I.
La Galia está
dividida en tres partes: una que habitan los belgas,
otra los aquitanos, la tercera los que en su lengua se llaman
celtas y en la nuestra galos. Todos estos se diferencian
entre sí en lenguaje, costumbres y leyes. A los galos
los separa de los aquitanos el río Carona, de los
belgas el Marne y el Sena. Los más valientes de todos
son los belgas, porque viven muy remotos del fausto y delicadeza
de nuestra provincia; y rarísima vez llegan allá
los mercaderes con cosas a propósito para enflaquecer
los bríos; y por estar vecinos a los germanos, que
moran a la otra parte del Rin, con quienes traen continua
guerra. Ésta es también la causa por la que
los helvecios
aventajan en valor a los otros galos, pues casi todos los
días vienen a las manos con los germanos, ya cubriendo
sus propias fronteras, ya invadiendo las ajenas. La parte
que hemos dicho ocupan los galos comienza en el río
Ródano, confina con el Carona, el Océano y
el país de los belgas; por el de los secuanos
y helvecios linda con el Rin, tirando al Norte. Los belgas
toman su principio de los últimos límites
de la Galia, dilatándose hasta el Bajo Rin, mirando
al Septentrión y al Oriente. La Aquitania entre Poniente
y Norte por el río Carona se extiende hasta los montes
Pirineos, y aquella parte del Océano que baña
España.
II.
Entre los helvecios fue sin disputa el más noble
y el más rico Orgetórige. Éste, siendo
cónsules Marco
Mésala y Marco Pisón, llevado de la ambición
de reinar, ganó a la nobleza y persuadió al
pueblo «a salir de su patria con todo lo que tenían;
diciendo que les era muy fácil, por la ventaja que
hacían a todos en fuerzas, señorearse de toda
la Galia». Poco le costó persuadírselo,
porque los helvecios, por su situación, están
cerrados por todas partes; de una por el Rin, río
muy ancho y muy profundo, que divide el país Helvético
de la Germania; de otra por el altísimo monte Jura,
que lo separa de los secuanos; de la tercera por el lago
Lemán y el Ródano, que parte términos
entre nuestra provincia y los helvecios. Por cuya causa
tenían menos libertad de hacer correrías,
y menos comodidad para mover guerra contra sus vecinos;
cosa de gran pena para gente tan belicosa. Demás
que para tanto número de habitantes, para la reputación
de sus hazañas militares y valor, les parecía
término estrecho el de doscientas cuarenta millas
de largo, con ciento ochenta de ancho.
III.
En fuerza de estos motivos y del crédito de Orgetórige,
se concertaron
de apercibir todo lo necesario para la expedición,
comprando acémilas y carros cuantos se hallasen,
haciendo sementeras copiosísimas a trueque de estar
bien provistos de trigo en el viaje, asentando paz y alianza
con los pueblos comarcanos. A fin de efectuarlo, pareciéndoles
que para todo esto bastaría el espacio de dos años,
fijaron el tercero con decreto en fuerza de ley por plazo
de su partida. Para el manejo de todo este negocio eligen
a Orgetórige, quien tomó a su cuenta los tratados
con las otras naciones; y de camino persuade a Castice,
secuano, hijo de Catamantáledes (rey que había
sido muchos años de los secuanos, y honrado por el
Senado y Pueblo Romanos con el título de amigo) que
ocupase el trono en que antes había estado su padre:
lo mismo persuade a Dumnórige eduo, hermano de Diviciaco
(que a la sazón era la primera persona de su patria,
muy bienquisto del pueblo) y le casa con una hija suya.
«Representábales llana empresa, puesto que,
habiendo él de obtener el mando de los helvecios,
y siendo éstos sin duda los más poderosos
de toda la Galia, con sus fuerzas y ejército los
aseguraría en la posesión de los reinos. »
Convencidos del discurso, se juramentan entre sí,
esperando que, afianzada su soberanía y unidas tres
naciones poderosísimas y fortísimas, podrían
apoderarse de toda la Galia.
IV.Luego
que los helvecios tuvieron por algunos indicios noticia
de la trama, obligaron a Orgetórige a que diese sus
descargos, aprisionado
según estilo. Una vez condenado, sin remedio había
de ser quemado vivo. Aplazado el día de la citación,
Orgetórige compareció en juicio, acompañado
de toda su familia, que acudió de todas partes a
su llamamiento en número de diez
mil personas, juntamente con todos sus dependientes
y adeudados, que no eran pocos, consiguiendo, con su intervención,
substraerse al proceso. Mientras el pueblo irritado de tal
tropelía trataba de mantener con las armas su derecho
y los magistrados juntaban las milicias de las aldeas, vino
a morir Orgetórige, no sin sospecha en opinión
de los helvecios, de
que se dio él a sí mismo la muerte.
V.No
por eso dejaron ellos de llevar adelante la resolución
concertada de salir de su comarca. Cuando les pareció
estar ya todo a punto, ponen fuego a todas sus ciudades,
que eran doce, y a cuatrocientas
aldeas con los demás caseríos; queman todo
el grano, salvo el que podían llevar consigo, para
que perdida la esperanza de volver a su patria, estuviesen
más prontos a todos los trances. Mandan que cada
cual se provea de harina para tres meses. Inducen a sus
vecinos los rauracos,
tulingos, latobrigos a que sigan su ejemplo y, quemando
las poblaciones, se pongan en marcha con ellos, y a los
boyos (La Baviera), que, establecidos a la otra parte del
Rin, y adelantándose hasta el país de los
noricos, tenían sitiada su capital, empeñándolos
en la facción, los reciben por compañeros.
VI.
Sólo por dos caminos podían salir de su tierra:
uno por los secuanos, estrecho y escabroso entre el Jura
y el Ródano, por donde apenas podía pasar
un carro y señoreado de una elevadísima cordillera,
de la cual muy pocos podían embarazar el paso; el
otro por nuestra provincia, más llano y ancho, a
causa de que, corriendo el Ródano entre los helvecios
y alóbroges ( la actual Saboya y el Delfinado), con
quien poco antes se habían hecho paces, por algunas
partes es vadeable. Junto a la frontera de los helvecios
está Ginebra, última ciudad de los alóbroges,
donde hay un puente que remata en tierra de los helvecios.
Daban por hecho que, o ganarían a los alóbroges,
por parecerles no del todo sincera su reconciliación
con los romanos, o los obligarían por fuerza a franquearles
el paso. Aparejado todo para la marcha, señalan el
día fijo en que todos se debían congregar
a las riberas del Ródano. Era éste el 28 de
marzo en el consulado de Lucio Pisón y Aulo Gabinio.
VII.
Informado César de que pretendían hacer su
marcha por nuestra provincia, parte aceleradamente de Roma;
y encaminándose a marchas forzadas a la Galia Ulterior,
se planta en Ginebra. Da luego orden a toda la provincia
de aprestarle el mayor número posible de milicias,
pues no había en la Galia Ulterior sino una legión
sola. Manda cortar el puente junto a Ginebra. Cuando los
helvecios supieron su venida, despáchanle al punto
embajadores de la gente más distinguida de su nación,
cuya voz llevaban Numeyo y Verodocio, para proponerle que
ya que su intención era pasar por la provincia sin
agravio de nadie, por no haber otro camino, que le pedían
lo llevase a bien. César no lo juzgaba conveniente,
acordándose del atentado de los helvecios cuando
mataron al cónsul Lucio Casio, derrotaron su ejército
y lo hicieron pasar bajo el yugo; ni creía que hombres
de tan mal corazón, dándoles paso franco por
la provincia, se contuviesen de hacer mal y daño.
Sin embargo, por dar lugar a que se juntasen las milicias
provinciales, respondió a los enviados: «que
tomaría tiempo para
pensarlo; que si gustaban, volviesen por la respuesta el
13 de abril».
VIII.
Entre tanto, con la legión que tenía consigo
y con los soldados que llegaban de la provincia desde el
lago Lemán, que se ceba del Ródano hasta el
Jura, que separa los secuanos de los helvecios, tira un
vallado a manera de muro de diecinueve millas de largo,
dieciséis pies de alto, y su foso correspondiente;
pone guardias
de trecho en trecho, y guarnece los fuertes para rechazar
más fácilmente a los enemigos, caso que por
fuerza intentasen el tránsito. Llegado el plazo señalado
a los embajadores, y presentados éstos, responde:
«que, según costumbre y práctica del
Pueblo Romano, él a nadie puede permitir el paso
por la provincia; que si ellos presumen abrírselo
por sí, protesta oponerse». Los helvecios,
viendo frustrada su pretensión, parte en barcas y
muchas balsas que formaron, parte tentando vadear el Ródano
por donde corría más somero, unas veces de
día y las más de noche, forcejando por romper
adelante, siempre rebatidos por la fortificación
y vigorosa resistencia de la tropa, hubieron de cejar al
cabo.
IX.
Quedábales sólo el camino por los secuanos;
mas sin el consentimiento de éstos era imposible
atravesarlo, siendo tan angosto. Como no pudiesen ganarlos
por sí, envían legados al eduo Dumnórige
para recabar por su intercesión el beneplácito
de los secuanos, con quienes podía él mucho
y los tenía obligados con sus liberalidades; y era
también afecto a los helvecios, por estar casado
con mujer de su país, hija de Orgetórige;
y al paso que por la ambición de reinar intentaba
novedades, procuraba con beneficios granjearse las voluntades
de cuantos pueblos podía. Toma, pues, a su cargo
el negocio y logra que los secuanos dejen el paso libre
a los helvecios por sus tierras, dando y recibiendo rehenes
en seguridad de que los secuanos no embarazarán la
marcha, y de que los helvecios la ejecutarán sin
causar daño ni mal alguno.
X.
Avisan a César que los helvecios están resueltos
a marchar por el país de los secuanos y eduos hacia
el de los santones (La Santonge), poco distantes de los
tolosanos, que caen dentro de nuestra jurisdicción
( la Galia Naronobense). Si tal sucediese, echaba de ver
el gran riesgo de la provincia con la vecindad de hombres
tan feroces y enemigos del Pueblo Romano en aquellas regiones
abiertas y sumamente fértiles. Por estos motivos,
dejando el gobierno de las fortificaciones hechas a su legado
Tito Labieno, él mismo en persona a grandes jornadas
vuelve a Italia, donde alista dos legiones; saca de los
cuarteles otras tres que invernaban en los contornos de
Aquileia, y con todas cinco, atravesando los Alpes por el
camino más corto, marcha en diligencia hacia la Galia
Ulterior. Opónense al paso del ejército los
centrones, gravocelos y caturiges (pueblos de la Turantesa,
del monte Genis, de Embrum), ocupando las alturas; rebatidos
todos en varios
reencuentros, desde Ocelo, último lugar de la Galia
Cisalpina, en siete días se puso en los voconcios,
territorio de la Transalpina; desde allí conduce
su ejército a los alóbroges; de los alóbroges
a los segusianos, que son los primeros del Ródano
para allá fuera de la provincia.
XI.Ya
los helvecios, transportadas sus tropas por los desfiladeros
y confines de los secuanos, habían penetrado por
el país de los eduos, y lo recorrían. Los
eduos, no pudiendo defenderse de la violencia, envían
a pedir socorro a César, representándole:
«haber sido siempre tan leales al Pueblo Romano, que
no debiera sufrirse que casi a vista de nuestro ejército
sus labranzas fuesen destruidas, cautivados sus hijos y
sus pueblos asolados». Al mismo tiempo que los eduos,
sus aliados y parientes los ambarros (ocupaban el territorio
de Chalóns) dan parte a César cómo
arrasadas ya sus heredades, a duras penas defienden los
lugares del furor enemigo; igualmente los alóbroges,
que tenían haciendas y granjas al otro lado del Ródano,
van a ampararse de César diciendo que nada les queda
de lo suyo sino el suelo desnudo de sus campos y heredades.
César, en vista de tantos desafueros, no quiso aguardar
a que los helvecios, después de una desolación
general de los países aliados, llegasen sin contraste
a los santones.
XII.Habían
llegado los helvecios al río Arar, el cual desagua
en el Ródano, corriendo por tierras de los eduos
y secuanos tan mansamente, que no pueden discernir los ojos
hacia qué parte corre, y lo iban pasando en balsas
y barcones. Mas informado César por sus espías
que los helvecios habían ya pasado tres partes de
sus tropas al otro lado del río, quedando de éste
la cuarta sola, sobre la medianoche moviendo con tres legiones,
alcanzó aquel trozo, que aún estaba por pasar
el río, y acometiéndolos en el mayor calor
de esta maniobra, deshizo una gran parte de ellos; los demás
echaron a huir, escondiéndose dentro de los bosques
cercanos. Éste era el cantón Tigurino (Zurich)
, uno de los cuatro en que está dividida toda la
Helvecia, y aquel mismo que, habiendo salido solo de su
tierra en tiempo de nuestros padres, mató al cónsul
Lucio Casio y sujetó su ejército a la ignominia
del yugo. Así, o por acaso o por acuerdo de los dioses
inmortales, la parte del cuerpo helvético que tanto
mal hizo al Pueblo Romano, ésa fue la primera que
pagó la pena; con la cual vengó César
las injurias no sólo de la República, sino
también las suyas propias; pues los tigurinos habían
matado al legado Lucio Pisón, abuelo de su suegro,
del propio nombre, en la misma batalla en que mataron a
Casio.
XIII.
Después de esta acción, a fin de poder dar
alcance a las demás tropas enemigas, dispone echar
un puente sobre el Arar, y por él conduce su ejército
a la otra parte. Los helvecios, espantados de su repentina
llegada, viendo ejecutado por él en un día
el pasaje del río, que apenas y con sumo trabajo
pudieron ellos en veinte, despáchanle una
embajada, y por jefe de ella a Divicón, que acaudilló
a los helvecios en la guerra contra Casio; y habló
a César en esta sustancia: «que si el Pueblo
Romano hacía paz con los helvecios, estaban ellos
prontos a ir y morar donde César lo mandase y tuviese
por conveniente; mas si persistía en hacerles guerra,
se acordase de la rota del ejército romano y del
valor de los helvecios. Que la sorpresa de un cantón
sólo en sazón que los otros de la orilla opuesta
no podían socorrerle, ni era motivo para presumir
de su propia valentía, ni para menospreciarlos a
ellos; que tenían por máxima recibida de padre
a hijos confiar en los combates más de la fortaleza
propia que no de ardides y estratagemas. Por tanto, no diese
lugar a que el sitio donde se hallaba se hiciese famoso
por una calamidad del Pueblo Romano, y testificase a la
posteridad la derrota de su ejército».
XIV.
A estas razones respondió César: «que
tenía muy presente cuanto decían los embajadores
helvecios; y que por lo mismo hallaba menos motivos para
vacilar en su resolución; los hallaba sí grandes
de sentimiento, y tanto mayor, cuanto menos se lo había
merecido el Pueblo Romano, quien, si se creyera culpado,
hubiera fácilmente evitado el golpe; pero fue lastimosamente
engañado, por estar cierto de no haber cometido cosa
de qué temer, y pensar que no debía recelarse
sin causa. Y cuando quisiese olvidar el antiguo desacato,
¿cómo era posible borrar la memoria de las
presentes injurias, cuales eran haber intentado el paso
de la provincia mal de su grado, y las vejaciones hechas
a los eduos, a los ambarros, a los alóbroges? Que
tanta insolencia en gloriarse de su victoria, y el extrañar
que por tanto tiempo se tolerasen sin castigo sus atentados,
dimanaba de un mismo principio; pues que suelen los dioses
inmortales, cuando quieren descargar su ira sobre los hombres
en venganza de sus maldades concederles tal vez prosperidad
con impunidad más prolongada, para que después
les cause mayor tormento el trastorno de su fortuna. Con
todo esto, hará paz con ellos, si le aseguran con
rehenes que cumplirán lo prometido, y si reparan
los daños hechos a los eduos, a sus aliados y a los
alóbroges». Respondió Divicón:
«que de sus mayores habían los helvecios aprendido
la costumbre de recibir rehenes, no de darlos; de que los
romanos eran testigos». Dicho esto, se despidió.
XV.
Al día siguiente alzan los reales de aquel puesto.
Hace lo propio César; enviando delante la caballería
compuesta de cuatro mil hombres que había juntado
en toda la provincia, en los eduos, y los confederados de
éstos, para que observasen hacia dónde marchaban
los enemigos. Más como diesen tras ellos con demasiado
ardimiento, vienen a trabarse en un mal paso con la caballería
de los helvecios, y mueren algunos de los nuestros. Engreído
ellos con esta ventaja, pues con quinientos caballos habían
hecho retroceder a cuatro mil, empezaron a esperar a los
nuestros con mayor osadía, y a provocarlos a combate
vuelta de frente la retaguardia. César reprimía
el ardor
de los suyos, contentándose por entonces con estorbar
al enemigo los robos, forrajes y talas. De este modo anduvieron
cerca de quince días, no distando su retaguardia
de la vanguardia nuestra más de cinco a seis millas.
XVI.
Mientras tanto instaba César todos los días
a los eduos por el trigo que por acuerdo de la República
le tenían ofrecido; y es que, a causa de los fríos
de aquel clima, que, como antes se dijo, es muy septentrional,
no sólo no estaba sazonado, pero ni aun alcanzaba
el forraje; y no podía tampoco servirse del trigo
conducido en barcas por el Arar, porque los helvecios se
habían desviado de este río, y él no
quería perderlos de vista. Dábanle largas
los eduos con decir que lo estaban acopiando, que ya venía
en camino, que luego llegaba. Advirtiendo él que
era entretenerlo no más, y que apuraba el plazo en
que debía repartir las raciones de pan a los soldados,
habiendo convocado a los principales de la nación,
muchos de los cuales militaban en su campo, y también
a Diviciaco y Lisco, que tenían el supremo magistrado
(que los eduos llaman Vergobreto, y es anual
con derecho sobre la vida y muerte de sus nacionales) quéjase
de ellos agriamente, porque no pudiendo haber trigo por
compra ni cosecha, en tiempo de tanta necesidad, y con los
enemigos a la vista, no cuidaban de remediarle; que habiendo
él emprendido aquella guerra obligado en parte de
sus ruegos, todavía sentía más el verse
así abandonado.
XVII.
En fin, Lisco, movido del discurso de César, descubre
lo que hasta entonces había callado; y era «la
mucha mano que algunos de su nación tenían
con la gente menuda, los cuales, con ser unos meros particulares,
mandaban más que los mismos magistrados; ésos
eran los que, vertiendo especies sediciosas y malignas,
disuadían al pueblo que no aprontase el trigo, diciendo
que, pues no pueden hacerse señores de la Galia,
les vale más ser vasallos de los galos que de los
romanos; siendo cosa sin duda, que si una vez vencen los
romanos a los helvecios, han de quitar la libertad a los
eduos no menos que al resto de la Galia; que los mismos
descubrían a los enemigos nuestras trazas, y cuanto
acaecía en los reales; y él no podía
irles a la mano; antes estaba previendo el gran riesgo que
corría su persona por habérselo manifestado
a más no poder, y por eso, mientras pudo, había
disimulado».
XVIII.
Bien conocía César que las expresiones de
Lisco tildaban a Dumnórige, hermano de Diviciaco;
mas no queriendo tratar este punto en presencia de tanta
gente, despide luego a los de la junta, menos a Lisco; examínale
a solas sobre lo dicho; explícase él con mayor
libertad y franqueza; por informes secretos tomados de otros
halla ser la pura verdad: «que Dumnórige era
el tal; hombre por extremo osado, de gran séquito
popular por su liberalidad, amigo de novedades; que de muchos
años atrás tenía en arriendo bien barato
el portazgo y todas las demás alcabalas de los eduos,
porque haciendo él postura, nadie se atrevía
a pujarla. Con semejantes arbitrios
había engrosado su hacienda, y amontonado grandes
caudales para desahogo de sus profusiones; sustentaba siempre
a su sueldo un gran cuerpo de caballería, y andaba
acompañado de él; con sus larguezas dominaba,
no sólo en su patria, sino también en las
naciones confinantes; que por asegurar este predominio había
casado a su madre entre los bituriges con un señor
de la primera nobleza y autoridad; su mujer era helvecia;
una hermana suya por parte de madre y varias parientas tenían
maridos extranjeros; por estas conexiones favorecía
y procuraba el bien de los helvecios; por su interés
particular aborrecía igualmente a César y
a los romanos; porque con su venida le habían cercenado
el poder, y restituido al hermano Diviciaco el antiguo crédito
y lustre. Que si aconteciese algún azar a los romanos,
entraba en grandes esperanzas de alzarse con el reino con
ayuda de los helvecios, mientras que durante el imperio
romano, no sólo desconfiaba de llegar al trono, sino
aun de mantener el séquito adquirido». Averiguó
también César en estas pesquisas que Dumnórige
y su caballería (mandaba él la que los eduos
enviaron de socorro a César) fueron los primeros
en huir en aquel encuentro mal sostenido pocos días
antes, y que con su fuga se desordenaron los demás
escuadrones.
XIX.
Hechas estas averiguaciones y confirmados los indicios con
otras pruebas evidentísimas de haber sido él
promotor del tránsito de los helvecios por los secuanos,
y de la entrega recíproca de los rehenes; todo no
sólo sin aprobación de César y del
gobierno, pero aun sin noticia de ellos; y, en fin, siendo
su acusador el juez supremo de los eduos, parecíale
a César sobrada razón para castigarle o por
sí mismo, o por sentencia del tribunal de la nación.
La única cosa que le detenía era el haber
experimentado en su hermano Diviciaco una grande afición
al Pueblo Romano, y para consigo una voluntad muy fina,
lealtad extremada, rectitud, moderación; y temía
que con el suplicio de Dumnórige no se diese por
agraviado Diviciaco. Por lo cual, antes de tomar ninguna
resolución, manda llamar a Diviciaco, y dejados los
intérpretes ordinarios, por medio de Cayo Valerio
Procilo, persona principal de nuestra provincia, amigo íntimo
suyo, y de quien se fiaba en un todo, le declara sus sentimientos,
trayéndole a la memoria los cargos que a su presencia
resultaron contra Dumnórige en el consejo de los
galos, y lo que cada uno en particular había depuesto
contra éste. Le ruega y amonesta no lleve a mal que
o él mismo, substanciado el proceso, sentencie al
reo, o dé comisión de hacerlo a los jueces
de la nación.
XX.
Diviciaco, abrazándose con César, deshecho
en lágrimas, se puso a suplicarle: «que no
hiciese alguna demostración ruidosa con su hermano;
que bien sabía ser cierto lo que le achacaban; y
nadie sentía más vivamente que él los
procederes de aquel hermano, a quien cuando por su poca
edad no hacía figura en la nación, le había
valido él con la mucha autoridad que tenía
con los del pueblo y fuera de él, para elevarlo al
auge de poder en que ahora se halla, y de que se
vale, no sólo para desacreditarle, sino para destruirle
si pudiera. Sin embargo, podía más consigo
el amor de hermano, y el qué dirán las gentes,
siendo claro que cualquiera demostración fuerte de
César la tendrían todos por suya, a causa
de la mucha amistad que con él tiene; por donde vendría
él mismo a malquistarse con todos los pueblos de
la Galia». Repitiendo estas súplicas con tantas
lágrimas como palabras, tómale César
de la mano, y consolándolo, le ruega no hable más
del asunto; asegúrale que aprecia tanto su amistad,
que por ella perdona las injurias hechas a la República
y a su persona. Luego hace venir a su presencia a Dumnórige;
y delante de su hermano le echa en cara las quejas de éste,
las de toda la nación, y lo que él mismo había
averiguado por sí. Encárgale no dé
ocasión a más sospechas en adelante, diciendo
que le perdona lo pasado por atención a su hermano
Diviciaco, y le pone espías para observar todos sus
movimientos y tratos.
XXI.
Sabiendo ese mismo día, por los batidores, que los
enemigos habían hecho alto a la falda de un monte,
distante ocho millas de su campo, destacó algunos
a reconocer aquel sitio, y qué tal era la subida
por la ladera del monte. Informáronle no ser agria.
Con eso, sobre la medianoche ordenó al primer comandante
Tito Labieno, que con dos legiones, y guiado de los prácticos
en la senda, suba a la cima, comunicándole su designio.
Pasadas tres horas, marcha él en seguimiento de los
enemigos por la vereda misma que llevaban, precedido de
la caballería, y destacando antes con los batidores
a Publio Considio, tenido por muy experto en las artes de
la guerra, como quien había servido en el ejército
de Lucio Sila y después en el de Marco Craso.
XXII.
Al amanecer, cuando ya Labieno estaba en la cumbre del monte
y César a milla y media del campo enemigo, sin que
se trasluciese su venida ni la de Labieno, como supo después
por los prisioneros, viene a él a la carrera abierta
Considio con la noticia de «que los enemigos ocupan
el monte que había de tomar Labieno, como le habían
cerciorado sus armas y divisas». César recoge
luego sus tropas al collado más inmediato, y las
ordena en batalla. Como Labieno estaba prevenido con la
orden de no pelear mientras no viese a César con
los suyos sobre el ejército enemigo, a fin de cargarle
a un tiempo por todas partes, dueño del monte, se
mantenía sin entrar en acción, aguardando
a los nuestros. En conclusión, era ya muy entrado
el día cuando los exploradores informaron a César
que era su gente la que ocupaba el monte; que los enemigos
continuaban su marcha, y que Considio en su relación
supuso de miedo lo que no había visto. Con que César
aquel día fue siguiendo al enemigo con interposición
del trecho acostumbrado, y se acampó a tres millas
de sus reales.
XXIII.
Al día siguiente, atento que sólo restaban
dos de término para
repartir las raciones de pan a los soldados, y que Bibracte,
ciudad muy populosa y abundante de los eduos, no distaba
de allí más de dieciocho millas, juzgó
conveniente cuidar de la provisión del trigo; por
eso, dejando de seguir a los helvecios, tuerce hacia Bibracte,
resolución que luego supieron los enemigos por ciertos
esclavos de Lucio Emilio, decurión (sargento) de
la caballería galicana. Los helvecios, o creyendo
que los romanos se retiraban de cobardes, mayormente cuando
apostados el día antes en sitio tan ventajoso habían
rehusado la batalla, o confiando el poder interceptarles
los víveres, mudando de idea y de ruta, comenzaron
a perseguir y picar nuestra retaguardia.
XXIV.
Luego que César lo advirtió, recoge su infantería
en un collado vecino, y hace avanzar la caballería
con el fin de reprimir la furia enemiga. Él, mientras
tanto, hacia la mitad del collado dividió en tres
tercios las cuatro legiones de veteranos; por manera que,
colocadas en la cumbre y a la parte superior de las suyas
las dos nuevamente alistadas en la Galia Cisalpina y todas
las tropas auxiliares, el cerro venía a quedar cubierto
todo de gente. Dispuso sin perder tiempo que todo el bagaje
se amontonase en un mismo sitio bajo la escolta de los que
ocupaban la cima. Los helvecios, que llegaron después
con todos sus carros, lo acomodaron también en un
mismo lugar, y formados en batalla, muy cerrados los escuadrones,
rechazaron nuestra caballería; y luego, haciendo
empavesada, arremetieron a la vanguardia. César,
haciendo retirar del campo de batalla todos los caballos,
primero el suyo, y luego los de los otros, para que siendo
igual en todos el peligro, nadie pensase en huir, animando
a los suyos trabó el choque. Los soldados, disparando
de alto a bajo sus dardos, rompieron fácilmente la
empavesada enemiga, la cual desordenada, se arrojaron sobre
ellos espada en mano. Sucedíales a los galos una
cosa de sumo embarazo en el combate, y era que tal vez un
dardo de los nuestros atravesaba de un golpe varias de sus
rodelas, las cuales, ensartadas en el astil y lengüeta
del dardo retorcido, ni podían desprenderlas, ni
pelear sin mucha incomodidad, teniendo sin juego la izquierda,
de suerte, que muchos, después de repetidos inútiles
esfuerzos, se reducían a soltar el broquel y pelear
a cuerpo descubierto. Finalmente, desfallecidos de las heridas,
empezaron a cejar y retirarse a un monte distante cerca
de una milla. Acogidos a él, yendo los nuestros en
su alcance, los boyos y tulingos, que en número de
casi quince mil cerraban el ejército enemigo, cubriendo
su retaguardia, asaltaron sobre la marcha el flanco de los
nuestros, tentando cogerlos en medio. Los helvecios retirados
al monte que tal vieron, cobrando nuevos bríos, volvieron
otra vez a la refriega. Los romanos se vieron precisados
a combatirlos
dando tres frentes al ejército; oponiendo el primero
y el segundo contra los vencidos y derrotados, y el tercero
contra los que venían de refresco.
XXV.
Así en doble batalla estuvieron peleando gran rato
con igual ardor, hasta que no pudiendo los enemigos resistir
por más tiempo al esfuerzo de los nuestros, los unos
se refugiaron al monte, como antes; los otros se retiraron
al lugar de sus bagajes y carruajes: por lo demás,
en todo el discurso de la batalla, dado que duró
desde las siete de la mañana hasta la caída
de la tarde, nadie pudo ver las espaldas al enemigo; y gran
parte de la noche duró todavía el combate
donde tenían el bagaje, puestos alrededor de él
por barrera los carros, desde los cuales disparaban con
ventaja a los que se arrimaban de los nuestros, y algunos
por entre las pértigas y ruedas los herían
con flechas y lanzas. En fin, después de un porfiado
combate, los nuestros se apoderaron de los reales, y en
ellos, de una hija y un hijo de Orgetórige. De esta
jornada se salvaron a pie ciento treinta mil de los enemigos,
los cuales huyeron sin parar toda la noche; y no interrumpiendo
un punto su marcha, al cuarto día llegaron a tierra
de Langres, sin que los nuestros pudiesen seguirlos, por
haberse detenido tres días a curar los heridos y
enterrar los muertos. Entre tanto César despachó
correos con cartas a los langreses, intimidándoles
«no los socorriesen con bastimentos ni cosa alguna,
so pena de ser tratados como los helvecios»; y pasados
los tres días marchó con su ejército
en su seguimiento.
XXVI.
Ellos, apretados con la falta de todas las cosas, leenviaron
diputados a tratar de la entrega; los cuales, presentándosele
al paso y postrados a sus pies, como le instasen por la
paz con súplicas y llantos, y respondiese él
le aguardasen en el lugar en que a la sazón se hallaban,
obedecieron. Llegado allá César, a más
de la entrega de rehenes y armas, pidió la restitución
de los esclavos fugitivos. Mientras se andaba en estas diligencias,
cerró la noche; y a poco después unos seis
mil del cantón llamado Urbígeno (¿?)
escabulléndose del campo de los helvecios, se retiraron
hacia el Rin y las fronteras de Germania, o temiendo no
los matasen después de desarmados, o confiando salvar
las vidas, persuadidos a que entre tantos prisioneros se
podría encubrir su fuga, o ignorarla totalmente.
XXVII.
César, que lo entendió, mandó a todos
aquellos, por cuyas tierras habían ido, que si querían
justificarse con él, fuesen tras ellos
y los hiciesen volver. Vueltos ya, tratólos como
a enemigos, y a todos los demás, hecha la entrega
de rehenes, armas y desertores, los recibió bajo
su protección. A los helvecios, tulingos y latóbrigos
mandó volviesen a poblar sus tierras abandonadas;
y atento que, por haber perdido los abastos, no tenían
en su patria con qué vivir, ordenó a los alóbroges
los proveyesen de granos, obligando a ellos mismos a reedificar
las ciudades y aldeas quemadas. La principal mira que en
esto llevó, fue no querer que aquel país desamparado
de los helvecios quedase baldío; no fuese que los
germanos de la otra parte del Rin, atraídos de la
fertilidad del terreno, pasasen de su tierra a la de los
helvecios, e hiciesen con eso mala vecindad a nuestra provincia
y a los alóbroges. A petición de los eduos
les otorgó que en sus Estados diesen establecimientos
a los boyos, por ser gente de conocido valor; y, en consecuencia,
los hicieron por igual participantes en sus tierras, fueros
y exenciones.
XXVIII.
Halláronse en los reales helvecios unas Memorias,
escritas con caracteres griegos que, presentadas a César,
se vio contenían por menor la cuenta de los que salieron
de la patria en edad de tomar armas, y en lista aparte los
niños, viejos y mujeres. La suma total de personas,
era: de los helvecios doscientos setenta y tres mil; de
los tulingos treinta y seis mil; de los latóbrigos
catorce mil; de los rauracos veintidós mil; de los
boyos treinta y dos mil; los de armas eran noventa y dos
mil: entre todos componían trescientos sesenta y
ocho mil. Los que volvieron a sus patrias, hecho el recuento
por orden de César, fueron ciento diez mil cabales.
XXIX.
Terminada la guerra de los helvecios, vinieron legados de
casi toda la Galia los primeros personajes de cada república
a congratularse con César; diciendo que, si bien
el Pueblo Romano era el que con las armas había tomado
la debida venganza de las injurias antiguas de los helvecios,
sin embargo, el fruto de la victoria redundaba en utilidad
no menos de la Galia que del Pueblo Romano; siendo cierto
que los helvecios en el mayor auge de su fortuna habían
abandonado su patria con intención de guerrear con
toda la Galia, señorearse de ella, escoger entre
tantos para su habitación el país que más
cómodo y abundante les pareciese, y hacer tributarias
a las demás naciones. Suplicáronle que les
concediese grata licencia para convocar en un día
señalado Cortes generales de todos los Estados de
la Galia, pues tenían que tratar ciertas cosas que
de común acuerdo querían pedirle. Otorgado
el permiso, aplazaron el día; y se obligaron con
juramento a no divulgar lo tratado fuera de los que tuviesen
comisión de diputados.
XXX.
Despedida la junta, volvieron a César los mismos
personajes de antes, y le pidieron les permitiese conferenciar
con él a solas de cosas en que se interesaba su vida
y la de todos. Otorgada también la demanda, echáronsele
todos llorando a los pies, y le protestan «que no
tenían menos empeño y solicitud sobre que
no se
publicasen las cosas que iban a confiarle, que sobre conseguir
lo que pretendían;
previniendo que al más leve indicio incurrirían
en penas atrocísimas». Tomóles la palabra
Diviciaco, y dijo: «estar la Galia toda dividida en
dos bandos: que del uno eran cabeza los eduos, del otro
los alvernos. Que habiendo disputado muchos años
obstinadamente la primacía, vino a suceder que los
alvernos, unidos con los secuanos, llamaron en su socorro
algunas gentes de la Germania; de donde al principio pasaron
el Rin con quince mil hombres. Mas después que, sin
embargo, de ser tan fieros y bárbaros, se aficionaron
al clima, a la cultura y conveniencias de los galos, transmigraron
muchos más hasta el punto que al presente sube su
número en la Galia a ciento veinte mil. Con éstos
han peleado los eduos y sus parciales de poder a poder repetidas
veces; y siendo vencidos, se hallan en gran miseria con
la pérdida de toda la nobleza, de todo el Senado,
de toda la caballería. Abatidos en fin con sucesos
tan desastrados lo que antes, así por su valentía
como por el arrimo y amistad del Pueblo Romano, eran los
más poderosos de la Galia, se han visto reducidos
a dar en prendas a los secuanos las personas más
calificadas de su nación, empeñándose
con juramento a no pedir jamás su recobro, y mucho
menos implorar el auxilio del Pueblo Romano, ni tampoco
sacudir el impuesto yugo de perpetua sujeción y servidumbre.
Que de todos los eduos él era el único a quien
nunca pudieron reducir a jurar, o dar sus hijos en rehenes;
que huyendo por esta razón de su patria, fue a Roma
a solicitar socorro del Senado; como quien solo ni estaba
ligado con juramento, ni con otra prenda. Con todo eso,
ha cabido peor suerte a los vencedores secuanos que a los
eduos vencidos; pues que Ariovisto, rey de los germanos,
avecinándose allí, había ocupado la
tercera parte de su país, el más pingüe
de toda la Galia; y ahora les mandaba evacuar otra tercera
parte, dando por razón que pocos meses ha le han
llegado veinticuatro mil harudes, a quien es forzoso preparar
alojamiento. Así que dentro de pocos años
todos vendrán a ser desterrados de la Galia, y los
germanos a pasar el Rin; pues no tiene que ver el terreno
de la Galia con el de Germania, ni nuestro trato con el
suyo. Sobre todo Ariovisto, después de la completa
victoria que consiguió de los galos en la batalla
de Amagetobria, ejerce un imperio tiránico, exigiendo
en parias los hijos de la primera nobleza; y si éstos
se desmandan en algo que no sea conforme a su antojo, los
trata con la más cruel inhumanidad. Es un hombre
bárbaro, iracundo, temerario; no se puede aguantar
ya su despotismo. Si César y los romanos no ponen
remedio, todos los galos se verán forzados a dejar,
como los helvecios, su patria, e ir a domiciliarse en otras
regiones distantes de los germanos, y probar fortuna, sea
la que fuere. Y si las cosas aquí dichas llegan a
noticia de Ariovisto, tomará la más cruel
venganza de todos los rehenes que tiene en su poder. César
es quien, o con su autoridad y el terror de su ejército,
o por la victoria recién ganada, o en nombre del
Pueblo Romano, puede intimidar a los germanos, para que
no pase ya más gente los límites del
Rin, y librar a toda la Galia de la tiranía de Ariovisto».
XXXI.
Apenas cesó de hablar Diviciaco, todos los presentes
empezaron con sollozos a implorar el auxilio de César,
quien reparó que los secuanos entre todos eran los
únicos que a nada contestaban de lo que hacían
los demás, sino que tristes y cabizbajos miraban
al suelo. Admirado César de esta singularidad, les
preguntó la causa. Nada respondían ellos,
poseídos siempre de la misma tristeza y obstinados
en callar. Repitiendo muchas veces la misma pregunta, sin
poderles sacar una palabra, respondió por ellos el
mismo Diviciaco: «Aquí se ve cuánto
más lastimosa y acerba es la desventura de los secuanos
que la de los otros; pues solos ellos ni aun en secreto
osan quejarse ni pedir ayuda, temblando de la crueldad de
Ariovisto ausente como si le tuvieran delante; y es que
los demás pueden a lo menos hallar modo de huir;
mas éstos, con haberle recibido en sus tierras y
puesto en sus manos todas las ciudades, no pueden menos
de quedar expuestos a todo el rigor de su tiranía.
»
XXXII.
Enterado César del estado deplorable de los galos
procuró consolarlos con buenas razones, prometiéndoles
tomar el negocio por su cuenta, y afirmándoles que
concebía firme esperanza de que Ariovisto, en atención
a sus beneficios y autoridad, pondría fin a tantas
violencias. Dicho esto, despidió la audiencia; y
en conformidad se le ofrecían muchos motivos que
le persuadían a pensar seriamente y encargarse de
esta empresa. Primeramente por ver a los eduos, tantas veces
distinguidos por el Senado con el timbre de parientes y
hermanos, avasallados por los germanos, y a sus hijos en
manos de Ariovisto y de los secuanos; cosa que, atenta la
majestad del Pueblo Romano, era de sumo desdoro para su
persona no menos que para la República. Consideraba
además, que acostumbrándose los germanos poco
a poco a pasar el Rin y a inundar de gente la Galia, no
estaba seguro su Imperio; que no era verosímil que
hombres tan fieros y bárbaros, ocupada una vez la
Galia, dejasen de acometer, como antiguamente lo hicieron
los cimbros y teutones, a la provincia, y de ella penetrar
la Italia; mayormente no habiendo de por medio entre los
secuanos y nuestra provincia sino el Ródano; inconvenientes
que se debían atajar sin la menor dilación.
Y en fin, había ya Ariovisto cobrado tantos humos
y tanto orgullo, que no se le debía sufrir más.
XXXIV.
Por tanto, determinó enviarle una embajada con la
demanda de que «se sirviese señalar algún
sitio proporcionado donde se avistasen; que deseaba tratar
con él del bien público y de asuntos a entrambos
sumamente importantes». A esta embajada respondió
Ariovisto: «que si por su parte pretendiese algo de
César, hubiera ido en persona a buscarle; si él
tenía alguna pretensión consigo, le tocaba
ir a proponérsela. Fuera de que no se arriesgaba
sin ejército a ir a parte alguna de la Galia cuyo
dueño fuese César, ni podía mover el
ejército a otro lugar sin grandes preparativos y
gastos. No comprendía que César ni el Pueblo
Romano tuviesen que hacer en la Galia,
que por conquista era suya».
XXXIV.
César, en vista de estas respuestas, repitió
la embajada, replicando así: «Ya que después
de recibido un tan singular beneficio suyo y del Pueblo
Romano, como el título de rey y amigo, conferido
por el Senado en su consulado ( de César), se lo
pagaba ahora con desdeñarse de aceptar el convite
de una conferencia, desentendiéndose de proponer
y oír lo que a todos interesaba, supiese que sus
demandas eran éstas: primera, que no condujese ya
más tropas de Germania a la Galia; segunda, que restituyese
a los eduos los rehenes que tenía en prendas, y permitiese
a los secuanos soltar los que les tenían: en suma,
no hiciese más agravios a los eduos, ni tampoco guerra
contra ellos o sus aliados. Si esto hacía, César
y el Pueblo Romano mantendrían con él perpetua
paz y amistad; si lo rehusaba, no disimularía las
injurias de los eduos; por haber decretado el Senado, siendo
cónsules Marcos Mésala y Marco Pisón,
que cualquiera que tuviese el gobierno de la Galia, en cuanto
pudiera buenamente, protegiese a los eduos y a los demás
confederados del Pueblo Romano. »
XXXV.
Respondióle Ariovisto: «ser derecho de la guerra
que los vencedores diesen leyes a su arbitrio a los vencidos;
tal era el estilo del Pueblo Romano, disponiendo de los
vencidos, no a arbitrio y voluntad ajena, sino a la suya.
Y pues que él no prescribía al Pueblo Romano
el modo de usar de su derecho, tampoco era razón
que viniese el Pueblo Romano a entremeterse en el suyo;
que los eduos, por haberse aventurado a moverle guerra y
dar batalla en quequedaron vencidos, se hicieron tributarios
suyos, y que César le hacía grande agravio
en pretender con su venida minorarle las rentas. Él
no pensaba en restituir los rehenes a los eduos; bien que
ni a éstos ni a sus aliados haría guerra injusta,
mientras estuviesen a lo convenido y pagasen el tributo
anual; donde no, de muy poco les serviría la hermandad
del Pueblo Romano. Al reto de César sobre no disimular
las injurias de los eduos, dice que nadie ha medido las
fuerzas con él que no quedase escarmentado. Siempre
que quiera haga la prueba, y verá cuál es
la bravura de los invencibles germanos, destrísimos
en el manejo de las armas, y que de catorce años
a esta parte nunca se han guarecido bajo techado».
XXXVI.
Al mismo tiempo que contaban a César esta contrarréplica,
sobrevienen mensajeros de los eduos y trevirenses: los eduos
a quejarse de que los harudes nuevamente trasplantados a
la Galia talaban su territorio, sin que les hayan servido
de nada los rehenes dados a Ariovisto por redimir la vejación;
los trevirenses a participarle cómo las milicias
de cien cantones suevos cubrían las riberas del Rin
con intento de pasarle, cuyos caudillos eran dos hermanos,
Nasua y Cimberio. Irritado César con tales noticias,
resolvió
anticiparse, temiendo que si la nueva soldadesca de los
suevos se unía con la vieja de Ariovisto, no sería
tan fácil contrastarlos. Por eso, proveyéndose
lo más presto que pudo de bastimentos, a grandes
jornadas marchó al encuentro de Ariovisto.
XXXVII.
A tres días de marcha tuvo aviso de que Ariovisto
iba con todo su ejército a sorprender a Besanzón,
plaza muy principal de los secuanos, y que había
ya caminado tres jornadas desde sus cuarteles. Juzgaba César
que debía precaver con el mayor empeño no
se apoderase de aquella ciudad, abastecida cual ninguna
de todo género de municiones, y tan bien fortificada
por su situación, que ofrecía gran comodidad
para mantener la guerra; la ciñe casi totalmente
el río Dubis como tirado a compás; y por donde
no la baña el río, que viene a ser un espacio
de seiscientos pies no más, la cierra un monte muy
empinado, cuyas faldas toca el río por las dos puntas.
Un muro que lo rodea hace de este monte un alcázar
metido en el recinto de la plaza. César, pues, marchando
día y noche la vuelta de esta ciudad, la tomó,
y puso guarnición en ella.
XXXVIII.
En los pocos días que se detuvo aquí en hacer
provisiones de trigo y demás víveres, con
ocasión de las preguntas de los nuestros y lo que
oyeron exagerar a los galos y negociantes la desmedida corpulencia
de los germanos, su increíble valor y experiencia
en el manejo de las armas, y cómo en los choques
habidos muchas veces con ellos ni aun osaban mirarles a
la cara y a los ojos, de repente cayó tal pavor sobre
todo el ejército, que consternó no poco los
espíritus y corazones de todos. Los primeros a mostrarlo
fueron los tribunos y prefectos de la milicia, con otros
que, siguiendo desde Roma por amistad a César, abultaban
con voces lastimeras el peligro a medida de su corta experiencia
en los lances de la guerra. De éstos, pretextando
unos una causa, otros, otra de la necesidad de su vuelta,
le pedían licencia de retirarse. Algunos, picados
de pundonor, por evitar la nota de medrosos quedábanse,
sí, mas no acertaban a serenar bien el semblante
ni a veces a reprimir las lágrimas; cerrados en sus
tiendas o maldecían su suerte, o con sus confidentes
se lamentaban de la común desgracia, y entre ellos
no se pensaba sino en otorgar testamentos. Con los quejidos
y clamores de éstos, insensiblemente iba apoderándose
el terror de los soldados más aguerridos, los centuriones
y los capitanes de caballería. Los que se preciaban
de menos tímidos decían no temer tanto al
enemigo como el mal camino, la espesura de los bosques intermedios
y la dificultad del transporte de los bastimentos. Ni faltaba
quien diese a entender a César que cuando mandase
alzar el campo y las banderas, no querrían obedecer
los soldados ni llevar los estandartes de puro miedo.
XXXIX.
César, en vista de esta consternación, llamando
a consejo, a que hizo asistir a centuriones de todas clases,
los reprendió ásperamente: «lo primero,
porque se metían a inquirir el destino y objeto de
su jornada. Que si Ariovisto en su consulado solicitó
con tantas veras el favor del Pueblo Romano, ¿cómo
cabía en seso de hombre juzgar que tan sin más
ni más faltase a su deber? Antes tenía por
cierto que sabidas sus demandas, y examinada la equidad
de sus condiciones, no había de renunciar su amistad
ni la del Pueblo Romano; mas dado que aquel hombre perdiese
los estribos y viniese a romper, ¿de qué temblaban
tanto?, ¿o por qué desconfiaban de su propio
esfuerzo o de la vigilancia del capitán? Ya en tiempo
de nuestros padres se hizo prueba de semejantes enemigos,
cuando en ocasión de ser derrotados los cimbros y
teutones por Cayo Mario, la victoria, por opinión
común, se debió no menos al ejército
que al general. Hízose también no ha mucho
en Italia con motivo de la guerra servil, en medio de que
los esclavos tenían a su favor la disciplina y pericia
aprendida de nosotros, donde se pudo echar de ver cuánto
vale la constancia; pues a éstos, que desarmados
llenaron al principio de un terror pánico a los nuestros,
después los sojuzgaron armados y victoriosos. Por
último, esos germanos son aquellos mismos a quienes
los helvecios han batido en varios encuentros, no sólo
en su país, sino también dentro de la Germania
misma; los helvecios, digo, que no han podido contrarrestar
a nuestro ejército. Si algunos se desalientan por
la derrota de los galos, con averiguar el caso, podrán
certificarse de cómo Ariovisto al cabo de muchos
meses que sin dejarse ver estuvo acuartelado, metido entre
pantanos, viendo a los galos aburridos de guerra tan larga,
desesperanzados ya de venir con él a las manos y
dispersos, asaltándolos de improviso, los venció,
más con astucia y maña que por fuerza. Pero
el arte que le valió para con esa gente ruda y simple,
ni aun él mismo espera le pueda servir contra nosotros.
Los que coloran su miedo con la dificultad de las provisiones
y de los caminos, manifiestan bien su presunción,
mostrando que, o desconfían del general, o quieren
darle lecciones, y no hay motivo para lo uno ni para lo
otro. Los secuanos, leucos (de la Lorena) y lingones están
prontos a suministrar trigo; y ya los frutos están
sazonados en los campos. Qué tal sea el camino, ellos
mismos lo verán presto; el decir que no habrá
quien obedezca ni quiera llevar pendones, nada le inmuta;
sabiendo muy bien que, cuando algunos jefes fueron desobedecidos
de su ejército, eso provino de que o les faltó
la fortuna en algún mal lance, o por alguna extorsión
manifiesta descubrieron la codicia. Su desinterés
era conocido en toda su vida; notoria su felicidad en la
guerra helvecia. Así que iba a ejecutar sin más
dilación lo que tenía destinado para otro
tiempo; y la noche inmediata de madrugada movería
el campo para ver si podía más con ellos el
punto y su obligación que el miedo. Y dado caso que
nadie le siga, está resuelto a marchar con sólo
la legión décima, de cuya lealtad no duda;
y ésa será su compañía de guardias».
Esta legión le debía
particulares finezas, y él se prometía muchísimo
de su valor.
XL.
En virtud de este discurso se trocaron maravillosamente
los corazones de todos, y concibieron gran denuedo con vivos
deseos de continuar la guerra. La legión décima
fue la primera en darle por sus tribunos las gracias por
el concepto ventajosísimo que tenía de ella,
asegurando estar prontísima a la empresa. Tras ésta
luego las demás por medio de sus decuriones y oficiales
de primera graduación dieron satisfacción
a César, protestando que jamás tuvieron ni
recelo, ni temor, ni pensaron sujetar a su juicio, sino
al del general, la dirección de la campaña.
Admitidas sus disculpas, y habiendo interrogado sobre los
caminos a Diviciaco, de quien se fiaba más que de
los otros galos, con un rodeo de casi cuarenta millas, a
trueque de llevar el ejército por lo llano, al romper
del alba, conforme había dicho, se puso en marcha.
Y como no la interrumpiese, al séptimo día
le informaron los batidores que las tropas de Ariovisto
distaban de las nuestras veinticuatro millas.
XLI.
Noticioso Ariovisto de la venida de César, envíale
una embajada, ofreciéndose por su parte a la conferencia
antes solicitada, ya que se había él acercado,
y juzgaba poderlo hacer sin riesgo de su persona. No se
negó César, y ya empezaba a creer que Ariovisto
iba entrando en seso, pues de grado se ofrecía a
lo que antes se había resistido siendo rogado, y
concebía grandes esperanzas de que a la luz de tantos
beneficios suyos y del pueblo romano, oídas sus pretensiones,
depondría en fin su terquedad. Aplazáronse
las vistas de allí a cinco días. Mientras
tanto, yendo y viniendo frecuentemente mensajeros de un
campo al otro, pidió Ariovisto que César no
llevase consigo a la conferencia gente de a pie; viniesen
ambos con guardias montadas, que de otra suerte él
no iría, pues se recelaba de alguna sorpresa. César,
que ni quería se malograse la conferencia por ningún
pretexto, ni osaba fiar su persona de la caballería
galicana, tomó como más seguro el partido
de apear a los galos de sus caballos, montando en ellos
a los soldados de la legión décima, de quien
estaba muy satisfecho, para tener en cualquier lance una
guardia de toda confianza. Al tiempo de montar dijo donosamente
un soldado de dicha legión: «Mucho más
hace César de lo que prometió: prometió
hacernos guardias, y he aquí que nos hace caballeros.»
XLII.
Había casi en medio de los dos ejércitos una
gran llanura, y en tila un altozano de capacidad competente.
Aquí se juntaron a vistas según lo acordado.
César colocó la legión montada a doscientos
pasos de este sitio. A igual distancia se apostó
Ariovisto con los suyos, pidiendo que la conferencia fuese
a caballo, y cada uno condujese a ella consigo diez soldados.
Luego que allí se vieron, comenzó César
la plática, recordándole sus beneficios y
los del Senado, como el haberle honrado con el título
de rey, de amigo, enviándole
espléndidos regalos; distinción usada de los
romanos solamente con pocos, y ésos muy beneméritos;
cuando él, sin recomendación ni motivo particular
de pretenderlo, por mero favor y liberalidad suya y del
Senado, había conseguido estas mercedes. Informábale
también de los antiguos y razonables empeños
contraídos con los eduos; cuántos decretos
del Senado, cuántas veces y con qué términos
tan honoríficos se habían promulgado en favor
de ellos; cómo siempre los eduos, aun antes de solicitar
nuestra amistad, tuvieron la primacía de toda la
Galia; ser costumbre del Pueblo Romano el procurar que sus
aliados y amigos, lejos de padecer menoscabo alguno, medren
en estimación, dignidad y grandeza. ¿Cómo,
pues, se podría sufrir los despojasen de lo que habían
llevado a la alianza con el Pueblo Romano? Finalmente insistió
en pedir las mismas condiciones ya propuestas por sus embajadores:
que no hiciese guerra a los eduos ni a sus aliados; que
le restituyese los rehenes, y caso que no pudiera despedir
ninguna partida de los germanos, a lo menos no permitiese
que pasasen otros el Rin.
XLIII.
Ariovisto respondió brevemente a las proposiciones
de César, y alargóse mucho en ensalzar sus
hazañas: «que había pasado el Rin, no
por propio antojo, sino a ruegos e instancias de los galos;
que tampoco abandonó su casa y familia sin esperanza
bien fundada de grande recompensa; que tenía en la
Galia las habitaciones concedidas por los mismos naturales,
los rehenes dados voluntariamente; por derecho de conquista
cobraba el tributo que los vencedores suelen imponer a los
vencidos; que no movió él la guerra a los
galos, sino los galos a él, conspirando aunados todos
y provocándole al combate; que todas estas tropas
desbarató y venció en sola una batalla; que
si quieren otra vez tentar fortuna, está pronto a
la contienda, mas si prefieren la paz, no es justo le nieguen
el tributo que habían pagado hasta entonces de su
propia voluntad; que la amistad del Pueblo Romano debía
redundar en honra y ventaja suya, no en menoscabo, pues
con este fin la pretendió; que si los romanos le
quitan el tributo y los vasallos tan presto, renunciaría
su amistad como la había solicitado. El conducir
tropas de Germania era para su propia seguridad, no para
la invasión de la Galia; prueba era de ello no haber
venido sino llamado, y que su guerra no había sido
ofensiva, sino defensiva; que entró él en
la Galia antes que el Pueblo Romano; que jamás hasta
ahora el ejército de los romanos había salido
de los confines de su provincia. Pues ¿qué
pretende?, ¿por qué se mete en sus posesiones?
Que tan suya es esta parte de la Galia, como es nuestra
aquélla; que así como él no tiene derecho
a invadir nuestro distrito, del mismo modo tampoco le teníamos
nosotros para inquietarle dentro de su jurisdicción.
En orden a lo que decía, que los eduos, por decreto
del Senado, gozaban el fuero de amigos, no se hallaba
él tan ignorante de lo que pasaba por el mundo que
no supiese cómo ni los eduos socorrieron a los romanos
en la última guerra con los alóbroges, ni
los romanos a los eduos en las que habían tenido
con él y con los secuanos; de que debía sospechar
que César, con capa de amistad, mantiene su ejército
en la Galia con el fin de oprimirle; que si no se retira,
o saca las tropas de estos contornos, le tratará
como a enemigo declarado, y si logra él matarle,
complacerá en ello a muchos caballeros y señores
principales de Roma, que así se lo tienen asegurado
por sus expresos, y con su muerte se ganará la gracia
y amistad de todos éstos; pero si se retira, dejándole
libre la posesión de la Galia, se lo pagará
con grandes servicios, y cuantas guerras se le ofrezcan
se las dará concluidas, sin que nada le cuesten».
XLIV.
Alegó César muchas razones en prueba de que
no podía desistir de la empresa: «que tampoco
era conforme a su proceder ni al del Pueblo Romano el desamparar
unos aliados que se habían portado tan bien; ni entendía
cómo la Galia fuese más de Ariovisto que del
Pueblo Romano; sabía, sí, que Quinto Fabio
Máximo sujetó por armas a los de Alvernia
y Ruerga; si bien por indulto y gracia que les hizo el Pueblo
Romano no los redujo a provincia, ni hizo tributarios. Con
que si se debe atender a la mayor antigüedad, el imperio
romano en la Galia se funda en justísimo derecho;
si se ha de estar al juicio del Senado, la Galia debe ser
libre; pues, sin embargo, de la conquista quiso que se gobernase
por sus leyes».
XLV.
En estas razones estaban cuando avisaron a César
que la caballería de Ariovisto, acercándose
a la colina, venía para los nuestros arrojando piedras
y dardos. Dejó César la plática y se
retiró a los suyos, ordenándoles no disparase
ni un tiro contra los enemigos; porque, si bien estaba cierto
de que con su legión escogida no tenía que
temer a la caballería de Ariovisto, todavía
no juzgaba conveniente dar ocasión a que, batidos
los contrarios, se pudiese decir que, por fiarse de su palabra,
fueron sorprendidos a traición. Cuando entre los
soldados corrió la voz del orgullo con que Ariovisto
excluía de toda la Galia a los romanos; cómo
sus caballos se habían desmandado contra los nuestros,
y que con tal insulto se cortó la conferencia, se
encendió en el ejército mucho mayor coraje,
y deseo más ardiente de venir a las manos con el
enemigo.
XLVI.
Dos días después Ariovisto despachó
a César otra embajada sobre que quería tratar
con él de las condiciones entre ambos entabladas
y no concluidas; que de nuevo señalase día
para las vistas, o cuando menos, le enviase alguno de sus
lugartenientes. El abocarse con él no pareció
del caso a César, y más cuando el día
antes no
pudieron los germanos contenerse sin disparar contra los
nuestros. Enviarle de los suyos un emisario, en su sentir
era lo mismo que entregarlo a ojos vistas a las garras de
hombres más fieros que las fieras. Tuvo por más
acertado el valerse para esto de Cayo Valerio Procilo, hijo
de Cayo Valerio Caburo, joven muy virtuoso y apacible (cuyo
padre obtuvo de Cayo Valerio Flaco los derechos de ciudadano
romano), lo uno por su lealtad y pericia en la lengua galicana,
que ya por el largo uso era casi familiar a Ariovisto, y
lo otro por ser persona a quien los germanos no tenían
motivo de hacer vejación alguna, enviándolo
con Marco Meció, huésped que había
sido de Ariovisto. Encomendóles que se informasen
de las pretensiones de Ariovisto, y volviesen con la razón
de ellas. Ariovisto que los vio cerca de sí en los
reales, dijo a voces, oyéndolo su ejército:
« ¿A qué venís aquí?,
¿acaso por espías?» Queriendo satisfacerle,
los atajó y puso en prisiones.
XLVII.
Ese día levantó el campo, y se alojó
a la falda de un monte a seis millas de las reales de César.
Al siguiente condujo a sus tropas por delante del alojamiento
de César, y acampó dos millas más allá
con el fin de interceptar los víveres que veían
de los secuanos y eduos. César cinco días
consecutivos presentó el ejército armado y
ordenadas las tropas, con la mira de que si Ariovisto quisiese
dar batalla, no tuviese excusa. Todos esos días mantuvo
Ariovisto quieta su infantería dentro de los reales,
escaramuzando diariamente con la caballería. El modo
de pelear en que se habían industriado los germanos
era éste: seis mil caballos iban escoltados de otros
tantos infantes, los más ligeros y bravos, que los
mismos de a caballo elegían privadamente cada uno
el suyo. Con éstos entraban en batalla; a éstos
se acogían; éstos les socorrían en
cualquier lance. Si algunos, heridos gravemente, caían
del caballo, luego estaban allí para cubrirlos. En
las marchas forzadas, en las retiradas más presurosas,
era tanta su ligereza por el continuo ejercicio, que agarrados
a la crin de los caballos corrían parejas con ellos.
XLVIII.
Viendo César que Ariovisto se hacía fuerte
en las trincheras, para que no prosiguiese en interceptarle
los víveres, escogió lugar más oportuno
como seiscientos pasos más allá de los germanos,
adonde fue con el ejército dividido en tres escuadrones.
Al primero y segundo mandó estar sobre las armas,
al tercero fortificar el campo, que, como se ha dicho, distaba
del enemigo cosa de seiscientos pasos. Ariovisto destacó
al punto contra él dieciséis mil soldados
ligeros con toda su caballería, y con orden de dar
una alarma a los nuestros y estorbar los trabajos. Firme
César en su designio, encargó a los dos escuadrones
que rebatiesen al enemigo, mientras el tercero se ocupaba
en trabajar. Fortificados estos reales, dejó en ellos
dos legiones con parte de sus tropas auxiliares, volviéndose
al alojamiento principal con las otras cuatro.
XLIX.
Al día siguiente César, como lo tenía
de costumbre, sacó de los dos campos su gente, la
ordenó a pocos pasos del principal, ypresentó
batalla al enemigo; mas visto que ni por eso se movía,
ya cerca del mediodía recogió los suyos a
los reales. Entonces por fin Ariovisto destacó parte
de sus tropas a forzar las trincheras de nuestro segundo
campo; peleóse con igual brío por ambas partes
hasta la noche, cuando Ariovisto, dadas y recibidas muchas
heridas, tocó la retirada. Inquiriendo César
de los prisioneros la causa de no querer pelear Ariovisto,
entendió ser cierta usanza de los germanos que sus
mujeres hubiesen de decidir por suertes divinatorias si
convenía, o no, dar la batalla, y que al presente
decían: «no poder los germanos ganar la victoria
si antes de la luna nueva daban la batalla».
L.
Al otro día César, dejando en los dos campos
la guarnición suficiente, colocó los auxiliares
delante del segundo a la vista del enemigo, para suplir
en apariencia el número de los soldados legionarios,
que en la realidad era inferior al de los enemigos. Él
mismo en persona, formado su ejército en tres columnas,
fue avanzando hasta las trincheras contrarias. Los germanos,
entonces, a más no poder salieron fuera, repartidos
por naciones a trechos iguales, harudes, marcómanos,
tribocos, vangiones,
nemetes, sedusios y suevos,cercando todas las tropas
con carretas y carros para que ninguno librase la esperanza
en la fuga. Encima de los carros pusieron a las mujeres,
las cuales desmelenado el cabello y llorando amargamente,
al desfilar los soldados, los conjuraban que no las abandonasen
a la tiranía de los romanos.
LI.
César señaló a cada legión su
legado y cuestor,
como por testigos del valor con que cada cual se portara;
y empezó el ataque desde su ala derecha, por haber
observado caer allí la parte más débil
del enemigo. Con eso los nuestros, dada la señal,
acometieron con gran denuedo. Los enemigos de repente se
adelantaron corriendo, para que a los nuestros no quedase
lugar bastante a disparar sus lanzas. Inutilizadas éstas,
echaron mano de las espadas. Mas los germanos, abroquelándose
prontamente conforme a su costumbre, recibieron los primeros
golpes. Hubo varios de los nuestros que saltando sobre la
empavesada de los enemigos y arrancándoles los escudos
de las manos, los herían desde encima. Derrotados
y puestos en fuga en su ala izquierda los enemigos, daban
mucho quehacer en la derecha a los nuestros por su muchedumbre.
Advirtiéndolo Publio Craso el mozo, que mandaba la
caballería,
por no estar empeñado en la acción como los
otros, destacó el tercer escuadrón a socorrer
a los que peligraban de los nuestros.
LII.
Con lo cual se rehicieron, y todos los enemigos volvieron
las espaldas; ni cesaron de huir hasta tropezar con el Rin,
distante allí poco menos de cincuenta millas, donde
fueron pocos los que se salvaron, unos a nado a fuerza de
brazos, y otros en canoas que allí encontraron. Uno
de éstos fue Ariovisto, que hallando a la orilla
del río una barquilla, pudo escaparse en ella. Todos
los demás, alcanzados de nuestra caballería,
fueron pasados a cuchillo. Perecieron en la fuga dos mujeres
de Ariovisto; la una de nación sueva, que había
traído consigo de Germania, nórica la otra,
hermana del rey Voción, que se la envió a
la Galia por esposa. De dos hijas de éstas una fue
muerta, otra presa. Cayo Valerio Procilo, a quien sus guardas
conducían en la huida atado con tres cadenas, dio
en manos de César, siguiendo el alcance de la caballería;
encuentro que para César fue de no menos gozo que
la victoria misma, por ver libre de las garras de los enemigos
y restituido a su poder el hombre más honrado de
nuestra provincia, huésped suyo y amigo íntimo;
con cuya libertad dispuso la fortuna que no faltase circunstancia
alguna de contento y parabienes a esta victoria. Contaba
él cómo por tres veces a su vista echaron
suertes sobre si luego le habían de quemar vivo o
reservarlo para otro tiempo, y que a las suertes debía
la vida. Hallaron asimismo a Marco Meció, y trajéronsele
a César.
LIII.
Esparcida la fama de esta victoria por la otra parte del
Rin, los suevos acampados en las riberas trataron de dar
la vuelta a sus casas; los ubios, habitantes de aquelias
cercanías, que los vieron huir amedrentados, siguieron
al alcance y mataron a muchos de ellos. César, concluidas
dos guerras de la mayor importancia en un solo verano, más
temprano de lo que pedía la estación, retiró
su ejército a los cuarteles de invierno en los secuanos,
y dejándolos a cargo de Labieno, él marchó
la vuelta de la Galia Cisalpina a presidir las juntas (los
procónsules y pretores empleaban el invierno, tiempo
en que cesaban las operaciones militares, en decidir pleitos
y administrar justicia dentro de sus provincias).
NOTAS
DE NAPOLEÓN AL LIBRO I
1.
César empleó ocho días en trasladarse
de Roma a Ginebra; hoy podría hacer este trayecto
en cuatro días. Cap. VII
2.
Los atrincheramientos ordinarios de los romanos estaban
compuestos de un foso de doce pies de anchura por nueve
de profundidad, en forma de sección triangular; con
las tierras extraídas formaban una masa de cuatro
pies de alto y doce de ancho, sobre la cual levantaban un
parapeto de cuatro pies; en él disponían las
empaliadas, fijándolas en la tierra a dos pies de
profundidad; de manera que el nivel máximo del parapeto
se elevaba diecisiete pies sobre el fondo del foso. En la
toesa corriente de este atrincheramiento, que cubicaba 324
pies (toesa y media), un hombre empleaba treinta y dos horas,
o sea tres días de trabajo; doce hombres la hacían,
en dos o tres horas. La legión que estaba de servicio
pudo levantar estas seis leguas de atrincheramiento que
cubicaban 21.000 toesas, en ciento veinte horas, o sean
de diez a quince días. Cap. VIII.
3.
Cuando los helvecios intentaron pasar el Ródano era
en el mes de abril. (El calendario romano estaba entonces
en un gran desorden; y adelantaba ochenta días, de
modo que el 13 de abril correspondía al 23 de enero.)
Desde esta fecha las legiones de Iliria pudieron llegar
a Lyón y el alto Saona, empleando en ello cincuenta
días. Veinte días después de haber
atravesado el Saona, César venció en batalla
campal a los helvecios, la cual se dio el 1° al 15 de
mayo, que correspondía a mediados de agosto del calendario
romano. Cap.
XII.
4.
Mucha intrepidez se necesitaba de parte de los helvecios
para haber sostenido tanto tiempo el ataque de un ejército
de línea romano tan numeroso como el suyo. Se dice
que emplearon veinte días en pasar el Saona, lo que
daría una pésima idea de su organización,
pero es cosa difícil de creer. Cap. XXV.
5.
De que los helvecios fuesen 130.000 a su regreso a Suiza,
no debe inferirse que hubiesen perdido 230.000 hombres,
ya que muchos se refugiaron en los pueblos de la Galia,
estableciéndose en éstos, y un gran número
de ellos regresaron después a su patria. El número
de combatientes que poseían era de 90.000; estaban,
pues, en la proporción de uno a cuatro con relación
a su población total, lo cual parece excesivo. Unos
30.000 del cantón de Zurich habían sido muertos
o hechos prisioneros en el paso del Saona. Tenían,
pues, a lo sumo, 60.000 combatientes en la batalla. El ejército
de César, compuesto de seis legiones y gran número
de tropas auxiliares, era más numeroso.
6.
El ejército de Ariovisto no poseía sobre el
de César superioridad numérica; el número
de alemanes establecidos en el Franco Condado era de 120.000
hombres. Pero, ¡qué diferencia no debía
de existir entre ejércitos formados por milicias,
es decir, por todos los hombres de una nación capaces
de empuñar las armas, y un
ejército romano formado por tropas de línea,
hombres solteros en su mayoría y soldados de profesión!
Los helvecios, los suevos, eran sin duda valientes, pero
¿qué puede el valor contra un ejército
disciplinado y organizado como el ejército romano?
Nada hay, pues, de extraordinario en los éxitos obtenidos
por César en esta campaña, lo que no disminuye,
por otra parte, la gloria que tiene merecida. Cap. L.
7.
La batalla contra Ariovisto se dio en el mes de septiembre,
en los alrededores de Belfort. Cap. LII
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