JULIO CÉSAR ---- LA GUERRACIVIL

COMENTARIOS DE LA GUERRA DE ESPAÑA

ANÓNIMO

I. Vencido Farnaces y reconquistada el África, los que escaparon de aquellas derrotas entraron en España con Cn. Pompeyo el mozo, el cual apoderado de la provincia Ulterior, mientras César se detenía repartiendo premios en Italia, empezó a encomendarse a la fidelidad de algunas ciudades, para adquirir más fácilmente tropas con que hacer resistencia. Habiendo, pues, juntado un mediano ejército, parte por ruegos y parte por fuerza, se dio a destruir la provincia. En este estado unas ciudades le enviaban socorros voluntariamente, otras por el contrario le cerraban las puertas. De las cuales si tomaba algunas por fuerza y en ellas encontraba algún ciudadano que hubiese hecho buenos servicios a su padre Cn. Pompeyo, y fuese hombre rico, al instante se le forjaba una causa para quitarle del medio y hacer a su riqueza presa de malvados. Ganando a sus contrarios con algunos provechos de esta clase, cada día se aumentaban más sus tropas; y por lo mismo las ciudades opuestas pedían con continuos correos a la Italia que se acudiese a su socorro.

II. Siendo César dictador tercera vez, y nombrado de nuevo para el año siguiente, después de tantas expediciones, habiendo venido a concluir la guerra de España, salieron a recibirle unos diputados de Córdoba; que habían abandonado la facción de Pompeyo; los cuales le dijeron que aquella misma noche se podría tomar la ciudad, porque aun no sabían sus contrarios que él estaba en la provincia, y habían sido sorprendidos los correos que Pompeyo tenía dispuestos por varias partes para que le avisasen de su venida. Además de éstas le propusieron también otras cosas verosímiles, movido de las cuales hizo saber su llegada a Q. Pedio y a Q. Fabio Máximo, sus lugartenientes, a quienes había dejado el mando de las tropas, con orden de que le enviasen las de a caballo que hubiesen levantado en la provincia; pero vino a incorporarse con ellos más presto de lo que pensaban, y así no tuvo como deseaba la escolta de la caballería.

III. Estaba a la sazón Sexto, hermano de Cn. Pompeyo, con guarnición en Córdoba, que pasaba por capital de la provincia, y Cn. Pompeyo se ocupaba ya hacía algunos meses en el cerco de Montemayor. Luego que se supo aquí la llegada de César, «salieron diputados, burlando las centinelas de Pompeyo, a suplicarle que los socorriese cuanto antes le fuese posible. César, sabiendo que aquella ciudad había servido con mucha lealtad en todos tiempos al Pueblo Romano, mandó a cosa de las nueve de la noche partiesen seis cohortes con igual número de gente de a caballo, a los cuales dio por cabo un oficial conocido en la provincia y muy inteligente, llamado J. Junio Pacieco. Llegó éste con las tropas al campo de Pompeyo, a tiempo que se levantó una gran tempestad, con tan furioso viento, que impedía el verse unos a otros, y aun el conocer cada uno al que iba a su lado. Esta misma incomodidad les fue muy provechosa, porque cuando llegaron, mandó Pacieco que marchasen los caballos de dos en dos, enderezándose derechamente a la ciudad por medio del campo enemigo. Mas como algunos de los cuerpos de guardia les preguntasen quiénes eran, uno de los nuestros les respondió que callasen, que importaba acercarse a la muralla para sorprender la ciudad. Así las centinelas, parte impedidas por la tempestad, no podían observar con atención, parte se aquietaban con esta respuesta. En llegando a las puertas, hicieron una seña, con que fueron introducidos por los ciudadanos. Entonces levantando el grito la infantería y caballería, y dejando parte de los suyos en puestos convenientes, hicieron una salida a los reales contrarios, que como les cogió de sobresalto, se creyeron todos perdidos.

IV. Enviada esta guarnición a Montemayor, para apartar César de este sitio a Pompeyo, dirigió sus pasos a Córdoba. Destacó sobre la marcha con la caballería una partida de gente esforzada de las legiones, los cuales, cuando estuvieron a la vista de la ciudad, se pusieron a las ancas de los caballos. Esto no lo podían advertir los cordobeses. Y así cuando los vieron llegar cerca, salió un número considerable de la ciudad con resolución de deshacer aquella banda de a caballo. En esto echaron pie a tierra los legionarios que dije, y los atacaron con tanta furia, que de una multitud casi innumerable, volvieron muy pocos a la plaza. Conmovido Sexto Pompeyo de esta desgracia, escribió a su hermano que viniese con prontitud a socorrerle, no fuese que tomase César a Córdoba antes de que él llegase. En vista de esta carta de su hermano, Cn. Pompeyo, estando ya a punto de tomar a Montemayor, levantó el cerco, y tomó con sus tropas la vuelta de Córdoba.

V. Habiendo llegado César al Guadalquivir, y no pudiendo vadearle por su profundidad, hizo echar en él unos grandes cestos llenos de piedras, sobre los cuales construyó un puente de dos filas de gruesas vigas, que enlazadas tomaban desde el principio del puente hasta el otro cabo de la parte de la ciudad, y así pasó el ejército en tres veces. Pompeyo vino con sus tropas al mismo paraje y acampó enfrente de él. César, para quitarle la comunicación de la ciudad y cortarle los víveres, hizo levantar una trinchera desde su campo hasta el puente. Lo mismo y con el mismo designio hizo Pompeyo. Aquí entró la disputa entre los dos generales, sobre quién ocuparía primero el puente, por lo que se trataban diariamente continuas escaramuzas, en que ya unos, ya otros quedaban superiores. Mas llegando a mayor empeño, vinieron unos y otros a las manos en sitio desigual; pues con cuanta más porfía pretendían ganar terreno, tanto más los estrechaba la inmediación del puente, y con la misma estrechez, acercándose a la orilla del río, se precipitaban en él, donde no sólo morían unos sobre otros, sino que se hacían montones de cadáveres. Así estuvo César muchos días haciendo vivas diligencias por sacar a los enemigos a campo raso y dar cuanto antes fin a la guerra.

VI. Mas viendo que el enemigo no estaba de este parecer, aunque él le había apartado del camino para traerle a lo llano, pasó por la noche el río con sus tropas, mandando hacer grandes fuegos en el campo, y tomó la vuelta de Teba la vieja, que era una de las plazas más fuertes del enemigo. Avisado de esto Pompeyo por los desertores, hizo retirar aquel día muchos carros y ballestas que había dejado en el camino por ser embarazado y estrecho, y se entró en Córdoba. César empezó el sitio de Teba la vieja con atrincheramientos y líneas de circunvalación, de lo cual informado Pompeyo, partió aquel día de Córdoba. Adelantó César a su venida el apoderarse de muchos fuertes para su resguardo, parte donde pudiesen estar varios destacamentos de caballería, y parte donde asistiesen de día y de noche partidas de infantería para defensa de los reales. Sucedió casualmente que al llegar Pompeyo había una niebla muy espesa; de suerte que, al favor de aquella oscuridad, cercaron algunas de sus cohortes y escuadrones de caballos a las partidas de César, haciendo en ellas tal destrozo, que muy pocos salvaron las vidas.

VII. La noche siguiente dio Pompeyo fuego a su campo, y pasando el río Guadajos, fue a acampar, atravesando unos valles, en una eminencia entre las dos ciudades, Teba la vieja y Lucubis. César empezó a hacer manteletes y zarzos en sus fortificaciones y las demás obras pertenecientes al sitio de la plaza. Es el país montuoso, y propio por naturaleza para la guerra. El río Guadajos atraviesa por medio del llano, pero más cerca de Teba la vieja, que sólo dista de él como dos millas. Pompeyo mantenía su campo enfrente de la ciudad en las alturas a vista de las dos ciudades, sin atreverse a dar socorro a los cercados. Tenía consigo las águilas de trece legiones; mas en las que él ponía más confianza de su valor eran dos de la provincia que habían dejado a su capitán Trebonio, una formada de las colonias del país y otra de las de Afranio, que el mismo Pompeyo trajo consigo de África. Las demás se componían de tropas auxiliares de fugitivos; en orden a infantería y caballería eran muy superiores los nuestros, así en número como en valor.

VIII. Añadíase a esto el poder Pompeyo alargar más la guerra, por ser el terreno quebrado y montuoso, y por lo mismo, muy a propósito para formar un campamento bien fortificado y porque toda esta tierra de la España Ulterior es muy difícil de atacar, por su fecundidad y la mucha abundancia de aguas. Además de esto, todos los puestos desviados de las ciudades están defendidos de las incursiones repentinas de los bárbaros con torres y fortificaciones, cubiertas aquéllas, como en el África, no con teja, sino con argamasa, en las cuales tienen atalayas, desde donde por su grande elevación descubren mucha tierra. Fuera de esto, gran parte de las ciudades de esta provincia están resguardadas con los montes y situadas en muy ventajosos puestos, que las hace muy difíciles de atacar y entrar por fuerza. De suerte que la misma naturaleza del terreno las defiende de los ataques y con dificultad se toman las ciudades de esta parte de España, como sucedió en esta guerra. Porque estando acampado Pompeyo entre las dos ciudades dichas, Tebas la vieja y Lucubis, y a la vista de entrambas, había a distancia de cuatro millas de su campo una eminencia situada ventajosamente, llamada el campo de Postumio, donde había levantado César un fuerte para poner en él guarnición.

IX. Pompeyo, que estaba cubierto con la misma eminencia, según la disposición del terreno bastante separada de los reales de César, conocía la ventaja de aquel puesto y creía que no se aventuraría César a enviar a él nuevo refuerzo, así por ser difícil, como por mediar el río Guadajos. Fiado en esta opinión, partió de su campo a medianoche a asaltar el fuerte, para libertar de este peligro a los sitiados. Viéndole acercar los nuestros levantaron de repente el grito y le dispararon una carga de dardos, con que le hirieron mucha gente. Lo cual hecho, puestos en defensa del fuerte, y despachado aviso a César a los reales mayores, salió éste con tres legiones, a cuya vista, como huyesen los enemigos atemorizados, murieron muchos, y muchos más quedaron prisioneros; otros abandonaron las armas, de los cuales se llevaron al campo ochenta escudos.