I.
Encendida la guerra de Alejandría, hizo venir César toda
la armada de Rodas, de Siria y de Cilicia; llamó a los flecheros
de Creta, y la gente de a caballo de Maleo rey de los nabateos,
y asimismo dio orden de buscar por todas partes las máquinas
de guerra necesarias, hacer provisiones de víveres y levantar
tropas auxiliares. Entre tanto se adelantaban diariamente
las fortificaciones, se ponían en defensa con tortugas y
manteletes los parajes de menos resistencia, y por unos
edificios se batían con arietes otros inmediatos, adelantando
los reparos a todo aquel terreno que o se arrasaba con ruinas
o se ocupaba por fuerza. Porque del incendio está bien segura
casi toda Alejandría, por estar construidos los edificios
sin maderas en que pueda cebarse el fuego, levantados sobre
arcos de cal y canto, y enlosados. Deseaba César en gran
manera separar con paredones y otros reparos una parte de
la ciudad, a la cual estrecha mucho una laguna que la baña
por el Mediodía, de la otra parte. Porque dividida en dos
trozos la ciudad, esperaba poder manejar las tropas con
un solo consejo y orden, y dar también socorro desde la
otra parte a los que se hallasen en peligro; pero sobre
todo tener abundancia de agua y de pasto, porque se hallaba
con escasez de agua, y no podía tener pasto suficiente,
y uno y otro lo podría suministrar la laguna con abundancia.
II.
Mas no se descuidaban los alejandrinos,
ni dormían en sus disposiciones. Despacharon comisionados
por todas las tierras confinantes con su reino para hacer
nuevas levas de gentes; habían juntado en la ciudad una
gran multitud de armas y máquinas de guerra, y tenían de
antemano muchas armerías para trabajarlas; habían puesto
en armas a todos los siervos mozos, a quienes sus señores
daban el sustento y paga diariamente. Con esta multitud
repartida defendían las fortificaciones más distantes; tenían
cohortes veteranas desocupadas en los parajes más públicos
de la ciudad, que estuviesen prontas y descansadas, para
acudir de refresco a cualquiera parte donde se pelease.
En odas las calles y atrios habían levantado un triple muro
de piedras cuadradas, no menos que de cuarenta pies de alto;
tenían fortalecidos los parajes bajos con torres de diez
altos, y además tenían otras movibles de la misma altura,
las cuales con ruedas, maromas y caballerías llevaban adonde
convenía, en especial por las calles más llanas y derechas.
III.
Para todo daba disposición la ciudad abundantísima,
y en la mejor proporción. Los moradores, gente sumamente
aguda e ingeniosa, hacían al instante con grande habilidad
cuanto veían hacer a los nuestros; de suerte que parecían
los nuestros los imitadores de sus obras. De suyo inventaban
también mil cosas; a un mismo tiempo incomodaban a nuestras
fortificaciones y defendían las suyas. Tos sujetos principales
esparcían en sus juntas y consejos, «que el Pueblo Romano
se iba acostumbrando poco a poco a señorearse de este reino;
que pocos años atrás había estado Gabinio en Egipto con
ejército; que Pompeyo le había elegido también para amparo
de su derrota; y que últimamente acababa de venir César
con sus tropas, sin que se hubiese adelantado nada con la
muerte de Pompeyo, para que César se les metiese en casa;
que si no echaban a César fuera, quedaría el reino hecho
una provincia de Roma, y que esto convenía ejecutarlo con
presteza, pues hallándose ahora encerrado por los temporales
y la estación del año, no podía recibir socorros transmarinos».
IV.
En este intermedio, habiéndose suscitado
mucha discordia entre Aquilas, general del ejército veterano,
y Arsinoe, hija menor del rey Tolomeo, como arriba se dijo,
y poniéndose asechanzas uno a otro con el deseo de alcanzar
el mando absoluto, se anticipó Arsinoe, e hizo dar muerte
a Aquilas por medio de su ayo el eunuco Ganímedes. Muerto
su competidor, tenía ella todo el imperio sin compañero
alguno. Entregóse el mando del ejército a Ganímedes, el
cual, tomando a su cargo la empresa, aumentó las dádivas
a los soldados, y en lo demás se portó con igual actividad.
V.
La ciudad de Alejandría está minada casi
toda y tiene unas cisternas que se comunican con el Nilo,
por donde se introduce el agua en las casas particulares,
que poco a poco y con el discurso del tiempo se sienta y
aclara. De ésta usan los dueños de las casas y sus familias,
por ser tan cenagosa y turbia la que lleva el Nilo, que
ocasiona muchas enfermedades, pero la plebe y el resto de
la multitud se contenta con ella por precisión, por no haber
fuente alguna en toda la ciudad. Bañaba el río la parte
que ocupaban los naturales; con lo cual pensó Ganímedes
poder cortar el agua a los nuestros, que repartidos por
varias calles con el fin de defender sus trabajos, tomaban
el agua de las cisternas de las casas particulares.
VI.
Tomada esta resolución, emprendió tan grande y difícil obra,
y cortando la comunicación de los conductos en todos aquellos
parajes que él ocupaba, se empeñó en sacar del mar con ruedas
y máquinas a propósito gran cantidad de agua, la cual hacía
correr continuamente desde los sitios más altos hacia la
parte de César. Con esto empezó a sacarse el agua de las
casas inmediatas un poco más salada y admirándose en gran
manera del motivo que lo habría ocasionado, no acababan
de darse crédito a sí mismos, porque los que estaban más
a la parte de abajo, aseguraban ser del mismo género y sabor
el agua que bebían que la que habían bebido hasta entonces;
se juntaban entre sí, probaban una y otra, y hallaban la
gran diferencia de las aguas. A poco tiempo la primera no
se podía beber absolutamente, y la de más abajo se experimentaba
ya más salada y corrompida.
VII.
Deshecha con esto la duda, se apoderó de
todos tan gran terror, que les parecía haber llegado al
último extremo. Unos decían que César tardaba demasiado
en mandarles embarcar, otros temían mayor desgracia; porque
ni se podrían ocultar a los naturales, mediando tan corta
distancia, las prevenciones de la retirada, ni hacerse de
ningún modo a la vela, teniendo encima los enemigos, que
los habían de sorprender. Además de que había una multitud
de ciudadanos en la parte que ocupaba César, a quienes no
había removido de sus domicilios, por fingirse muy fieles
a nuestro partido y separarse de sus conciudadanos. De suerte
que si emprendiera yo defender a los alejandrinos de la
nota de falaces y traidores, gastaría en balde todo mi discurso;
mas dándose bien a conocer al mismo tiempo su nación y propiedades,
nadie puede dudar que es gente muy a propósito para engaños
y traiciones.
VIII.
Procuraba César disminuir el temor de sus
tropas con consuelos y razones, diciéndoles, «que haciendo
pozos, no podía menos de encontrarse agua dulce, porque
naturalmente tienen manantiales de ella todas las riberas
del mar; y que cuando fuese distinta la naturaleza de las
orillas egipcias de todas las demás, puesto que se hallaban
señores del mar y estaban sin escuadra los enemigos, nadie
les podía estorbar conducir el agua todos los días con las
naves o de Albertón por la banda de la izquierda, o por
la de la derecha de la isla de Faro, las cuales navegaciones,
siendo opuestas, nunca se les podrían cerrar por vientos
contrarios a un mismo tiempo. Que para la retirada no tenían
medio alguno, no sólo hallándose constituidos en la mayor
reputación, sino aun cuando nada tuviesen que pensar más
que en salvar las vidas. Que era mucho el trabajo con que
se sostenían en los asaltos de los contrarios desde sus
fortificaciones, desamparadas las cuales, así en el paraje
como en el número quedaban muy inferiores. Que el embarco
costaría mucho tiempo y mucha dificultad, especialmente
desde las lanchas; y al contrario los alejandrinos se manejarían
con la mayor celeridad con el conocimiento de los parajes
y edificios, y muy insolentes con la victoria, se les anticiparían,
ocuparían los puestos y edificios más altos y por consiguiente
les estorbarían la fuga y el embarco; por lo cual concluyó,
que abandonasen semejante pensamiento e hiciesen el ánimo
a vencer por todas razones».
IX.
Hecha por César esta plática a sus soldados, con que quedaron
todos sosegados y atentos, encargó a los centuriones que,
cesando en las obras, pusiesen toda su atención en abrir
pozos, sin interrumpir ese trabajo en toda la noche. Tomada
por su cuenta esta comisión, y asistiendo a la obra con
mucho empeño los trabajadores, en una sola noche se halló
grande abundancia de agua dulce. Y así con el trabajo de
no largo tiempo, se ocurrió a las costosas máquinas y grandes
esfuerzos de los alejandrinos. Con intermedio de dos días
arribó a las costas de África, un poco más arriba de Alejandría,
la legión treinta y siete, compuesta de los soldados que
se rindieron de Pompeyo, la cual había hecho embarcar Domicio
Calvino, con provisiones de víveres, armas, pertrechos y
máquinas de guerra. No dejaba tomar puerto a las naves el
viento de Oriente, que reinaba ya muchos días continuos;
y aunque todos aquellos parajes son a propósito para estar
sobre áncoras, con todo, como se detenían demasiado y empezaban
a experimentar falta de agua, despacharon a César una nave
ligera con el aviso.
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