenta la importancia de un ejército
regular permanentemente en pie y que se confie a los reclutamientos
o a milicias nacionales, correrá la suerte de los
galos, sin alcanzar siquiera la gloria de oponer una resistencia
igual, consecuencia del estado salvaje en que se vivía
y del terreno, cubierto d« selvas, de marismas, de
hondonadas y sin caminos, lo que le hacia difícil
a la conquista y fácil a la defensa. Cap. XXVII.
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