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Introduccion al Libro Primero
Hacia la paz de Antálcidas:
Ciro el Grande derribó el último Imperio Clásico de la Antiguedad, el Imperio Neo-Babilonio de Nabucodonosor II el Caldeo, el 12 de Octubre del 539 a.C. Su sucesor, Darío I, heredó el Primer Imperio de la Prehistoria del Cristianismo, el Persa, que a su vez le pasaría el testigo al Heleno, y éste al Romano. Mientras Ciro vivió la leyenda de su estrella y el mito de su fuerza
mantuvo a las ciudades-estados helenas al otro lado del Egeo, en la parte
turca, en relativa paz tras la Caída del Reino de Creso el Lidio. Pero a la
muerte del Héroe de las historias de Herodoto, Aristágoras de Mileto unió
alrededor de su grito de libertad las ciudades-estados de Jonia y las dirigió
contra el yugo de los Persas. Este fue el origen de las llamadas Guerras
Médicas. Lo de Médicas no viene de Esculapio sino del Origen Meda de los
Aqueménidas. Esto sucedía en el 499 a.C.
Atenas apoyó la revolución de Aristágoras con 20 barcos y con cinco naves contribuyó Eubea. El factor clave de las primeras victorias helenas fue la incredulidad del rey persa, porque, como se vio enseguida, una vez ante los hechos consumados Darío borró del mapa el ejército jonio, hundió la flota ateniense de prestado y, devolviendo ojo por ojo - antes los griegos habían reducido a cenizas la ciudad de Sardes, capital de la satrapía persa de Lidia - el ejército persa arrasó Mileto, pasó a cuchillo a todos los que podían mear contra la pared y deportó a las tierras centrales del Imperio a los supervivientes. Animado por esta fácil pasada por la piedra Darío concibió la
invasión de Europa y Rusia. Fue el primer Napoleón de la Historia.
Maratón: Contra un soñador, la Historia siempre pone delante un tipo
práctico. En este caso frente a Darío puso en escena a Temístocles. Estaba claro
que Darío se lanzaría sobre Grecia, y había que anticiparse al movimiento de un
elefante con la rapidez del jaguar y el sigilo de un tiburón. Tan bien llevó a
cabo su cometido histórico Temístocles que quedó escrito para la eternidad el
resultado de su clarividencia; basta decir Maratón para saber de qué estamos
hablando.
Leónidas en las Termópilas: El fracaso de Darío, el de un Goliat contra un David, hubiera debido servirle de lección a su sucesor. Pero hubo un factor que alteró el curso de la sabiduría y levantó en la Historia el viento de la segunda invasión de Europa por los Persas. Le debemos dar las gracias a Jenofonte el habernos escrito en la piedra de los siglos la causa del odio de Jerjes I contra Atenas y los Griegos. Fue así. A la muerte de Darío sus dos hijos repitieron el duelo Caín-Abel, con la diferencia de que quien aquí hizo de Abel contrató a su servicio 10.000 mercenarios griegos. Se comprenderá que la victoria no iba a faltarle. Y hubiera sido suya, que lo fue, de no habérsele tropezado la muerte en plena batalla, enamorada tal vez del hijo predilecto de su madre. Por un misterio de la Historia los 10.000 guerreros se encontraron con la victoria, pero sin vencedor. Así que Jerjes, libre de su rival, e incapaz de recomendar la continuación de la batalla, pactó la salida de su imperio de los 10.000 de Jenofonte. La Anábasis se llama este episodio tan curioso de la Retirada de los Griegos. Se retiraron, sí, pero mientras se retiraban Jerjes comprendió que si 10.000 soldados griegos se habían plantado delante de su trono y hecho temblar su imperio, ¿qué sucedería si un día ésos Griegos, siempre pendencieros, se unían bajo una misma cabeza y se desparramaban por el Asia Menor a la conquista del mundo entero? ¿Quién sería capaz de pararle los pies a ese Alejandro de sus visiones? Antes que naciera el monstruo era aconsejable matar a la madre de la bestia. Y Jerjes comenzó sus preparativos de invasión de Grecia y conquista de Europa. Por esos mismos días
un muchachote llamado Leónidas, nacido para ser rey de sus 300, le sacaba punta
a su espada, que Jerjes tuvo ocasión de gustar en las Termópilas.
La Guerra del Peloponeso: Conjurado el peligro, y abierto el Egeo al
imperio de los Helenos, la sinfonía in crescendo de aquella raza pendenciera
alcanzó su delirium tremens cuando, queriendo ser todos maese Hercules, se
ensarzaron a palos en la llamada Guerra del Peloponeso, sobre la cual Tucídides
nos ha dejado la partitura y si quereis leer el concierto os dejo la puerta
abierta, por si acaso. Es música clásica, algo pesada, pero simpática si de lo
que se trata es de maravillarse viendo cómo se partían los morros nuestros
antiguos. (Guerra del Peloponeso). En ello se entretuvieron durante la friolera
de 30 años, aproximadamente, del 431 al 404.
La Guerra de Corinto: Ni que decir tiene que durante aquéllos treinta
años el Imperio Persa le suministró a sus enemigos armas y lo que hiciera falta
con tal de verlos matarse entre ellos mismos. Y cuando luego firmaron las paces
porque las mujeres griegas ya no daban abasto pariendo tanto muerto, el Persa
siguió mitiendo toda la cizaña que pudo. Y porque la paz no era conveniente
para nadie, en el 395 la guerra entre Esparta y Atenas, coaligada ésta con
Argos, Tebas y Corinto, se hizo. Otros ocho años por lo menos se estuvieron
dando de tortas por tierra y por mar los Griegos. El Imperio partió apostando
por Atenas y sus aliados buscando destruir el poder marítimo de la Esparta del
Leónidas "aquel maldito"; pero cuando el Persa vio que la coalición
ateniense llevaba pintas de dar a luz al Alejandro de las pesadillas del Gran
Rey, el Persa se pasó a su odiado enemigo termopilense. Ante esta bandazo y
viendo que apoyada por el Imperio la guerra de Corinto contra Esparta corría el
riesgo de eternizarse, los contrincantes decidieron firmar la paz, que negoció
Antálcidas en el 387 con el Gran Rey, de aquí el nombre "Paz de
Antálcidas".
Dionisio el Viejo y los Cartagineses: En el 406, mientras los Griegos se partían las caras en su propia casa, en la Nueva Grecia, es decir, en Sicilia, luego de los Cruzados, y finalmente de los Mafiosos, pero en aquéllos tiempos de los Helenos, y como consecuencia de la llamada de la Patria: la isla se vio despoblada de sus guerreros, y a merced, por tanto, de los piratas del Mediterráneo del momento, los Cartagineses. Éstos, a las órdenes de Aníbal Magón e Himilcón, de donde luego Amilcar y Aníbal, se echaron contra Sicilia como cuervos volando sobre augurios negros. Conquistada Agrigento por los de Cartago los nobles ancianos se reunieron para reflexionar sobre la caída en lugar de pensar en el levantamiento, cosa que le pareció obvia a un joven de 25 años, Dionisio, hijo de estrategos y encantado con la oportunidad que le brindaba Zeus de ganarse un hueco en los libros de Historia. Se dice de Dionisio que era grande, rubio y pecoso, pero también se dice de Alejandro que era bajito, como Napoleón, y ya vemos lo que los dos enanos armaron. El caso fue que el chaval logró encender la sangre de los isleños, los nobles ancianos fueron enviados a las residencias de la tercera edad y la defensa de la patria encontró su héroe. Listo como él solo le quitó a los ricos para darselo a los pobres, sus soldados, y comenzó su ascensión a la gloria de los caudillos inmortales, en pequeñito, aunque fuera grande de cuerpo, pero caudillo de la libertad en todo caso. Firmando una paz de pego con los cartagineses, mientras se vestía de guerra hasta los dientes, y una vez equipados sus 80.000 leones y sus 3.000 águilas, Dionisio se lanzó al ataque, año 398, de la Edad Precristiana. El toma y daca, continuó durante los seis años siguientes, hasta que los Cartagineses le pidieron al increíble Dionisio un time-out, año 392. Pero con sus propios paisanos las cosas no le iban como le hubiera gustado.
Dionisio no comprendía el por qué si le querían como salvador no le querían ver
ungido con los poderes del clásico tirano, y tuvo que pasar de la lucha por la
libertad de todos a la más sagrada de todas: la lucha por la vida propia, acto
del drama universal en el que Polibio sitúa la derrota de los helenos y el
sitio de Regio, que Dionisio llevó a término y coronó su sueño de ser "el
dictador de la Magna Grecia"
(390 a.C.) Saqueo de Roma por los Galos: En respuesta a una invasión espontánea de Italia por los Galos, en pleno fiesta de saqueo y pillaje Alpes arriba Alpes abajo estaban los bárbaros transalpinos, cuando los romanos mandaron al tal Quinto Fabio, otro Dionisio - se diría por el estilo que tuvo de hablar con el Galo, cortándole el cuello - a entablar negocios con el caudillo de la horda, un tal Breno. Oído el discurso del romano, la Guerra total estaba servida. El 18 de julio del 390, según unos, del 387, según otros, 40.000 romanos a las órdenes de Quinto Suplicio, por el nombre estaba escrito el destino de la batalla, y un conjunto de abigarrados elementos transalpinos dirigidos por Breno, se dieron las manos a las orillas del rio Alia. El desastre romano fue total. La estampida, general. El pánico, un desmadre. Enloquecidos por el sálvese el que pueda los romanos dirigieron a las puertas de Roma a los demonios de las pesadillas de Luis XVI y María Antonieta, que se regalaron a placer la carne y la sangre de la Ciudad Eterna. Fue entonces, en
plena orgía, que apareció Camilo, investido del aura de César irredento e in
uturo todavía. Y Camilo persiguiendo a Breno, a imitación de Julio a Pompeyo,
allá que se fue por los campos italianos. Los Galos bordearon Venecia, bajaron
a Grecia, pasaron a Turquía y crearon la futura Galacia, a la que San Pablo, por
fin, pudo hablarle en cristiano.
Este fue el origen del Imperio de los Romanos según Polibio. Sobre esta escena de turbulencia internacional - universal si se considera que para las fechas no existían América, Japón, Australia, ni China - Polibio nos pinta un cuadro de tremendo realismo sobre el mundo desde estos orígenes que hemos visto hasta sus días. Es una obra monumental, escrita en un estilo antiguo,
llamado Clásico, de difícil lectura para nuestro gusto literario, acostumbrado
a leer de corrillo y mezclando fantasmas y fantasmones de King con magos y
monstruitos de Tolkien. Pero como esta Historia Universal bajo la República
Romana es un retrato de los siglos no comerse este librito es casi un delito si
se quiere parecer un entendido en las cosas de los romanos, los cartagineses,
los españoles, los griegos y los galos.
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