JULIO CÉSAR

LA GUERRA CIVIL

LIBRO SEGUNDO

I. Mientras esto pasa en España, el legado Cayo Trebonio, encargado del cerco de Marsella, empezó a formar terraplén, galerías y bastidas por dos partes. La una que caía cerca del puerto y del arsenal; la otra hacia el paso por donde los que vienen de la Galia y España entran en aquel brazo de mar que comunica con la ría del Ródano, porque de la ciudad de Marsella como tres partes están bañadas del mar, la cuarta sola está unida con la tierra; y aun de ésta el espacio que ocupa el alcázar, fuerte por su naturaleza y un valle muy hondo, hacen largo y dificultoso el asedio. Para ejecutar estas obras, hizo Cayo Trebonio venir de la Provenza gran número de acémilas y obreros, y traer mimbres y otros materiales. Conducidos éstos, levanta un terraplén de ochenta pies en alto.

II. La ciudad empero de tiempo atrás estaba tan bien surtida de todo género de pertrechos de guerra y de tanta copia de máquinas de batir, que no había reparos de zarzo que pudiesen resistir a su violencia. Entre otros instrumentos, había unas vigas de doce pies y sus puntas de hierro, que arrojadas con grandes ballestas, penetrando por cuatro órdenes de zarzos, venían a hincarse en tierra. Por cuya causa la cubierta de las galerías era de vigas unidas, gruesas de un pie; y así a cubierto y de mano en manó se iba extendiendo el terraplén. Para igualar el terreno marchaba delante un galápago de sesenta pies, construido asimismo de maderos durísimos, y guarnecido de todos preservativos contra los tiros de fuego y las piedras. Mas la grandeza de las obras, la elevación de la muralla y de las torres, y la muchedumbre de sus baterías retardaba la ejecución de todas nuestras operaciones. Demás de esto, los albicos hacían continuas salidas de la plaza, y pegaban fuego al terraplén y a las bastidas, bien que los nuestros eludían fácilmente sus esfuerzos y les nacían retirar con gran pérdida a la plaza.

III. Por este tiempo Lucio Nasidio, enviado por Cneo Pompeyo de socorro a Lucio Domicio y a los masilienses con una escuadra de dieciséis navíos, de los cuales tenían algunos el espolón de bronce, pasado el Faro (de Mesina) sin advertirlo Curión, y aportando a Mesina, habiendo huido por el susto las personas principales y los senadores, cógeles del arsenal una nave, y juntándola con las suyas, prosigue su rumbo hacia Marsella; y despachando delante con disimulo un barco, dio aviso a Domicio y a los masilienses de su arribo, exhortándolos con grande eficacia a que, unidas las fuerzas navales con las suyas, se animasen a pelear otra vez con la escuadra de Bruto.

IV. Los masilienses, después del desastre pasado, sacando del arsenal igual número de naves viejas, las habían renovado y armado con suma diligencia. Tenían gran copia de marineros y pilotos, y juntando también barcos de pescadores, para que los remeros estuviesen resguardados de los tiros, los habían cubierto y llenádolos de flecheros y máquinas de batir. Aprestada de esta suerte su armada, esforzados con ruegos y lágrimas de los ancianos, de las madres de familia y de las doncellas a socorrer en tal extremo a la patria, embárcanse con no menos brío y confianza que en la batalla precedente, por ser vicio común de nuestra naturaleza infundirnos más confianza o temor las cosas aun no conocidas ni experimentadas, como sucedió entonces, pues la llegada de Lucio Nasidio llenó al pueblo de esperanza y de valor. En resolución, logrando un viento favorable, salen del puerto y júntanse con Nasidio en Torendas, castillo de los masilienses; aquí ordenan sus naves, resuélvense de nuevo al combate, conciértanse en el plan de operaciones, y se encarga el ala derecha a los masilienses, a Nasidio la izquierda.

V. A este mismo sitio dirigió Bruto su proa, aumentando el número de sus naves; porque a las construidas por César en Arles se allegaron las seis apresadas de los masilienses, las cuales había carenado los días antecedentes y equipado de todo lo necesario. Por tanto, exhortando a los suyos a no temer quedar vencidos a los que había sojuzgado en su pujanza, lleno de buenas esperanzas y no menos coraje, endereza contra ellos. Era de ver desde los reales de Trebonio y de todas aquellas alturas cómo dentro de la ciudad todos los mozos que se quedaron en ella, y todos los ancianos con sus hijos y mujeres desde los cuerpos de guardia o del adarve, alzaban las manos al cielo, o iban en procesión a los templos de los dioses inmortales y postrados ante sus imágenes, hacían oración por la victoria. No había entre todos quien no creyese que toda su suerte estaba pendiente del suceso de aquel día; como que la flor de la juventud y los más distinguidos de todas edades, nombrados expresamente y rogados con grandes instancias, se habían embarcado; de modo que si la fortuna fuese adversa, veían que no les quedaba, más socorro ni adonde volver los ojos; mas si venciesen, esperaban conservar la ciudad, ya con sus propias fuerzas, ya con los socorros que les vendrían.

VI. Trabada la batalla, los masilienses dieron todas las pruebas de valor, pues teniendo presentes las amonestaciones que acababan de recibir de los suyos, peleaban con tal denuedo, como si ya no hubiesen de tener otra ocasión de hacer el último esfuerzo; y los que se hallaban durante la refriega en peligro de la vida hacían cuenta que su muerte no hacía más que anticiparse un poco a la de los demás ciudadanos, a quienes tomada la ciudad aguardaba la misma desventura. Descompuesta poco a poco la línea de nuestras naves, lograban los pilotos contrarios el manejar con toda expedición las suyas, y si tal vez los nuestros con los arpones aferraban algún navío, corrían de todos lados a defender del riesgo a los suyos. Tampoco los albicios que venían con ellos se mostraban cobardes para pelear mano a mano, ni cedían mucho a los nuestros en valentía. Asimismo a lo lejos una lluvia de dardos disparados de los navichuelos caía de improviso sobre los nuestros desapercibidos y embarazados, con que recibían muchas heridas; y como dos galeras divisasen la capitana de Decio Bruto, fácil de discernir por el pabellón, por los dos costados se dispararon a boga arrancada contra ella, pero Bruto, previsto el lance, hizo tanto esfuerzo a remo y vela, que en breve pudo adelantárseles. Ellas, precipitadas, dieron tan de recio una contra otra, que ambas quedaron sumamente maltratadas del golpe, y aun una, roto el espolón, totalmente destruida. Lo cual visto, las naves de la escuadra de Bruto, que allí cerca estaban, acométenlas impetuosamente, y en un punto ambas a dos las echan a fondo.

VII. Las naves de Nasidio no sirvieron, sin embargo, de nada, saliéndose luego del combate; y es que ni la vista de la patria, ni amonestaciones de parientes las obligaban a poner sus vidas a riesgo. Por tanto, de éstas no faltó ni una; de los masilienses, cinco fueron echadas a pique, cuatro apresadas, una escapó con las de Nasidio, las cuales todas ganaron las costas de la España Citerior. Otra de las restantes, enviada delante con la nueva del triste suceso a Marsella, al acercarse a la ciudad, fue al instante rodeada de todo el pueblo, que de tropel concurrió para informarse; y entendido el caso, prorrumpió en tales llantos, que no parecía sino que la ciudad era en aquel mismo punto entrada de los enemigos. Mas no por eso los masilienses pusieron menos diligencia en aparejar cuanto era menester para defensa de la plaza.

VIII. Los soldados legionarios, que trabajaban al lado derecho, cayeron en cuenta, por las frecuentes salidas de los enemigos, que podía serles de gran defensa el fabricar al pie de la muralla una torre de ladrillo, que les sirviese de baluarte y acogida; habíanla hecho al principio contra los asaltos repentinos baja y pequeña. Aquí se refugiaban; de aquí se defendían en viéndose acometidos con mayor violencia; de aquí salían corriendo a rechazar y perseguir al enemigo. Era su extensión de treinta pies en cuadro, y de cinco el grueso de las paredes. Pero después, la experiencia, que acompañada de la sagacidad de los hombres es maestra de todas las cosas, enseñó que podía ser de gran ventaja si se diese la elevación correspondiente de torre. Lo cual se efectuó en la forma siguiente.

IX. Alzada que fue la torre hasta el primer alto, echaron el tablado, encajándolo en las paredes de suerte que los remates de las vigas quedasen metidos en ellas, para que no sobresaliese cosa en que prendiera el fuego. Después de este tablado continuaron en levantar las paredes de ladrillo en cuanto permitía la elevación de los reparos y parapetos. Encima de este segundo cuerpo de pared pusieron en cruz dos cabrios sin que saliesen las puntas fuera de ella para afianzar sobre ellos la cuartonería del que había de ser techo de la torre, y sobre estos cabrios tendieron unos cuartones asegurados con travesaños. Los cuartones sobresalían con las puntas fuera de la pared, para tener donde pudiesen colgar algunas defensas, con que ponerse a cubierto y rebatir los golpes mientras proseguían en levantar las paredes; el tal alto solaron de ladrillos y argamasa para preservarlo del fuego de los enemigos; tendían encima jergones, porque las armas arrojadizas no rompiesen la tablazón, o los cantos tirados con pedreros no deshiciesen el enladrillado. Formaron también de cables tres esterones de la longitud de las paredes y cuatro pies de anchos, los cuales extendidos por los tres lados que miraban al enemigo, los ataron a las puntas de los cuartones, que sobresalían al derredor de la torre, por haber experimentado en otros sitios que sólo este género de cubiertas no podían penetrar lanza alguna ni otra arma arrojadiza. Cuando ya concluida esta parte de la torre quedó bien cubierta y defendida de todos los tiros del enemigo, fueron arrimando los andamios a las otras obras, y empezaron desde el primer suelo a coger en peso con el torculado (especie de polea) el techo exento de la torre y a levantarlo, elevándolo tanto cuanto daba de sí la colgadura de los esterones. Cubiertos y resguardados del techo y esterones, iban fabricando las paredes de ladrillo; después alzando el techo con el auxilio de los torculados, se hacían lugar para continuar la fábrica. Cuando parecía ser tiempo de hacer otro tablado, colocaban las vigas bien así como en el primero metiendo sus remates dentro de las paredes, y desde este piso alzaban el techo y los esterones. En esta forma a cubierto, sin herida ni peligro alguno, fabricaron hasta seis altos, dejando al tiempo de la construcción, donde pareció conveniente, abiertas troneras para disparar las piezas de batir.