I.
Presidiendo César como dictador en las Cortes generales,
salen nombrados cónsules el mismo Julio César y Publio Servilio;
porque las leyes le permitían serlo este año. Elegido ya,
viendo a toda Italia sin crédito en el comercio por razón
de no pagarse las deudas, señaló jueces árbitros que tasasen
las posesiones y haciendas al precio que tenían antes de
la guerra y las diesen a cuenta a los acreedores. Esto le
pareció lo más conveniente, así para la seguridad de las
pagas, que por lo común falta en las guerras civiles, como
para mantener la reputación de los deudores. Asimismo por
representaciones que los pretores y tribunos hicieron al
pueblo, indemnizó de todos los daños y perjuicios a algunos
que en fuerza de la ley Pompeya fueron condenados por cohechos,
cuando Pompeyo, a favor de sus legiones, todo lo mandaba
en Roma, y los procesos se substanciaban en un día, siendo
unos los jueces que oían las acusaciones, y otros los que
pronunciaban la sentencia. Estos reos, desde el principio
de la guerra civil, se habían ofrecido a su servicio, y
él lo estimó tanto como sí realmente le hubieran servido,
pues no había quedado por ellos. Quería que fuesen absueltos
por votos del pueblo y no por pura merced suya, para de
este modo corresponder a aquellos hombres sin perjudicar
al pueblo en sus derechos.
II.
En la expedición de estos negocios, celebración
de las Ferias Latinas, y conclusión de todo lo perteneciente
a las juntas emplea once días, y renunciada la dictadura,
pártese de Roma y viene a Brindis, donde por su orden le
aguardaban doce legiones y toda la caballería. Pero encontró
tan pocas naves, que apenas podía embarcar en ellas veinte
mil hombres y quinientos caballos. Esta falta de embarcaciones
fue la única rémora que impidió a César el poner pronto
fin a la guerra. Y aun estas mismas tropas se embarcaron
muy incompletas, porque las muchas guerras de las Galias
las habían gastado, muchos perecido en el largo viaje desde
España, y todo el ejército, hecho a respirar los aires purísimos
de la Galia y España, sentía los efectos nocivos del otoño,
el cual en la Pulla y en los contornos de Brindis es ocasionado
a enfermedades.
III.
Pompeyo, habiendo logrado un año entero,
sin que nadie le inquietase, para prepararse a la guerra,
tenía equipada una grande escuadra del Asia, de las islas
Cicladas, de Corara, de Atenas, del Ponto, de Bitinia, de
Siria, de Cilicia, de Fenicia y del Egipto; sin contar con
otros muchos navíos mandados construir en todos los arsenales.
Había sacado grandes contribuciones del Asia, de la Siria,
y de todos los reyes, potentados y tetrarcas; y de los pueblos
libres del Acaya había hecho aprontar grandes sumas de dinero
de las compañías de comercio, establecidas en las provincias
de su jurisdicción.
IV.
Había completado nueve legiones de ciudadanos
romanos, transportado cinco de Italia, una de Sicilia de
tropa reglada, que por haberse formado de dos, llamaba la
Gemela; otra de Creta y Macedonia, compuesta de los soldados
viejos, que obtenida la licencia de sus antiguos generales,
se habían avecindado en dichas provincias; dos finalmente
del Asia alistadas por Lentulo; fuera de un gran número
de reclutas venidas de Tesalia, Beocia, Acaya y del Epiro,
que distribuyó entre las legiones, en las cuales había incorporado
también los soldados que fueron de Antonio. Además de éstas,
esperaba de Siria con Escipión dos legiones; contaba tres
mil flecheros de Creta, de Lacedemonia, del Ponto, de la
Siria y de otras partes; seis compañías de honderos; dos
de ellas de a seiscientos hombres; además siete mil caballos,
de éstos seiscientos conducidos de Galacia por Deyotaro,
quinientos por Ariobarzanes de Capadocia; igual número había
enviado Coto de Tracia con su hijo Sadal; doscientos eran
los de Macedonia al mando de Rascipol, hombre de acreditado
valor; quinientos de Alejandría entre galos y germanos,
que Aulo Gabinio había dejado al rey Tolomeo para su guardia
y el hijo de Pompeyo trajo consigo en su armada; ochocientos
de sus esclavos y pastores; de Galacia habían dado trescientos
entre Tarcundario Castor y Donilao; de éstos el uno venía
en persona, el otro envió con ellos a su hijo; doscientos
remitió a Siria Antíoco Comageno, muy favorecido de Pompeyo;
de éstos los más eran flecheros de a caballo, con los cuales
venían además los dardanos y besos, unos a sueldo, otros
forzados y otros voluntarios; todos los cuales con los macedonios,
tésalos y otras naciones y ciudades llenaban el número arriba
declarado.
V.
Tenía hecha gran provisión de trigo de Tesalia, del Asia,
del Egipto, de Creta, de Cirene y de otros países, resuelto
a invernar en Durazo, en Apolonia y en todos los lugares
de aquella costa, a fin de impedir a César el desembarco,
que fue también la causa de tener repartida su armada por
todas las marinas. La escuadra egipciaca mandaba el hijo
de Pompeyo; la de Asia, Decio Lelio con Cayo Triado; la
de Siria, Cayo Casio; la de Rodas, Cayo Marcelo con Cayo
Coponio; la de Ilírico y Acaya, Escribonio Libón con Marco
Octavio; todos empero estaban subordinados a Marco Bibulo
que, como generalísimo de la mar, mandaba en toda la marina.
VI.
César, luego que llegó a Brindis, convocando a los soldados,
les propuso: que pues ya tocaban el término de sus trabajos
y peligros, tuviesen a bien dejar en Italia sus esclavos
y ajuares, y sin más tren embarcarse para que cupiesen más
en las naves, esperando todo de la victoria y de su liberalidad;
respondiendo todos «que mandase cuanto quisiese; que a cualquier
orden suya estaban prontos», se hizo a la vela el día 4
de enero con siete legiones. En el siguiente tomó tierra.
Encontrando entre las rocas y escollos de los montes Ceraunios
una ensenada segura, y no fiándose de los puertos, que sospechaba
ocupados todos por los enemigos, salvas sin faltar una todas
las naves, desembarcó la tropa en cierta playa llamada Fársalo.
VII.
Lucrecio Vespilón y Municio Rufo, por orden de Decio Lelio,
estaban en Orico con dieciocho navíos de la escuadra asiática;
Marco Bibulo con ciento diez en Corcira. Pero ni aquéllos
fiando en sus fuerzas osaron salir del puerto, aunque César
no conducía consigo más que doce galeras de conserva, cuatro
de ellas entoldadas, ni Bibulo, por estar sus naves al ancla
y los marineros a la huelga, se le opuso a tiempo, porque
César saltó a tierra primero que se supiese nada de su arribo.
VIII.
Desembarcada la gente, César aquella misma noche despacha
de retorno las naves para la conducción de las demás legiones
y de la caballería. Diose la comisión al legado Fusio Caleño,
encargándole la brevedad en el transporte de las tropas.
Mas como tardase demasiado en salir al mar, por no haberse
aprovechado de la noche, tuvieron un mal encuentro en el
viaje. Porque Bibulo, certificado en Corcira de la venida
de César, con la esperanza de encontrar aún algunas embarcaciones
del convoy, vino a tropezar con éstas que volvían de vacío;
y apresando hasta treinta, descargó en ellas la rabia del
enojo por su descuido, e incendiólas todas con marineros
y patrones, pensando escarmentar a los demás con la crueldad
de la pena. Acabada esta hazaña, desde Salona hasta el puerto
de Orico cubrió todas las bahías y playas con sus escuadras;
y apostando guardias por todo con la más exacta diligencia,
él mismo en el rigor del invierno hacía de centinela en
el navío, sin perdonar a trabajo ni oficio cualquiera que
fuese, a trueque de venir a las manos con César, sin esperar
más refuerzo.
IX.
Pero después de la partida de los barcos
de César, Marco Octavio con los navíos de su mando pasó
del Ilirico a Salona, donde solicitando a los dálmatas y
demás bárbaros, logró apartar a Isa de la amistad de César,
y no pudiendo ganar ni con promesas ni con amenazas a los
del ayuntamiento de Salona, determinó tomarla por fuerza.
Es la ciudad fuerte por la situación y por un collado que
la defiende. Pero los ciudadanos romanos, con levantar de
pronto varias torres de madera, se fortificaron más; y no
pudiendo hacer gran resistencia por ser pocos, fatigados
con las muchas heridas, acudieron al último recurso, que
fue, dar libertad a todos los siervos mozos y cortar a todas
las mujeres las trenzas para cuerdas de las ballestas. Octavio,
en vista de su resolución, puso sitio a la ciudad, distribuyendo
el ejército en cinco cuarteles y empezando a un mismo tiempo
el asedio y el ataque. Resueltos los sitiados a defenderse
a todo trance, sentían sobre todo la falta de pan. Para
remediarla instaban con mensajes a César pidiéndole socorro;
las demás incomodidades aguantaban por sí como podían. Pasado
ya mucho tiempo, advirtiendo que por la duración larga del
sitio andaban algo remisos los soldados de Octavio, logrando
la coyuntura de un mediodía en que se retiraron, puestos
en su lugar sobre los muros los muchachos y mujeres, porque
no se echase menos la guardia ordinaria, ellos escuadronados
a una con los recién libertados, arremetieron de golpe al
primer cuartel de Octavio. Forzado éste, asaltaron con igual
furia el segundo; tras éste el tercero y cuarto, y finalmente
el quinto, hasta que los arrojaron de todos; y hecha una
gran matanza, obligaron a los demás, y aun al mismo Octavio,
a guarecerse huyendo en las naves. Tal fue el paradero del
asedio. El invierno empezaba ya a sentirse; con que abatido
Octavio con tantas pérdidas, desesperanzado de tomar la
plaza, se fue a Durazo en busca de Pompeyo.
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