I.
Por sus marchas contadas, sin intermisión
alguna, llegó César a Lilibeo a 19 de diciembre; y desde
luego manifestó su deseo de embarcarse, no teniendo más
que una legión recién levantada y apenas seiscientos caballos.
Puso su tienda junto a la misma orilla del mar, de suerte
que casi la batían las olas, y esto con el fin de que nadie
esperase detención y todo el mundo estuviese pronto cada
día y a cada hora para la salida. No logró en aquellos días
buen tiempo para hacerse a la vela, pero, sin embargo, tenía
las tropas y remeros a bordo, por no perder cualquiera ocasión
de hacerse a la mar; especialmente porque le avisaban de
la provincia, que eran muchas las tropas de los enemigos,
infinita la gente de a caballo, cuatro legiones del rey
Juba, gran multitud de tropa ligera, diez legiones de Escipión,
ciento veinte elefantes, y armadas muy numerosas. Mas no
por eso se acobardaba, superior a todo con su valor y confianza.
Entre tanto, se acrecentaba cada día el número de galeras,
acudían muchas naves de transporte y venían a incorporársele
más legiones de soldados bisoños, y entre ellas la quinta
veterana y dos mil caballos.
II.
Juntas, pues, seis legiones y dos mil hombres de a caballo,
conforme iban llegando las tropas las hacía embarcar en
las galeras, y la caballería en los transportes. Dio orden
de que se adelantase la mejor parte de la escuadra, y tomase
el rumbo de la isla Aponiana, que no está lejos de Lilibeo.
Él se detuvo todavía algunos días y vendió en pública almoneda
los bienes de algunos particulares. Comunicó después las
instrucciones convenientes al pretor Alieno, que gobernaba
la Sicilia, y encargándole que embarcase con prontitud el
resto del ejército, se hizo a la vela el 27 de diciembre
y tardó poco en alcanzar la primera división de su escuadra.
Llevando buen viento y una nave muy ligera, llegó a los
cuatro días a la vista de África con algunas galeras; pues
las naves de carga, a excepción de muy pocas, arribaron
dispersas y errantes por el temporal a diversos parajes.
Pasó con su escuadra a la vista de Clupea, de Neápolis,
y de otros muchos pueblos y castillos situados en la orilla
del mar.
III.
Habiendo llegado a Mahometa, que estaba ocupada con guarnición
enemiga bajo el mando de C. Considio, se alcanzó a ver desde
Clupea a lo largo de la costa a Cn. Pisón con la caballería
de la plaza y cerca de tres mil moros. César se detuvo algún
tanto a la entrada del puerto por esperar el resto de la
escuadra, y al cabo desembarcó su ejército, que constaba
por entonces de tres mil infantes y ciento cincuenta caballos.
Acampó delante de la ciudad, se fortificó sin oposición
alguna y prohibió absolutamente que nadie saliese a robar
ni talar la tierra. Los de la ciudad, coronaron de gente
la muralla y acudieron en gran número a las puertas para
defenderse, teniendo dos legiones dentro de la plaza. Salió
César a dar la vuelta a caballo, y reconocida la naturaleza
del sitio, se volvió a los reales. No faltó quien atribuyese
a culpa e imprudencia suya el no haber señalado a los pilotos
y capitanes lugar determinado adonde dirigirse, ni dádoles
órdenes cerradas, como solía en otras ocasiones, para que
abriéndolas a cierta altura, siguiesen todos un mismo rumbo.
No se le pasó esto a César, sino que sospechaba que ningún
puerto de África adonde arribasen sus naves estaría seguro
y libre de las guarniciones enemigas, y así quería que aprovechasen
la ocasión que se presentase de saltar en tierra.
IV.
Entre tanto le pidió permiso su lugarteniente L. Planeo
para entrevistarse con Considio, por si se le podía traer
a la razón por algún camino. Obtenida licencia, le escribió
una carta y se la entregó a un esclavo, para que la llevase
a la ciudad a manos de Considio. Apenas llegó el esclavo
y alargó la carta como se le había mandado a Considio, le
preguntó éste, antes de recibirla, de parte de quién venía.
Respondió el cautivo: «De parte del capitán general César»,
a lo que replicó Considio: «El único general del Pueblo
Romano es al presente Escipión. » Dicho esto, mandó dar
muerte al esclavo a su presencia y sin leer la carta, cerrada
como estaba, se la entregó a persona segura para que la
llevase a manos de Escipión.
V.
Después que, consumido un día y una noche
delante de la ciudad, ni Considio daba respuesta alguna,
ni llegaban a incorporársele las demás tropas, ni tenía
bastante caballería, ni suficientes fuerzas para atacar
la plaza, y las tropas con que se hallaba eran bisoñas,
a las cuales no quería exponer acabadas de llegar, a que
fuesen maltratadas; siendo por otra parte considerable la
fortificación de la ciudad, y difícil la entrada para combatirla,
y habiendo tenido noticia de que venía en su socorro un
número considerable de gente de a caballo, no tuvo por conveniente
pararse a combatir la plaza, no fuese que, en tanto, se
viese cercado por la espalda por la caballería enemiga.
VI.
Al levantar el campo hicieron de repente
una salida de la plaza, y al mismo tiempo vino a socorrerles
casualmente la caballería que enviaba el rey Juba a recibir
su sueldo; se apoderaron de los reales de donde acababa
de salir César y empezaron a perseguir su retaguardia. A
vista de esto hicieron alto los legionarios, y aunque los
caballos eran pocos, hicieron frente con grande ánimo a
tanta multitud. Parecerá increíble lo que sucedió, que menos
de treinta caballos franceses desalojasen a dos mil moros
y los retirasen hasta la ciudad. Como fueron rechazados
y forzados hasta dentro de sus reparos, prosiguió César
la marcha comenzada. Mas como hiciesen lo mismo frecuentemente,
y unas veces persiguiesen a los nuestros y otras fuesen
rechazados por los caballos hasta la ciudad, colocó César
en la retaguardia algunas de las cohortes veteranas con
que se hallaba y parte de la caballería, y empezó a marchar
tranquilamente con las restantes. Así cuanto más se alejaba
de la plaza, menos ardimiento mostraban los númidas para
perseguirle. Sobre la marcha vinieron a presentársele las
diputaciones de las ciudades y castillos inmediatos, ofreciéndole
víveres, y estar prontos a recibir sus órdenes en todo.
Así este mismo día, que era el primero de enero, acampó
cerca de Mahadia.
VII.
Desde aquí pasó a Lebeda, ciudad libre e
independiente, de la que le salieron a recibir diputados,
prometiéndole hacer lo que les mandase de buena voluntad.
Él mandó posar a las puertas guardias y centuriones, para
que ningún soldado entrase en la plaza, ni se hiciese daño
alguno a los habitantes, y acampó no lejos de la ciudad
sobre la orilla del mar. Aquí arribaron casualmente algunos
de sus transportes y galeras, y tuvo noticia que las demás,
no sabiendo donde había él arribado, parecía que se dirigían
a Útica. Con este aviso no se apartaba del mar, ni entraba
tierra adentro por la dispersión de sus naves, ni aun permitió
que desembarcase la caballería, a lo que creo, porque no
se talase la campaña, y allí mismo les mandaba llevar el
agua. Algunos de sus remeros, que saltaron en tierra para
hacer aguada, fueron sorprendidos de repente por la caballería
de los moros, sin que pensasen en ello los cesarianos. Muchos
de ellos fueron heridos con flechas y algunos mataron, porque
se ocultan con los caballos emboscados en los valles, de
donde salen de repente, pero sin ser parte para venir a
las manos en campo raso.
VIII.
En este intermedio despachó César mensajeros con cartas
a Cerdeña y a las demás provincias inmediatas, para que
luego que recibiesen sus cartas, procurasen enviarle tropas
y víveres, y habiendo desocupado parte de las galeras, envió
a Rabino Postumo a Sicilia, para que condujese otro segundo
convoy. Al mismo tiempo destacó diez galeras, que saliesen
en busca de las restantes naves de carga que se habían dispersado
y también para asegurar el paso libre del mar. Dio orden
igualmente al pretor C. Salustio Crispo de partir con otra
división hacia la isla de Cercara, de que estaban apoderados
los enemigos, y donde tenía noticia de que había una gran
porción de trigo. Esto mandaba y encargaba a cada uno de
tal manera, que si fuese posible ni hubiese lugar a excusa
alguna, ni la tergiversación ocasionase la menor tardanza.
Entre tanto, informado por los desertores y naturales de
las gravosas condiciones con que Escipión y los demás hacían
la guerra, se compadecía, al ver obligado a Escipión a mantener
a su costa en la provincia la caballería del rey Juba, de
que hubiese hombres tan inconsiderados que prefiriesen ser
tributarios de un rey al vivir con descanso en su patria,
en sus haciendas y entre los suyos.
IX.
A los tres días del mes de enero levantó
César el campo y dejando en Lebeda seis cohortes de guarnición
al mando de Saserna, se volvió con el resto de las tropas
a Mahadia, de donde antes había salido. Dejó aquí el equipaje
del ejército y salió él mismo con un campo volante a buscar
trigo en los pueblos inmediatos, dando orden a los vecinos
de Mahadia de que le siguiesen con carros y caballerías.
Hallada abundante provisión, se restituyó a la ciudad, lo
cual creo que hizo para no dejar a sus espaldas ciudades
marítimas exhaustas y para que hallase la armada estas acogidas
aseguradas con guarniciones.
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