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de Roma, año 56
I.
Teniendo César aquel invierno sus cuarteles en la
Galia Cisalpina, como arriba declaramos, veníanle
repetidas noticias, y también Labieno le aseguraba
por cartas, que todos los belgas (los cuales, según
dijimos, forman la tercera parte de la Galia) se conjuraban
contra el Pueblo Romano, dándose mutuos rehenes;
que las causas de la conjura eran éstas: primera,
el temor de que nuestro ejército, una vez sosegadas
las otras provincias, se revolviese contra ellos; segunda,
la instigación de varios nacionales; unos, que si
bien estaban disgustados con tan larga detención
de los germanos en la Galia, tampoco llevaban bien que los
romanos se acostumbrasen a invernar y vivir en ella tan
de asiento; otros, que por su natural volubilidad y ligereza
ansiaban por nuevo gobierno; como también algunos
que (siendo común en la Galia el apoderarse del mando
los que por más poderosos y ricos pueden levantar
tropas a su sueldo) sujetos a nuestro imperio, no podían
tan fácilmente lograrlo.
II.
César, en fuerza de estas noticias y cartas, alistó
dos nuevas legiones en la Galia Cisalpina, y a la entrada
del verano envió por conductor de ellas a lo interior
de la Galia al legado Quinto Pedio. Él, luego que
comenzó a crecer la hierba, vino al ejército;
da comisión a los senones y demás galos confinantes
con los belgas que averigüen sus movimientos y le informen
de todo. Avisaron todos unánimemente que se hacían
levas, y que las tropas se iban juntando en un lugar determinado.
Con eso no tuvo ya razón de dudar, sino que se resolvió
a marchar contra ellos de allí a doce días.
Hechas, pues, las provisiones, toma el camino, y en cosa
de quince días se pone en la frontera de los belgas.
III. Como llegase de improviso, y más presto de lo
que nadie creyera, los remenses, que por la parte de los
belgas son más cercanos a la Galia, le enviaron una
diputación con Iccio y Antebrogio, primeros personajes
de su República, protestándole que se ponían
con cuanto tenían en manos del Pueblo Romano; que
no habían tenido parte ni dado la más leve
ocasión al alzamiento de los otros belgas, antes
estaban prontos a darle rehenes, obedecerle, franquearle
las ciudades, y suministrarle víveres y cuanto se
le ofreciese; que los demás belgas todos estaban
en armas, y los germanos del Rin para acá conjurados
con ellos; que su despecho era tan universal y tan ciego,
que no les ha sido posible apartar de esta liga ni aun a
los suesones (de Soisons) hermanos suyos y de la misma sangre,
con quienes gozan de igual fuero, se gobiernan por las mismas
leyes y componen una república.
IV.
Preguntándoles cuáles y cuan populosas y de
qué fuerzas eran las repúblicas alzadas, sacaba
en limpio que la mayor parte de los belgas descendían
de los germanos; y de tiempos atrás, pasado el Rin,
se habían avecindado allí por la fertilidad
del terreno, echando a sus antiguos moradores los galos;
que solos ellos en tiempos de nuestros padres impidieron
la entrada en sus tierras a los teutones y cimbros, que
venían de saquear toda la Galia; que orgullosos con
la memoria de estas hazañas, se tenían por
superiores a todos en el arte militar. En orden a su número,
añadían los remenses que lo sabían
a punto fijo; porque con ocasión de la vecindad y
parentesco tenían muy bien averiguado cuánta
gente de guerra ofrecía cada pueblo en la junta general
de los belgas. Los beoveses como que exceden a todos en
valor, autoridad y número, pueden poner en pie cien
mil combatientes. De éstos han prometido dar sesenta
mil de tropa escogida, y pretenden el supremo mando de esta
guerra. Los suesones, sus vecinos, poseen campiñas
muy dilatadas y fértiles, cuyo rey fue aun en nuestros
días Diviciaco, el más poderoso de toda la
Galia; que no sólo reinó en mucha parte de
estas regiones, sino también de la Bretaña;
el rey de ahora era Galba, a quien por su justicia y prudencia
todos convenían en nombrarle por generalísimo
de las armas. Tienen los suesones doce ciudades, y ofrecen
cincuenta mil combatientes; otros tantos los nervios, que
son reputados por los más bravos, y caen muy lejos;
quince mil dan los artesios; los amienses diez mil; veinticinco
mil los morinos; los menapios nueve mil; los caletes diez
mil; velocases y vermandeses otros tantos; los
aduáticos veintinueve mil; los condrusos, eburones,
ceresos, pemanos, conocidos por el nombre común
de germanos, a su parecer, hasta cuarenta mil.
V.
César, esforzando a los remenses, y agradeciéndoles
sus buenos oficios con palabras muy corteses, mandó
venir a su presencia todo el Senado y traer a los hijos
de los grandes por rehenes. Todo lo ejecutaron puntualmente
al plazo señalado. Él, con gran eficacia exhortando
a Diviciaco el eduo, le persuade lo mucho que importa al
bien común de la república el dividir las
fuerzas del enemigo, para no tener que lidiar a un tiempo
con tantos; lo cual se lograría si los eduos rompiesen
por tierras de los beoveses y empezasen a talar sus campos.
Dado este consejo, le despidió. Ya que tuvo certeza
por sus espías y por los remenses, cómo unidos
los belgas venían todos contra él, y que estaban
cerca, se anticipó con su ejército a pasar
el río Aisne, donde remata el territorio remense,
y allí fijó sus reales, cuyo costado de una
banda quedaba defendido con esta postura por las márgenes
del río, las espaldas a cubierto del enemigo, y seguro
el camino desde Reims y las otras ciudades para el transporte
de bastimentos. Guarnece el puente que tenía el río,
deja en la ribera opuesta con seis cohortes al legado Quinto
Titurio Sabino y manda fortificar los reales con un parapeto
de doce pies de alto y un foso de dieciocho.
VI.
Estaba ocho millas distante de aquí una plaza de
los remenses llamada Bibracte (Bievre), que los belgas se
pusieron a batirla sobre la marcha con gran furia. No costó
poco defenderla aquel día. Los belgas en batir las
murallas usan el misino arte que los galos; cercanías
por todas partes de gente, y empiezan a tirar piedras hasta
tanto que ya no queda defensor en almena. Entonces, formando
como un techo protector con sus escudos vanse arrimando
a las puertas y abren la brecha; lo que a la sazón
era bien fácil, por ser tantos los que arrojaban
piedras y dardos, que no dejaban parar a hombre sobre el
muro. Como la noche los forzase a desistir del asalto, el
gobernador de la plaza Iccio Remense, igualmente noble que
bienquisto entre los suyos, uno de los que vinieron con
la diputación de paz a César, le da aviso
por sus mensajeros, «que si no envía socorro,
ya no puede él aguantar más».
VII.
César, luego a la medianoche, destaca en ayuda de
los sitiados una partida de flecheros númidas y cretenses
y de honderos baleares a la dirección de los mismos
mensajeros de Iccio. Con su llegada, cuanto mayor ánimo
cobraron los remenses con la esperanza cierta de la defensa,
tanto menos quedó a los enemigos de conquistar aquella
plaza. Así que, alzado el sitio a poco tiempo, asolando
los campos y pegando fuego a todas cuantas aldeas y caseríos
encontraban por las inmediaciones del camino, marcharon
con todo su ejército en busca del de César,
y se acamparon a dos millas escasas de él. La extensión
de su campo, por lo que indicaban el humo y los fuegos,
ocupaba más de ocho millas.
VIII. César, al principio, a vista de un ejército
tan numeroso y del gran concepto que se hacía de
su valor, determinóse a no dar batalla. Sin embargo,
con escaramuzas cotidianas de la caballería procuraba
sondear hasta dónde llegaba el esfuerzo del enemigo,
como también el coraje de los nuestros. Ya que se
aseguró de que los nuestros no eran inferiores, teniendo
delante de los reales espacio competente y acomodado para
ordenar los escuadrones; porque aquel collado de su alojamiento,
no muy elevado sobre la llanura, tenía la delantera
tan ancha cuando bastaba para la formación del ejército
en batalla, por las dos laderas la bajada pendiente, y por
la frente altura tan poca, que insensiblemente iba declinando
hasta confundirse con el llano, cerró los dos lados
de la colina con fosos tirados de través cada uno
de cuatrocientos pasos de longitud, y guarneciendo sus remates
con fortines, plantó baterías en ellos a fin
de que al tiempo del combate no pudiesen los enemigos (siendo
tan superiores en número) acometer por los costados
y coger en medio a los nuestros. Hecho esto, y dejadas en
los reales las dos legiones recién alistadas, para
poder emplearlas en caso de necesidad, puso las otras seis
delante de ellos en orden de batalla. El enemigo asimismo
había sacado sus tropas y las tenía alineadas.
IX. Esperaban los enemigos a que la pasasen los nuestros;
los nuestros
estaban a la mira para echarse sobre los enemigos atollados,
si fuesen ellos los primeros a pasarla. En tanto los caballos
andaban escaramuzando entre los dos ejércitos. Mas
como ninguno de los dos diese muestras de querer pasar el
primero. César, contento con la ventaja de la caballería
en el choque, tocó la retirada. Los enemigos al punto
marcharon de allí al río Aisne, que, según
se ha dicho, corría detrás de nuestros cuarteles:
donde descubierto el vado, intentaron pasar parte de sus
tropas con la mira de desalojar, si pudiesen, al legado
Quinto Titurio de la fortificación que mandaba y
romper el puente, o cuando no, talar los campos remenses,
que tanto nos servían en esta guerra proveyéndonos
de bastimentos.
X.
César, avisado de esto por Titurio, pasa el puente
con toda la caballería y la tropa ligera de los númidas
con los honderos y flecheros, y va contra ellos. Obráronse
allí prodigios de valor. Los nuestros, acometiendo
a los enemigos metidos en el río, mataron a muchos,
y a fuerza de dardos rechazaron a los demás que,
con grandísimo arrojo, pretendían abrirse
paso por encima de los cadáveres. Los primeros que
vadearon el río, rodeados de la caballería
perecieron. Viendo los enemigos fallidas sus esperanzas
de la conquista de la plaza y del tránsito del río,
como también que los nuestros no querían pelear
en sitio menos ventajoso, y ellos comenzaban a sentir escasez
de alimentos, juntados a consejo, concluyeron ser lo mejor
retirarse cada cual a su casa, con el pacto de acudir de
todas partes a fin de hacer la guerra con más comodidad
dentro de su comarca que fuera, y sostenerla con sus propias
abundantes cosechas. Moviólos a esta resolución,
entre otras razones, la de haber sabido que Diviciaco y
los eduos se iban acercando a las fronteras de los beoveses,
los cuales por ningún caso podían sufrir más
largas sin socorrer a los suyos.
XI.
Con esta determinación, arrancando hacia medianoche
con gran ruido y alboroto, sin orden ni concierto, apresurándose
cada cual a coger la delantera por llegar antes a casa,
su marcha tuvo visos de huida. César, avisado al
instante del hecho por sus escuchas, temiendo alguna celada,
por no haber todavía penetrado el motivo de su partida,
se mantuvo quieto con todo su ejército dentro de
los reales. Al amanecer, asegurado de la verdad por los
batidores, envía delante toda la caballería
a cargo de los legados Quinto Pedio y Lucio Arunculeyo Cota
con orden de picar la retaguardia enemiga. Al legado Tito
Labieno mandó seguirlos con tres legiones. Habiendo
éstos alcanzado a los postreros y perseguídolos
por muchas millas, hicieron en los fugitivos gran matanza.
Los de la retaguardia, viéndose ejecutados, hicieron
frente, resistiendo animosamente a las embestidas de los
nuestros; en tanto los de la vanguardia, que se consideraban
lejos del peligro, sin haber quien los forzase, ni caudillo
que los mantuviese, al oír aquella gritería,
desordenadas las filas, buscaron su seguridad en la fuga.
Con eso, sin el menor riesgo prosiguieron los nuestros matando
gente todo lo restante del día; y sólo al
poner del sol desistieron del alcance, retirándose
a los reales según la orden que tenían.
XII.
César, al otro día, sin dar a los enemigos
tiempo de recobrarse del pavor y de la fuga, dirigió
su marcha contra los suesones, fronterizos de los remenses,
y después de un largo viaje se puso sobre la ciudad
de Novo (¿Soisons?). Tentado de camino asaltarla,
pues le decían que se hallaba sin guarnición,
por tener un foso muy ancho, y muy altos los muros, no pudo
tomarla, con ser pocos los que la defendían. Fortificados
los reales, trató de armar las galerías y
apercibir las piezas de batir las murallas. En esto todas
las tropas de suesones que venían huyendo se recogieron
la noche inmediata en la plaza. Mas asestadas sin dilación
las galerías, formando el terraplén, y levantadas
las bastidas; espantados los galos de la grandeza de aquellas
máquinas, nunca vistas ni oídas, y de la presteza
de los romanos en armarlas, envían diputados a César
sobre la entrega, y a petición de los remenses alcanzan
el perdón.
XIII.Recibidos
en prendas los más granados del pueblo con dos hijos
del mismo rey Galba, y entregadas todas las armas, Césaradmitió
por vasallos a los suesones, y marchó contra los
beoveses;los cuales, habiéndose refugiado con todas
sus cosas en la fortaleza de Bratuspancio ( Beauvais), y
estando César distante de allí poco menos
de cinco millas, todos los ancianos saliendo de la ciudad
con ademanes y voces, le hacían señas de que
venían a rendírsele a discreción, ni
querían más guerra con los romanos; asimismo,
luego que se acercó al lugar y empezó a sentar
el campo, los niños y las mujeres desde las almenas,
tendidas las manos a su modo, pedían la paz a los
romanos.
XIV.
Diviciaco (el cual después de la retirada de los
belgas, y despedidas sus tropas, había vuelto a incorporarse
con las de César) aboga por ellos diciendo: «que
siempre los beoveses habían sido amigos fieles de
los eduos; que sus jefes, con esparcir que los eduos esclavizados
por César padecían toda suerte de maltratamientos
y oprobios, los indujeron a separarse de ellos y declarar
la guerra al Pueblo Romano. Los autores de esta trama, reconociendo
el grave perjuicio acarreado a la república, se habían
guarecido en Bretaña. Por tanto, le suplican los
beoveses, y juntamente con ellos y por ellos los eduos,
que los trate con su acostumbrada clemencia y benignidad.
Que haciéndolo así aumentaría el crédito
de los eduos para con todos los belgas, con cuyos socorros
y bienes solían mantener las guerras ocurrentes».
XV.
César, por honrar a Diviciaco y favorecer a los eduos,
dio palabra
de aceptar su homenaje y de conservarlos en su gracia; mas
porque era un estado pujante, sobresaliendo entre los belgas
en autoridad y número de habitantes, pidió
seiscientos rehenes. Entregados éstos juntamente
con todas sus armas, encaminóse a los amienses, que
luego se le rindieron con todas sus cosas. Con éstos
confinan los nervios, de cuyos genios y costumbres César,
tomando lengua, vino a entender: «que a ningún
mercader daban entrada;
ni permitían introducir vinos, ni cosas semejantes
que sirven para el regalo; persuadidos de que con tales
géneros se afeminan los ánimos y pierden su
vigor; siendo ellos naturalmente bravos y forzudos; que
daban en rostro y afrentaban a los demás belgas porque
a gran mengua de la valentía heredada con la sangre,
se habían sujetado al Pueblo Romano; que ellos por
su parte protestaban de no proponer ni admitir condiciones
de paz».
XVI.
Llevaba tres días de jornada César por las
tierras de éstos, cuando le dijeron los prisioneros
que a diez millas de sus tiendas corría el río
Sambre, en cuya parte opuesta estaban acampados los nervios,
aguardando allí su venida unidos con los arrebates
y vermandeses (de Arras y Veromandois), sus vecinos, a los
cuales habían inducido a seguir la misma fortuna
en la guerra; que esperaban también tropas de los
aduáticos (de Namur) que venían marchando;
que a sus mujeres y demás personas inhábiles
por la edad para el ejercicio de las armas tenían
recogidas en un paraje inpenetrable al ejército por
las lagunas.
XVII.
César, con estas noticias, envió delante algunos
batidores y centuriones a procurar puesto acomodado para
el alojamiento. Mas como viniesen en su compañía
varios de los belgas conquistados y otros galos, algunos
de ellos (según que después se averiguó
por los prisioneros), observado el orden de la marcha de
nuestro ejército en aquellos días, se fueron
de noche a los nervios y les avisaron de la gran porción
de bagaje que mediaba entre legión y legión;
con que al llegar la primera al campo, quedando muy atrás
las demás, era muy fácil sorprenderla embarazada
con la carga; derrotada ésta, y perdido el bagaje,
a buen seguro que las siguientes no se atreviesen a contrarrestar.
Era bien recibido el consejo; por cuanto los nervios, que
ni antes usaron jamás (ni ahora tampoco usan pelear
a caballo, sino que todas sus fuerzas consisten en la infantería)
para estorbar más fácilmente la caballería
de sus fronterizos en las ocasiones que hacía correrías,
desmochando y doblando los arbolillos tiernos, entretejiendo
en sus ramas zargas y espinos a lo ancho, habían
formado un seto, que les servía de muro tal y tan
cerrado, que impedía no como quiera la entrada, mas
también la vista. Con este arte, teniendo atajado
el paso a nuestro ejército, juzgaron los nervios
que no era de despreciar el aviso.
XVIII.
La situación del lugar elegido por los nuestros para
fijar los reales era en un collado que tenía uniforme
la bajada desde la cumbre hasta el río Sambre, arriba
mencionado. De su opuesta ribera se alzaba otro collado
de igual elevación enfrente del primero, despejado
a la falda como doscientos pasos, y en la cima tan cerrado,
que apenas podía penetrar dentro la vista. Detrás
de esta breña estaban emboscados los enemigos. En
el raso a la orilla del río, que tenía como
tres pies de hondo, se divisaba tal cual piquete de caballería.
XIX.
César, echando adelante la suya, seguíala
con el grueso del ejército. Pero el orden de su marcha
era bien diferente del que pintaron los belgas a los nervios;
pues César, por la cercanía del enemigo, llevaba
consigo, como solía, seis legiones sin más
tren que las armas; después iban los equipajes de
todo el ejército, escoltados de las dos legiones
recién alistadas, que cerraban la marcha. Nuestros
caballos, pasando el río con la gente de honda y
arco, trabaron combate con los caballos enemigos. Mientras
éstos, ya se retiraban al bosque entre los suyos,
ya salían de él a embestir con los nuestros,
sin que los nuestros osasen ir tras ellos en sus retiradas
más allá del campo abierto; las seis legiones,
que habían llegado las primeras, delineado el campo,
empezaron a fortificarlo. Luego que los enemigos cubiertos
en las selvas avistaron los primeros bagajes de nuestro
ejército, según lo concertado entre sí,
estando de antemano bien prevenidos y formados allí
mismo en orden de batalla, de repente se dispararon con
todas sus tropas y se dejaron caer sobre nuestros caballos.
Batidos y deshechos éstos sin resistencia, con velocidad
increíble vinieron corriendo hasta el río,
de modo que casi a un mismo tiempo se les veía en
el bosque, en el río y en combate con los nuestros.
Los del collado opuesto, con igual ligereza, corrieron a
asaltar nuestras trincheras y a los que trabajaban en ellas.
XX.
César tenía que hacerlo todo a un tiempo:
enarbolar el estandarte,1 que es la llamada a tomar las
armas; hacer señal con la bocina; retirar los soldados
de sus trabajos; llamar a los que se habían alejado
en busca de fagina; escuadronar el ejército; dar
la contraseña; arengar a los soldados. Mas no permitía
la estrechez del tiempo, ni la sucesión continua
de negocios, ni la avenida de los enemigos dar expediente
a todas estas cosas. En medio de tantas dificultades dos
circunstancias militaban a su favor: una era la inteligencia
y práctica de los soldados, que como ejercitados
en las anteriores batallas, podían por sí
mismos dirigir cualquier acción con tanta
pericia como sus decuriones; la otra haber intimado César
la orden que ninguno de los legados se apartase de su legión
durante la faena del atrincheramiento. Así que, vista
la prisa y cercanía del enemigo, sin aguardar las
órdenes de César, ejecutaban lo que parecía
del caso.
XXI.
César, dadas las providencias necesarias, corriendo
a exhortar a los soldados adonde le guió la suerte,
encontróse con la legión décima. No
dijo más a los soldados sino que se acordasen de
su antiguo valor, y sin asustarse resistiesen animosamente
al ímpetu de los enemigos. Y como éstos ya
estaban a tiro de dardo, hizo señal de acometer.
Partiendo de allí a otra banda con el mismo fin de
alentarlos, los halló peleando. El tiempo fue tan
corto, los enemigos tan determinados al salto, que no dieron
lugar a los nuestros para ponerse las cimeras, ni aun siquiera
para ajustar las viseras de los yelmos y quitar las fundas
a los escudos. Donde cada cual acertó a encontrarse
al partir mano del trabajo, allí se paró,
agregándose a las primeras banderas que se le pusieron
delante, para no gastar tiempo de pelear en buscar a los
suyos.
XXII.
Ordenado el ejército según lo permitían
la situación del lugar, la cuesta de la colina y
la urgencia del tiempo más que conforme al arte y
disciplina militar; combatiendo separadas las legiones,
cuál en una parte y cuál en otra, impedida
la vista por la espesura de los bardales interpuestos, de
que hicimos antes mención, no era factible que un
hombre sólo pudiese socorrer a todos a un tiempo,
ni dar las providencias necesarias, ni mandarlo todo. Por
lo cual, en concurrencia de cosas tan adversas, eran varios
a proporción los sucesos de la fortuna.
XXIII.
Los soldados de la nona y la décima legiones, escuadronados
en el ala izquierda del ejército, disparando sus
dardos a los artesios, que tenían enfrente, presto
los precipitaron el collado abajo hasta el río, ya
sin aliento del mucho correr y el cansancio, y malparados
de las heridas; y tentando pasarle, persiguiéndolos
espada en mano, degollaron gran parte de ellos cuando no
podían valerse. Los nuestros no dudaron atravesar
el río, y como los enemigos, viéndolos empeñados
en un paraje peligroso, intentasen hacerles frente, renovada
la refriega los obligaron a huir de nuevo. Por otra banda
las legiones octava y undécima, después de
desalojar de la loma a los vermandeses sus contrarios, proseguían
batiéndolos en las márgenes mismas del río.
Pero quedando sin defensa los reales por el frente y costado
izquierdo, estando apostada en el derecho la
legión duodécima y a corta distancia de ésta
la séptima, todos los nervios, acaudillados de su
general Buduognato, cerrados en un escuadrón muy
apiñado, acometieron aquel puesto, tirando unos por
el flanco descubierto a coger en medio las legiones, y otros
a subir la cima de los reales.
XXIV.
A este tiempo nuestros caballos, con los soldados ligeros
que, como ya referí, iban en su compañía,
cuando fueron derrotadosal primer ataque de los enemigos,
viniendo a guarecerse dentro de las trincheras, tropezaban
con los enemigos y echaban a huir por otro lado. Pues los
gastadores que a la puerta trasera desde la cumbre del collado
vieron a los nuestros pasar el río en forma de vencedores,
saliendo al pillaje, como mirasen atrás y viesen
a los enemigos en medio de nuestro campo, precipitadamente
huían a todo huir. En aquel punto y tiempo comenzaban
a sentirse las voces y alaridos de los que conducían
el bagaje; con que corrían despavoridos unos acá,
otros acullá sin orden ni concierto. Entonces los
caballos trevirenses, muy alabados de valientes entre los
galos, enviados de socorro a César por su república,
sobrecogidos de tantos malos sucesos, viendo nuestros reales
cubiertos de enemigos, las legiones estrechadas y poco menos
que cogidas; gastadores, caballos, honderos númidas
dispersos, descarriados, huyendo por donde podían,
dándonos ya por perdidos, se volvieron a su patria
con la noticia de que los romanos quedaban rotos y vencidos,
sus reales y bagajes en poder de los enemigos.
XXV.
César, después de haber animado a la legión
décima, viniendo al costado derecho, como vio el
aprieto de los suyos, apiñadas las banderas, los
soldados de la duodécima legión tan pegados
que no podían manejar las armas, muertos todos los
centuriones y el alférez de la cuarta cohorte, perdido
el estandarte; los de las otras legiones o muertos o heridos,
y el principal de ellos Publio Sextio Báculo, hombre
valerosísimo, traspasado de muchas y graves heridas
sin poderse tener en pie; que los demás caían
en desaliento, y aun algunos, desamparados de los que les
hacían espaldas, abandonaban su puesto hurtando el
cuerpo a los golpes; que los enemigos subiendo la cuesta,
ni por el frente daban treguas, ni los dejaban respirar
por los costados, reducidos al extremo sin esperanza de
ser ayudados; arrebatando el escudo a un soldado de las
últimas filas (que César se vino sin él
por la prisa) se puso al frente; y nombrando a los centuriones
por su nombre, exhortando a los demás, mandó
avanzar y ensanchar las filas para que pudieran servirse
mejor de las espadas. Con su presencia recobrando los soldados
nueva esperanza y nuevos bríos, deseoso cada cual
de hacer los últimos esfuerzos a vista del general
en medio de su mayor peligro, cejó algún tanto
el ímpetu de los enemigos.
XXVI.
Advirtiendo César que la legión séptima,
allí cerca, se hallaba también en grande aprieto,
insinuó a los tribunos que fuesen poco a poco reuniendo
las legiones, y todas a una cerrasen a banderas desplegadas
con el enemigo. Con esta evolución, sosteniéndose
recíprocamente sin temor ya de ser cogidos por la
espalda, comenzaron a resistir con más brío
y a pelear con más coraje. En esto las dos legiones
que venían escoltando los bagajes de retaguardia,
con la noticia de la batalla apretando el paso, se dejaban
ya ver de
los enemigos sobre la cima del collado. Y Tito Labieno,
que se había apoderado de sus reales, observando
desde un alto el estado de las cosas en los nuestros, destacó
la décima legión a socorrernos. Los soldados,
infiriendo de la fuga de los caballos y gastadores la triste
situación y riesgo grande que corrían las
trincheras, las legiones y el general, no perdieron punto
de tiempo.
XXVII.
Con su llegada se trocaron tanto las suertes, que los nuestros,
aun los más postrados de las heridas, apoyados sobre
los escudos renovaron el combate; hasta los mismos furrieles,
viendo consternados a los enemigos, con estar desarmados,
se atrevían con los armados. Pues los caballeros,
a trueque de borrar con proezas de valor la infamia de la
huida, combatían en todas partes, por aventajarse
a los soldados legionarios. Los enemigos, reducidos al último
extremo, se portaron con tal valentía, que al caer
de los primeros, luego ocupaban su puesto los inmediatos,
peleando por sobre los cuerpos de aquellos que yacían
derribados y amontonados, y parapetándose en los
cuales nos disparaban los demás sus dardos, recogían
los que les tirábamos y volvíanlos a arrojar
contra nosotros; así que no es maravilla que hombres
tan intrépidos osasen a
esguazar un río tan ancho, trepar por ribazos tan
ásperos y apostarse en lugar tan escarpado; y es
que todas estas cosas, bien que de suyo muy difíciles,
se les facilitaba su bravura.
XXVIII.
Acabada la batalla, y con ella casi toda la raza y nombre
de los nervios, los viejos que, según dijimos, estaban
con los niños y las mujeres recogidos entre pantanos
y lagunas, sabedores de la desgracia, considerando que para
los vencedores todo es llano y para los vencidos nada seguro,
enviaron, de común consentimiento de todos los que
se salvaron, embajadores a César, entregándose
a discreción; y encareciendo el infortunio de su
república, afirmaron que de seiscientos senadores
les quedaban solos tres, y de sesenta mil combatientes apenas
llegaban a quinientos. A los cuales César, haciendo
alarde de su clemencia para con los miserables y rendidos,
conservó con el mayor empeño, dejándolos
en la libre posesión de sus tierras y ciudades; y
mandó a los rayanos que nadie osase hacerles daño.
XXIX.
Los aduáticos, de quien se habló ya, viniendo
con todas sus fuerzas en socorro de los nervios, oído
el suceso de la batalla, dieron desde el camino la vuelta
a su casa; y abandonando las poblaciones, se retiraron con
cuanto tenían a una plaza muy fuerte por naturaleza.
Estaba ésta rodeada por todas partes de altísimos
riscos y despeñaderos, y por una sola tenía
la entrada, no muy pendiente, ni más ancha que de
doscientos pies, pero guarnecida de dos elevadísimos
rebellines, sobre los cuales habían colocado piedras
gruesísimas y estacas puntiagudas. Eran los aduáticos
descendientes de los cimbros y teutones, que al partirse
para nuestra provincia e Italia, descargando a la orilla
del Rin los fardos que no podían llevar consigo,
dejaron para su custodia y defensa a seis mil de los suyos.
Los cuales, muertos aquéllos, molestados por muchos
años de los vecinos con guerras ya ofensivas, ya
defensivas, hechas al fin las paces de común acuerdo,
hicieron aquí su asiento.
XXX.
Éstos, pues, al principio de nuestra llegada hacían
frecuentes salidas y escaramuzas con los nuestros. Después,
habiendo nosotros tirado una valla de doce pies en alto
y quince mil en circuito, y bloqueándolos con baluartes
de trecho en trecho, se mantenían cercados en la
plaza. Mas cuando armadas ya las galerías y formado
el terraplén, vieron erigirse una torre a lo lejos,
por entonces comenzaron desde los adarves a hacer mofa y
fisga de los nuestros, gritando, a qué fin erigían
máquina tan grande a tanta distancia, y con qué
brazos o fuerzas se prometían, mayormente siendo
unos hombrezuelos, arrimar a los muros un torreón
de peso tan enorme (y es que los más de los galos,
por ser de grande estatura, miran con desprecio la pequeñez
de la nuestra).
XXXI.
Mas cuando repararon que se movía y acercaba a las
murallas, espantados del nuevo y desusado espectáculo,
despacharon a César embajadores de paz, que hablaron
de esta sustancia: «que no podían menos de
creer que los romanos guerreaban asistidos de los dioses,
cuando con tanta facilidad podían dar movimiento
a máquinas de tanta elevación, y pelear tan
de cerca; por tanto, se entregaban con todas las cosas en
sus manos. Que si por dicha, usando de su clemencia y mansedumbre,
de que ya tenían noticia, quisiese perdonar también
a los aduáticos, una sola cosa le pedían y
suplicaban, no los despojase de las armas; que casi todos
los comarcanos eran sus enemigos y envidiosos de su poder,
de quienes mal podían defenderse sin ellas. En tal
caso les sería mejor sufrir de los romanos cualquier
aventura, que morir atormentados a manos de aquellos a quienes
solían dar la ley».
XXXII.
A esto respondió César: «que hubiera
conservado la ciudad, no porque lo mereciese, sino por ser
esa su costumbre, caso de haberse rendido antes de batir
la muralla; pero ya no había lugar a la rendición
sin la entrega de las armas; haría sí con
ellos lo mismo que con los nervios, mandando a los confinantes
que se guardasen de hacer ningún agravio a los vasallos
del Pueblo Romano». Comunicada esta respuesta a los
sitiados, dijeron estar prontos a cumplir lo mandado. Arrojada,
pues, gran cantidad de armas desde los muros al foso que
ceñía la plaza, de suerte que los montones
de ellas casi tocaban con las almenas y la plataforma, con
ser que habían escondido y reservado dentro una tercera
parte, según se averiguó después, abiertas
las puertas, estuvieron en paz aquel día.
XXXIII.
Al anochecer César mandó cerrarla, y a los
soldados que saliesen fuera de la plaza, porque no se desmandase
alguno contra los ciudadanos. Pero éstos de antemano,
como se supo después, convenidos entre sí,
bajo el supuesto de que los nuestros, hecha ya la entrega,
o no harían guardias, o cuando mucho no estarían
tan alerta, parte valiéndose de las armas reservadas
y encubiertas, parte de rodelas hechas de cortezas de árbol
y de mimbre entretejidas, que aforraron de pronto con pieles
(no permitiéndole otra cosa la falta de tiempo) sobre
la medianoche salieron de tropel al improviso con todas
sus tropas derechos adonde parecía más fácil
la subida a nuestras trincheras. Dado aviso al instante
con fuegos, como César lo tenía prevenido,
acudieron allá luego de los baluartes vecinos. Los
enemigos combatieron con tal coraje cual se debía
esperar de hombres reducidos a la última desesperación,
sin embargo, de la desigualdad del sitio contra los que
desde la valla y torres disparaban, como quienes tenían
librada la esperanza de vivir en su brazo. Muertos hasta
cuatro mil, los demás fueron rebatidos a la plaza.
Al otro día rompiendo las puertas, sin haber quien
resistiese, introducida nuestra tropa, César vendió
en almoneda todos los moradores de este pueblo con sus haciendas.
El número de personas vendidas, según la lista
qué le exhibieron los compradores, fue de cincuenta
y tres mil.
XXXIV.
Al mismo tiempo Publio Craso, enviado por César con
una legión a sujetar a los vénetos,
únelos, osismios, curiosolitas, sesuvios, aulercos
y reñeses, pueblos marítimos sobre la
costa del Océano, le dio aviso cómo todos
quedaban sujetos al Pueblo Romano.
XXXV.
Concluidas estas empresas y pacificada la Galia toda, fue
tan célebre la fama de esta guerra divulgada hasta
los bárbaros, que las naciones transrenanas enviaban
a porfía embajadores a César prometiéndole
la obediencia y rehenes en prendas de su lealtad. El despacho
de estos embajadores, por estar de partida para Italia y
el Ilírico, difirió por entonces César,
remitiéndolos al principio del verano siguiente.
Con eso, repartidas las legiones en cuarteles de invierno
por las comarcas de Chartres, Anjou y Tours, vecinas a los
países que fueron el teatro de la guerra, marchó
la vuelta de Italia. Por tan prósperos sucesos, leídas
en Roma las cartas de César, se mandaron hacer fiestas
solemnes por quince días; demostración hasta
entonces nunca hecha con ninguno.
NOTAS DE NAPOLEÓN AL LIBRO II
1. César, en esta campaña, contaba con ocho
legiones, y además de las tropas auxiliares agregadas
a cada legión, contaba conun gran número de
galos a pie y a caballo y de tropas ligeras, de las Islas
Baleares, de Creta y de África, que constituían
un ejército muy nutrido. Los 300.000 hombres que
los belgas le opusieron estaban compuestos por soldados
de diversos pueblos, sin disciplina y sin
consistencia. Cap. IV.
2.
Han supuesto los comentadores que la ciudad de Fismes o
de Laon era la que los belgas hablan tratado de atacar por
sorpresa antes de dirigirse contra el campamento de César;
es un error: se trataba de la ciudad de Bievre y el campamento
de César estaba aguas abajo de Pont-a-Vaire. Por
su derecha se apoyaba en el recodo
del Aisne, entre Pont-a-Vaire y el pueblecito de Chandarde;
por su izquierda en el arroyo de la Mielle, y frente a él
se extendían las marismas. El campamento de César
en Pont-a-Vaire estaba a una distancia de 8.000 toesas de
Bievre, a 14.000 de Reims, a 22.000 de Soisóns, a
16.000 de Laon, lo que concuerda con todas las indicaciones
del texto de los Comentarios. Los combates junto al Aisne
se desarrollaron a principios de julio. Cap. VI.
3.
La batalla del Sambre se dio a fin de julio en los alrededores
de Maubeuge. Cap. XXVIII.
4.
La posición de Calais está de acuerdo con
las indicaciones de los Comentarios. César dice que
la contravalación que hizo levantar alrededor de
la ciudad era de doce pies de altura, con un foso de dieciocho
pies de profundidad; debe de tratarse de un error; hay que
leer dieciocho pies de anchura pues dieciocho pies de profundidad
supondrían una anchura de seis toesas; el foso estaba
construido en forma de palomilla, por lo cual la excavación
sería de nueve toesas cúbicas. Es probable
que este atrincheramiento tuviese un foso de dieciséis
pies de anchura por nueve de profundidad, cubicando 486
pies por toesa corriente; con la tierra extraída
había levantado un muro y un parapeto cuyo nivel
se elevaba a dieciocho pies sobre el fondo del foso. Cap.
XXX.
5.
No es tarea fácil hacer observaciones de orden estrictamente
militar sobre un texto tan conciso y sobre ejércitos
de naturaleza tan distinta. ¿Cómo comparar,
en efecto, un ejército de línea romano, reclutado
y escogido en toda Italia y en las provincias romanas, con
ejércitos bárbaros compuestos de reclutamientos
en masa, valientes, feroces, pero que poseían escasísimas
nociones de la guerra, que ignoraban el arte de tender un
puente, de levantar rápidamente un atrincheramiento,
de construir una torre, y que se aterraban en cuanto veían
acercarse los arietes a sus murallas? Cap. XXXI.
6. No sin razón se ha reprochado a César,
a pesar de todo, el que se dejara sorprender en la batalla
del Sambre contando con tanta caballería y tropas
ligeras. Es verdad que su caballería y sus tropas
ligeras habían pasado el Sambre, pero desde el lugar
donde encontraba advertía que éstos se habían
detenido a 150 toesas de él en el linde del bosque;
debía, pues, o tener una parte de sus tropas en alerta,
o esperar a que sus exploradores hubiesen atravesado el
bosque y explorado el terreno. César se justifica
con decir que las orillas del Sambre eran tan escarpadas
que parecían ponerle al abrigo de sorpresas en el
lugar donde quería acampar. Cap. XXXIII.
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