JULIO CÉSAR ---- LA GUERRA CIVIL

LIBRO TERCERO

I. Presidiendo César como dictador en las Cortes generales, salen nombrados cónsules el mismo Julio César y Publio Servilio; porque las leyes le permitían serlo este año. Elegido ya, viendo a toda Italia sin crédito en el comercio por razón de no pagarse las deudas, señaló jueces árbitros que tasasen las posesiones y haciendas al precio que tenían antes de la guerra y las diesen a cuenta a los acreedores. Esto le pareció lo más conveniente, así para la seguridad de las pagas, que por lo común falta en las guerras civiles, como para mantener la reputación de los deudores. Asimismo por representaciones que los pretores y tribunos hicieron al pueblo, indemnizó de todos los daños y perjuicios a algunos que en fuerza de la ley Pompeya fueron condenados por cohechos, cuando Pompeyo, a favor de sus legiones, todo lo mandaba en Roma, y los procesos se substanciaban en un día, siendo unos los jueces que oían las acusaciones, y otros los que pronunciaban la sentencia. Estos reos, desde el principio de la guerra civil, se habían ofrecido a su servicio, y él lo estimó tanto como sí realmente le hubieran servido, pues no había quedado por ellos. Quería que fuesen absueltos por votos del pueblo y no por pura merced suya, para de este modo corresponder a aquellos hombres sin perjudicar al pueblo en sus derechos.

 

II. En la expedición de estos negocios, celebración de las Ferias Latinas, y conclusión de todo lo perteneciente a las juntas emplea once días, y renunciada la dictadura, pártese de Roma y viene a Brindis, donde por su orden le aguardaban doce legiones y toda la caballería. Pero encontró tan pocas naves, que apenas podía embarcar en ellas veinte mil hombres y quinientos caballos. Esta falta de embarcaciones fue la única rémora que impidió a César el poner pronto fin a la guerra. Y aun estas mismas tropas se embarcaron muy incompletas, porque las muchas guerras de las Galias las habían gastado, muchos perecido en el largo viaje desde España, y todo el ejército, hecho a respirar los aires purísimos de la Galia y España, sentía los efectos nocivos del otoño, el cual en la Pulla y en los contornos de Brindis es ocasionado a enfermedades.

 

III. Pompeyo, habiendo logrado un año entero, sin que nadie le inquietase, para prepararse a la guerra, tenía equipada una grande escuadra del Asia, de las islas Cicladas, de Corara, de Atenas, del Ponto, de Bitinia, de Siria, de Cilicia, de Fenicia y del Egipto; sin contar con otros muchos navíos mandados construir en todos los arsenales. Había sacado grandes contribuciones del Asia, de la Siria, y de todos los reyes, potentados y tetrarcas; y de los pueblos libres del Acaya había hecho aprontar grandes sumas de dinero de las compañías de comercio, establecidas en las provincias de su jurisdicción.

 

IV. Había completado nueve legiones de ciudadanos romanos, transportado cinco de Italia, una de Sicilia de tropa reglada, que por haberse formado de dos, llamaba la Gemela; otra de Creta y Macedonia, compuesta de los soldados viejos, que obtenida la licencia de sus antiguos generales, se habían avecindado en dichas provincias; dos finalmente del Asia alistadas por Lentulo; fuera de un gran número de reclutas venidas de Tesalia, Beocia, Acaya y del Epiro, que distribuyó entre las legiones, en las cuales había incorporado también los soldados que fueron de Antonio. Además de éstas, esperaba de Siria con Escipión dos legiones; contaba tres mil flecheros de Creta, de Lacedemonia, del Ponto, de la Siria y de otras partes; seis compañías de honderos; dos de ellas de a seiscientos hombres; además siete mil caballos, de éstos seiscientos conducidos de Galacia por Deyotaro, quinientos por Ariobarzanes de Capadocia; igual número había enviado Coto de Tracia con su hijo Sadal; doscientos eran los de Macedonia al mando de Rascipol, hombre de acreditado valor; quinientos de Alejandría entre galos y germanos, que Aulo Gabinio había dejado al rey Tolomeo para su guardia y el hijo de Pompeyo trajo consigo en su armada; ochocientos de sus esclavos y pastores; de Galacia habían dado trescientos entre Tarcundario Castor y Donilao; de éstos el uno venía en persona, el otro envió con ellos a su hijo; doscientos remitió a Siria Antíoco Comageno, muy favorecido de Pompeyo; de éstos los más eran flecheros de a caballo, con los cuales venían además los dardanos y besos, unos a sueldo, otros forzados y otros voluntarios; todos los cuales con los macedonios, tésalos y otras naciones y ciudades llenaban el número arriba declarado.

 

V. Tenía hecha gran provisión de trigo de Tesalia, del Asia, del Egipto, de Creta, de Cirene y de otros países, resuelto a invernar en Durazo, en Apolonia y en todos los lugares de aquella costa, a fin de impedir a César el desembarco, que fue también la causa de tener repartida su armada por todas las marinas. La escuadra egipciaca mandaba el hijo de Pompeyo; la de Asia, Decio Lelio con Cayo Triado; la de Siria, Cayo Casio; la de Rodas, Cayo Marcelo con Cayo Coponio; la de Ilírico y Acaya, Escribonio Libón con Marco Octavio; todos empero estaban subordinados a Marco Bibulo que, como generalísimo de la mar, mandaba en toda la marina.

 

VI. César, luego que llegó a Brindis, convocando a los soldados, les propuso: que pues ya tocaban el término de sus trabajos y peligros, tuviesen a bien dejar en Italia sus esclavos y ajuares, y sin más tren embarcarse para que cupiesen más en las naves, esperando todo de la victoria y de su liberalidad; respondiendo todos «que mandase cuanto quisiese; que a cualquier orden suya estaban prontos», se hizo a la vela el día 4 de enero con siete legiones. En el siguiente tomó tierra. Encontrando entre las rocas y escollos de los montes Ceraunios una ensenada segura, y no fiándose de los puertos, que sospechaba ocupados todos por los enemigos, salvas sin faltar una todas las naves, desembarcó la tropa en cierta playa llamada Fársalo.

 

VII. Lucrecio Vespilón y Municio Rufo, por orden de Decio Lelio, estaban en Orico con dieciocho navíos de la escuadra asiática; Marco Bibulo con ciento diez en Corcira. Pero ni aquéllos fiando en sus fuerzas osaron salir del puerto, aunque César no conducía consigo más que doce galeras de conserva, cuatro de ellas entoldadas, ni Bibulo, por estar sus naves al ancla y los marineros a la huelga, se le opuso a tiempo, porque César saltó a tierra primero que se supiese nada de su arribo.

 

VIII. Desembarcada la gente, César aquella misma noche despacha de retorno las naves para la conducción de las demás legiones y de la caballería. Diose la comisión al legado Fusio Caleño, encargándole la brevedad en el transporte de las tropas. Mas como tardase demasiado en salir al mar, por no haberse aprovechado de la noche, tuvieron un mal encuentro en el viaje. Porque Bibulo, certificado en Corcira de la venida de César, con la esperanza de encontrar aún algunas embarcaciones del convoy, vino a tropezar con éstas que volvían de vacío; y apresando hasta treinta, descargó en ellas la rabia del enojo por su descuido, e incendiólas todas con marineros y patrones, pensando escarmentar a los demás con la crueldad de la pena. Acabada esta hazaña, desde Salona hasta el puerto de Orico cubrió todas las bahías y playas con sus escuadras; y apostando guardias por todo con la más exacta diligencia, él mismo en el rigor del invierno hacía de centinela en el navío, sin perdonar a trabajo ni oficio cualquiera que fuese, a trueque de venir a las manos con César, sin esperar más refuerzo.

 

IX. Pero después de la partida de los barcos de César, Marco Octavio con los navíos de su mando pasó del Ilirico a Salona, donde solicitando a los dálmatas y demás bárbaros, logró apartar a Isa de la amistad de César, y no pudiendo ganar ni con promesas ni con amenazas a los del ayuntamiento de Salona, determinó tomarla por fuerza. Es la ciudad fuerte por la situación y por un collado que la defiende. Pero los ciudadanos romanos, con levantar de pronto varias torres de madera, se fortificaron más; y no pudiendo hacer gran resistencia por ser pocos, fatigados con las muchas heridas, acudieron al último recurso, que fue, dar libertad a todos los siervos mozos y cortar a todas las mujeres las trenzas para cuerdas de las ballestas. Octavio, en vista de su resolución, puso sitio a la ciudad, distribuyendo el ejército en cinco cuarteles y empezando a un mismo tiempo el asedio y el ataque. Resueltos los sitiados a defenderse a todo trance, sentían sobre todo la falta de pan. Para remediarla instaban con mensajes a César pidiéndole socorro; las demás incomodidades aguantaban por sí como podían. Pasado ya mucho tiempo, advirtiendo que por la duración larga del sitio andaban algo remisos los soldados de Octavio, logrando la coyuntura de un mediodía en que se retiraron, puestos en su lugar sobre los muros los muchachos y mujeres, porque no se echase menos la guardia ordinaria, ellos escuadronados a una con los recién libertados, arremetieron de golpe al primer cuartel de Octavio. Forzado éste, asaltaron con igual furia el segundo; tras éste el tercero y cuarto, y finalmente el quinto, hasta que los arrojaron de todos; y hecha una gran matanza, obligaron a los demás, y aun al mismo Octavio, a guarecerse huyendo en las naves. Tal fue el paradero del asedio. El invierno empezaba ya a sentirse; con que abatido Octavio con tantas pérdidas, desesperanzado de tomar la plaza, se fue a Durazo en busca de Pompeyo.