I.
Después que Fabio entregó a los cónsules la carta de Cayo
César, costó mucho recabar de éstos el que se leyese en
el Senado, aun mediando para ello las mayores instancias
de los tribunos del pueblo, pero nada bastó para reducirlos
a que hicieran la propuesta al tenor de su contenido; y
así sólo propusieron lo tocante a la República. Lucio Léntulo,
uno de los cónsules, promete no desamparar al Senado y a
la República, como quieran votar con resolución y entereza;
pero si tiran a contemplar a César y congraciarse con él,
como lo han hecho hasta ahora, tomará por sí solo su partido,
sin atender a la autoridad del Senado, que también él sabrá
granjearse la gracia y amistad de César. Escipión se explica
en los mismos términos, afirmando que Pompeyo está resuelto
a no abandonar la República si encuentra apoyo en el Senado;
pero que si éste se muestra irresoluto y blandea, después,
aunque quiera, en balde implorará su ayuda.
II.
Esta proposición, como se tenía el Senado en Roma, estando
Pompeyo a sus puertas, parecía salir de la boca del mismo
Pompeyo. Algún otro dio parecer más moderado; tal fue, primero
el de Marco Marcelo, que se esforzó en persuadir que no
se debía tratar en el Senado lo concerniente a la República
antes que se hiciesen levas por toda Italia y estuviesen
armados los ejércitos, con cuyo resguardo pudiese el Senado
segura y libremente decretar lo que mejor le pareciese;
tal el de Marco Calidio, que insistía en que Pompeyo fuese
a sus provincias para quitar toda ocasión de rompimiento;
que César se recelaba de que Pompeyo en haberle sonsacado
las dos legiones no tuvo más mira que servirse de ellas
contra su persona, y tener estas fuerzas a su disposición
en Roma; tal en fin el de Marco Rufo, que con alguna diferencia
de palabras convenía en la sustancia con Calidio. Se opuso
violentamente a estos tres Lucio Léntulo, y se cerró en
que no había de proponer el voto de Calidio. Así Marcelo,
aterrado con los baldones, abandonó su parecer, y así violentados
los más por la destemplanza del cónsul, terror del ejército
presente, y amenazas de los amigos de Pompeyo, siguen mal
de su grado la sentencia de Escipión: «que dentro de cierto
término deje César el ejército; donde no, se le declare
por enemigo de la República». Opónense Marco Antonio y Quinto
Casio, tribunos del pueblo, Pónese al punto en consejo la
protesta; díctanse sentencias violentas. Quien acertó a
explicarse con más desabrimiento y rigor, ése se lleva mayores
aplausos de los enemigos de César.
III.
Despedido por la tarde el Senado, llama Pompeyo a todos
los senadores. Alaba el ardor de los unos, y los confirma
para en adelante; vitupera la tibieza de otros, y los estimula.
Muchos soldados veteranos de Pompeyo son convidados de todas
partes con premios y ascensos, y muchos son llamados de
las dos legiones entregadas por César. Llénase Roma de ellos.
Cayo Curión exhorta a los tribunos del pueblo a mantener
el derecho de las Cortes. Todos los amigos de los cónsules,
los deudos de Pompeyo y de los enemistados con César entran
en el Senado. A sus voces y concurso los cobardes se amedrentan,
afiánzanse los vacilantes, si bien la mayor parte queda
privada de votar libremente. Ofrécese el censor Lucio Pisón
con el pretor Lucio Roscio a ir a César e informarle de
todo, a cuyo fin piden seis días de término. Hubo dictámenes
sobre que se despachasen diputados a César, que le declarasen
la voluntad del Senado.
IV.
A todos éstos se contradice, oponiendo a su dictamen el
voto del cónsul, Escipión y Catón. A Catón mueve en todo
esto su enemistad antigua con César y el escozor de la repulsa;
a Léntulo sus muchas deudas y la expectativa de mandar ejércitos
y provincias, y los gajes por los títulos de reyes, jactándose
entre los suyos que ha de ser otro Sila y ha de mandarlo
todo. A Escipión le incita igual esperanza de alguna intendencia
de provincia y generalato de los ejércitos, persuadido a
que Pompeyo los partiría con él por razón del parentesco
(Escipión era suegro de Pompeyo);
no le aguija menos el temor de las pesquisas, la adulación
y la vanidad así propia como de los poderosos, que a la
sazón eran dueños de la República y de los tribunales. Pompeyo,
inducido por los enemigos de César, y por no sufrir otro
igual en dignidad, había totalmente renunciado a su amistad
y reconciliándose con los enemigos de ambos a dos, siendo
así que la mayor parte de éstos se los había conciliado
él mismo, allá cuando emparentaron. Sonrojado también de
la infamia en quedarse con las dos legiones destinadas al
Asia y Siria, por sostener su potencia y predominio, estaba
empeñado en decidir el negocio por las armas.
V.
Por estas causas todo se trata desatinada y tumultuariamente;
ni se da tiempo a los parientes de César para informarle
de lo que pasa, ni a los tribunos se les permite mirar por
su seguridad, ni siquiera mantener el derecho de protestar,
último recurso que Lucio Sila les había dejado; sino que
al séptimo día se ven obligados a pensar en su seguridad,
cuando en tiempos atrás los tribunos más sediciosos no solían
temer hasta el mes octavo la residencia. Recúrrese a aquel
último decreto del Senado, que antes jamás llegó a promulgarse,
por atrevidos que fuesen los promulgadores, sino en los
mayores desastres de Roma y en casos del todo desesperados,
cuyo tenor es: «Velen los cónsules, los pretores, los tribunos
del pueblo y los procónsules (Cicerón
y Pompeyo) de la jurisdicción de Roma, porque la
República no padezca menoscabo». Estos edictos se publican
a 7 de enero. De manera que a los cinco días en que pudo
haber Senado, después que Léntulo comenzó su consulado,
no contando los dos de audiencia pública, se firman los
decretos más violentos y rigurosos contra el imperio de
César y contra los tribunos, sujetos de la mayor representación.
Éstos huyen al punto de Roma, y se refugian junto a César,
el cual estaba entonces en Rávena, esperando respuesta
a sus muy equitativas proposiciones, por ver si se daba
algún corte razonable con que se pudiesen ajustar en paz
las diferencias.
VI.
Pocos días después se tiene Senado fuera de Roma. Pompeyo
confirma lo mismo que por boca de Escipión había declarado;
alaba el valor y la constancia del Senado; hace alarde de
sus fuerzas, diciendo que tiene a su mando diez legiones;
que por otra parte sabe por cierto que la tropa está disgustada
de César, y no es posible reducirla a que se ponga de su
parte y le siga. En orden a los otros puntos se propone
al Senado que se hagan levas por toda Italia; que Fausto
Sila vaya en calidad de pretor a Mauritania; que se dé a
Pompeyo dinero del erario. Propónese también acerca del
rey Juba que sea reconocido por aliado y amigo; pero Marcelo
dice no lo permitirá en las circunstancias. En lo tocante
a Fausto, se opone el tribuno Filipo. Sobre los demás negocios
se forman decretos del Senado. Destíñanse las intendencias
de provincia para sujetos sin carácter; dos de ellas consulares,
las otras pretorias. A Escipión tocó la Siria; la Galia
a Lucio Domicio. Filipo y Marcelo, por manejo de algunos
particulares, no son puestos en lista, ni entran en suertes.
A las demás provincias envíanse pretores, sin esperar a
que, según práctica, se dé parte de su elección al pueblo,
y vestidos de ceremonia, ofrecidos sus votos, se pongan
en camino. Los cónsules, cosa hasta entonces nunca vista,
se van de Roma; y los particulares van por la ciudad y al
capitolio con lictores
contra toda costumbre. Por toda Italia se alista gente;
se manda contribuir con armas; se saca dinero de las ciudades
exentas, y se roba de los templos, atropellando por todos
los fueros divinos y humanos.
VII.
Recibidas estas noticias, César, convocando a sus soldados,
cuenta los agravios que en todos tiempos le han hecho sus
enemigos; de quienes se queja que por envidia y celosos
de su gloria hayan apartado de su amistad y maleado a Pompeyo,
cuya honra y dignidad había él siempre procurado y promovido.
Quéjase del nuevo mal ejemplo introducido en la República,
con haber abolido de mano armada el fuero de los tribunos,
que los años pasados se había restablecido; que Sila, puesto
que los despojó de toda su autoridad, les dejó por lo menos
el derecho de protestar libremente; Pompeyo, que parecía
haberlo restituido, les ha quitado aun los privilegios que
antes gozaban; cuantas veces se ha decretado que «velasen
los magistrados sobre que la República no padeciese daño»
(voz y decreto con que se alarma el Pueblo Romano) fue por
la promulgación de leyes perniciosas, con ocasión de la
violencia de los tribunos, de la sublevación del pueblo,
apoderado de los templos y collados; escándalos añejos purgados
ya con los escarmientos de Saturnino y de los Gracos; ahora
nada se ha hecho ni aun pensado de tales cosas; ninguna
ley se ha promulgado; no se ha entablado pretensión alguna
con el pueblo, ninguna sedición movido. Por tanto, los exhorta
a defender el crédito y el honor de su general, bajo cuya
conducta por nueve años han felicísimamente servido a la
República, ganado muchísimas batallas, pacificado toda la
Galia y la Germania. Los soldados de la legión decimotercia,
que se hallaban presentes (que a ésta llamó luego al principio
de la revuelta, no habiéndose todavía juntado las otras),
todos a una voz responden estar prontos a vengar las injurias
de su general y de los tribunos del pueblo.
VIII.
Asegurado de la voluntad de sus soldados, marcha con ellos
a Rímini, y allí se encuentra con los tribunos que
se acogían a él; llama las demás legiones de los cuarteles
de invierno, y manda que le sigan. Aquí vino Lucio César
el mozo, cuyo padre era legado de César. Éste, después de
haber referido el asunto de su comisión, declara tener que
comunicarle de parte de Pompeyo algunos encargos que le
dio privadamente, y eran: «querer Pompeyo justificarse con
César, para que no atribuyese a desaire de su persona lo
que hacía por amor de la República; que siempre había preferido
el bien común a las obligaciones particulares; que César
igualmente por su propio honor y respeto a la República
debía deponer su empeño y encono, sin ensañarse tanto con
sus enemigos; no sea que, pensando hacerles daño, dañe más
a la República». A este tono añade algunas cosas, excusando
siempre a Pompeyo. Casi lo mismo y sobre las mismas especies
le habla el pretor Roscio, como oídas al mismo Pompeyo.
IX.
Aunque todo esto al parecer nada servía
para sanear las injurias, no obstante, aprovechándose de
la ocasión de sujetos abonados para participar por su medio
a Pompeyo cuanto quisiese, pide a entrambos que, pues se
han encargado de hablarle de parte de Pompeyo, no se nieguen
a llevarle su respuesta, a trueque de poder a muy poca costa
cortar grandes contiendas y librar de sobresaltos a toda
Italia: «que siempre la dignidad de la República tuvo el
primer lugar en su estimación, apreciándola más que su vida;
lo que había sentido era que sus enemigos, afrentosamente,
le despojasen del beneficio del Pueblo Romano, y le hiciesen
ir a Roma privado del gobierno de medio año contra su mandamiento
que ordenaba se contase con él en su ausencia para el primer
nombramiento de cónsules; con todo, por amor de la República
había llevado con paciencia esta mengua de su honor; y habiendo
escrito al Senado que todos dejasen las armas, ni aun eso
se le concedió; por toda Italia se hacen levas; retiénense
las dos legiones que le quitaron so color de hacer guerra
a los partos; la ciudad está en armas. ¿A qué fin todo este
aparato, si no es para su ruina? Como quiera, él se allanará
a todo y pasará por todo por el bien de la República. Váyase
Pompeyo a sus provincias; despidan los dos sus tropas; dejen
todos en Italia las armas; líbrese la ciudad de temores;
haya libertad en las Cortes, y tengan el Senado y Pueblo
Romano a su mandar la República. Para que todo se cumpla
más fácilmente y bajo condiciones seguras, se confirme con
juramento: o bien venga Pompeyo más cerca, o déjele ir allá;
que abocándose los dos, sin duda se compondrán las disensiones».
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